Los nueve libros de la Historia (2 de 2)

Part 31

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XXXII. Estas fueron las naciones más nombradas, más sobresalientes y de mayor consideración que ordenó en sus filas Mardonio, sin que dejase de haber entre ellas otra tropa mezclada de frigios, de tracios, de misios, de peonios y de otras gentes, entre quienes se contaban algunos etíopes, y también algunos egipcios que llamaban los hermotibios y los calisirios, armados con su espada, siendo estos los únicos guerreros y soldados de profesión en el Egipto. A estos, el mismo Mardonio, allá en el Falero, habíales antes sacado de las naves en que venían por tropa naval, pues los egipcios no habían seguido a Jerjes entre las tropas de tierra en la jornada de Atenas. En suma, los bárbaros, como ya llevo antes declarado, ascendían a 30 miríadas, o sean 300.000 combatientes; pero el número de los griegos aliados de Mardonio nadie hay que lo sepa, por no haberse tenido cuenta en notarlo, bien que por conjetura puede colegirse que subirían a 50.000. Esta era la infantería allí ordenada, estando apostada separadamente la caballería.

XXXIII. Ordenados, pues, los dos ejércitos así por naciones como por brigadas, unos y otros al día siguiente iban haciendo sus sacrificios para el buen éxito de la acción. En el campo de los griegos el sacrificador adivino que seguía a la armada era un tal Tisámeno, hijo de Antíoco y de patria eleo, quien siendo de la familia agorera de los Yámidas,[372] había logrado naturaleza entre los lacedemonios. En cierta ocasión, consultando Tisámeno al oráculo sobre si tendría o no sucesión, respondiole la Pitia que saldría superior en cinco contiendas de sumo empeño; mas como él no diese en el blanco de aquel misterio, aplicose a los ejercicios de la gimnástica, persuadido de que lograría salir vencedor en las justas o juegos gímnicos de la Grecia. Y con efecto, hubiera él obtenido en los juegos olímpicos en que había salido a la contienda la palma en el _pentatlo_ o ejercicio de aquellos cinco juegos, si Hierónimo de Andros, su antagonista, no le hubiera vencido, bien que en uno solo de ellos, que fue el de la lucha. Sabedores los lacedemonios del oráculo, y al mismo tiempo persuadidos de que las contiendas en que vencería Tisámeno no deberían de ser de fiestas gímnicas sino marciales justas, procuraban atraerlo con dinero para que fuese conductor de sus tropas contra los enemigos en compañía de sus reyes los Heráclidas. Viendo el hábil adivino lo mucho que se interesaban en ganársele por amigo, mucho más se hacía de rogar, protestando que ni con dinero ni con ninguna otra propuesta convendría en lo que de él pretendían, a menos que no le dieran el derecho de ciudadanía con todos los privilegios de los espartanos. Desde luego pareció muy mal a los lacedemonios la pretensión del adivino, y se olvidaron de agüeros y de victorias prometidas; pero viéndose al cabo amenazados y atemorizados con la guerra inminente del persa, volvieron a instarle de nuevo. Entonces, aprovechándose de la ocasión, y viendo Tisámeno cambiados a los lacedemonios y de nuevo muy empeñados en su pretensión, no se detuvo ya en las primeras propuestas, añadiéndoles ser preciso que a su hermano Hegias se le hiciera espartano no menos que a él mismo.

XXXIV. Paréceme que en este empeño quería Tisámeno imitar a Melampo, quien antes se había atrevido en un lance semejante a pretender en otra ciudad la soberanía, no ya la naturaleza, pues como los argivos, cuyas mujeres se veían generalmente asaltadas de furor y manía, convidasen con dinero a Melampo para que, viniendo de Pilos a Argos, viese de librarlas de aquel accidente de locura, este astuto médico no pidió menor recompensa que la mitad del reino o dominio. No convinieron en ello los argivos; pero viendo al regresar a la ciudad que sus mujeres de día en día se les volvían más furiosas, cediendo al cabo a lo que pretendía Melampo, presentáronse a él y le dieron cuanto pedía. Cuando Melampo los vio cambiados, subiendo de punto en sus pretensiones, les dijo que no les daría gusto sino con la condición de que diesen a Biante, su hermano, la tercera parte del reino; y puestos los argivos en aquel trance tan estrecho, vinieron en concedérselo todo.

XXXV. De un modo semejante los espartanos, como necesitaban tanto del agorero Tisámeno, le otorgaron todo cuanto les pedía. Emprendió, pues, este adivino, eleo de nacimiento y espartano por concesión, en compañía de sus lacedemonios, cinco aventuras y contiendas de gravísima consideración. Ello es así que estos dos extranjeros fueron los únicos que lograron el beneficio de volverse espartanos con todos los privilegios y prerrogativas de aquella clase. Por lo que mira a las cinco contiendas del oráculo, fueron las siguientes: una, y la primera de todas, fue la batalla de Platea, de que vamos hablando; la segunda la que en Tegea se dio después contra los tegeatas y argivos; la tercera la que en Dipea[373] se trabó con los arcadios todos, a excepción de los de Mantinea; la cuarta en el Istmo, cuando se peleó contra los mesenios; la quinta fue la acción tenida en Tanagra contra los atenienses y argivos, que fue la última de aquellas cinco bien reñidas aventuras.

XXXVI. Era, pues, entonces el mismo Tisámeno el adivino que en Platea servía a los griegos conducidos por los espartanos. Y en efecto, las víctimas sacrificadas eran de buen agüero para los griegos, en caso de que invadidos se mantuvieran a la defensiva; pero en caso de querer pasar el Asopo y embestir los primeros, eran las señales ominosas.

XXXVII. Otro tanto sucedió a Mardonio en sus sacrificios: éranle propicias sus víctimas mientras que se mantuviese a la defensiva para rebatir al enemigo; mas no le eran favorables si le acometía siendo el primero en venir a las manos, como él deseaba. Es de saber que Mardonio sacrificaba también al uso griego, teniendo consigo al adivino Hegesístrato, natural de Élide, uno de los Telíadas y el de más fama y reputación entre todos ellos. A este en cierta ocasión tenían preso y condenado a muerte los espartanos, por haber recibido de él mil agravios y desacatos insufribles. Puesto en aquel apuro, viéndose en peligro de muerte y de pasar antes por muchos tormentos, ejecutó una acción que nadie pudiera imaginar; pues hallándose en el cepo con prisiones y argollas de hierro, como por casualidad hubiera logrado adquirir un cuchillo, hizo con él una acción la más animosa y atrevida de cuantas jamás he oído. Tomó primero la medida de su pie para ver cuánta parte de él podría salir por el ojo del cepo, y luego según ella se cortó por el empeine la parte anterior del pie. Hecha ya la operación, agujereando la pared, pues que le guardaban centinelas en la cárcel, se escapó en dirección a Tegea. Iba de noche caminando, y de día deteníase escondido en los bosques, diligencia con la cual, a pesar de los lacedemonios, que esparciendo la alarma habían corrido todos a buscarle, al cabo de tres noches logró hallarse en Tegea; de suerte que admirados ellos del valor y arrojo del hombre de cuyo pie veían la mitad tendida en la cárcel, no pudieron dar con el cojo y fugitivo reo. De este modo, pues, Hegesístrato, escapándose de las manos de los lacedemonios, se refugió en Tegea, ciudad que a la sazón corría con ellos en buena armonía. Curado allí de la herida y suplida la falta con un pie de madera, se declaró por enemigo jurado y mortal de los lacedemonios: verdad es que al cabo tuvo mal éxito el odio que por aquel caso les profesaba, pues cogido en Zacinto, donde proseguía vaticinando contra ellos, le dieron allí la muerte.

XXXVIII. Pero este fin desgraciado sucedió a Hegesístrato mucho después de la jornada y batalla de Platea. Entonces, pues, como decía, asalariado por Mardonio con una paga no pequeña, sacrificaba Hegesístrato con mucho empeño y desvelo, nacido en parte del odio a los lacedemonios, en parte del amor propio de su interés. En esta sazón, como por un lado ni a los persas se les declarasen de buen agüero sus sacrificios, ni a los griegos con ellos acampados fuesen tampoco favorables los suyos (pues también estos tenían aparte su adivino, natural de Léucade y por nombre Hipómaco), y como por otro lado, concurriendo de cada día al campo más y más griegos, se engrosase mucho su ejército, un tal Timegénidas, hijo de Herpis, de patria tebano, previno a Mardonio que convenía ocupar con algunos destacamentos los desfiladeros del Citerón, diciéndole que, puesto que venían por ellos diariamente nuevas tropas de griegos, le sería fácil así interceptar muchos de ellos.

XXXIX. Cuando el tebano dio a Mardonio este aviso, ocho días hacía ya que los dos campos se hallaban allí fijos uno enfrente de otro. Pareció el consejo tan oportuno que aquella misma noche destacó Mardonio su caballería hacia las quebradas del Citerón por la parte de Platea, a las que dan los beocios el nombre de los Tres Cabos, y los atenienses llaman los Cabos de la Encina. No hicieron en vano su viaje, pues topó allí la caballería al salir a la llanura con una recua de 300 bagajes, los cuales venían desde Peloponeso cargados de trigo para el ejército, cogiendo con ella a los arrieros y conductores de las cargas. Dueños ya los persas de la recua, llevábanlo todo a sangre y fuego, sin perdonar ni a las bestias ni a los hombres que las conducían, hasta tanto que cansados ya de matar a todo su placer, cargando con lo que allí quedaba, volviéronse con el botín hacia los reales de Mardonio.

XL. Después de este lance, pasáronse dos días más sin que ninguno de los dos ejércitos quisiera ser el primero en presentar la batalla o en atacar al otro, pues aunque los bárbaros se habían avanzado hasta el Asopo a ver si los griegos les saldrían al encuentro; con todo, ni bárbaros ni griegos quisieron pasar el río: únicamente, sí, la caballería de Mardonio solía acercarse más e incomodar mucho al enemigo. En estas escaramuzas sucedía que los tebanos, más medos de corazón que los medos mismos, provocando con mucho ahínco a los griegos avanzados, principiaban la riña, y sucediéndoles en ella los persas y los medos, estos eran los que hacían prodigios de valor.

XLI. Nada más se hizo allí en estos diez días de lo que llevo referido. Llegado el día undécimo, después que quietos en sus trincheras, cerca de Platea, estaban mirándose cara a cara los dos ejércitos, en cuyo espacio de tiempo habían ido aumentándose mucho las tropas de los griegos, al cabo, el general Mardonio, hijo de Gobrias, llevando muy a mal tan larga demora en su campamento, entró en consejo, en compañía de Artabazo, hijo de Farnaces, uno de los sujetos de mayor estima y valimiento para con Jerjes, para ver el partido que tomarse debía. Estuvieron en la consulta encontrados los pareceres. El de Artabazo fue que convenía retirarse de allí cuanto antes, y trasplantar el campo bajo las murallas de Tebas, donde tenían hechos sus grandes almacenes de trigo para la tropa, y de forraje para las bestias, pues allí quietos y sosegados saldrían al cabo con sus intentos; que ya que tenían a mano mucho oro acuñado y mucho sin acuñar, y abundancia también de plata, de vasos y vajilla, importaba ante todo no perdonar a oro ni a plata, enviando desde allí regalos a los griegos, mayormente a los magistrados y vecinos poderosos en sus respectivas ciudades, pues en breve, comprados ellos a este precio, les venderían por él la libertad,[374] sin que fuera menester aventurarlo todo en una batalla. Este mismo era también el sentir de los tebanos, quienes seguían el voto de Artabazo por parecerles hombre más prudente y previsor en su manera de discurrir. Mardonio se mostró en su voto muy fiero y obstinado sin la menor condescendencia, pareciéndole que, por ser su ejército más poderoso y fuerte que el de los griegos, era menester cerrar cuanto antes con el enemigo, sin permitir que se le agregase mayor número de tropas de las que ya lo habían hecho; que desechasen en mal hora a Hegesístrato con sus víctimas, sin aguardar a que por fuerza se les declarasen de buen agüero, peleando al uso y manera de los persas.

XLII. Nadie se oponía a Mardonio, que así creía deberse hacer, y su voto venció al de Artabazo, pues él y no este era a quien el rey había entregado el bastón y mando supremo del ejército. En consecuencia de su resolución, mandó convocar los oficiales mayores de sus respectivos cuerpos, y juntamente los comandantes de los griegos y su partido; y reunidos, les preguntó si sabían de algún oráculo tocante a los persas que les predijera que perecerían en la Grecia. Los llamados no se atrevían a hablar; los unos, por no saber nada de semejante oráculo; los otros, que algo de él sabían, por no creer que pudiesen hablar impunemente; pero el mismo Mardonio continuó después explicándose así: «Ya que vosotros, pues, o nada sabéis de semejante oráculo, o no osáis decir lo que sabéis, voy a decíroslo yo, que estoy bien informado de lo que en esto hay. Sí, repito, hay un oráculo en esta conformidad: que los persas, venidos a la Grecia, primero saquearán el templo de Delfos, y perecerán después que lo hubieren saqueado. Prevenidos nosotros con este aviso, ni meteremos los pies en Delfos, ni las manos en aquel templo, ni daremos motivo a nuestra ruina con semejante sacrilegio. No queda más que hacer sino que todos vosotros, los que sois amigos de la Persia, estéis alegres y seguros de que vamos a vencer a los griegos». Así habló Mardonio, y luego les dio orden que lo dispusiesen todo y lo tuviesen a punto para dar la batalla el día siguiente al salir el sol.

XLIII. Por lo que mira al oráculo que Mardonio refería a los persas, no sé, en verdad, que existiera contra los persas tal oráculo, sino solo para los ilirios y para la armada de los enqueleos. Sé no más que Bacis dijo lo siguiente de la presente batalla: «_La verde ribera del Termodonte[375] y del Asopo debe verte, oh griega batalla, debe oírte, oh bárbara gritería, donde la Parca hará trofeo tanto de cadáver cuando inste al flechero medo su último trance_». De este formal oráculo de Bacis y de otro semejante de Museo, bien sé que herían directamente a los persas, pues lo que se dice del Termodonte debe entenderse de aquel río así llamado que corre entre Tanagra y Glisante.

XLIV. Después de la pregunta de Mardonio acerca de los oráculos, y de la breve exhortación hecha a sus oficiales, venida ya la noche, dispusiéronse en el campo los centinelas y cuerpos de guardia. Luego que siendo la noche más avanzada, y se dejó notar en él algo más de silencio y de quietud, en especial de parte de los hombres entregados al sueño y reposo, aprovechándose de ella Alejandro, hijo de Amintas, rey y general de los macedonios, fuese corriendo en su caballo hasta las centinelas avanzadas de los atenienses, a quienes dijo que tenía que hablar con sus generales. La mayor parte del destacamento avanzado se mantuvo allí en su puesto, y unos pocos de aquellos guardias fuéronse a toda prisa para avisar a sus jefes, diciendo que allí estaba un jinete que, venido del campo de los medos, tenía que hablarles.

XLV. Los generales, oído apenas esto, siguen a sus guardias hacia el cuerpo avanzado, y llegados allá háblales de esta suerte Alejandro: «Atenienses míos, a descubriros voy un secreto cuya noticia como en depósito os la fío para que la deis únicamente a Pausanias, si no queréis perderme a mí, que por mostrarme buen amigo vuestro os la comunico. Yo no os la diera si no me interesara mucho por la común salud de la Grecia, que yo como griego de origen en pasados tiempos no quisiera ver a mi antigua patria reducida a la esclavitud. Dígoos, pues, que no alcanza Mardonio el medio como ni a él ni a su ejército se le declaren propicias las víctimas sacrificadas; que a no ser así, tiempo ha estuviera ya dada la batalla. Mas ahora está ya resuelto a dejarse de agüeros y sacrificios, y mañana así que la luz amanezca quiere sin falta principiar el combate. Todo esto sin duda nace en él, según conjeturo, del miedo y recelo grande que tiene de que vuestras fuerzas no vayan creciendo más con el concurso de nuevas tropas. Estad, pues, vosotros prevenidos para lo que os advierto, y en caso de que no os embista mañana mismo, sino que lo difiera algún tanto, manteneos firmes sin moveros de aquí; que él no tiene víveres sino para pocos días. Si saliereis de este lance y de esta guerra como deseáis, paréceme será razón que contéis con procurarme la independencia y libertad a mí, que con tanto ahínco y tan buena voluntad me expongo ahora a un tan gran peligro solo a fin de informaros de los intentos y resolución de Mardonio, y de impedir que los bárbaros os cojan desprevenidos. Adiós, amigos; amigo soy y Alejandro, rey de Macedonia». Dijo y dio la vuelta a su campo hacia el puesto destinado.

XLVI. Los generales de Atenas, pasando inmediatamente al ala derecha del campo, dan parte a Pausanias de lo que acababan de saber de boca de Alejandro. Conmovido con la nueva Pausanias, y atemorizado del valor de los persas propiamente tales, háblales así: «Puesto que al rayar el alba ha de entrarse en acción, menester es que vosotros, oh atenienses, os vengáis a esta ala para apostaros enfrente de los persas mismos, y que pasemos los lacedemonios a la otra contra los beocios y demás griegos que allí teníais fronteros. Dígolo por lo siguiente: vosotros, por haberos antes medido en Maratón con esos persas, tenéis conocida su manera de pelear. Nosotros hasta aquí no hemos hecho la prueba ni experimentado en campo de batalla a esos hombres, pues ya sabéis que ningún espartano jamás midió ni quebró lanzas con medo alguno:[376] con los beocios y tesalios sí que tenemos trabado conocimiento. Así que será preciso que toméis las armas y os vengáis a esta ala, pues nosotros vamos a pasar a la izquierda». A lo cual contestaron los atenienses en estos términos: «Es verdad que nosotros desde el principio ya, cuando vimos a los persas apostados enfrente de vosotros, teníamos ánimo de indicaros lo mismo que os adelantáis ahora a provenirnos; pero no osábamos, ignorando si la cosa sería de vuestro agrado. Ahora que vosotros nos lo ofrecéis los primeros, sabed que nos dais una agradable nueva, y que pronto vamos a hacer lo que de nosotros queréis».

XLVII. Ajustado, pues, el asunto con gusto de entrambas partes, no bien apuntó el alba, cuando se empezó el cambio de los puestos. Observáronlo los beocios, y avisaron al punto a Mardonio. Luego que este lo supo empezó asimismo a trasladar sus brigadas trasplantando sus persas al puesto frontero al de los lacedemonios. Repara en la novedad Pausanias, y manda que los espartanos vuelvan de nuevo al ala derecha, viendo que su ardid había sido descubierto por el enemigo, y Mardonio por su parte hace que vuelvan otra vez los persas a la siniestra de su campo.

XLVIII. Vueltos ya entrambos a ocupar sus primeros puestos, despacha Mardonio un heraldo a los espartanos con orden de retarles en estos términos: «Entre esas gentes pasmadas de vuestro valor, corre la voz que vosotros los lacedemonios sois la flor de la tropa griega, pues en la guerra no sabéis qué cosa sea huir ni desamparar el puesto, sino que a pie firme escogéis a todo trance o vencer o morir. Acabo ahora de ver que no es así verdad, pues antes que cerremos con vosotros, viniendo a las manos, os vemos huir ya de miedo y dejar vuestro sitio; os vemos ceder a los atenienses el honor de abrir el combate con nuestras filas para ir a apostaros enfrente de nuestros siervos; lo que en verdad no es cosa que diga bien con gente brava y honrada. Ni es fácil deciros cuán burlados nos hallamos, pues estábamos sin duda muy persuadidos de que, según la fama que vosotros gozáis de valientes y osados, habíais de enviarnos un rey de armas que en particular desafiara cuerpo a cuerpo a los persas a que peleásemos solos con los lacedemonios. Prontos, en efecto, nos hallamos a admitir el duelo, cuando lejos de veros de tal talante y brío, os vemos llenos de susto y miedo. Ya que vosotros, pues, no tenéis valor para retarnos los primeros, seremos nosotros los primeros en provocaros al desafío, como os provocaremos. Siendo vosotros reputados entre los griegos por los hombres más valientes de la nación, como por tales nos preciamos nosotros de ser tenidos entre los bárbaros, ¿por qué no entramos luego en igual número en campo de batalla? Entremos, digo, los primeros en el palenque, y si pretendéis que los otros cuerpos entren también en acción, entren en hora buena, pero después de nuestro duelo; mas si no pretendéis tanto, juzgando que nosotros únicamente somos bastantes para la decisión de la victoria, vengamos luego a las manos, con pacto y condición de que se mire como vencedor aquel ejército cuyos campeones hayan salido con la victoria en el desafío».

XLIX. Dicho esto, esperó algún tiempo el heraldo retador; y viendo que nadie se tomaba el trabajo de responderle palabra, vuelto atrás dio cuenta de todo a Mardonio. Sobre manera alegre e insolente este con una victoria pueril, fría e insustancial, echa al punto su caballería contra los griegos. Arremete ella al enemigo, y con la descarga de sus dardos y saetas perturba e incomoda no poco todas las filas del ejército griego: lo que no podía menos de suceder siendo aquellos jinetes unos ballesteros montados, con quienes de cerca no era fácil venir a las manos. Lograron por fin llegar a la fuente Gargafia, que proveía de agua a todo el ejército griego, y no solo la enturbiaron, sino que cegaron sus raudales; porque si bien los únicos acampados cerca de dicha fuente eran los lacedemonios, distando de ella los demás griegos a medida de los puestos que por su orden ocupaban, con todo, no pudiendo valerse los otros del agua del Asopo, por más que lo tenían allí vecino, a causa de que no se lo permitía la caballería con sus flechas, todo el campo se surtía de aquella aguada.

L. En este estado se encontraban, cuando los jefes griegos, viendo a su gente falta de agua, y al mismo tiempo perturbada con los tiros de la caballería, juntáronse así por lo que acabo de indicar, como también por otros motivos, y en gran número se encaminaron hacia el ala derecha para verse con Pausanias. Si bien este sentía mucho la mala situación del ejército, mayor pena recibía de ver que iban ya faltándole los víveres, sin que los criados a quienes había enviado por trigo al Peloponeso pudiesen volver al campo, estando interceptados los pasos por la caballería enemiga.

LI. Acordaron, pues, en la consulta aquellos comandantes que lo mejor sería, en caso de que Mardonio difiriera para otro día la acción, pasar a una isla distante del Asopo y de la fuente Gargafia donde entonces acampaban, la cual isla viene a caer delante de la ciudad misma de Platea. Esta isla forma en tierra firme aquel río que al bajar del Citerón hacia la llanura se divide en dos brazos, distantes entre sí cosa de tres estadios, volviendo después a unirlos en un cauce y en una corriente sola: pretenden los del país que dicha Oéroe, pues así llaman a la isla, sea hija del Asopo. A este lugar resolvieron, pues, los caudillos trasplantar su campo, así con la mira de tener agua en abundancia, como de no verse infestados de la caballería enemiga del modo que se veían cuando la tenían enfrente. Determinaron asimismo que sería preciso partir del campo en la segunda vigilia, para impedir que viéndoles salir la caballería no les picase la retaguardia. Parecioles, por último, que aquella misma noche, llegados apenas al paraje que con su doble corriente encierra y ciñe la Oéroe[377] asópida bajando del Citerón, destacasen al punto hacia este monte la mitad de la tropa, para recibir y escoltar a los criados que habían ido por víveres y se hallaban cortados en aquellas eminencias sin paso para el ejército.