Los nueve libros de la Historia (2 de 2)

Part 27

Chapter 274,205 wordsPublic domain

CI. Oído este discurso, que no dejó de sentarle muy bien a Jerjes, alegrose del expediente, atendido el mal estado de sus cosas, y dijo a Mardonio que después de consultado el asunto le respondería cuál de los dos partidos quería escoger. Habiendo, pues, entrado en consulta con los persas sus ordinarios asesores, pareciole llamar a la junta a Artemisia, por cuanto ella había sido la única que antes acertó en lo que debía hacerse tocante al combate naval. Apenas Artemisia vino, mandando Jerjes retirar a los otros consejeros persas, lo mismo que a sus alabarderos, hablole en esta forma: «Quiero que sepas cómo me exhorta Mardonio a qué yo me quede aquí y embista el Peloponeso, dándome por razón que mi ejército de tierra no ha tenido parte alguna en esta pérdida, y que desea todo más bien con ansia que haga yo prueba de su valor. Exhórtame, pues, a que, o lo haga yo así por mí mismo, o en el caso contrario él por sí se ofrece a poner la Grecia entera debajo de mi dominio, escogiendo para la empresa 300.000 combatientes, aconsejándome que yo con lo demás de mis tropas me retire a mi corte y palacio. Ahora quiero, pues, que me aconsejes en cuál de estos dos partidos acertaré más en caso de elegirlo, ya que tú sola me diste un buen consejo acerca de la batalla naval, no conviniendo en que se verificara».

CII. Respondiole Artemisia en estos términos: «Bien difícil es, oh rey, que acierte yo con lo mejor, respondiendo a vuestra consulta; pero, con todo, mi parecer sería que en la presente situación de los negocios os volvieseis a vuestros estados, y que dejaseis aquí a Mardonio, ya que él así lo desea, ofreciéndose a salir con la empresa juntamente con las tropas que pide; porque si logra por una parte la conquista que promete y le sale bien la empresa que piensa acometer, vos, señor, vais a ganar mucho en añadir a vuestros dominios esos vasallos; por otra parte, si el negocio sale a Mardonio al contrario de lo que piensa, en ello no será la pérdida considerable para el estado, quedando vos salvo, y bien constituidos los demás intereses de vuestra casa e imperio; pues como quedéis vos vivo y salvo, y vuestra casa y familia se mantengan en su primer estado, mala suerte les auguro a esos griegos; que no les faltarán por cierto ocasiones en que salir armados a la defensa de sus casas. Y si Mardonio sufriere alguna derrota, los griegos victoriosos no tendrán con toda su victoria motivo de quedar muy ufanos por la muerte de uno de vuestros vasallos. Por lo demás, vos habéis logrado el fin de la jornada, habiendo entregado a las llamas la ciudad de Atenas».

CIII. Cayó en gracia a Jerjes el consejo, pues acertó Artemisia con lo mismo que él pensaba ejecutar, tan resuelto a ello, que no se quedara allí, según imagino, por más que todos los del mundo, hombres y mujeres, se lo aconsejaran. Así que alabó mucho a Artemisia, y la envió a Éfeso, encargada de conducir allá unos hijos suyos naturales, pues algunos de estos le habían seguido en su jornada.

CIV. Envió con ella por ayo de sus hijos a Hermótimo, natural de Pédasa, quien podía tanto como el que más entre los eunucos de palacio. Y ya que hablé de él, no dejaré de mentar un fenómeno que dicen suele acontecer entre los pedaseos situados más arriba de Halicarnaso; es a saber: que siempre que amenaza en breve a los vecinos que moran en la comarca de la ciudad mencionada algún desastre general, en tal caso nácele una grandísima barba a la sacerdotisa que allí tienen de Minerva, lo que ya por dos veces les ha sucedido.[335]

CV. De Pédaso, como decía, era, pues, natural Hermótimo, al cual, para vengarse de la injuria que con hacerle eunuco había padecido, presentósele una ocasión que no sé que se haya dado nunca otra igual: he aquí cómo sucedió: Hiciéronle esclavo los enemigos, y como a tal le compró un hombre natural de Quíos, llamado Panionio, el cual andaba en una granjería la más infame y malvada del mundo, pues logrando algún gallardo mancebo, lo que hacía era castrarle y llevarle después a Sardes o a Éfeso y venderle bien caro; pues sabido es que entre los bárbaros se aprecian en más los eunucos que los que no lo son, por la total confianza que puede haber en ellos. Entre otros muchos que castró Panionio, como quien vivía de la ganancia hecha en esa industria, uno fue nuestro Hermótimo. Pero no queriendo la fortuna que nuestro eunuco fuese en todo lo demás desgraciado, hizo que entre otros regalos que de Sardes se enviaban al rey, le fuese presentado Hermótimo, quien vino a ser con el tiempo el eunuco más honrado y favorecido de Jerjes.

CVI. En la ocasión en que el rey conducía contra Atenas sus tropas persas, vino Hermótimo a Sardes, de donde habiendo bajado por algún encargo o negocio a la comarca de la Misia llamada Atarneo, en que habitan los de Quíos, topó en ella con Panionio. Conociole, y le habló largamente y con mucha expresión de cariño, dándole primero cuenta de cómo por medio de él había llegado a poseer tanto que no sabía los tesoros que tenía, y ofreciéndole al mismo tiempo que le daría en recompensa montes de oro, con tal que con toda su casa y familia pasase a vivir donde él estaba.[336] Súpole dorar la respuesta de modo que aceptando Panionio el partido con mucho gusto, pasó allá con sus hijos y mujer. Una vez que Hermótimo le tuvo en la red con toda su familia, hablole de esta suerte: «Ahora quiero, oh negociante, el más ruin y abominable de cuantos vio el sol hasta aquí, que me digas qué mal yo mismo o alguno de los míos, a ti o alguno de los tuyos habíamos hecho, para que me parases tal, que de hombre que era, viniese a ser menos que nada. ¿Creías tú, infame, que no llegarían tus malas trazas a noticia de los dioses? Mucho te engallabas, pues ellos han sido los que por su justa providencia te han traído a mis manos, para que haga en ti un ejemplar, y no tengas tú razón de quejarte ni de ellos ni de mí tampoco». Apenas acabó de darle en cara con su sórdida crueldad, cuando hizo comparecer en su presencia a los hijos de Panionio, y primero obligó allí mismo al padre a castrar a sus hijos, que eran cuatro, y después que forzado acabó de ejecutar aquel ministerio, fueron constreñidos los hijos castrados a practicar lo mismo con su padre. Tal fue la venganza que así rodando se le vino a las manos a Hermótimo contra Panionio.

CVII. Pero volviendo a Jerjes, después de entregar sus hijos a Artemisia para que los condujese a Éfeso, mandó llamar a Mardonio, y le ordenó que escogiese las tropas de su ejército que prefiriera, encargándole al mismo tiempo que procurase muy de veras que los efectos correspondiesen a las promesas. Empleose en esto aquel día; pero venida la noche, los generales de mar, salidos con sus escuadras de Falero por orden del rey, hiciéronse a la vela en dirección al Helesponto, poniendo cada uno la más viva diligencia para llegar cuanto antes allá, y guardar el puente de barcas para el paso del soberano. Sucedió que como hubiesen llegado los bárbaros cerca de Zoster, en cuya costa se dejan ver entrados hacia el mar unos delgados picos, creyendo serían unas naves diéronse a la fuga un buen trecho, ni volvieron otra vez a unirse para continuar su rumbo, hasta que supieron que eran unos picos de roca y no galeras enemigas.

CVIII. Al llegar el día, viendo los griegos en el mismo campo el ejército de tierra, daban por supuesto que la armada debía hallarse en el puerto de Falero. Con esto, pues, persuadidos a que el enemigo volvería a combatir por mar, se preparaban, por su parte, a rechazarle. Pero informados después de que se habían hecho las naves a la vela, parecioles ir en seguimiento de ellas sin más dilación. Siguieron, en efecto, su rumbo hasta llegar a Andros, pero sin poder descubrir la armada de Jerjes. En Andros, consultando sobre el asunto, fue de parecer Temístocles que, echando por en medio de aquellas islas y persiguiendo a las naves, se encaminasen en derechura al Helesponto con ánimo de cortarles el puente.[337] Dio Euribíades un parecer totalmente contrario, diciendo que no podían los griegos irrogar a la Grecia mayor daño que cortar el puente al enemigo; porque si el persa, sorprendido, se veía precisado a quedarse en la Europa, no querría, sin duda, estarse tranquilo y ocioso, viendo que con la inacción le sería imposible llevar adelante sus intereses, pues así no se le abriría camino alguno para la retirada y perecería de hambre su ejército; que por el contrario, si se animaba y ponía manos a la obra, todo le podría salir muy bien en las ciudades y naciones de la Europa, o bien tomándolas a viva fuerza, o capitulando con ellas antes de apelar a las armas; que tampoco les faltarían víveres echando mano de la cosecha anual de los griegos; que él discurría que vencido el persa en la batalla naval, no pensaría en quedarse en Europa; que lo mejor era dejarle huir cuanto quisiese hasta parar en sus dominios; pero que una vez vuelto a ellos, entonces sí les exhortaba a que allí le hiciesen guerra.

CIX. A este parecer se atenían también los otros jefes del Peloponeso. Cuando vio Temístocles que no lograría persuadir a los más a navegar hacia el Helesponto, mudando de dictamen, y volviéndose a los atenienses, quienes se daban a las furias al ver que así se les huía la presa de entre las uñas, tan empeñados en navegar al Helesponto que, en caso de rehusarlo los demás, querían por sí solos encargarse de aquella empresa, habloles en esta conformidad: «Yo mismo, amigos, llevo ya en muchos lances observado, y tengo oído que en muchos otros distintos pasó lo mismo, que los hombres reducidos al último trance y apuro, por más que hayan sido vencidos, vuelven a pelear desesperados, y procuran borrar la primera nota de cobardes en que habían incurrido. De parecer sería que nosotros, que apenas sin saber cómo nos hallamos con nuestra salvación y con el bien de la Grecia en las manos, nos contentáramos por ahora con haber ojeado esa bandada espesa de enemigos, sin darles caza en su huida, pues no tanto hemos sido nosotros los que a tal hazaña hemos dado cabo, como los dioses y los héroes, quienes no han podido ver que un hombre solo, impío por demás y desalmado, viniese a ser señor del Asia y de Europa. Hablo de ese sacrílego, que todo, sagrado y profano, lo llevaba por igual; de ese ateo que quemaba y echaba por el suelo las estatuas de los dioses; de ese insensato que al mar mismo mandó azotar y le arrojó unos grillos. Demos gracias a los dioses por el bien que acaban de hacernos; quedemos por ahora en la Grecia, cuidemos de nuestros intereses y del bien de nuestras familias, vuelva cada cual a levantar su casa y cuide de hacer su sementera, ya que hemos logrado arrojar al bárbaro del todo. Al apuntar la primavera, entonces sí que será oportuno ir con una buena armada a volverle la visita en el Helesponto y en la Jonia». Así se explicaba a fin de prepararse albergue en los dominios del persa, donde pudiera recogerse en caso de caer en la desgracia de sus atenienses, como quien adivinaba lo que había de sucederle.

CX. Por más que en esto obrase Temístocles con doble intención, dejáronse con todo llevar de su discurso los atenienses, prontos a deferir en todo a su dictamen, habiéndole tenido desde el principio por hombre entendido, y experimentádole después por político hábil y cuerdo en sus consejos. Disuadidos ya los suyos, sin pérdida de tiempo envió en un batel a ciertos hombres, de quienes se prometía que sabrían callar en medio de los mayores tormentos, para que de su parte fuesen a decir al rey lo que les encargaba, uno de los cuales era por la segunda vez aquel su doméstico Sicino.[338] Llegados al Ática, quedáronse los otros en su barco, y saltando a tierra Sicino, dijo así hablando con el rey: «Vengo enviado de Temístocles, hijo de Neocles, general de los atenienses, y sujeto el más cumplido y cuerdo que se halla entre los de aquella liga, para daros una embajada en estos términos: “El ateniense Temístocles, con la mira de haceros un buen servicio, ha logrado detener a los griegos para que no persigan a vuestras escuadras como intentaban hacerlo, ni os corten el puente de barcas en el Helesponto. Ahora vos podréis ya retiraros sin precipitación alguna”». Dado este recado, volviéronse por el mismo camino.

CXI. Los griegos de la armada naval, después de resolverse a no pasar más adelante en seguimiento de la de los bárbaros, ni a avanzar con sus naves hasta el Helesponto para cortar a Jerjes la retirada, quedáronse sitiando la ciudad de Andros con ánimo de arruinarla. El motivo era por haber los andrios sido los primeros de todos los isleños que se habían negado a la contribución que Temístocles les pedía; mas como este les previniese que los atenienses les harían una visita llevando consigo dos grandes divinidades, la una _Pitos_ y la otra _Anankea_, por cuyo medio se verían en la precisión de desembolsar su dinero, diéronle los andrios por respuesta: «que con razón era Atenas una ciudad grande, rica y dichosa, teniendo de su parte la protección de aquellas buenas diosas, al paso que los pobres andrios eran hombres de tan cortos alcances y tan desgraciados que no podían echar de su isla a dos diosas que les irrogaban mucho daño, la _Penía_ y la _Amecanía_,[339] las cuales obstinadamente se empeñaban en vivir en su país; que habiendo cabido a los andrios por su mala suerte aquellas dos harto menguadas diosas, no pagarían contribución alguna, pues no llegaría a ser tan grande el poder de los atenienses que no fuese mayor su misma imposibilidad». Por esta respuesta que dieron, no queriendo pagar ni un dinero, veíanse sitiados.

CXII. Entretanto, Temístocles, no cesando de buscar arbitrios cómo hacer dinero, despachaba a las otras islas sus órdenes y amenazas pidiéndoles se lo enviasen, valiéndose de los mismos mensajeros y de las mismas razones de que se había valido antes con los de Andros, y añadiendo que si no le daban lo que pedía, conduciría contra ellas la armada de los griegos. Por este medio logró sacar grandes cantidades de los caristios y de los parios, quienes informados así del asedio en que Andros se hallaba por haber seguido el partido medo, como de la ilustrísima fama y reputación que entre los generales tenía Temístocles, le contribuían con grandes sumas. Si hubo algunos otros más que también se las diesen, no puedo decirlo de positivo, si bien me inclino a creer que otros más habría, y que no serían los únicos los referidos. Diré, sí, que no por eso lograron los caristios que no les alcanzase el rayo, si bien los parios, aplacando a Temístocles con dádivas y dineros, se libraron del sitio en que el ejército les tenía. Con esto, Temístocles, salido de Andros, iba recogiendo dinero de los isleños a hurto de los demás generales.

CXIII. Las tropas que cerca de sí tenía Jerjes, dejando pasar unos pocos días después de la batalla naval, dirigiéronse la vuelta de Beocia por el mismo camino por donde habían venido. Así se hizo la marcha, por parecerle a Mardonio que, además de deber con ellas escoltar al rey, no era ya por otra parte tiempo de continuar la campaña, sino que lo mejor sería invernar en la Tesalia, y a la primavera siguiente invadir el Peloponeso. Llegados a la Tesalia, las primeras tropas que para sí escogió Mardonio fueron todos aquellos persas que llamaban los Inmortales, a excepción de su general Hidarnes, que se negó a dejar al rey. De entre los otros persas escogió asimismo a los coraceros y aquel regimiento de los mil caballos. Tomó asimismo para sí a los medos, los sacas, los bactrios y los indios, tanto los de a pie como los de a caballo. Habiéndose quedado con todas estas naciones, iba entresacando de entre los demás aliados unos pocos, los mejor plantados que veía, y aquellos también de quienes sabía haberse portado bien en alguna función. En esta gente escogida, el cuerpo más considerable era el de aquellos persas que llevaban su collar y brazalete de oro; después el de los medos, no porque fuesen menos que los persas, sino porque no les igualaban en el valor. En fin, la suma de las tropas subía a 300.000 entre peones y jinetes.

CXIV. Durante el tiempo en que iba Mardonio escogiendo la tropa más gallarda del ejército, manteniéndose todavía Jerjes en la Tesalia, llegoles a los lacedemonios un oráculo de Delfos, que les mandaba pidiesen a Jerjes satisfacción por la muerte de Leónidas, y recibiesen la que él les diera. Los espartanos, sin más dilación, destinaron un rey de armas,[340] quien habiendo hallado todo el ejército parado todavía en Tesalia, se presentó al rey, y le dio la embajada: «A vos, rey de los medos, piden los lacedemonios en común, y los Heráclidas de Esparta en particular, que les deis la satisfacción correspondiente por haberles vos muerto a su rey que defendía a la Grecia». Dio Jerjes una gran carcajada, y después de un buen rato, apuntando con el dedo a Mardonio, que estaba allí a su lado: «Mardonio, le dijo, les dará sin duda alguna la satisfacción que les corresponda». Encargose el enviado de dar aquella respuesta, y se volvió luego.

CXV. Marchó después Jerjes con mucha prisa la vuelta del Helesponto, habiendo dejado a Mardonio en la Tesalia, y llegó al paso de las barcas al cabo de cuarenta y cinco días, llevando consigo de su ejército un puñado de gente tan solo, por decirlo así. Durante el viaje entero, manteníase la tropa de los frutos que robaba a los moradores del país sin distinción de naciones, y cuando no hallaban víveres algunos, contentábanse con la hierba que la tierra naturalmente les daba, con las cortezas quitadas a los árboles, y con las hojas que iban cogiendo, ya fuesen ellos frutales, ya silvestres; que a todo les obligaba el hambre, sin que dejasen de comer cosa que comerse pudiera. De resultas de esto, iban acabando con el ejército la peste y la disentería que le sobrevino. A los que caían enfermos dejábanlos en las ciudades por donde pasaban, mandándolas que tuviesen cuidado de curarlos y alimentarlos, habiendo asimismo dejado algunos en Tesalia, otros en Siris de la Peonia, y otros en Macedonia finalmente. Antes en su paso hacia la Grecia había dejado el rey en Macedonia la carroza sagrada de Zeus, y entonces de vuelta no la recobró: habíanla los peonios dado a los de Tracia, y respondieron a Jerjes que por ella pedía, que aquellos tiros, estando paciendo, habían sido robados por los tracios, que moran vecinos a las fuentes del río Estrimón.

CXVI. Con esta ocasión diré en breve un hecho inhumano que el rey de los bisaltas, de nación tracio,[341] ejecutó en la comarca Crestonia. No solo este se había negado a prestar a Jerjes la obediencia, retirándose por esta razón a lo más fragoso del monte Ródope, sino que había prohibido a sus hijos que le sirvieran en aquella jornada contra la Grecia. Pero ellos, o teniendo en poco la prohibición, o quizá por curiosidad y deseo de hacer alguna campaña, fuéronse siguiendo las banderas del persa. Vueltos después buenos y salvos, a todos ellos, que eran hasta seis, hízoles el padre sacar los ojos por este motivo: tal paga sacaron los infelices de su expedición.

CXVII. Después que los persas, dejada la Tracia, llegaron al paso del Helesponto, embarcados a toda prisa lo atravesaron hacia Abido, no pudiendo pasar por el puente de barcas, que ya no hallaron unidas y firmes, sino sueltas y separadas por algún contratiempo. En los días de descanso que allí tuvieron, como la copia de víveres que lograban fuese mayor que la que en el camino habían tenido, comieron sin regla ni moderación alguna, de cuyo desorden, y de la mudanza de aguas, resultó que muriera mucha gente del ejército que había quedado. Los pocos que restaron, en compañía de Jerjes al cabo llegaron a Sardes.

CXVIII. Cuéntase también de otro modo esta retirada, a saber: que después que Jerjes, salido de Atenas, llegó a la ciudad de Eyón, situada sobre el Estrimón, no continuó desde allí por tierra su marcha, sino que encargando a Hidarnes la conducción del ejército al Helesponto, partió para el Asia embarcado en una nave fenicia. Estando, pues, en medio de su viaje, levantósele vehemente y tempestuoso el viento llamado Estrimonio,[342] y fue tanto mayor el peligro de la tormenta, cuanto más cargada y llena iba la nave, sobre cuya cubierta venían muchos persas acompañando a Jerjes. Entonces, entrando el rey en gran miedo, llamando en alta voz al piloto, preguntole si les quedaba alguna esperanza de vida. «Una sola queda, señor, díjole el piloto; el ver cómo podremos deshacernos de tanto pasajero como aquí viene». Oído esto, pretenden que dijese Jerjes: «Persas míos, esta es la ocasión en que alguno de vosotros muestre si se interesa o no por su rey; que en vuestra mano, según parece, está mi salud y vida». Apenas hubo hablado, cuando los persas, hecha al soberano una profunda inclinación, saltaron por sí mismos al agua, con lo que, aligerada la nave, pudo llegar al Asia a salvamento. Allí, saltando Jerjes en tierra, dicen que ejecutó al punto una de sus justicias, pues premió con una corona de oro al piloto por haber salvado la vida del rey, y le mandó cortar la cabeza por haber perdido a tanto persa.

CXIX. Pero a mí por lo menos no se me hace digna de fe esta otra narración de la vuelta de Jerjes, prescindiendo de otros motivos, por lo que se dice en ella acerca de la desventura de los persas; porque dado caso que el piloto hubiera dicho aquello a Jerjes, me atrevo a apostar que entre diez mil hombres no habrá uno solo que conmigo no convenga en que el rey en tal caso hubiera dicho que aquellos pasajeros que estaban sobre la cubierta, mayormente siendo persas, y primeros personajes entre los persas, se bajasen a la parte cóncava del buque, y que los remeros fenicios, tantos en número cuantos eran los persas, fuesen arrojados al mar. Lo cierto es que el rey volvió al Asia, marchando por tierra con lo demás del ejército, como llevo referido.

CXX. Otra prueba vehemente hay de lo que digo; pues consta que en su retirada pasó Jerjes por Abdera, y asentó con los de aquella ciudad un concierto de hospedaje, y les hizo el regalo de un alfanje de oro y de una tiara bordada en oro. Algo más añaden los abderitas, aunque yo no los crea en ello de ningún modo, que allí fue donde la vez primera se desciñó Jerjes la espada después de la huida de Atenas, como quien no tenía ya que temer. Lo cierto es que Abdera está situada más cerca del Helesponto que el Estrimón y Eyón, de donde pretenden los autores de la otra narración que saliese el rey de su galera.

CXXI. Los griegos de la armada, viendo que no podían rendir a Andros, pasaron a Caristo, y talada la campiña, partiéronse para Salamina. Lo primero que aquí hicieron fue entresacar del botín así varias ofrendas que como primicias destinaban a los dioses, como particularmente tres galeras fenicias, una para dedicarla en el Istmo, la que hasta mis días se mantenía en el mismo punto, otra para Sunio, y la tercera para Áyax en la misma Salamina. En segundo lugar, repartiéronse el botín, enviando a Delfos las primicias de los despojos, de cuyo precio se hizo una gran estatua de doce codos, que tiene en la mano un espolón de galera, y está levantada cerca del lugar donde se halla la de Alejandro el Macedonio, que es de oro.

CXXII. Al tiempo mismo que enviaron los griegos aquellas primicias a Delfos, hicieron preguntar a Apolo en nombre de todos si le parecían bien cumplidas aquellas primicias y si eran de su agrado, a lo cual el dios respondió que lo eran en verdad por lo que miraba a los demás griegos, mas no así respecto de los eginetas, de quienes él pedía y echaba menos un don en acción de gracias por haberse llevado la palma en Salamina. Con dicha respuesta ofreciéronle los eginetas unas estrellas de oro, que son aquellas tres que sobre un mástil de bronce se ven cerca de la copa de Creso.