Los nueve libros de la Historia (2 de 2)
Part 34
XCV. Volviendo, pues, a nuestro propósito, hijo del mencionado Evenio fue Deífono, el que, conducido por los corintios, era adivino en la armada. Acuérdome de haber oído decir a alguno, que habiéndose alzado Deífono con el nombre de hijo de Evenio, de quien no lo era en realidad, se alquiló para vaticinar contra la Grecia.[388]
XCVI. Por lo que mira a los griegos de Delos, al ver que les eran favorables los sacrificios, alzando el ancla se hicieron a la vela para Samos; y llegados a vista de Cálamos, lugar de dicha villa, dieron allí fondo cerca del Hereo y se disponían a una batalla naval. Mas los persas, al saber que llegaban los griegos, salieron para el continente con el resto de la armada que les quedaba, dando al mismo tiempo permiso a la escuadra fenicia para restituirse a su patria. Nacía esto de que en sus asambleas habían resuelto dos cosas: una el no entrar en combate con las naves griegas, por parecerles que no eran proporcionadas sus fuerzas navales; la otra el refugiarse al continente con la mira de estar allí cubiertos y sostenidos por el ejército de tierra, que se hallaba en Mícala; porque es de saber que por orden de Jerjes habían sido dejados allí 60.000 hombres, que sirvieran de guarnición en la Jonia, bajo el mando del general Tigranes, el más sobresaliente de todos los persas en el talle y gallardía de su persona. Hacia dicho ejército, pues, habían determinado retirarse los jefes de la armada naval, sacadas a tierra sus naves, defendidas allí con buenas trincheras, que les sirvieran a ellas de baluarte y a ellos de refugio y retirada contra el enemigo.
XCVII. Hechos, pues, a la vela con esta resolución, llegaron los persas cerca del templo de las Potnias,[389] entre Gesón y Escolopunte, lugares de Mícala, en cuyas vecindades erigió aquel templo, en honor de Deméter Eleusinia, Filisto, hijo de Pasicles, cuando pasó a la fundación de Mileto en compañía de Nileo, hijo de Codro. Habiendo, pues, aportado a este sitio, sacaron a tierra sus naves y las encerraron dentro de un vallado que formaron con piedra y fagina, y con los troncos de los árboles frutales cortados en aquellas cercanías, alzando a más de esto alrededor de la valla una fuerte estacada. Tales eran los pertrechos con que se disponían, así para resistir sitiados, como para vencer salidos de sus trincheras, pues así pensaban poder pelear con distintas posiciones.
XCVIII. Al saber los griegos que los bárbaros habían pasado al continente, fue mucha la pena que sintieron de que se les hubiesen escapado, ni acababan de resolver consigo si volverían atrás o se adelantarían hasta el Helesponto; pero al fin parecioles bien no hacer uno ni otro, sino darse a la vela para el continente. Con esto, prevenidos de escalas y de los demás pertrechos para una batalla naval, salen para Mícala. Cuando estuvieron cerca ya del campamento de las naves enemigas, viendo que nadie las botaba al agua para salirles al encuentro, y antes bien todas se quedaban encerradas dentro del vallado, observando al mismo tiempo que mucha tropa de tierra estaba apostada por toda aquella playa, lo primero que hizo entonces Leotíquidas fue ir pasando por delante del enemigo, costeando en su nave la tierra lo más cerca posible, y hacer que su pregonero hablase en estos términos a los jonios: «Amigos jonios, cuantos estáis al alcance de mi voz, estad todos atentos a lo que voy a deciros, pues bien veis que nada penetrarán los persas de lo que preveniros quiero. Encárgoos, pues, que al cerrar nosotros con el enemigo tengáis presente vuestra libertad y la de todos los griegos; esto sea lo primero: lo segundo, os prevengo que no os olvidéis del nombre y seña de _Hebe_. Vosotros los que me oís, haced que sepan esto los que no me oyen». Este artificio de Leotíquidas entrañaba la misma malicia que aquel hecho de Temístocles en Artemisio, porque una de dos cosas debía resultar de allí: o bien atraer a los jonios a su partido, en caso que el aviso se ocultara a los persas; o si no, poner a estos de mala fe para con aquellos, si llegaba el trato a noticia de los bárbaros.
XCIX. Después de esta prevención de Leotíquidas, lo segundo que hicieron allí los griegos fue arribar a la playa, saltar a tierra y formarse luego en orden de batalla. Cuando los persas vieron en tierra a los griegos dispuestos al combate, informados al mismo tiempo del soborno intentado con los jonios, tomaron desde luego sus medidas y precauciones. La primera de ellas fue desarmar a los samios, de quienes se recelaban como de partidarios de los griegos. Procedía el motivo de tal sospecha de ver que los samios habían rescatado a todos los atenienses que, dejados antes en el Ática y cogidos allí por la gente de Jerjes, habían sido traídos a Samos, y que no contentos con esto los samios, los habían remitido a Atenas bien provistos de víveres; motivo por el cual habían dado no poco que sospechar a los persas, redimiendo hasta quinientas personas enemigas de Jerjes. La segunda precaución tomáronla los persas mandando a los milesios que ocupasen aquellos desfiladeros que llevan hasta la cumbre de Mícala, con el pretexto de ser la gente más perita en aquellos pasos; pero con la verdadera mira de hacer que no se hallasen mezclados en su ejército. Por estos medios procuraron prevenirse los persas contra aquellos jonios de quienes recelaban que no dejarían pasar la ocasión, si alguna se les ofrecía, de intentar una novedad. Hecho esto, fueron atrincherándose detrás de sus _gerras_ o parapeto de mimbres para entrar en acción.
C. Una vez formados los griegos en sus filas, parten sin dilación hacia el enemigo, al tiempo mismo de ir al choque, y vuela por todo el campo ligera la fama con una fausta nueva, y deja verse de repente en la orilla del mar una vara levantada a manera de caduceo. La buena noticia volaba diciendo que los griegos en Beocia habían vencido al ejército de Mardonio. Ello es así, que los dioses con varios indicios suelen hacer patentes los prodigios de que son autores, como se vio entonces, pues queriendo ellos que el destrozo de los bárbaros en Mícala coincidiese en un mismo día con el ya padecido en Platea, hicieron que la fama de esto llegase en tal coyuntura, que animase mucho más y llenara de valor a los griegos para el nuevo peligro, como en efecto sucedió.[390]
CI. Otra particularidad observo en este caso, y es que las dos batallas de que hablo, se dieron en las vecindades de los templos de Deméter Eleusinia, pues según llevo ya notado, la batalla en Platea se trabó junto a aquel templo, y la que en Mícala iba a emprenderse había de darse cerca de otro que allí había. Y en efecto, concordaba con la verdad del hecho la fama que allí corrió acerca de la victoria de Pausanias y de sus griegos, habiendo sucedido bien de mañana la batalla de Platea, y la de Mícala por la tarde de aquel mismo día. Ni tardó de cierto a saberse la nueva, pues dentro de pocos días se vio clara y evidentemente que las dos acciones sucedieron en un mismo mes y día.[391] Lo cierto es que los griegos de Mícala, antes de que volando les viniese la fama como para ganar las albricias, estaban muy temerosos y solícitos, no tanto por su propia causa, como por la común de los demás griegos, siempre con el temor de que cayese al cabo la Grecia toda en las manos de Mardonio; pero llegada la fausta nueva, iban al combate con nuevos ánimos y mayor brío. Ni es de extrañar que así los griegos como los bárbaros mostraran prisa e interés en una contienda cuyo galardón había de ser en breve el dominio de las islas y del Helesponto.
CII. Iban, pues, los atenienses avanzando por la playa y por la llanura vecina, con los aliados que se habían formado a su lado, componiendo como la mitad de la tropa; y los lacedemonios con las demás tropas ordenadas en el suyo caminaban por unos pasos ásperos y montuosos. En tanto que venían estos dando la vuelta, ya el cuerpo de los atenienses en su ala había cerrado con el enemigo. Los persas, defendiéndose con ardor mientras duró en pie el parapeto de sus _gerras_, en nada llevaban la peor parte del combate; pero después que el ala de los atenienses y de los aliados unidos, exhortándose unos a otros para hacer suya la victoria sin dejarla a los lacedemonios, redobló el ataque con nuevo brío y esfuerzo, empezó luego a mudar de semblante la acción, rompiendo con ímpetu el parapeto, y dejándose caer escuadronados y unidos sobre los persas, quienes recibiéndolos a pie firme y haciendo por bastante tiempo una vigorosa resistencia, se refugiaron al cabo a sus trincheras. Viéndolos huir, los atenienses, los corintios, los sicionios y los trecenios, pues estas eran las tropas reunidas en aquella ala, cada cual por su orden, cargándoles de cerca en la huida, lograron entrar con ellos dentro de sus reales. Al ver los bárbaros forzado su campo, no se acordaron ya de hacer más resistencia, y se entregaron a la fuga, exceptuados los persas propios, quienes, bien que reducidos a un pequeño número, resistían valerosamente a los griegos, por más que no cesasen estos de subir por las trincheras. Dos generales persas hubieron de salvar la vida huyendo, y dos la perdieron allí peleando: huyeron los comandantes de las tropas marinas Artaíntes e Itamitres; murieron con las armas en la mano Mardontes y Tigranes, que era general del ejército de tierra.
CIII. Duraba todavía la resistencia que hacían los persas, cuando llegó el cuerpo de los lacedemonios y demás aliados, que ayudó a acabar con todos los enemigos. No fueron pocos los griegos que murieron en la acción, entre quienes se contaron muchos sicionios, con su jefe Perilao. Por lo que mira a los samios alistados en aquel ejército medo y desarmados en el campo, apenas vieron al principiar el combate varia y fluctuante la victoria, hicieron cuanto les fue posible por su parte para ayudar a los griegos, y siguiendo los demás jonios el ejemplo que empezaban a darles los samios, sublevados también, volvieron sus armas contra los bárbaros.
CIV. Habían los persas, como dije antes, apostado en los desfiladeros y sendas del monte a los milesios, con orden de guardarles aquellos pasos con el objeto de que en caso de tener mal éxito la acción, como en efecto tuvo, sirviéndoles de guías los milesios, les condujesen salvos a las eminencias de Mícala, pues a este fin, no menos que con el de precaver que no intentasen novedad alguna incorporados en el ejército, les habían destacado allí los persas. Pero los milesios obraban en todo al revés de lo que se había ordenado, pues no solo guiaban por las sendas que iban a dar con el enemigo a los que pretendían huir por la parte opuesta, sino que al fin fueron ellos mismos los que mayor carnicería hicieron en los bárbaros. De este modo se levantó de nuevo la Jonia contra el persa.
CV. En esta batalla, los griegos que mejor se portaron fueron los atenienses, y entre estos se distinguió más que otro alguno un atleta célebre en el _pancracio_,[392] llamado Hermólico, hijo de Eutino. Este mismo campeón, en la guerra que después se hicieron entre sí atenienses y caristios, tuvo la desgracia de morir peleando en Cirno, lugar del territorio caristio, y fue sepultado en Geresto. Después de los atenienses merecieron mucho aplauso los corintios, los trecenios y los sicionios.
CVI. Luego que los griegos hubieron acabado con casi todos aquellos bárbaros, muertos unos en la batalla y otros en la fuga, trasladaron a la playa los despojos, entre los cuales no dejaron de hallar bastantes tesoros, y luego pegaron fuego a las naves, juntamente con las trincheras, y reducidas a ceniza trincheras y naves, hiciéronse a la vela. Vueltos ya a Samos, entraron en consejo los griegos acerca de la trasplantación de las ciudades jonias, deliberando si sería oportuno dejar despoblada la Jonia al arbitrio de los bárbaros, y en tal caso en qué regiones de la Grecia, que fuesen de su dominio, sería conveniente dar asiento a los jonios. Movíales a esto el ver por una parte que era imposible a los griegos el proteger de continuo a los jonios con una guarnición fija, y por otra el considerar que los jonios, no estando protegidos continuamente por un destacamento, no podrían lisonjearse de no pagar bien cara la sublevación contra los persas. Eran, pues, de parecer en la consulta los principales entre los peloponesios, que convenía desocupar los emporios de aquellos griegos que habían seguido al medo, y darlos con sus territorios a los jonios para su habitación. Mas parecíales a los atenienses que de ningún modo convenía desamparar la Jonia con semejante deserción, y que no tocaba a los del Peloponeso disponer de los colonos propios de Atenas; ni los peloponesios mostraron dificultad en ceder a este voto contrario. Dejado este punto, entraron a concluir un tratado de alianza con los samios, con los de Quíos, con los lesbios y con los demás isleños que seguían las banderas griegas, obligándose con la fe mutua de un solemne juramento a que firmes en la confederación mantendrían lo prometido. Concluido ya el tratado, y creídos de que hallarían todavía formado el puente de barcas, hiciéronse a la vela para romperlo.
CVII. Seguían, pues, los griegos el rumbo del Helesponto; pero los bárbaros que habían podido refugiarse en las alturas de Mícala, bien que pocos fueron los que en ellas se salvaron, daban entretanto la vuelta hacia Sardes. Sucedió en el camino que el príncipe Masistes, hijo de Darío, que se había hallado presente a la completa derrota del ejército, empezó a cargar de oprobios al general Artaíntes, y entre otras injurias le echó en rostro que era más ruin y cobarde que una mujer, no obstante sus insignias y supremo mando; que no había para él castigo bastante digno del daño que a la real casa acababa de hacer. Y es de notar que, entre los persas, tratarle a uno de mujer se tiene por la mayor de las infamias. Artaíntes, que tal nube de baldones y oprobios se vio encima, no pudiendo sufrirlo en paciencia, echa mano al alfanje medo en ademán de descargar un golpe mortal contra Masistes. En el acto de acometer, velo Jenágoras, hijo de Praxilao, natural de Halicarnaso, y ganándole la acción por las espaldas, le agarra de la cintura y le tira de cabeza en el suelo, dando lugar a que acudieran entretanto los alabarderos de Masistes. En recompensa de esta acción, con la cual ganó Jenágoras la gracia de Masistes, juntamente con la de Jerjes, a cuyo hermano salvó la vida, le dio el rey el mando de toda la Cilicia. Fuera de este hecho, nada de consideración sucedió en todo aquel viaje hasta Sardes. Hallábase entonces el rey en Sardes, donde se había mantenido desde que llegó allí huyendo de Atenas, perdida la batalla naval de Salamina.
CVIII. Manteniéndose allí Jerjes, hallábase sumamente prendado del amor que había concebido hacia la esposa de Masistes, la cual en aquella sazón se hallaba asimismo en Sardes. Viendo, pues, el rey que no podía buenamente atraerla a sus deseos, por más que la requebrase, y no queriendo rendirla a su pasión por medios violentos en atención y respeto a su hermano Masistes, cuya consideración alentaba la resistencia de la mujer, bien persuadida de que no usaría con ella de la fuerza, entonces fue cuando no hallando camino alguno para lograr su intento, se valió de este artificio: Manda casarse a un hijo suyo, llamado Darío, con una princesa hija de Masistes y de la dama de quien estaba Jerjes enamorado, creyendo que así le sería fácil llevar a cabo su designios. Hecho el ajuste y celebradas con solemne pompa las bodas, pasa Jerjes a Susa, en donde llama a su palacio a la princesa novia, para que en él viva con su hijo Darío. Mudó entonces de objeto el amor, y en vez de la madre empezó Jerjes a requebrar a la hija, dejando de querer a la esposa de Masistes su hermano, por querer sobrado a la de Darío su hijo, a la princesa Artaínta, que tal era su nombre.
CIX. Andando el tiempo, vino por fin a descubrirse el incesto. Amestris, la reina o esposa principal de Jerjes, quiso regalarle un manto real que había ella misma tejido de varios colores, pieza magnifica y digna de verse. Ufano Jerjes con su nuevo manto, se presenta vestido con él a su Artaínta, y contento de la buena acogida que ella le hizo, dícele que le pida la merced que quisiere, cierta de que en atención a sus obsequios nada le negará de cuanto le pida. Dispone la suerte adversa, que preparaba una gran catástrofe a toda aquella familia, que Artaínta le replique con esta pregunta: «¿De veras, señor? ¿Puedo contar absolutamente con vuestra promesa?». Jerjes, que nada preveía menos, como objeto de esta petición, que lo que ella pensaba pedirle, confirmó su promesa con un juramento. Con esto Artaínta se abalanza atrevida y le pide aquel manto. Entonces Jerjes no hacía sino buscar excusas, no por otro fin sino porque Amestris, recelosa ya anteriormente de aquel trato, no averiguase claramente lo que pasaba. Entonces era el darle ciudades, el darle montes de oro, el entregar a su único mando un ejército, siendo entre los persas muy singular favor el ceder a uno dicho mando. Pero todo en vano; ella instaba por su manto, y Jerjes se lo dio al cabo; y sumamente alegre y engreída con aquella gala, púsosela luego, haciendo ostentación de ella.
CX. Llega a oídos de Amestris que su manto paraba en poder de la otra; infórmase de lo que había pasado, y convierte su odio y encono no contra la joven Artaínta, sino contra su madre, persuadiéndose de que la culpa estaba en la madre encubridora y autora de lo que hacia la hija; y deseosa de vengarse, comienza a maquinar la muerte a la esposa de Masistes. A este fin espera a que llegue el solemne día en que el rey, su marido, debía dar un convite regio, que una vez al año acostumbraba a celebrarse en el día de cumpleaños del monarca, día en que este se adorna y corona la cabeza y hace regalos a los persas.[393] En idioma persa llámase este convite _ticta_, y en griego le corresponde _teleya_, convite perfecto o grande. Llegado, pues, el día de cumpleaños, pidió Amestris a Jerjes una gracia, y fue que le entregase la mujer de Masistes a toda su voluntad y discreción. Llevó Jerjes a mal una petición tan malvada e indecorosa, parte por ver que se le pedía la mujer de su mismo hermano, parte por saber cuán inocente estaba ella en aquel asunto, comprendiendo muy bien el motivo del resentimiento por el cual Amestris se la pedía.
CXI. No obstante todo esto, vencido al fin de las instancias de la reina y como forzado por la costumbre, que no permitía negar gracia alguna que al rey se pidiera en aquel regio aniversario, concédele la merced, bien que muy a pesar suyo, y entregándole la citada mujer, le dice que obre con ella como gustare. Llama después a su hermano Masistes y le habla en estos términos: «Masistes, a más de ser tú hijo de Darío y con esto mi buen hermano, bien sé que eres un hombre de mucho mérito y valor, lo que me mueve a ordenarte que despidas de tu compañía a esa mujer que ahora tienes, y tomes por mujer a una hija mía con quien adelante vivas, pues por tal te la doy desde ahora. En suma, no me parece bien que cohabites más con esa tu mujer». Sorprendido Masistes con una orden tan no esperada, replicole así: «Pero, señor, ¿qué significa esa pretensión vuestra tan fuera de razón? ¿Cómo así, señor, que me mandáis dejar a mi esposa, de quien he tenido tres hijos y otras hijas más, de quienes una es la princesa que vos mismo disteis por esposa al príncipe, vuestro hijo, y esto cuando yo la quiero y amo muy de corazón? ¿Queréis que echada ella de mi lecho me case yo con una hija vuestra? En esto, bien que me hagáis un particular honor teniéndome por digno marido de vuestra hija, me permitiréis con todo que os hable con franqueza que ni una ni otra cosa me conviene. No queráis vos precisarme a ello con vuestras instancias; marido se presentará para vuestra hija mejor o tan bueno como yo; dejadme a mí continuar en ser esposo de mi actual consorte». Irritado Jerjes de oír una respuesta libre y honrada: «¿Sabes, le replica, lo que lograrás con tu resistencia, desconocido Masistes? Ni yo te daré por esposa a mi hija, ni tú serás por más tiempo marido de esa tu mujer, para que aprendas a agradecer los favores que hacerte quiera tu soberano». Al oír Masistes la amenaza, saliose luego no diciendo más palabras que estas: «Señor, ¡vivo yo todavía, y vos no me mandáis morir!».
CXII. Amestris, en el intervalo en que hablaba Jerjes con su hermano, habiendo llamado a los alabarderos del rey, hace en la mujer de Masistes la más horrorosa carnicería. Córtale a la infeliz los pechos, y manda arrojarlos a los perros; córtale después la nariz, luego las orejas y los labios; la lengua también se la saca y corta; y así desfigurada y perdida la envía a su casa.[394]
CXIII. Masistes, que nada sabía de esto todavía y que por momentos temía algún desastre fatal en su misma persona, iba a su casa corriendo. Al entrar en ella, hállase con el espectáculo de su esposa destrozada; llama al punto a sus hijos, y de común acuerdo parte luego con ellos y con alguna gente para Bactria, con ánimo resuelto de sublevar aquella provincia y de hacer al rey cuanto daño pudiera; lo que, según me persuado, hubiera sin falta sucedido, si hubiese llegado a juntarse con los bactrios y con los sacas antes de que se lo impidiera el mismo rey, siendo gobernador de aquellas naciones que le amaban muy de veras. Pero prevenido Jerjes de los designios de Masistes, despachó un cuerpo de sus soldados, los cuáles alcanzándole en el camino, acabaron con él, con sus hijos y con las tropas que consigo llevaba. Basta lo dicho sobre los amores de Jerjes y la muerte desastrosa de Masistes.
CXIV. Volviendo a los griegos, emprendieron, luego de concluida la jornada de Mícala, la navegación al Helesponto, en la que a causa de los vientos contrarios les fue preciso dar fondo en las cercanías de Lecto.[395] De aquí pasaron a Abido, donde hallaron sueltas ya las barcas que todavía flotaban trabadas en forma de puente, razón por la cual habían dirigido su rumbo al Helesponto. Allí en sus consejos de guerra Leotíquidas con sus peloponesios opinaba por su vuelta hacia la Grecia; pero el comandante Jantipo con los atenienses era de parecer que, permaneciendo allí, invadieran el Quersoneso. Paró la disidencia en que los del Peloponeso se hicieran a la vela para su tierra, y los atenienses, pasando de Abido al Quersoneso, pusieron sitio a la plaza de Sesto.
CXV. Apenas corrió la voz de que los griegos querían acometer al Quersoneso, refugiáronse los persas en las ciudades vecinas a la plaza de Sesto, como a la más fuerte de cuantas había alrededor, y entre ellos pasó allá un personaje principal llamado Eobazo, quien desde la ciudad de Cardia había hecho acarrear a la misma fortaleza toda la armazón y aparejo del ya deshecho puente. Defendían dicha plaza los naturales del país, que eran unos colonos eolios, juntamente con los persas y con otros muchos aliados.