Los nueve libros de la Historia (2 de 2)
Part 23
CCXXXVIII. Después de haber pasado este discurso, fuese Jerjes a pasar por el campo entre los muertos, y allí dio orden que cortada la cabeza de Leónidas, de quien sabía ser rey y general de los lacedemonios, fuera levantada sobre un palo. Y entre otras pruebas, no fue para mí la menor esta que dio el rey Jerjes de que a nadie del mundo había aborrecido tanto como a Leónidas vivo, pues de otra manera no se hubiera mostrado tan cruel e inhumano contra su cadáver, puesto que no sé que haya en todo el mundo gente ninguna que haga tanto aprecio de los soldados de mérito y valor como los persas. En efecto, los encargados de aquella orden la ejecutaron puntualmente.
CCXXXIX. Volveré ahora a tomar el hilo de la historia que dejé algo atrás. Los lacedemonios fueron los primeros que tuvieron aviso de que el rey disponía una expedición contra la Grecia, lo que les movió a enviar su consulta al oráculo de Delfos, de donde les vino la respuesta poco antes mencionada. Bien creído tengo, y me parece que no sin mucha razón, no sería muy amigo ni apasionado de los lacedemonios Demarato, hijo de Aristón, que fugitivo de los suyos se había refugiado entre los medos, aunque de lo que él hizo, según voy a decir, podrán todos conjeturar si obraba por el bien que les quisiese o por el deseo que de insultarles tenía.[274] Lo que en efecto hizo Demarato, presente en Susa, cuando resolvió Jerjes la jornada contra la Grecia, fue procurar que llegase la cosa a noticia de los lacedemonios; y por cuanto corría el peligro de ser interceptado el aviso, ni tenía otro medio para comunicárselo, valiose del siguiente artificio: Tomó un cuadernillo de dos hojas o tablillas; rayó bien la cera que las cubría, y en la madera misma grabó con letras la resolución del rey. Hecho esto, volvió a cubrir con cera regular las letras grabadas, para que el portador de un cuadernillo en blanco no fuera molestado de los guardas de los caminos. Llegado ya el correo a Lacedemonia, no podían dar en el misterio los mismos de la ciudad, hasta tanto que Gorgo, hija que era de Cleómenes y esposa de Leónidas, fue la que les sugirió, según oigo decir, que raspasen la cera, habiendo ella maliciado que hallarían escrita la carta en la misma madera. Creyéronla ellos, y hallada la carta y leída, enviáronla a los demás griegos.
LIBRO OCTAVO.
URANIA.
Reseña de la armada griega reunida en Artemisio, donde es atacada por la de Jerjes, y después de dos combates se retira hacia Salamina. — Conducen los tesalios a los persas contra la Fócide: origen de las reyertas entre los tesalios y focidios. — Avanza Jerjes dividiendo su ejército, pero la columna que debía saquear a Delfos huye a vista de los prodigios que le suceden. — Los atenienses abandonan su ciudad, embarcándose para Salamina: aumento de la escuadra griega. — Jerjes se apodera de Atenas y su ciudadela, incendiándola. — Temístocles persuade a los griegos a dar la batalla en Salamina. — Convoca Jerjes a los jefes de marina para oír su dictamen, y Artemisia se opone a que se ataque a los griegos. — Las tropas coligadas del Peloponeso fortifican el Istmo contra el cual se dirige el ejército persa, y los de la escuadra se empeñan en abandonar a Salamina: proyecto que combate Temístocles. Astucia de este para obligar a los griegos a pelear en Salamina: descripción de aquella batalla naval. — Temor de Jerjes y su retirada a Persia, dejando a Mardonio con trescientos mil hombres. — Política de Temístocles. — Alejandro de Macedonia es enviado por Mardonio de embajador a los atenienses para atraerlos a su alianza, que rehúsan ellos.
I. De este modo, pues, dicen que pasaron los acontecimientos; por lo que mira a la armada de los griegos, iban en ella los siguientes: los atenienses suministraban 127 naves,[275] a cuyo armamento concurrían con ellos los de Platea, quienes, bien que rudos e ignorantes en la náutica, por su valor y brío se mostraban prontos a embarcarse. Los corintios daban 40 naves; los megarenses 20, y los de Calcis armaban otras 20, que los atenienses les habían prestado; contribuían con 18 los eginetas; con 12 los sicionios; con 10 los lacedemonios; con ocho los epidaurios; los de Eretria con siete; los de Trecén con cinco; con dos los de Estira, y los de Ceos[276] con dos naves y dos pentecónteros; los locros opuntios habían venido con otros siete pentecónteros o galeotas de socorro.
II. Estos eran los que militaban en la armada que se hallaba en Artemisio. Dije ya con cuántas naves había allí concurrido cada una de las ciudades en particular; añado ahora que el número total de galeras recogidas en Artemisio, sin contar las galeotas, subía a 271. El almirante general, a quien todos obedecían, era Euribíades, hijo de Euriclides, nombrado por los espartanos; y la causa de nombrarle había sido porque los confederados habían protestado que si un laconio no les mandaba, antes que militar a las órdenes de los generales atenienses, se desharía la armada que estaba a punto de reunirse.
III. Nació dicha protesta del rumor que corría ya al principio, aun antes de que pasasen a Sicilia los embajadores encargados de atraerla a la común alianza, de que sería menester confiar el mando de la marina a los atenienses. Viendo estos la oposición declarada de los confederados, cedieron de su pretensión, por el gran deseo que tenían de que quedase salva la Grecia, persuadidos de que iba sin duda a perecer si se dividía en bandos sobre el mando: justa reflexión, siendo una sedición doméstica tanto peor que una guerra concorde, cuanto es peor la guerra que la paz. Gobernados, pues, por este principio, no quisieron porfiar por el mando, antes prefirieron cederlo por sí mismos hasta tanto que viesen que los aliados necesitaban mucho de sus fuerzas; designio de que dieron buenas muestras más adelante, porque echado y rebatido el persa, cuando se trataba ya de volverle la guerra allá en su misma casa, valiéndose de las violentas insolencias de Pausanias como de pretexto, despojaron del imperio a los lacedemonios, cosa que pasó después de las que aquí referimos.
IV. Sucedió entonces a los griegos de la armada que se habían apostado en Artemisio, que como viesen tantas naves juntas en Áfetas, y que todo hervía en tropas, cosa que les sorprendió por parecerles que las fuerzas de los bárbaros subían de punto mucho más de lo que se habían imaginado, poseídos de miedo trataban de huir del cabo, e irse a refugiar en lo más interior de la Grecia. Penetrado este designio por los naturales de Eubea, suplicaron a Euribíades tuviese a bien de quedarse allí un poco, hasta que ellos tuviesen tiempo para poner en salvo a sus hijos y domésticos; y como no viniese en ello Euribíades, pasaron a negociar con el comandante de Atenas Temístocles, con quien pactaron darle 30 talentos, con tal que apostados los griegos delante de Eubea diesen allí la batalla naval.
V. He aquí el artificio de que se valió Temístocles para retener allí a los griegos. De los 30 talentos mencionados dio cinco a Euribíades, como que se los regalaba de su bolsillo. Ganado ya y persuadido el general con estas dádivas, quedaba aún por conquistar Adimanto, hijo de Ocito y jefe de los corintios, que era el único que le resistía, empeñado en querer hacerse a la vela y desamparar a Artemisio. Encarose Temístocles con él, y echando un juramento, hablole así: «Por los dioses, que tú no has de dejarnos; yo te prometo darte tanto dinero y aun más del que te diera el mismo rey de los medos a fin de que desamparases a tus aliados». Y no bien acabó de decir esto, cuando envió a la nave de Adimanto tres talentos de plata. Quebrantados, pues, estos con aquellas dádivas, mudaron de resolución, y él satisfizo el deseo de los de Eubea, granjeando para sí, sin que nadie lo notase, lo restante del dinero, con tal disimulo, que los mismos con quienes había repartido aquella cantidad estaban creídos de que le había venido de Atenas, destinada para aquel efecto.
VI. Logrose por este medio que se quedasen en Eubea y entrasen en combate las naves griegas, lo que se verificó del siguiente modo: Después que los bárbaros llegados a Áfetas vieron por sus mismos ojos al hacerse de día lo que ya antes habían oído, que unas pocas naves griegas estaban apostadas cerca de Artemisio, tenían mucho deseo de dar sobre ellas a ver si podrían apresarlas. Pero con todo no les pareció embestirlas de frente, por el recelo de que los griegos, si les veían ir contra ellos, no echasen a huir y la noche les librase después de sus manos, como sin duda hubiera sucedido, y también porque, según ellos decían, el golpe debía ser tal, que ni uno solo se les escapase para dar noticia a los enemigos.[277]
VII. Bajo este supuesto, tomaron así las medidas. Escogieron 200 naves de la armada, y las enviaron, a fin de que no fuesen vistas de los enemigos, por detrás de Escíatos a dar la vuelta de Eubea, queriendo que por delante de Cafareo[278] y por cerca de Geresto navegasen hacia el Euripo. El designio que tenían era el coger en medio y cerrar a los griegos, llegando por aquella parte las 200 naves que les cortasen el paso para la retirada, y embistiendo las demás de la armada por la parte contraria. Tomada esta resolución, hicieron partir a las naves más ligeras destinadas a hacer aquel rodeo: las demás no tenían ánimo de acometer aquel día a los griegos, ni de hacerlo absolutamente hasta que las que daban la vuelta les hiciesen señal de que ya se acercaban. Entretanto, pues, que iban a hacer su giro las 200 naves, pasaban revista los bárbaros, y contaban las que restaban en Áfetas.
VIII. Mientras que se hacía aquella reseña de la armada, hallándose en el campo cierto Escilias, de Escíone,[279] el mejor buzo que entonces se conocía (como lo mostró bien en el naufragio sucedido en las costas de Pelión, en que sacando salvas del profundo grandes riquezas para los persas, supo para sí acumular también muchas); hallándose, repito, resuelto de muchos días atrás a pasarse a los griegos sin haber podido hallar modo de hacerlo, aprovechose entonces de la ocasión de la reseña. De qué manera desde allí se pasase a los griegos, confieso que no acabo de entenderlo, y mucho me maravillara de lo que se dice sobre la habilidad del buen buzo, si lo tuviera por verdadero; pues corre la voz de que echándose al mar, y partiéndose de Áfetas, no paró hasta llegar a Artemisio, pasando bajo del agua, como si nada fuera, 80 estadios de mar. Mil maravillas más son las que se cuentan de aquel hombre, que parte son muy parecidas a la fábula, parte quizá serán verdaderas. Mi voto acerca de este punto no es otro sino que llegaría en algún barco a Artemisio. Lo cierto es que, llegado allá, dio cuenta a los generales griegos del naufragio padecido y de las naves destinadas a dar la vuelta a Eubea.
IX. Habida la noticia, entraron en consejo los griegos sobre el caso, y entre muchos pareceres que allí se dieron, túvose por el mejor el de quedarse firmes en el puesto todo aquel día, pero que después de la media noche alzasen ancla y se fuesen a encontrar con las naves dichas que venían por aquel rodeo. Tomada esta determinación, viendo que nadie salía por entonces a acometerles, esperando la tarde de aquel mismo día, fuéronse hacia la escuadra de los bárbaros de Áfetas, queriendo hacer una prueba de cómo peleaban los griegos y cómo con las naves acometían.
X. Cuando los soldados de Jerjes, así como los generales, les vieron venir contra sí con tan pocas galeras, tomándoles por unos insensatos, dispusieron por su parte las naves, confiados de que con mucha facilidad les apresarían, y confiados no sin mucho fundamento, viendo cuán pocas eran las galeras de los griegos, y que las suyas propias, siendo en número superiores, les hacían también ventaja en la velocidad. Por esto, pues, y por el desprecio que de los griegos hacían, cerráronles en medio de su escuadra. Entonces aquellos jonios, que en su interior favorecían a los griegos, y que a despecho suyo militaban contra ellos, tuviéronles mucha compasión viéndoles rodeados de naves enemigas, y dando por cierto que ni uno podría escapárseles: tan flacas les parecían las fuerzas de la armada griega. Pero todos los que se alegraban de verles metidos en aquel trance, iban a porfía a ver quién sería el primero que apresase una galera ática, esperando ser por ello del rey galardonados, pues entre las tropas del enemigo era mucha la fama y reputación de los atenienses.
XI. Luego que se dio a los griegos la primera señal para cerrar, dirigidas las proas contra los bárbaros, volvieron las popas hacia el medio del círculo que formaron, y a la segunda señal que se les hizo, emprendieron el ataque, bien que reducidos dentro de un espacio muy corto, y embistieron de frente al enemigo. Apresaron allí 30 naves de los bárbaros, e hicieron prisionero a Filaón, hijo de Quersis y hermano de Gorgo, rey de los salaminios, sujeto de cuenta y reputación en la armada enemiga. El primero entre los griegos que apresó una galera a los contrarios y que se llevó la palma de aquella refriega fue el ateniense Licomedes, hijo de Escreo. La noche, que sobrevino, dividió a los que combatían en aquella batalla marítima con fortuna varia y victoria indecisa. Los griegos dieron la vuelta a su Artemisio, y los bárbaros a su Áfetas, habiéndoles salido el choque muy al revés de lo que se prometían. Durante este combate no hubo otro griego de los que servían al rey que se pasase a los griegos sino solo el lemnio Antidoro, a quien en recompensa de este beneficio dieron los atenienses su porción y heredad en Salamina.
XII. Venida la noche, aunque se hallaban en medio de la estación misma del verano, levantose un temporal deshecho de lluvia que duró toda ella, acompañado de espantosos truenos de la parte del monte Pelión. Los cadáveres y fragmentos de las galeras que habían naufragado, echados por las olas hacia Áfetas, y revueltos alrededor de las proas de las naves, impedían el juego a las palmas de los remos. Las tropas navales que esto allí oían,[280] entraron en la mayor consternación, recelosas de que iban sin falta a perecer, según era su presente desventura, pues no habiendo todavía respirado bien del susto y ruina del naufragio y tormenta padecida cerca de Pelión, acababa de asaltarles aquella fuerte refriega naval; y después de la refriega sobreveníales entonces un recio temporal, con una tan grande avenida de los torrentes hacia el mar y con tan furiosa tronada. Con tales sustos pasaron aquella noche.
XIII. Pero durante ella dejose sentir tanto más terrible a los persas que navegaban alrededor de Eubea, cuanto les cogió en medio del mar, dando al cabo con todos ellos a pique, pues cogiéndoles aquella tormenta y lluvia cuando se hallaban delante de Cela,[281] lugar de Eubea, llevados del viento sin saber hacia dónde, iban a naufragar en las peñas de la costa. No parece sino que Dios procuraba por todos los medios igualar las fuerzas de la armada persa con las de la griega, no queriendo que le fuese muy superior. De esta manera se perdieron aquellos persas en Cela de la Eubea.
XIV. Los bárbaros que se hallaban en Áfetas, cuando les amaneció la luz muy deseada del otro día, estuviéronse bien quietos en sus naves, teniendo a mucha dicha poder descansar entonces después de tanta fatiga y trabajo. A los griegos viniéronles de refresco 53 galeras más de Atenas, las cuales les animaron mucho con su socorro: ni les alentó menos la nueva que al mismo tiempo les vino de cómo todos los bárbaros que daban la vuelta a Eubea habían naufragado en aquella pasada tormenta. Con esto, esperando la misma hora que el día anterior, salieron de su alojamiento, y se dejaron caer sobre las naves de la Cilicia, y después de haberlas maltratado, llegada ya la noche dieron vuelta hacia Artemisio.
XV. Venido el día tercero, los jefes de los bárbaros, así por parecerles una indignidad que les parase tan mal una armada tan corta, como por miedo de lo que diría y haría Jerjes contra ellos, no esperaron ya que los griegos vinieran a acometerles, antes habiendo exhortado a su gente salieron ellos con su armada cerca del medio día. Hizo la suerte que por aquellos mismos días en que se dieron aquellas batallas marítimas se dieran puntualmente en Termópilas los combates por tierra. Todo el empeño de la armada naval de los griegos se encaminaba a guardar el Euripo, no menos que el de Leónidas con su gente a impedir la entrada por aquel paso. Así que animábanse los griegos unos a otros para no dejar que penetrasen los bárbaros dentro de la Grecia, y los bárbaros, por el contrario, se esforzaban a abrirse aquel paso por encima del destrozo del ejército griego.
XVI. Entretanto que formada en batalla la escuadra de Jerjes se dirigía hacia los griegos, estábanse quietos estos en Artemisio. Habían los bárbaros dispuesto la escuadra en forma de media luna con ánimo de cerrar en medio a los griegos, quienes al aproximarse ya el enemigo, sin esperar más tiempo salieron a recibirle y a cerrar con él, y pelearon de modo que la victoria quedó indecisa; porque si bien la armada de Jerjes, impedida por su misma enormidad y muchedumbre, no hacía sino dar contra sí misma, perturbado el curso de sus galeras, que por necesidad embestían unas con otras, tenían con todo por suma mengua el retirarse de la batalla siendo tan pocas las naves enemigas. Ni por esto perecieron pocas naves y poca gente de los griegos, si bien mucho mayor fue la pérdida en naves y en gente de los bárbaros. Salieron al cabo unos y otros de la refriega con el resultado que acabo de expresar.
XVII. En esta batalla naval los que entre todos los soldados de Jerjes mejor se portaron fueron los egipcios, quienes entre otras proezas que hicieron lograron apresar cinco naves griegas con toda la tripulación. De todos los griegos los que mejor hicieron aquel día su deber fueron los atenienses, y entre estos hízolo con mucha especialidad Clinias, hijo de Alcibíades,[282] quien con una galera propia y armada a costa suya con 200 hombres servía en la armada.
XVIII. Después que las dos armadas se separaron con gusto de entrambas, fuese cada cual con mucha prisa a su respectivo puesto. Separados los griegos del choque, lo primero que procuraron fue recoger los muertos y los fragmentos del naufragio. Pero viéndose todos muy mal parados, y no menos que los otros los atenienses, cuyas galeras se hallaban por mitad destrozadas, solo pensaban en irse retirando hacia lo interior de la Grecia.
XIX. Haciendo allí Temístocles reflexión de que si podía lograr que desamparase la armada del bárbaro la gente de la Jonia y de la Caria, sería factible que alcanzasen los griegos la victoria sobre lo restante de ella, al tiempo que los naturales de Eubea conducían sus ganados hacia la playa, juntó a los generales y les dijo que le parecía haber discurrido un medio con el cual esperaba poder alcanzar que las mejores tropas del bárbaro se le separasen de la armada. Por entonces no descubrió más de lo que meditaba; solo les añadió que en las circunstancias presentes juzgaba que lo que debía hacer cada uno era matar cuanto ganado quisiese de los rebaños de Eubea, pues valía más que el ejército se aprovechara de él, que no los enemigos. Con esto les avisó que cada jefe mandase a su gente encender sus fuegos para cocer las reses; que acerca del tiempo de la retirada, a su cuenta corría el que todos regresasen salvos a la Grecia. A todos pareció bien el aviso, y encendidos los fuegos, se echaron sobre el ganado.
XX. Es de saber que los de Eubea, no contando con un oráculo de Bacis, como si nada dijese, ni habían cuidado de sacar nada de su casa ni de introducirlo, considerando que estaban en vísperas de una guerra, y con esto habían dejado sus cosas expuestas a una total perdición y ruina. Y decía en este punto el oráculo de Bacis:
_Cuando el bárbaro imponga al mar yugo de biblo,_ _harás que balen tus cabras lejos de Eubea._
Como los de Eubea, pues, en nada se hubiesen aprovechado de tales versos, ni en medio de las calamidades que ya padecían, ni con el miedo de las que les amenazaban, aguardábales sin duda la última miseria y desastre.
XXI. Mientras que en esto se ocupaban, llegósele la atalaya que tenían en Traquinia, pues que los griegos no solo en Artemisio habían puesto por atalaya a Polias, natural de Anticira, con un barco pronto y prevenido para dar aviso a los de Termópilas, en caso de que tuviese su armada algún encuentro y fracaso con la enemiga, sino que se hallaba del mismo modo cerca de Leónidas con una galeota de 30 remos a punto el ateniense Abrónico, hijo de Lisicles, para informar luego a los que estaban en Artemisio de cualquiera novedad que sucediese a las tropas de tierra. Fue, pues, dicho Abrónico la atalaya que viniendo dio cuenta de lo sucedido a Leónidas y a su gente. Al oír los griegos aquella nueva, no pensaron en dilatar un punto la retirada, sino que por el orden en que se hallaban anclados, empezaron a partirse los primeros los de Corinto, los últimos los de Atenas.
XXII. Escogiendo Temístocles entonces de la escuadra de Atenas las naves más ligeras, fue siguiendo con ellas los lugares de la aguada, dejando grabadas en las piedras vecinas a la misma unas letras, que llegados el día después a Artemisio pudieran leer los jonios. Decían así las letras: «Varones jonios, no obráis bien en hacer guerra a vuestros padres y mayores, ni en reducir la Grecia a servidumbre. La razón quiere que os pongáis de parte nuestra. Y si no tenéis ya en vuestra mano hacerlo así, por lo menos podéis aún ahora retiraros vosotros mismos de la armada que nos persigue, y pedir a los carios que hagan lo que os vieren hacer; y si ni lo uno ni lo otro pudiereis ejecutar por hallaros tan agobiados con ese yugo, y tan estrechamente atados que no podáis levantaros contra el persa, lo que sin falta podréis hacer es, que entrando en algún combate, os lo estéis mirando con vigilante descuido, teniendo presente que sois nuestros descendientes y sois aun la causa del odio que desde el principio nos cobró ese bárbaro». A decir lo que sospecho, esto lo escribía Temístocles con estilo doble y con un rasgo de política finísima, o para lograr que los jonios, desertando del persa, se pasasen a su armada, si no llegaban las letras a oídos del rey, o para que este tuviese por sospechosos a los jonios y les impidiese entrar en batalla naval, si le contaban lo acaecido y ponían mal a sus ojos la fe de los jonios.
XXIII. Apenas acababa Temístocles de escribir esto en la aguada, cuando un hombre natural de Histiea llegó en un barco a dar la noticia a los bárbaros de que los griegos huían de Artemisio. Ellos, por no fiarse del espía, aseguráronse de su persona, poniéndole preso entretanto que despachaban unas naves ligeras que fuesen a ver lo que había. Vueltas estas con la noticia de lo que realmente pasaba, al salir el sol, toda la armada junta púsose en viaje en dirección de Artemisio, en donde, haciendo alto hasta el medio día, encaminose después para Histiea. Llegados allá los bárbaros, apoderáronse de la ciudad de los histieos y de una parte de la Elopia, y fueron corriendo y talando todas las aldeas marítimas de la Histieótide.
XXIV. Estando así las cosas, despachó Jerjes un pregonero a su armada, después de dar sus providencias acerca de los muertos de los suyos, y mandando recoger todos los demás cadáveres que de su ejército habían perecido (y no bajaban de 20.000 los que en Termópilas murieron) hizo enterrarles en unas fosas abiertas a este fin, y cubiertas otra vez con tierra, y disimuladas con hojarasca allí tendida para que no lo echase de ver la gente de su marina. Luego que vino a Histiea el pregonero, mandando juntar toda la gente de la armada, publicoles este bando: «Gente de guerra, el rey Jerjes da licencia al que de vosotros la quiera, para que dejando este puesto, y viniendo al campo, vea cómo peleó el monarca con estos griegos insensatos y temerarios, que esperaban poder más que su ejército».