Los nueve libros de la Historia (2 de 2)
Part 30
XV. En el intermedio llegole a Mardonio otro aviso de que ya los griegos se hallaban en gran número reunidos en el Istmo; aviso que de nuevo le hizo retroceder hacia Decelia. A este efecto los beotarcas o jefes de la Beocia habían hecho presentarse a los beocios fronterizos de los asopios, quienes iban guiando la gente hacia las Esfendaleas[368] y de allí hacia Tanagra, donde habiendo hecho alto una noche, y marchado al día siguiente la vuelta de Escolo, hallose ya el ejército en el territorio de los tebanos. Por más que estos se hubiesen unido a los medos, les taló entonces Mardonio las campiñas, no por odio que les tuviera, sino obligado a ello por una extrema necesidad, queriendo absolutamente fortificar su campo con empalizadas y trincheras para prevenirse un seguro asilo donde guarecer el ejército, caso de no tener el encuentro el éxito deseado. Empezó, pues, a formar sus reales desde Eritras, continuándolos por Hisias[369] y extendiéndolos hasta el territorio de Platea a lo largo de las riberas del río Asopo: verdad es que las trincheras con que los fortificó no ocupaban todo el espacio arriba dicho, sino solamente unos diez estadios por cada uno de sus lados. En tanto que los bárbaros andaban en aquellas obras muy afanados, cierto tebano muy rico y acaudalado, Atagino, hijo de Frinón, preparó un excelente convite a aquellos huéspedes, llamando a Mardonio con cincuenta persas más, jefes todos de la primera consideración. Admitieron estos el agasajo y celebrose en Tebas el banquete.
XVI. Voy a referir aquí con esta ocasión lo que supe de boca de Tersandro, sujeto de la mayor consideración en Orcómeno, de donde era natural, y que había sido uno de los convidados de Atagino en compañía de otros cincuenta tebanos. Decíame, pues, que no comiendo los huéspedes en mesa separada de la de los del país, sino que estando juntos en cada lecho un persa y un tebano, al fin del convite, cuando se habían sacado ya les vinos, el persa compañero suyo de lecho, que hablaba el griego, preguntole de dónde era, y respondiéndole él que de Orcómeno, hablole en estos términos: «Caro orcomenio, ya que tengo la fortuna de ser tu camarada en una mesa, cama y copa misma, quiero participarte en prueba de mi estima mis previsiones y sentimientos, para que informado de antemano mires por tu bien. ¿Ves, amigo, tanto persa aquí convidado, y tanto ejército que dejamos atrincherado allá cerca del río? Dígote, pues, ahora, que dentro de poco bien escasos serán entre todos los que veas vivos y salvos». Al decir esto el persa, añadíame Tersandro, púsose a llorar muy de veras, y él le respondió confuso y admirado: «¿Pues eso no sería menester que lo dijeras a Mardonio y a los que más pueden después de él?». «Amigo, replicole el persa a la sazón, como no hay medio en el suelo para estorbar lo que en el cielo está decretado,[370] si alguno se esfuerza a persuadir algo en contra, no se da crédito a sus buenas razones. Muchos somos entre los persas que eso mismo que te digo lo tenemos bien creído y seguro; y sin embargo, como arrastrados por la fuerza del hado, vamos al precipicio: y te aseguro que no cabe entre hombres dolor igual al que sienten los que piensan bien sin poder nada para impedir el mal». Esto oía yo de boca del orcomenio Tersandro, quien añadía que desde que lo oyó, antes de darse la batalla en Platea, él mismo lo fue refiriendo a varios.
XVII. Después de invadir a Atenas, habían unido sus tropas con Mardonio, que tenía entonces el campo en Beocia, todos los griegos de aquellos contornos, excepto los focidios, quienes, si bien seguían al medo con empeño, no procedía del corazón este empeño a que la fuerza solamente les obligaba. Reuniéronse estos al campo general, no mucho después de haber llegado a Tebas el ejército de los persas, con 1000 infantes mandados por Harmocides, sujeto de la mayor autoridad y aceptación entre sus paisanos. En el momento de llegar a Tebas, mandoles decir Mardonio, por medio de unos soldados de caballería, que plantasen aparte sus tiendas en los reales, separados de los demás: apenas acabaron de hacer lo que se les mandaba, cuando se vieron circuir por toda la caballería persa. Esta novedad fue seguida de un rumor esparcido luego entre los griegos aliados del medo, y comunicado en breve a los focidios mismos, de que venía aquella a exterminarlos a fuerza de dardos: en consecuencia de ello, el general Harmocides les animó con este discurso: «Visto está, paisanos, que esos hombres que nos rodean quieren que todos perezcamos, presentando a nuestros ojos la muerte en castigo de las calumnias con que sin duda nos han abrumado los tesalios. Esta es, pues, oh compatricios, la hora de que, mostrando el valor de nuestro brazo, venda cada cual cara su vida. Si morir debemos, muramos antes vengando nuestra muerte, que no vilmente rendidos dejándonos asesinar como cobardes: sepan esos bárbaros que los griegos a quienes maquinan la muerte no se dejan degollar impunemente como corderos».
XVIII. Así les exhortaba su general a una muerte gloriosa, cuando ya la caballería persa, cerrándoles en medio, embestía apuntadas las armas en ademán de quien iba a disparar y dudase aún si alguien, en efecto, había ya disparado algún tiro. De repente, formando un círculo los focidios, y apiñándose por todas partes cuanto les fue posible, se disponen para hacer frente a la caballería; ni fue menester más para que esta se retirase viendo aquella cerrada falange. En verdad que no me atrevo a asegurar lo que hubo en el caso: ignoro si los persas, venidos a instancia de los tesalios con ánimo de acabar con los focidios, al ver que estos se disponían como valientes a una vigorosa defensa, volvieron luego las espaldas, por habérselo prevenido así Mardonio en aquel caso; o si este con tal aparato no pretendía más que hacer prueba del valor y ánimo de los focidios. Este último fue por cierto lo que significó Mardonio cuando, después de retirada su caballería, les mandó decir por un pregonero: «¡Bien, muy bien, focidios! Mucho me alegro de que seáis, no los cobardes que se me decía, sino los bravos soldados que os mostráis. ¡Ánimo, pues!, servid con valor y esfuerzo en esta campaña, seguros de que no serán mayores vuestros servicios que las mercedes que de mí y de mi soberano reportaréis».
XIX. Tal fue el caso de los focidios; pero volviendo a los lacedemonios, luego de llegados al Istmo, plantaron allí su campo. Los demás peloponesios, que seguían el sano partido a favor de la patria, parte sabiendo de oídas, parte viendo por sus mismos ojos que se hallaban acampados ya los espartanos, no creyeron bueno quedárseles atrás en aquella jornada, antes bien fueron a juntárseles luego. Reunidos en el Istmo, viendo que les lisonjeaban con los mejores agüeros las víctimas del sacrificio, pasaron a Eleusis, donde repetidos los sacrificios con faustas señales, iban desde allí continuando sus jornadas. Marchaban ya con las demás tropas atenienses las que pasando desde Salamina a tierra firme se les habían agregado en Eleusis. Llegados todos a Eritras, lugar de la Beocia, como supiesen allí que los bárbaros se hallaban acampados cerca del Asopo, tomando acuerdo sobre ello, plantaron sus reales enfrente del enemigo, en las raíces mismas de Citerón.
XX. Como los griegos no presentasen la batalla bajando a la llanura, envió Mardonio contra ellos toda la caballería, con su jefe Masistio, a quien suelen llamar Macisio los griegos, guerrero de mucho crédito entre los persas, que venía montado sobre su caballo Niseo, a cuyo freno y brida de oro correspondía en belleza y valor todo lo demás de las guarniciones. Formados, pues, los persas en sus respectivos escuadrones, embistiendo con su caballería a los griegos, a más de incomodarles mucho con sus tiros, les afrentaban de palabra llamándoles mujeres.
XXI. Casualmente en la colocación de las brigadas había cabido a los megarenses el puesto más próximo al enemigo, y tal que siendo de fácil acceso daba más lugar al ímpetu de la caballería. Viéndose, pues, acometidos del enemigo que les cargaba y oprimía con bizarro continente, despacharon a los generales griegos un mensajero, que llegando a su presencia, les habló en esta forma: «Los megarenses me envían con orden de deciros: Amigos, no podemos con sola nuestra gente sostener por más tiempo el ataque de la caballería persa, y guardar el puesto mismo que desde el principio nos ha cabido; y si bien hasta ahora hemos rebatido al enemigo con mucho vigor y brío por más que nos agobiase, rendidos ya al cabo, vamos a desamparar el puesto si no enviáis otro cuerpo de refresco que nos releve y lo ocupe: y mirad que muy de veras lo decimos». Recibido este aviso, iba luego Pausanias brindando a los griegos que si algún cuerpo, entrando en lugar de los megarenses, querría de su voluntad cubrir aquel puesto peligroso: y viendo los atenienses que ninguna de las demás brigadas se ofrecía espontáneamente a arrostrar tal riesgo, ellos se brindaron al reemplazo de los megarenses, y fueron allá con un cuerpo de 300 guerreros escogidos, a cuyo frente iba por comandante Olimpiodoro, hijo de Lampón.
XXII. Este cuerpo, al que se agregó una partida de ballesteros, fue entre todos los griegos que se hallaban presentes el que quiso, apostado en Eritras, relevar a los megarenses. Emprendida de nuevo la acción, duró por algún tiempo, terminando al cabo del siguiente modo: Acaeció que peleando sucesivamente por escuadrones la caballería persa, habiéndose adelantado a los demás el caballo en que montaba Masistio, fue herido en un lado con una saeta. El dolor de la herida hízole empinar y dar con Masistio en el suelo. Corren allá los atenienses, y apoderados del caballo logran matar al general derribado, por más que procuraba defenderse, y por más que al principio se esforzaban en vano en quitarle la vida. La dificultad provenía de la armadura del general, quien vestido por encima con una túnica de grana, traía debajo una loriga de oro de escamas, de donde nacía que los golpes dados contra ella no surtiesen efecto alguno. Pero notado esto por uno de sus enemigos, metiole por un ojo la punta de la espada, con lo cual, caído luego Masistio, al punto mismo expiró. En tanto, la caballería, que ni había visto caer del caballo a su general, ni morir luego de caído a manos de los atenienses, nada sabía de su desgracia, habiendo sido fácil el no reparar en lo que pasaba, por cuanto en aquella refriega iban alternando las acometidas con las retiradas. Pero como salidos ya de la acción viesen que nadie les mandaba lo que debían ejecutar, conociendo luego la pérdida, y echando menos a su general, se animaron mutuamente a embestir todos a una con sus caballos, con ánimo de recobrar al muerto.
XXIII. Al ver los atenienses que no ya por escuadrones, sino que todos a una venían contra ellos los caballos, empezaron a gritar llamando el ejército en su ayuda: y en tanto que este acudía ya reunido, encendiose alrededor del cadáver una contienda muy fuerte y porfiada. En el intermedio que la sostenían solos los 300 campeones, llevando notoriamente la peor parte en el choque, veíanse obligados a ir desamparando al general difunto; pero luego que llegó la demás tropa de socorro, no pudieron resistirla los persas de a caballo, ni menos llevar consigo el cadáver, antes bien alrededor de este quedaron algunos más tendidos y muertos. Retirados, pues, de allí, y parados como a dos estadios de distancia, pusiéronse los persas a deliberar sobre el caso, y parecioles ser lo mejor volverse hacia Mardonio, por no tener quien les mandase.
XXIV. Vuelta al campo la caballería sin Masistio y con la nueva de su desgraciada muerte, fue excesivo en Mardonio y en todo el ejército el dolor y sentimiento por aquella pérdida. Los persas acampados, cercenándose los cabellos en señal de luto y cortando las crines a sus caballos y a las demás bestias de carga, en atención a que el difunto era después de Mardonio el personaje de mayor autoridad entre los persas y de mayor estimación ante el soberano, levantaban el más alto y ruidoso plañido, cuyo eco resonaba difundido por toda la Beocia. Tales eran las honras fúnebres que los bárbaros, según su usanza, hacían a Masistio.
XXV. Los griegos por su parte, viendo que no solo habían podido sostener el ímpetu de la caballería, sino que aun habían logrado rechazarla de modo que la obligaron a la retirada, llenos de coraje, cobraron nuevos espíritus para la guerra. Puesto desde luego el cadáver encima de un carro, pensaron en pasearlo por delante de las filas del ejército. La alta estatura del muerto y su gallardo talle, lleno de majestad y digno de ser visto, circunstancias que les movían a aquella demostración, obligaban también a los demás griegos a que, dejados sus respectivos puestos, concurriesen a ver a Masistio. Después de esta hazaña, pensaron ya en bajar de sus cerros hacia Platea, lugar que así por la mayor abundancia de agua como por otras razones, les pareció mucho más cómodo que el territorio eritreo para fijar allí sus reales. Resueltos, pues, a pasar hacia la fuente Gargafia, que se halla en aquellas cercanías, y marchando con las armas en las manos por las faldas del Citerón y por delante de Hisias, se encaminaron a la comarca de Platea, donde por cuerpos iban atrincherándose cerca de la fuente mencionada y del templo del héroe Androcrates, en aquellas colinas poco elevadas y en la llanura vecina.
XXVI. Moviose aquí entre tegeatas y atenienses un porfiadísimo altercado, sobre qué puesto debían ocupar en el campo, pretendiendo cada cual de los pueblos que le tocaba de justicia el mando de una de las dos alas del ejército, y produciendo a favor de su derecho varias pruebas en hechos antiguos y recientes. Los de Tegea hablaban así por su parte: «En todas las expediciones, así antiguas como modernas, que de consuno han hecho los peloponesios, contando ya desde el tiempo en que por muerte de Euristeo procuraban volver al Peloponeso los Heráclidas, nos han reputado siempre nuestros aliados por acreedores a lograr el puesto que ahora pretendemos, cuya prerrogativa merecimos nosotros por cierta hazaña de que vamos a dar razón cuando plantamos en el Istmo nuestras tiendas, saliendo a la defensa del Peloponeso, en compañía de los aqueos y de los jonios, que tenían allí todavía su asiento y morada. Porque entonces Hilo, según es fama común, propuso en una conferencia a los del Peloponeso que no había razón para que los dos ejércitos se pusieran a peligro de perderse en una acción general, sino que lo mejor para entrambos era que un solo campeón del ejército peloponesio, cualquiera que escogiesen por el más valiente de todos, entrase con él en batalla cuerpo a cuerpo, bajo ciertas condiciones. Pareció bien la propuesta del retador, y bajo de juramento fue otorgado un pacto y condición de que si Hilo vencía al campeón y jefe del Peloponeso, volvieran los Heráclidas a apoderarse del estado de sus mayores; pero que si Hilo fuese vencido, partiesen de allí los Heráclidas con su ejército, sin pretender la vuelta al Peloponeso dentro del término de cien años. Sucedió, pues, que Équemo, hijo de Aéropo y nieto de Feges, el cual era a un tiempo nuestro rey y general, habiendo sido muy a su gusto elegido de entre todos los aliados para el pactado duelo, venció en él y quitó la vida a Hilo. Decimos, pues, que en premio de tal proeza y servicio, entre otros privilegios con que nos distinguieron aquellos antiguos peloponesios, en cuya posesión aun ahora nos mantenemos, nos honraron con la preferencia del mando en una de las dos alas siempre que se saliera a una común expedición. No significamos con esto que pretendamos apostárnoslas con vosotros, oh lacedemonios, a quienes damos de muy buena gana la opción de escoger el mando de una de las dos alas del ejército: solo sí decimos que de razón y de derecho nos toca el mandar en una de las dos, según siempre se ha usado. Y aun dejando aparte la mencionada hazaña, somos, sin duda alguna, mucho más acreedores a ocupar el pretendido puesto que esos atenienses, pues que nosotros con próspero suceso hemos entrado en batalla, muchas veces contra vosotros mismos, oh espartanos, muchas otras contra otros muchos. De donde concluimos que mejor es nuestro derecho a mandar en una de las alas que el de los atenienses, quienes en su favor no pueden producir hechos iguales a los nuestros ni en lo antiguo ni en lo moderno».
XXVII. Eso decían los tegeatas, a quienes respondieron así los atenienses: «Nosotros, a la verdad, bien comprendemos que no nos hemos juntado aquí para disputar entre nosotros, sino para pelear contra los bárbaros. Mas ya que esos tegeatas han querido apelar a las proezas que ellos y nosotros en todo tiempo en servicio de la Grecia llevamos hechas, nos vemos, oh griegos, obligados ahora a publicar los motivos de pretender que a nosotros pertenece, en fuerza de los servicios prestados a la nación, el derecho antiguo y heredado de nuestros mayores, de ser preferidos siempre a los de Arcadia. Decimos, en primer lugar, que fuimos nosotros los que amparamos a los Heráclidas, a cuyo caudillo ellos se jactan aquí de haber dado la muerte; y les amparamos de modo que, cuando al huir de la servidumbre de los de Micenas se veían arrojados de todas las ciudades griegas, no solo les dimos acogida en nuestras casas, sino que, venciendo en su compañía en campo de batalla a los peloponesios, hicimos que dejase Euristeo de perseguirlos. En segundo lugar, habiendo perecido los argivos que Polinices había conducido contra Tebas, y quedándose en el campo sin la debida sepultura, nosotros, hecha una expedición contra los cadmeos, y recogidos aquellos cadáveres, los pasamos a Eleusis, donde les dimos sepultura en nuestro suelo. En tercer lugar, nuestra fue la famosa hazaña contra las amazonas, las que venidas desde el río Terdomonte, infestaban nuestros dominios allá en los antiguos tiempos. Por fin, en la empresa y jornada penosa de Troya, no fuimos los que peor nos portamos. Pero bastante y sobrado dijimos sobre lo que nada sirve para el asunto, pues cabe muy bien que los que fueron en lo antiguo gente esforzada, sean al presente unos cobardes, y los que fueron entonces cobardes sean ahora hombres de valía. Así, que no se hable ya más de hechos vetustos y anticuados: solo decimos que, aun cuando no pudiéramos alabarnos de otra hazaña (que muchas y muy gloriosas podemos ostentarlas, si es que hacerlo pueda alguna ciudad griega), por sola la que hicimos en Maratón somos acreedores a esta preferencia de honor y a otras muchas más, pues peleando nosotros allí solos sin el socorro de los demás griegos, y metidos en una acción de sumo empeño contra el persa, salimos de ella con victoria, derrotando de una vez a 46 naciones[371] unidas contra Atenas. ¿Y habrá quien diga que por solo este hecho de armas no merecimos el presidir a una ala siquiera del ejército? Pero nosotros repetimos que no viene al caso reñir ahora por esas etiquetas de puesto: lacedemonios, aquí nos tenéis a vuestras órdenes; apostadnos donde mejor os parezca; mandad que vayamos a ocupar cualquier sitio que nos destinéis, y en él os aseguramos que no faltaremos a nuestro deber».
XXVIII. Así respondieron, por su parte, los de Atenas, y todo el campo de los lacedemonios votó a voz en grito que los atenienses eran más dignos que los arcadios del mando de una de las alas del ejército, la cual, sin atender a los tegeatas, se les confió en efecto. El orden que se siguió luego en la colocación de las brigadas griegas, así las que de nuevo iban llegando, como las que desde el principio habían ya concurrido, fue el siguiente: apostose en el ala derecha un cuerpo de 10.000 lacedemonios, de los cuales los 5000 eran espartanos, a quienes asistían 35.000 ilotas armados a la ligera, siete ilotas por cada espartano. Habían querido también los espartanos que a su lado se apostaran los de Tegea, quienes componían un regimiento de 4500 _hóplitas_ (infantes de armadura pesada), haciendo con ellos esta distinción en atención a su mérito y valor. A estos seguía la brigada de los corintios, en número de 5000, quienes habían obtenido de Pausanias que a su lado se apostasen los 300 potideos que de Palene habían concurrido. Venían después por su orden 600 arcadios de Orcómeno; luego 3000 sicionios; en seguida 800 epidaurios, y después un cuerpo de 4000 trecenios. Al lado de estos estaban 200 lepréatas, seguidos de 400 soldados, parte micénicos, parte tirintios; tras estos venían 4000 fliasios; luego 300 de Hermíone, y en seguida 600 más, parte de Eretria y parte de Estira, cuyo lado ocupaban 400 calcideos. Inmediatos a ellos, dejábanse ver por su orden consecutivo: los de Ambracia, en número de 500; los leucadios y anactorios, que eran 800; los paleos de Cefalonia, no más que 200, y los 500 de Egina. Junto a estos ocupaban las filas 3000 megarenses, a quienes seguían 600 de Platea. Los últimos en este orden, y los primeros en el ala izquierda, eran los atenienses, que subían a 8000 hombres, capitaneados por Arístides el hijo de Lisímaco.
XXIX. Los hasta aquí mencionados, sin incluir en este número a los siete ilotas que rodeaban a cada espartano, subían a 38.700 infantes; tantos y no más eran los hóplitas armados de pies a cabeza. Los soldados de tropa ligera componían el número siguiente: en las filas de los espartanos, siendo siete los armados a la ligera por cada uno de ellos, se contaban 35.000, todos bien apercibidos para el combate. En las filas de los demás, así lacedemonios como griegos, contando por cada infante un armado a la ligera, ascendía el número a 34.500. De suerte que el número total de la tropa ligera dispuesta en el orden de batalla, era de 69.500.
XXX. Así que el grueso del ejército que concurrió a Platea, compuesto de hombres de armas y tropa ligera, constaba de 110.000 combatientes: porque si bien faltaba para esta suma la partida de 1800 hombres, la suplían con todo los tespieos, quienes, bien que armados a ligera, concurrían a las filas en número de 1800. Tal era el ejército que tenía formados sus reales cerca del Asopo.
XXXI. Los bárbaros en el campo de Mardonio, acabado el luto por las exequias de Masistio, informados de que ya los griegos se hallaban en Platea, fueron acercándose hacia el Asopo, que por allí corre; y llegados a dicho lugar, formábalos Mardonio de este modo: contra los lacedemonios iba ordenando a los persas verdaderos, y como el número de estos era muy superior al de aquellos, no solo disponía en sus filas muchos soldados de fondo, sino que las dilataba aún hasta hacer frente a los tegeatas, pero dispuestas de modo que lo más robusto de ellas correspondiese a los lacedemonios, y lo más débil a los de Tegea, gobernándose en esto por las sugestiones de los tebanos. Seguíanse los medos a los persas, con lo cual venían a hallarse de frente a los corintios, a los potideos, a los orcomenios y a los sicionios. Los bactrianos, inmediatos a los medos, caían en sus filas fronteros a las filas de los epidaurios, de los trecenios, de los lepréatas, de los tirintios, de los micénicos y de los de Fliunte. Los indios, apostados al lado de los bactrianos, correspondían cara a cara a las tropas de Hermíone, de Eretria, de Estira y de Calcis. Los sacas, que eran los que después de los indios venían, tenían delante de sí a los ambraciotas, a los anactorios, a los paleenses y a los eginetas. En seguida de los sacas colocó Mardonio, contra los cuerpos de Atenas, de Platea y de Mégara, las tropas de los beocios, de los locros, de los melienses, de los tesalios, y un regimiento también de 1000 focidios, de quienes no colocó allí más por cuanto no seguían al medo todos ellos, siendo algunos del partido griego, los cuales desde el Parnaso, donde se habían hecho fuertes, salían a infestar y robar al ejército de Mardonio y de los griegos adheridos al persa. Contra los atenienses ordenó, por fin, Mardonio a los macedonios y a los habitantes de la Tesalia.