Los nueve libros de la Historia (2 de 2)

Part 17

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LXXXIX. El total de las galeras subía a 1207, las que venían suministradas por las naciones siguientes: Con 300 concurrían los fenicios, juntamente con los sirios de la Palestina, quienes armaban sus cabezas con unos yelmos muy semejantes a los de los griegos; cubrían su pecho con unos petos de lino, llevaban unos dardos y escudos sin marco en su contorno. Tenían estos fenicios en lo antiguo, conforme dicen, su asiento en el mar Eritreo, de donde pasaron a vivir en las costas de la Siria, cuya región y todo lo que hasta el Egipto se extiende se llama Palestina. Con 200 galeras concurrían los egipcios, que llevaban en sus cabezas unos capacetes tejidos, unos escudos cóncavos con grandes cercos que los rodeaban, unas lanzas náuticas y unas enormes segures. Completaban su armadura unos grandes sables que llevaba el mayor número de ellos, cubiertos también con sus coseletes.

XC. Venían armados a su modo los chipriotas con 130 naves: sus reyes llevaban atados a la cabeza unos turbantes o mitras; los otros traían túnicas, y en lo demás imitaban la armadura griega. Sus pueblos, parte son oriundos de Salamina y de Atenas, parte de la Arcadia, parte de Citnos, parte de la Fenicia y parte de la Etiopía, según los mismos chipriotas nos refieren.

XCI. Los cilicios daban por su parte 100 naves, y traían armadas las cabezas con celadas de su país; en vez de escudos usaban adargas hechas de cuero crudo de los bueyes; vestían túnicas de lana; llevaba cada uno dos dardos y una espada parecida a las de Egipto. Estos pueblos en los tiempos antiguos se llamaban hipaqueos, y después tomaron el nombre que tienen de un fenicio llamado Cilix, que era hijo de Agénor. Presentaban los panfilios 30 naves y usaban de armadura griega, siendo descendientes de ciertos griegos que, después de la guerra de Troya, se separaron de los demás en compañía de Anfíloco y Calcante.

XCII. Con 50 naves venían los licios, armados de petos y botines; tenían arcos de cuerno, saetas de caña sin alas, dardos, y además hoces y puñales; llevaban, pendientes de los hombros, unas pieles de cabra, y en sus cabezas unos sombreros coronados con plumajes. Los licios, originarios de Creta, se llamaban antes térmilas, y tomaron su nuevo nombre de Lico, hijo de Pandión, natural de Atenas.

XCIII. Los dorios del Asia, que iban armados a lo griego, siendo colonos del Peloponeso, venían con 30 galeras. Con 70 se presentaron los carios, armados en lo demás como los griegos, solo que tenían sus hoces y dagas. Llevo ya dicho en lo que antes escribí cómo se llamaban anteriormente tales pueblos.[203]

XCIV. Contribuían con 100 galeras a la armada los jonios, apercibidos y armados como los griegos. Estos pueblos todo el tiempo que habitaron el Peloponeso en la región que al presente se llama Acaya, lo que sucedió antes que Dánao y Juto viniesen a dicho Peloponeso, se llamaban pelasgos _egialeos_ (de la plaga), si estamos a lo que dicen los griegos; pero después, del nombre de Ion, hijo de Juto, se llamaron jonios.

XCV. Los isleños, armados al modo griego, presentaron 17 galeras;[204] eran estos asimismo de nación pelásgisca, y se llamaron jonios por la misma razón que las doce ciudades, pero jonios venidos de Atenas. Concurrían los eolios con 60 galeras y con las armas a la griega; los cuales, según es tradición de los griegos, llevaban también en lo antiguo el nombre de pelasgos. Los helespontios, excepto los de Abido, a quienes había el rey mandado que sin dejar su país tomasen a su cargo la guardia del puente; los restantes pueblos, digo, de los costas del Helesponto, armados al par de los griegos como colonos de los dorios y jonios, se presentaron con 100 naves.

XCVI. En todas las galeras dichas iba tropa de persas, de medos y de sacas para los combates. Las naves más listas y ligeras eran las de los fenicios, y entre estas con especialidad la de los sidonios. Así para estas naves, como para las tropas de tierra, cada nación había enviado sus respectivos jefes, de los cuales no haré particular mención, por no pedirlo necesariamente el designio de mi historia. Ellos eran tantos, en efecto, cuantas eran las ciudades que enviaban su contingente; pero no todos tenían mérito particular que los haga dignos de memoria, mayormente no concurriendo en calidad de comandantes sino de meros vasallos, pues tengo ya dicho quiénes eran los persas que tenían toda la autoridad como generales de cada la nación.

XCVII. Los caudillos de la armada naval eran Ariabignes, hijo de Darío; Prexaspes, hijo de Aspatines; Megabazo, hijo de Megabates; y Aquemenes, hijo de Darío. De la armada jónica y cariana era jefe Ariabignes, a quien tuvo Darío en una hija de Gobrias; de la egipcia lo era Aquemenes, por parte de padre y madre hermano de Jerjes; del resto de la armada lo eran los otros dos. El número de los triecónteros (naves de 30 remos), de pentecónteros (de 50 remos), de cércuros (naves de carga) y de barcas largas para el trasporte de la caballería, parece que era de tres mil bastimentos.

XCVIII. Los sujetos de mayor nombre después de los generales que venían embarcados eran el sidonio Tetramnesto, hijo de Aniso; el tirio Matén, hijo de Siromo; el aradio Mérbalo, hijo de Agbalo; el cilicio Siénesis, hijo de Oromedonte;[205] el licio Cibernisco, hijo de Sica; los dos chipriotas Gorgo, hijo de Quersis, y Timonacte, hijo de Timágoras, y tres carios, Histieo, hijo de Timnes, Pigres, hijo de Hiseldomo, y Damasitimo, hijo de Candaules.

XCIX. Y si bien no me miro obligado a hacer mención de los otros jefes, la haré con todo de Artemisia, mujer que siguió la expedición contra la Grecia, cuyo valor me tiene lleno de admiración. Muerto su marido, siendo ella la soberana de su ciudad, y viendo que su hijo era niño todavía, por más que no la llamase obligación precisa, no le sufrió con todo su honor y ánimo varonil el no concurrir a la guerra. Llamábase Artemisia, hija de Lígdamis, por parte de padre, natural de Halicarnaso, y de Creta por parte de madre: era señora de los halicarnasios, de los de Cos, de los de Nísiros y de los de Calidna;[206] y concurrió con cinco galeras que eran las más famosas de la armada después de las sidonias: ella fue la que dio al rey los más acertados pareceres entre los de todos los aliados. La gente de las ciudades que ella, según dije, gobernaba, noto aquí que era toda dórica, pues los halicarnasios son oriundos de Trecén, y los restantes de Epidauro. Y baste ya lo referido acerca de la armada naval.

C. Hecho el cómputo de las tropas y distribuidas estas en escuadrones, tuvo Jerjes la curiosidad de contemplarlas pasando revista a todas ellas, lo cual así ejecutó. En su carro iba recorriendo cada nación, y plantado delante de ella hacía sus preguntas, las cuales iban notando sus escribanos: hízolo de este modo empezando por un cabo y acabando por el otro, tanto de la caballería como de la infantería. Después de verificada esta diligencia, como las galeras de nuevo hubiesen sido echadas al agua, dejando Jerjes su carro, se embarcó en una nave sidonia, y sentado en ella bajo un pabellón de oro, iba corriendo por delante de las proas de las galeras informándose de cada una y tomando las respuestas por escrito, del mismo modo que en el ejército de tierra. A este fin habían apartado sus galeras los capitanes cosa de cuatro pletros (400 pasos) de la orilla, y vueltas las proas a tierra habían formado una línea de frente, armados en ellas todos los combatientes en orden de batalla; de suerte que por entre las naves y la playa iba Jerjes haciendo la revista.

CI. Acabada ya la reseña de las galeras, saltó Jerjes de su nave e hizo comparecer a Demarato, hijo de Aristón, que le acompañaba en la expedición contra la Grecia, y puesto en su presencia, hablole en estos términos: «Mucho gusto tendría ahora, Demarato, en que me respondieras a una pregunta que hacerte quiero. A lo que tú mismo dices y a lo que me aseguran los griegos que se han presentado en mi corte, tú eres griego y natural de una ciudad que ni es la menor, ni la menos poderosa de la Grecia. Quiero, pues, que me digas si tendrán valor los griegos para venir a las manos conmigo. Dígolo porque estoy persuadido de que ni todos los griegos, ni todos los demás hombres del occidente, por más que se juntaran en un ejército, serían capaces de hacerme frente en campo de batalla, no yendo acordes entre ellos mismos. Mucha complacencia tendré, pues, en oír sobre esto tu parecer». Esta fue la pregunta de Jerjes, y tal la respuesta de Demarato: «Señor, le dice: ¿queréis que os diga la verdad desnuda, o que la disfrace con la lisonja?». A lo que respondió Jerjes mandándole decir la verdad, asegurándole que por ella nada perdería de su gracia.

CII. Con esta seguridad en la fe de Jerjes, continuó Demarato: «Pues que mandáis, señor, que hable francamente y os diga la verdad, yo os la diré de manera que no daré lugar a que después de esto me cojáis en mentira. La Grecia, señor, es una nación criada siempre sin lujo y con pobreza, pero hecha a la virtud, fruto de la sabiduría y de la severa disciplina. Con la misma virtud que practica remedia su pobreza y se defiende de la servidumbre. Tal elogio debo darlo a todos los griegos que moran cerca de la región y países dóricos; pero no hablaré ahora de todos ellos, sino solamente de los lacedemonios. Y en primer lugar digo que de ningún modo cabe que den oídos a nuestras pretensiones, encaminadas a quitar la libertad a la Grecia, de suerte que aunque todos los demás griegos os presten vasallaje, ellos solos saldrán a recibiros con las armas en la mano. Ni os toméis el trabajo de preguntarme acerca del número de ellos para saliros al encuentro, porque tened por sabido que si constare su ejército de mil hombres, con mil os darán la batalla; si menos fueren, con menos os la darán, y si fueren más, serán más los que la presenten».

CIII. Al oírle púsose Jerjes a reír: «Demarato, le replica, ¿qué absurdo es ese que dices? Vamos al caso: ¿no aseguras haber sido rey de esos valientes? Pregúntote ahora: ¿quisieras tú solo apostártelas aquí mano a mano contra diez hombres juntos? Y en verdad que si la disciplina civil y el buen orden entre vosotros es en todo como me lo pintas, pide el honor y decoro de la corona, que tú, rey de esos héroes, puedas habértelas con doblado número de enemigos. De suerte que si cada uno de ellos es capaz de hacer frente a diez hombres de los míos, debo a ti solo suponerte bastante para resistir a veinte, pues así y no de otro modo puedes salvar la verdad de tu respuesta. Pero si esos hombres son tales en el valor y en el talle de su cuerpo cual eres tú y cuales son los griegos que vienen a mi presencia, mira no sean esos elogios que les das una mera baladronada y vana exageración. Porque, por Dios, ¿qué camino lleva que 1000 hombres, o sean 10.000, o sean 50.000, iguales todos ellos e igualmente libres, y no sujetos al imperio de un soberano, puedan hacer frente a un ejército tan grande como el mío, especialmente siendo nosotros más de 1000 por uno de ellos, si es que subieren a 50.000? Bien pudiera ser que sujetos a las órdenes de un soberano, como entre nosotros se usa, por miedo de él sacasen esfuerzo de necesidad, y obligados con el látigo, embistiesen pocos contra muchos más; pero sueltos como están y dejada su elección a su arbitrio, no es posible que hagan uno ni otro: antes bien, soy de sentir que cuando fuese igual el número de entrambos, no se atreverían los griegos a entrar con los persas solos en batalla. Lo que dices de tanta bravura y valentía se hallará entre los nuestros, no a cada paso ciertamente, sino en tal cual soldado, pues alguno habrá de mis alabarderos persas, que se atreverá a desafiar a tres de los griegos a un tiempo mismo. Tú empero no lo sabes ni lo conoces; por eso exageras y encomias a tu salvo».

CIV. A este discurso respondió Demarato: «Bien veía, señor, desde el principio que hablando verdad iba a perder vuestra gracia; pero como me obligabais a que os hablase con toda franqueza y sin lisonja, manifesté lo que según su deber harían los espartanos. Nadie sabe mejor que vos cuán apasionado podré estar a favor de unos hombres que me degradaron del honor y de los derechos a la corona heredados de mis abuelos; que me desnaturalizaron y me obligaron al destierro: y nadie sabe mejor que yo cuán obligado estoy a vuestro padre que me amparó, me dio alimentos con que vivir y casa en que morar. Me haréis la justicia de no pensar que un hombre de bien como yo, quiera olvidarse de tantos beneficios, sino que más bien quiere corresponder a ellos. Por lo que mira empero al valor, ni blasonaré de poder salir solo contra diez, ni solo contra dos, ni aun por mi gusto quisiera entrar en singular desafío con uno solo, si bien en caso de necesidad, o si algún empeño mayor a ello me estimulase, vendría gustosísimo en medir mi espada con la de alguno de esos persas que se dicen capaces de habérselas cada uno con tres griegos. Porque los lacedemonios cuerpo a cuerpo no son por cierto los más flojos del mundo, y en las filas son los más bravos de los hombres. Libres sí lo son, pero no libres sin freno, pues soberano tienen en la ley de la patria, a la cual temen mucho más que no a vos vuestros vasallos. Hacen sin falta lo que ella les manda, y ella les manda siempre lo mismo: no volver las espaldas estando en acción a ninguna muchedumbre de armados, sino vencer o morir sin dejar su puesto. Pero ya que os parecen absurdas mis razones, hago ánimo en adelante de no hablaros más sobre ello; lo que ahora dije lo dije precisado. Deseo, señor, que todo os salga a medida de vuestros deseos».

CV. De la respuesta de Demarato hizo burla Jerjes, y tomándola a risa no dio muestra ninguna de enojo, sino que lo envió enhorabuena y con mucha paz. Después de este coloquio, habiendo nombrado gobernador de Dorisco a Mascames, hijo de Megadostas, y depuesto el antecesor que Darío había allí dejado, marchando por la Tracia, movió las armas hacia Grecia.

CVI. Era Mascames, el nuevo gobernador, un sujeto de tanto mérito, que a él solo, como al persa más sobresaliente entre todos los gobernadores nombrados por Jerjes o por Darío, solía el rey hacer todos los años sus presentes, y aun Artajerjes, su hijo, continuó en hacer la misma demostración con los descendientes del mismo Mascames: porque habiendo, antes de la presente expedición, sido nombrados en todas partes gobernadores persas, así en la Tracia como en el Helesponto, por más que todos ellos, pasado el tiempo de la expedición, fueron echados por los griegos del Helesponto y de la Tracia, no lo fue el de Dorisco, no habiendo podido nadie arrojar a Mascames de aquella plaza, a pesar de las tentativas que muchos hicieron con este intento. Por tal motivo, pues, enviaba siempre regalos a aquel gobernador el rey actual de la Persia.

CVII. De todos los gobernadores que fueron echados de aquellas plazas por los griegos, a ninguno tuvo Jerjes por oficial de mérito sino solamente a Boges el de Eyón. A este jamás acababa de celebrarle, y en atención a sus méritos honró muy particularmente a los hijos que de él quedaron entre los persas. Y en efecto, bien mereció Boges tan grandes elogios, porque viéndose cercado por los atenienses y por Cimón, hijo de Milcíades, aunque tuvo en su mano el salir capitulando de la plaza y restituirse salvo al Asia, no quiso hacerlo, porque al rey no le pareciese que con villanía había comprado su libertad y vida, sino que aguantó el sitio hasta la extremidad. Y cuando vio que no tenía ya más víveres en la plaza, lo que hizo fue degollar a sus hijos, a su mujer, a sus concubinas y a toda la demás familia, y muertos les pegó fuego: después cuanto oro y cuanta plata había en la ciudad fue esparciéndolo todo desde el muro en las corrientes del Estrimón, y concluido esto, arrojose al cabo a sí mismo en una hoguera. Por tales hazañas es aún hoy día muy celebrado entre los persas.

CVIII. Desde Dorisco continuaba Jerjes sus marchas camino de la Grecia, obligando a todos los pueblos que en el viaje hallaba a que le siguiesen armados, y se lo mandaba como soberano de ellos, habiendo sido conquistada toda aquella tierra, como tengo ya declarado, hasta la Tesalia, y hecha tributaria del rey, primero por Megabazo y después por Mardonio. En el viaje desde Dorisco fue luego pasando Jerjes por las plazas de los samotracios, la última de las cuales hacia poniente es una ciudad que lleva el nombre de Mesembria: vecina a esta se halla Estrime, que es otra ciudad de los tasios; entre las dos corre el río Liso, cuya agua no bastó para satisfacer al ejército de Jerjes, quedando agotada. Este país se llamaba antiguamente la tierra Galaica, y ahora la Briántica, y con toda propiedad debe ser tenida por la región de los cicones.

CIX. Habiendo atravesado a pie enjuto la madre del Liso, fue siguiendo Jerjes las ciudades griegas de Maronea, Dicea y Abdera, y al transitar por ellas pasó igualmente por cerca de unas célebres lagunas vecinas a dichas ciudades, cual es la laguna Ismáride que cae entre Maronea y Estrime, y cual es la Bistónide, vecina a Diceas, en la que van a desaguar dos ríos, el Travo y el Cómpsato.[207] Cerca de Abdera no pasó Jerjes por ningún lago notable, pero sí por el río Nesto, que por allí corre al mar. Continuando las marchas más allá de estos parajes, recorrió las ciudades mediterráneas, en una de las cuales hay una gran laguna que tendrá unos 30 estadios de circunferencia, abundante en pesca y de agua muy salobre, y con todo quedó seca solo con haber abrevado allí las bestias de carga del ejército: la ciudad dicha se llama Pistiro. Dejando las ciudades marítimas y griegas a mano izquierda, pasó Jerjes adelante.

CX. Los pueblos de los tracios por donde llevó el rey sus marchas son los petos, los cicones, los bistones, los sapeos, los derseos, los edonos y los satras.[208] De estos, los que están situados en la costa del mar seguían la armada en sus naves, y los que viven tierra adentro de quienes acabo de hacer mención, todos, excepto los satras, eran precisados a acompañar el ejército de tierra.

CXI. No ha llegado a nuestra noticia que hayan sido hasta aquí los satras vasallos de ningún señor, habiendo sido los únicos tracios que hasta mis días han conservado siempre su libertad. El motivo ha sido, parte por habitar unos altos montes llenos de todo género de arboleda y maleza y coronados de nieve, parte por ser sumamente guerreros. Tienen un oráculo de Dioniso situado en altísimas montañas; los besos[209] son entre los satras los encargados del santuario, y la promántida o sacerdotisa es la que responde, como en Delfos, a las consultas y no con más ambigüedad.

CXII. Adelantándose Jerjes más allá de la región, pasó por otras fortalezas que son de los pieres, llamada la una Fagres, y la otra Pérgamo. Llevando sus marchas por cerca de dichas plazas, dejaba a mano derecha el Pangeo, monte grande y elevado, en el cual hay minas de oro y plata que disfrutan los pieres y odomantos,[210] y más que todos los satras.

CXIII. Habiendo ya dejado a los que habitan por la parte de Bóreas a las faldas del Pangeo, que son los peonios, los doberes y los peoples,[211] torció hacia poniente hasta llegar al Estrimón y a la ciudad de Eyón, en donde estaba todavía de gobernador aquel Boges de quien poco antes hice mención. Llámase la Fílide esta comarca de las cercanías del Pangeo, la cual hacia poniente se extiende hasta el río Angites que entra en el Estrimón, y hacia mediodía hasta el mismo Estrimón. A este río hicieron los magos un próspero sacrificio, degollando en honra suya unos caballos blancos.

CXIV. Después de estos sacrificios y otros muchos hechizos con que pretendían encantar al río, pasando por el lugar llamado _Ennea Odi_ (los Nueve Caminos) de los edonos, marcharon hacia los puentes que hallaron ya construidos sobre el Estrimón. Oyendo que aquel lugar se llamaba los Nueve Caminos,[212] enterraron vivos allí mismo nueve mancebos y nueve doncellas del país. Costumbre de los persas es enterrar a los vivos, pues oigo decir que Amestris, esposa de Jerjes, siendo ya de edad, sepultó vivos catorce hijos de los persas más ilustres, víctimas que sustituía en su lugar para aplacar a la divinidad que dicen existir debajo de tierra.

CXV. Después que vadeado el Estrimón se puso el ejército en camino, marchó por una playa que cae hacia poniente y pasó cerca de una ciudad griega allí situada, que se llama Argilo. Aquella región y la que sobre ella está se llama la Bisaltia. Desde allí, dejando a la izquierda el golfo que está vecino al templo de Poseidón y marchando por la llanura llamada Sileo, pasó más allá de Estagira, ciudad griega, y llegó a Acanto,[213] habiendo incorporado en el ejército estas naciones y las que antes dije, y todas las que moran alrededor del monte Pangeo, obligando a las marítimas a seguir con sus naves la armada, y a las internadas a seguir el ejército. El camino por donde Jerjes condujo sus tropas tiénenlo los tracios hasta mis días en gran veneración, no confundiéndolo ni sembrándolo jamás.

CXVI. Llegado el ejército a Acanto, declaró el persa por amigos y huéspedes a los acantios y les concedió el uniforme o vestido de los medos, honrándolos mucho de palabra, así por verlos prontos a la guerra, como por oír que estaba ya el foso terminado.

CXVII. Estaba Jerjes en Acanto cuando de resultas de una enfermedad acabó allí sus días Artaqueas, oficial prefecto del canal, muy valido en la corte de Jerjes y en la casa de los Aqueménidas. Era en su estatura el mayor de los persas, teniendo cinco codos regios de alto[214] menos cuatro dedos: nadie le ganaba en lo sonoro y robusto de la voz. Mostró Jerjes gran sentimiento de su muerte, y le honró con suntuosas exequias, haciendo que todo el ejército le ofreciese dones sobre el sepulcro. Hácenle los acantios los sacrificios debidos a un héroe conforme cierto oráculo, y en ellos le invocan por su mismo nombre. En una palabra, reputaba Jerjes por gran pérdida aquella muerte.

CXVIII. Los griegos que daban acogida en sus ciudades al ejército y recibían con cena a Jerjes, quedaban oprimidos con el excesivo gasto, y se veían precisados a desamparar sus propias casas. Lo cierto es que obligados los tasios, a causa de las poblaciones que poseían en tierra firme, a dar los utensilios al ejército y la mesa a Jerjes, encargado de la comisión Antípatro, hijo de Orgeo, hombre de tanto crédito como el que más entre sus paisanos, dio al público la cuenta de haber gastado 400 talentos de plata en aquella cena.

CXIX. Y cuentas muy parecidas a esta dieron los comisarios de las otras ciudades a este fin escogidos. Hacíase el convite con tanto aparato, que muy de antemano se daba la orden y señalábase la suntuosidad con que debía celebrarse. Luego que llegaban los pregoneros a las ciudades de aquel distrito, intimándoles el hospedaje, los moradores de ellas, contribuyendo a proporción con el trigo que tenían, molíanlo ante todo y hacían pan para algunos meses. Buscando a más de esto las más preciosas reses, íbanlas cebando para regalo del ejército, como también las aves, así de tierra como de las lagunas, cerradas en sus caponeras y vivares. En segundo lugar, labraban vasos de oro y plata, y copas y demás vajilla para la mesa. Esta singularidad se hacía para el rey y los cortesanos sus comensales; para lo restante del ejército solo se prevenían los bastimentos ordenados. Cuando acababa de llegar el ejército de su marcha, estaba ya preparado en su campo el pabellón real donde iba a descansar el mismo Jerjes, mientras se quedaba la tropa al cielo descubierto. Llegada la hora de la cena, entonces era cuando los huéspedes se hacían todo manos para el servicio; pero bien comidos y bebidos los hospedados, descansaban allí aquella noche, y venida la mañana, quitaban a sus huéspedes la fatiga cargando con la tienda y con todos los muebles y alhajas con que se iban, sin dejar cosa que no llevasen consigo.