Los nueve libros de la Historia (2 de 2)
Part 25
LV. Ahora quiero yo decir lo que me ha movido a referir esta particularidad. Hay en la ciudadela un templo de Erecteo, de cuyo héroe se dice que fue hijo de la tierra,[304] y en el templo hay un olivo y un mar o pozo de agua marina, los que son monumentos de la contienda que entre sí tuvieron Poseidón y Atenea sobre la tutela del país, según lo cuentan los atenienses. Sucedió, pues, que dicho olivo quedó abrasado juntamente con los demás del templo en el incendio de los bárbaros. ¡Cosa singular! Un día después del incendio, cuando los atenienses por orden del rey subieron al templo para hacer los sacrificios, vieron que del tronco del olivo había ya retoñado un vástago largo de un codo. Así al menos lo dijeron.
LVI. Lo mismo fue oír los griegos que se hallaban en Salamina juntos en consejo lo que pasaba en la ciudadela de Atenas, que moverse entre los mismos un gran alboroto y confusión, tal que algunos de los jefes principales, sin esperar que se viniese a la votación y último acuerdo de lo que se deliberaba, saltaron de repente a sus galeras e iban desplegando las velas para partir luego, y los demás que se quedaron en la junta acordaron que se diese la batalla delante del Istmo. Vino en fin la noche, y disuelto el congreso, retiráronse a las naves.
LVII. Al volver entonces Temístocles a la suya, preguntole cierto paisano de él, llamado Mnesífilo, qué era lo que se había acordado; y oyendo de él que la resolución última había sido que pasadas las naves al Istmo, se diese la batalla naval delante del Peloponeso: «Si así es, le dijo, que esos una vez se partan de Salamina con sus naves, adiós, amigo, no habrá más patria por cuya defensa podrás tú pelear. ¿Sabes lo que harán? Volverase cada cual a su ciudad; ni Euribíades ni otro alguno podrá tanto que llegue a estorbar que no se disuelva y disipe la armada; y con esto irá pereciendo la Grecia por falta de consejo y acierto. No, amigo; mira si tiene remedio el asunto; ve allá y procura desconcertar lo acordado, si es que puedes hallar el modo de hacer que Euribíades mude de parecer y quiera no moverse de este puesto».
LVIII. Penetrose mucho Temístocles del aviso, y cuadrole la idea de suerte que, sin contestarle ni una sola palabra, vase a la nave de Euribíades, y dícele desde su esquife que tenía un negocio público que tratar con él. Euribíades, mandándole subir a bordo, convídale a que diga lo que quiera comunicar. Temístocles, sentándose a su lado, le propone cuanto había oído de boca de Mnesífilo, apropiándose la idea[305] y añadiendo muchas otras cosas y razones, ni paró hasta tanto que, haciéndole mudar de parecer, le redujo con sus ruegos a que saltase a tierra y llamase a los generales a congreso.
LIX. Júntanse, pues, estos, y antes que les propusiera Euribíades el asunto para cuya deliberación les había convocado, el hábil Temístocles, como hombre muy empeñado en salir con su intento, hacíase lenguas pidiendo a todos que no dejasen el puesto. Oyéndole el general de los corintios, Adimanto, hijo de Ocito: «Temístocles, le dijo, en los juegos públicos lleva azotes el que se mueve antes de la señal».[306] Rebatiole Temístocles con decirle: «Los que en ellos se quedan atrás no se llevan la palma».
LX. Devuelta con gracia la réplica al corintio, volviose Temístocles para hablar con Euribíades, y sin hacer mención de lo que antes a solas le había dicho, a saber, que si una vez alzaban ancla los generales en Salamina apretarían a huir, pues bien veía él que no era cortesía acusar a nadie de cobarde en presencia de los confederados, echó mano de esotro discurso diciendo: «En tu mano, Euribíades, tienes ahora la salud pública de la Grecia; con tal que te conformes con mi parecer, que es el de dar en estas aguas la batalla, y no con el de los que quieren que leves ancla y vuelvas a las del Istmo con la armada. Óyeme, pues, y pesa luego las razones de entrambos pareceres. Dando la batalla cerca del Istmo, pelearás lo primero en alta mar, en mar abierta y patente, cosa que de ningún modo nos conviene, siendo nuestras galeras más pesadas y menores en número que las del enemigo. Además de esto, perderás a Salamina, Mégara y Egina, aun cuando lo demás nos salga felizmente. Con esto, finalmente, harás que el ejército de tierra siga y acompañe las escuadras del enemigo, y con ese motivo tú mismo la conducirás al Peloponeso y pondrás en peligro a la Grecia toda. Si por el contrario, siguieses mi parecer, mira cuántas son las ventajas que a lograr vamos. En primer lugar, siendo estrecho ese paso, con pocas naves podremos cerrar con muchas; y si fuere tal la fortuna de la guerra cual es verosímil que sea, saldremos de la refriega muy superiores, puesto que a nosotros, para vencer, nos conviene lo angosto del lugar, al paso que la anchura al enemigo. A más de esto, nos quedará salva Salamina, donde hemos dado asilo y guarida a nuestros hijos y mujeres. Añado aunque de hacerlo así depende lo que tanto desean estos guerreros, pues quedándote aquí cubrirás y defenderás con la armada al Peloponeso del mismo modo que si dieras la batalla cerca del Istmo, y no cometerás el error de conducir los enemigos al Peloponeso. Y si el éxito nos favorece, como lo espero, quedando ya victoriosos en el mar, lograremos sin duda que no se adelanten los bárbaros hacia el Istmo, ni pasen aún más allá del Ática, antes bien los veremos huir sin orden ninguno y con la ventaja de que nos queden libres e intactas las ciudades de Mégara, de Egina y de Salamina, en donde los atenienses, según la promesa de los oráculos, debemos ser superiores a nuestros enemigos. No digo más, sino que por lo común el buen éxito es fruto de un buen consejo, mientras que ni Dios mismo quiere prosperar las humanas empresas que no nacen de una prudente deliberación».
LXI. Al tiempo que esto decía Temístocles, interrumpiole otra vez Adimanto el corintio, mandando que callase el fanfarrón expatriado y aún sin patria, y volviéndose a Euribíades le dijo no permitiese a nadie votar[307] sobre el dictamen de quien ni casa ni hogar tenía ya; que primero les dijese Temístocles cuál era su ciudad, y que se votase después sobre su parecer; desvergüenza con que daba a Temístocles en rostro por hallarse ya su patria, Atenas, en poder del persa. Entonces Temístocles cubriole de oprobio a él y a sus corintios, diciéndole de ellos mil infamias, añadiendo que los atenienses con las 200 naves armadas que conservaban, tenían mejor ciudad y mayor estado que ellos; no habiendo ninguno entre los griegos que pudiese resistir si los atenienses le acometían.
LXII. Después que de paso hubo soltado estas razones, encarose con Euribíades, y con mayor ahínco y resolución le dijo: «Atiende bien a ello: si esperares aquí al enemigo y esperándole te portares como corresponde según eres de valiente y honrado, serás la salud de la Grecia; de otro modo, su ruina. Nuestras fuerzas en esta guerra no son otras que las de esta armada unida: no te dejes deslumbrar, sino créeme a mí. Voy a echar el resto: si no haces lo que te digo, sin aguardar más nosotros los atenienses vamos en derechura a cargar con nuestras familias y partimos con ellas para Siris[308] de Italia, pues ella es nuestra ya de tiempo inmemorial, y nos predicen los oráculos que debemos poblarla nosotros. Cuando os viereis desamparados de una alianza como la nuestra, os acordaréis de lo que ahora os digo».
LXIII. Con estas razones de Temístocles iba desimpresionándose Euribíades; y lo que a mi juicio le hacía mudar de dictamen, era particularmente el miedo de que les dejarían los atenienses si retiraba la armada hacia el Istmo; tanto más cuanto, dejándoles ellos, no tendrían los demás fuerzas bastantes para entrar en batalla con el enemigo. Su dictamen, en suma, fue que se diese allí la batalla.
LXIV. Después que se hubieron encontrado de pareceres en esta reyerta sobre quedarse o no en Salamina, cuando vieron la resolución de Euribíades, empezaron a prepararse para entrar allí mismo en combate. Vino el día, y en el punto de salir el sol sintiose un terremoto de mar y tierra. Parecioles a los griegos que no solo sería bien acudir a los dioses con sus oraciones y votos, sino también llamar a los Eácidas en asistencia y compañía suya, y así lo ejecutaron; porque habiendo hecho sus ruegos a todos los dioses, tomaron de Salamina misma a Áyax y a Telamón, y enviaron a Egina una nave para traer a Éaco y a los demás Eácidas.[309]
LXV. Más es todavía lo que contaba Diceo, hijo de Teocides, natural de Atenas e ilustre desterrado entre los persas: que en el tiempo en que la infantería de Jerjes iba talando el Ática, desierta de ciudadanos, hallábase él casualmente en el campo triasio[310] en compañía del lacedemonio Demarato; que vieron allí una polvareda que salía de Eleusis, cual suele levantar un cuerpo de treinta mil hombres; y como ellos, maravillados, no entendiesen qué gente podría ser la que tanto polvo levantaba, oyeron de repente una voz que a él le pareció ser aquella oda solemne y mística llamada _Yaco_. Preguntole Demarato, que no tenía experiencia de las ceremonias que se usan en Eleusis, qué venía a ser aquella vocería; a lo que Diceo respondió: «No es posible, Demarato, sino que una gran maldición del cielo o del abismo va a descargar sobre el ejército del rey, pues bien claro está que hallándose el Ática desamparada y vacía, son esas voces de algún dios que de Eleusis va al socorro de los atenienses y de sus aliados. Si se echa sobre el Peloponeso ese socorro divino, en mucho peligro se verá el rey con el ejército de tierra firme, y si va hacia las naves que están en Salamina, peligra mucho que el rey pierda su armada naval. Esa es una fiesta que celebran todos los años los atenienses en honra de la _Madre_ (Deméter) y de la _Niña_ (Perséfone), en la cual cualquiera de ellos, y aun de los otros griegos, puede alistarse por cofrade, y esta algazara que aquí oyes es la misma que mueven en la fiesta con su cantar de _Yaco_». Díjole a esto Demarato: «Calla, amigo; te ruego que no digas a nadie palabra de esto; que si cuanto aquí manifiestas llega a oídos del rey, perderás tú la cabeza, sin que yo ni otro alguno podamos librarte. Silencio, y no mover ruido; que de nuestro ejército cuidarán los dioses». Esto fue lo que previno a Diceo su compañero; pero después de vista la polvareda y oída la gritería, formose allí una nube que, llevada por el aire, se encaminó hacia Salamina al ejército de los griegos, con lo cual acabaron de entender que había de perderse la armada naval de Jerjes. He aquí lo que contaba Diceo, hijo de Teocides, citando por testigos a Demarato y a otros muchos.
LXVI. Volviendo a las tropas que servían en la armada de Jerjes, después que desde Traquinia, donde habían contemplado el destrozo y carnicería hecha en los lacedemonios, pasaron a Histiea, detuviéronse en ella tres días, después de los cuales navegaron por el Euripo, y al cabo de otros tres se hallaron en Falero,[311] puerto que era de Atenas: y a lo que creo, no fue menor el número de las tropas que vino contra Atenas, así de las de tierra como de las de mar, de lo que había sido aquel con que habían antes llegado a Sepíade y a Termópilas; porque debo aquí sustituir al número de las que en la tormenta se perdieron, de las que perecieron en Termópilas y de las que murieron en los combates navales cerca de Artemisio, los melieos, los dorios, los locros y los beocios, pueblos que con todas sus milicias venían incorporados en el grueso del ejército, sacados solamente los de Tespias y los de Platea. Debo añadir también los caristios,[312] los andrios, los tenios y todos los demás isleños, fuera de aquellas cinco ciudades de quienes hice antes mención, llamándolas por su nombre. Y lo cierto es que cuanto más iba internándose el persa dentro de la Grecia, tantas más eran las naciones que le iban acompañando.
LXVII. Llegados, pues, a Atenas todos los que llevo referidos, sacando solamente a los parios, pues estos, habiéndose quedado en Citnos, se mantuvieron neutrales esperando a ver en qué pararía la empresa; llegados, repito, todos los demás a Falero, bajó el mismo Jerjes en persona hacia las naves con el intento de conferenciar con su marina y a fin de explorar de qué sentir eran los de sus escuadras. Acercado a la playa, y sentado en un lugar eminente, íbansele presentando los señores de sus respectivas naciones y los oficiales llamados de sus naves, y tomaban asiento según el lugar y preferencia que el rey a cada uno de ellos había señalado, siendo entre todos el primero el rey de Sidón, el segundo el de Tiro y así de los demás. Sentados ya todos por su orden, Mardonio, pasando por medio de ellos de orden de Jerjes, iba tomando los pareceres de cada uno en particular sobre si sería del caso dar la batalla naval.
LXVIII. Iba, pues, Mardonio preguntando a todos, empezando su giro desde el rey de Sidón, y recogiendo de cada uno de ellos un mismo voto y sentimiento, a saber, que sin duda debía darse la batalla, cuando Artemisia se explicó en tales términos: «Harasme, oh Mardonio, la merced de decir al rey de mi parte, que yo, que no me porté enteramente mal en las refriegas pasadas, aquí cerca de Eubea, ni dejé de dar pruebas bastantes de mi valor, háblole ahora por tu boca en estos términos: Señor, mi fidelidad en todo rigor de justicia me obliga a que os descubra ingenuamente lo que juzgue por más conveniente a vuestro servicio: hágolo, pues, diciéndoos que guardéis vuestras naves y no entréis con ellas en batalla, pues esos enemigos son una tropa tan superior en el mar a la vuestra, cuanto lo son los hombres en valor a las mujeres. Y ¿qué necesidad tenéis vos, ni poca ni mucha, de exponeros a una batalla naval? ¿No os veis dueño de Atenas, cuya venganza y conquista os movió a esta expedición? ¿No sois señor de la Grecia toda, no habiendo ya quien salga a detener el curso de la victoria? Los que hasta aquí se os han puesto delante, han llevado, y llevado bien, su merecido. Aun más, señor: quiero representaros el paradero que a mi juicio tendrán los asuntos del enemigo. Si no os apresuráis a dar la batalla por mar, antes bien continuáis en tener la armada en estas costas o la mandáis avanzar hacia el Peloponeso, no dudéis, señor, que veréis cumplidos los designios que os han traído a la Grecia; porque no se hallarán los griegos en estado de resistiros largo tiempo, sino que les obligaréis en breve a dividir sus fuerzas partiéndose hacia sus respectivas ciudades. Hablo así, porque, según llevo dicho, ni tienen ellos víveres provenidos en esa isla, ni es de creer que dirigiéndoos vos con el ejército de tierra hacia el Peloponeso, se estén aquí inmóviles los que allá han concurrido. No se cuidarán ellos sin duda de pelear en defensa o venganza de los atenienses. Al contrario, tengo mucho que temer que si con tanta precipitación dais la batalla naval, vuestras tropas de mar, rotas y deshechas, han de desconcertar a las de tierra. A más de esto, quisiera yo, señor, que hicieseis la siguiente reflexión: que un buen amo, por lo común, se ve servido de un criado malo, y un mal amo de un criado bueno. De esta desgracia os toca también a vos una buena parte, que siendo el mejor soberano del mundo tenéis unos pésimos criados; pues esos que pasan por aliados vuestros, quiero decir, los egipcios, los chipriotas, los cilicios, los panfilios, no son hombres para nada».
LXIX. Al oír a Artemisia diciendo esto a Mardonio, cuantos la querían bien recibían mucha pena de que así se explicase, persuadidos de que había de costarle caro su libertad de parte del soberano, como que se oponía a que se diese la batalla. Pero los que la miraban con malos ojos y le envidiaban la honra con que el rey la distinguía entre los demás confederados, recibían gran placer en su voto particular, como si por él se fabricase ella misma su ruina. Pero no fue así, antes bien, cuando se hizo relación a Jerjes de aquellos pareceres, mostró mucho gusto y satisfacción con el de Artemisia; de suerte que, si antes la tenía por mujer de prendas, la celebró entonces mucho más de ingeniosa y prudente. Ordenó, no obstante, que se estuviese a la pluralidad de los votos, dándose a entender que sus tropas antes no habían hecho su deber en los encuentros cerca de Eubea, llevando blanda la mano por no hallarse él presente, pero que no sucedería lo mismo entonces, cuando estaba resuelto a ver las batallas por sus mismos ojos.
LXX. Dada la orden de hacerse a la vela, partieron hacia las aguas de Salamina, y se formaron en batalla a su gusto y placer, tan despacio, que no les quedó tiempo para darla aquel día. Sobrevino la noche y la pasaron ordenándose para pelear al día siguiente. Pero los griegos, y muy particularmente los venidos del Peloponeso, estaban sobrecogidos de pasmo y horror, viendo estos últimos que, confinados allí en Salamina, iban a dar a favor de los atenienses una batalla, de la cual, si salían vencidos, veríanse cogidos y bloqueados en una isla, dejando a su patria indefensa.
LXXI. Aquella misma noche empezó a marchar por tierra hacia el Peloponeso el ejército de los persas, por más que se hubiesen tomado todas las medidas y precauciones posibles a fin de impedir a los bárbaros el paso de tierra firme; porque apenas supieron los peloponesios la muerte de las tropas de Leónidas en Termópilas, concurriendo a toda prisa los guerreros de las ciudades, sentaron sus reales en el Istmo, teniendo al frente por general a Cleómbroto, hijo de Anaxándridas y hermano de Leónidas. Plantados en el Istmo sus reales, cortaron ante todo con trincheras y terraplenaron la vía Escirónida,[313] y después tomado entre ellos acuerdo, determinaron levantar una muralla en las fauces del Istmo, y como eran muchos millares de hombres los que allí estaban, y no había ni uno solo que no pusiese mano al trabajo, estaba ya entonces acabada la obra, mayormente cuando sin cesar ni de día ni de noche, iban afanándose aquellas tropas, acarreando unos ladrillo, otros fagina y otros cargas de arena.
LXXII. Los pueblos que a la guarnición y defensa del Istmo concurrían con toda su gente eran los griegos siguientes: los lacedemonios, los arcadios todos, los eleos, los corintios, los sicionios, los epidaurios, los fliasios, los trecenios y los hermioneos; y estos se desvelaban tanto en acudir con sus tropas al Istmo, porque no podían ver sin horror reducida la Grecia al último trance y peligro de perder la libertad, mientras que los otros peloponesios lo miraban todo con mucha indiferencia, sin cuidarse nada de lo que pasaba.
LXXIII. Habíase ya dado fin a los juegos olímpicos y las Carneas. Para hablar con más particularidad, es de saber que son siete las naciones que moran en el Peloponeso, dos de las cuales, los arcadios y los cinurios, no solo son originarios de aquella provincia, sino que al presente ocupan la misma región que desde el principio la ocupaban. Una nación de las siete, es decir, la aquea, si bien nunca desamparó el Peloponeso, salida con todo de su misma tierra habita en otra extraña:[314] las otras cuatro que restan, la de los dorios, de los etolios, de los dríopes y de los lemnios, son advenedizas. Tienen allá los dorios muchas y muy buenas ciudades; los etolios solamente una, que es Élide; los dríopes tienen a Hermíone y Ásine,[315] que está confinante con Cardámila, ciudad de la Laconia; a los lemnios pertenecen todos los pareoratas. Los cinurios, siendo originarios del país (o _autóctonos_), han parecido a algunos los únicos jonios del país, solo que se han vuelto dóricos al parecer, así por haber sido vasallos de los argivos, como por haberse hecho _ornéatas_ con el tiempo por razón de su vecindario. Digo, pues, que las demás ciudades de estas siete naciones, exceptuando las que llevo expresadas, saliéronse fuera de la liga, o si ha de hablarse con libertad, saliéndose de la liga, se declararon por los medos.
LXXIV. Los que se hallaban en el Istmo no perdonaban trabajo ni fatiga alguna, como hombres que veían que en aquello se libraba su suerte, mayormente no esperando que sus naves les acudiesen mucho en la batalla; y los que estaban en Salamina, por más que supiesen los preparativos del Istmo, estaban amedrentados, no tanto por su causa propia como respecto al Peloponeso. Por algún corto tiempo, hablando los unos al oído de quien a su lado tenían, admirábanse de la imprudencia y falta de acierto en Euribíades; pero al fin reventó y salió al público la murmuración. Juntose la gente a consejo, y todo era altercar sobre el asunto. Porfiaban los unos ser preciso hacerse a la vela para el Peloponeso, exponerse allí a una batalla para su defensa; pero no quedarse en donde estaban para pelear a favor de una región tomada ya por el enemigo. Empeñábanse, por el contrario, los atenienses, los eginetas y los megarenses en que era menester rebatir al adversario en aquel puesto mismo.
LXXV. Entonces, como viese Temístocles que perdía la causa por los votos de los jefes del Peloponeso, saliose ocultamente del congreso, y luego de salido despacha un hombre que vaya en un barco a la armada de los medos, bien instruido de lo que debía decirles. Llamábase Sicino este enviado,[316] y era siervo y ayo de los hijos de Temístocles, quien, después de sosegadas ya las cosas, hízole inscribir entre los ciudadanos de Tespias, en la ocasión en que estos admitían nuevos vecinos, colmándole de bienes y de riquezas. Llegado allá Sicino en su barco, habló en esta conformidad a los jefes de los bárbaros: «Aquí vengo a hurto de los demás griegos, enviado por el general de los atenienses, quien, apasionado por los intereses del rey y deseoso de que sea superior vuestro partido al de los griegos, me manda deciros que ellos han determinado huir de puro miedo. Ahora se os presenta oportunidad para una acción la más gallarda del mundo si no les dais lugar ni permitís que se os escapen huyendo. Discordes ellos entre sí mismos, no acertarán a resistiros, antes les veréis trabados entre sí los unos contra los otros, peleando los de vuestro partido contra los que no lo son».
LXXVI. Decir esto Sicino y volverles las espaldas, marchándose, fue uno mismo. Los bárbaros, dando luego crédito a lo que acababa de avisarles, tomaron dos medidas: la una hacer pasar muchos persas a la isleta Psitalea,[317] situada entre Salamina y el continente; la otra dar orden, luego de llegada la media noche, que el ala de su armada por el lado de poniente se alargase hasta rodear a Salamina, y que las naves apostadas cerca de Ceos y de Cinosura[318] avanzasen tanto, que ocupasen todo el estrecho hasta la misma Muniquia. Con esta disposición de la armada pretendían que no pudiesen huírseles los griegos, sino que cogidos en Salamina pagasen la pena de los males y daños que les habían causado en las refriegas de Artemisio. Pero la razón que tuvieron en poner la guarnición de persas en la pequeña isla de Psitalea, fue porque, hallándose esta en medio de aquel estrecho en que había de darse la batalla naval, era preciso que de sus resultas fueran a dar en aquella islita los náufragos y los destrozos de las naves. Querían, pues, tener allí tropa apostada, que salvase a los suyos y perdiese a los enemigos arrojados. Hacían con gran silencio estas prevenciones para no ser sentidos de sus contrarios, y en ellas trabajaron toda la noche sin tomar algún reposo.