Los nueve libros de la Historia (2 de 2)

Part 18

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CXX. De aquí nació aquel dicho que a este propósito dijo agudamente Megacreonte, natural de Abdera, quien aconsejó a sus abderitas que todos, hombres y mujeres, se fueran a los templos en procesión, y allí postrados a los pies de sus dioses les suplicasen por una parte con mucho ardor tuviesen a bien librarles de la otra mitad de los males que con la vuelta de Jerjes les amenazaban, y por otra les dieran gracias muy de veras por lo pasado de que el rey Jerjes no acostumbrase comer dos veces al día, porque preciso les fuera a los abderitas, si se les ordenase darle una comida semejante a la cena, o en caso de esperarlo, caer en una quiebra la mayor del mundo.

CXXI. Así que las ciudades, por más gravadas que quedasen, ejecutaban del mismo modo lo que se les ordenaba. Allí Jerjes, después de dar orden a los almirantes que le esperasen con su armada en Terma, ciudad situada en el seno Termeo, que de ella toma su nombre,[215] licenciolos a fin de que partieran solos con sus galeras. El motivo que le movió a que allí le esperasen, fue por ser el más corto el camino que iba a tomar lejos de las costas. Desde Dorisco hasta Acanto había marchado el ejército en el orden siguiente. Habiendo Jerjes dividido sus tropas en tres cuerpos, ordenó que marchase uno por la playa, siguiendo la armada naval y llevando a su frente a los generales Mardonio y Masistes; que el otro cuerpo, ordenado también y conducido por los jefes Tritantecmes y Gergis, hiciese su camino marchando tierra adentro; y que el tercero, en el cual iba el mismo Jerjes, pasase por el camino de en medio, guiado por los caudillos Esmerdómenes y Megabizo.

CXXII. La armada naval, separada ya de Jerjes, navegó por el canal abierto en Atos, canal que llega hasta el golfo[216] en que se hallan las ciudades de Asa, Piloro, Singo y Sarte. Habiendo tomado a bordo la gente de armas, continuó desde allí su derrota hacia el seno Termeo. Dobló, pues, el Ámpelo, promontorio de Torone,[217] y fue recogiendo las galeras y tropas de las ciudades griegas por donde pasaba, que eran Torone, Galepso, Sermile, Meciberna y Olinto, las que caen en la provincia llamada ahora Sitonia.

CXXIII. Torciendo la misma armada desde Ámpelo hasta el Canastreo, que es el cabo que más se entra en el mar en la región de Palene,[218] iba en todas partes recibiendo naves y milicia, a saber: de Potidea, de Afitis, de Neápolis, de Ege, de Terambo, de Escíone, de Mende y de Sane, ciudades de la región que al presente se dice Palene y antes se llamaba Flegra. Costeada esta tierra, continuaba su rumbo al lugar destinado, incorporando consigo las tropas de las ciudades que confinan con Palene y están vecinas al golfo Termeo, cuyos nombres son: Lipaxo, Combrea, Lisas, Gigono, Campsa, Esmila y Enea: la región en que están, aún ahora se llama Crosea. Desde Enea, que es la última de las referidas, tomó el rumbo la armada hacia el golfo mismo Termeo y al país de Migdonia, y navegando por él, llegó a la misma ciudad de Terma y a las de Sindo y de Calestra, situada sobre el río Axio, que separa la Migdonia de la tierra Botiea. En esta ocupan las ciudades de Icnas y de Pela[219] aquel pequeño distrito que corre hacia la playa.

CXXIV. Aquí, cerca del río Axio, no lejos de la ciudad de Terma y de las otras ciudades intermedias, plantó sus reales la armada naval, esperando la llegada del rey. Entretanto, Jerjes, con el objeto de llegar a Terma, habiendo salido de Acanto con el ejército, venía marchando por lo interior del continente. Llevaba su camino por la región Peónica y por la Crestónica, siguiendo el río Equidoro, el cual nacido en tierra de los crestoneos, corre por la Migdonia, y pasando cerca de una laguna que está sobre el río Axio, desagua en el mar.

CXXV. Caminando el ejército por aquellos parajes, sucedía que los leones acometían a los camellos del bagaje, con la particularidad que, dejando de noche sus moradas y escondrijos, solamente en ellos hacían presa, sin tocar a ninguna otra bestia de carga, ni embestir a hombre alguno. Confieso que de esto me maravillo, por no saber cuál pudo ser entonces la fuerza que obligase a los leones a embestir solamente contra los camellos, animales que nunca antes habían visto, ni sentido, ni experimentado.

CXXVI. Hállanse por aquellas partes muchos leones y también muchos búfalos, cuyas astas, de extraordinaria magnitud, suelen llevarse a la Grecia. Los términos hasta donde llegan dichos leones son, uno el río Nesto, que pasa por Abdera, y el otro el río Aqueloo, que corre por Acarnania; pues ni más allá del Nesto, por la parte de levante, ni por la de poniente más allá del Aqueloo, nadie verá león alguno en lo demás de la Europa ni en lo que resta de tierra firme, de suerte que solo se crían en el distrito que cae entre dichos ríos.

CXXVII. Llegado Jerjes a la ciudad de Terma, hizo alto allí con todo su ejército, el cual, acampado por las orillas del mar, ocupaba toda la tierra que, empezando de la dicha ciudad de Terma y de la de Migdonia, se extiende hasta los ríos Lidias y Haliacmón,[220] que sirviendo de límite a la región de Botiea y de Macedonia, van a juntarse en una misma madre. Acampados, pues, los bárbaros en estas llanuras, se vio que el Equidoro, uno de los ríos mencionados que baja de la tierra de Crestonia, no bastó él solo para satisfacer al ejército, sino que se quedó sin agua.

CXXVIII. Como viese Jerjes desde Terma aquellos dos montes altísimos de la Tesalia, el Olimpo y el Osa, informado de que por un estrecho valle que media entre ellos corría el río Peneo, y oyendo al mismo tiempo que por allí había camino para Tesalia, vínole deseo de ir en una nave a contemplar la desembocadura del Peneo. Moviose a ello por haberse ya resuelto a seguir el otro camino de arriba, que por medio de la alta Macedonia guía a los perrebos pasando por la ciudad de Gono, asegurado de que este viaje sería el más seguro. Lo mismo fue presentársele tal idea que ponerla por obra. Embárcase en una nave sidonia, de la que hacía su capitana siempre que le venía en voluntad alguna de estas excursiones, y levanta bandera para que le sigan las otras, dejando allí sus tropas. Llegado a su destino y contemplada la boca del río, quedó muy maravillado con aquella perspectiva. Llamó después a los que de guía le servían para el camino, y les preguntó si podría el río ir por otra parte a desaguar en el mar.

CXXIX. Corre en efecto una tradición que en lo antiguo era la Tesalia toda una gran laguna cerrada por todas partes con unos muy elevados montes, porque por la parte que mira a levante la ciñen dos montes, el Pelión y el Osa,[221] cuyas raíces están entre sí pegadas; por la parte del Bóreas la rodea el Olimpo; por la de poniente el Pindo, y por la de mediodía y del Noto el Otris: lo que en medio resta circuido por dichos montes era la Tesalia, comarca de tierra baja. Concurren, pues, hacia ella, dejando aparte otros ríos, estos cinco muy célebres: el Peneo, el Apídano, el Onocono, el Enipeo y el Pamiso, los cuales bajando de los mencionados montes que rodean de todas partes a la Tesalia, y juntándose en aquella llanura, dirigen todos al cabo su curso hacia el mismo valle, y este bien angosto, confundiendo sus aguas en una corriente. Desde el lugar en que se juntan álzase el Peneo con el nombre de los demás, haciendo anónimos a los otros. Es fama, pues, que ya en los tiempos antiguos, no existiendo todavía aquel barranco, ni teniendo el agua salida por él, concurrían allá con sus aguas los mismos ríos que ahora, y a más de ellos la laguna Bebeide; de suerte que no teniendo dichos ríos los mismos nombres que al presente tienen, llevaban la misma agua y hacían con ella de la Tesalia toda una gran llanura de mar. Los tesalios mismos dicen que Poseidón fue quien abrió el canal por donde corre el Peneo; y razón tienen en lo que dicen, pues cualquiera que crea a Poseidón el dios de los terremotos, cuyas obras sean las aberturas que estos producen, no ha menester más que ver aquella quebrada, para decir que es cosa hecha por Poseidón, siendo a mi parecer efecto de algún terremoto la separación de aquellos montes.

CXXX. Volviendo ya a los conductores de Jerjes, preguntados estos por él si tenía el Peneo alguna otra salida para el mar, bien seguros de lo que le decían le respondieron: «No, señor, no tiene este río ninguna otra salida que llegue al mar, esta es la única, estando toda la Tesalia coronada alrededor de montañas». A lo cual se dice que replicó Jerjes: «Son sin duda los tesalios hombres hábiles y prudentes, pues muy de antemano han puesto a cubierto sus estados, retirándose del partido de la Grecia, así por varios motivos, como por ver que su país era fácil de ser sorprendido y en breve subyugado. Para esto no había más que hacer sino cerrar con un terraplén este barranco, y cegado el canal elevar el río sacado de madre, echándole sobre las campiñas, con que se lograría anegar todo el llano de la Tesalia, quedando solamente libres los montes». Con esto aludía Jerjes a los hijos de Alevas, los primeros entre los griegos que habían entregado la Tesalia al rey, quien estaba persuadido de que se le entregaban en nombre de toda la nación. Dicho esto, y observado bien el país, hízose Jerjes a la vela para volver a Terma.

CXXXI. Cerca de Pieria[222] detúvose Jerjes algunos días: el motivo fue el aguardar que la tercera parte de sus tropas desmontase la maleza en las montañas de Macedonia, abriendo por ellas camino al ejército hacia los perrebos. En este intermedio iban volviendo los mensajeros que habían sido destinados a la Grecia a pedir la entrega del país; unos volvían frustrado su intento; otros con el ofrecimiento de la tierra y el agua.

CXXXII. Los pueblos que le prestaron vasallaje fueron los tesalios, los dólopes, los enianes, los perrebos, los locros, los magnesios, los melieos, los aqueos de Ftiótide, los tebanos con los demás beocios,[223] exceptuando los tespieos y los plateos. Los otros griegos, empeñados en hacer la guerra al bárbaro, hicieron un tratado, solemnemente juramentados contra los que se entregaron, que la décima parte de los bienes de todo pueblo griego que, sin verse a ello precisado, de su voluntad se hubiese entregado al persa, sería confiscada después de verse la Grecia fuera ya de aquel apremio, y sería consagrada en Delfos al dios Apolo. En estos términos estaba concebido el juramento de los griegos.

CXXXIII. No había Jerjes hecho partir heraldos ni para Atenas ni para Esparta, escarmentado en los que antes envió allá Darío. Sucedió, pues, entonces, que habiendo Darío pedido la obediencia de aquellas ciudades, parte de los enviados a pedirla fueron arrojados en el báratro, abertura profunda destinada en Atenas a los malhechores, parte en un pozo, con la insolente zumba de mandarles que ellos mismos del báratro y del pozo tomaran el agua y la tierra para su Darío. Esto fue lo que movió a Jerjes a no enviar después otros con la misma demanda. No sabré decir qué mal les viniese a los atenienses en pena de haber violado así a los tales heraldos,[224] a no ser que por ello digamos que su ciudad fue pasada a sangre y fuego, si bien creo que otra fue la causa.

CXXXIV. Dejose sentir entre los lacedemonios la ira de Taltibio, que había sido el pregonero de Agamenón. Hay en Esparta un templo de Taltibio, y los descendientes de este, llamados los Taltibiadas, tienen el privilegio de ejecutar todas las embajadas que por medio de heraldos suele hacer Esparta. Sucedió, pues, a los espartanos que, después del insulto contra los heraldos de Darío no podían en sus sacrificios lograr una víctima de buen agüero. Llevando los lacedemonios muy de mala gana aquella desventura, juntáronse muchas veces públicamente a deliberar sobre ella, y mandaron pregonar un bando en esta forma: «Quién era aquel lacedemonio que quisiera ofrecerse a la muerte por Esparta». No faltaron dos varones en prendas personales y en riquezas distinguidos, llamado el uno Espertias, hijo de Aneristo, y el otro Bulis, hijo de Nicolao, quienes de su voluntad se ofrecieron a pagar la pena a Darío en venganza de la muerte dada a sus heraldos en Esparta: con esto los espartanos enviaron a los medos estas dos víctimas destinadas al suplicio.

CXXXV. Ni fue más digno de admiración el ánimo de estos héroes que el denuedo con que acompañaron su discurso; porque emprendido el viaje para Susa, presentáronse a Hidarnes, señor persa, que se hallaba de general en las costas y fuertes del Asia menor, el cual, convidándoles con su casa y tratándoles como a huéspedes y amigos, habloles así: «¿Por qué, oh amigos lacedemonios, mostráis tanta aversión a la amistad con que el rey os convida? En mi persona y en mi fortuna tenéis a vista de ojos una prueba evidente de cómo sabe el rey honrar a los sujetos de mérito y a los hombres de valor. En vosotros mismos experimentaríais otro tanto si quisierais declararos por vasallos del rey, quien, como está de vuestras prendas bien informado, haría sin falta que fuese cada uno de vosotros gobernador de alguna provincia de la Grecia». A lo cual respondieron: «Este tu aviso, Hidarnes, por lo que a nosotros mira no tiene igual fuerza y razón que por lo que mira a ti, tú que nos lo das; si sabes por experiencia el bien que hay en ser vasallo del rey, pero no el que hay en ser libre e independiente. Hecho a servir como criado, no has probado jamás hasta ahora si es o no dulce la independencia de un hombre libre; si la hubieses alguna vez probado, seguros estamos que no solo nos aconsejaríais que la mantuviéramos a punta de lanza, sino a golpe de segur ofreciendo el cuello al acero». Así contestaron a Hidarnes.

CXXXVI. Llegados ya a Susa y puestos en presencia del rey, lo primero en que mostraron su libertad fue en responder a los alabarderos, que pretendían obligarles a que postrados adorasen al rey, que nunca harían tal, por más que diesen con ellos de cabeza en el suelo, pues ni ellos tenían la costumbre de adorar a hombre ninguno, ni a tal cosa habían venido; lo segundo, después de haber porfiado en no quererse postrar, encarándose con el rey le hablaron en esta sustancia: «Monarca de los medos, venimos acá enviados de parte de los lacedemonios para pagarte la pena que te deben por haber hecho morir en Esparta a tus heraldos». A esta declaración y oferta respondió Jerjes, con gran bizarría de ánimo, que no imitaría en aquello a los lacedemonios; que ellos en haber puesto las manos en sus heraldos habían violado el derecho de gentes, pero él, muy ajeno de practicar lo que en ellos reprendiera, no declararía a los lacedemonios, dándoles la muerte, por libres y absueltos de su culpa y suplicio merecido.

CXXXVII. Lo que con esto lograron los espartanos fue que se aplacó por entonces la ira vengativa de Taltibio, no obstante de haberse restituido a Esparta los dos enviados Espertias y Bulis, si bien dicen los lacedemonios que se irritó mucho después su furor en la guerra de los peloponesios y atenienses. Soy de opinión que lo que después contra ellos sucedió, fue cosa del todo divina; pues así lo pedía la justicia y disposición de Dios, que una vez declarada contra los enviados la ira de Taltibio, no cesase hasta salir con su intento. Pero lo que más hace ver que anduvo en este negocio la mano de Dios, es el haberse descargado el golpe en los hijos de aquellos dos hombres que se habían presentado al rey para aplacar el enojo de Taltibio, esto es, en Nicolao, hijo de Bulis, y en Aneristo, hijo de Espertias, el último de los cuales, navegando en una urca bien armada de gente, apresó a los pescadores de Tirinto. Lo que sucedió respecto de Nicolao y Aneristo fue que, habiendo sido enviados por mensajeros al Asia de parte de los lacedemonios, fueron cogidos cerca de Bisante, lugar del Helesponto, descubiertos a traición por el rey de los tracios Sitalces, hijo de Tereo, y por cierto Pites, de nación abderita. Conducidos después al Ática, fueron condenados a muerte por los atenienses, en compañía de Aristeas, hijo de Adimanto y natural de Corinto: todo lo cual sucedió muchos años después de la expedición del rey.

CXXXVIII. Mas para volver a tomar el hilo de la historia, el pretexto de aquella armada del rey era hacer la guerra contra Atenas, y el fin y motivo verdadero el embestir a toda la Grecia. Informados los griegos mucho tiempo antes de lo que les aguardaba, no todos miraban con unos mismos ojos aquel nublado. Los que habían prometido al persa el homenaje, entregándole la tierra y el agua, vivían muy satisfechos de que nada tendrían que sufrir de parte del bárbaro; pero los que no le habían prestado vasallaje, hallábanse llenos de miedo, nacido de ver que la Grecia carecía de armada naval capaz de contrastar a la que contra ella venía, y que muchos griegos, prontos a la obediencia de los medos, no querían tomar parte con ellos en aquella guerra.

CXXXIX. Véome aquí obligado a decir lo que siento, pues aunque bien veo que en ello he de ofender o disgustar a muchísima gente, con todo, el amor de la verdad no me da lugar a que la calle y disimule. Afirmo, pues, que si asombrados los atenienses de ver sobre sí el peligro hubieran desamparado su región, o si quedándose en casa se hubieran entregado a Jerjes, no se hallara sin duda nación alguna que por mar se hubiese atrevido a oponerse al rey. Y en caso de que nadie por mar hubiera podido resistir a Jerjes, creo que por tierra no hubiera podido menos de suceder que, por más baluartes y revellines con que cubrieran y ciñeran el Istmo los peloponesios, con todo, desamparados al cabo los lacedemonios de sus aliados, que lo habrían hecho, obligados a despecho suyo al ver sus ciudades tomadas por la armada del bárbaro; viéndose solos, repito, hubieran, sí, recibido al enemigo con las armas en la mano, pero haciendo prodigios de valor quedaran todos en el palenque. De suerte que por necesaria consecuencia, o hubieran acabado así los lacedemonios, o viendo antes de este lance que se echaban todos los demás griegos al partido del medo, hubieran ellos también capitulado con Jerjes, y así en uno y otro lance quedara la Grecia en poder de los persas, pues no alcanzo por cierto de qué hubieran podido servir las fortificaciones construidas sobre el Istmo, si el rey hubiera logrado la superioridad en el mar. Lo cierto es que, atendido lo que pasó, quien diga que los atenienses fueron los salvadores de la Grecia, razón tendrá para decirlo, pues su situación era tal, que debía la fortuna seguir cualquiera de los dos partidos a que ellos se inclinaran. De donde habiendo elegido el partido de conservar libre a la Grecia, fueron sin duda los que impidieron la esclavitud de los que en ella no se habían entregado al medo, y los que naturalmente hablando arrojaron de ella a aquel soberano; en lo que mostraron su valor, no pudiendo recabar de ellos los oráculos espantosos y llenos de terror que de Delfos les venían, que dejasen los intereses de la Grecia, resueltos a hacer cara al enemigo que les embestía y quedarse firmes en su patria.

CXL. Enviando, pues, a Delfos sus diputados religiosos, querían saber lo que el oráculo les prevendría. Practicadas allí todas las ceremonias legítimas cerca del templo, lo mismo fue entrar con la súplica en el santuario que vaticinarles lo siguiente la Pitia, por nombre Aristónica: «¡Infeliz! ¿Qué es lo que pides con tus súplicas? Deja tu paterna casa, deja la cumbre suma de tu redondo alcázar. No quedará segura tu cabeza, no tu cuerpo, no la mano, no la última planta, nada resta del medio del pecho: todo caído lo abrasa voraz la asiria llama, todo lo tala ligero el sirio carro de Ares: mucha almena cae, y no sola la tuya propia; devora ya la furia de la llama mucho templo, que miro bañado al presente de sudor líquido y trémulo de miedo; corre de la cúpula la negra sangre de forzosos azares vaticinadora. Ea, fuera, digo, de mi cámara; salid en mal hora».[225]

CXLI. Al oír tales cosas, los enviados de Atenas a la consulta quedaron sorprendidos de tristeza y congoja. Viéndoles en aquella consternación y abatimiento de ánimo por lo terrible del oráculo, Timón, hijo de Andróbulo, uno de los sujetos de primera reputación en Delfos, dioles el consejo de que en traje de suplicantes, y con un ramo de olivo en las manos, entrasen de nuevo a consultar el oráculo. Vinieron en ello los atenienses, y se explicaron en estos términos: «No nos negaréis, señor y dueño, un oráculo mejor a favor de la patria, en atención siquiera a nuestro dolor, que declara este olivo que llevamos, insignia de unos infelices refugiados. En caso negativo, no pensamos en partirnos de este mismo asilo en donde inmobles nos cogerá antes la muerte». Habiendo así hablado, respóndeles segunda vez la promántida: «Ni con halago ni con estudio sabe Palas aplacar al olimpio Zeus en tal enojo: firme como un diamante es otro oráculo que pronunció. Cuanto cierra dentro el muro de Cécrope, cuanto cubre el sacro retiro del divino Citerón, todo será cogido: ni cede próvido Zeus a Tritónida más que un muro de madera nunca tomado, que sirva de asilo para ti y para tu descendencia. No quiero que sufras el ímpetu del caballo, ni de tanto infante que pasa desde el Asia: cede vuelta la cara, aunque delante le tengas. ¡Oh Salamina la fausta! ¡Oh cuánto hijo de madre perderás tú, o bien Deméter se una o se separe!».

CXLII. Habiendo los enviados tomado por escrito esta segunda respuesta, que parecía ser y era realmente más blanda y suave que la primera, dieron la vuelta para Atenas. Luego que regresaron, como en un congreso del pueblo diesen razón del un oráculo, entre otras varias interpretaciones de los que lo examinaban, dos había que se miraban por más fundadas y graves. Era una la de algunos ancianos, diciendo que lo que aquel dios les significaba a su parecer en el oráculo, era que el alcázar les quedaría salvo y libre; dando por razón que la fortaleza de Atenas estaba en lo antiguo defendida con una estacada, y conjeturando que esta valla debería ser la muralla de que hablaba el oráculo. Otros decían, por otra parte, que aludía el dios a las naves, y eran de sentir que dejando lo demás se alistase la armada, si bien estos que entendían las naves por aquel muro de madera no veían claro el sentido de los dos últimos versos que decía la Pitia: «¡Oh Salamina la fausta! ¡Oh cuánto hijo de madre perderás tú, o bien Deméter se una o se separe!». Estos versos, repito, ponían en confusión a los que tomaban las naves por aquel muro de leño, por cuanto los intérpretes de esta opinión los entendían de modo como si fuera necesario que los atenienses dispuestos a una batalla naval quedasen vencidos cerca de Salamina.

CXLIII. Había entre los atenienses un sujeto que poco antes había empezado a ser tenido por uno de los políticos de más alta reputación, por nombre Temístocles, hijo de Neocles. Decía este insigne varón, que los intérpretes no daban de lleno en el blanco del oráculo, y alegaba que si aquel verso recayera de algún modo contra los atenienses, no se explicara el oráculo con tanta blandura, antes bien dijera ¡oh fatal Salamina!, en vez de decir ¡oh Salamina la fausta!, puesto que los moradores debiesen perecer cerca de ella, y que tomando el vaticinio por el verso que les convenía, la verdad era que aquel oráculo lo había dado Dios contra los enemigos y no contra los de Atenas.

Con estas razones aconsejaba Temístocles a sus conciudadanos que se dispusiesen para una batalla naval, creyendo que esto significaba el muro de madera. Este parecer de Temístocles hizo que los atenienses tuvieran por mejor lo que él les decía, que no lo que juzgaban los demás consultores, quienes no convenían en que se preparasen para dar la batalla de mar, antes pretendían que dependiese toda su salud de no levantar ni un dedo contra el persa, sino de abandonar el Ática o irse a vivir a otra región.