Los nueve libros de la Historia (2 de 2)
Part 33
LXXIV. De este Sófanes, natural del referido pueblo de Decelia, el más sobresaliente en la batalla entre los atenienses, se cuenta, bien que de dos maneras, una singular particularidad. Dicen de él los unos, que con una cadena de bronce llevaba una áncora de hierro pendiente de su tahalí puesto sobre el peto, la cual solía echar al suelo al tiempo de ir a cerrar con su contrario, para que afianzado con ella, no pudieran moverle ni sacarle de su puesto los enemigos, por más que le apretaran de recio, pero que una vez desordenados y rotos sus adversarios, volviendo a levantar y recobrar su ancla, les seguía los alcances. Cuéntanlo otros de un modo diferente, diciendo que llevaba sí una áncora, pero no de hierro, ni colgada de su peto con una cadena de bronce, sino remedada en el escudo, como una insignia, y que nunca cesaba de voltear y revolver el escudo.[384]
LXXV. Del mismo Sófanes se refiere otro hecho famoso: que en el sitio puesto por los atenienses a Egina mató en un desafío al argivo Euríbates, atleta célebre, que había sido declarado vencedor en el _pentatlo_, o en los cinco juegos olímpicos. Pero algún tiempo después, hallándose nuestro Sófanes como general entre los atenienses en compañía de Leagro, hijo de Glaucón, tuvo la desgracia de morir en Dato a manos de los edonos, habiéndose portado como buen militar en la guerra que a estos pueblos se hacía por razón de las minas de oro que poseían.
LXXVI. Rotos ya y postrados los bárbaros en Platea, se pasó y presentó a los griegos una célebre desertora. Era la concubina de un persa principal llamado Farándates, hijo de Teaspis, la que viendo vencidos a los persas y victoriosos a los griegos, ataviada así ella como sus doncellas con muchos adornos de oro, y vestida de la más bella gala que allí tenía, bajó de su _harmámaxa_, y se dirigió a los lacedemonios, todavía ocupados en el degüello de los bárbaros. Al llegar a los griegos, viendo a uno de ellos que entendía en todo y daba órdenes para lo que se hacía, conoció luego que aquel sería Pausanias, de cuyo nombre y patria por haberlo oído muchas veces venía bien instruida. Echose luego a sus pies, y teniéndole cogido de las rodillas, hablole en estos términos: «Señor y rey de Esparta, tened la bondad de sacar por los dioses a esta infeliz suplicante del cautiverio y esclavitud en que me veo, gracia con que acabaréis de coronar en mí ese otro grande beneficio de que me confieso ya deudora a vuestro imperio, viendo que habéis acabado con unos impíos que ni respetan a los dioses ni temen a los héroes. Yo, señor, soy una mujer natural de Cos, hija de Hegetórides y nieta de Antágoras; por fuerza me sacó de casa un persa, y por fuerza me ha retenido por su concubina». «Concedida tienes, mujer, la gracia que me pides, respondiole Pausanias, especialmente siendo verdad, como tú dices, que eres hija de Hegetórides de Cos, uno de mis huéspedes, y el que yo más estimo de cuantos tengo por aquellos países». Nada más le dijo por entonces, encargándola al cuidado de los éforos que allí estaban; pero la envió después a Egina, donde ella misma dijo que gustaría ir.
LXXVII. No bien se separó de aquel lugar la desertora, cuando las tropas de Mantinea, concluida ya la acción, se presentaron en el campo; y en prueba de lo mucho que sentían su negligencia, confesábanse ellos mismos merecedores de un buen castigo, que no dejarían de imponerse. Informados, pues, de que los medos a quienes capitaneaba Artabazo se habían librado entregándose a la fuga, a pesar de los lacedemonios, que no convenían en que se les diese caza, fueron con todo persiguiéndoles hasta la Tesalia; y vueltos a su patria los mismos mantineos, echaron de ella a sus caudillos, condenándolos al destierro. Después de ellos, llegaron al mismo campo los soldados de Élide, quienes, muy apesadumbrados por su descuido, enviaron asimismo desterrados a sus comandantes, una vez regresados de la expedición a su patria: y esto es cuanto sucedió con los de Mantinea y con los eleos.
LXXVIII. Había en Platea entre los soldados de Egina un tal Lampón, hijo de Pites, uno de los principales de su ciudad; el cual, concebido un designio singularmente impío, se dirigió a Pausanias, y llegando a su presencia como para tratar un muy grave negocio, hablole así: «Alégrome mucho de que vos, oh hijo de Cleómbroto, hayáis llevado a cabo la más excelente hazaña del orbe, así por lo grande, como por lo glorioso de ella. Gracias a los dioses que habiéndoos escogido por libertador de la Grecia, han querido que fuerais el general más ilustre de cuantos hasta aquí se vieron. Me tomaré con todo la licencia de preveniros que falta algo todavía a vuestra empresa. Haciendo lo que os propondré, elevaréis al más alto punto vuestra gloria, y serviréis tanto a la Grecia, que con ello lograréis que en el porvenir no se atreva a ella bárbaro alguno con semejante insolencia y desvergüenza. Bien sabéis cómo allá en Termópilas, ese Mardonio y aquel otro Jerjes pusieron en un palo a Leónidas, cortando la cabeza a su cadáver. Si vos ahora volviereis, pues, el pago al difunto Mardonio, lograréis sin duda que todos vuestros espartanos y aun los demás griegos todos os colmen de los mayores elogios; pues empalado por vos Mardonio, quedará bien vengado vuestro tío Leónidas». De esta suerte pensaba Lampón con lo que decía lisonjear y dar gusto a Pausanias; pero este le respondió en la siguiente forma:
LXXIX. «Mucho estimo, caro egineta, tu buena voluntad y ese cuidado que te tomas de mis asuntos, si bien debo decirte que tu consejo no es el más cuerdo ni atinado. Por la acción que acabo de cumplir, a mí y a mi patria nos ensalzas hasta las nubes, y con tu aviso nos abates tú mismo a la mayor ruindad, queriendo nos ensangrentemos contra los muertos, pretextando que así lograría yo mayor aplauso entre los griegos con una determinación que más conviene con la ferocidad de los bárbaros que con la humanidad de los propios griegos, que abominarían en ellos semejantes desafueros. Yo te protesto que a tal precio ni quiero los aplausos de tus eginetas ni de los que como tú y como ellos piensan, contento y satisfecho con agradar a mis espartanos, haciendo lo que la razón me dicta y hablando en todo según ella me sugiere. Por lo que a Leónidas mira, ¿te parece, hombre, que así él como los que con él murieron gloriosamente en Termópilas, están ya poco vengados y satisfechos con tanta víctima como acabo yo de sacrificarles en esta matanza de tales y tan numerosos enemigos? Ahora te advierto que tú con semejantes avisos y sugestiones ni jamás te acerques a mí, ni me hables palabra en todos los días de tu vida; y puedes al presente dar gracias al cielo de que este tu aviso no te cueste bien caro». Dijo, y el egineta que tal oyó no veía la hora de alejarse de Pausanias.
LXXX. Mandó Pausanias pregonar en el campo que nadie tomase nada del rico botín, dando orden a sus ilotas de que fueran recogiendo en un lugar toda la presa. Distribuidos ellos por los reales del persa, hallaban las tiendas ricamente adornadas con oro y con plata, y en las tiendas sus camas, las unas doradas y plateadas las otras; hallaban las tazas, las botellas, los vasos, todo ello de oro; hallaban asimismo en los carros unos sacos en que se veían vasijas de oro y de plata, iban los mismos ilotas despojando a los muertos allí tendidos, quitándoles los brazaletes, los collares y los alfanjes, piezas todas de oro, sin hacer caso alguno de los vestidos de varios colores; y valiéndose entretanto de la ocasión, si bien presentaban todo lo que no les era posible ocultar, ocultaban sin embargo cuanto podían, vendiéndolo furtivamente a los eginetas, para quienes esta fue la fuente de sus grandes riquezas, logrando comprar de los ilotas el oro mismo a peso de bronce.
LXXXI. Recogido en un montón todo el inmenso botín, desde luego sacaron aparte la décima, consagrándola a los dioses. De una parte de ella, ofrecida al dios de Delfos, hicieron aquella trípode de oro montada sobre un dragón de bronce de tres cabezas, que está allí cerca del ara; de otra parte, dedicada al dios de Olimpia, levantaron a Zeus un coloso de bronce, de diez codos de altura; de otra tercera parte, reservada al dios del Istmo, se hizo un Poseidón de bronce, de siete codos. Lo restante de la presa, después de sacada dicha décima, se repartió entre los combatientes, según el mérito y dignidad de las personas, entrando en tal repartimiento las concubinas de los persas, el oro, la plata, las alhajas, los muebles y los bagajes. Por más que no hallo quien exprese con qué premio extraordinario se galardonó a los campeones que más se señalaron en Platea, persuádome con todo de que se les daría su parte privilegiada. Lo cierto es, que para el general Pausanias se escogieron y se le dieron aparte diez porciones de cada ramo del despojo, así en las esclavas como en los caballos, en los talentos de moneda, en los camellos, y del mismo modo en todos los demás géneros del botín.
LXXXII. Entonces corre la fama de que pasó un caso notable: dícese que al huir Jerjes de la Grecia había dejado su propia recámara para el servicio de Mardonio. Viendo Pausanias aquel magnífico aparato, aquella tan rica repostería de vajilla de oro y plata, aquel pabellón adornado con tantos tapices y colgaduras de diferentes colores, dio orden a los panaderos, reposteros y cocineros persas de prepararle una cena al modo que solían prepararla para Mardonio. Habiendo ellos hecho lo que se les mandaba, dicen que pasmado entonces Pausanias de ver allí aquellos lechos de oro y plata de tal suerte cubiertos, aquellas mesas de oro y plata asimismo, aquella vajilla y aparato de la cena tan espléndido y brillante, mandó a sus criados que le dispusiesen una cena a la lacónica, para hacer mofa y escarnio de la prodigalidad persa. Y como la diferencia de cena a cena fuese infinita, Pausanias con la risa en los labios iba mostrando a los generales griegos llamados al espectáculo una y otra mesa, hablándoles así al mismo tiempo: «Llamaros he querido, ilustres griegos, para que vieseis por vuestros ojos la locura de ese general de los medos, que hecho a vivir con esa profusión y lujo, ha querido venir a despojar a los laconios, que tan parca y miserablemente nos tratamos». Así se dice que habló Pausanias a los jefes griegos.
LXXXIII. No obstante de haberse recogido entonces tan grandioso botín, algunos de los de Platea hallaron después en dichos reales bolsas y talegos llenos de oro y plata y de otros objetos preciosos. Cuando aquellos cadáveres estuvieron ya secos y descarnados, al tiempo que los plateos acarreaban sus huesos a un mismo sitio, observose una cosa bien extraña, cual fue ver una calavera toda sólida, de un solo hueso y sin costura alguna: ni lo fue menos una quijada allí aparecida, la que en la parte de arriba y la de abajo, aunque presentaba como distintos los dientes y la muelas, eran todos, no obstante, de un solo hueso. También apareció allí un esqueleto de cinco codos.
LXXXIV. El día inmediato después de la batalla es cierto que desapareció el cadáver de Mardonio; pero no puedo señalar individualmente quién lo hizo desaparecer de allí. De varios sujetos, y aun de sujetos de varias naciones, oigo decir que le dieron sepultura, y bien sé que fueron diferentes los que recibieron muchos regalos de Artontes, hijo de Mardonio, por haber enterrado a su padre. Pero repito que no he podido con certeza averiguar quién fue puntualmente el que retiró y sepultó aquel cadáver; bien que se dice mucho que ese tal fue Dionisófanes, natural de Éfeso. De este modo fue enterrado Mardonio.
LXXXV. Repartida ya la presa cogida en Platea, acudieron los griegos a dar sepultura a los muertos, cada pueblo de por sí a sus compatricios. Los lacedemonios, abiertas tres tumbas, enterraron en una a los sacerdotes,[385] separados de los que no lo habían sido, y en el número de ellos entraron los sacerdotes Posidonio, Filoción, Amonfareto y Calícrates; en la otra sepultaron a todos los demás espartanos; y en la tercera a los ilotas, siendo este mismo el orden de sus sepulturas. Los de Tegea juntaron en un sepulcro a todos sus muertos; los de Atenas en otro aparte cubrieron asimismo a los suyos; y los de Egina y Fliunte tomaron igual providencia con sus difuntos, que la caballería beocia había degollado. Así que los sepulcros de dichas ciudades eran en realidad sepulcros llenos de cadáveres, al paso que todos los demás monumentos que en Platea al presente se dejan ver, no son más que unos túmulos vacíos, que erigieron allí, según oigo decir, las otras ciudades griegas, corriéndose de que se dijera no haberse hallado sus respectivas tropas en aquella batalla. Cierto túmulo se muestra allí sin duda que llaman el de los eginetas, del cual oí contar que diez años después de la acción, a instancia de los de Egina, fue levantado por un agente suyo llamado Cleades, hijo de Autódico y natural de Platea.
LXXXVI. Dada a los muertos sepultura, tomaron los griegos en Platea, de común acuerdo, la resolución de llevar las armas contra Tebas para pedir a los tebanos les entregasen los partidarios de los medos, mayormente los caudillos principales de la facción, que eran Timegénidas y Atagino; y en caso de que se negasen ellos a la entrega, de no marcharse de allí sin haber tomado dicha plaza a viva fuerza. Once días después de la famosa batalla, presentándose los griegos delante de Tebas, la pusieron sitio y pidieron se les entregasen dichos hombres. Pero viendo que no accedían a ello los tebanos, empezaron a devastarles el país, y apretando más el sitio, asaltaban la plaza con más empeño.
LXXXVII. Desde entonces no cesaban los sitiadores de pasarlo todo a sangre y fuego; de lo cual, movido Timegénidas, hizo a sus tebanos este discurso: «En vista de que esos griegos que ahí nos cercan, caros compatricios, se muestran empeñados en continuar el asedio hasta que tomen por fuerza la ciudad, o que vosotros de grado nos entreguéis y pongáis en sus manos; sabed, que respecto a nosotros, accedemos a librar de tanto daño a la Beocia, e impedir que su territorio sufra más tiempo tantas hostilidades. No más resistencia, paisanos; si ellos para sacar alguna contribución se valen del pretexto de pedir nuestras personas, démosles la suma que pidan tomándola del erario común, puesto que no fuimos nosotros en particular, sino el común de Tebas quien siguió a los medos. Pero si nos sitian queriendo en realidad apoderarse de nuestras personas, gustosos convenimos nosotros en presentarnos a los griegos para debatir con ellos nuestra causa». Pareció a los tebanos que decía muy bien Timegénidas y que hablaba muy al caso, y luego despacharon a Pausanias un heraldo, para participarle que ellos convenían en entregar los sujetos que les pedía.
LXXXVIII. Ajustado así el negocio por entrambas partes, huyó Atagino secretamente de la ciudad, y sus hijos fueron entregados a Pausanias, quien los puso en libertad, diciendo que aquellos niños ninguna culpa habían tenido en el medismo y parcialidad de su padre. Los otros presos entregados por los tebanos estaban en la persuasión de que lograrían se tratara su causa en consejo de guerra, y que podrían en el juicio de los griegos comprar a fuerza de dinero su absolución y redimir el castigo. Pausanias, que penetraba sus intentos y sospechaba de los griegos que se dejarían sobornar, licenció desde luego las tropas aliadas, y llevando consigo a Corinto los tebanos prisioneros, los mandó allí ajusticiar.
LXXXIX. Lo que hasta aquí llevo dicho, es lo que hubo en Platea y en Tebas. Volviendo ahora a Artabazo, hijo de Farnaces, al llegar a los tesalios huyendo a largas jornadas, recibiéndole estos con demostraciones y obras de amigo y huésped, preguntábanle acerca de lo restante del ejército, ajenos totalmente de lo que en Platea había sucedido. Artabazo, viendo claramente que si decía la verdad sobre lo ocurrido en la batalla corría manifiesto peligro de perecer allí mismo con toda su división, pues sabida la desgracia y ruina del ejército, claro estaba que todos se levantarían contra él; Artabazo, pues, con esta consideración, no había ya dado antes noticia del caso a los focidios, y entonces habló a los tesalios de esta suerte: «Lo que tan solo puedo comunicaros, oh ciudadanos, es que paso ahora con esta tropa hacia la Tracia, comisionado para un negocio importante, y por lo urgente de él, marcho con la mayor diligencia y prisa que cabe. El mismo Mardonio, con todo su ejército, siguiendo mis pisadas, está en víspera ya de llegar a vuestros dominios: bien podéis prepararle el alojamiento, esmerándoos para con él en todos los obsequios de la hospitalidad, bien seguros de que en el porvenir no tendréis que arrepentiros de vuestros leales servicios». Después de hablarles así, continuó con la mayor celeridad sus marchas forzadas por la Tesalia y por la Macedonia, encaminándose directamente hacia la Tracia; y como quien llevaba realmente muchísima prisa, tomó el camino recio atravesando por en medio la región. Llegó al cabo a Bizancio, perdida mucha gente, así a manos de los tracios, quienes al paso iban destrozándola, como al rigor del hambre y la miseria.
XC. El día mismo en que con derrota completa de los persas se peleó en Platea, acaeció a los mismos otro destrozo en Mícala, lugar de la Jonia: porque como los griegos, que iban en la armada naval al mando del lacedemonio Leotíquidas, estuvieran de fijo apostados en Delos, vinieron a ellos desde Samos unos embajadores enviados por los de aquella isla, pero a hurto así de los persas como del señor de ella, Teoméstor, hijo de Androdamante, a quien estos habían dado el señorío de Samos. Los enviados, que eran Lampón, hijo de Trasicles, Atenágoras, de Arquestrátida, y Hegesístrato, de Aristágoras, se presentaron a la junta de los comandantes griegos, a quienes en nombre de todos hizo Hegesístrato un largo y muy limado razonamiento en esta sustancia: Que los jonios solo con acercárseles allí los griegos se sublevarían contra los persas, sin que los bárbaros se atrevieran a hacerles frente, y tanto mejor si lo intentaban, pues con esto les pondrían por sí mismos en las manos una presa tan grande, que no sería fácil hallar otra igual. Después de estas razones, acudiendo a las súplicas, rogábales que por los dioses comunes quisieran los griegos librarles de la esclavitud a ellos, también griegos, lo cual les sería facilísimo de lograr, porque las naves de los bárbaros, de suyo muy pesadas, no eran capaces de sostener el combate. Concluían, por fin, que si temían engaño o mala fe en quererles conducir contra el enemigo, prontos estaban allí en acompañarles como rehenes en sus naves.
XCI. Estando en el mayor calor de la súplica el enviado samio, le salió Leotíquidas con una pregunta no esperada, y le interrumpió la arenga, ora fuese para procurarse un buen agüero con la respuesta, ora porque así lo ordenase el cielo sin pretenderlo Leotíquidas. «Hombre, le pregunta, ¿cómo te llamas y cuál es tu gracia, amigo samio?». «Llámome, respondió él, Hegesístrato». «Y yo, replicó luego el lacedemonio, admito ese buen agüero, con que el cielo me convidó, oh caro samio, en ese tu nombre de conductor del ejército. Oblígate tú desde luego a navegar con nosotros y a estipular juntamente con tus compañeros, bajo la fe del juramento, que los samios están prontos a ser nuestros aliados».
XCII. Concluir estas palabras Leotíquidas y empezar aquella empresa, todo fue uno: porque los embajadores samios, interponiendo al instante la solemnidad del juramento, aseguraron que los de Samos entraban en la liga con los griegos, y Leotíquidas por su parte se dispuso a la expedición sin pérdida de tiempo, mandando a los demás enviados que diesen la vuelta a su patria, y que se quedase en la armada Hegesístrato, cuyo nombre le había parecido de feliz agüero. Así que los griegos, no detenidos allí más que aquel día, al siguiente se hicieron a la vela, viendo que los sacrificios salían en extremo favorables a su buen arúspice y adivino Deífono, hijo de Evenio y natural de Apolonia,[386] la que está en el seno Jonio.
XCIII. Aconteció a dicho Evenio una rara aventura que voy a referir. En la ciudad de Apolonia hay rebaños consagrados al sol, los cuales de día van paciendo a las orillas de un río[387] que, bajando del monte Lacmón, corre por la comarca de Apolonia y desagua en el mar cerca del puerto Orico: en cuanto a la noche, escógense ciertos hombres, y estos los más distinguidos de los vecinos por sus haberes y nobleza, para que un año cada uno, guarden aquel ganado, en lo cual se esmeran particularmente por lo mucho que, conforme a cierto oráculo, cuentan con los mencionados rebaños del sol, cuyo aprisco viene a ser una cueva apartada y distante de la ciudad. Sucedió, pues, que Evenio, encargado por su turno de la guarda de aquel ganado, como en tiempo de la vela se quedase dormido, acometiendo unos lobos al hato divino, le mataron unas 60 cabezas. Echolo de ver Evenio; pero selló los labios sin decir palabra a nadie, con ánimo de comprar y reponer otras tantas cabezas de ganado. El daño estuvo en que no pudo ocultarse la cosa de manera que no llegase a oídos de los de Apolonia, quienes llamándole a juicio le condenaron a perder los ojos, por haberse dormido durante su guardia en vez de velar. Apenas le sacaron los ojos, cuando vieron que ni sus ganados les daban nuevas crías, ni las tierras les rendían los mismos frutos que antes; desastres predichos contra ellos en Dodona y en Delfos. En esta calamidad, quisieron saber de aquellos profetas cuál era la culpa que causaba la presente desventura, y se les respondió de parte de los dioses, que por haber privado inicuamente de la vista al guardián del sacro rebaño, Evenio; pues los dioses mismos habían sido quienes echaron contra él aquellos lobos; y que tuvieran bien entendido que no alzarían la mano del castigo vengando a Evenio, si primero no le daban la satisfacción que él mismo quisiera aceptar por la injusticia que con él se había ejecutado; que practicada por los apolonios esta diligencia, iban los dioses a hacer una merced tal y tan grande a Evenio, que por ella muchos serían los hombres que le tuvieran por feliz.
XCIV. Los de Apolonia, en vista de los oráculos, que guardaban muy secretamente, encargaron a ciertos vecinos el negocio de la recompensa debida a Evenio, y los comisionados se valieron del siguiente medio. Estando Evenio sentado en su silla, van a visitarle aquellos hombres; siéntanse a su lado, comienzan a discurrir sobre otros asuntos, y poco a poco hacen recaer la conversación sobre la compasión que aquella su desgracia les causaba. Con este artificio continúan su discurso, y le preguntan qué recompensa aceptaría de los apolonios en caso de que quisieran estos satisfacerle la injuria. Evenio, que nada había penetrado tocante a la respuesta de los oráculos, respondió: que si le dieran en primer lugar las tierras de unos vecinos, nombrándoles por su propio nombre, que poseían las dos mejores heredades que había en Apolonia, y a más de ellas le hiciesen dueño de una casa que sabía ser la más hermosa de la ciudad, con esto se daría por satisfecho de la injuria recibida, y depondría totalmente el odio e ira contra los autores de su desventura. Habiéndose explicado así Evenio, tomándole la palabra aquellos interlocutores: «Ahora bien, Evenio, le replicaron, esa misma satisfacción que pides es la que convienen en darte los apolonios por haberte sacado los ojos, conforme se lo ordena el oráculo». Evenio, informado después por ellos de todo lo sucedido, llevaba muy a despecho la trampa legal con que se le había sorprendido; mas sus paisanos, comprando de sus dueños dichas heredades, le dieron la satisfacción con que antes mostró que estaría contento y satisfecho. Y para mayor dicha, desde aquel punto sintiose penetrado Evenio con el don de profecía, por el cual llegó a ser muy celebrado.