Los nueve libros de la Historia (2 de 2)

Part 5

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LXXXV. Lo que pasó después de esta solemne declaración lo refieren así los atenienses, diciendo que de parte de la república pasaron a Egina en una galera algunos de sus ciudadanos, quienes saltando en tierra y echándose sobre las estatuas, cuya madera miraban como cosa propia, procuraban ver cómo las moverían de sus pedestales; y no pudiendo salir con su maniobra, con unas sogas atadas alrededor de las diosas, las iban arrastrando. Estando en aquella fatiga, oyose de repente un trueno, y al trueno siguió un terremoto. Aturdidos con el nuevo portento los marineros que arrastraban a sus diosas, y saliendo de repente fuera de sí, empezaron entre ellos mismos, como si fueran enemigos mortales, una desaforada matanza, cuyo estrago pasó tan allá que no quedó de todos sino uno que volviese a pasar al Falero.

LXXXVI. Así refieren esta historia los de Atenas; mas no dicen los eginetas que fueran allá en una sola nave los atenienses, pues que a una, y a algunas más, bien hubieran ellos resistido aun en el caso de no tener naves propias, sino que los enemigos, con una buena armada, hicieron un desembarco en Egina, cediéndoles por entonces la entrada los del país sin exponerse a una batalla naval; bien que ni los eginetas mismos saben asegurar si el motivo de cederles el paso sería por reconocerse inferiores en el mar, o con la pretensión de poner por obra lo que después con los invasores ejecutaron. Afirman, empero, que viendo los atenienses que nadie les presentaba batalla, saliendo de sus naves se fueron en derechura hacia las estatuas, y no pudiéndolas arrancar de sus pedestales, atadas al cabo con fuertes maromas, empezaron a tirar de ellas, no parando en la maniobra hasta tanto que las dos estatuas a un tiempo hicieron una misma demostración que ellos cuentan y que yo jamás creeré por más que la quiera creer alguno. Cuentan, pues, los eginetas que las dos estatuas se hincaron de rodillas, postura que han conservado siempre desde entonces. Esto hacían los atenienses; los de Egina, por su parte, informados de antemano de que se disponían sus enemigos a venir contra ellos, habían negociado con los argivos que estuviesen prontos y apercibidos para irles a socorrer; y, en efecto, a un mismo tiempo desembarcaban los atenienses en Egina, y los argivos, pasando a la misma isla desde Epidaurio, venían ya sin ser sentidos a dar auxilio a los naturales, y al llegar se dejaron caer de improviso sobre los atenienses apartados de sus naves y del todo seguros de aquel encuentro y refuerzo de que ni la menor sospecha habían antes tenido. En aquel mismo punto, añaden, acaecieron el trueno y el terremoto.

LXXXVII. Esta es, pues, la historia que nos cuentan argivos y eginetas, y en un punto convienen con los de Atenas, a saber, que uno solo volvió salvo al Ática; bien que los argivos quieren que de sus manos se salvase aquel individuo, dándose ellos por los que echaron a pique toda aquella armada; y los atenienses pretenden que no se libró aquel sino de la venganza de algún numen exterminador, aunque no por esto logró verse libre de su ruina el hombre que escapó, sino que pereció también desgraciadamente. Porque vuelto a Atenas el infeliz, como anduviese cantando aquella gran calamidad y destrozo, oyéndole las mujeres de los muertos en la jornada referir el estrago común, y no pudiendo sobrellevar que perdidos todos los demás se hubiera salvado él solo, le fueron rodeando, y cogido en medio, le iban dando tanto golpe y picazo de hebilla, preguntándole cada una dónde estaba su marido, que acabaron allí mismo con el infeliz, después que se había ya librado de la común ruina de sus compañeros. Los atenienses, a quienes esta venganza y furia mujeril pareció más sensible que la pérdida total de su armada, no hallando otro modo de castigar a las mujeres, tomaron la resolución de hacerlas mudar de traje, obligando a todas a que vistieran a la jónica, pues antes las áticas vestían a la dórica, traje muy semejante al vestido corintio.[58] De allí adelante las obligaron a llevar túnica de lino para que no se sirvieran más de hebillas.

LXXXVIII. Verdad es que, hablando en rigor, el traje a que las obligaron no fue en los tiempos antiguos propio de las mujeres jónicas, sino de las carias; pues antiguamente el vestido de toda mujer griega era el mismo que al presente llamamos dórico. Pero los argivos por su parte y los eginetas en sus respectivas ciudades hicieron una ley que las hebillas de sus mujeres fuesen un tercio mayores de lo que eran antes, que las mujeres en los templos de sus dioses ofreciesen hebillas más bien que otra presea alguna, y que en ellos nada venido del Ática pudiese ofrecerse ni presentarse; tanto que en adelante no se sirviesen de vajilla procedente de allá, sino que fuese ceremonia legítima beber en los sacrificios con vasijas del país: y se puso en práctica dicha ley, pues desde entonces hasta mis días las argivas y las eginetas, a despecho de las áticas, solían llevar sus hebillas mayores de lo que primero acostumbraban.

LXXXIX. De los sucesos que acabo de referir nació, repito, el principio de la enemistad de los atenienses con los de Egina. Renovando, pues, entonces los eginetas la memoria de dichas estatuas y de los sucesos a ellas concernientes, vinieron gustosos en enviar a los beocios el socorro que les pedían, talando con sus tropas auxiliares las costas del Ática. Al ir los atenienses a emprender la expedición contra los de Egina, vínoles de Delfos un oráculo en que se les prevenía que por espacio de treinta años, a contar desde la injuria que acababan de recibir, se abstuviesen de combatir con los eginetas; pero que venido el año 31 y fabricado un templo a Éaco, empezasen contra ellos las hostilidades; pues haciéndolo así, sucederíales la cosa como deseaban. Mas si desde luego emprendían aquella guerra, entendiesen que durante aquel tiempo tendrían ellos y darían mucho que llorar al enemigo; bien que al cabo darían con él en tierra. Oído, pues, el nuevo oráculo, determinaron los atenienses levantar a Éaco aquel templo mismo que al presente se deja ver en su plaza; pero en la demora de treinta años no pudieron convenir, oyéndose clamar que no debían disimular por tanto tiempo la injuria, después de verse tan maltratados con la invasión de los eginetas.

XC. Con tal resentimiento, al tiempo en que se disponían para tomar venganza de aquellos enemigos, un nuevo contratiempo de parte de los lacedemonios les cerró el paso de la jornada. Porque como en aquella sazón hubiese llegado a oídos de los lacedemonios, así el artificio que usaron los Alcmeónidas para sobornar a la Pitia, como el embuste con que esta les alarmó contra los hijos de Pisístrato, sintieron con tal aviso doblada pesadumbre, viendo por una parte que habían echado de la patria a sus mayores amigos y aliados, y por otra que los atenienses, recibida aquella merced, no se les mostraban obligados ni agradecidos. Añadíase a estas reflexiones la congoja que ciertas profecías les ocasionaban de nuevo, pronosticándoles muchos agravios y desafueros que de parte de los atenienses les aguardaban. Habían antes estado del todo ignorantes de dichas predicciones, y entonces habían empezado a oírlas, habiéndolas traído consigo Cleómenes volviendo de Atenas a Esparta. Sucedió que Cleómenes, estando en la ciudadela de Atenas, pudo haber a las manos ciertos oráculos escritos que habían estado primero en poder de los Pisistrátidas y habían sido dejados allí por los mismos en el templo de Atenea,[59] cuando fueron echados de la ciudad. Cleómenes al salir de la fortaleza quiso llevárselos consigo a Esparta.

XCI. Recibidos dichos oráculos, viendo por una parte los lacedemonios que los atenienses, libres ya y de cada día más poderosos, en nada menos pensaban que en obedecerles, y previendo por otra que la gente ática si quedaba en el estado republicano se les igualaría en el poder, al paso que si volvía a verse oprimida con la tiranía se mantendría débil y pronta a dejarse gobernar por ellos,[60] como esto previesen, pues, los lacedemonios, llamaron a Esparta a Hipias, el hijo de Pisístrato, desde Sigeo, ciudad del Helesponto, adonde con los suyos se había refugiado. Después que llamado Hipias se les presentó, convocan para un congreso de la nación los diputados de las ciudades aliadas, y les hablan así los espartanos: «Amigos y aliados: Conocemos y confesamos al presente nuestra falta de justicia y de política: mal hicimos, alucinados con falsos oráculos, en echar de su patria a unos señores que, sobre sernos buenos amigos y aliados, nos tenían prometido mantener en nuestra devoción y obediencia a la ciudad de Atenas. Cometida esta injusticia, tuvimos la imprudencia de dejar aquel estado en manos de un pueblo ingrato, el cual, apenas se vio libre y suelto por nuestra mano, cuando empezó luego a erguir su cabeza e insolente quiso atrevérsenos, echándonos de su casa a nosotros y a nuestro rey, y desde aquel punto lleno de arrogancia va tomando nuevos espíritus. Lo que digo empiezan ya a llorar, particularmente sus vecinos los beocios y calcideos, y quizá todos los demás lo iréis sintiendo por turno si les tocareis en un solo cabello. Ya, pues, que nos engañamos antes en lo que con ellos hicimos, procurando ahora tomarnos con vuestra asistencia la satisfacción correspondiente, lo iremos remediando. Este ha sido, señores, el motivo, así de hacer que viniera Hipias, a quien veis aquí presente, como de convocaros a vosotros de las ciudades. Nuestras miras consisten en volver a Hipias a Atenas, y restituirle de común acuerdo, y con un ejército común, el dominio que antes le quitamos».

XCII. Tal era la propuesta de los lacedemonios, a la cual ni se acomodaban los más de los diputados, ni se atrevían con todo a contradecirla, guardando todos los aliados un profundo silencio. Rompiolo al cabo Socles el corintio con un tono sublime:[61]

«Ahora sí, exclamó, que están todas las cosas a pique de revolverse y trastornarse; el cielo para caer bajo la tierra, la tierra para subirse sobre lo más alto del cielo; van a fijar los hombres su morada en los mares, los peces a morar donde vivían primero los hombres, cuando llegamos a ver ya, que empeñados vosotros, oh lacedemonios, en arruinar una república justa y bien ordenada, procuráis tan de veras reponer en las ciudades libres el despotismo y la tiranía, no pudiendo dejar de ver con los ojos ser esta la cosa más inicua, más cruel, más sanguinaria de cuantas pueden verse entre los mortales. Y si no, decidme ahora, lacedemonios: si tan conveniente os parece que las riendas del gobierno estén en mano de un tirano, ¿por qué no sois los primeros en colocar un déspota sobre vuestras cabezas? ¿Por qué con vuestro ejemplo no animáis a los demás a que sufran un señor absoluto? Vemos empero todo lo contrario: vosotros, siempre libres hasta aquí de tiranos domésticos, y muy prevenidos siempre para que jamás los sufra Esparta, vais recetándolos a los otros, y procuráis encajarlos a vuestros confederados. A fe mía, espartanos, si hubierais probado lo que es un tirano, como nosotros los corintios lo probamos, pensarais ahora muy de otro modo y serían mejores de lo que son vuestras propuestas. Oíd, pues, lo que nos sucedió.[62] La antigua constitución del estado era en Corinto la oligarquía, gobernando la ciudad unos pocos ciudadanos llamados los Baquíadas, que nunca en sus matrimonios contraían alianza sino entre ellos mismos. Acaeció entonces que a uno de aquellos principales y magnates, por nombre Anfión, nació una hija coja llamada Labda, y como ninguno de los Baquíadas la quisiese por mujer, casó al fin con ella cierto Eetión, hijo de Equécrates, natural del lugar de Petra, bien que lapita de origen y descendiente de la familia Cénida.[63] Viendo después Eetión que no tenía hijos de Labda ni de otra mujer alguna, emprendió una romería a Delfos para consultar el oráculo sobre la desventura de no tener sucesión. No bien hubo entrado en el templo, cuando encarándose con él la Pitia, le recita de repente estos versos:

Eetión, digno de gloria, nadie te honra cual mereces tú: Labda ya grávida parece una gran rueda que cayendo sobre monarcas, mandará a Corinto.

Ignoro cómo llegó este oráculo dado a Eetión a oídos de los príncipes Baquíadas, a quienes antes se había dado acerca de las costas de Corinto otro oráculo oscuro, pero dirigido al mismo punto que el de Eetión, en estos términos:

“_Águila grávida, sobre altos peñascos dará a luz un valiente león que corte las rodillas: atiende a ello, corintio, vecino de la linda Pirene, que moras en torno de la encumbrada Corinto_”.[64]

Y si bien este oráculo era antes para los Baquíadas, a quienes se había proferido un misterio impenetrable, apenas oyeron el otro dado entonces a Eetión, cayeron de pronto en la cuenta, y dieron de lleno en el sentido del primero, que concordaba mucho y se enlazaba con el del último. Entendiendo, pues, que se les pronosticaba su ruina, con la mira de conjurarla dando la muerte al hijo de Eetión que estaba ya para nacer, llevaban su intriga con sumo secreto. En efecto, luego que parió dicha mujer destinan al pueblo en que vivía Eetión diez de su mismo gremio o clase, con orden de quitar la vida al niño recién nacido. Llegados a Petra, entran en el patio de la casa de Eetión y preguntan por el chiquillo. Labda la coja, que estaba lejos de imaginar que vinieran con ánimo dañado, antes se lisonjeaba de que aquella visita de los magnates se le hacía en atención a su padre, para congratularse con ella por su feliz alumbramiento, se lo presenta y lo pone en brazos de uno de los diez; y si bien ellos al venir habían entre sí concertado que el primero que al niño cogiera le estrellara luego contra el suelo, quiso con todo la buena suerte, cuando Labda dejó a su hijo en brazos de aquel, que se sonriese el niño, mirando blandamente al que iba a recibirle, sonrisa que atentamente observada movió a ternura al primero que le había recibido; y le hizo tal impresión, que en vez de dar con el niño en el suelo, le entregó al segundo y este al tercero, de suerte que fue pasando de mano en mano por los diez infanticidas, sin que ninguno se atreviera a ensangrentar las suyas en aquella víctima de la ambición. Vuelto, pues, el hijo a la madre y salidos del atrio, se pararon ante la puerta misma de la casa, y empezaron a culparse unos a otros, pero sobre todo al primero que le recibió, por no haber ejecutado la orden que traían. No pasó mucho rato sin que se resolviesen a entrar de nuevo en la casa y concurrir todos aunados a la muerte del niño. Mas todo en vano, que el destino fatal de Corinto era, señores, que le viniera el azote de la casa de Eetión: porque Labda iba entretanto escuchando detrás de la puerta todo aquel discurso de muerte, y recelando luego que mudando de parecer y entrando segunda vez le matasen la infeliz criatura, tómala solicita, y va afanada a esconderla donde se le ofrece que nadie lo había de sospechar, que fue bajo un celemín,[65] bien persuadida que vueltos los diez nobles sayones no dejarían sin duda arca, ni rincón, ni escondrijo que registrar. En efecto, así fue: entran segunda vez, y todo era buscar por una y otra parte al niño; pero viendo que no podían dar con él, resolviéronse por fin a regresar y decir a los que les enviaban que todo se había hecho conforme a las órdenes dadas, y vueltos a los suyos, así realmente se lo dijeron. Íbase criando después el niño, que de tal riesgo a dicha se había escapado, en casa de su padre Eetión, y por la buena suerte de haberse librado del peligro debajo del celemín, en griego _cipsele_, quedósele en adelante el nombre de Cípselo. Llegado ya a la mayor edad, diósele a una consulta que en Delfos hacía una respuesta ambigua y enrevesada, por la cual gobernándose después y esperanzado mucho en ella, logró salir con su empresa y apoderarse del dominio de Corinto. La respuesta era de este tenor:

“_¿Veis el gran varón que llega dentro de mi atrio, Cípselo el Eétida? Rey será de la esclarecida Corinto con su prole, pero no con la prole de su prole_”.[66]

Tal fue el oráculo: Cípselo llegó a ser señor de Corinto, y con esto un tirano que a muchos corintios desterró, a muchos quitó los bienes, patria y vida, después de un gobierno de treinta años, habiendo tenido la fortuna de morir en paz y en su cama: sucediole en la tiranía su hijo Periandro, quien, aunque en los principios de su gobierno se mostraba más humano y blando que su padre, con todo, por haber después comunicado por medio de unos mensajeros con el otro tirano de Mileto, el célebre Trasíbulo, llegó a hacerse mucho más cruel y sanguinario que el mismo Cípselo. Es preciso saber que envió Periandro un embajador a Trasíbulo con la comisión de preguntarle de qué medios se podría valer para estar más seguro en su dominio y para gobernar mejor su estado: pues bien, saca Trasíbulo al enviado de Periandro a paseo fuera de la ciudad, y éntrase con él por campo sembrado, y al tiempo que va pasando por aquellas sementeras le pregunta los motivos de su venida, y vuelve a preguntárselos una, y otra, y muchas veces. Era empero de notar que no paraba entretanto Trasíbulo de descabezar las espigas que entre las demás veía sobresalir,[67] arrojándolas de sí luego de cortadas, durando en este desmoche hasta que dejó talada aquella mies, que era un primor de alta y bella. Después de corrido así todo aquel campo, despachó al enviado a Corinto sin darle respuesta alguna. Apenas llegó el mensajero, cuando le preguntó Periandro por la respuesta; pero él le dijo: “¿Qué respuesta, señor? Ninguna me dio Trasíbulo”; y añadió que no podía acabar de entender cómo le hubiese enviado Periandro a consultar un sujeto tan atronado y falto de seso como era Trasíbulo, hombre que sin causa se entretenía en echar a perder su hacienda; y con esto diole cuenta al cabo de lo que vio hacer a Trasíbulo. Mas Periandro dio al instante en el blanco, y penetró toda el alma del negocio, comprendiendo muy bien que con lo hecho le prevenía Trasíbulo que se desembarazase de los ciudadanos más sobresalientes del estado; y desde aquel punto no dejó ni maldad ni tiranía que no ejecutase en ellos, de manera que a cuantos había el cruel Cípselo dejado vivos o sin expatriar, a todos los mató o los desterró Periandro, aun más, despojó en un solo día por causa de su mujer Melisa, ya difunta, a las mujeres todas de Corinto. Había hecho que unos mensajeros enviados hacia los tesprotos, allá cerca del río Aqueronte,[68] consultasen al oráculo _nigromántico_ acerca de cierto depósito de un huésped. Aparecióseles la difunta Melisa; les respondió que no manifestaría, al menos claramente, el lugar de aquel depósito; que les decía únicamente que por hallarse desnuda padecía mucho frío, pues de nada le servían los vestidos en que la enterraron, no habiendo sido abrasados, y que buena prueba de ser verdad lo que decía podía ser para Periandro haber él mismo metido el pan en un horno frío. Después que se dio razón a Periandro de dicha respuesta, de cuya verdad le pareció ser prueba convincente esta última indicación, por cuanto había conocido a Melisa después de muerta, sin más tardanza hace publicar luego un bando que todas las mujeres de Corinto concurran al Hereo o templo de Hera. Como si fueran ellas a celebrar alguna fiesta, iban allá con sus mejores adornos y vestidos, mientras que por medio de las guardias que tenía apostadas en el templo iba despojándolas a todas, tanto a las amas como a las criadas, y acarreando después todas las galas a una grande hoya, las entregó a la hoguera el tirano, rogando e invocando a su Melisa, cuya fantasma, aplacada con este sacrificio, declaró el lugar del depósito a los diputados que segunda vez le envió Periandro. He aquí, oh lacedemonios, lo que es y lo que en una ciudad suele hacer la tiranía. Con toda verdad os digo que si antes quedamos los corintios confusos y admirados al saber que llevabais a ese Hipias, al oír ahora esa vuestra demanda nos hallamos aquí suspensos y atónitos. En suma, conjurándoos por los dioses de la Grecia, os pedimos y suplicamos, oh lacedemonios, que no intentéis autorizar la tiranía ni introducir el despotismo en las ciudades. Y si obstinados contra las leyes divinas y humanas porfiareis en restituir a Atenas a ese vuestro Hipias, protestando desde ahora solemnemente nosotros los de Corinto, os declaramos que no consentimos en ello».

XCIII. Esto dijo Socles, el diputado de los corintios, a quien Hipias el tirano, invocando a los mismos dioses griegos y poniéndoles por testigos de lo que iba a decir, le respondió, que tiempo vendría, presto y sin falta alguna, en que los mismo corintios echaran de menos y desearan en Atenas a los hijos de Pisístrato cuando les llegara y sobreviniera el plazo fatal de verse oprimidos por los atenienses libres e independientes; lo que decía Hipias aludiendo a aquellos oráculos escritos que nadie mejor que él tenía sabidos. Pero los demás diputados del congreso, que no habían hasta allí despegado sus labios, después de oír a Socles, que tanto había perorado a favor de la libertad común, rompiendo el silencio cada uno por su parte, votaban todos libremente a favor del corintio, y protestando altamente, pedían a los lacedemonios que nada innovasen en aquella ciudad griega. Así, pues, terminó la conferencia.

XCIV. Al irse después Hipias de Lacedemonia, aunque Amintas, rey de Macedonia, le ofrecía la ciudad de Antemunte, y los tesalios le convidaban con Yolco,[69] sin querer aceptar ninguna de las dos, dio la vuelta a Sigeo. Era esta una plaza que a punta de lanza había tomado Pisístrato a los de Mitilene,[70] en la cual una vez ganada puso por señor un hijo bastardo, habido en una mujer argiva, por nombre Hegesístrato: ni este pudo jamás, sino con las armas en la mano, gozar de la ciudad que de Pisístrato había recibido. Con motivo de Sigeo duraron largo tiempo las hostilidades entre mitileneos y atenienses: salían aquellos de la ciudad de Aquileo, y estos de la misma Sigeo a guerrear; los mitileneos pretendían recobrar aquella tierra que reputaban ser suya; los atenienses les negaban el derecho sobre ella, dando por razón que el dominio de la región troyana no tocaba más a los eolios que a los atenienses y demás griegos que en compañía de Menelao habían salido a vengar el robo de Helena.

XCV. Entre varias cosas que acontecieron en el curso de dicha guerra, sucedió que viniendo los enemigos a las manos en una refriega en que la victoria empezaba a declararse por los atenienses, pudo escapárseles el célebre poeta Alceo, huyendo listo y veloz, pero no supo salvar sus armas, las cuales, cayendo en poder de los atenienses, fueron después suspendidas por ellos en el Ateneo (o templo de Atenea) en la misma Sigeo, caso sobre que compuso Alceo unos versos dando en ellos cuenta de su desgracia a Menalipo su camarada[71] y los envió a Mitilene. Ajustó, por fin, estas diferencias, entre los de Mitilene y los de Atenas, Periandro, el hijo de Cípselo, en cuyo arbitrio se habían comprometido las partes; y lo verificó decidiendo y ordenando que cada una se quedase en la pacífica posesión de lo que tenía, con lo que vino Sigeo a quedar por los atenienses.