Los nueve libros de la Historia (2 de 2)

Part 35

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CXVI. El gobernador por Jerjes en esta provincia era el persa Artaíctes, hombre audaz, malvado y ruin, quien con dolo y artificio había quitado al rey, al tiempo que iba contra Atenas, los tesoros y riquezas del héroe Protesilao, hijo de Íficlo, y se los había apropiado sacándolos de Elayunte en esta forma: Existe en Elayunte, ciudad del Quersoneso, el sepulcro de Protesilao, y alrededor de este monumento un bosque y recinto sagrado, en cuyo santuario había mucha riqueza, mucha urna de oro y de plata, mucha pieza de bronce, mucho vestido precioso y muchos otros donativos. Todos los saqueó, pues, Artaíctes con su astucia, haciéndole merced al mismo rey, a quien él engañó maliciosamente con cierta súplica que en estos términos le hizo: «Señor, le dice, aquí está la casa de cierto griego, el cual en una expedición que contra vuestros dominios hacía pagó con la vida la pena de su maldad. Os suplico, por tanto, que me hagáis la gracia de darme su casa para que escarmienten todos y nadie se atreva en adelante a infestar vuestros estados». Con tal artificio concebía la demanda, viendo que así obtendría fácilmente la gracia del rey, el cual estaba lejos de maliciar nada de lo que él pretendía conseguir; y en cuanto a la imputación de haber hecho la guerra Protesilao en los dominios del rey, aludía con malicia a la pretensión de los persas, que quieren sea toda el Asia suya y del soberano que en todo tiempo entre ellos reinase.[396] Una vez concedida la gracia, lo primero que hizo Artaíctes fue pasar de Elayunte a Sesto todos aquellos tesoros, desmontar el bosque, sembrar y cultivar el recinto sagrado: y no se contentó con esto, sino que, de allí en adelante, cuantas veces tocaba en Elayunte, otras tantas en el mismo santuario de Protesilao abusaba de alguna mujer. Artaíctes era, pues, el que se hallaba a la sazón sitiado por los atenienses, sin provisiones para sufrir el asedio, y sin que antes hubiese esperado allí a los griegos, los cuales se habían echado de improviso sobre aquella provincia.

CXVII. Viendo los atenienses ocupados en el sitio que iba acercándose ya el otoño, pesarosos de hallarse lejos de sus casas y descontentos de no poder tomar la fortaleza, instaban a sus jefes por la vuelta y retirada a su patria. Pero como estos les desengañasen diciendo no tenían que pensar en volver si no rendían primero la plaza, o no eran llamados por la república, aquietáronse al cabo con la respuesta, determinados a pasar por todo.

CXVIII. Hallábanse entretanto los sitiados tan acosados del hambre, que habían llegado ya al extremo de cocer para su alimento las correas de sus camillas y lechos; pero como poco después aun este sustento les faltase, los persas, aprovechándose de las tinieblas de la noche, salieron ocultamente de la ciudad con Artaíctes y Eobazo, descolgándose por las espaldas de la fortaleza, que era el puesto menos guardado y cubierto por los enemigos. Apenas amaneció cuando los naturales del Quersoneso, dando desde las torres aviso a los atenienses de lo sucedido, les abrieron las puertas de la ciudad, con lo cual la mayor parte de los sitiadores siguió los alcances de los que huían, y los demás se apoderaron de la plaza.

CXIX. Los tracios que llaman apsintios, habiendo cogido a Eobazo que huía por la Tracia, le sacrificaron conforme a su rito particular a Plistoro, su dios nacional, dando a los demás de la comitiva otro género de muerte: Artaíctes con los suyos, que no eran muchos, habiendo tardado algo más en salir de la plaza, fue alcanzado poco más allá de las corrientes de un río que llaman de la Cabra,[397] donde después de un buen rato de resistencia, en que algunos de sus compañeros murieron, fue con los otros hecho prisionero, y con él un hijo suyo, que fueron reducidos a prisión en Sesto por los griegos.

CXX. Sucedió entonces, según refieren los vecinos del Quersoneso, un raro prodigio a uno de los que guardaban dichos prisioneros, pues al tiempo que sobre las brasas estaba asando no sé qué pez salado, saltó este de repente en el fuego, y se puso a palpitar como suelen hacerlo los peces recién sacados del agua. Las demás guardias que cerca de él estaban, se quedaron admiradas al verlo; pero Artaíctes apenas reparó en el prodigio, encarándose con el soldado que asaba aquellos peces, le habló en estos términos: «Nada tienes que extrañar, amigo ateniense, ese portento, que por cierto no habla contigo; con él quiere significarme el dios de Elayunte, Protesilao, que aun después de muerto y disecado tiene virtud y poder conferido por los dioses para vengarse de quien le agraviare. Confieso que le tengo ofendido; pero pronto estoy para la enmienda: me ofrezco a pagar a este buen dios cien talentos en recompensa de las riquezas que le quité, y prometo a los atenienses por el rescate mío y el de mi hijo doscientos más si nos ponen en libertad». Así habló Artaíctes, pero con tantas promesas no pudo aplacar al general Jantipo, ya porque le instaban los vecinos de Elayunte que vengase a su Protesilao con el suplicio del sacrílego prisionero, ya porque juzgaba por sí mismo que así debía ejecutarlo con aquel malvado. Llevándole, pues, desde la cárcel a la misma orilla del mar, donde Jerjes había construido el famoso puente, o como dicen otros, subiéndole a un cerro que cae sobre la ciudad de Madito, le empaló allí en un madero clavado en el suelo, habiendo hecho morir a pedradas al hijo a la vista del mismo Artaíctes.

CXXI. Hecho esto y cargadas las naves con el rico botín, y también con la armazón y pertrechos del puente de Jerjes, que destinaban por ofrendas a los templos de la patria, hiciéronse los atenienses a la vela para Grecia. Y con esto concluyeron las hazañas de aquel año.

CXXII. Y ya que hablé del empalado Artaíctes, quiero mencionar un arbitrio que propuso a los persas su abuelo paterno Artembares, de cuyo arbitrio dieron cuenta a Ciro, referido en estos términos: «Ya que el dios Zeus da a los persas el imperio, y a ti, oh Ciro, arruinado el poderío de Astiages, te concede particularmente el mando con preferencia a todos los hombres, ¿qué hacemos nosotros que no salimos de nuestro corto y áspero país para trasladarnos a otra tierra preferible? A nuestra disposición tenemos muchas provincias vecinas, y muchas otras distantes, mejores todas que nuestro suelo, y está puesto en razón que las mejores sean para los que tienen el dominio. ¿Y qué ocasión lograremos más oportuna para hacerlo que la que tenemos al presente, cuando nos hallamos mandando a tantas naciones y al Asia toda?». Ciro, habiendo escuchado el discurso, sin mostrar que extrañaba el proyecto, aconsejó a los persas que lo hicieran muy en hora buena; pero les avisó al mismo tiempo que se dispusiesen, desde el punto que tal hicieran, a no mandar más, sino a ser por otros mandados; que efecto natural de un clima delicioso era el criar a los hombres delicados, no hallándose en el mundo tierra alguna que produzca al mismo tiempo frutos regalados y valientes guerreros. Adoptaron luego los persas la opinión de Ciro, y corrigiendo la suya propia, desistieron de sus intentos, prefiriendo vivir mandando en un país áspero, que ser mandados disfrutando del más delicioso paraíso.

FIN DEL TOMO SEGUNDO Y ÚLTIMO.

ÍNDICE.

LIBRO QUINTO. Los generales de Darío principian a conquistar varias plazas en Europa. — Costumbres de los tracios. — Traslación de los peonios al Asia. Véngase Alejandro de los embajadores persas enviados a Macedonia. — Política de Darío con Histieo, señor de Mileto. Sublévanse los jonios contra los persas por instigación de Histieo y Aristágoras, y piden socorro a los atenienses: situación de estos, sus guerras y revoluciones. Muerte de Hiparco, tirano de Atenas y expulsión de su hermano Hipias: los lacedemonios tratan de favorecer a este para recobrar el dominio de Atenas, pero se opone el corintio Sosicles refiriendo el origen de la tiranía en su patria y los males que acarreaba en ella. Irritado Hipias incita a los persas contra los atenienses, y Aristágoras por su parte persuade a estos que se alíen con los jonios contra los persas. — Ataque e incendio de Sardes por los griegos coligados. — Jura Darío vengarse de ellos, y sus generales principian a sujetar varios pueblos de los insurgentes. 5

LIBRO SEXTO. Histieo continúa induciendo a los jonios a batirse contra los persas, pero estos procuran dispersar su armada por medio de las instigaciones de sus antiguos señores: derrota de la armada jonia: toma de Mileto. Histieo, hecho pirata, cae en poder de los medos, los cuales se apoderan de las ciudades jónicas y del Quersoneso, abandonado por Milcíades, que se había alzado con su dominio. La armada persa se dirige contra Atenas y naufraga al pie del Atos. Los de Egina se entregan a los persas, por cuyo motivo trata el rey de Esparta de castigarlos. — Origen de los reyes de Esparta, y deposición del rey Demarato: artificios de Cleómenes contra este, descubiertos los cuales huye de Esparta. — Los eginetas hacen nuevos insultos a los atenienses, los cuales consiguen derrotarlos en una batalla naval. — Atacan los persas a Eretria, y se apoderan de ella por traición. Continúan los persas contra Atenas y avanzan hasta Maratón. Los atenienses les salen al encuentro, al mando de diez generales. Batalla de Maratón. Dudas acerca de la lealtad de los Alcmeónidas y aventuras de esta familia. Milcíades, célebre desde la batalla de Maratón, es acusado por no haber tomado a Paros, y absuelto de la pena capital por la conquista de Lemnos, que hiciera en otro tiempo. 91

LIBRO SÉPTIMO. Muere Darío haciendo contra la Grecia aprestos militares que continúa su hijo Jerjes: con este objeto hace abrir un canal en el Atos y echar un puente sobre el Helesponto. — Orden de marcha del ejército persa de mar y tierra; su número y aumento; naciones que lo componían, y generales encargados del mando. — Disputa de Jerjes con el lacedemonio Demarato acerca del valor y resistencia de los griegos. — Para revista Jerjes a su ejército en Dorisco y se pone en marcha. — Envían los lacedemonios a Jerjes dos heraldos en compensación de los que ellos habían muerto. — Prepáranse los atenienses a resistir, a pesar de los infaustos oráculos de Delfos. — Los argivos se niegan a entrar en la confederación de los griegos, y Gelón, tirano de Sicilia, lo rehúsa igualmente si no se le da el mando. — Los isleños de Corfú tratan de alucinar con promesas a los embajadores, y los de Creta rehúsan también entrar en la confederación. — Abandonan los griegos la defensa del paso del Olimpo, y se deciden a defender las Termópilas. — Número prodigioso de hombres que componían el ejército persa de mar y tierra. — Tempestad que sufre su escuadra. — Ataque de las Termópilas y muerte de Leónidas con los espartanos. — Decide Jerjes continuar su marcha, y avanza contra la Grecia despreciando los consejos de Demarato. 175

LIBRO OCTAVO. Reseña de la armada griega reunida en Artemisio, donde es atacada por la de Jerjes, y después de dos combates se retira hacia Salamina. — Conducen los tesalios a los persas contra la Fócide: origen de las reyertas entre los tesalios y focidios. — Avanza Jerjes dividiendo su ejército, pero la columna que debía saquear a Delfos huye a vista de los prodigios que le suceden. — Los atenienses abandonan su ciudad, embarcándose para Salamina: aumento de la escuadra griega. — Jerjes se apodera de Atenas y su ciudadela, incendiándola. — Temístocles persuade a los griegos a dar la batalla en Salamina. — Convoca Jerjes a los jefes de marina para oír su dictamen, y Artemisia se opone a que se ataque a los griegos. — Las tropas coligadas del Peloponeso fortifican el Istmo contra el cual se dirige el ejército persa, y los de la escuadra se empeñan en abandonar a Salamina: proyecto que combate Temístocles. Astucia de este para obligar a los griegos a pelear en Salamina: descripción de aquella batalla naval. — Temor de Jerjes y su retirada a Persia, dejando a Mardonio con trescientos mil hombres. — Política de Temístocles. — Alejandro de Macedonia es enviado por Mardonio de embajador a los atenienses para atraerlos a su alianza, que rehúsan ellos. 305

LIBRO NOVENO. Mardonio se apodera nuevamente de Atenas, abandonada de sus ciudadanos, los cuales se quejan de la indiferencia de los lacedemonios: decídense estos a socorrerlos, por lo cual Mardonio abandona la población después de haber demolido sus muros y edificios. — Los griegos son atacados a las inmediaciones del Citerón por la caballería persa, y muere en la refriega su jefe Masistio. Avanza el ejército griego hacia Platea y se atrinchera contra el persa. Disputa entre los atenienses y los de Tegea sobre preferencia en el campamento y mando: reseña y formación de ambos ejércitos, los cuales, en vista de los agüeros, permanecen indecisos, sin atreverse a dar la batalla. Decídese Mardonio a embestir contra los griegos, y Alejandro de Macedonia les avisa en persona este proyecto. — Reto de Mardonio a los laconios. — Tratan los griegos de retirarse para mejorar de posición, pero se opone un caudillo lacedemonio, y entretanto algunos de los confederados huyen a Platea. Al retirarse los lacedemonios son atacados por los persas. — Muerte de Mardonio y fuga del ejército persa, que atacado en sus trincheras es pasado a degüello por los griegos. Relación de los sujetos que se distinguieron en aquella jornada y del botín ocupado a los persas. — El ejército griego trata de castigar a los aliados, y pone sitio a los tebanos. Entretanto, Leotíquidas con la armada griega intenta atacar a los restos de la persa; pero sus jefes saltan en tierra y se fortifican en Mícala, en donde son atacados y vencidos por los griegos. — Sublevación de los jonios contra los persas. — Riña entre Masistes y Artaíntes, generales persas. Amores incestuosos de Jerjes con la familia de Masistes. El manto de Jerjes. Los griegos atacan el Quersoneso y se apoderan de Sesto, plaza defendida por los persas, y dan muerte a su gobernador, el impío Artaíctes. 391

NOTAS

[1] Perinto, colonia griega fundada según diversas opiniones por los samios, por Orestes o por Heracles, es la misma ciudad que Heraclea en el Quersoneso. Los peonios o pelagones eran un pueblo de la Macedonia, situada cerca de Tesalónica, en el distrito de la actual Etrachino.

[2] Los límites de la antigua Tracia, que confinaba al occidente con la Macedonia, al oriente con el Ponto Euxino, el Helesponto y la Propóntide, al mediodía con el Egeo, y al norte con el monte Hemo, no permiten la exageración del autor. Tucídides hace a la Tracia en población y fuerzas inferior a la Escitia.

[3] Vivían los trausos al pie del Hemo en la Mesia inferior: esta su filosófica costumbre tan acomodada a imaginaciones melancólicas y mustias como la de Young, puede verse pintada en Cicerón con los más vivos colores (_Tusc._, I, capítulo 48).

[4] Los traces, antes tiraces o descendientes de Tiras, hijo de Jafet, conservaban no sé qué restos del primitivo culto de los Noáquidas, teniendo un templo en una altura dedicado al Dios Sabathius, e invocando a Dioniso con las voces _Evohe Sabbai_, muy parecidas a las de David _Jehova Tsabaoth_. El culto de los reyes tracios a Hermes confirma la opinión de que este fue el sexto rey de los celtas.

[5] Habiéndose sabido muy poco entre griegos y latinos, hasta la época de Julio César, de las naciones célticas de la antigua Germania, son casi desconocidos los siginas, cuya situación se cree poderse colocar en la Istria o Estiria o algún otro país al pie de los Alpes, aunque la descripción de sus caballos conviene muy bien con la de los _reunes_ o _renos_ de Siberia. Si Heródoto no les atribuyera el traje medo, más bien que colonia de los medos, pudiera creerse de macedonios, a quienes hacen algunos únicos verdaderos descendientes de Madai, hijo de Jafet. La última cláusula de este párrafo se cree añadidura de algún copista.

[6] No basta el frío del norte a matar las abejas, como notó Eliano: uno de los ramos de comercio de la Rusia en el puerto de Arcángel es la cera amarilla del país.

[7] Estaba situado este pueblo entre el río Estrimón y la ciudad de Filippi.

[8] Ya entonces contaban las persas por infamia ocuparse en trabajos de manos, orgullo y molicie que la voluptuosa Asia ha trasmitido harto frecuentemente a la laboriosa Europa.

[9] El Pangeo se llama en el día Malaca o Castagua; Doberes era una ciudad peonia de que habla Tucídides: de los odomantos dice Suidas que usaban la circuncisión.

[10] Esto se ve confirmado por Eliano y Ateneo, quien dice que a los bueyes en Tracia se les llenaban de peces los pesebres, y por lo que se refiere de Noruega, donde las bestias se alimentan de pescado.

[11] Sería la misma de donde sacaba tesoros Filipo, padre de Alejandro.

[12] Era Amintas I el noveno rey de Macedonia, por los años de 514 antes de Jesucristo, y mucha debió ser la debilidad de su imperio, cuando no su poquedad de ánimo, pues que no se atrevió a la resistencia que hizo la Peonia.

[13] Este modesto recato era común en toda la Grecia. Léase en Cicerón el trágico caso de la resistencia que en Lámpsaco se hizo a Verres en punto semejante, y del suplicio con que la castigó el fiero procónsul.

[14] No falta filósofo antiguo ni aun quizá moderno que alabe este hecho de Alejandro: comparadas la insolencia de los unos con la alevosía del otro, no sé a qué parte se inclinará la mayor gravedad de la injuria pública.

[15] Pérdicas I, cuarto rey de los macedonios, reinó por los años 691 antes de J. C. Quien sepa las numerosas diligencias que se practicaban en los ejercicios olímpicos, en vista de la sentencia dada en favor de Alejandro, hijo de Amintas, no dudaría que fuesen los macedonios de origen griego, por más que los llamase bárbaros Demóstenes, movido de su odio a Filipo.

[16] L. VIII, c. 137.

[17] Todavía después de Homero daban los mensajeros en Grecia el recado con oración, como si la persona que los enviaba fuese la que hablase cara a cara. Todo este razonamiento y el que sigue fuera digno de un monarca, si la disimulación y mala fe no le degradara, haciendo que las máximas más sólidas de la amistad sirvieran de pretexto a la más fina perfidia.

[18] Lamponio, vecina a la ciudad de Antandro, arruinada y sin nombre en el día: Antandro se llama hoy San Dimitri, antes célebre ciudad de los léleges y después de los troyanos en la Misia.

[19] No parece sino que la narración está truncada faltando algún periodo que sea transición para lo demás del capítulo. En cuanto a lo que sigue, se entiende claramente que habla de Ótanes.

[20] Naxos, al presente Naxia, la más rica y feraz de las Cícladas tiene cien millas de circuito, aunque Plinio solo le da setenta y cinco, y es célebre por su vino y su mármol ofites de color verde con vetas blancas. Ocupáronla al principio los tracios, gobernados por Boutes, a quienes sucedieron los tésalos, que después de doscientos años de posesión la abandonaron a causa de una gran carestía: después de la guerra de Troya se hicieron dueños de ella los carios, de los cuales pasó a unos colonos de Cnido y Rodas, y de estos últimamente a los jonios.

[21] No parece que hubiera leído Heródoto la carta de Pausanias, que trae Tucídides escrita a Jerjes, a quien en premio de su alevosía pide por esposa una hija del mismo rey, y no de Megabates.

[22] Mindo, hoy Mentese, ciudad de consideración en la Caria y colonia de los trecenios.

[23] Nota Ateneo que los naxios ricos vivían comúnmente en la misma ciudad, dejando en las aldeas a la gente pobre, lo que asimismo sucedía en el Ática.

[24] Mileso, o como ahora se llama, Melaso, era una rica ciudad de la Caria; Termera otra ciudad en los confines de la Caria y la Licia, cuyas ruinas no son acaso conocidas.

[25] El derecho de Heracles sobre la región ericina proviene, según Diodoro Sículo, de haber aquel héroe vencido en la lucha a Eris, rey del país, y haber quedado señor del territorio que dejó en fideicomiso a los naturales, hasta tanto que algún hijo suyo viniera a reclamarle. Acerca de los oráculos de Layo ninguna noticia de ellos hallamos en otros autores.

[26] A este rey llama Diodoro Sículo «demagogo» u orador público, como llamó también Aristóteles a Cípselo tirano de Corinto: en la democracia reinan comúnmente los demagogos, y alguna vez de oradores pasan a ser tiranos. La famosa Síbaris, arruinada por los crotoniatas y reedificada con el nombre de Turio, se cree que sea hoy la aldea Torre Brodoqueto, en la Calabria.

[27] Egesta o Segesta, célebre ciudad de Sicilia entre el promontorio Lilibeo y Panormo, correspondía al lugar que se llama Bárbara. En cuanto a Minoa, que se llamó después Heraclea, y a Selinunte, célebre colonia de los megarenses, ambas hoy arruinadas, se hallaba la primera cerca del cabo Blanco, y la segunda en la Terra dei pulici, en la provincia de Mazara.

[28] Esta especie de mapas o _pínax_, tablas de bronce grabadas con los nombres de ríos, mares y naciones, ¿no darían lugar a las pinturas de varios colores usadas en los libros y códices antiguos?

[29] Dúdase qué ríos fuesen los dos Tigris menores, a no ser el Lico y el Caper, llamados hoy día, aquel el Zab mayor, y este el pequeño Zab. Al Gindes no le dan nombre los modernos, pues quizá dividido por Ciro en 370 acequias perdió su curso antiguo o del todo desapareció.

[30] En el imperio Romano, como en casi toda la Europa moderna, estaban también en uso tales postas públicas con sus paradores, ya para pernoctar, ya para mudar de caballerías. Por lo común, a cada posta correspondían cinco parasangas, a cada parasanga treinta estadios, y ocho estadios a cada milla, aunque se halla alguna variación en los autores. Los números en el texto están sin duda equivocados, pues el total no se ajusta con las partidas, faltando a la suma treinta postas, y no resultando de las partidas más que trescientas treinta y seis parasangas, en vez de las cuatrocientas cincuenta que deduce el autor.

[31] Ciudad de la Beocia, al presente Anatoria.

[32] Mucho se disputó entre los eruditos acerca del primer hombre que inventó las letras, y del primer pueblo que las usó y las comunicó a los demás. Josefo concede a los antediluvianos el arte de escribir, conservado después en los Noáquidas, especialmente en los que permanecieron en las metrópolis del Asia, opinión en que me afirmo viendo que las naciones más antiguas de Europa usaban de los caracteres y letras fenicias y pelásgicas, las cuales, aunque creo con algunos eruditos que eran conocidas entre los griegos antes de Cadmo, también parece que unas y otras no serían muy diferentes de las sirias y hebreas, pues en las inscripciones más antiguas de Grecia se escribía de derecha a izquierda al modo de los orientales, y Plutarco dice que aquellos caracteres eran muy semejantes a los egipcios. El alfabeto introducido por Cadmo no se componía más que de dieciséis letras, pues las otras cinco se inventaron algo después.

[33] Esceo y su padre Hipocoonte fueron ambos muertos por Heracles.

[34] Eran los enqueleos un pueblo de la Iliria o Esclavonia, donde había mandado ya Cadmo, y en el cual hallaron refugio los cadmeos arrojados por los argivos, a cuyo frente habían venido los epígonos o hijos de los capitanes muertos antes en el sitio de Tebas.

[35] No fue este el solo ejemplo de soborno en la Pitia, cuya venalidad hacía decir a Demóstenes que _filipizaba_, y ha dado ocasión a la opinión, por otra parte insostenible, de Fontenelle y algunos otros, de que los oráculos todos eran obra de industria y artificio humano, sin intervención alguna del demonio.

[36] Acaso deberá decir gonio, de Gono, ciudad de los perrebos.