Los nueve libros de la Historia (2 de 2)

Part 26

Chapter 264,146 wordsPublic domain

LXXVII. Aquí no puedo ahora, viendo y pesando atentamente el negocio, declararme contra los oráculos, y decir de ellos que no son predicciones verídicas, sin incurrir en la nota de ir contra la evidencia conocida: «_Cuando junte la playa consagrada a Artemisa, de dorada cabellera, a la marina Cinosura, con su puente de barcas, el que taló a Atenas con furiosa lisonja, allí se verá extinguido de mano de la santa Temis, tanto arrojo hijo de tanta soberbia, insultante, rapaz como el de todo poder supremo. Cosido el acero con el acero cubrirá Ares el mar de roja sangre, entonces Zeus y la diosa Victoria felicitarán a la Grecia libre_». Siendo, pues, tales y dichas con tanta claridad por Bacis estas profecías, ni me atrevo yo a oponerme a la verdad de los oráculos, ni puedo sufrir que otro ninguno la contradiga.[319]

LXXVIII. Por lo que mira a los jefes griegos en Salamina, llevaban adelante sus porfías y altercados, pues no sabían aún que se hallasen ya cercados de las naves de los bárbaros, antes creían que se mantenían estos en los puestos mismos en donde aquel día los habían visto formados.

LXXIX. Estando dichos jefes en su junta, vino desde Egina el ateniense Arístides, hijo de Lisímaco, a quien con su ostracismo había el pueblo desterrado de la patria, hombre, según oigo hablar de su porte y conducta, el mejor y el más justo de cuantos hubo jamás en Atenas.[320] Este, pues, llegándose al congreso, llamó a Temístocles, quien, lejos de ser amigo suyo, se le había profesado siempre su mayor enemigo. Pero en aquel estado fatal de cosas, procurando él olvidarse de todo y con la mira de conferenciar sobre ellas, llamole fuera, por cuanto había ya oído decir que la gente del Peloponeso quería a toda prisa irse con sus naves hacia el Istmo. Sale llamado Temístocles, y le habla Arístides de esta suerte: «Sabes muy bien, oh Temístocles, que nuestras contiendas y porfías en toda ocasión, y mayormente en esta del día, crítica y perentoria, deben reducirse a cuál de los dos servirá mejor al bien de la patria. Hágote saber, pues, que tanto servirá a los peloponesios el altercar mucho como no altercar acerca de retirar sus naves de este puesto; pues yo te aseguro, como testigo de vista de lo que digo, que por más que lo quieran los corintios, y aun diré más, por más que lo ordene el mismo Euribíades, no podrán apartarse ya, porque nos hallamos cerrados por las escuadras enemigas. Entra, pues, tú y dales esta noticia».

LXXX. Respondió a esto Temístocles: «Importante es ese aviso, y haces bien en darme parte de lo que pasa. Gracias a los dioses que lo que yo tanto deseaba, tú, como testigo ocular, me aseguras haberlo visto ya ejecutado. Sábete que de mi procedió lo que han hecho los persas, pues veía yo ser preciso que los griegos, los cuales de su buena voluntad no querían entrar en combate, entrasen en él, mal que les pesara. Tú mismo ahora, que con tan buena noticia vienes, bien puedes entrar a dársela; que si yo lo hago dirán que me la finjo, y no les persuadiré de que así lo estén efectuando los bárbaros. Ve tú mismo en persona, y diles claro lo que pasa. Si ellos dan crédito a tu aviso, estamos bien; y si no lo toman por digno de fe, lo mismo que antes nos tenemos, pues no hay que temer se nos vayan de aquí huyendo, si es cierto, como dices, que nos hallamos cogidos por todas partes».

LXXXI. En efecto, fue a darles Arístides la noticia, diciendo cómo acababa de llegar de Egina, y que apenas había podido pasar sin ser visto de las naves del enemigo, que iban apostándose de manera que ya toda la armada griega se hallaba circuida por la de Jerjes; que lo que él les aconsejaba era que se preparasen a una vigorosa resistencia. Acabado de decir esto, saliose Arístides,[321] y ellos volvieron de nuevo a embravecerse en sus disputas, siendo creído el aviso de la mayor parte de aquellos jefes supremos.

LXXXII. En tanto que no acababan de dar fe a Arístides, llegan con su galera unos desertores naturales de Tenos, cuyo capitán era Panecio, hijo de Sosímenes, quienes los sacaron totalmente de duda, contándoles puntualmente lo que pasaba. Diré aquí de paso, que en atención a la deserción de dicha galera lograron después los tenios que fuese grabado su nombre entre el de los pueblos que derrotaron al bárbaro, en la trípode que en memoria de tanta hazaña fue consagrada en Delfos. Con esta galera que vino desertando a Salamina, y con la otra de los lemnios que antes se les había pasado en Artemisio, llenaron los griegos el número de su armada, hasta completar el de 380 naves, para el cual eran dos las que antes les faltaban.

LXXXIII. Luego que los griegos tuvieron por verdad lo que los tenios les decían, aprestáronse al punto para la función. Al rayar del alba llamaron a junta a las tropas de la escuadra: entre todos, el que mejor arengó la suya fue Temístocles, cuyo discurso se redujo a un paralelo entre los bienes y conveniencias de primer orden que caben en la naturaleza y condición humana, y las de segunda clase inferiores a las primeras; discurso que concluyó exhortándoles a escoger para ellos las mejores.[322] Acabada la arenga, les mandó pasar a bordo. Embarcados ya, vino de Egina aquella galera que había ido por los Eácidas, y sin más esperar, adelantose toda la armada griega.

LXXXIV. Al verlos mover los bárbaros, encaminaron al punto la proa hacia ellos; pero los griegos, suspendiendo los remos o remando hacia atrás, huían el abordaje e iban retirándose de popa hacia la playa, cuando Aminias Paleneo,[323] uno de los capitanes atenienses, esforzando los remos embistió contra una nave enemiga, y clavando en ella el espolón, como no pudiese desprenderlo, acudieron a socorrerle los otros griegos y cerraron con los enemigos. Tal quieren los atenienses que fuese el principio del combate, si bien pretenden los de Egina que la galera que cerró ante todas con otra enemiga fue la que había ido a Egina en busca de los Eácidas. Corre aún otra voz; que se les apareció una fantasma en forma de mujer, la cual les animó de modo que la vio toda la armada griega, dándoles primero en cara con esta reprensión: «¿Qué es lo que hacéis retirándoos así de popa sin cerrar con el enemigo?».

LXXXV. Ahora, pues, enfrente de los atenienses estaban los fenicios, colocados en el lado de poniente por la parte que miraba a Eleusis; y enfrente de los lacedemonios correspondían los jonios, en el lado de la armada que estaba hacia levante, vecina al Pireo. De estos no faltaron unos pocos que, conforme a la insinuación de Temístocles, adrede lo hicieron mal; pero los más de ellos peleaban muy de veras. Y bien pudiera yo hacer aquí un catálogo de los capitanes de galera dichos que rindieron entonces algunas naves griegas, pero los pasaré a todos en silencio, nombrando solamente a dos de ellos, entrambos samios, el uno Teoméstor, hijo de Androdamante, y el otro Fílaco. De estos únicamente hago aquí mención, porque en premio de esta hazaña llegó Teoméstor a ser señor de Samos, nombrado por los persas, y Fílaco fue puesto en la clase de los bienhechores de la corona, y como a tal se le dieron en premio muchas tierras: llámanse estos bienhechores del rey, en idioma persa, los _orosangas_. De este modo se premió a los dos.

LXXXVI. Muchas fueron las naves que en Salamina quedaron destrozadas, unas por los atenienses y otras por los de Egina. Ni podía suceder otra cosa peleando con orden los griegos cada uno en su puesto y lugar, y habiendo al contrario entrado en el choque los bárbaros, no bien formados todavía, y sin hacer después cosa con arreglo ni concierto. Menester es, con todo, confesar que sacaron estos en la función de aquel día toda su fuerza y habilidad, y se mostraron de mucho superiores a sí mismos y más valientes que en las batallas dadas cerca de Eubea, queriendo cada uno distinguirse particularmente, temiendo lo que diría Jerjes, e imaginándose que tenían allí presente al rey que les estaba mirando.

LXXXVII. No estoy en realidad tan informado de los acontecimientos que pueda decir puntualmente de algunos particulares capitanes, ya sean de los bárbaros, ya de los griegos, cuánto se esforzó cada uno en la contienda. Sé tan solo que Artemisia ejecutó una acción que la hizo aún más recomendable[324] de lo que era ya para con el soberano, pues cuando la armada de este se hallaba en mucho desorden y confusión, hallose la galera de Artemisia muy perseguida por otra ateniense que le iba a los alcances. Viéndose ella en una apretura tal que no podía ya salvarse con la fuga, por cuanto su galera, hallándose puntualmente delante de los enemigos y la más próxima a ellos, encontraba a su frente con otras galeras amigas, determinose a aventurar una acción que le salió oportuna y ventajosamente. Sucedió que al huir de la galera ática que le daba caza, topó con otra amiga de los calindios, en que iba embarcado su rey Damasitimo, con quien, estando aún en el Helesponto, había tenido no sé qué pendencia. No me atrevo a definir si por esto la embistió entonces de propósito, o si fue una mera casualidad que se pusiese delante la dicha nave de los calindios. Lo cierto es que con haberla acometido y echado a fondo, fueron dos las ventajas que para sí felizmente obtuvo: la una que como el capitán de la galera ática la viese arremeter contra otra nave de los bárbaros, persuadido de que o era una de las griegas la nave de Artemisia, o que desertando de la escuadra bárbara peleaba a favor de los griegos, volviendo la proa se echó sobre las otras galeras enemigas.

LXXXVIII. Logró Artemisia con esto una doble ventaja, escaparse del enemigo y no perecer en aquel encuentro; y la otra, que aun su mismo indigno proceder con la nave amiga le acarrease para con el propio Jerjes mucho crédito y estima, porque, según se dice, quiso la fortuna, que mirando el rey aquel combate, advirtiese que aquella nave embestía contra otra, y que al mismo tiempo uno de los que tenía presentes le dijese: «¿No veis, señor, cómo Artemisia combate y echa a fondo una galera enemiga?». Preguntó entonces el rey si era en efecto Artemisia la que acababa de hacer aquella proeza, y respondiéronle que no había duda en ello, pues conocían muy bien la insignia de su nave,[325] y estaban por otra parte en la inteligencia que la que fue a pique era una de las enemigas. Y entre otras cosas que le procuró su buena suerte, como tengo ya dicho, no fue la menor el que de la nave calindia ni un hombre solo se salvara que pudiese acusarla ante el rey. Añaden que además de lo dicho, exclamó Jerjes: «A mí los hombres se me vuelven mujeres, y las mujeres hoy se me hacen hombres». Así cuentan por lo menos que habló el monarca.

LXXXIX. En aquella tan reñida función murió el general Ariabignes, hijo de Darío y hermano de Jerjes: murieron igualmente otros muchos oficiales de nombradía, así de los persas como de los medos y demás aliados; pero en ella perecieron muy pocos de los griegos, porque como estos sabían nadar, si alguna nave se les iba a fondo, los que no habían perecido en la misma acción aportaban a Salamina nadando, al paso que muchos bárbaros por no saber nadar morían anegados. A más de esto, después que empezaban a huir las naves más avanzadas, entonces era cuando perecían muchísimas de la escuadra, porque los que se hallaban en la retaguardia procuraban entonces adelantarse con sus galeras, queriendo también que los viese el rey maniobrar, y por lo mismo sucedía que topaban con las otras de su armada que ya se retiraban huyendo.

XC. Otra cosa singular sucedió en aquel desorden de la derrota; que algunos fenicios, cuyas naves habían sido destrozadas, venidos a la presencia del rey acusaban de traidores a los jonios, pues por su perfidia iban perdiéndose las galeras; y no obstante la acusación, quiso la suerte, por un raro accidente, que no fuesen condenados a muerte los jefes jonios, y que en pago de su acusación muriesen los fenicios. Porque al tiempo mismo de dicha acriminación, una galera de Samotracia embistió a otra de Atenas y esta quedó allí sumergida; pero ved ahí otra nave de Egina que haciendo fuerza de remos dio contra la de Samotracia y la echó a pique. ¡Extraño suceso! Los samotracios, como bravos tiradores, a fuerza de dardos lograron exterminar y limpiar de tropa la galera que les había echado a fondo, y subidos a bordo apoderáronse de ella. Esta hazaña libró de peligro a los jonios, pues viéndoles obrar Jerjes aquella acción gloriosa, volviose a los fenicios lleno de pesadumbre y reprendioles a todos; mandó que a los presentes se les cortase la cabeza, para que aprendiesen a no calumniar, siendo unos cobardes, a hombres de más valor que ellos. En efecto, Jerjes, estando sentado al pie de un monte que cae enfrente de Salamina y se llama Egaleo,[326] todas las veces que veía hacer a uno de los suyos algún hecho famoso en la batalla naval, informábase de quién era su autor, y sus secretarios iban notando el nombre del _trierarco_ o capitán de galera, apuntando asimismo el nombre de su padre y de su ciudad. Añadiose a lo dicho que el persa Ariaramnes, que se hallaba allí presente y era amigo de los jonios, ayudó por su parte a la desgracia de aquellos fenicios.

XCI. De esta suerte, el rey volvía contra los fenicios su enojo. Entretanto, los eginetas, viendo que los bárbaros se iban huyendo vueltas las proas hacia el Falero, hacían prodigios de valor apostados en aquel estrecho, pues en tanto que los atenienses en lo más fuerte del choque y derrota destrozaban así las naves que se resistían como las que procuraban huir, hacían los eginetas lo mismo con las que, escapándose de los atenienses, iban huyendo a dar en sus manos.

XCII. Entonces fue cuando vinieron a hallarse casualmente dos naves griegas, la una de Temístocles, que daba caza a una persa, y la otra la del egineta Polícrito, hijo de Crío, que había aferrado con otra galera sidonia. Era esta cabalmente la misma que había tomado la nave de Egina antes apostada de guardia en Escíatos, en la que iba aquel Píteas, hijo de Isquénoo, a quien estando hecho una criba de heridas mantenían todavía los persas, pasmados de su valor, a bordo de su galera; pero esta fue tomada con toda su tripulación cuando llevaba a Píteas, con lo cual recobró este la libertad vuelto a Egina. Como decía, pues, luego que vio Polícrito la nave ática y conoció por su insignia que era la capitana, llamando en voz alta a Temístocles le zumbó con la sospecha que de los eginetas había corrido, como si ellos siguieran el partido de los medos.[327] Hizo Polícrito esta zumba de Temístocles en el momento mismo de embestir con la galera sidonia.

XCIII. Los bárbaros que pudieron escapar huyendo, aportaron a Falero para ampararse del ejército de tierra. En esta batalla naval fueron tenidos los eginetas por los que mejor pelearon de todos los griegos,[328] y después de ellos los atenienses. De los comandantes, los que se llevaron la palma fueron Polícrito el de Egina y los dos atenienses Eumenes de Anagirunte, y Aminias de Palene, quien fue el que dio caza a Artemisia, y si él hubiera caído en la cuenta de que iba en aquella nave Artemisia, a fe mía que no la dejara antes de apresarla o de ser por ella apresado, según la orden que se había dado a los capitanes de Atenas, a quienes aun se les prometía el premio de diez mil dracmas si alguno la cogía viva, no pudiendo sufrir que una mujer militase contra Atenas. Pero ella se les escapó del modo dicho, como otros que también hubo cuyas naves se salvaron en Falero.

XCIV. Por lo que mira al general de los corintios, Adimanto, dicen de él los atenienses que, al empezar las naves griegas a cerrar con las enemigas, sobresaltado de miedo y de terror se hizo a la vela y se entregó a la huida, y que viendo los otros corintios huir a su capitán, todos del mismo modo se partieron;[329] que habiendo huido tanto hasta hallarse ya delante del templo de Atenea la Escírade,[330] se les hizo encontradiza una chalupa por maravillosa providencia, sin dejarse ver quién la guiaba, la cual se fue acercando a los corintios, que nada sabían de lo que pasaba en la armada naval; circunstancias por donde conjeturan que fue portentoso el suceso. Dicen, pues, que llegándose a las naves les habló así: «Bien haces, Adimanto; tú virando de bordo aprietas a huir, escapando con tu escuadra y vendiendo a los demás griegos. Sábete, pues, que ellos están ganando de sus enemigos una completa victoria, tal cual no pudieran acertarla a desear». Y como Adimanto no diese crédito a lo que decían, añadieron de nuevo los de la chalupa «estar allí prontos a ser tomados en rehenes, no rehusando morir, si no era del todo cierto que venciesen los griegos»; que con esto, vuelta atrás la proa de la nave, llegó con los de su escuadra a la armada de los griegos, después de concluida la acción. Esta historia corre entre los de Atenas acerca de los corintios; pero estos no lo cuentan así por cierto, antes pretenden haberse hallado los primeros en la batalla naval, y a favor de ellos lo atestigua lo demás de la Grecia.

XCV. En medio de la confusión y trastorno que pasaba en Salamina, no dejó de obrar como quien era el ateniense Arístides, hijo de Lisímaco, aquel ilustre varón cuyo elogio poco antes hice como del mejor hombre del mundo; porque tomando consigo mucha parte de la infantería ateniense que estaba apostada en las costas de la isla de Salamina, y desembarcándola en la de Psitalea pasó a cuchillo cuanto persa había en dicha islita.[331]

XCVI. Desocupados ya los griegos de la batalla y retirados los destrozos y fragmentos todos de las naves, cuantos iban compareciendo hacia Salamina preparábanse para un segundo combate, persuadidos de que el rey se valdría de las naves que le quedaban para entrar otra vez en batalla. Por lo que mira a los restos del naufragio, impelió y sacó el viento céfiro una gran parte de ellos a la orilla del Ática, llamada Colíade.[332] No parece sino que todo conspiraba a que se cumpliesen los oráculos, así los de Bacis y de Museo acerca de esta batalla naval, como muy particularmente el que había proferido Lisístrato, grande adivino y natural de Atenas, acerca de que serían llevados los fragmentos de las naves adonde lo fueron tantos años después de su predicción, cuyo oráculo de ninguno de los griegos había sido entendido, y decía: «_El remo aturdirá a la hembra de Colíade_». Suceso que debía acaecer después de la expedición del rey.

XCVII. Al ver Jerjes aquella pérdida y destrozo padecido, entró en mucho recelo de que alguno de los jonios no sugiriese a los griegos, o que estos mismos no diesen de suyo en el pensamiento de pasar al Helesponto y cortarle allí su puente. De miedo, pues, que tuvo de no verse a peligro de perecer cogido así en Europa, resolvió la huida. Pero no queriendo que nadie ni de los griegos ni de sus mismos vasallos penetrase su designio, empezó a formar un terraplén hacia Salamina,[333] y junto a él mandó unir puestas en fila unas urcas fenicias, que le sirviesen de puente y de baluarte como si se dispusiera a llevar adelante la guerra y dar otra vez batalla naval. Viéndole los otros ocupado en estas obras, creían todos que muy de veras se preparaba para guerrear a pie firme. Mardonio fue el único que, teniendo muy conocido su modo de pensar, entendió de lleno sus designios. Al mismo tiempo que esto hacía Jerjes, envió a los persas un correo con la noticia de la desgracia y derrota padecida.

XCVIII. Yo no sé que pueda hallarse de nubes abajo cosa más expedita ni más veloz que esta especie de correos que han inventado los persas,[334] pues se dice que cuantas son en todo el viaje las jornadas, tantos son los caballos y hombres apostados a trechos para correr cada cual una jornada, así hombre como caballo, a cuyas postas de caballería ni la nieve, ni la lluvia, ni el calor del sol, ni la noche las detiene, para que dejen de hacer con toda brevedad el camino que les está señalado. El primero de dichos correos pasa las órdenes o recados al segundo, el segundo al tercero, y así por su orden de correo en correo, de un modo semejante al que en las fiestas de Hefesto usan los griegos en la corrida de sus lámparas. El nombre que dan los persas a esta corrida de postas de a caballo es el de _angareyo_.

XCIX. Llegado a Susa aquel primer aviso de que Jerjes había ya tomado a Atenas, causó tanta alegría en los persas que se habían allí quedado, que en señal de ella no solo enramaron de arrayán todas las calles y las perfumaron con preciosos aromas, sino que la celebraron con sacrificios y regocijos particulares. Pero cuando les llegó el segundo aviso, fue tanta la perturbación, que rasgando todos sus vestidos, reventaban en un grito y llanto deshecho, echando la culpa de todo a Mardonio, no tanto por la pena que les causase la pérdida de la armada naval, cuanto por el miedo que tenían de perder a Jerjes; ni paró entre los persas este temor y público desconsuelo en todo el tiempo que corrió desde la mala noticia hasta el día mismo en que, vuelto Jerjes a su corte, les consoló con su presencia.

C. Viendo entonces Mardonio lo mucho que a Jerjes le dolía la pérdida sufrida en la batalla naval, sospechó que el rey meditaba huir de Atenas, y pensando dentro de sí mismo que siendo él quien le había inducido a la jornada contra la Grecia, no dejaría por ello de llevar su merecido, halló convenirle mejor el arriesgarse a todo con la mira o bien de llevar a cabo la conquista, o si no de perder gloriosamente la vida en aquella empresa, especialmente cuando, llevado de sus altos pensamientos, tenía por más probable poder salir con la victoria sujetando a la Grecia. Sacadas así sus cuentas, habló en estos términos: «No tenéis, señor, por qué apesadumbraros por la desgracia que acaba de sucedernos, ni darlo todo ya por perdido, como si fuera esta una derrota decisiva; que no depende todo del fracaso de cuatro maderos, sino del valor de los infantes y caballos. Es esto en tanto grado verdad, que de todos esos que se lisonjean de haberos dado un golpe mortal, ni uno solo habrá que saltando de sus buques se atreva a haceros frente, ni os la hará nadie de todo ese continente ya que los que tal nos intentaron, pagaron bien su temeridad. Digo, pues, que si a bien lo tenéis, nos echemos desde luego contra el Peloponeso; y si tenéis por mejor el dejarlo de hacer, en vuestra mano está dejarlo. Lo que importa es el no caer de ánimo; pues claro está que no les queda a los griegos escape alguno para no venir a ser esclavos vuestros, pagándoos con eso el castigo de lo que acaban de hacer ahora y de lo que antes hicieron: soy, pues, de opinión que así lo verifiquéis. Si estáis con todo resuelto a retiraros con el ejército, otra idea se me ofrece en este caso. Soy de parecer que no lo hagáis con nosotros de manera que esos griegos se burlen y rían de los persas. Nada se ha malogrado, señor, por parte de los persas, ni podéis decir en qué acción no hayan cumplido todo su deber, pues en verdad no tienen ellos la culpa de tal desventura. Esos fenicios, esos egipcios, esos chipriotas, esos cilicios, son y han mostrado ser unos cobardes. Supuesto, pues, que no son culpables los persas, si no queréis quedaros aquí, volveos en hora buena a vuestra casa y corte, llevando en vuestra compañía el grueso del ejército; que a mi cuenta quedará el sujetar la Grecia entera a vuestro dominio, escogiendo para ello 300.000 hombres de vuestro ejército».