Los nueve libros de la Historia (2 de 2)

Part 28

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CXXIII. Hecha la repartición de la presa, tomaron los griegos su rumbo hacia el Istmo para dar la palma de la victoria al griego que más se hubiese señalado en aquella guerra.[343] Llegados allá los generales de la armada naval, fueron dejando sus votos por escrito encima del ara de Poseidón, en los cuales declaraban su parecer sobre quién merecía el primero y quién el segundo premio. Cada uno de los generales dábase allí el voto a sí mismo, como al que mejor se había portado en la batalla; pero muchos concordaban en que a Temístocles se le debía en segundo lugar aquella victoria; de suerte que no llevando nadie sino un solo voto, y este el propio suyo, para el primer premio, Temístocles para el segundo era en la votación superior en mucho a los demás.

CXXIV. De aquí nació que no queriendo los griegos, por espíritu de partido y de envidia, definir aquella contienda, antes marchando todos a sus respectivas ciudades sin decidir la causa, el nombre de Temístocles, sin embargo, iba en boca de todos, glorioso y celebrado en toda la nación por el varón más sabio de los griegos. Mas viendo que no había sido declarado vencedor por los generales que dieron la batalla en Salamina, fuese sin perder tiempo a Lacedemonia, pretendiendo aquel honor.[344] Hiciéronle los lacedemonios muy buen recibimiento, y le honraron con mucha particularidad. Dieron a Euribíades la prerrogativa en el valor con una corona de olivo, y a Temístocles asimismo con otra corona igual la prerrogativa y destreza política. Regaláronle una carroza la más bella de Esparta, colmándole de elogios, e hicieron que al irse le acompañasen hasta los confines de Tegea 300 espartanos escogidos, que son los llamados allí caballeros; habiendo sido Temístocles el único, al menos que yo sepa, a quien en señal de estima hayan acompañado hasta ahora los espartanos con escolta.

CXXV. Vuelto Temístocles de Lacedemonia a Atenas, un tal Timodemo Afidneo, uno de sus enemigos, hombre por otra parte de ninguna fama y lustre, muerto de envidia, dábale allí en rostro con el viaje a Lacedemonia, achacándole que en atención a Atenas y no a su persona había llevado aquella honra y premio. Viendo Temístocles que siempre Timodemo le acosaba con aquella injuria, díjole al cabo: «Oye, detractor, ni yo siendo belbinita[345] como tú hubiera sido honrado así por los espartanos, ni tú, amigo, lo serías, por más que fueras como yo ateniense. Pero basta ya de ello».

CXXVI. Iba escoltando al rey hasta el paso del Helesponto el hijo de Farnaces, Artabazo, quien siendo antes ya entre los persas un general de fama, vino a tenerla mayor después de la batalla de Platea al frente de un cuerpo de 60.000 hombres tomados del ejército que Mardonio había escogido. Mas como el rey estuviese ya en el Asia, y Artabazo de vuelta se hallase en Palene,[346] no corriendo prisa alguna el ir a incorporarse con el grueso del ejército, por invernar las tropas de Mardonio en Tesalia y en Macedonia, pareciole que no era razón dejar de rendir y esclavizar a los de Potidea, a quienes halló que se habían rebelado contra el rey. Y en efecto, los potideos se habían alzado declaradamente contra los bárbaros, luego que el rey, huyendo de Salamina, acabó de pasar por su ciudad, y a su ejemplo muchos otros pueblos de Palene habían hecho lo mismo. Con esto Artabazo puso sitio a Potidea.

CXXVII. Y sospechando al mismo tiempo que también los olintios se apartaban de la obediencia del persa, vino sobre aquella ciudad, cuyos moradores eran entonces los botieos,[347] quienes habían sido echados por los macedonios del golfo Termaico. A estos olintios, después que apretando el sitio logró rendir la plaza, Farnabazo, sacándolos fuera de ella, los degolló sobre una laguna. Entregó la ciudad a Critobulo de Torone para que la gobernase, y a los de Calcídica[348] para que la poblasen, y con esto vino a ser Olinto una colonia de calcideos.

CXXVIII. Artabazo, dueño ya de Olinto, pensó en apretar con más ahínco a Potidea, y andando el sitio con más viveza, Timoxeno, comandante de los escioneos,[349] concertó entregársela a traición. De qué medios se valiese al principio de esta inteligencia no puedo decirlo, porque nadie veo que lo diga: el éxito de ella fue el siguiente: Siempre que querían darse por escrito algún aviso, o Timoxeno a Artabazo, o bien este a Timoxeno, lo que hacían era envolver la carta en la cola de la saeta junto a su muesca, pero de manera que viniese a formar como las alas de la misma, y así la disparaban al puesto entre ellos convenido. Pero por este medio mismo se descubrió que andaba Timoxeno en la traición de Potidea; porque como disparase Artabazo su saeta hacia el sitio consabido, y no acertase a ponerla en él, hirió en el hombro a un ciudadano de Potidea. Apenas estuvo herido, cuando corrieron muchos hacia él y le rodearon, como suele suceder en la guerra, los cuales, cogida la saeta, como reparasen en la carta envuelta, fueron luego a presentarla a los comandantes. Hallábanse en la plaza las tropas auxiliares de los demás paleneos, y cuando aquellos jefes, leída la carta, vieron quién era el autor de la traición, parecioles, en atención a la ciudad de los escioneos, que no convenía públicamente complicar a Timoxeno en aquella perfidia, para que en lo venidero no quedase a los escioneos la mancha perpetua de traidores. Tal fue el extraño modo de averiguar al traidor.

CXXIX. Al cabo de tres meses del sitio puesto por Artabazo, hizo el mar una retirada extraordinaria, que duró bastante tiempo. Entonces los bárbaros, viendo que lo que antes era mar se les había hecho un lugar pantanoso, marcharon por él hacia Palene; pero apenas hubieron andado dos partes de trecho, de las cinco que pasar debían para meterse dentro de dicha ciudad, sobrecogioles una avenida tan grande de mar, cual nunca antes, a lo que decían los naturales, había allí sucedido, por más frecuentes que suelan ser tales mareas. Sucedió en ella que se anegaron los persas que no sabían nadar, y los que sabían perecieron a manos de los de Potidea, que en sus barcas les acometieron. Pretenden los potideos haber sido la causa de la retirada y avenida del mar y de la desventura de los persas la impiedad de todos los que en él perecieron, quienes habían profanado el templo y la estatua de Poseidón, que estaba en los arrabales de su ciudad. Paréceme que tienen aquellos mucha razón en decir que esta fue la culpa para un tal castigo. Partió Artabazo a la Tesalia con los persas que le quedaron para unirse con Mardonio. Tal fue en compendio la suerte de los persas que escoltaron a su rey.

CXXX. La armada naval, que salva había quedado al rey después de haber pasado desde el Quersoneso hacia Abido a Jerjes, recién llegado al Asia y fugitivo de Salamina, y juntamente con él a lo demás del ejército, fuese a invernar en Cime.[350] En los principios mismos de la próxima primavera reuniose de nuevo en Samos, donde algunas naves de ella habían pasado aquel invierno. La tropa de mar que en dicha armada servía era por lo común compuesta de persas y de medos, de cuyo mando fueron de nuevo encargados los generales Mardontes, hijo de Bageo, y Artaíntes, hijo de Artaqueas, en cuya compañía mandaba también Itamitres, a quien Artaíntes, siendo su primo, se había asociado en el empleo. Hallándose muy amedrentada la armada dicha, no se pensó en que se alargase más hacia poniente, mayormente no habiendo cosa que a ello le obligase, sino que por entonces los bárbaros apostados en Samos se contentaban con cubrir a la Jonia, impidiendo con las 300 naves que allí tenían, incluidas en este número las jonias, que se les rebelase aquella provincia; ni pensaban, por otra parte, que hubiesen los griegos de pretender venir hasta la Jonia misma, sino que contentos y satisfechos con poderse quedar en sus aguas, se mantendrían en ellas para la defensa y resguardo de su patria. Confirmábales en esta opinión el reflexionar que, al huir de Salamina, no les habían seguido los alcances, antes bien, de su propia voluntad se habían vuelto atrás desde su camino. En realidad, caídos de ánimo sobremanera los bárbaros, dábanse por vencidos en la mar, pero tenían por seguro que su Mardonio por tierra sería muy superior a los griegos. Con esto a los persas en Samos todo se les iba, parte en meditar cómo podrían hacer algún daño al enemigo, parte en procurar noticias sobre el éxito de las empresas de Mardonio.

CXXXI. Mas los griegos, a quienes tenía muy agitados así el ver que se acercaba ya la primavera, como el saber que Mardonio se hallaba en Tesalia, antes de congregar su ejército de tierra tenían reunida ya en Egina la armada naval, compuesta de 110 galeras. Iba en esta por almirante y general de las tropas Leotíquidas, hijo de Ménares, cuyos ascendientes eran Hegesilao, Hipocrátidas, Leotíquidas, Anaxilao, Arquidamo, Anaxándridas, Teopompo, Nicandro, Carilao, Éunomo, Polidectas, Prítanis, Eurifonte, Procles, Aristodemo, Aristómaco, Cleodeo, Hilo, Heracles. Era, pues, dicho almirante de una de las dos casas reales cuyos antepasados, a excepción de los dos nombrados inmediatamente después de Leotíquidas, habían sido reyes en Esparta.[351] De los atenienses iba por general Jantipo, hijo de Arifrón.

CXXXII. Juntas ya en Egina las naves todas, llegaron a dicha armada griega unos mensajeros de la Jonia, los mismos que poco antes, idos a Esparta, habían suplicado a los lacedemonios que pusiesen a los jonios en libertad: entre estos embajadores venía uno llamado Heródoto, que era hijo de Basileides. Eran estos unos hombres que, conjurados en número de siete contra Estratis, señor de Quíos, le habían antes maquinado la muerte; pero como uno de los siete cómplices hubiese dado parte al tirano de sus intentos, los seis, ya descubiertos, escapándose secretamente de Quíos, habían pasado en derechura a Esparta y de allí a Egina, con la mira de pedir a los griegos que con sus naves desembarcasen en la Jonia, bien que con mucha dificultad pudieron lograr de ellos que avanzasen hasta Delos. En efecto, de Delos adelante todo se les hacía un caos de dificultades, así por no ser los griegos prácticos en aquellos parajes, como por parecerles que hervían todos ellos en gentes de armas, y lo que es más, por estar en la inteligencia de que tan lejos se hallaban de Samos como de las columnas de Heracles:[352] de suerte que concurrían en ello dos obstáculos; el uno de parte de los bárbaros, quienes por el horror que a los griegos habían cobrado no se atrevían a navegar hacia poniente; el otro de parte de los griegos, que ni a instancias de los de Quíos osaban de puro miedo bajar de Delos hacia levante. Así que puesto de por medio el mutuo temor, a entrambos servía de pertrecho.

CXXXIII. Habían ya los griegos, como decía, pasado hasta Delos, cuando todavía Mardonio se mantenía en Tesalia en sus cuarteles de invierno. Durante el tiempo que en ellos estuvo este, hizo que un hombre natural de Europo,[353] por nombre Mis, partiese a visitar los oráculos, dándole orden de que no dejase lugar donde pudiese consultarles y que observase lo que le respondieran. Qué secreto fuese el que Mardonio con tales diligencias pretendía penetrar, yo ciertamente, no hallando quien me lo declare, no sabré decirlo; únicamente formo el concepto de que no tendría otra mira sino el buen éxito de su empresa, sin cuidarse de averiguar otras curiosidades.

CXXXIV. De este Mis se tiene por cosa sabida que, habiendo ido a Lebadea[354] y sobornado a uno del país, logró bajar al oráculo de Trofonio, como también que llegó a Abas, santuario de los focidios, para hacer allí su consulta. El mismo, habiendo pasado a Tebas en su primera romería, practicó dos diligencias, pues por una parte había consultado a Apolo Ismenio, el cual por medio de las víctimas suele ser consultado del mismo modo que se usa en Olimpia, y por otra con sus dádivas había obtenido, no de algún tebano, pero sí de un extranjero, el que quisiera dormir en el templo de Anfiarao,[355] pues sabido es que generalmente a ninguno de los tebanos le es lícito el pedir oráculo alguno en dicho templo. La causa procede de haberles hecho saber Anfiarao por medio de sus oráculos, que daba opción a los tebanos para que escogieran, o valerse de él como de adivino, o de aliado y protector solamente: prefirieron ellos, pues, tenerle por aliado que por profeta, de donde está prohibido a todo tebano el irse a dormir en aquel santuario para recibir entre sueños algún oráculo de Anfiarao.

CXXXV. Pero lo que mayor maravilla en mí despierta es lo que de este Mis europense añaden los de Tebas, de quien dicen que, andando todos estos santuarios de los oráculos, fue también al templo de Apolo el Ptoo. Este templo con el nombre de Ptoo está en el dominio de los tebanos, situado sobre la laguna Copaide,[356] en un monte muy vecino a la ciudad de Acrefia. Cuentan, pues, los tebanos que llegado al templo nuestro peregrino Mis en compañía de tres de sus ciudadanos, a quienes había nombrado el público a fin de que tomasen por escrito la respuesta que el oráculo les diera, la persona que allí vaticinaba púsose de repente a profetizar en una lengua bárbara. Al oír los tebanos compañeros de Mis un dialecto bárbaro en vez del griego, no sabían qué hacerse llenos de pasmo y de confusión, cuando el europense Mis, arrebatándoles de las manos el libro de memoria que consigo traían, fue en él escribiendo las palabras que en la lengua bárbara iba profiriendo el profeta, la cual, según ellos dicen, era caria; y que apenas las hubo escrito cuando a toda prisa partió hacia Mardonio.

CXXXVI. Leyó este, pues, lo que los oráculos le decían, y de resultas envió por embajador a Atenas al rey de Macedonia Alejandro, hijo de Amintas. Dos eran los motivos que a este nombramiento le inducían: uno el parentesco que tenían los persas con Alejandro, con cuya hermana Gigea, hija asimismo de Amintas, había casado un señor persa llamado Búbares, y tenía en ella un hijo llamado Amintas, con el nombre de su abuelo materno, quien habiendo recibido del rey el feudo de Alabanda,[357] ciudad grande de la Frigia, poseía en Asia sus estados: otro motivo de aquella elección había sido el saber Mardonio que por tener Alejandro contraído con los atenienses un tratado de amistad y hospedaje, era su buen amigo y favorecedor. Por este medio pensó Mardonio que le sería más hacedero el atraer a su partido a los atenienses, cosa que mucho deseaba, oyendo decir por una parte cuán populosa era Atenas y cuán valiente en la guerra, y constándole muy bien por otra que los atenienses habían sido los que por mar habían muy particularmente destrozado la armada persa. Esperaba, pues, que bien fácil le sería, como ellos se le unieran, el ser por mar superior a la Grecia, cual sin duda en tal caso lo fuera, y no dudando, por otro lado, de que sus fuerzas por tierra eran ya por sí solas mucho mayores; de donde concluía Mardonio que su ejército con los nuevos aliados vendría a superar las fuerzas de los griegos: ni me parece fuera temerario el sospechar que esta era la prevención de los oráculos, quienes debían de aconsejarle que procurase aliarse con Atenas, y que por este motivo enviaba a esta ciudad su embajador.

CXXXVII. Para dar a conocer quién era Alejandro, voy a decir en este lugar cómo llegó por un singular camino a obtener el dominio de Macedonia un cierto Pérdicas, el séptimo entre sus ascendientes. Hubo tres hermanos, así llamados Gavanes, Aéropo y Pérdicas, naturales de Argos y de la familia de Témeno; los cuales, fugitivos de su patria, pasaron primero a los ilirios, desde donde internándose en la alta Macedonia llegaron a una ciudad por nombre Lebea.[358] Concertando allí su salario, acomodáronse con el rey, el uno para apacentar sus yeguas, el otro los bueyes, y el tercero el ganado menor: y como es cosa muy sabida que en aquellos antiguos tiempos muy poco o nada reinaba el lujo y la opulencia en las casas de los reyes, cuanto menos en las particulares, nadie deberá extrañar que la reina misma fuese la que allí cocía el pan en la casa del rey. Estando, pues, en su faena la real panadera, cuantas veces cocía el pan para su criado y mozuelo Pérdicas, levantábasele tanto el horno que venía a salir doblemente mayor de lo que correspondía. Como observase, pues, atendiendo a ello con más cuidado, siempre cabalmente lo mismo, fuese a dar aviso a su marido, a quien luego pareció que se descubría en aquello algún agüero que algo significaba de prodigioso y grande, y sin más tardanza hace venir a sus criados y les intima que salgan de sus dominios. Que estaban prontos, responden ellos; pero querían, como era justo, llevar antes su salario. Al oír el rey lo del salario, fuera de sí, por disposición particular de los dioses, y tomando ocasión del sol que se le entraba entonces en la casa por la misma chimenea, respondioles así: «El salario que se os debe y que pienso daros no será sino el que ahí veis»; lo cual dijo señalando con la mano al sol de la chimenea. Oída tal respuesta, quedaron atónitos los dos hermanos mayores Gavanes y Aéropo, pero el menor: «Sí, le dice, aceptamos, señor, ese salario que nos ofrecéis». Dicho esto, hizo con un cuchillo que tenía allí casualmente una raya en el pavimento de la casa alrededor del sol, y haciendo el ademán de coger tres puñados de aquella luz encerrada en la raya, se los iba metiendo en el seno como quien mete el dinero en su bolsillo, hecho lo cual se fue de allí en compañía de sus hermanos.

CXXXVIII. Uno de los presentes que estaban allí sentados con el rey le dio cuenta de lo que acababa de hacer aquel muchacho, diciéndole cómo el menor de los hermanos, no sin misterio y quizá con dañada intención, había aceptado la paga que él les había prometido. Apenas lo oyó el rey, que no lo habría antes advertido, despachó lleno de cólera unos hombres a caballo con orden de dar la muerte a uno de sus criados. Pero en tanto quiso Dios que cierto río que por allí corre, río al cual, como a su dios salvador, suelen hacer sacrificios los descendientes de los tres citados argivos, al acabar de pasarle los Teménidas comenzase a venir tan crecido que no pudieran vadearle los que venían a caballo. Yéndose, pues, los Teménidas a otro país de la Macedonia, fijaron su habitación cerca de aquella huerta que se dice haber sido la de Midas, hijo de Gordias,[359] en la que se crían ciertas rosas de sesenta hojas cada una, de un color y fragancia superior a todas las demás, y añaden aún los macedonios que en dicha huerta fue donde quedó cogido y preso Sileno: sobre ella está el monte que llaman Bermio, el cual de puro frío es inaccesible. En suma, apoderados de esta región los tres hermanos y haciéndose fuertes en ella, desde allí lograron ir conquistando después lo restante de la Macedonia.

CXXXIX. Del referido Pérdicas descendía, pues, nuestro embajador Alejandro, por la siguiente sucesión de genealogía: Alejandro era hijo de Amintas; Amintas lo fue de Alcetas, quien tuvo por padre a Aéropo; este a Filipo, Filipo a Argeo, y Argeo a Pérdicas, fundador de la monarquía. He aquí toda la ascendencia de Alejandro, el hijo de Amintas.

CXL. Llegado ya a Atenas el enviado de Mardonio, hízoles este discurso: «Amigos atenienses, mandome Mardonio daros de su parte esta embajada formal: “a mí, dice, me vino una orden de mi soberano concebida en estos términos: ‘Vengo en perdonar a los atenienses todas las injurias que de ellos he recibido. Lo que vos, oh Mardonio, haréis ahora es lo siguiente: os mando lo primero que les restituyáis todas sus propiedades; lo segundo quiero que les acrecentéis sus dominios dándoles las provincias que quieran ellos escoger, quedándose, sin embargo, independientes con todos sus fueros y libertad; lo tercero os ordeno que a costa de mi erario les reedifiquéis todos los templos que les mandé abrasar:[360] todo ello con la sola condición de que quieran ser mis confederados’. Recibidas estas órdenes, continúa Mardonio, me es del todo necesario procurarlas ejecutar al pie de la letra, como vosotros no me lo estorbéis; y para conformarme con ellas, pregúntoos ahora: ¿qué tenacidad es la vuestra, atenienses, en querer ir contra mi soberano? ¿No veis que ni en la presente guerra podéis serle superiores, ni en el porvenir seréis capaces de mantenérsela siempre? ¿No sabéis el número, el valor y hazañas de las tropas de Jerjes? ¿No oís decir cuántas son las fuerzas que conmigo tengo? ¿Es posible que no deis en la cuenta que, aun cuando en la actual contienda me fuerais superiores, de lo que no veo cómo podáis lisonjearos a no haber renunciado al sentido común, ha de venir con todo a acometeros otro nuevo ejército más numeroso todavía? ¿Por qué, pues, querer hombrear tanto en competencia del rey, que os halléis sin poder dejar un instante las armas de las manos y con la muerte siempre delante de los ojos, expuestos de continuo a perderos por vuestro capricho y a perder juntamente vuestra república? Haced la paz, ya que podéis hacerla muy ventajosa, cuando os convida con ella el rey mismo, y quedaos libres e independientes, unidos con nosotros sin doblez ni engaño en una liga defensiva y ofensiva.” Esto es formalmente, oh atenienses, prosiguió diciendo Alejandro, lo que de su parte mandome deciros Mardonio: yo de la mía ni una sola palabra quiero deciros por lo tocante al amor y buena ley que os he profesado siempre; pues no es esta la primera ocasión en que habréis podido conocerlo. Quiero sí únicamente añadiros de mío una súplica, y es que viendo vosotros no ser tantas vuestras fuerzas que podáis sostener contra Jerjes una perpetua guerra, condescendáis ahora con las proposiciones de Mardonio. Esto os lo suplico, protestando al mismo tiempo que si viera yo en mis atenienses tanto poderío como indicaba necesario, nunca me encargara de embajada semejante. Pero, amigos, el poder del rey parece más que humano, tanto que no veo a donde no alcance su brazo. Si vosotros, por otra parte, mayormente ahora cuando se os presentan partidos tan ventajosos, no hacéis las paces con quien tan de veras os las propone, me lleno de horror, atenienses, solo con imaginar el desastre que os aguarda, viendo que vosotros sois los que entre todos los confederados estáis más al alcance del enemigo, y más a tiro de su furor, expuestos siempre a sufrir solos sus primeras descargas para ser las primeras víctimas de su venganza, viviendo en un país que parece criado para ser el teatro de Ares. No más guerra, atenienses; creedme a mí, ciertos de que no es sino un honor muy particular el que el rey os hace, no solo en querer perdonaros los agravios, mas aun en escogeros a vosotros entre los demás griegos para ser sus amigos y aliados». Así habló Alejandro.

CXLI. Apenas supieron los lacedemonios que iba a Atenas el rey Alejandro encargado de atraer a los atenienses a la paz y alianza con el bárbaro, acordáronse con esta ocasión de lo que ciertos oráculos les habían avisado ser cosa decretada por los hados, que ellos con los demás dóricos fuesen arrojados algún día del Peloponeso por los medos y los atenienses;[361] recuerdo que les hizo entrar luego en grandísimo recelo acerca de la unión de los de Atenas con el persa, y enviar allá con toda diligencia sus embajadores para que viesen de estorbar la liga. Llegaron estos, en efecto, tan a tiempo y sazón, que una misma fue la asamblea que se les dio públicamente, y la que se dio a Alejandro para la declaración de la embajada. Verdad es que muy de propósito diferían los atenienses la audiencia pública de Alejandro, creídos y seguros de que llegaría a oídos de los lacedemonios la venida de un embajador a solicitarles de parte del bárbaro para la alianza, y que oída tal nueva habían de enviarlos a toda prisa mensajeros que procurasen impedirlo. Dispusiéronlo adrede los atenienses, queriendo hacer alarde en presencia de los enviados de su manera de obrar en el asunto.