Los nueve libros de la Historia (2 de 2)
Part 20
CLXIII. Sucedió, pues, que embarcados ya los embajadores griegos para la Grecia, después de estas conferencias, Gelón, receloso por una parte de que no tendrían los griegos fuerzas bastantes para vencer al bárbaro, y no pudiendo por otra sufrir la mengua y desdoro de obedecer a los lacedemonios, siendo soberano de Sicilia, en caso de pasar con sus tropas al Peloponeso, dejando este medio, echó mano de otro más seguro.[237] Apenas oyó decir que el persa ya había pasado el Helesponto, despachó luego con tres galeotas o pentecónteros para Delfos a Cadmo, hijo de Escites, y natural de Cos, bien provisto de dinero y encargado de una embajada muy atenta. Mandole que esperase el éxito de la batalla, y si el bárbaro salía con la victoria, que le regalase en su nombre aquel dinero y le entregase el reino de Gelón, dándole la tierra y el agua; pero si salían victoriosos los griegos, que diese la vuelta a Sicilia.
CLXIV. Era este Cadmo un hombre tal, que habiendo heredado de su padre el principado de Cos, quieto a la sazón y pacífico sin peligro de mal alguno, él, con todo, de su voluntad y por amor únicamente de la justicia, renunció en manos de los Cos el gobierno, y pasó a Sicilia, donde en compañía de los samios fundó la ciudad de Zancle, que mudó después este nombre en el de Mesana, en la cual él mismo habitaba.[238] A este Cadmo, repito, venido a Sicilia del modo referido, envió allá Gelón, movido de su entereza, que en otras ocasiones tenía bien conocida. Y en efecto, a más de otras muchas pruebas que de su hombría de bien había dado, dio entonces una de nuevo que no fue de menor consideración, pues teniendo en su poder tan grandes sumas de dinero como le había fiado Gelón, no quiso alzarse con ellas pudiendo hacerlo impunemente, sino que al ver que habían salido victoriosos los griegos en la batalla naval, de cuyas resultas huía Jerjes con su armada, púsose luego en viaje para Sicilia, volviendo allá con todos aquellos tesoros.
CLXV. No obstante lo dicho, es fama entre los vecinos de Sicilia, que se hubiera Gelón vencido a si mismo, a pesar de la repugnancia que sentía en tener que obedecer a los lacedemonios, dando socorro a los griegos, si por aquel mismo tiempo no hubiera querido la fortuna que el tirano de Hímera[239] Terilo, hijo de Crinipo, arrojado antes de ella por el señor de los acraganteos, Terón, el hijo de Enesidemo, condujese a Sicilia un ejército de trescientos mil combatientes, compuesto de fenicios, libios, iberos, ligures, elísicos,[240] sardonios y cirnios, a cuyo frente venía Amílcar, hijo de Hannón, rey o general de los cartagineses. Había Terilo logrado el juntar tan poderoso ejército, valiéndose así de la alianza y amistad que con Amílcar tenía, como principalmente del favor y empeño de Anaxilao, hijo de Cretines y señor de Regio, quien no había dudado en dar sus mismos hijos en rehenes a Amílcar, con la mira de vengar la injuria hecha a Terilo su suegro, con cuya hija, llamada Cidipe, había casado Anaxilao. Con esto, pues, quieren decir que no pudiendo Gelón socorrer a los griegos, resolviose enviar a Delfos aquel dinero.
CLXVI. A lo dicho también añaden que en un mismo día sucedió que vencieran en Sicilia Gelón y Terón al cartaginés Amílcar, y los griegos al persa en Salamina;[241] y aun oigo decir que Amílcar, hijo de padre cartaginés y de madre siciliana, a quien su valor y prendas habían merecido la dignidad de rey de los cartagineses, después de dada la batalla en que fue vencido, desapareció de todo punto, no habiendo parecido ni vivo ni muerto en parte alguna, a pesar de las diligencias de Gelón, que por donde quiera hizo buscarle.
CLXVII. Los cartagineses por su parte, guiados quizá por una conjetura razonable, cuentan el caso diciendo que aquella batalla de los bárbaros contra los griegos que en Sicilia se dio, empezó desde la madrugada, y duró hasta el cerrar de la noche; tan largo quieren que fuese el combate: que Amílcar, entretanto, estábase en sus reales ofreciendo de continuo sacrificios, todos de buen agüero, y quemando en holocausto sobre una gran pira las víctimas enteras; pero que al ver la derrota de los suyos, así como se hallaba haciendo libaciones sobre los sacrificios se arrojó de golpe en aquel fuego, y así abrasado y consumido desapareció. Lo cierto es que ora desapareciese Amílcar del modo que dicen los fenicios, ora del otro que cuentan los siracusanos, es tenido por héroe, a quien hacen sacrificios y a cuya memoria no solo en las colonias cartaginesas se han erigido monumentos, pero aun en Cartago misma se le edificó uno grandísimo. Y baste ya lo dicho de Sicilia.
CLXVIII. Pero los corcireos, contentos con dar buenas palabras a los enviados, no pensaban en hacerles obra buena; porque encarados con ellos los mismos embajadores que fueron a Sicilia y proponiéndoles las razones mismas que a Gelón propusieron, los de Corcira, desde luego se les ofrecieron a todo, prometiendo enviarles las tropas en su socorro, añadiendo que bien veían ellos que no les convenía desamparar la Grecia y dejarla perecer, que perdida esta cargaría sin la menor dilación sobre sus cervices el yugo de la esclavitud persa, que sus mismos intereses les obligaban a hacer todo esfuerzo posible para defenderla: tan especiosa fue la respuesta que les dieron. Pero cuando vino el tiempo crítico del socorro, con miras bien contrarias armaron sesenta naves, y hechos a la vela, floja y pesadamente llegaron al cabo al Peloponeso. Allí, cerca de Pilos y del Ténaro[242] echaron ancla en las costas de los lacedemonios, estándose también a la mira a ver en que pararía la guerra, desconfiados de que pudiesen vencer los griegos, y persuadidos de que el persa, tan superior en fuerzas, se apoderaría de toda la Grecia. Así que ellos obraban de modo que llevaban estudiada ya la arenga para el persa en estos términos: «Nosotros, señor, por más que fuimos solicitados de los griegos para entrar en la liga y haceros la guerra, no quisimos ir contra vos ni daros que sentir en cosa alguna, y esto no siendo las más cortas nuestras fuerzas, ni el número de nuestras naves el menor, antes bien el más crecido después de los de Atenas». Con estas razones esperaban sacar del persa un partido ventajoso y superior al de los otros, ni les saliera vana su esperanza a mi modo de entender; y para con los griegos llevaban prevenida también su excusa, de que después en efecto se valieron; porque como les culpasen los griegos por no haberles socorrido, respondieron que de su parte habían hecho su deber armando sesenta galeras; que el mal había estado en no poder doblar el promontorio de Malea impedidos de los vientos etesios, y que con esto no habían arribado a Salamina, donde sin culpa ni engaño alguno habían llegado algo después de la batalla naval. Con este pretexto procuraron engañar a los griegos.
CLXIX. Por lo que mira a los de Creta, después que les convidaron los enviados de la Grecia para la confederación, destinaron ellos de común acuerdo sus remeros a Delfos, encargados de saber de aquel oráculo si les sería de provecho socorrer a la Grecia, a quienes respondió la Pitia: «¡Simples de vosotros! Quejosos de los desastres que os envió furioso Minos, en pago de la defensa y socorro dado a Menelao, no acabáis de enjugar vuestras lágrimas. Vengose Minos porque no habiendo los griegos concurrido a vengar la muerte que en Cámico se le dio, vosotros con todo salisteis en compañía de ellos a vengar a una mujer que robó de Esparta un hombre bárbaro». Lo mismo fue oír los cretenses el tenor del oráculo traído, que suspender el socorro a favor de los griegos.
CLXX. Aludía el oráculo a lo que se dice de Minos, quien habiendo llegado en busca de Dédalo a Sicania, que ahora llamamos Sicilia, acabó allí sus días con una muerte violenta;[243] que pasado algún tiempo, los cretenses, a quienes Dios incitaba a la venganza, todos de común acuerdo, excepto solamente los de Policna y Presio, pasando a Sicilia con una poderosa armada, sitiaron por cinco años a la ciudad de Cámico que poseen al presente los de Agrigento; pero como al cabo ni la pudiesen rendir ni prolongar más el sitio por falta de víveres, la dejaron libre y se volvieron. Que cuando en su navegación estuvieron en las costas de la Yapigia, les cogió una tempestad que les arrojó a la playa, y que perdidas en el naufragio o fracasadas las naves, como les pareciese imposible el regreso a Creta, se vieron precisados a quedarse allí en la ciudad de Hiria,[244] que fundaron ellos mismos, en donde, mudándose el nombre, en vez de cretenses se llamaron yapiges mesapios, y dejando de ser isleños, se hicieron moradores de tierra firme. Que desde Hiria salieron a fundar otras ciudades, de donde como mucho tiempo después quisiesen desalojarlos los tarentinos, fueron rotos y deshechos totalmente, de suerte que la matanza así de los de Regio como de los de Tarento allí sucedida, fue la mayor de cuantas sepa yo haber padecido los griegos; pues entonces fue cuando 3000 ciudadanos de Regio a quienes Micito, hijo de Quero, obligó a tomar las armas en socorro de los tarentinos, perecieron del mismo modo que sus aliados; si bien no pudo hacerse el cómputo de los tarentinos que allí murieron. Y este Micito de que hablo fue aquel que, siendo criado de la familia de Anaxilao, se quedó por gobernador de Regio, de donde arrojado después pasó a Tegea la de los arcadios, y erigió en Olimpia muchas estatuas.
CLXXI. Pero dejada ya esta digresión que hice de mi historia para decir algo de las cosas de Regio y de Tarento, volvamos a Creta, adonde, según cuentan los presios, pasaron a vivir como en una tierra despoblada muchos hombres, especialmente de los griegos.[245] En la tercera edad, después de muerto Minos, sucedió la expedición contra Troya, en la cual no se mostraron los cretenses los peores defensores de Menelao, en pena de cuya defensa y del descuido de vengar a Minos, vueltos ya de Troya, viéronse asaltados del hambre y de la peste, así hombres como ganados; de suerte que habiendo sido segunda vez despoblada Creta, son los cretenses que ahora la habitan los terceros colonos de ella mezclados con los pocos que allí habían quedado. La Pitia, al fin, recordando a los cretenses estas memorias, les hizo desistir del socorro que deseaban dar a los griegos.
CLXXII. Los tesalios, aunque siguieron por fuerza al principio el partido de los medos, mostraron después que no les placían las artes y designios de los Alévadas; porque luego que entendieron estar ya el persa para pasar a Europa, enviaron sus embajadores al Istmo, sabiendo que allí se había juntado un congreso de los diputados de la Grecia, varones escogidos de todos los pueblos que seguían el partido mejor a favor de la independencia de la misma. Llegados allá los embajadores de los tesalios, hablaron en esta conformidad: «Nosotros, oh varones griegos, sabemos bien que para que la Tesalia, y con ella toda la Grecia, quede a cubierto de la guerra, es menester guardar bien la entrada del monte Olimpo, la cual nosotros estamos prontos a custodiar en compañía vuestra; si bien os prevenimos que a este fin es preciso enviar allá mucha tropa. Pero una cosa queremos que entendáis: que si no queréis enviarnos guarnición, nosotros nos compondremos con el persa; pues no es razón que nosotros solos, apostados en tanta distancia para la guardia y defensa del resto de la Grecia, seamos las víctimas de toda ella, mayormente no teniendo vosotros derecho que nos pueda obligar a tanto, si no queremos nosotros; pues el no poder más, puede más que el deber. Veremos nosotros, en suma, cómo poder quedar salvos».
CLXXIII. Tal fue el discurso de los tesalios, en fuerza de cuya representación acordaron los griegos enviar a Tesalia por mar un ejército de infantes que guardase aquellas entradas, el cual, luego de levantado y junto, navegó allá por el Euripo. Así que la gente hubo llegado a Alo, ciudad de Acaya,[246] saltó en tierra, y dejadas las naves, marchaba hacia Tesalia, hasta que en Tempe se apostó en aquella entrada que desde Macedonia la baja lleva a Tesalia por las riberas del Peneo entre los dos montes Olimpo y Osa. En aquel puesto atrincheraron los hóplitas o infantes griegos, que venían a ser 10.000, con quienes se juntó la caballería de los tesalios. Eran dos sus comandantes: uno el de los lacedemonios, por nombre Eveneto, hijo de Careno, quien a pesar de no ser de familia real, había sido nombrado para este mando como uno de los polemarcos u oficiales mayores; otro el de los atenienses, llamado Temístocles, hijo de Neocles. Detuviéronse allí las tropas unos pocos días: el motivo de ello fue que unos enviados allá de parte de Alejandro, soberano de la Macedonia e hijo de Amintas, les aconsejaron que se retirasen si no querían ser atropellados y aun pisados en aquel estrecho paso por el ejército enemigo, significándoles cuán innumerable era el ejército de tierra y la copia de naves. Al oír el aviso y consejo que les daba el macedonio, teniéndolo por acertado y mirándolo nacido de un ánimo amigo y de buen corazón, resolviéronse a seguirlo; aun cuando lo que en efecto les impelió más a ello, a mi juicio, fue el miedo o desconfianza de lograr su intento, oyendo decir que a más de aquella entrada había otra para la Tesalia yendo por los perrebos en la alta Macedonia y por la ciudad de Gonos,[247] que fue el camino por donde entró cabalmente el ejército de Jerjes. Con esto, embarcadas de nuevo las tropas griegas, se volvieron al Istmo.
CLXXIV. En esto vino a parar el subsidio destinado a guarnecer la Tesalia, cuando el rey, que se hallaba ya en Abido, estaba para pasar desde el Asia a la Europa. Viéndose, pues, los tesalios destituidos de aliados, se entregaron con tanta resolución y empeño al partido de los medos, que a juicio del mismo rey fueron los que mejor y con más utilidad le sirvieron en aquella ocasión.
CLXXV. Vueltos al Istmo los griegos, movidos del aviso que les había dado Alejandro, entraron de nuevo en consulta dónde sería mejor oponerse al enemigo y qué región fuese más oportuna para teatro de aquella guerra. La opinión más seguida fue que convenía ocupar la entrada en las Termópilas, así por parecerles que era más angosta que la que da paso a la Tesalia, como también por estar más cercana y vecina de la Grecia propia. Ayudoles a ello no tener por entonces noticia de cierta senda de que ni los mismos griegos que después perecieron cogidos en Termópilas la tuvieron antes que de ella les informasen los traquinios,[248] hallándose ya en aquellas angosturas. Acordaron, pues, guardar aquel paso para impedir que el bárbaro entrase en la Grecia, y despachar al mismo tiempo las escuadras hacia Artemisio y la costa histieótida. Y así lo resolvieron, por estar tan vecinos aquellos dos puestos que en cada uno se podía saber lo que en el otro sucediese.
CLXXVI. Explicaré la situación de tales lugares: desde el mar ancho de la Tracia empieza a encerrarse el dicho Artemisio en un canal estrecho que corre entre la isla de Escíatos y el continente de Magnesia. Desde el estrecho de Eubea comienza la playa después del promontorio de Artemisio, en la cual está el templo de Artemisa. Por lo que mira a la entrada en Grecia por Traquinia, viene a tener un medio pletro (yugada) donde más se estrecha; si bien esta estrechez suma no es la misma en todo aquel paso, sino solamente un poco antes de acercarse y después de dejar las Termópilas; y aun el camino cerca de Alpeno, que deja a las espaldas, solo da lugar a un carro; y pasando adelante al lado del río Fénix y cerca de la ciudad de Antela, otra vez solo hay paso para un carro. Al poniente de las Termópilas se levanta un monte alto, inaccesible y escarpado que va hasta el Eta, y por el levante de las mismas el mar estrecha aquel camino juntamente con unas lagunas y cenagales. Hay en aquella entrada unos baños de agua caliente, que los naturales llaman ollas, y en ellos se deja ver un altar erigido en honra de Heracles. Antiguamente se había levantado una muralla en aquel paso y en ella había puertas: sus constructores fueron los focidios por miedo de los tesalios, viendo que estos desde la Tesprotia habían pasado a vivir en la región Eólida,[249] que es la que al presente poseen; porque como los tesalios procurasen sujetar a los focidios, opusiéronle estos aquel reparo para su defensa, y entonces fue cuando discurriendo todos los medios para impedir que pudiesen invadirles su tierra, dieron curso por aquella entrada a las fuentes de agua caliente. Verdad es que aquel muro viejo desde tan antiguo edificado, se hallaba ya con el tiempo por la mayor parte desmoronado y caído; y con todo, resolvieron los griegos que convenía repararle y cerrar al bárbaro con aquel reparo el paso para la Grecia. Muy cerca de aquel camino hay una aldea llamada Alpeno, en donde pensaron los griegos que podrían proveerse de víveres.
CLXXVII. Estos parajes parecieron a los griegos los más aptos para su defensa; pues miradas atentamente y pesadas todas las circunstancias, convinieron en que debían esperar al bárbaro invasor de la Grecia en un puesto tal, en que no pudiera servirse de la muchedumbre de sus tropas y mucho menos de su caballería; y luego que supieron que el persa se hallaba ya en Pieria, partiéndose del Istmo, unos se fueron por tierra a Termópilas con sus tropas, los otros por mar a Artemisio con sus galeras.
CLXXVIII. Los griegos destinados al socorro de la patria iban a prestársele con toda puntualidad. Los delfios entretanto, solícitos por su salvación y por la de la Grecia, consultaron acerca de ella a aquel su dios. La respuesta del oráculo fue que se encomendasen muy de veras a los vientos, que ellos serían los mejores aliados y compañeros de armas de la Grecia. Recibido este oráculo, diéronse luego prisa los de Delfos a comunicar con aquellos griegos que querían conservar su libertad lo que se les había respondido; medio con que se ganaron sumamente el favor y gracia de los pueblos a quienes el bárbaro tenía amedrentados. Hecho esto, alzaron los delfios en honor de los vientos una ara en Tyia, allí donde Tuya,[250] la hija de Cefiso, tiene su recinto sagrado, tomando de ella nombre aquel lugar, y les hicieron sacrificios; en fuerza de cuyo oráculo aun hoy día los delfios con sacrificios aplacan a los vientos.
CLXXIX. Para volver a la armada de Jerjes, habiendo salido de la ciudad de Terma, envió delante diez naves las más ligeras de todas en derechura hacia Escíatos, en donde los griegos tenían adelantadas tres galeras de observación, una de Trecén, otra de Egina, y otra de Atenas, y al descubrir estas las naves de los bárbaros entregáronse luego a la fuga.
CLXXX. Los bárbaros, dando caza a la galera trecenia en que iba por capitán Praxino, muy presto la rindieron; y luego, cogiendo al soldado que hallaron el más gallardo de la tripulación, le degollaron encima de la proa de la nave, interpretando a buen agüero el que fuera tan bello y gentil el primero de los griegos que prendieron. Llamábase León el degollado, nombre que tal vez contribuyó a que fuese la primera víctima de los persas.
CLXXXI. La galera de Egina, en que iba por capitán Asónides, no dejó de dar mucho que hacer a los persas, obrando aquel día en su defensa prodigios de valor un soldado que en ella servía, por nombre Píteas, hijo de Isquénoo. Este, al tiempo de la refriega, al ser apresada su nave, resistió con las armas en la mano, hasta que todo él quedó acribillado de heridas. Pero como al cabo cayese, los persas que en las naves servían, viéndole respirar todavía, prendados del valor del enemigo, procuraron con sumo empeño conservarle la vida, curándole con mirra las heridas, y atándoselas después con unas vendas cortadas de un lienzo de _biso_ (holanda muy fina). Cuando volvieron a sus reales iban mostrándolo a toda la gente, pasmados de su valor y con mucha estima y humanidad, siendo así que trataban como a viles esclavos a los otros que en la misma nave habían cogido.
CLXXXII. Así fueron apresadas las dos mencionadas naves; pero la tercera, cuyo capitán era Formo, ciudadano de Atenas, varó al huir en la embocadura del Peneo, con lo cual lograron los bárbaros apoderarse del buque, pero de la gente no; pues lo mismo fue ver encallada la nave que saltar a tierra los atenienses, y volverse a Atenas a pie, caminando por la Tesalia. Los griegos apostados con sus naves en Artemisio, después de entender lo que pasaba por medio de los fuegos, que para señal y aviso se encendieron en Escíatos, llenos de miedo, desamparada aquella posición, hiciéronse a la vela para Calcis, con ánimo de cubrir y guardar el Euripo, si bien dejaron en las alturas de Eubea sus atalayas que de día observasen al enemigo.
CLXXXIII. De las diez naves mencionadas de los bárbaros, tres se fueron arrimando a aquel escollo que está entre Escíatos y Magnesia y se llama _Mírmex_ (hormiga). Después que los bárbaros levantaron encima del escollo una columna de piedra que consigo traían, salió de Terma el grueso de su armada, once días después que de allá había partido con sus tropas el monarca, y viendo que en aquellas aguas no parecía enemigo que les disputase el paso, iban navegando con toda la escuadra. El piloto principal que la conducía, a fin de no dar en aquel escollo notado con la columna que se hallaba en la derrota que seguían, era Pamón de Esciro. Habiendo los bárbaros navegado todo aquel día, pasaron parte de la costa de Magnesia hasta llegar a Sepíade[251] y a la playa que está entre aquella costa y la ciudad de Castanea.
CLXXXIV. Hasta llegar al dicho lugar y a Termópilas no tuvo contratiempo alguno aquella armada, cuyo número subiría entonces, según hallo por mis cuentas, a la suma de 1207 naves venidas del Asia. La suma de la gente que en las naves venía, tomada desde el principio de todas aquellas naciones, sería de 241.400 personas, y esto a razón de 200 hombres por nave; pues a más de esta guarnición nacional de las naves iban en cada una de ellas 30 soldados de tropa, ya persas, ya medos, ya sacas, cuya suma de tropa, subía por su parte a 36.210 soldados. A este último número y al otro anterior voy a añadir la suma de gente que en las galeotas o pentecónteros venía a razón de 80 hombres por galeota, pues tantos vendrían a ser poco más o menos. Llevo de antes dicho ya que eran 3000 esos buques, de donde se saca que la suma de su tripulación era de 240.000 hombres. Así que todo el número del ejército de mar asiático hacía la suma de 517.000 hombres con el pico de más de 610. El número de la infantería en el ejército de tierra fue de 1.700.000 y el de la caballería de 80.000: a estos quiero añadir los árabes que venían en sus camellos, los libios que acudían en sus carros, y solamente calcularé que fuesen todos 20.000 hombres: ahora, pues, la suma total que resulta de los dos ejércitos de mar y de tierra juntamente computadas sube a 2.317.910 hombres; y en este número de tropas sacadas del Asia no incluyo el número de criados y vivanderos, como tampoco el de los que venían con las embarcaciones cargadas de bastimentos.
CLXXXV. Al número ya sumado es preciso añadir ahora las tropas que le acompañaban tomadas de la Europa, si bien deberemos en esto seguir un cómputo prudente. Digo, pues, que los griegos situados en Tracia y en las islas a ella adyacentes concurrían con 120 naves, por donde los hombres que en ellas venían subirían a 24.000. Añado que los que al ejército juntaban sus tropas por tierra eran los tracios, los peonios, los eordos, los botieos, los colonos oriundos de Calcídica, los brigos, los pieres, los macedonios, los perrebos, los enianes, los dólopes, los magnesios, los aqueos, y en un palabra todos los pueblos de las costas de la Tracia, de cuyas naciones pongamos que fuera de 300.000 el número de soldados. De suerte, que añadidas estas cifras a la suma de tropa que del Asia venía, el grueso de la gente de guerra se componía de 264 miríadas con el pico de 1610 hombres, que hacen 2.641.610.