Los nueve libros de la Historia (2 de 2)

Part 22

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CCXII. Dícese que el rey, que estuvo mirando todas aquellas embestidas del combate, por tres veces distintas saltó del trono con mucha precipitación receloso de perder allí su ejército. Tal fue por entonces el tenor de la contienda: el día después nada mejor les salió a los bárbaros el combate, al cual volvieron muy confiados de que, siendo tan pocos los enemigos, estarían tan llenos de heridas que ni fuerza tendrían para tomar las armas ni levantar los brazos. Pero los griegos, ordenados en diferentes cuerpos y repartidos por naciones, iban entrando por orden en la refriega, faltando solo los focidios, que habían sido destacados en la montaña para guardar una senda que allí había. Así que, viendo los persas que tan mal les iba el segundo día como les había ido el primero, se fueron otra vez retirando.

CCXIII. Hallábase el rey confuso no sabiendo qué resolución tomar en aquel negocio, cuando Efialtes, hijo de Euridemo, de patria meliense, pidió audiencia para el rey, esperando salir de ella muy bien premiado y favorecido. Declarole, en efecto, haber en los montes cierta senda[264] que iba hasta Termópilas, y con esta delación abrió camino a la ruina de los griegos que estaban allí apostados. Este traidor, temiendo después la venganza de los lacedemonios, huyose a Tesalia, y en aquella ausencia fue proscrito por los pilágoras, habiéndose juntado en Pilea el congreso general de los anfictiones, y puesta a precio de dinero su cabeza. Pasado tiempo, habiéndose restituido a Anticira, murió a manos de Atenades, natural de Traquinia; y si bien es verdad que Atenades le quitó la vida por cierto motivo, como yo en otro lugar explicaré,[265] con todo, no se lo premiaron menos los lacedemonios: Efialtes, en suma, pereció después.

CCXIV. Cuéntase también la cosa de otro modo; dícese que los que dieron aviso al rey y condujeron a los persas por el rodeo de los montes, fueron Onetes, hijo de Fanágoras, ciudadano caristio, y Coridalo, natural de Anticira.[266] Pero de ningún modo doy crédito a esta fábula, por dos razones: la una, porque debemos atenernos al juicio de los pilágoras, quienes, bien informados sin duda del hecho como diputados públicos de los griegos, no ofrecieron premio con su bando de proscripción por la cabeza de Onetes ni por la de Coridalo, sino solamente por la de Efialtes el traquinio; la otra, porque sabemos que Efialtes se ausentó por causa de este delito. Pudo muy bien Onetes, por más que no fuese meliense, tener noticia de aquella senda excusada, si por mucho tiempo había vivido en el país, no lo niego: solo afirmo que Efialtes fue el guía que les llevó por aquel rodeo del monte, y en el descubrimiento de la senda le cargo toda la culpa.

CCXV. Alegre Jerjes sobremanera, luego que tuvo por bien seguir el aviso y proyecto que Efialtes le proponía, despachó al punto para que lo pusiese por obra a Hidarnes con el cuerpo de tropas que mandaba. Salió del campo Hidarnes entre dos luces antes de cerrar la noche. Por lo que mira a dicha senda, los naturales de Mélide habían sido los primeros que la hallaron, y hallada, guiaron por ella a los tesalios contra los focidios, en el tiempo que estos, cabalmente por haber cerrado la entrada con aquel muro, se miraban ya puestos a cubierto de aquella guerra. Y desde que fue descubierta, habiendo pasado largo tiempo, nunca había ocurrido a los melienses hacer uso ninguno de aquella senda.

CCXVI. La dirección de ella comienza desde el río Asopo, que pasa por la quebrada de un monte, el cual lleva el mismo nombre que la senda, el de Anopea. Va siguiendo la Anopea por la espalda de la montaña y termina cerca de Alpeno, que es la primera de las ciudades de Lócride, por el lado de los melienses, cerca de la piedra que llaman del Melampigo, y cerca asimismo de los asientos de los Cercopes, donde se halla el paso más estrecho.

CCXVII. Habiendo, pues, los persas pasado el Asopo, iban marchando por la mencionada senda tal cual la describimos, teniendo a la derecha los montes de los eteos, y a la siniestra los de los traquinios. Al rayar del alba se hallaron en la cumbre del monte, lugar en que estaba apostado un destacamento de mil infantes focidios, como tengo antes declarado, con el objeto de defender su tierra y de impedir el paso de la senda, pues la entrada por la parte inferior estaba confiada a la custodia de los que llevo dicho; pero la senda del monte la guardaban los focidios, que de su voluntad se habían ofrecido a Leónidas para su defensa.

CCXVIII. Al tiempo de subir los persas a la cima del monte no fueron vistos, por estar todo cubierto de encinas; pero no por eso dejaron de ser sentidos de los focidios por el medio siguiente. Era serena la noche y mucho el estrépito que por necesidad hacían los persas, pisando tanta hojarasca como allí estaba tendida. Con este indicio vanse corriendo los focidios a tomar las armas, y no bien acaban de acomodárselas, cuando se presentan ya los bárbaros a sus ojos. Al ver estos allí tanta gente armada, quedan suspensos de pasmo y admiración, como hombres que, sin el menor recelo de dar con ningún enemigo, se encuentran con un ejército formado. Temiendo mucho Hidarnes no fuesen los focidios un cuerpo de lacedemonios, preguntó a Efialtes de qué nación era aquella tropa, y averiguada bien la cosa, formó sus persas en orden de batalla. Los focidios, viéndose herir con una espesa lluvia de saetas, retiráronse huyendo al picacho más alto del monte, creídos de que el enemigo venía solo contra ellos sin otro destino, y con este pensamiento se disponían a morir peleando. Pero los persas conducidos por Efialtes, a las órdenes de Hidarnes, sin cuidarse más de los focidios, fueron bajando del monte con suma presteza.

CCXIX. El primer aviso que tuvieron los griegos que se hallaban en Termópilas, fue el que les dio el adivino Megistias, quien, observando las víctimas sacrificadas, les dijo que al asomar la aurora les esperaba la muerte. Llegáronles después unos desertores,[267] que les dieron cuenta del giro que hacían los persas, aviso que tuvieron aún durante la noche. En tercer lugar, cuando iba ya apuntando el día, corrieron hacia ellos con la misma nueva sus centinelas diurnos, bajando de las atalayas. Entrando entonces los griegos en consejo sobre el caso, dividiéronse en varios pareceres: los unos juzgaban no convenía dejar el puesto, y los otros porfiaban en que se dejase; de donde resultó que, discordes entre sí, retiráronse los unos y separados se volvieron a sus respectivas ciudades, y los otros se dispusieron para quedarse a pie firme en compañía de Leónidas.

CCXX. Corre, no obstante, por muy válido, que quien les hizo marchar de allí fue Leónidas mismo, deseoso de impedir la pérdida común de todos; añadiendo que ni él ni sus espartanos allí presentes podían sin faltar a su honor dejar el puesto para cuya defensa y guarda habían una vez venido. Esta es la opinión a que mucho más me inclino, que como viese Leónidas que no se quedaban los aliados de muy buena gana, ni querían en compañía suya acometer aquel peligro, él mismo les aconsejaría que partiesen de allí, diciendo que su honor no le permitía la retirada, y haciendo la cuenta de que con quedarse en su puesto moriría cubierto de una gloria inmortal, y que nunca se borraría la feliz memoria y dicha de Esparta; y así lo pienso por lo que voy a notar. Consultando los espartanos el oráculo sobre aquella guerra en el momento que la vieron emprendida por el persa, respondioles la Pitia que una de dos cosas debía suceder: o que fuese la Lacedemonia arruinada por los bárbaros, o que pereciese el rey de los lacedemonios; cuyo oráculo les fue dado en versos hexámetros con el sentido siguiente: «Sabed, vosotros, colonos de la opulenta Esparta, que o bien la patria ciudad grande, colmada de gloria, será presa de manos persas, o bien, si dejare de serlo, verá no sin llanto la muerte de su rey el país lacedemonio. Ínclita prole de Heracles, no sufrirá este rey de toros ni de leones el ímpetu duro, sino ímpetu todo del mismo Zeus: ni creo que alce Zeus la mano fatal, hasta que lleve a su término una de dos ruinas». Contando Leónidas, repito, con este oráculo, y queriendo que recayese la gloria toda sobre los espartanos únicamente, creo más bien que licenciaría a los aliados, que no que le desamparasen tan feamente por ser de contrario parecer los que de él se separaron.

CCXXI. No es para mí la menor prueba de lo dicho la que voy a referir. Es cierto y probado que Leónidas no solo despidió a los otros, sino también al adivino Megistias, que en aquella jornada le seguía, siendo natural de Acarnania y uno de los descendientes de Melampo, a lo que se decía, quien por las señales de las víctimas les predijo lo que les había de acontecer; y le despidió para que no pereciese en su compañía. Verdad es que el adivino despedido no quiso desampararle, y se contentó con despedir a un hijo suyo, único que tenía, el cual militaba en aquella jornada.

CCXXII. Despedidos, pues, los aliados obedientes a Leónidas, fuéronse retirando, quedando solo con los lacedemonios, los tespieos y tebanos.[268] Contra su voluntad y a despecho suyo quedaban los tebanos, por cuanto Leónidas quiso retenérselos como en rehenes; pero con muchísimo gusto los tespieos, diciendo que nunca se irían de allí dejando a Leónidas y a los que con él estaban, sino que a pie firme morirían con ellos juntamente. El comandante particular de esta tropa era Demófilo, hijo de Diadromes.

CCXXIII. Entretanto, Jerjes al salir el sol hizo sus libaciones, y dejando pasar algún tiempo a la hora que suele la plaza estar llena ya de gente, mandó avanzar, pues así se lo había avisado Efialtes, puesto que la bajada del monte era más breve y el trecho mucho más corto que no el rodeo y la subida. Íbanse acercando los bárbaros salidos del campo de Jerjes, y los griegos conducidos por Leónidas, como hombres que salían a encontrar con la muerte misma,[269] se adelantaron mucho más de lo que antes hacían, hasta el sitio más dilatado de aquel estrecho, no teniendo ya como antes guardadas las espaldas con la fortificación de la muralla. Entonces, pues, viniendo a las manos con el enemigo fuera de aquellas angosturas los que peleaban en los días anteriores contenidos dentro de ellas, era mayor la riza y caían en más crecido número los bárbaros. A esto contribuía no poco el que los oficiales de aquellas compañías, puestos a las espaldas de la tropa con el látigo en la mano, obligaban a golpes a que avanzase cada soldado, naciendo de aquí que muchos caídos en la mar se ahogasen, y que muchos más, estrujados y hollados los unos a los pies de los otros, quedasen allí tendidos, sin curarse en nada del infeliz que perecía. Y los griegos, como los que sabían haber de morir a manos de las tropas que bajaban por aquel rodeo de los montes, hacían el último esfuerzo de su brazo contra los bárbaros, despreciando la vida y peleando desesperados.

CCXXIV. En el calor del choque, rotas las lanzas de la mayor parte de los combatientes espartanos, iban con la espada desnuda haciendo carnicería en los persas. En esta refriega cae Leónidas peleando como varón esforzado, y con él juntamente muchos otros famosos espartanos, y muchos que no eran tan celebrados, de cuyos nombres como de valientes campeones procuré informarme, y asimismo del nombre particular de todos los trescientos.[270] Mueren allí también muchos persas distinguidos e insignes, y entre ellos dos hijos de Darío, el uno Abrócomas y el otro Hiperantes, a quienes tuvo en su esposa Fragatune, hija de Artanes, el cual, siendo hermano del rey Darío, hijo de Histaspes y nieto de Arsames, cuando dio aquella esposa a Darío, le dio con ella, pues era hija única y heredera, su casa y hacienda.

CCXXV. Allí murieron peleando estos dos hermanos de Jerjes. Pero muerto ya Leónidas, encendiose cerca de su cadáver la mayor pelea entre persas y lacedemonios, sobre quiénes le llevarían, el cual duró hasta que los griegos, haciendo retirar por cuatro veces a los enemigos, le sacaron de allí a viva fuerza. Perseveró el furor de la acción hasta el punto que se acercaron los que venían con Efialtes, pues apenas oyeron los griegos que ya llegaban, desde luego se hizo muy otro el combate. Volviéndose atrás al paso estrecho del camino y pasada otra vez la muralla, llegaron a un cerro, y juntos allí todos menos los tebanos, sentáronse apiñados. Está dicho cerro en aquella entrada donde se ve al presente un león de piedra sobre el túmulo de Leónidas. Peleando allí con la espada los que todavía la conservaban, y todos con las manos y a bocados defendiéndose de los enemigos, fueron cubiertos de tiros y sepultados bajo los dardos de los bárbaros, de quienes unos les acometían de frente echando por tierra el parapeto de la muralla, y otros, dando la vuelta, cerrábanles en derredor.

CCXXVI. Y siendo así que todos aquellos lacedemonios y tespieos se portaron como héroes, es fama con todo que el más bravo fue el espartano Diéneces, de quien cuentan que como oyese decir a uno de los traquinios, antes de venir a las manos con los medos, que al disparar los bárbaros sus arcos cubrirían el sol con una espesa nube de saetas, tanta era su muchedumbre, diole por respuesta un chiste gracioso sin turbarse por ello; antes haciendo burla de la turba de los Medos, díjole que no podía el amigo traquinio darle mejor nueva, pues cubriendo los medos el sol se podría pelear con ellos a la sombra sin que les molestase el calor. Este dicho agudo, y otros como este, dícese que dejó a la posteridad en memoria suya el lacedemonio Diéneces.

CCXXVII. Después de este señaláronse mucho en valor dos hermanos lacedemonios, Alfeo y Marón, hijos de Orsifanto. Entre los tespieos el que más se distinguió aquel día fue cierto Ditirambo, que así se llamaba, hijo de Harmátides.

CCXXVIII. En honor de estos héroes enterrados allí mismo donde cayeron, no menos que de los otros que murieron antes que partiesen de allí los despachados por Leónidas, pusiéronse estas inscripciones: «_Contra tres millones pelearon solos aquí, en este sitio, cuatro mil peloponesios_». Cuyo epigrama se puso a todos los combatientes en común, pero a los espartanos se dedicó este en particular: «_Habla a los lacedemonios, amigo, y diles que yacemos aquí obedientes a sus mandatos_». Este a los lacedemonios: al adivino se puso el siguiente: «_He aquí el túmulo de Megistias, a quien dio esclarecida muerte al pasar el Esperqueo el alfanje medo: es túmulo de un adivino que supo su hado cercano sin saber dejar las banderas del jefe_». Los que honraron a los muertos con dichas inscripciones y con sus lápidas, excepto la del agorero Megistias, fueron los anfictiones, pues la del buen Megistias quien la mandó grabar fue su huésped y amigo Simónides, hijo de Leóprepes.

CCXXIX. Entre los 300 espartanos de que hablo, dícese que hubo dos, Éurito y Aristodemo, quienes pudiendo entrambos de común acuerdo o volverse salvos a Esparta, puesto que con licencia de Leónidas se hallaban ausentes del campo, y por enfermos gravemente de los ojos estaban en cama en Alpeno, o si no querían volverse a ella, ir juntos a morir con sus compañeros, teniendo con todo en su mano elegir uno u otro partido de estos, dícese que no pudieron convenir en una misma resolución. Corre la fama de que, encontrados en su modo de pensar, llegando a noticia de Éurito la sorpresa de los persas por aquel rodeo, mandó que le trajesen sus armas, y vestido, ordenó al ilota su criado que le condujese al campo de los que peleaban, y que el ilota después de conducirle allí se escapó huyendo; pero que Éurito, metido en lo recio del combate, murió peleando: el otro, empero, Aristodemo, se quedó de puro cobarde. Opino acerca de esto, a decir lo que me parece, que si solo Aristodemo hubiera podido por enfermo restituirse salvo a Esparta, o que si enfermos entrambos hubieran dado la vuelta, no habrían mostrado los espartanos contra ellos el menor disgusto. Pero entonces, pereciendo el uno y no queriendo el otro morir con él en un lance igual, no pudieron menos los espartanos de irritarse contra dicho Aristodemo.

CCXXX. Algunos hay que así lo cuentan, y que por este medio Aristodemo se restituyó salvo a Esparta; pero otros dicen que, destinado desde el campo a Esparta por mensajero, estando aún a tiempo de intervenir en el combate que se dio, no quiso concurrir a él, sino que esperando en el camino la resulta de la acción, logró salvarse; pero que su compañero de viaje, retrocediendo para hallarse en la batalla, quedó allí muerto.

CCXXXI. Vuelto Aristodemo a Lacedemonia, incurrió para con todos en una común nota de infamia, siendo tratado como maldito,[271] de modo que ninguno de los espartanos le daba luz ni fuego, ni le hablaba palabra, y era generalmente apodado llamándole Aristodemo el desertor. Pero él supo pelear de modo en la batalla de Platea, que borrase del todo la pasada ignominia.

CCXXXII. Cuéntase asimismo que otro de los 300, cuyo nombre era Pantites, que había sido enviado por nuncio a la Tesalia, quedó vivo; pero como de vuelta a Esparta se viese públicamente notar por infame, él mismo de pena se ahorcó.

CCXXXIII. Los tebanos a quienes mandaba Leontíades, todo el tiempo que estuvieron en el cuerpo de los griegos, peleaban contra las tropas del rey obligados de la necesidad; pero cuando vieron que se declaraba la victoria por los persas, separándose de los griegos que con Leónidas se retiraban aprisa hacia el collado, empezaron a tender las manos y acercarse más a los bárbaros, diciendo que ellos seguían el partido de los medos (y nunca más que entonces dijeron la pura verdad), que habían sido los primeros en entregar todas sus vidas y haciendas, la tierra y el agua al arbitrio del rey, que precisados de la violencia habían venido a Termópilas, ni tenían culpa en el daño y destrozo que había sufrido el soberano. Por estas razones que en su favor alegaban y de que tenían allí por testigos a los tesalios, dióseles cuartel, aunque no por eso lograron muy buen éxito, porque los bárbaros mataron a algunos al tiempo que los prendían conforme llegaban, y a los más, empezando por su general Leontíades, se les marcó por orden de Jerjes con las armas o sello real como viles esclavos. Hijo fue del dicho Leontíades aquel Eurímaco a quien algún tiempo después, siendo caudillo de 400 soldados tebanos, mataron los plateos, de cuya plaza se habían apoderado.

CCXXXIV. Así se portaron los griegos en aquel hecho de armas de Termópilas. Jerjes, haciendo llamar a Demarato, empezó a informarse de él en esta forma: «Dígote, Demarato, que eres muy hombre de bien, verdad que deduzco de la experiencia misma, viendo que cuanto me has dicho se ha cumplido todo puntualmente. Dime, pues, ahora: ¿cuántos serán los lacedemonios restantes y cuántos de los restantes serán tan bravos soldados como estos? ¿O todos serán lo mismo?». Respondió a esto Demarato: «Grande es, señor, el número de los lacedemonios,[272] y muchas son sus ciudades. Voy a deciros puntualmente lo que de mí queréis saber. Hay en Lacedemonia la ciudad de Esparta, que vendrá a tener cosa de 8000 hombres, y todos ellos guerreros tan valientes como los que acaban de pelear aquí. Los demás lacedemonios, si bien son todos gente de valor, no tienen empero que ver con ellos». A esto replicó Jerjes: «Ahora, pues, Demarato, quiero saber de ti por qué medio con menos fatiga lograremos sujetar a esos varones. Dimelo tú que, como rey que fuiste, debes de tener su carácter bien conocido».

CCXXXV. «Señor, respondió Demarato: miro como un deber en todo rigor de justicia el descubriros el medio más oportuno, ya que me honráis con vuestra consulta: este medio sería el que sacaseis vos de la armada 300 naves y las enviaseis contra las costas de Lacedemonia. Hay cerca de ellas una isla que se llama Citera,[273] de la cual solía decir Quilón, el hombre más político y sabio que allí se vio jamás, que mejor sería a los espartanos que el mar se la tragase, que no el que sobresaliese del agua, receloso siempre aquel varón de que por allí había de venirnos algún caso semejante al que ahora os propongo; no porque él ya previese entonces la venida de vuestra armada, sino por el recelo que de una armada, cualquiera que fuese, recibía. Digo, en una palabra, que apoderados los vuestros de aquella isla, amaguen desde ella contra los lacedemonios y les infundan miedo. Viéndose ellos de cerca amenazados con una guerra en casa, no haya temor que intenten esfuerzo alguno para salir al socorro de lo restante de la Grecia. Domado ya con esto lo demás de la región, quedará únicamente el estado de la Laconia, flaco ya por sí solo para la resistencia. Pero si vos no lo hacéis así, ved aquí lo que sucederá: hay en el Peloponeso un istmo estrecho, en cuyo puerto, coligados y conjurados contra vos todos los peloponesios, bien podéis suponer que pelearán con más esfuerzo y valor que no hasta aquí han peleado. Al revés si seguís mi consejo; sin disparar un tiro de ballesta, el Istmo y todas las plazas por sí mismas se entregarán».

CCXXXVI. Hallábase presente a este discurso Aquemenes, hermano que era de Jerjes, y general de las tropas de mar, quien, temeroso de que se dejase llevar el rey de tal consejo, le habló en estos términos: «Veo, señor, que dais oído, y no sé si crédito también, a las palabras y razones de ese hombre, que mira de mal ojo vuestras ventajas o que os urde aún algún tropiezo; pues tales son las artes que practican con más gusto los griegos: envidiar la dicha ajena, y aborrecer a los que pueden más. Pues si en el estado en que se halla nuestra armada con la desgracia de haber naufragado 400 naves, sacáis de ella otras 300 para que vayan a recorrer las costas del Peloponeso, sin duda los enemigos se hallarán por mar con fuerzas iguales a las nuestras. Unida, al contrario, la armada entera, a más de que no da lugar a ser fácilmente acometida, es tan superior que la enemiga de todo punto no es capaz de pelear con ella. A más de que junta así la armada escoltará al ejército, y el ejército a la armada, marchando al tiempo mismo; al paso que si hacéis esta separación de escuadras, ni vos podréis ayudarlas ni ellas a vos. Lo mejor es que deis buen orden en vuestras cosas, sin entrar en la mira de penetrar los intentos del enemigo, no cuidando del sitio donde os esperarán armados, de lo que harán, del número de tropas que puedan juntar. Allá se avengan ellos con sus negocios, que harto en malhora sabrán cuidarse de ellos; nosotros por nuestra parte cuidemos de los propios. Y si nos salen al encuentro los lacedemonios y cierran con el persa, mala se la pronostico; no saldrán sino con la cabeza rota».

CCXXXVII. «Bien me parece que hablas, Aquemenes, replicó luego Jerjes, y como tú lo dices lo haré. No deja Demarato de hablar de buena fe, diciendo lo que cree que más nos conviene, solo que no sabe pensar tan bien como tú; pues esotro de sospechar mal de su amistad y de que no favorezca mis cosas, no lo haré yo, movido así de lo que él mismo me previno, como de lo que entraña en sí el asunto. Verdad es que un ciudadano envidia por lo común a otro su vecino, a quien ve ir prósperos sus negocios, y que con no decirle verdad se le muestra enemigo. Entre esta clase de gente vengo en concederte que un vecino consultado fuese un prodigio de rectitud, y esos prodigios son a fe bien raros. Pero no cabe lo mismo entre huéspedes, ni hay quien quiera más bien a otro que un extraño a su huésped, a quien ve en buen estado, del cual si consultado fuere, le responderá siempre lo que tenga por mejor. Lo que mando y ordeno, en suma, es que nadie en adelante hable mal de mi buen amigo y huésped Demarato».