Los nueve libros de la Historia (2 de 2)

Part 24

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XXV. Publicado el bando, de nada hubo luego en la escuadra tanta falta como de barcos en que pasar a Termópilas: tantos eran los que querían concurrir al espectáculo. Pasados allá, miraban los cadáveres discurriendo por medio de ellos, bien asegurados todos de que eran dichos muertos lacedemonios y tespieos, pues veían en otro traje a los ilotas, tendidos allí mismo. Pero a nadie se le pasó por alto el artificio y disimulo que usó Jerjes con sus muertos; parecioles antes a todos una cosa ridícula que se dejasen ver 1000 de sus soldados tendidos, y que los enemigos, en número de 4000, estuviesen allí juntos y recogidos en un mismo sitio. Este día entero lo gastaron en aquel espectáculo, pero el día después dieron unos la vuelta para sus naves a Histiea, y los del ejército de Jerjes se dispusieron para la marcha.

XXVI. Entretanto, ciertos aventureros naturales de Arcadia, pocos en número, faltos de medios y deseosos de tener a quien servir para ganarse la vida, se pasaron a los persas. Conducidos a la presencia del rey, preguntáronles los persas, llevando uno la voz en nombre de todos, qué era lo que entonces estaban haciendo los griegos. Respondieron ellos que celebraban los juegos olímpicos, habiendo concurrido a los certámenes gímnicos y corridas de caballos. Preguntó el persa cuál era el premio propuesto por cuyo goce contendían, a lo que respondieron que la presea consistía en una corona de olivo que allí se daba. Entonces fue cuando oyendo esto Tritantecmes, hijo de Artabano, prorrumpió en un dicho finísimo, si bien le costó ser tenido del rey por traidor y cobarde; pues informado de que el premio, en vez de ser de dinero, era una guirnalda, no pudo contenerse sin decir delante de todos: «Bravo, Mardonio, ¿contra qué especie de hombres nos sacas a campaña, que no se las apuestan sobre quién será más rico, sino más virtuoso?».

XXVII. En el intermedio del tiempo que pasó después del choque y estrago de Termópilas, los tesalios, sin esperar más, enviaron un mensajero a los focidios, movidos de la aversión y odio que siempre les tenían, y mucho más después de su último destrozo, de manos de ellos recibido; pues en una expedición que los tesalios con sus aliados habían hecho no muchos años antes que el rey se dirigiese contra la Grecia, juntando todas sus fuerzas habían sido vencidos de los focidios y pésimamente tratados. He aquí cómo pasó: obligados los focidios a refugiarse en el Parnaso, tenían en su compañía al adivino Telias, natural de Élide, quien halló una estratagema oportuna para la venganza. Embarnizó con yeso a 600 focidios, los más valientes del ejército, cubriéndolos de pies a cabeza con aquella capa, no menos que sus armas todas: dándoles después la orden de que matasen a cualquiera que no viesen blanquear, acometió de noche a los de Tesalia. Los centinelas avanzados de los tesalios, los primeros que los vieron, quedaron cogidos de pasmo, pensando que eran fantasmas blancas o apariciones. Tras este terror de los guardias, espantose de tal modo todo el ejército que los focidios lograron dar muerte a 4000 tesalios, y apoderarse de sus escudos, de los cuales consagraron una mitad en Abas y la otra segunda en Delfos. El diezmo del botín que en aquella recogieron, parte se empleó en hacer unas grandes estatuas que están colocadas delante del camarín de Delfos alrededor de la trípode, parte en alzar en Abas[283] otras tantas como las de Delfos.

XXVIII. Así maltrataron los focidios la infantería de los tesalios que les tenía bloqueados, y dieron un golpe mortal a la caballería, que iba a hacer sus correrías por la tierra; porque allá cerca de Hiámpolis, en la entrada misma del país, abriendo una gran zanja, metieron dentro unos cántaros vacíos, y echando tierra por encima hasta igualar la superficie de ella con lo demás del terreno, recibieron allí a los jinetes tesalios que les acometían, los cuales, llevados a rienda suelta como quienes iban ya a coger a los focidios, dieron en los cántaros, con que su caballería quedó manca y estropeada.

XXIX. Ahora, pues, movidos los tesalios del rencor que mantenían contra los focidios, nacido de estas dos pérdidas, por medio de su mensajero les hablaron en estos términos: «Al cabo, oh focidios, vueltos ya de vuestro error, confesaréis que no sois tan grandes como nosotros. Ya antes entre los griegos, cuando nos placía seguir su partido, éramos siempre tenidos en más que vosotros, y al presente podemos tanto con el bárbaro, que en nuestra mano está no solo el privaros de vuestras posesiones, pero aun el haceros a todos esclavos. Pero no quiera Dios que, pudiendo tanto, empleemos todo nuestro poder en vengarnos de vosotros. Contentámonos con que en recompensa de vuestras injurias nos deis 50 talentos de plata, y salimos garantes de que no se os hará el daño que amenaza a vuestra tierra».

XXX. Esto fue lo que los tesalios enviaron a decirles. En aquellos contornos los focidios eran los únicos que no seguían el partido de los medos;[284] y esto, a lo que por buenas razones alcanzo, no por otro motivo sino por la enemistad con los tesalios, tanto que si los tesalios estuvieran por los griegos, hubieran los focidios estado por los medos, a lo que conceptúo. A la propuesta hecha por los de Tesalia respondieron los focidios: que no tenían ni un óbolo que esperar de ellos; que si ellos propios quisieran, en su mano tenían el ser tan medos como los tesalios mismos; pero que no pensaban en ser, sin más ni más, solo por su gusto, traidores a la Grecia.

XXXI. Recibida tal respuesta e irritados por ella los tesalios contra los focidios, resolviéronse a servir de guía al bárbaro en su camino. Desde la comarca traquinia entráronse por la Dóride,[285] pasando por aquella punta estrecha de la misma que de ancho no tiene más de 30 estadios, y viene a caer entre los límites de la Mélide y de la Fócide. Llamábase antiguamente la Driópide, cuya región es madre patria de los dorios que habitan el Peloponeso. Los bárbaros, pasando por ella, no hicieron allí hostilidad ninguna, así por ser amiga de los medos, como por no parecerles bien a los tesalios el que la hicieran.

XXXII. Pero dejada ya la Dóride y entrados en la Fócide, no pudieron haber a las manos a los focidios; pues una parte de estos se habían subido a las eminencias del Parnaso, cuya cima, puesta enfrente de la ciudad de Neón, es tan capaz que parece hecha de propósito para dar acogida a mucha gente. A esta cima, llamada Titorea, donde antes ya habían puesto en seguridad sus cosas, habíase, como digo, subido y refugiado una parte de los focidios; pero otra más crecida de los mismos, habiendo pasado hacia los locros ozolas, se acogió a la ciudad de Anfisa,[286] que está situada sobre la llanura Crisea. No pudiendo, pues, los bárbaros dar con los focidios, hicieron correrías por toda la tierra de Fócide, guiando los tesalios el ejército, y cuanto a las manos les venía todo lo incendiaban y talaban, pegando fuego a las ciudades y a los templos.

XXXIII. Y en efecto, marchando por las orillas del río Cefiso, todo lo arruinaban, abrasando las ciudades de Drimo, de Caradra, de Eroco, de Tetronio, de Anficea, de Neón, la de los pedieos, la de los triteos juntamente con la de Elatea, la de Hiámpolis, la de Parapotamio y la de Abas.[287] En esta última había un rico templo de Apolo adornado de muchos tesoros y donativos, y en él también había ya entonces su oráculo como lo hay al presente, todo lo cual no impidió que después de saqueado el santuario no fuese entregado a las llamas. Prendieron a algunos focidios persiguiéndolos por los montes, y de algunas prisioneras abusaron tanto los bárbaros, tantos en número, que acabaron con la vida de las infelices.

XXXIV. Dejada atrás Parapotamios, llegaron los bárbaros a Panopea. Desde allí, dividido el ejército, separose en varios trozos: el mayor y más poderoso cuerpo de tropas, que llevando al frente a Jerjes marchaba hacia Atenas, se entró por la región de los beocios, la vuelta de la ciudad de Orcómeno.[288] La nación toda de los beocios era de la devoción de los medos: en todas las ciudades de la Beocia presidían ciertos hombres de Macedonia que había distribuido en ellas Alejandro para su resguardo,[289] queriendo dar a Jerjes una prueba palpable de que todos los beocios seguían su parcialidad. Por dicho camino marchaban, pues, los bárbaros del mencionado cuerpo.

XXXV. Otro cuerpo de ellos, llevando sus guías, marchaba hacia el templo de Delfos, costeando el Parnaso, que tenían a la derecha; y estos asimismo entregaban a sangre y fuego cuanto delante se les ponía; tanto, que incendiaron tres ciudades, la de los panopeos, la de los daulios y la de los eólidas.[290] El motivo por que dicha división de tropa hacia esta jornada, era el intento de saquear el templo de Delfos y presentar al rey Jerjes aquellos ricos despojos. En efecto, Jerjes, a lo que tengo entendido, sabía mejor los tesoros que había allí dignos de estima y consideración, que no los que dejaba él mismo en su palacio, siendo muchos los que de ellos le avisaban, y en especial de las ofrendas que hizo allí Creso, el hijo de Aliates.

XXXVI. Los naturales de Delfos, informados de lo que pasaba, se llenaron de pasmo y horror, y poseídos de la pasión, consultaban a su oráculo lo que debían hacer de aquellos bienes y muebles sagrados, si sería acaso mejor esconderlos bajo tierra, o pasarlos a otra región. Pero aquel su dios no permitió que los tocasen de su lugar, diciendo que él por sí solo era bastante a cubrir y defender sus cosas sin auxilio ajeno. Con tal respuesta aplicáronse los de Delfos a mirar por sus vidas y personas; y habiendo hecho pasar a sus hijos y mujeres a la Acaya, subiéronse casi todos a las cumbres del Parnaso y se refugiaron en la cueva Coricia, si bien algunos se escaparon a Anfisa, la de los locros. Todos los de Delfos, en suma, desampararon su ciudad, fuera de 60 varones que con el adivino[291] allí se quedaron.

XXXVII. Al estar tan cerca los bárbaros invasores que ya alcanzaban a ver el templo, entonces el adivino Acerato, que así se llamaba, observa y ve delante del templo mismo unas armas sagradas, que de lo interior del santuario habían sido allí transferidas, armas que sin horrendo sacrilegio de mano de ningún hombre podían ser tocadas. Vase el adivino a dar noticia del prodigio a los delfios que allí quedaban, cuando en este intermedio de tiempo, acercándose los bárbaros a toda prisa y estando ya delante del santuario de Atenea la Pronea, sobrecógenles nuevos portentos mucho mayores que el que llevo notado.[292] No digo que no fuese un prodigio estupendo el que se dejasen ver allí delante del templo unas armas de guerra salidas fuera de él por sí mismas; repito, sí, que los portentos que a este primero se siguieron son los más maravillosos que jamás en el mundo hayan sucedido; porque al ir a acometer ya a la capilla los bárbaros vecinos de Atenea Pronea, caen sobre ellos unos rayos vibrados del cielo, dos riscos desgajados con furia de la cumbre del Parnaso bajan precipitados hacia ellos con un ruido y fracaso espantosos, cogen y aplastan a no pocos, y dentro del templo mismo de la Pronea se levanta grande algazara y gritería.

XXXVIII. Con tanto prodigio junto en un mismo tiempo y lugar, apoderose de los bárbaros el asombro y pavor, y avisados los delfios de que tomaban la fuga, bajaron del monte e hicieron en ellos gran destrozo y matanza. Los que de ella se libraron íbanse en derechura escapando a la Beocia, diciendo, ya restituidos a ella, según he oído referir, que otros prodigios habían visto todavía, pues dos hóplitas o infantes, cuyo talle y gallardía eran cosa menos humana que divina, les iban persiguiendo en la fuga.

XXXIX. Pretenden los delfios que eran estos infantes los dos héroes paisanos suyos, Fílaco y Autónoo, cuyas capillas están cerca del templo; la de Fílaco, al lado mismo del camino sobre el santuario de Pronea; la de Autónoo, cerca de Castalia, bajo la cumbre Hiampea. Los peñascos caídos del Parnaso se conservan aún en mis días echados en la capilla de Atenea Pronea, a la cual fueron a parar pasando por medio de los bárbaros. Tal fue la retirada del destacamento enviado al templo.

XL. La armada naval de los griegos, salida de Artemisio, fuese a ruego de los atenienses a dar fondo en Salamina.[293] La mira que obligó a los atenienses a pedirles que se apostasen cerca de Salamina con sus naves fue para ganar tiempo en que sacar del Ática a sus hijos y mujeres, y asimismo para deliberar lo que mejor les convendría en aquellas circunstancias, viéndose precisados a tomar una nueva resolución, puesto que no les había salido la cosa como pensaban, porque estando creídos de que hallarían las tropas del Peloponeso atrincheradas en la Beocia para recibir allí al enemigo, hallaron que nada de esto se hacía, antes bien entendieron que se estaban aquellas fortificando en el Istmo por la parte del Peloponeso, y que puesto todo su cuidado en salvarse a sí mismas, tenían empleadas sus guarniciones en la guarda de su país, dejando correr lo demás al arbitrio del enemigo. Con estas noticias resolviéronse a suplicar a los griegos que mantuviesen la armada cerca de Salamina.

XLI. Así que, retiradas las otras escuadras a Salamina y vueltos a su patria los atenienses, luego de llegados mandaron publicar un bando, para que «cada ciudadano salvase como pudiese a sus hijos y familia», en fuerza del cual los más enviaron los suyos a Trecén,[294] otros a Egina y algunos a Salamina: y en esto de pasar y poner en seguridad a sus gentes, dábanse mucha prisa por dos motivos: el uno por deseo de obedecer al oráculo recibido, y el otro, nada inferior, por lo que voy a decir. Cuéntase entre los atenienses que una gran serpiente tiene su morada en el templo de Atenea como guarda de su ciudadela; y no solamente se cuenta así, sino que mensualmente le ponen allí su comida, como si en realidad existiera, y consiste su ración mensual en una torta con miel. Sucedió, pues, que dicha torta, que siempre en los tiempos atrás se hallaba comida, entonces apareció intacta; y como la sacerdotisa de Atenea diese de ello aviso, este fue un motivo más para que los atenienses con mayor empeño y prontitud dejasen su ciudad, como si la diosa tutelar la hubiese ya desamparado. Transportadas, pues, todas sus cosas, hiciéronse a la vela para ir a juntarse con la otra armada en sus reales.

XLII. Habiéndose tenido la nueva de que la armada de Artemisio había pasado a Salamina, todas las demás escuadras de los griegos, saliendo de Trecén, en cuyo puerto, llamado el Pogón, se les había dado la orden de juntarse, fuéronse a incorporar con ella. Con esto el número de naves que allí recogieron fue muy superior al de las que habían combatido en Artemisio, siendo más ahora las ciudades que con ellas concurrían. El almirante, con todo, era Euribíades, el hijo de Euriclides, natural de Esparta, pero no de familia real, el mismo que lo había sido en Artemisio. Los atenienses eran los que daban el mayor número de naves y las más ligeras.

XLIII. He aquí el catálogo de los que militaban: del Peloponeso concurrían los lacedemonios con dieciséis galeras; los corintios llenaban el número mismo de naves que tenían en Artemisio; los sicionios[295] venían con quince; los epidaurios con diez; los trecenios con cinco, y los hermioneos con tres. Todos estos pueblos, excepto los últimos, son dóricos y macedonios por su origen, venidos de Erineo y de Pindo, y últimamente de la Driópide; pero los hermioneos son aquellos dríopes a quienes echaron de la región llamada Dóride Heracles y los melieos. Estas eran, repito, las tropas navales de los peloponesios.

XLIV. Los que concurrían del continente que está fuera del Peloponeso eran atenienses, que por sí solos daban 180 naves, número superior al de todos los demás. En Salamina ya no concurrían en la escuadra de Atenas los plateos, porque al retirarse las naves de Artemisio, luego que llegaron delante de Calcis, desembarcados en la parte frontera de Beocia, fuéronse a poner los suyos en seguridad; con tan honesto motivo como era el de salvar a sus domésticos, habíanse separado de sus atenienses. Para decir algo de los atenienses, cuando los pelasgos dominaban en la que ahora se llama Grecia, eran aquellos también pelasgos con el nombre de cránaos; los mismos en el reinado de Cécrope se llamaban cecrópidas; y después que Erecteo le sucedió en el mando mudaron su nombre en el de atenienses, y cuando Ion, el hijo de Juto, fue hecho general de los atenienses, estos se llamaron jonios.

XLV. Los megarenses daban en Salamina tantas naves como en Artemisio. Los ambraciotas asistían con siete a la armada, y los leucadios con tres,[296] siendo estas gentes de origen dórico y colonias de Corinto.

XLVI. Entre los isleños venían con treinta galeras los eginetas, quienes si bien tenían armadas algunas otras, habiendo de defender con ellas a su isla, halláronse solo en la batalla de Salamina con las treinta dichas, que eran muy fuertes y veleras. Son los eginetas un pueblo dórico pasado de Epidauro a aquella isla, que primero llevaba el nombre de Enone. Después de estos presentáronse con las veinte naves que ya tenían en Artemisio los calcideos y con sus siete los de Eretria, pueblos entrambos jonios. Los de Ceos, que asimismo son gente jonia venida de Atenas, asistieron con los mismos buques que antes. Vinieron los de Naxos con cuatro galeras: habíanles enviado sus ciudadanos a juntarse con los medos, como habían hecho los otros isleños; pero ellos, sin atenerse a tales órdenes por el cuidado y solicitud de Demócrito, hombre muy principal entre los suyos y capitán entonces de una de las naves, viniéronse a juntar con los griegos. Los de Estira daban las mismas naves que en Artemisio, y los de Citnos[297] daban también la suya con su galeota, cuyos dos pueblos son dríopes en su origen. Seguían asimismo en la armada los de Serifos, los de Sifnos,[298] los de Milos, siendo estos los únicos isleños que no habían reconocido al bárbaro por soberano con la entrega de la tierra y del agua.

XLVII. Había sido levantada toda la referida tropa en las naciones que moran más acá de los confines de los tesprotos y del río Aqueronte;[299] siendo los que confinan con los ambraciotas y con los leucadios, que fueron los guerreros venidos de las regiones más remotas. De los pueblos situados más allá de los dichos términos solo asistían a la Grecia puesta en tanto peligro los crotoniatas, y estos con una sola nave, cuyo comandante era Failo, el cual había tres veces obtenido el primer premio de los juegos pitios: son los crotoniatas oriundos de Acaya.

XLVIII. Generalmente las ciudades dichas servían en la armada con sus galeras; solo los melios, sifnios y serifios venían en sus galeotas o pentecónteros: dos daban los melios, oriundos de Lacedemonia; los sifnios y serifios, ambos de origen jonios, colonos de Atenas, daban la suya respectiva. El número total de las naves sin contar las galeotas subía a 378.[300]

XLIX. Juntos ya en Salamina todos los generales de las ciudades mencionadas, entraron en consejo, donde les propuso Euribíades que cada cual con entera libertad dijese qué lugar, entre todos los que estaban bajo del poder y dominio griego, le parecía ser el más oportuno para la batalla naval. No contaba con Atenas, desamparada ya, y solamente les consultaba acerca de las demás ciudades. El mayor número de los votos concordaba en que pasasen al Istmo y diesen la batalla en el Peloponeso. La razón que daban era que en caso de ser vencidos por mar cerca de Salamina, se verían después sitiados en aquella isla, donde ningún socorro les podría llegar; pero que si se hallaban cerca del Istmo, podrían, en caso de ser vencidos, irse a juntar con los suyos.

L. Defendiendo así su parecer los generales del Peloponeso, llegó un ateniense con la nueva de que el bárbaro se entraba ya por el Ática, y que en ella lo pasaba todo a sangre y fuego. En efecto, el ejército en que venía Jerjes marchando por la Beocia, después de haber puesto fuego a la ciudad de los tespieos,[301] a la cual habían todos desamparado retirándose al Peloponeso, como también a la de los plateos; había llegado a Atenas, donde todo lo destruía y talaba; y la razón que le indujo a abrasar las ciudades de Tespias y de Platea era por haber oído de los tebanos que no eran de su devoción.

LI. Al cabo de tres meses, contando desde el tránsito del Helesponto de donde emprendieron los bárbaros sus marchas hacia Europa, en cuyo tránsito emplearon otro mes,[302] halláronse por fin en el Ática el año en que fue Calíades arconte en Atenas. Apoderáronse de la ciudad desierta, encontrando con todo unos pocos atenienses en el templo de Atenea, y con ellos a los encargados de las rentas y bienes del mismo, y otros desvalidos. Eran estos o tan pobres que por faltarles los medios no habían podido retirarse a Salamina, o del número de los que pensaban haber penetrado mejor el oráculo de la Pitia, en que les anunciaba que la muralla de madera sería inexpugnable, persuadidos de que, conforme al oráculo, la ciudadela y no las naves era un asilo seguro. Los tales, pues, cerrada la puerta del alcázar y atrancada con unos gruesos palos, resistían a los que procuraban acometerles.

LII. Los persas, fortificándose en un collado que está enfrente de la fortaleza, al cual llaman los de Atenas el cerro de Ares,[303] les pusieron sitio, y desde allí disparaban contra las estacadas de la ciudadela unas saetas incendiarias, alrededor de las cuales ataban estopa inflamada. Los atenienses sitiados, por más que viesen fallarles ya la estacada, se defendían tan obstinadamente que ni aun quisieron oír las capitulaciones que los Pisistrátidas les proponían. Entre otros medios de que se valían para su defensa, uno era el impeler hacia los bárbaros que acometían contra la puerta peñascos del tamaño de unas ruedas de molino. Llegó la cosa a punto que Jerjes, no pudiéndoles rendir, estuvo harto tiempo sin saber qué partido podría tomar.

LIII. Al cabo, como era cosa fatal y decretada ya, según el oráculo, que toda la tierra firme del Ática fuese domada por los persas, a los bárbaros apurados se les descubrió cierto paso por donde entrasen en la ciudadela, porque por aquella fachada de la fortaleza que cae a las espaldas de su puerta y de la subida, lienzo de muralla tal que no parecía que hombre nacido pudiese subir por él, y dejado por eso sin guarda ninguna; por allá, digo, subieron algunos enemigos, pasando por cerca del templo de Aglauro, hija de Cécrope, a pesar de lo escarpado de aquel precipicio. Cuando vieron los atenienses a los bárbaros subidos a la plaza, echándose los unos cabeza abajo desde los muros, perecieron despeñados, y los otros se refugiaron al templo de Atenea. La primera diligencia de los persas al acabar de subir, fue encaminarse hacia la puerta del templo, y abierta pasar a cuchillo a todos aquellos refugiados. Degollados todos y tendidos, saquearon el templo y entregaron a las llamas la ciudadela entera.

LIV. Luego que se vio Jerjes dueño de toda la ciudad de Atenas, despachó un correo a caballo que fuese a Susa para dar parte a Artabano del feliz suceso de sus armas. El día después de despachado el nuncio, convocó a los desterrados de Atenas que traía en su comitiva, y les ordenó que subiesen al alcázar, hiciesen en él sus sacrificios conforme el rito patrio y ceremonias del país, ora lo mandase así por alguna visión que entre sueños hubiese tenido, o bien por escrúpulo o remordimiento de haber quemado el templo. Los desterrados de Atenas cumplieron por su parte con las órdenes dadas.