Los nueve libros de la Historia (2 de 2)

Part 19

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CXLIV. Antes de este parecer, había dado ya Temístocles otro que en las circunstancias actuales fue un arbitrio muy oportuno, había sucedido que teniendo los atenienses mucho dinero público, producto sacado de las minas de Laurion, y estando ya para repartirlo a razón de diez minas por cada uno, supo persuadirles Temístocles que, dejado aquel reparto, prefiriesen hacer con aquel dinero 200 naves para la guerra que traían con los de Egina. Y en efecto, emprendida ya dicha guerra, fue la salud de la Grecia, por haberse visto obligados en ella los atenienses a hacerse una potencia marítima, habiendo sucedido la cosa de manera que aquellas naves, sin servir al fin para que se habían fabricado, pudieron ser muy del caso a la Grecia en la ocasión presente. Ni se contentaban los atenienses con las naves ya hechas, sino que al mismo tiempo iban fabricando otras en sus astilleros, puesto que habían determinado, después de recibido aquel oráculo, salir al encuentro al bárbaro que contra ellos venía, embarcados todos juntos con los demás griegos que quisiesen seguirles, persuadidos de que en aquello obedecían al dios Apolo. He aquí lo tocante a los oráculos dados a los de Atenas.

CXLV. En un congreso general de los griegos en que se juntaron los diputados de los pueblos que seguían el partido más sano,[226] después de haber conferenciado entre sí y asegurádose mutuamente con la fe pública, en las sesiones que luego tuvieron, parecioles que lo que más convenía ante todas cosas era reconciliar los ánimos de todos aquellos que entonces estaban haciéndose entre sí la guerra; porque a más de la que se hacían los atenienses y los de Egina, no faltaban algunos otros pueblos que ya habían empezado sus hostilidades, si bien eran las de los atenienses las que más sobresalían. Después de este acuerdo, oyendo decir que Jerjes con su ejército se hallaba ya en Sardes, resolvieron enviar al Asia menor exploradores que revelasen de cerca las cosas de aquel soberano; despachar embajadores a Argos para ajustar una alianza contra el persa; otros a Sicilia para negociar con Gelón, hijo de Dinómenes; otros a Corcira para animar a aquellos isleños al socorro de la Grecia, y otros finalmente a Creta; todo con la mira de ver si sería posible hacer una liga de la nación griega en que todos los pueblos quisiesen ir a una contra aquel enemigo común, que a todos venía a embestirles. Y por lo que mira a Gelón, la fama hacía tan grandes sus fuerzas que de mucho las anteponía a todas las demás de los griegos.

CXLVI. Tomadas dichas resoluciones y ajustadas entre ellos las desavenencias, lo primero que por obra pusieron fue enviar al Asia tres exploradores, quienes llegados a Sardes y bien enterados de lo que al ejército del rey concernía; como hubiesen sido sentidos y descubiertos, fueron puestos a cuestión de tormento y encarcelados por los generales de la infantería, que los condenaron a muerte. Llegado el asunto a oídos de Jerjes, mereció tal sentencia la indignación del soberano, quien al punto, enviando allá algunos de sus alabarderos, dio la orden de que si hallaban vivos aquellos espías, los condujeran a su presencia. Quiso la suerte que no se hubiera aún ejecutado la sentencia, y fueron con esto conducidos delante del rey; y como él les preguntase a qué fin habían venido, oída la respuesta, mandó a sus alabarderos que los guiasen y mostrasen todas sus tropas así de a pie como de a caballo, y que habiéndolas contemplado a todo su placer y gusto, les dejasen ir libres y salvos a donde quiera que intentasen partir.

CXLVII. Y la razón que dio Jerjes de ordenarlo así fue, que si perecían aquellos exploradores, sucedería que ni supieran los griegos de antemano que él viniese con un ejército mayor de lo que creerse podía, ni sería grande el perjuicio que recibieran sus enemigos con la muerte de tres hombres solos; pero que si volvían estos a la Grecia, añadía, tenía por cierto que los griegos, sabedores antes de su llegada de cuán grandes eran sus fuerzas, cederían a las pretensiones de su misma libertad y lograría con esto sujetarles sin la fatiga de pasar allá con sus tropas. Este modo de pensar es conforme a lo que en otra ocasión resolvió Jerjes, cuando hallándose en Abido vio que bajaban por el Helesponto unos bastimentos cargados de trigo que desde el Ponto llevaban a Egina y al Peloponeso. Apenas oyeron los oficiales de su comitiva que aquellas eran naves enemigas, disponíanse para salir a la presa clavando en el rey los ojos a ver si luego se lo mandaba. Preguntoles entonces Jerjes a dónde iban aquellos bastimentos; y los oficiales: «Van, señor, le respondieron, a nuestros enemigos con esa provisión de trigo». «Pues ¿no vamos nosotros, replicó Jerjes, al mismo lugar que ellos, abastecidos de víveres y mayormente de trigo? ¿Qué injuria nos hacen con trasportar esos bastimentos?». Volviendo, pues, a los exploradores, después que todo lo registraron, puestos en libertad, regresaron a Europa.

CXLVIII. Los griegos confederados contra el persa, después de vueltos ya los exploradores, enviaron segunda vez embajadores a Argos. Cuentan los argivos que supieron desde el principio los preparativos del bárbaro contra la Grecia, y como entendiesen y tuviesen por seguro que los griegos les convidarían a la alianza contra el persa, enviaron a Delfos diputados para saber del oráculo qué era lo que mejor les estaría en aquellas circunstancias; que el motivo que a ello les impulsó fue ver que acababan de perder seis mil ciudadanos que habían perecido a manos de los lacedemonios capitaneados por Cleómenes, hijo de Anaxándridas; y que la Pitia dio esta respuesta a sus consultores: «¡Oh tú, odiado de tus vecinos, querido del alto cielo, quédate cauto dentro tu recinto; guarda bien tu cabeza que ha de salvar tu cuerpo!». Tal fue la respuesta que les dio la Pitia, según después los diputados a su regreso entrados en el Senado les dieron cuenta de las órdenes que de allá traían; y con todo respondieron los de Argos a la propuesta hecha por los griegos, que entrarían en la liga con dos condiciones: una la de hacer la paz por treinta años con los lacedemonios; otra que se les diera por mitad el imperio de todo el ejército aliado, pues por más que en todo rigor de justicia les tocase el imperio total de las tropas,[227] con todo se contentaban con solo la mitad del mando.

CXLIX. Esta respuesta, dicen los de Argos, dio su Senado, no obstante que el oráculo les prohibiera entrar en liga contra los griegos; de suerte que en medio del temor que les causaba el oráculo, querían hacer seriamente un tratado de paz por treinta años, con la mira de que creciera entretanto hasta la edad varonil su juventud. Dan por razón de estas pretensiones que no querían exponerse a quedar en lo porvenir por vasallos de los lacedemonios, como era de temer que sucediese, si antes de concertar aquella suspensión de armas con ellos, se les añadiera a las desgracias anteriores algún nuevo tropiezo en la guerra contra el persa. Añaden que los embajadores de Esparta respondieron en su Senado, que por lo tocante al tratado de paz darían parte a su república; pero que acerca del mando del ejército, venían ya con el encargo de responder, en nombre de los espartanos, que estos tenían sus dos reyes, no teniendo sino uno los de Argos; que no era posible despojar del imperio a ninguno de los dos, y que ellos no se opondrían a que el rey de Argos tuviese un poder y mando igual al de los suyos.[228] Por estas razones, añaden los argivos que, no pudiendo sufrir la insolencia y soberbia de los espartanos, antes quisieron ser gobernados de los bárbaros que ceder en nada a los lacedemonios, y que en fuerza de esta resolución, intimaron a los embajadores que antes de ponerse el sol saliesen de los dominios de Argos, pues de otra manera les mirarían como enemigos.

CL. He aquí cuanto refieren los argivos sobre este caso; pero corre por la Grecia otra historia, a saber, que Jerjes, antes de emprender la expedición contra ellos, envió un heraldo a la ciudad de Argos, quien llegado allá les habló en estos términos: «Caballeros argivos, mándame el rey Jerjes que os diga de su parte lo siguiente: Nosotros los persas vivimos en la inteligencia de que Perses, de quien somos descendientes, era hijo de Perseo, el hijo de Dánae, y que Perses tuvo por madre a Andrómeda, la hija de Cefeo; de donde venimos nosotros a ser descendientes vuestros. Siendo pues así, no será razón ni que hagamos nosotros la guerra contra nuestros primogenitores, ni que vosotros, confederados con los demás, seáis contrarios nuestros. Vuestro deber será manteneros quietos y neutrales, pues si el negocio me saliese como deseo y espero, sabed que a nadie pienso hacer mayores mercedes que a vosotros». Dícese, pues, que tal propuesta ni la oyeron los argivos de mala gana, ni les pareció digna de desprecio; si bien nada ajustaron en el momento con el persa, ni entraron en pretensión alguna; pero cuando los griegos los solicitaron para la liga, bien persuadidos de que los lacedemonios no vendrían en concederles el mando de las tropas, pretendieron entonces parte del mismo pretexto de que se valieron para mantenerse quietos y neutrales.

CLI. No faltan griegos que en confirmación de lo referido cuentan otra historia, que pasó muchos años después, de esta manera: Dicen que sucedió hallarse en Susa la memnonia los embajadores de Atenas, Calias, el hijo de Hipónico, y los que en su compañía habían subido a aquella corte encargados de un negocio diferente del que traían otros embajadores enviados allí por los de Argos; que estos preguntaron a Artajerjes, hijo y sucesor de Jerjes, si subsistía aún en su vigor la paz y amistad que tenían ellos concertada con Jerjes, o si les miraba ya como enemigos, y que les respondió el rey Artajerjes que en verdad quedaba el tratado en su vigor, y tanto que a ninguna ciudad miraba él por más amiga de la corona que a la de Argos.

CLII. Pero no me atrevo a asegurar si Jerjes envió o no a Argos al tal heraldo con aquella embajada, ni si hicieron dicha pregunta a Artajerjes los embajadores de los argivos subidos a Susa, ni diré sobre ello otra cosa diferente de la que refieren los mismos argivos. Sé decir únicamente que si salieran a plaza todos los hombres cargados con sus males a cuestas, con la mira de trocar su hatillo con el de otro, echando cada cual los ojos y mirando los males de su vecino, tornarían a toda prisa a cargar con sus mismas alforjas, y se volverían con ellas de mil amores a su propia casa. De donde digo que no hay por qué notar con particular infamia a los argivos. Por lo que a mí toca, miro como un deber de referir lo que se dice, pero no de creerlo todo; y quiero que esta mi prevención valga en toda mi historia, ya que corre también otra voz que los argivos fueron los que llamaron al persa contra la Grecia, por haberles salido muy mal la guerra contra los lacedemonios, queriendo vengarse por cualquier vía de sus enemigos, antes que sufrir la pena de verse sujetados y vencidos.

CLIII. Y con esto llevo ya dicho lo que a los argivos pertenece. Por lo que mira a Sicilia, a más de los embajadores enviados a negociar con Gelón de parte de los confederados, fue destinado al mismo fin Siagro en nombre de los lacedemonios. Para decir algo de Gelón, es de saber que uno de sus abuelos, colono y morador en Gela, fue natural de la isla de Telos, situada cerca del Triopio;[229] a este quisieron tener consigo los lindios oriundos de Rodas, cuando fundaron a Gela juntamente con Antifemo. Andando después el tiempo, sucedió que sus descendientes vinieron a perpetuar en aquella familia el sacerdocio de las diosas infernales, cuyos hierofantes eran, desde que uno de ellos, por nombre Telines, se posesionó de aquel ministerio del modo siguiente: Avino que unos ciudadanos de Gela vencidos en cierta discordia y sedición, huyendo de su patria, pasaron a Mactorio, ciudad situada sobre Gela. Telines, sin el socorro de tropas, armado solamente con el aparato y monumentos sagrados de aquellas diosas,[230] logró restituir a Gela aquellos fugitivos. No sabré decir en verdad quién fue el que le dio aquellos misterios y ceremonias, o de qué manera llegaron a sus manos: sé tan solo que lleno de confianza en ellas obtuvo la vuelta de los desterrados, con el pacto y condición de que en el porvenir debiesen ser sus descendientes hierofantes o sacerdotes de dichas diosas. Lo que de cierto no deja de causarme mucha admiración, es oír que saliese con tal empresa un hombre como Telines, pues fue una de aquellas hazañas que no son para cualquiera, sino propias de un político de talento y soldado de valor; siendo así que Telines, según es fama entre los vecinos de Sicilia, lejos de tener ninguna de estas dos prendas, era naturalmente hombre afeminado y cobarde y dado a las delicias. En resolución, este fue el modo con que obtuvo aquella dignidad.

CLIV. Muerto ya Cleandro, hijo de Pantares, al cual, después de siete años de dominio o tiranía en Gela, quitó la vida Sabilo de Gela, se apoderó del mando de la ciudad Hipócrates, hermano del difunto Cleandro. En el reinado de Hipócrates, como Gelón, descendiente del hierofante Telines, hubiese sido uno de los que mucho se distinguieron en valor y prendas, en las que otros particularmente lucían, y en especial Enesidemo, hijo de Pateco y alabardero de Hipócrates, no pasó mucho tiempo sin que por su virtud y mérito fuera aquel nombrado general de caballería. Bien merecido tenía Gelón el empleo, porque sitiando Hipócrates a los calipolitas, a los naxios, a los zancleos, a los leontinos, a los siracusanos,[231] y además de estos a muchos de los bárbaros, en todas estas guerras había hecho brillar muy particularmente su valor y habilidad. Y en efecto, ninguna de las ciudades que acabo de citar pudo librarse de caer en manos de Hipócrates, si no es la de los siracusanos, y aun estos, derrotados y vencidos por él cerca del río Eloro, necesitaron de los ciudadanos de Corinto y de Corcira para librarse de su dominio, y se libraron por medio de un ajustamiento, en fuerza del cual obligáronse los siracusanos a entregar a Hipócrates la ciudad Camarina,[232] plaza ya que de tiempos antiguos les pertenecía.

CLV. Después de la muerte de Hipócrates, cuyo reinado duró los mismos años que el de su hermano Cleandro, habiéndole sobrevenido el fin de sus días cerca de la ciudad de Hibla,[233] en la expedición que hacía contra los sículos o antiguos sicilianos, Gelón, so color de volver por Euclides y Cleandro, hijos del difunto Hipócrates, a quienes sus ciudadanos no querían reconocer por señores, dio una batalla y venció en ella a los de Gela. Esta victoria le dio lugar a salir con sus verdaderos intentos, apoderándose del señorío y despojando de él a los hijos de Hipócrates. Después de logrado este lance, sucediole otro igual: los gamoros siracusanos,[234] que eran los poseedores de los campos, habiendo sido arrojados de la ciudad por la violencia de la plebe y de sus mismos esclavos, nombrados los cilirios, llamaron en su ayuda a Gelón, quien queriéndolos restituir desde la ciudad de Casmena a la de Siracusa, logró apoderarse de esta plaza, pues la plebe de los siracusanos al venir Gelón se la entregó, entregándose igualmente a sí misma.

CLVI. Viéndose ya Gelón dueño de Siracusa, empezó a contar menos con Gela, que tenía bajo su dominio, el que encargó a su hermano Hierón, quedándose con el mando de aquella, poniendo en ella toda su afición, sin haber para él otra cosa que Siracusa. Con este favor del soberano, se vio desde luego crecer la ciudad y subir como la espuma, así pasando a ella todos los vecinos de Camarina, a los que arruinó, dándoles la naturaleza y derechos de siracusanos, como por haber practicado otro tanto con más de la mitad de los moradores de Gela. Hizo más aún, pues habiéndosele entregado los megarenses, colonos en Sicilia a quienes tenían sitiados, entresacó los más ricos, que por haber sido los motores de la guerra contra él mismo temían de él su ruina y muerte, y lejos de castigarles, trasladándolos a Siracusa, los alistó por sus ciudadanos. No lo hizo empero así con el bajo pueblo de los megarenses, al cual, transportado a Siracusa, por más que no tuviese culpa alguna en aquella guerra, ni temiese en nada del vencedor, vendió Gelón por esclavo, con la expresa condición de que hubiese de ser sacado de Sicilia, tomando entrambas resoluciones por la máxima en que estaba de que el pueblo bajo era malo para vecino.

CLVII. Con estas artes y mañas vino Gelón a ser un gran señor o tirano. Entonces, pues, llegados a Siracusa los embajadores de la Grecia y admitidos a la audiencia de Gelón, le hablaron así: «Aquí venimos, oh Gelón, enviados de los lacedemonios, de los atenienses y de sus aliados, para convidarte a entrar en la liga contra el bárbaro. Sin duda tendrás entendido cómo el persa viene a invadir la Grecia, habiendo construido un puente sobre el Helesponto, y conduciendo desde el Asia todas las fuerzas de levante para hacer la guerra a los griegos. El pretexto de la expedición es la venganza contra Atenas; sus miras son la conquista de la Grecia toda, que pretende avasallar. De ti quisiéramos, oh Gelón, puesto que es mucho el poder que tienes, poseyendo no pequeña porción de la Grecia, como príncipe y gobernador que eres de Sicilia, que te unieras para el socorro con los libertadores de la patria, y por tu parte la libraras de la opresión. Bien ves que coligada toda la Grecia vendrá a componer un grande ejército capaz de hacer frente en campo de batalla a sus invasores; pero si una parte de los griegos se dan a partido; si otra no quiere salir a la defensa con sus socorros; si en fuerza de esto fuera muy corta la porción sana de los que sienten bien, corre toda la Grecia el mayor peligro de venir a caer de su estado y libertad. Ni debes lisonjearte de que si uno por uno nos avasallare en la batalla el persa victorioso, no vendrá en derechura contra tu persona. Lo mejor es que de antemano te pongas a cubierto de sus tiros: unido a nuestra causa, defenderás la tuya. Basta ya, pues no ignoras que por la ley ordinaria el buen éxito de un negocio depende del buen consejo previo».

CLVIII. Así se explicaron: tomó la mano Gelón, y habloles así con mucha fuerza y libertad: «Maravíllome, señores griegos, de que con esa proposición atrevida o insolente tengáis ahora la osadía de exhortarme a entrar en liga contra el bárbaro. ¿No os acordáis acaso de lo que conmigo hicisteis, cuando antes os pedí socorro contra un ejército de bárbaros, hallándome empeñado en la guerra con los cartagineses; cuando os insté otra vez con muchas veras a tomar venganza de los egesteos por la muerte dada a Dorieo, el hijo de Anaxándridas;[235] cuando os ofrecí concurrir con mis tropas a libertar y hacer francos aquellos puertos y emporios de donde sacáis vosotros grandes provechos y ventajas? ¿No os acordáis, repito, que ni os dignasteis de venir en mi socorro, ni de vengar la muerte de Dorieo? Todo esto de Sicilia, por lo que a vosotros toca, señores míos, pudieran ya poseerlo los bárbaros a su salvo: gracias a la buena suerte y a mi desvelo, que no nos salió mal el negocio, antes bien mejoramos de suerte. Ahora que la rueda de la fortuna os amenaza en casa con la guerra, al cabo os acordáis de Gelón. Yo por más que me vi antes desatendido y despreciado de vosotros, no imitaré vuestra conducta volviéndoos la vez: no haré tal, antes por el contrario estoy pronto a socorreros, ofreciendo daros 200 galeras armadas, 200.000 infantes de tropa reglada, 2000 soldados de a caballo, 2000 ballesteros, 2000 honderos y 2000 batidores jinetes a la ligera:[236] aún más, oblígome a dar a todo el ejército griego el trigo que durante la guerra necesitare. Pero bien entendido que todo ello ha de ser con la condición de que sea yo el general y conductor de los griegos contra el bárbaro; que de otra suerte, protesto que ni concurirré yo mismo, ni enviaré allá tropa alguna».

CLIX. Siagro que esto oía, no pudo sufrirlo con paciencia, sin que respondiera en esta conformidad: «¡Pardiez!, si tal oyera el generalísimo Agamenón, aquel hijo de Pélope, ¿no daría un gran gemido, bañado en lágrimas su rostro, viendo a sus espartanos despojados de su imperio por Gelón y por los siracusanos? Gelón, no vuelvas a tomar en boca esa demanda pretendiendo que te demos el mando del ejército. Si quieres socorrer a la Grecia, puedes hacerlo, bien entendido que deberás estar a las órdenes de los lacedemonios; y si te desdeñas de obedecernos, está muy bien; no vengas en socorro nuestro». Como oyese Gelón tal respuesta, y viese tan mal recibida su demanda, replicó por fin en estos términos:

CLX. «Amigo espartano, eso de echar en cara a un hombre honrado tantas desvergüenzas suele despertar y encender en todos la cólera, aunque tú con esa insolencia que conmigo usas no has de poder tanto que me fuerces a perderte el respeto que tú no has sabido guardarme. Solo te diré que si estáis tan hechos y asidos vosotros con el imperio, por buena razón puedo yo estarlo más, pues soy general de un ejército mayor y de una escuadra más numerosa. Con todo, ya que se os hace tan ardua y tan cuesta arriba mi primera propuesta, voy a bajar algo y ceder de mi pretensión: pido para mí el mando por mar si vosotros lo tuviereis por tierra; yo me contento de mandar por tierra si mejor os viniese mandar en los mares. Esta es mi última resolución; escoged, o contentaros con lo que os digo, o despediros sin esperar tener tales y tan poderosos aliados».

CLXI. Tal fue el partido que Gelón les propuso: previniendo el enviado de Atenas la respuesta del de Lacedemonia, replicole en esta forma: «A vos, señor rey de los siracusanos, nos envió la Grecia, no para pediros un general, sino un ejército. Cerrándoos con decir que no lo enviaréis a menos de no capitanear en persona a la Grecia, mostráis bien claro lo mucho que deseáis veros con el mando de ella y con el bastón de general. Al oír nosotros los enviados de Atenas vuestra demanda primera tocante al imperio total de los griegos, tuvimos por bien de no hablar palabra, bien creídos de que el laconio solo sería bastante para volver por su causa y por la nuestra igualmente. Mas ahora que vos, rechazado de la pretensión del mando universal, entráis en la demanda de ser el jefe de la escuadra, queremos sepáis bien que ni aun en el caso de que el laconio os lo conceda, convendremos nosotros en ello, pues nuestro es el imperio del mar si los lacedemonios no se lo toman, pues a ellos solos lo cederemos si gustaren de tenerlo; fuera de ellos, a nadie del mundo sufriremos por nuestro almirante. Porque ¿de qué nos sirviera poseer una marina superior a la de los demás griegos, si cediéramos el mando de las escuadras a los siracusanos, siendo nosotros los atenienses la nación más antigua de la Grecia, siendo a más de esto los únicos griegos nunca vagabundos en busca de nuevas colonias, siendo un pueblo de quien hace el poeta Homero un insigne elogio, diciendo que de Atenas fue al Ilión el hombre más hábil de todos en formar las filas y gobernar un ejército, para que se vea que no nace de arrogancia lo que a nuestro favor decimos?».

CLXII. «¿Sabes lo que puedo decirte, amigo ateniense?, respondió Gelón: que según parece, teniendo vosotros muchos que manden, no tendréis a quien mandar. Ahora, pues, ya que sin ceder nada lo queréis todo para vosotros, tomad al punto la vuelta a casa, y acordaos de decir a la Grecia que ella quiere pasar el año sin gozar de la primavera». Y lo que Gelón quiso con aquella expresión significar bien se deja entender haber sido, que como el tiempo mejor del año es el de la primavera, así la flor de los griegos era su propio ejército; por donde privándose la Grecia de las tropas auxiliares de Gelón, acudía este a la comparación de que era aquello como querer quitar al año la florida primavera.