Los nueve libros de la Historia (2 de 2)
Part 21
CLXXXVI. Y siendo tan excesivo el número de esta gente de guerra, para mí tengo que no sería menor, sino mayor aún, la chusma en la comitiva de criados y de marineros en las embarcaciones de transporte, en especial en otras naves del convoy que al ejército seguían. Pero demos que el número de la gente del séquito fuese el mismo ni más ni menos que el de la guerra, y que compusiese aquella otras tantas miríadas como esta componía. Así, con este cómputo, la suma total que Jerjes, el hijo de Darío, condujo hasta Sepíade y Termópilas, subiría a 528 miríadas y 3220 hombres, que son 5.283.220 hombres.
CLXXXVII. Esta era, pues, la suma mayor del ejército de Jerjes, que el número cabal de las mujeres panaderas, de las concubinas y de los eunucos, no será fácil que nadie lo defina, como ni lo será tampoco el que se nos diga el número de tiros en los carros, bestias de carga y el de los perros indianos que allí iban. De suerte, que nada me maravilló que el agua de algunos ríos no bastase a satisfacer la sed de tanta turba; pero sí me admiro mucho de que hubiese víveres a mano para abastecer la necesidad de tantos millares de bocas, porque por mis cuentas hallo que llevando al día cada soldado la ración de un quénice (o celemín) de trigo, se gastarían diariamente once miríadas, o bien 110.310 medimnos o cargas del mismo grano, sin contar en este número los víveres para las mujeres, para los eunucos, para los bagajes y para los perros. Y entre tanta muchedumbre de gente no se hallaba nadie que en lo gentil de la persona y alto del talle, pareciera más digno y acreedor al mando soberano que el mismo rey Jerjes.
CLXXXVIII. Esta gran armada, después que emprendido el curso hubo ya llegado a cierta playa de la costa de Magnesia que está entre la ciudad de Castanea y la costa Sepíade, sacó a la orilla las primeras naves que allí arribaron; pero las que después llegaban, dejábanlas ancladas por su turno, de suerte que por no ser muy grande la playa, anclaron allí formando una escuadra de ocho naves de fondo, todas con la proa al agua. En este orden pasaron aquella noche; pero un poco antes del día, estando el cielo sereno y el mar tranquilo, levantóseles de repente una gran tempestad, hinchándoseles el agua con la furia del viento subsolano, al cual suelen los del país llamar Helespontias. Sucedió, pues, que todos los que observaron que el viento crecía y que por el puesto y orden que anclaban pudieron prevenir la tempestad sacando a tierra sus naves, todos quedaron salvos con ellas. Pero a todas las demás naves que el viento halló ancladas, se las fue llevando con furia, y arrojó las unas a un lugar que está en Pelión llamado _Ipnos_ (hornos), y las otras hacia las playas, de suerte que estas se estrellaban en Sepíade, aquellas en la ciudad de Melibea,[252] otras naufragaron en Castanea. Tan deshecha y formidable era la tormenta.
CLXXXIX. Es fama común que los atenienses, avisados por un nuevo oráculo que acababa de venirles, en que les decía que llamasen en su asistencia y socorro al _yerno_, invocaron con ruegos al Bóreas; pues que, según la tradición de los griegos, el viento o dios Bóreas estaba casado con una dama ática por nombre Oritía, hija de Erecteo. Movidos, pues, de tal parentesco, que la fama pública dio por valedero, conjeturaban los atenienses que sería el Bóreas aquel yerno del oráculo, y hallándose con la armada apostados en Calcis, ciudad de Eubea, luego que vieron iba arreciando la tormenta, o quizá antes que la tormenta naciese, invocaban en sus sacrificios al Bóreas y a Oritía que soplasen en su favor, y que hicieran fracasar las naves de los bárbaros, como antes lo habían hecho cerca de Atos. Si fue por estos ruegos y motivos que cargase el Bóreas sobre los bárbaros anclados, no puedo decirlo; solo digo que pretenden los atenienses que así como antes les había socorrido el Bóreas, él mismo fue entonces el que tales estragos a favor suyo ejecutó. Lo cierto es, que después de partidos de allí edificaron un templo a Bóreas cerca del río Iliso.[253]
CXC. En aquel contratiempo acaecido a los bárbaros, los que más cortos andan no bajan de 400 las naves que dicen haberse perdido allí, y con ellas un número infinito de gente, y una inmensidad de dinero y de cosas de valor. Aquel naufragio, en efecto, fue una mina de oro para un ciudadano de Magnesia llamado Aminocles, hijo de Cretines, que tenía en Sepíade una posesión, pues en algún tiempo recogió allí mucho vaso de oro y mucho asimismo de plata; allí encontró tesoros de los persas, allí logró infinitas preciosidades y alhajas de oro, de suerte que no siendo por otra parte hombre afortunado, vino a ser muy rico con tanto hallazgo; pero con él dolor y pena de ver muertos desastradamente a sus hijos.
CXCI. Fueron sin número las arcas cargadas de víveres y los otros buques que entonces perecieron. El destrozo en suma fue tal y tan grande, que los jefes de la armada, recelosos de que los tesalios, viéndolos tan abatidos y mal parados, no se dejasen caer sobre ellos, hicieron de las mismas tablas y reliquias del naufragio unas altas trincheras alrededor de su campo. Duró la borrasca por el espacio de tres días: al cuarto los magos, con víctimas humanas, con encantamientos del viento acompañados de aullidos, con sacrificios hechos a Tetis y a las nereidas, lograron que calmase, si no es que calmó de suyo sin la mediación de los magos. Y la causa que les movió a sacrificar a Tetis fue haber entendido de los jonios cómo aquella diosa había sido arrebatada por Peleo de aquel lugar, y que toda la costa de Sepíade estaba bajo la protección y tutela de Tetis y de las demás nereidas.
CXCII. Las centinelas diurnas de Eubea, bajando de sus eminencias, fueron corriendo a dar a los griegos la noticia de los estragos del naufragio el segundo día de la tempestad. Ellos, con este aviso, hechas sus súplicas y ofrecidas sus libaciones a Poseidón el Salvador, volviéronse con toda prisa a Artemisio, esperando hallar corto número de naves enemigas; y llegados segunda vez, anclaron cerca de aquel promontorio. Esta fue la primera que dieron a Poseidón el nombre de Salvador.
CXCIII. Luego que cesó el viento y calmaron las olas, los bárbaros, echando al agua sus naves, iban navegando por la costa del continente, y doblado el cabo de Magnesia, encaminaron las proas hacia el seno que lleva a Pagasas.[254] Hay allí en aquel golfo de Magnesia cierto lugar en donde dicen que Heracles, habiendo sido enviado a hacer aguada, fue abandonado de Jasón y de sus compañeros, los de la nave _Argos_, cuando viajaban hacia Ea[255] de Cólquide, en busca del vellocino de oro; pues desde aquel lugar, hecha la provisión de agua, habían resuelto hacerse a la vela; y este fue el motivo por el que se le dio al lugar el nombre de Áfetas, o abandono. Aquí fue donde dio fondo la escuadra de Jerjes.
CXCIV. Pero sucedió que quince naves de la misma que se habían quedado muy atrás en la retaguardia, como viesen las de los griegos que estaban en Artemisio, y creyesen aquellos bárbaros que serían de las suyas, fuéronse hacia ellas y dieron en manos de los enemigos. Era el comandante Sandoces, hijo de Tamasio y gobernador de Cima en la Eólida, a quien siendo uno de los jueces regios, había el rey Darío condenado antes a muerte de cruz, convencido del grave delito de haberse dejado cohechar con dinero en una causa que sentenció. Pendiente ya en la cruz el reo juez, mirando en ello Darío, halló que eran mayores los servicios hechos a la casa real por aquel ministro que los delitos cometidos; y parte por esto, parte por conocer que él mismo había obrado en aquello con más precipitación que acuerdo, le soltó y dio por libre. Así escapó con la vida de las manos del rey; pero entonces, dando por mar en las de los griegos, no había de tener la dicha de escapar segunda vez, porque viéndoles navegar los griegos hacia ellos, entendido luego el error y equivocación en que estaban, saliéndoles al encuentro, fácilmente los apresaron.
CXCV. En una de dichas naves fue preso Aridolis, señor de los alabadenses[256] que moran en Caria, y en otra lo fue asimismo Pentilo, hijo de Demónoo, jefe de los pafios, de donde, como hubiese conducido doce naves, perdidas después las once en la tempestad sufrida en la costa de Sepíade, navegando hacia Artemisio en la única que le quedaba, fue hecho prisionero. A todos estos cautivos, después de tomar lengua de ellos de cuanto querían saber tocante al ejército de Jerjes, enviaron los griegos atados al istmo de los corintios.
CXCVI. Así arribó a Áfetas la armada naval de los bárbaros, exceptuadas las quince naves que, como decía, eran mandadas por el general Sandoces. Jerjes, con el ejército de tierra, marchando por la Tesalia y por la Acaya, llegó al tercer día a la ciudad de los melienses, habiendo hecho en Tesalia la prueba de la caballería tesalia, de la que oía decir que era la mejor de toda la Grecia, ordenando un certamen ecuestre en que la hizo escaramuzar con la suya propia, y en el cual aquella caballería griega llevó de mucho la peor parte. Entre los ríos de Tesalia, el Onocono no dio por sí solo bastante agua al ejército con toda su corriente; ni entre los de la Acaya pudo el Epidano, siendo el mayor de todos, satisfacer sino escasamente a las necesidades de aquellas tropas.
CXCVII. Al marchar Jerjes hacia Alo, ciudad de la Acaya, queriéndole dar cuenta y razón de todo los guías del camino, íbanle refiriendo cierta historia y tradición nacional acerca del templo de Zeus el Lafistio. Decíanle cómo un hijo de Eolo, por nombre Atamante, de acuerdo y consentimiento con Ino, había maquinado dar la muerte a Frixo;[257] cómo después los aqueos, en fuerza de un oráculo, establecieron contra los descendientes de Frixo cierta ley gravosa, que fue prohibir a todo mayorazgo de aquella familia la entrada en su pritaneo, que llaman _leito_ los de Argos, colocando allí guardias para no dejarles entrar, y esto so pena que el que entrase allí no pudiese salir de modo alguno antes de ser destinado al sacrificio. Añadían también que muchos de aquella familia, estando ya condenados al sacrificio, por miedo de la muerte se habían huido a otras tierras, los cuales, si volvían después de pasado algún tiempo y podían ser cogidos, eran otra vez remitidos al pritaneo. Decían que la tal víctima, cubierta toda de lazos y guirnaldas y llevada en procesión, era al cabo inmolada, y que el motivo de ser así maltratados aquellos descendientes de Citisoro, que era hijo del mencionado Frixo, fue el siguiente: habían resuelto los aqueos, conforme cierto oráculo, que Atamante, hijo de Eolo, muriese como víctima propiciatoria por su país, y cuando estaban ya para sacrificarle, volviendo dicho Citisoro de Ea, ciudad de la Cólquide, librole de sus manos, y en pena de este atentado descargó Zeus el Lafistio la ira y furor contra sus descendientes. Jerjes, que tal había oído, cuando llegó cerca del templo y sagrado recinto, no solo se abstuvo de profanarlo, sino que prohibió a todo el ejército que nadie le violase, y aun a la casa de los descendientes de Atamante tuvo el mismo respeto con que había venerado aquel santuario.
CXCVII. Esto es lo que sucedió en Tesalia y en Acaya, de donde continuó Jerjes sus marchas hacia Mélide por la costa de aquel golfo, en el cual no cesa en todo el día el flujo y reflujo del mar.[258] Hay allí vecino al golfo un terreno llano, en unas partes espacioso y en otras muy angosto; alrededor de la llanura se levantan unos altos e inaccesibles montes, que cierran en torno toda la comarca Mélide y se llaman los Peñascos Traquinios. La primera ciudad que en aquel golfo se encuentra al venir de Acaya es Anticira,[259] bañada por el río Esperqueo, que corre desde los enianes y desagua en el mar. Después de este río, a distancia de 20 estadios, hay otro que se llama el Diras, del cual es fama que apareció allí de repente para socorrer a Heracles mientras se estaba abrasando; pasado este, cosa de otros 20 estadios, se da con otro río llamado el Melas.
CXCIX. Distante del Melas por espacio cinco estadios está una ciudad llamada Traquinia, y por aquella parte donde se halla situada es por donde se extiende más a lo ancho todo el país desde los montes hacia el mar, pues se cuentan allí 22.000 pletros o yugadas de llanura. En el monte que ciñe la comarca traquinia se descubre una quebrada que cae al mediodía de Traquinia, y pasando por ella el río Asopo va corriendo al pie de la montaña.
CC. Al mediodía del Asopo corre otro río no grande, llamado el Fénix, que bajando de aquellos montes va a desaguar en el Asopo. El paso más estrecho que hay allí es el que está cerca del río Fénix, en donde no queda más espacio que el de un solo camino de ruedas, abierto allí por el arte. Desde el río Fénix hasta llegar a Termópilas se cuentan 15 estadios, y a la mitad de este camino, entre el río Fénix y Termópilas, se halla una aldea llamada Antela, por donde pasando el Asopo desemboca en el mar. Ancho es el sitio que hay cerca de dicha aldea y en donde está edificado el templo de Deméter la Anfictiónide,[260] los asientos de los Anfictiones y el templo también del mismo Anfictión.
CCI. Volviendo a Jerjes, tenía este su campo en la comarca traquinia de Mélide, y los griegos el suyo en aquel paso estrecho que es el lugar al que la mayor parte de los griegos llaman Termópilas, si bien los del país y los comarcanos le dan el nombre de Pilas. Estaban, pues, como digo, acampados unos y otros en aquellos lugares: ocupaba el rey todo el distrito que mira al Bóreas hasta la misma Traquinia; los griegos el que tira al mediodía en aquel continente.
CCII. Era el número de los griegos apostados para esperar al rey en aquel lugar: de los espartanos 300 hóplitas; de los tegeos y mantineos 1000, 500 de cada uno de estos pueblos; de Orcómeno, ciudad de la Arcadia, 120; de lo restante de la misma Arcadia, 1000, y este era a punto fijo el número de los arcadios; de Corinto, 400; de Fliunte, 200; y de los de Micenas, 80; siendo estos todos los que se hallaban presentes venidos del Peloponeso; de los beocios 700 tespieos y 400 tebanos.
CCIII. A más de los dichos, habían sido convocados los locros opuntios[261] con toda su gente de armas y mil soldados más de los focidios. Habíanlos llamado los griegos enviándoles unos mensajeros que les dijesen cómo ellos se adelantaban ya, precursores de los demás, a ocupar aquel paso, y que de día en día esperaban allí a los otros aliados que estaban en camino; que por lo tocante al mar estaba cubierto y guardado con las escuadras de los de Atenas, de los de Egina y de los restantes pueblos que tenían fuerzas navales; que no tenían por qué temer ni desmayar, pues no era ningún dios venido del cielo, sino un hombre mortal, el enemigo común de la Grecia invadida; que bien sabían ellos que ni había existido mortal alguno, ni había de haberlo jamás, que desde el día de su nacimiento no estuviese expuesto a los reveses de la fortuna, tanto más grandes cuanto más lo fuese su estado y condición; en suma, que siendo un hombre de carne y hueso el que venía a acometerles, no podía menos de tener algún tropiezo en que, humillado, conociese que lo era. Así les hablaron, y con estas razones se resolvieron aquellos a enviar sus socorros a Traquinia.
CCIV. Tenían dichas tropas, a más del comandante respectivo de cada una de las ciudades, por general de todo aquel cuerpo, a quien todos sobremanera respetaban, al lacedemonio Leónidas, hijo de Anaxándridas y descendiente de varón en varón de los principales personajes siguientes: León, Euricrátidas, Anaxandro, Eurícrates, Polidoro, Alcámenes, Téleclo, Arquelao, Egesilao, Doriso, Leobotes, Equestrato, Agis, Eurístenes, Aristodemo, Aristómaco, Cleodeo, Hilo y Heracles. Había el citado general Leónidas sido hecho rey en Esparta del siguiente modo, fuera de lo que se esperaba:
CCV. Como tuviese dos hermanos mayores, el uno Cleómenes y el otro Dorieo, bien lejos estaba de pensar que pudiese recaer el cetro en sus manos. Pero habiendo muerto Cleómenes sin hijo varón y no sobreviviéndole ya Dorieo, que había acabado sus días en Sicilia, vino la corona por estos accidentes a sentarse rodando en las sienes de Leónidas, siendo mayor que su hermano Cleómbroto, el menor de los hijos de Anaxándridas, y estando mayormente casado con una hija que había dejado el rey Cleómenes. Entonces, pues, se fue a Termópilas el rey Leónidas, habiendo escogido en Esparta 300 hombres de edad varonil y militar que ya tenían hijos. Con ellos había juntado el número de tebanos que llevo dicho, a cuyo frente iba por comandante nacional Leontíades, hijo de Eurímaco.[262] El motivo que había determinado a Leónidas a que procurase llevar consigo a los tebanos con tanta particularidad, fue la mala fama que de ellos, como de partidarios del medo, corría muy válida. Bajo este supuesto les convidó a la guerra, para ver si concurrían a ella con los demás, o si manifiestamente se apartaban de la alianza de los otros griegos. Enviaron los tebanos sus soldados, si bien seguían aquel partido con ánimo discordante.
CCVI. Enviaron delante los espartanos esta tropa capitaneada por Leónidas con la mira de que los otros aliados quisiesen con aquel ejemplo salir a campaña y de impedir que se entregasen al medo, oyendo decir que dilataban en tardanzas aquella empresa. Por su parte estaban ya resueltos a salir con todas sus fuerzas, dejando en Esparta la guarnición necesaria, luego de celebradas las _Carneas_, que eran unas fiestas anuas que les obligaban a la detención. Lo mismo que ellos pensaban hacer los otros griegos sus aliados por razón de concurrir en aquella misma sazón de tiempo a los juegos olímpicos,[263] y con esto, pareciéndoles que no se vendría tan presto a las manos en Termópilas, enviaron allá adelantadas sus tropas como precursores suyos.
CCVII. Esto era lo que pensaban hacer aquellos griegos; pero los que estaban ya en Termópilas, cuando supieron que se hallaba el persa cerca de la entrada, deliberaban llenos de pavor si sería bien dejar el puesto. Los otros peloponesios, en efecto, eran de parecer que convenía volverse al Peloponeso y guardar el Istmo con sus fuerzas; pero Leónidas, viendo a los locros y focidios irritados contra aquel modo de pensar, votaba que era preciso mantener el mismo puesto, enviando al mismo tiempo mensajeros a las ciudades, que las exhortasen al socorro, por no ser ellos bastantes para rebatir el ejército de los medos.
CCVIII. Entretanto que esto deliberaban, envió allá Jerjes un espía de a caballo, para que viese cuántos eran los griegos y lo que allí hacían, pues había ya oído decir, estando aún en Tesalia, que se había juntado en aquel sitio un pequeño cuerpo de tropas, cuyos jefes eran los lacedemonios, teniendo al frente a Leónidas, príncipe de la familia de los Heráclidas. Después que estuvo el jinete cerca del campo, si bien no pudo observar todo el campamento, no siéndole posible alcanzar con los ojos a los que acampaban detrás de la muralla, que reedificada guardaban con su guarnición, pudo muy bien observar con todo los que estaban delante de ella en la parte exterior, cuyas armas yacían allí tendidas por orden. Quiso la fortuna que fuesen los lacedemonios a quienes tocase entonces por turno estar allí apostados. Vio, pues, que unos se entretenían en los ejercicios gimnásticos y que otros se ocupaban en peinar y componer el pelo: mirando aquello el espía, quedó maravillado haciéndose cargo de cuántos eran: certificose bien de todo y dio la vuelta con mucha paz y quietud, no habiendo nadie que le siguiese, ni que hiciese caso ninguno de él. A su vuelta dio cuenta a Jerjes de cuanto había observado.
CCIX. Al oír Jerjes aquella relación, no podía dar en lo que era realmente la cosa, sino prepararse los lacedemonios a vender la vida lo más caro que pudiesen al enemigo. Y como tuviese lo que hacían por sandez y singularidad, envió a llamar a Demarato, el hijo de Aristón, que se hallaba en el campo; y cuando lo tuvo en su presencia, le fue preguntando cada cosa en particular, deseando Jerjes entender qué venía a ser lo que hacían los lacedemonios. Díjole Demarato: «Señor, acerca de estos hombres os informé antes la verdad cuando partimos contra la Grecia. Vos hicisteis burla de mí al oírme decir lo que yo preveía había de suceder. No tengo mayor empeño que hablar verdad tratando con vos: oídla ahora también de mi boca: Sabéis que han venido esos hombres a disputarnos la entrada con las armas en la mano, y que a esto se disponen; pues este es uso suyo, y así lo practican, peinarse muy bien y engalanarse cuando están para ponerse a peligro de perecer. Tened por seguro que si vencéis a estas tropas y a las que han quedado en Esparta, no habrá, señor, ninguna otra nación que se atreva a levantar las manos contra vos; pero reparad bien ahora que vais contra la capital misma, contra la ciudad más brava de toda la Grecia, contra los más esforzados campeones de todos los griegos». Tal respuesta pareció a Jerjes del todo inverosímil, y preguntole segunda vez que le dijese cómo era posible que siendo ellos un puñado de gente y nada más, se hubiesen de atrever a pelear con su ejército; a lo cual respondió Demarato: «Convengo, señor, en que me tengáis por embustero si no sucede todo puntualmente como os lo digo».
CCX. No por esto logró que le diese crédito Jerjes, quien se estuvo quieto cuatro días esperando que los griegos se entregasen por instantes a la fuga. Llegado el quinto, como ellos no se retirasen de su puesto, pareciole a Jerjes que nacía aquella pertinacia de mera desfachatez y falta de juicio, y lleno de cólera envió contra ellos a los medos y cisios, con la orden formal de que prendiesen a aquellos locos y se los presentasen vivos. Acometen con ímpetu gallardo los medos a los griegos, caen muchos en la embestida, vanles otros sucediendo de refresco, y por más que se ven violentamente repelidos, no vuelven pie atrás. Lo que sin duda logran con aquello es hacer a todos patente, y mayormente al mismo rey, que tenía allí muchos hombres, pero pocos varones esforzados. La refriega empezada duró todo aquel día.
CCXI. Como los medos se retirasen del choque, después de muy mal parados en él, y fuesen a relevarles los persas entrando en la acción, hizo venir el rey a los Inmortales, cuyo general era Hidarnes, muy confiado en que estos se llevarían de calle a los griegos sin dificultad alguna. Entran, pues, los Inmortales a medir sus fuerzas con los griegos, y no con mejor fortuna que la tropa de los medos, antes con la misma pérdida que ellos, porque se veían precisados a pelear en un paso angosto, y con unas lanzas más cortas que las que usaban los griegos, no sirviéndoles de nada su misma muchedumbre. Hacían allí los lacedemonios prodigios de valor, mostrándose en todo guerreros peritos y veteranos en medio de unos enemigos mal disciplinados y bisoños, y muy particularmente cuando al volver las espaldas lo hacían bien formados y con mucha ligereza. Al verlos huir los bárbaros en sus retiradas, daban tras ellos con mucho alboroto y gritería; pero al irles ya a los alcances, volvíanse los griegos de repente, y haciéndoles frente bien ordenados, es increíble cuánto enemigo persa derribaban, si bien en aquellos encuentros no dejaban de caer algunos pocos espartanos. Viendo los persas que no podían apoderarse de aquel paso, por más que lo intentaron con sus brigadas divididas, y con sus fuerzas juntas, desistieron al cabo de la empresa.