Los nueve libros de la Historia (2 de 2)

Part 32

Chapter 324,123 wordsPublic domain

LII. Tomada esta resolución, infinito fue lo que dio que padecer y sufrir todo aquel día la caballería con sus descargas continuadas. Pasó al fin la terrible jornada; cesó el disparo de los de a caballo, fuéseles entrando la noche, y llegó al cabo la hora que se había aplazado para la retirada. Muchas de las brigadas emprendieron la marcha; pero no con ánimo de ir al lugar que de común acuerdo se había destinado, antes alzado una vez el campo, muy complacidas de ver que se ausentaban de los insultos de la caballería, huyeron hasta la misma ciudad de Platea, no parando hasta verse cerca del Hereo, que situado delante de dicha ciudad dista 20 estadios de la fuente Gargafia.

LIII. Llegados allá los mencionados cuerpos, hicieron alto, plantando sus reales alrededor de aquel mismo templo. Pausanias que les vio moverse y levantar el campo dio orden a sus lacedemonios de tomar las armas e ir en seguimiento de las tropas que les precedían, persuadidos de que sin falta se encaminaban al lugar antes concertado. Mostrándose entonces prontos a las órdenes de Pausanias los demás jefes de los regimientos, hubo cierto Amonfareto, hijo de Políades, que lo era del de Pitana, quien se obstinó diciendo que nunca haría tal, no queriendo cubrir gratuitamente de infamia a Esparta con huir del enemigo. Esto decía, y al mismo tiempo se pasmaba mucho de aquella resolución, como quien no se había hallado antes en consejo con los demás oficiales. Mucho era lo que sentían Pausanias y Eurianacte el verse desobedecidos; pero mayor pena les causaba el tener que desamparar el regimiento de Pitana por la manía y pertinacia de aquel caudillo, recelosos de que dejándolo allí solo, y ejecutando lo que tenían convenido con los demás griegos, iba a perderse Amonfareto con todos los suyos. Estas reflexiones les obligaban a tener parado todo el cuerpo de los laconios, esforzándose entre tanto en persuadir a Amonfareto que aquello era lo que convenía ejecutar, y haciendo todo el esfuerzo posible para mover a aquel oficial, el único de los lacedemonios y tegeatas que iba a quedarse abandonado.

LIV. Entretanto, los atenienses, como conocían bien el humor político de los lacedemonios, hechos a pensar una cosa y a decir otra, manteníanse firmes en el sitio donde se hallaban apostados. Lo que hicieron, pues, al levantarse los demás del ejército, fue enviar uno de sus jinetes encargado de observar si los espartanos empezaban a partir, o si era su ánimo no desamparar el puesto, y también con la mira de saber de Pausanias lo que les mandaba ejecutar.

LV. Llega el enviado y halla a los lacedemonios tranquilos y ordenados en el mismo puesto, y a sus principales jefes metidos en una pendencia muy reñida. Pues como a los principios hubiesen procurado Pausanias y Eurianacte dar a entender con buenas razones a Amonfareto que de ningún modo convenía que se expusiesen los lacedemonios a tan manifiesto peligro, quedándose solos en el campo, viendo al cabo que no podían persuadírselo, paró la disputa en una porfiada contienda, en que al llegar el mensajero de los atenienses los halló ya enredados, pues cabalmente entonces había agarrado Amonfareto un gran guijarro con las dos manos, y dejándole caer a los pies de Pausanias, gritaba que allí tenía aquella chinita con que él votaba no querer huir de los huéspedes, llamando huéspedes a los bárbaros al uso lacónico. Pausanias, tratándole entonces de mentecato y de furioso, volviose al mensajero de los atenienses que le pedía sus órdenes, y le mandó dar cuenta a los suyos del enredo en que veía se hallaban sus asuntos, y al mismo tiempo suplicarles de su parte que se acercasen a él, y que en lo tocante a la partida hicieran lo que a él le vieran hacer.

LVI. Fuese luego el enviado a dar cuenta de todo a los suyos. Vino entretanto la aurora, y halló a los lacedemonios todavía riñendo y altercando. Detenido Pausanias hasta aquella hora, pero creído al cabo de que Amonfareto al ver partir a los lacedemonios no querría quedarse en su campo, lo que en efecto sucedió después, dio la señal de partir, dirigiendo la marcha de toda su gente por entre los collados vecinos, y siguiéndole los de Tegea. Formados entonces los atenienses en orden de batalla, emprendieron la marcha en dirección contraria a la que llevaba Pausanias, pues los lacedemonios, por temor de la caballería, seguían el camino entre los cerros y por las faldas del Citerón, y los atenienses marchaban hacia abajo por la misma llanura.

LVII. Amonfareto, que tenía al principio por seguro que jamás se atrevería Pausanias a dejarle solo allí con su regimiento, instaba obstinadamente a los suyos a que, tranquilos todos en el campo, nadie dejase el puesto señalado; mas cuando vio al cabo que Pausanias iba camino adelante con su gente, persuadiose de que su general debía gobernarse con mucha razón en dejarle allí solo, reflexión que le movió a dar orden a su regimiento de que, tomadas las armas, fuera siguiendo a marcha lenta la demás tropa adelantada. Habiendo avanzado esta cosa de 10 estadios, y esperando a que viniese Amonfareto con su gente, habíase parado en un lugar llamado Argiopio, cerca del río Molunte, donde hay un templo de Deméter Eleusinia: había hecho alto en aquel sitio con la mira de volverse atrás al socorro de Amonfareto, en caso de que no quisiera al fin dejar con su regimiento el campo donde había sido apostado. Sucedió que al tiempo mismo que iba llegando la tropa de Amonfareto, venía cargándoles ya de cerca con sus tiros toda la caballería de los bárbaros, la cual, salida entonces a hacer lo que siempre, viendo ya desocupado el campo donde habían estado los griegos atrincherados por aquellos días, siguió adelante, hasta que, dando al cabo con ellos, tornó a molestarles con sus descargas.

LVIII. Al oír Mardonio que de noche los griegos se habían escapado, y al ver por sus ojos abandonado el campo, llama ante sí a Tórax de Larisa, juntamente con sus dos hermanos, Eurípilo y Trasidao, y venidos les habla en estos términos: «¿Qué me decís ahora, hijos de Alevas, viendo como veis ese campo desamparado? ¿No ibais diciendo vosotros, moradores de estas vecindades, que los lacedemonios en campo de batalla nunca vuelven las espaldas, y que son los primeros hombres del mundo en el arte de la guerra? Pues vosotros les visteis poco ha empeñados en querer trocar su puesto por el de los atenienses, y todos ahora vemos cómo esta noche pasada se han escapado huyendo. He aquí que con esto acaban de darnos una prueba evidente de que cuando se trata de venir a las manos con tropa como la nuestra, la mejor realmente del universo, nada son aun entre los griegos, soldados de perspectiva tanto unos como otros. Bien veo ser razón que yo con vosotros disimule y os perdone los elogios que hacíais de esa gente, de cuyo valor teníais alguna prueba, no sabiendo por experiencia lo que era el cuerpo de mis persas. Lo que me causaba mucha admiración era ver que Artabazo temiese tanto a esos lacedemonios, que lleno de terror diese un voto de tanto abatimiento y cobardía, como fue el de levantar los reales y retirarnos a Tebas, donde en breve nos hubiéramos visto sitiados. De este voto daré yo cuenta al rey a su tiempo y lugar. Lo que ahora nos importa es el que esos griegos no se nos escapen a su salvo; es menester seguirles el alcance, hasta que cogidos venguemos en ellos todos los insultos y daños que a los persas tienen hechos».

LIX. Acabó Mardonio su discurso, y puesto al frente de sus persas, pasa con ellos a toda prisa el Asopo, corriendo en pos de los griegos como de otros tantos fugitivos. Mas no pudiendo descubrir en su marcha entre aquellas lomas a los atenienses, que caminaban por la llanura, cae sobre el cuerpo de los lacedemonios, que estaban allí con los tegeatas únicamente. Los demás caudillos de los bárbaros, al ver a los persas correr tras de los griegos, levantando luego a una voz sus banderas, metiéronse todos a seguirles, quien más podía, sin ir formados en sus respectivos cuerpos, y sin orden ni disciplina, como hombres que con suma algazara y confusión iban de tropel no a pelear con los enemigos, sino a despojar a los griegos.

LX. Al verse Pausanias tan acosado de la caballería enemiga, por medio de un jinete que despachó a los atenienses hizo decirles: «Sabed, amigos atenienses, que tanto nosotros los lacedemonios como vosotros los de Atenas, en vísperas de la mayor contienda en que va a decidirse si la Grecia quedará libre o pasará a ser esclava de los bárbaros, hemos sido vendidos por los demás griegos nuestros buenos aliados, habiéndosenos escapado esta noche. Nosotros, pues, en el lance crítico en que nos vemos, creemos de nuestro deber el socorrernos mutuamente, cerrando con el bárbaro con todas nuestras fuerzas de poder a poder. Si la caballería enemiga hubiera cargado antes sobre vosotros, debiéramos de justicia ir en vuestro socorro, acompañados de los de Tegea, que unidos a nuestra gente no han hecho traición a la Grecia. Ahora, pues, que toda ella ha caído sobre nosotros, razón será que vengáis a socorrer esta ala, que se ve al presente muy agobiada y oprimida. Y si vosotros os halláis acaso en tal estado que no os sea posible concurrir todos a nuestra defensa, hareisnos siquiera la gracia de enviarnos vuestros ballesteros. A vosotros acudimos, ya que sabemos que estáis en esta guerra sumamente prontos a darnos gusto en lo que pedimos».

LXI. Oída apenas esta embajada, pónense en movimiento los atenienses para acudir al socorro de sus aliados y protegerlos con todo su esfuerzo. El daño estuvo en que al pasar allá los atenienses, se dejaron caer de repente sobre ellos los griegos que seguían el partido del rey, de manera que por lo mucho que los apretaban sus enemigos presentes no fue posible auxiliar a los lacedemonios sus aliados. De donde resultó que quedaron aislados los lacedemonios únicamente con los tegeatas, que nunca les dejaban, siendo aquellos 50.000 combatientes, inclusa en ellos su tropa ligera, estos solamente en número de 3000. Mas no se mostraban las víctimas faustas y propicias a los lacedemonios, y en el ínterin muchos de ellos eran los que caían muertos, y muchos más los que allí quedaban heridos, pues que defendidos los persas con cierta empalizada hecha con sus escudos, no cesaban de arrojar sobre ellos tal tempestad de saetas, que por una parte viendo Pausanias a los suyos muy maltratados con tanta descarga, y no pudiendo por otra cerrar ellos con el enemigo, por no serles todavía favorables los sacrificios, volvió los ojos y las manos al Hereo de Platea, suplicando a la diosa Hera que no le abandonara en tan apretado trance, ni permitiera se malograsen sus mejores esperanzas.

LXII. Entretanto que invocaba Pausanias el auxilio de la diosa, los primeros de todos en dirigirse contra los bárbaros son los soldados de Tegea, y acabada la súplica de Pausanias, empiezan luego a ser de buen agüero las víctimas de los lacedemonios. Un momento después embisten estos corriendo contra los persas, que les aguardan a pie firme dejando sus ballestas. Peleábase al principio cerca del parapeto de los escudos atrincherados; pero rota luego y pisada esta barrera, ármase luego en las cercanías del templo de Deméter el más vivo y porfiado combate del mundo, en que no solo se llegó al arma corta, sino también al ímpetu inmediato y choque de los escudos. Los bárbaros, con un coraje y valor igual al de los lacedemonios, agarrando las lanzas del enemigo las rompían con las manos; pero tenían la desventaja de combatir a cuerpo descubierto, de que les faltaba la disciplina, de no tener experiencia de aquella pelea, y de no ser semejantes a sus enemigos en la destreza y manejo de las armas: así que, por más que acometían animosos, ora cada cuál por sí, ora unidos en pelotones de diez y de más hombres, como iban mal armados, quedaban maltrechos y traspasados con las picas, y caían a los pies de los espartanos.

LXIII. Mas por el lado en que andaba Mardonio montado en un caballo blanco, y rodeado de un cuerpo de mil persas, tropa la más brillante y escogida de todo su ejército, por allí realmente era por donde con más viveza y brío se cargaba al enemigo. Y en efecto, todo el tiempo en que, vivo Mardonio, animaba a los suyos, no solo hacían rostro los persas, sino que rebatían de tal modo al enemigo, que daban en tierra con muchos de los lacedemonios. Pero muerto una vez Mardonio, muerta también la gente más brava que a su lado tenía, empezaron los otros persas luego a volver el pie atrás, a dar las espaldas al enemigo, y ceder el campo a los lacedemonios. Lo que más incomodaba a los persas y les obligaba casi a retirarse, era su mismo vestido, sin ninguna armadura defensiva,[378] habiendo de combatir a pecho descubierto, con unos hóplitas o coraceros armados de punta en blanco.

LXIV. Allí fue, pues, donde los espartanos, conforme a la predicción del oráculo, vengaron en Mardonio la muerte de su Leónidas; entonces asimismo fue cuando alcanzó la mayor y más gloriosa victoria de cuantas tengo noticia el general Pausanias, hijo de Cleómbroto y nieto de Anaxándridas, de cuyos antepasados, los mismos que los de Leónidas, hice antes mención, expresándolos por su mismo nombre. El que en el choque acabó con Mardonio fue el guerrero Arimnesto, varón célebre y de mucho crédito en Esparta, el mismo que algún tiempo después de la guerra con los medos, capitaneando a 300 soldados, entró en batalla con todos los mesenios, a quienes Esparta había declarado por enemigos, en la cual quedó muerto en el campo con toda su gente cerca de Esteniclero.

LXV. Deshechos ya los persas en Platea y obligados a la fuga por los lacedemonios, iban escapándose sin orden alguno hacia sus reales, y al fuerte que en la comarca de Tebas habían levantado con sus empalizadas y muros de madera. No acabo de admirar una particularidad extraña: de que habiéndose dado la batalla cerca del bosque sagrado de Deméter, no se vio entrar persa alguno en aquel religioso recinto, ni menos morir cerca del templo, sino que todos se veían muertos en lugar profano. Estoy por decir, si es que algo se me permite acerca de los secretos juicios de los dioses, que la diosa misma no quiso dar acogida a unos impíos que habían reducido a cenizas aquel su _Anactoro_[379] y templo principal de Eleusis.

LXVI. Tal fue, en suma, el resultado de aquella acción y batalla: respecto de Artabazo, hijo de Farnaces, no habiendo aprobado ya desde el principio la resolución tomada por el rey de dejar en la Grecia al general Mardonio, y habiendo últimamente disuadido el combate con muchas razones, bien que sin fruto alguno, quiso en este lance tomar aparte por sí sus medidas. Mal satisfecho de la actual conducta de Mardonio, en el momento en que iba a darse la batalla, de cuyo fatal éxito no dudaba, ordenó el trozo de ejército por él mandado (y mandaba una división nada pequeña, de 40.000 soldados), y luego de ordenado, se disponía sin duda con él al combate, habiendo mandado a su gente que todos a una le siguieran adonde viesen que les condujera, con la misma diligencia y presteza que en él observaran. Así que hubo dado estas órdenes, marchó al frente de los suyos, como quien iba a entrar en batalla, y habiéndose adelantado un poco vio que rotos ya los persas se escapaban huyendo del combate. Y entonces Artabazo, sin conservar por más tiempo el orden en que conducía formada su gente, emprendió la fuga a carrera abierta, no hacia el castillo y fuerte de madera, no hacia los muros de Tebas, sino que en derechura tomó la vereda por la Fócide, queriendo llegar con la mayor brevedad que posible le fuera al Helesponto: así marchaba con los suyos Artabazo.

LXVII. Volviendo a los griegos del partido del bárbaro, aunque los más solo peleaban por mera ficción, los beocios por bastante tiempo se empeñaron muy de veras en la acción emprendida con los de Atenas, y los tebanos especialmente, siendo medos de corazón, tomábanlo muy a pechos, no peleando descuidada y flojamente, sino con tanto brío y ardor, que 300 de los más principales y esforzados quedaron allí muertos por los atenienses. Pero los demás, rotos al cabo y destrozados, entregáronse a la fuga, no hacia donde huían tanto los persas como las otras brigadas de su ejército que ni habían tomado parte en la batalla ni hecho en ella acción de importancia, sino en derechura hacia la plaza de Tebas.

LXVIII. Cuando reflexiono en lo acaecido, es cosa para mí evidente que la fuerza toda de los bárbaros dependía únicamente del cuerpo de los persas, pues advierto que las demás brigadas, aun antes de cerrar con el enemigo, apenas vieron a los persas rotos y fugitivos, también ellas al momento se entregaron a la fuga. Huían todos a un tiempo, como decía, menos la caballería enemiga, y en especial la beocia, pues esta entretanto servía mucho a los bárbaros, a quienes en la fuga amparaba y cubría, apartando de ellos al enemigo, de quien nunca se alejaba. Vencedores ya los griegos, iban con brío siguiendo y matando a la gente de Jerjes.

LXIX. En medio de esta derrota y terror de los vencidos, llega a las tropas griegas, que atrincheradas cerca del Hereo no se habían hallado en la acción, la feliz nueva de que acababa de darse una batalla decisiva, con una entera victoria obtenida por la gente de Pausanias. Habida esta noticia, salen los cuerpos de su campo, pero todos en tropel y sin orden de batalla. Los corintios tomaron la marcha por las raíces del Citerón, siguiendo entre los cerros por el camino de arriba, que va derecho al templo de Deméter; pero los megarenses y los de Fliunte echaron por el campo abierto, por donde era más llano el camino. Lo que sucedió fue que, viendo la caballería de los tebanos cerca ya de los enemigos a entrambos cuerpos de megarenses y fliasios que caminaban aprisa y de tropel, el general de ella, Asopodoro, hijo de Timandro, cargó de repente contra ellos y dejó en su primer ímpetu tendidos a 600, obligando a todos los demás a refugiarse en el Citerón, acosados del enemigo. De esta suerte acabaron sin gloria, portándose cobardemente.

LXX. Los persas, con la demás turba del ejército, refugiados ya en el fuerte de madera, se dieron mucha prisa en subirse a las torres y almenas antes de que llegasen allá los lacedemonios, y subidos procuraron fortificar y guarnecer lo mejor que pudieron sus trincheras y baluartes. Llegan después los lacedemonios, y emprenden con todo empeño el ataque del fuerte; pero hasta que llegaron los atenienses en su ayuda, los persas rebatían el asalto, de modo que los lacedemonios, no acostumbrados a sitios ni toma de plazas, llevaban la peor parte en la acción. Venidos ya los atenienses, diose el asalto con mayor empeño y ardor, y si bien no duró poco tiempo la resistencia del enemigo, por fin ellos con su valor y constancia asaltaron el fuerte, y subidos en él y arruinando las trincheras abrieron paso a los griegos. Los primeros que por la brecha penetraron en los reales fueron los de Tegea, los que acudieron luego a saquear el pabellón de Mardonio, de donde entre otros muchos despojos sacaron aquel pesebre todo de bronce que allí tenía para sus caballos, pieza realmente digna de verse. Este pesebre fue posteriormente dedicado por los tegeatas en el templo de Atenea Alea, si bien todo lo demás que en dicha tienda había lo reservaron para el botín común de los griegos. Abierta una vez la brecha y derribado el fuerte, no volvieron ya a rehacerse ni formarse en escuadrón los bárbaros, entre quienes nadie se acordó de vender cara su vida. Aturdidos allí todos y como fuera de sí, viéndose tantos millares de hombres encerrados como en un corral de madera o en un estrecho matadero, no pensaban en defenderse, y se dejaban matar por los griegos con tanta impunidad, que de 300.000 hombres, a excepción de los 40.000 con quienes huía Artabazo, no llegaron a 3000 los que escaparon con vida. Los muertos en el ejército griego fueron: entre los lacedemonios 91 espartanos, 16 entre los tegeatas y 52 entre los atenienses.[380]

LXXI. Por lo que mira a los bárbaros, los que mejor se portaron aquel día fueron: en la infantería los persas, los sacas en la caballería, y Mardonio entre todos los combatientes. Entre los griegos, por más prodigios de valor que hicieron los atenienses y los tegeatas, con todo, se llevaron la merecida palma los lacedemonios. No tengo de ello ni quiero más prueba que la que voy a dar: bien veo que todos los griegos mencionados vencieron a los enemigos que delante se les pusieron; pero noto que haciendo frente a los lacedemonios lo más robusto y florido del ejército enemigo,[381] ellos sin embargo lo postraron en el suelo. De todos los lacedemonios, el que en mi concepto hizo mayores prodigios de valor fue Aristodemo, aquel, digo, que por haber vuelto vivo de Termópilas incurrió en la censura y nota pública de infamia; después del cual merecieron el segundo lugar en bravura y esfuerzo Posidonio y Filoción y el espartano Amonfareto. Verdad es que hablando en un corrillo ciertos espartanos sobre cuál de estos que acabo de mencionar se había portado mejor en la batalla, fueron de sentir que Aristodemo, arrastrado a la muerte para borrar la infamia de cobarde con que se veía notado; al hacer allí proezas y prodigios de valor, no obró en ello sino como un valentón temerario que ni podía ni quería contenerse en su puesto, mientras que Posidonio, sin estar reñido con su misma vida, se había portado como un héroe; motivo por el cual debía ser este tenido por mejor y más valiente guerrero que Aristodemo. Pero mucho temo que el voto del corrillo no iba libre de envidia. Lo cierto es que lodos los que mencioné que habían muerto en la batalla fueron honrados públicamente por el estado, no habiéndolo sido Aristodemo a causa de haber combatido por desesperación, queriendo borrar la infamia con su misma sangre.

LXXII. Estos fueron los campeones más nombrados de Platea. No encuentro entre ellos a Calícrates, el más valiente y robusto sujeto de cuantos, no digo lacedemonios, sino también griegos, concurrieron a la jornada de Platea; y la razón de no contarlo es por haber muerto fuera del combate, pues al tiempo que Pausanias se disponía con los sacrificios a la pelea, Calícrates sentado sobre sus armas[382] fue herido en el costado con una saeta. Retirado, pues, de las filas, durante la acción de los lacedemonios, mostraba con cuánto pesar moría de aquella herida; y hablando con Arimnesto, natural de Platea, decía que no sentía morir por la libertad de la Grecia, que sí sentía morir sin haber dado antes a la Grecia prueba alguna de lo mucho que en tan apretado lance deseaba servirla.

LXXIII. Entre los atenienses, el más bravo, según se dice, fue Sófanes, hijo de Eutíquides, natural de Decelia. Mencionaré aquí de paso un suceso que los atenienses cuentan haber acaecido en cierta ocasión a los decelios, y que les fue de gran provecho, pues como en tiempos muy anteriores hubieran los Tindáridas invadido el Ática con mucha gente, con la pretensión de recobrar a Helena, obligaban a los pueblos con esta ocasión a desamparar de miedo sus casas y moradas por no saber ellos de fijo el lugar donde había sido depositada. Viendo, pues, entonces los decelios, o como dicen otros el mismo Décelo, lo acaecido, irritados contra Teseo, autor de aquel inicuo rapto, y compadecidos del daño que resultaba a todo el país de los atenienses, dieron cuenta a los Tindáridas de todo el suceso, conduciéndolos hasta Afidnas, lugar que les entregó cierto natural de aquella aldea llamado Títaco. En premio y recompensa de este servicio, concediose entonces a los naturales de Decelia, y al presente aún se les conserva, la inmunidad de tributo en Esparta y la presidencia en el asiento; de manera, que en la guerra sucedida muchos años después entre los de Atenas y los del Peloponeso, a pesar de que los lacedemonios talaban toda el Ática, nunca tocaron a Decelia.[383]