Los nueve libros de la Historia (2 de 2)

Part 29

Chapter 294,016 wordsPublic domain

CXLII. Luego, pues, que Alejandro dio fin a su discurso, tomando la palabra los embajadores de Esparta dieron principio al suyo. «También venimos nosotros, oh atenienses, a haceros nuestra petición de parte de los lacedemonios: redúcese a suplicaros que ni deis oído a las proposiciones del bárbaro, ni queráis hacer la menor novedad en el sistema de la Grecia. Esto de ningún modo lo sufre la justicia misma; esto el honor de los griegos no os lo permite; esto con mucha particularidad vuestro mismo decoro os lo prohíbe. Muchos son los motivos que para no hacerlo tenéis: el haber vosotros mismos sin nuestro consentimiento ocasionado la presente guerra; el haber sido desde el principio vuestra ciudad el blanco de toda ella; el serlo ahora ya por vuestra causa la Grecia toda. Y dejados aparte todos estos motivos, fuera sin duda cosa insufrible que vosotros, atenienses, habiéndoos preciado siempre de ser los mayores defensores de la ajena independencia y libertad, fuerais al presente los principales autores de la dependencia y esclavitud de los griegos. A nosotros, amigos atenienses, nos tiene penetrados de compasión esa vuestra desventura, cuando os vemos ya por la segunda vez privados de vuestra cosechas y por tanto tiempo fuera de vuestras casas despojadas, abrasadas y arruinadas por el bárbaro que os halaga. Pero os hacemos saber ahora que para alivio de tanta calamidad los lacedemonios con los otros griegos aliados suyos se ofrecen gustosos a la manutención, así de vuestras mujeres, como de la demás familia que no sirva para la guerra, y esto os lo prometen por todo el tiempo que continuare la actual. Por los cielos, atenienses, no os dejéis engañar de las buenas palabras de Alejandro, que tanto os halaga y lisonjea de parte de Mardonio, en lo cual obra como quien es: un tirano patrocina a otro tirano amigo suyo. Pero vosotros no obraríais como quienes sois, si hiciereis lo que pretenden de vosotros, pues bien claro podéis ver, si no queréis de propósito cegaros, que nadie debe dar fe a la palabra, ni menos fiarse de la promesa de un bárbaro». Así fue como dichos embajadores se explicaron.

CXLIII. La respuesta que luego dieron a Alejandro los atenienses fue concebida en estas palabras: «En verdad, Alejandro, que no se nos caía en olvido cuáles sean, según decíais, las fuerzas del medo, y cuánto doblemente superiores a las nuestras; ¿por qué a nuestra faz hacernos ese alarde?, ¿por qué echarnos en cara nuestra mengua y falta de poder? Nosotros os repetimos que defendiendo la libertad sacaremos esfuerzo de la debilidad nuestra, hasta tanto que más no podamos. En suma, no os canséis en balde procurando que nos unamos con el bárbaro, cosa que otra vez no os la sufriremos. La respuesta, por tanto, que deberéis dar a Mardonio será que le hacemos saber, nosotros los atenienses, que en tanto que girare el sol por donde al presente gira,[362] nunca jamás hemos de confederarnos con Jerjes, a quien eternamente perseguiremos, confiados en la protección de los dioses y en la asistencia de los héroes nuestros patronos, cuyos templos y estatuas religiosas tuvo el bárbaro, como ateo que es, la insolente impiedad de profanar con el incendio. A vos os prevenimos que nunca más os presentéis ante los atenienses con semejantes discursos, ni, so color de mirar por nuestros intereses, volváis segunda vez a exhortarnos a la mayor de todas las maldades. Vos sois nuestro buen amigo, sois huésped público de los atenienses; mucho nos pesaría el vernos precisados a daros el menor disgusto».

CXLIV. Tal fue la respuesta dada a Alejandro: después de ella diose estotra a los enviados de Esparta: «El que allá temieran los lacedemonios no nos coligáramos con el bárbaro, puede perdonárseles esta flaqueza natural entre hombres; el que vosotros sus embajadores, testigos de nuestro brío y denuedo, temáis lo mismo, no es sino una infamia y vergüenza de Esparta. Entended, pues, espartanos, que ni encierra tanto oro en todas sus minas el globo entero de la tierra, ni cuenta entre todas sus regiones alguna ni tan bella, ni tan feraz, ni tan preciosa, a trueque de cuyo tesoro y de cuya provincia quisiéramos los atenienses pasarnos al medo con la infame condición de la esclavitud de la Grecia; que muy muchos son y muy poderosos los motivos que nos lo impidieran, aun cuando a ello nos sintiéramos tentados. El primero y principal es la vista de los mismos dioses aquí presentes, cuyos simulacros aquí mismo vemos abrasados, cuyos templos con dolor extremo miramos tendidos por el suelo, y hechos no más unos montones de tierra y piedra. ¡Ah!, que nuestra piedad y religión en vez de dar lugar a la reconciliación y alianza con el mismo ejecutor de tanto sacrilegio y profanación, nos pone en una total necesidad de vengar con todas nuestras fuerzas el numen de tanto dios ultrajado. El segundo motivo nos lo da el nombre mismo de griegos, inspirando en nosotros el más tierno amor y piedad hacia los que son de nuestra sangre, hacia los que hablan la misma lengua, hacia los que tienen la misma religión, la comunidad de templos y de edificios, la uniformidad en las costumbres y la semejanza en el modo de pensar y de vivir. En fuerza de tales vínculos y de nuestro honor, miramos por cosa tan indigna de los atenienses el ser traidores a nuestra patria y nación, que os aseguramos de nuevo ahora, si no lo teníais antes bien creído, que mientras quede vivo un solo ateniense, nadie tiene que temer que se una Atenas con Jerjes en confederación. Ese vuestro cuidado y empeño que mostráis para con nosotros, que nos vemos sin casa en que morar, tomando tan a pecho nuestro alivio, hasta el punto de ofreceros a la manutención de nuestras familias, con toda el alma os lo agradecemos, amigos lacedemonios, viendo que no puede subir de punto vuestra bondad para con nosotros. Con todo, en medio de la estrechez y miseria en que nos hallamos, procuraremos, armados de sufrimiento, ingeniarnos de tal manera, que, sin seros molestos en cosa alguna, pasemos como mejor podamos nuestras cuitas. Ahora, sí, lo que os pedimos es, que nos enviéis cuanto antes vuestras tropas, pues a lo que imaginamos no ha de pasar mucho tiempo sin dejársenos ver el bárbaro en nuestros confines, pues claro está que lo mismo será oír que nada le otorgamos de cuanto en su embajada pedía, que dirigirse contra nosotros. De suyo os pide, pues, la ocasión presente que salgáis con nosotros armados hasta la Beocia para recibir allí al enemigo, antes de que se nos entre por el Ática».

LIBRO NOVENO.

CALÍOPE.

Mardonio se apodera nuevamente de Atenas, abandonada de sus ciudadanos, los cuales se quejan de la indiferencia de los lacedemonios: decídense estos a socorrerlos, por lo cual Mardonio abandona la población después de haber demolido sus muros y edificios. — Los griegos son atacados a las inmediaciones del Citerón por la caballería persa, y muere en la refriega su jefe Masistio. Avanza el ejército griego hacia Platea y se atrinchera contra el persa. Disputa entre los atenienses y los de Tegea sobre preferencia en el campamento y mando: reseña y formación de ambos ejércitos, los cuales, en vista de los agüeros, permanecen indecisos, sin atreverse a dar la batalla. Decídese Mardonio a embestir contra los griegos, y Alejandro de Macedonia les avisa en persona este proyecto. — Reto de Mardonio a los laconios. — Tratan los griegos de retirarse para mejorar de posición, pero se opone un caudillo lacedemonio, y entretanto algunos de los confederados huyen a Platea. Al retirarse los lacedemonios son atacados por los persas. — Muerte de Mardonio y fuga del ejército persa, que atacado en sus trincheras es pasado a degüello por los griegos. Relación de los sujetos que se distinguieron en aquella jornada y del botín ocupado a los persas. — El ejército griego trata de castigar a los aliados, y pone sitio a los tebanos. Entretanto, Leotíquidas con la armada griega intenta atacar a los restos de la persa; pero sus jefes saltan en tierra y se fortifican en Mícala, en donde son atacados y vencidos por los griegos. — Sublevación de los jonios contra los persas. — Riña entre Masistes y Artaíntes, generales persas. Amores incestuosos de Jerjes con la familia de Masistes. El manto de Jerjes. Los griegos atacan el Quersoneso y se apoderan de Sesto, plaza defendida por los persas, y dan muerte a su gobernador, el impío Artaíctes.

I. Recibida, pues, dicha respuesta, dieron la vuelta hacia Esparta los enviados; pero Mardonio, luego que vuelto de su embajada Alejandro le dio razón de lo que traía de parte de los atenienses, saliendo al punto de Tesalia dábase mucha prisa en conducir sus tropas contra Atenas, haciendo al mismo tiempo que se le agregasen con sus respectivas milicias los pueblos por donde iba pasando, los príncipes de la Tesalia,[363] bien lejos de arrepentirse de su pasada conducta, entonces con mayor empeño y diligencia servían al persa de guías y adalides: de suerte que Tórax de Larisa, que escoltó a Jerjes en la huida, iba entonces abiertamente introduciendo en la Grecia al general Mardonio.

II. Apenas el ejército, siguiendo sus marchas, entró en los confines de la Beocia, salieron con presteza los tebanos a recibir y detener a Mardonio. Representáronle desde luego que no había de hallar paraje más a propósito para sentar sus reales que aquel mismo donde actualmente se encontraba; aconsejábanle, pues, con mucho ahínco, sin dejarle pasar de allí, que atrincherado en aquel campo tomara sus medidas para sujetar a la Grecia toda sin disparar un solo dardo, pues harto había visto ya por experiencia cuán arduo era rendir por fuerza a los griegos unidos, aunque todo el mundo les acometiera de consuno. «Pero si vos, iban continuando, queréis seguir nuestro consejo, uno os daremos tan acertado, que sin el menor riesgo daréis al suelo con todas sus máquinas y prevenciones. No habéis de hacer para esto sino echar mano del dinero, y con tal que lo derraméis, sobornaréis fácilmente a los sujetos principales que en sus respectivas ciudades tengan mucho influjo y poderío. Por este medio lograréis introducir en la Grecia tanta discordia y división, que os sea bien fácil, ayudado de vuestros asalariados, sujetar a cuantos no sigan vuestro partido».

III. Tal era el consejo que a Mardonio sugerían los tebanos: el daño estuvo en que no le dio entrada,[364] por habérsele metido muy dentro del corazón el deseo de tomar otra vez a Atenas, parte por mero capricho y antojo, parte por jactancia, queriendo hacer alarde con su soberano, quien se hallaba a la sazón en Sardes, de que era ya dueño otra vez de Atenas, y pensando darle el aviso por medio de los fuegos que de isla en isla pasaran como correos. Llegado en efecto a Atenas, tomó a su salvo la plaza, donde no encontró ya a los atenienses, de los cuales parte supo haber pasado a Salamina, parte hallarse en sus galeras. Sucedió esta segunda toma de Mardonio diez meses después de la de Jerjes.

IV. Al verse Mardonio en Atenas, llama a un tal Muriquides, natural de las riberas del Helesponto, y le despacha a Salamina, encargado de la misma embajada que a los de Atenas había pasado Alejandro el Macedonio. Determinose Mardonio a repetirles lo mismo, no porque no diera por supuesto que le era contrario y enemigo el ánimo de los atenienses, sino porque se lisonjeaba de que, viendo ellos conquistada entonces el Ática a viva fuerza, y puesta su patria en manos del enemigo, cediendo de su tenacidad primera, volverían quizá en su acuerdo. Con tal mira, pues, envió a Muriquides a Salamina.

V. Presentado este delante del Senado de los atenienses, expuso la embajada que de parte de Mardonio les traía. Entre aquellos senadores hubo cierto Lícidas, cuyo parecer fue que lo mejor sería admitir el partido que Muriquides les hacía y proponerlo a la junta del pueblo, ora fuera que él de suyo así opinase, ora bien se hubiese dejado sobornar con las dádivas de Mardonio. Pero los atenienses, así senadores como ciudadanos, al oír tal proposición, miráronla con tanto horror, que rodeando a Lícidas en aquel punto le hicieron morir a pedradas, sin hacer por otra parte mal alguno a Muriquides, mandándole solamente que se fuera luego de su presencia.[365] El grande alboroto y ruido que sobre el hecho de Lícidas corría en Salamina llegó veloz a los oídos curiosos de las mujeres, quienes iban informándose de lo que pasaba; entonces, pues, de impulso propio, exhortando unas a las otras a que las siguieran, y corriendo todas juntas hacia la casa de Lícidas, hicieron morir a pedradas a la mujer de este, juntamente con sus hijos, sin que nadie les hubiese movido a ello.

VI. El motivo que para pasar a Salamina tuvieron entonces los de Atenas fue el siguiente: Todo el tiempo que vivían con la esperanza de que en su asistencia y socorro había de venirles un cuerpo de tropas del Peloponeso, estuviéronse firmes y constantes en no desamparar el Ática. Mas después que vieron que los peloponesios, dando treguas al tiempo, dilataban sobrado su venida, y oyendo ya decir que se hallaba el bárbaro marchando por la Beocia, les obligó su misma posición a que, llevando primero a Salamina cuanto tenían, pasasen ellos mismos a dicha isla. Desde allí enviaron a Lacedemonia unos embajadores con tres encargos; el primero de dar quejas a los lacedemonios por la indiferencia con que miraban la invasión del Ática por el bárbaro, no habiendo querido en compañía suya salirle al encuentro hasta la Beocia; el segundo de recordarles cuán ventajoso partido les había a ellos ofrecido el persa a trueque de atraerles a su liga y amistad; el tercero de prevenirles que los atenienses al fin, si no se les socorría, hallarían algún modo como salir del ahogo en que se veían.

VII. He aquí cuál era entretanto la situación de los lacedemonios: hallábanse por una parte muy ocupados a la sazón en celebrar sus _Jacintias_, así llamaban sus fiestas en honor del niño Jacinto, empleándoles toda la atención y cuidado el célebre culto de su dios; y por otra andaban muy afanados en llevar adelante la muralla que sobre el Istmo iban levantando y que tenían en estado ya de recibir las almenas. Apenas entrados, pues, en Lacedemonia los embajadores de Atenas, en cuya compañía venían los enviados de Mégara y los de Platea, presentáronse a los éforos, y les hablaron en estos términos: «Venimos aquí de parte de los atenienses, quienes nos mandan declararos los siguientes partidos que el rey de los medos nos propone: primero, se ofrece a restituirnos nuestros dominios; segundo, nos convida a una alianza ofensiva y defensiva con una perfecta igualdad e independencia, sin doblez ni engaño; tercero, nos promete, y sale de ello garante, añadir a nuestra república el estado y provincia que nosotros queramos escoger. Pero los atenienses, tanto por el respeto con que veneramos a Zeus Helenio, patrono de la Grecia,[366] cuanto por el horror innato que en nosotros sentimos de ser traidores a la patria común, no le dimos oídos, rechazando su proposición, por más que nos viéramos antes, no como quiera agraviados, sino lo que es más, desamparados y vendidos por los griegos; y esto sabiendo muy bien cuánta mayor utilidad nos traería la avenencia que no la guerra con el persa. Ni esto lo decimos porque nos arrepintamos de lo hecho, protestando de nuevo que jamás nos coligaremos con el bárbaro, sino solamente para que se vea adónde llega nuestra fe y lealtad para con los griegos. Vosotros, si bien estabais temblando entonces de miedo, y por extremo recelosos de que no conviniéramos en pactos con el persa, viendo después claramente, por una parte, que de ninguna manera éramos capaces por nuestras opiniones de ser traidores a la Grecia, y teniendo ya, por otra, concluida en el Istmo vuestra muralla, no contáis al presente ni mucho ni poco con los atenienses, pues no obstante de habernos antes prometido que con las armas en la mano saldríais hasta la Beocia a recibir al persa, nos habéis vendido, faltando a vuestra palabra, y nada os importa ahora que el bárbaro tenga el Ática invadida. Los atenienses, pues, se declaran altamente resentidos de vuestra conducta, la que no conviene con vuestras obligaciones: lo que al presente desean, y con razón pretenden de vosotros, es que con la mayor brevedad posible les enviéis un ejército que venga en nuestra compañía, a fin de poder salir unidos a oponernos al bárbaro en el Ática, pues una vez perdida por vuestra culpa la mayor oportunidad de recibirlo en la Beocia, la llanura Triasia es en el Ática el campo más a propósito para la batalla».

VIII. Oída por los éforos la embajada, difirieron para el otro día la respuesta, y al otro día la dilataron para el siguiente, y así de día en día, dándoles más y más prórrogas, fueron entreteniéndoles hasta el décimo. En tanto, no se daban manos los peloponesios en fortificar al Istmo, siendo ya muy poco lo que faltaba para dar fin y remate a las obras. No sabría yo, en verdad, dar otra razón de la conducta de los lacedemonios en haber tomado antes con tanto ahínco el impedir la confederación de los atenienses con los medos, cuando vino a la ciudad de Atenas Alejandro el Macedonio, y en no dar luego a todo ello importancia alguna, sino el decir que teniendo últimamente del todo fortificado el Istmo, parecíales ya que para nada necesitaban de Atenas, al paso que antes, al tiempo en que llegó Alejandro a aquella ciudad, no habiendo murado todavía y hallándose puntualmente en la mitad de aquellas obras, temían mucho en ser acometidos por el persa, si no lo impedían los atenienses.

IX. Con todo, acordaron al cabo los lacedemonios responder a los embajadores y mandar salir a campaña sus espartanos con el siguiente motivo: Un día antes del último plazo para la decisión del negocio, un ciudadano de Tegea, llamado Quíleo, que era el extranjero de mayor influjo en Lacedemonia, habiendo oído de boca de los éforos todo lo que antes les habían expuesto los embajadores de Atenas, bien informado del negocio, respondioles en esta forma: «Ahora, pues, ilustres éforos, viene todo a reducirse a un punto solo, y es el siguiente: si por acaso coligados los atenienses con el bárbaro no obran de acuerdo con nosotros, por más cerrado que tengamos el Istmo con cien murallas, tendrán los persas abiertas por cien partes las puertas del Peloponeso. No, magistrados, eso no conviene de ningún modo; es preciso dar audiencia y respuesta a los atenienses, antes que no tomen algún partido pernicioso a la Grecia».

X. Este consejo que dio a los éforos el buen Quíleo, y la reflexión tan exacta que les presentó, penetroles de manera que, prescindiendo de dar parte del negocio pendiente a los diputados que habían allí concurrido de diferentes ciudades, al momento, sin esperar a que amaneciera, mandaron salir de la ciudad 5000 espartanos, ordenando al mismo tiempo que siete ilotas acompañasen a cada uno de ellos, y encargándolos a Pausanias, hijo de Cleómbroto, padre de Pausanias e hijo de Anaxándridas, pues habiendo poco antes regresado del Istmo con la gente que trabajaba allí en dicha muralla, acabó la carrera de su vida inmediatamente después de su vuelta: el motivo que le obligó a retirarse del Istmo con su gente, había sido el haber visto que al tiempo de celebrar allí sacrificios contra el persa, se les había cubierto el sol y oscurecido el cielo. Pausanias, pues, destinado a la empresa, se asoció por teniente general a Eurianacte, el cual, como hijo de Dorieo, era de su misma familia. Esta fue, repito, la gente de armas que salió de Esparta, conducida por Pausanias.

XI. Apenas amaneció, cuando los embajadores, que nada habían sabido todavía de la salida de tropas, se presentaron ante los éforos con el ánimo resuelto a despedirse para volverse a su patria. Admitidos, pues, a la audiencia pública, hablaron en estos términos: «Bien podéis, lacedemonios, por nuestra parte, quedaros de asiento en casa sin sacar un pie fuera de Esparta, celebrando muy despacio, a todo placer, esas fiestas en honor de vuestro Jacinto, y faltando muy de propósito a la correspondencia que debéis a vuestros aliados. Obligados nosotros, los atenienses, así por esa nueva injuria que con vuestra estudiada tardanza y desprecio nos estáis haciendo, como también por vernos faltos de socorro, nos entenderemos con el persa del mejor modo que podamos. Manifiesto es que, una vez amistados con el rey, seguiremos como aliados sus banderas donde quiera que nos conduzcan. Vosotros, sin duda, desde aquel punto comenzaréis a sentir los efectos que de una tal alianza se os podrán originar». La respuesta que dieron los éforos a este breve discurso de los enviados, fue afirmar con juramento, que creían en verdad hallarse ya sus tropas en Oresteo, marchando contra los extranjeros, pues extranjeros llamaban a los bárbaros según su frase. Pero como los embajadores, que no la entendían, preguntasen lo que pretendían significar con aquello, informados luego de todo lo que pasaba, quedáronse admirados y suspensos, y sin perder más tiempo, salieron en seguimiento de los soldados, llevando en su compañía 5000 infantes que se habían escogido entre los periecos[367] (o vecinos libres) de toda la Lacedemonia.

XII. Entretanto que dicha tropa se apresuraba a llegar al Istmo, los argivos, apenas oyeron la noticia de que ya Pausanias había salido de Esparta con la gente de armas, echando mano luego del mejor posta que pudieron hallar, lo envían al Ática por expreso, en consecuencia de haber antes ofrecido a Mardonio que procurarían impedir a los espartanos la salida. Llegado, pues, a Atenas este correo _hemerodromo_, dio así a Mardonio la embajada: «Señor, me envían los argivos para haceros saber que la gente moza salió armada ya de Lacedemonia, sin que a ellos les haya sido posible estorbarles la salida: con este aviso podréis tomar mejor vuestras medidas». Dado así el recado, volviose el expreso por el mismo camino.

XIII. Mardonio que tal oyó, no se halló seguro en el Ática, ni se determinó a esperar en ella por más tiempo, siendo así que antes que tal nueva le llegara, se detenía allí muy despacio para ver en qué paraba la negociación de parte de los atenienses, pues como siempre esperase que vendrían al cabo a su partido, ni talaba entretanto su país, ni hacía daño alguno en el Ática. Mas luego que informado de cuanto pasaba vio que nada a su favor tenía que esperar de los atenienses, pensó desde entonces en emprender su retirada antes que con su gente llegara Pausanias al Istmo. Al salir de Atenas dio orden de abrasar la ciudad, y dar en el suelo con todo lo restante, ora fuese algún lienzo de muralla que hubiera quedado antes en pie, ora pared desmoronada de alguna casa, ora fragmento o ruina de algún templo. Dos motivos en particular le persuadían la retirada: uno por ver que el Ática no era a propósito para que maniobrara allí la caballería; otro el entender que, vencido una vez en campo de batalla, no le quedaría otro escape que por unos pasos tan estrechos que un puñado de gente pudiera impedírselo. Pareciole, pues, ser lo más acertado retirarse hacia Tebas, y dar allí la batalla, ya cerca de una ciudad amiga, ya también en una llanura a propósito para maniobrar la caballería.

XIV. Ejecutando ya la retirada, llegole a Mardonio otro correo al tiempo mismo de la marcha, dándole de antemano aviso de que hacia Mégara se dirigía otro cuerpo de 1000 lacedemonios. Vínole con esto el deseo de probar fortuna para ver si le sería dable apoderarse de aquel destacamento: mandó, pues, que retrocediera su gente, a la cual condujo él mismo hacia Mégara, y adelantada entretanto su caballería, hizo correrías por toda aquella comarca. Este fue el término y avance hacia poniente donde llegó en Europa el ejército persa.