Los nueve libros de la Historia (2 de 2)

Part 16

Chapter 164,072 wordsPublic domain

LI. Después de este debate movió otro Artabano. «Señor, le dice, ya que no dais lugar al miedo, ni queréis que yo se lo dé, seguid siquiera mi consejo en lo que voy a añadir, pues como son tantos los negocios, es preciso que sea mucho lo que haya que decir. Ya sabéis que Ciro, hijo de Cambises, fue quien con las armas hizo tributaria de los persas a toda la Jonia, menos a los atenienses. Soy de parecer que en ninguna manera conviene que llevéis en vuestra armada a los jonios contra su madre patria, pues sin ellos bien podremos ser superiores a nuestros enemigos. Una de dos, señor; o han de ser ellos una gente la más perversa si hacen esclava a su madre patria, o la más justa si procuran su libertad. Poco vamos a ganar en que sean unos malvados; pero si quisieren obrar como hombres de bien, muy mucho serán capaces de incomodarnos y aun de perder vuestra armada. Bueno será, pues, que hagáis memoria de un proverbio antiguo y verdadero, que “hasta el fin no se canta victoria”».

LII. «Artabano, le responde Jerjes, de cuanto hasta aquí has filosofado en nada te alucinaste más que en ese tu temor de que los jonios puedan volverse contra nosotros. A favor de su fidelidad tenemos una prueba la mayor, de la cual eres tú mismo buen testigo, y pueden serlo juntamente los que siguieron a Darío contra los escitas; pues sabemos que en mano de ellos estuvo el perder o salvar todo aquel ejército, y que dieron entonces muestra de su hombría de bien y de su mucha lealtad no dándonos nada que sentir. Además, ¿qué novedades han de maquinar ellos dejando ahora en nuestro poder y dominio a sus hijos, a sus mujeres y a sus bienes? Déjate ya de temer tal cosa, guarda en todo buen ánimo; ve y procura cuidar bien de mi palacio y de mi reino, que a ti solo fío yo la regencia de mis dominios».

LIII. Así dijo, y enviando a Susa a Artabano, convoca segunda vez a los grandes de la Persia, a quienes reunidos habló de esta conformidad: «El motivo que para juntaros aquí he tenido, nobles y magnates, ha sido el exhortaros a que continuéis en dar pruebas de vuestro valor, no degenerando de hijos de aquellos persas que tantas y tan heroicas proezas hicieron, sino mostrando cada uno de por sí y todos en común vuestros ánimos y bríos varoniles. La gloria y provecho de la victoria que vamos a lograr será común a todos: esto me mueve a encargaros que toméis con todo empeño esta guerra, pues vamos a hacerla contra unos enemigos, a lo que oigo decir, valientes, a quienes si venciéremos, no nos restará ya nación en el mundo que se atreva, a salir en campaña contra nosotros. Ahora, pues, con el favor de los dioses tutelares de la Persia e implorada su protección, pasemos hacia la Europa».

LIV. Aquel día lo emplearon en disponerse para el tránsito: al día siguiente esperaban que saliera el sol, al cual querían ver salido antes de emprender el paso, ocupados entretanto en ofrecerle encima del puente toda especie de perfumes, cubriendo y adornando con arrayanes todo aquel camino. Empieza a dejarse ver el sol, y luego Jerjes, haciendo al mar con una copa de oro sus libaciones, pide y ruega al mismo tiempo a aquel su dios que no le acontezca ningún encuentro tal, que le obligue a detener el curso de sus victorias antes de haber llegado a los últimos términos de la Europa. Acabada la súplica, arrojó dentro del Helesponto, juntamente con la copa, una pila de oro y un alfanje persa llamado _acinaces_. No acabo de entender si estos dones echados al agua los consagró en honor del sol, o si, arrepentido de haber mandado azotar al Helesponto, los ofreció al mar a fin de aplacarle.

LV. Acabada esta ceremonia religiosa, empezó a desfilar el ejército: la infantería y toda la caballería por el puente que miraba hacia el Ponto, y por el que estaba a la parte del Egeo los bagajes y gente de la comitiva.[190] Iban en la vanguardia diez mil persas, todos ellos con sus coronas, y después les seguían los cuerpos de todas aquellas tan varias naciones sin separación alguna. Estos fueron los que pasaron aquel primer día: al siguiente fueron los primeros en verificarlo los caballeros y los que llevaban sus lanzas inclinadas hacia abajo, coronados también todos ellos: pasaban después los caballos sagrados y el carro sacro, al que seguía el mismo Jerjes y los alabarderos y los mil soldados de a caballo, después de los cuales venía lo restante del ejército. Al mismo tiempo fueron pasando las galeras de una a otra orilla; si bien a alguno he oído decir que el rey pasó el último de todos.

LVI. Pasado Jerjes a la Europa, estuvo mirando desfilar a su ejército compelido de los oficiales con el azote en la mano, paso en que se emplearon siete días enteros con sus siete noches, sin parar un instante solo. Dícese que después que acabó Jerjes de pasar el Helesponto, exclamó uno de los del país: «¡Oh Zeus! ¿A qué fin tú ahora en forma de persa, tomado el nombre de Jerjes en lugar del de Zeus, quieres asolar a la Grecia conduciendo contra ella todo el linaje humano, pudiendo por ti solo dar en el suelo con toda ella?»

LVII. Pasado ya todo el ejército, al ir a emprender la marcha, sucedioles un portento considerable, si bien en nada lo estimó Jerjes, y eso siendo de suyo de muy fácil interpretación. El caso fue que de una yegua le nació una liebre, se ve cuán natural era la conjetura de que en efecto conduciría Jerjes su armada contra la Grecia con gran magnificencia y jactancia, pero que volvería pavoroso al mismo sitio y huyendo más que de paso de su ruina. Y no fue solo este prodigio, pues otro le había ya acontecido hallándose en Sardes, donde una mula parió otra, y esta monstruo hermafrodita, con las naturas de ambos sexos, estando la de macho sobre la de hembra.

LVIII. Jerjes, sin atender a ninguno de los dos prodigios, continuaba su camino conduciendo consigo el ejército. La armada naval, fuera ya del Helesponto, navegaba costeando la tierra con dirección contraria a las marchas del ejército, dirigiendo el rumbo a poniente hacia el promontorio Sarpedonio, donde tenía orden de hacer alto. El ejército marchaba por el Quersoneso hacia levante, dejando a la derecha el sepulcro de Hele, hija de Atamante, y a la izquierda la ciudad de Cardia.[191] Pero después de atravesar por medio de cierta ciudad llamada Ágora, torció hacia el golfo Melas, como se llama, y al río llamado también Melas, cuyos raudales no fueron bastantes para satisfacer al ejército y quedaron agotados. Y habiendo vadeado dicho río, del cual toma su nombre aquel seno, dirigiose a poniente, y pasada Eno, ciudad de los eolios, como también la laguna Estentórida, continuó su viaje hasta Dorisco.

LIX. Es Dorisco una gran playa de la Tracia, término de una vasta llanura por donde corre el gran río Hebro,[192] sobre el cual está fabricada una fortaleza real, a la que llaman Dorisco, en donde había una guarnición de persas colocada allí por Darío desde cuando hizo allí su jornada contra los escitas. Pareciéndole, pues, a Jerjes que el lugar era a propósito para la revista y reseña de sus tropas, empezó a ordenarlas allí y a contarlas. Y habiendo llegado asimismo a Dorisco todas las naves por orden de Jerjes, arrimáronlas los capitanes a la playa inmediata a Dorisco, donde están Sale, ciudad de los Samotracios, y Zona, terminando en Serreo, promontorio bien conocido; lugar que pertenecía antiguamente a los cicones.[193] En esta playa, pues, arrimadas las naves y sacadas después a la orilla, respiraron los marineros por todo aquel tiempo en que Jerjes pasaba revista a sus tropas en Dorisco.

LX. No puedo en verdad decir detalladamente el número de gente que cada nación presentó, no hallando hombre alguno que de él me informe. El grueso de todo el ejército en la reseña ascendió a un millón y setecientos mil hombres; el modo de contarlos fue singular: juntaron en un sitio determinado diez mil hombres apiñados entre sí lo más que fue posible y tiraron después una línea alrededor de dicho sitio, sobre la cual levantaron una pared alrededor, alta hasta el ombligo de un hombre. Salidos los primeros diez mil, fueron después metiendo otros dentro del cerco, hasta que así acabaron de contarlos a todos, y contados ya, fuéronlos separando y ordenando por naciones.

LXI. Los pueblos que militaban eran los siguientes: Venían los persas propios llevando en sus cabezas unas tiaras, como se llaman, hechas de lana no condensada a manera de fieltro; traían apegadas al cuerpo unas túnicas con mangas de varios colores, las que formaban un coselete con unas escamas de hierro parecidas a las de los pescados;[194] cubrían sus piernas con largas bragas; en vez de escudos usaban de _gerras_; traían astas cortas, arcos grandes, saetas de caña y colgadas sus aljabas, y de la correa o cíngulo les pendían unos puñales hacia el muslo derecho. Llevaban al frente por general a Ótanes, padre de Amestris, la esposa de Jerjes. Estos pueblos eran en lo antiguo llamados por los griegos los cefenes, y se daban ellos mismos el nombre de arteos. Pero después que Perseo, hijo de Dánae y de Zeus, pasó a casa de Cefeo, hijo de Belo, y casó con la hija de este, llamada Andrómeda, como tuviese en ella un hijo, le puso el nombre de Persa y lo dejó allí en poder de Cefeo, quien no había tenido la suerte de tener prole masculina. De este Persa tomaron, pues, el nombre aquellos pueblos.

LXII. Venían también los medos armados del mismo modo, pues aquella armadura es propia en su origen de los medos y no de los persas. El general que los conducía era Tigranes, príncipe de la familia de los Aqueménidas. Eran estos pueblos en lo antiguo llamados generalmente arios, pero después que Medea desde Atenas pasó a los arios, también estos mudaron el nombre, según refieren los mismos medos. Los cisios,[195] excepto en las mitras que llevaban en lugar de tiara a manera de sombrero, en todo lo demás de la armadura imitaban a los persas: su general era Anafes, hijo de Ótanes. Los hircanios, armados del mismo modo que los persas, eran conducidos por Megapano, el mismo que fue después virrey de Babilonia.

LXIII. Los asirios armados de guerra llevaban cubiertas las cabezas con unos capacetes de bronce, entretejidos a lo bárbaro de una manera que no es fácil declarar, si bien traían los escudos, las astas y las dagas parecidas a las de los egipcios, y a más de esto unas porras cubiertas con una plancha de hierro y unos petos hechos de lino. A estos llaman sirios los griegos, siendo por los bárbaros llamados asirios, en medio de los cuales habitan los caldeos. Era el que venía a su frente por general Otaspes, hijo de Artaqueas.

LXIV. Militaban los bactrios armando sus cabezas de un modo muy semejante a los medos, con sus lanzas cortas y con unos arcos de caña según el uso de su tierra. Los sacas o escitas cubrían la cabeza con unos sombreros a manera de gorro recto y puntiagudo, iban con largos zaragüelles, y llevaban unas ballestas nacionales, unas dagas y unas segures o _sagares_. Siendo estos escitas amirgios, llamábanlos sacas porque los persas dan este nombre a todos los escitas. El general de estas dos naciones de bactrios y sacas[196] era Histaspes, hijo de Darío y de la princesa Atosa, hija de Ciro.

LXV. Los indios iban vestidos de una tela hecha del hilo de cierto árbol,[197] llevando sus arcos y también las saetas de caña, pero con una punta de hierro: así armados venían a las órdenes de Farnazatres, hijo de Artabates. Llevaban ballestas los arios al uso de la Media, y los demás aparatos al uso de los bactrios, y tenían por comandante a Sisamnes, hijo de Hidarnes.

LXVI. Las mismas armas que los bactrios llevan los partos, los corasmios, los sogdios, los gandarios y los dádicas.[198] Eran sus respectivos generales: de los partos y de los corasmios, Artabazo, hijo de Farnaces; de los sogdios, Azanes, hijo de Arteo; de los gandarios y de los dádicas, Artifio, hijo de Artabano.

LXVII. Los caspianos, vestidos con sus pellicos, venían armados de alfanjes y de unos arcos de caña propios de su país, y apercibidos así para la guerra, llevaban a su frente al jefe Ariomardo, hermano de Artifio. Los sarangas, vistosos con sus vestidos de varios colores, traían unos borceguíes que les llegaban a la rodilla, y unos arcos y lanzas al uso de los medos, y su general era Ferendatas, hijo de Megabazo. Venían los pactias con sus zamarras, armados de unos puñales y de unos arcos al uso de su tierra, conducidos por el jefe Artaíntes, hijo de Itamitres.

LXVIII. Del mismo modo que los pactias, se dejaban ver armados los utios, los micos y los paricanios.[199] Tenían estos dos generales, porque de los utios y micos lo era Arsámenes, hijo de Darío, y de los paricanios lo era Siromitra, hijo de Eobazo.

LXIX. Los árabes, que traían ceñidas sus _ziras_ o marlotas, llevaban unos arcos largos que de una y otra parte se doblaban, colgados del hombro derecho. Venían los etíopes, cubiertos con pieles de pardos y de leones con unos arcos largos por lo menos de cuatro codos, hechos del ramo de la palma. Llevaban unas pequeñas saetas de caña, las cuales en vez de hierro tenían unas piedras aguzadas con las que suelen abrir sus sellos: traían ciertas lanzas cuyas puntas en vez de hierro eran unos cuernos agudos de cabras monteses, y a más de esto unas porras con clavos alrededor. Al ir a pelear suelen cubrirse de yeso la mitad del cuerpo y la otra mitad de almagre. El general que mandaba a los árabes y a los etíopes situados sobre el Egipto era Arsames, hijo de Darío y de Aristone, hija de Ciro, a la cual como Darío amase más que a sus otras mujeres, hizo una estatua de oro trabajado a martillo.

LXX. De los etíopes que caen sobre el Egipto, como también de los árabes, era, repito, el jefe Arsames; pero los etíopes o _negros_ del oriente, pues dos eran las naciones de etíopes que en el ejército había, estaban agregados al cuerpo de los indios, en el color nada diferentes de los otros, pero mucho en la lengua y en el pelo, porque los etíopes del oriente tienen el cabello lacio y tendido, y los de la Libia lo tienen más crespo y ensortijado que los demás hombres. Los etíopes asiáticos de que hablaba iban por lo demás armados como los indios, solo que en lugar de visera traían el cuero de las cabezas de los caballos con sus orejas y crines, de suerte que la crin les servía de penacho, y llevaban las orejas levantadas. En vez de escudos con que cubrirse, usaban de las pieles de las grullas.

LXXI. Venían los libios defendidos con una armadura de cuero, y usaban de unos dardos tostados al fuego: era su general Masages, hijo de Oarizo.

LXXII. Concurrían los paflagonios a la guerra, armada la cabeza con unos morriones encajados, con unos pequeños escudos, con unas no muy largas astas, con sus dardos y puñales. Llevaban unos botines hasta media pierna al uso del país. Con las mismas armas que los de Paflagonia concurrían los ligies, los matienos, los mariandinos, y los sirios, que son por los persas llamados capadocios. Conducía a los paflagonios y matienos el general Doto, hijo de Megasidro, y a los mariandinos, ligies y sirios el general Gobrias, hijo de Darío y de Aristone.

LXXIII. Su armadura, muy parecida a la paflagónica, tenían con cortísima diferencia los frigios, quienes, según cuentan los macedonios, mientras que fueron europeos y vecinos de aquellos se llamaban brigos, pero pasados al Asia, juntamente con la región, mudaron de nombre. Los armenios, colonos de los frigios, venían armados como ellos; y el adalid de estas dos naciones era Artocmes, casado con una hija de Darío.

LXXIV. Los lidios tenían unas armas muy parecidas a las griegas: estos pueblos, llamados antiguamente mayones, mudaron de nombre, tomando el nuevo de Lido, hijo de Atis. Llevaban los misios en sus cabezas unos capacetes del país y unos pequeños escudos, usando de ciertos dardos tostados: son colonos de los lidios y se llaman olimpienos, tomando el nombre del monte Olimpo. El jefe de entrambos pueblos, lidios y misios, era Artafrenes, hijo de aquel Artafrenes que en compañía de Datis dio la batalla de Maratón.

LXXV. Armábanse los tracios con unas pieles de zorra en la cabeza y con túnicas alrededor del cuerpo que cubrían con ziras o marlotas de varios colores: en los pies y piernas llevaban borceguíes hechos de las pieles de los cervatillos: usaban de dardos, de peltas y de pequeñas dagas. Trasplantados estos al Asia menor, se llamaron bitinios, siendo antes, como dicen ellos mismos, llamados estrimonios, porque habitaban a las orillas del Estrimón, de donde pretenden que fueron arrojados por los teucros y misios.

LXXVI. Era general de los tracios situados en el Asia, Basaces, hijo de Artabano. Tenían aquellos unos pequeños escudos de cuero crudo de buey, y venía cada uno con dos dardos, con que suelen cazar los lobos: llevaban en la cabeza un casco de bronce, al cual estaban pegadas unas orejas y cuernos de buey también de bronce, y sobre el casco su penacho: adornaban las piernas con listones de púrpura. Entre estos pueblos se halla un oráculo de Ares.

LXXVII. Los cabeleos mayones que llaman lasonios imitaban a los cilicios en la armadura, que describiré cuando llegue a hablar de los últimos en su lugar. Traían los milias[200] unas lanzas cortas, y apretaban sus vestidos con unas hebillas: llevaban algunos de ellos unos arcos licios y en la cabeza unos capacetes de cuero. A todos estos capitaneaba Badres, hijo de Histanes. Cubrían los moscos la cabeza con un casco de madera, y llevaban sus escudos y sus astas pequeñas, pero armadas con una gran punta.

LXXVIII. Armados como los moscos venían los tibarenos, los macrones y los mosinecos,[201] y eran conducidos por los siguientes caudillos: los moscos y tibarenos por Ariomardo, que era hijo de Darío, habido en Parmis, hija de Esmerdis y nieta de Ciro; los macrones y mosinecos por Artaíctes, hijo de Querasmis, el cual era gobernador de Sesto sobre el Helesponto.

LXXIX. Cubrían los mares la cabeza con unas celadas propias del país que se podían plegar, y llevaban además unos escudos pequeños de cuero también con sus dardos. Traían los colcos puestas en la cabeza unas celadas hechas de madera, y en la mano unos escudos de cuero de buey no adobado; usaban astas cortas y también espadas. General de los mares y de los colcos era un hijo de Teaspis, por nombre Farándates; pero el de los alarodios y de los saspires,[202] armados a semejanza de los colcos, era Masistio, hijo de Siromitra.

LXXX. Vestidas y armadas casi como los medos seguían al ejército las naciones de las islas del mar Eritreo, en donde confina el rey a los que llaman _deportados_. De estos isleños era comandante Mardontes, hijo de Bageo, quien siendo general dos años después quedó muerto en la batalla de Mícala.

LXXXI. Todas estas naciones que por tierra servían, eran las que venían alistadas en el ejército del continente. Nombrados llevo los generales mayores de ellas, a cuyo cargo estaba el ordenar y distribuir en cuerpos menores aquella tropa, nombrando a los oficiales subalternos, así los que mandaban a mil, como los que a diez mil hombres, si bien estos últimos eran los que señalaban a los capitanes para cien hombres, y a los cabos para diez. Verdad es que había otros prefectos que cuidaban de las brigadas y de las naciones, pero los generales mayores eran los mencionados.

LXXXII. Sobre estos y sobre todo el ejército de tierra, seis eran los generalísimos que tenían el mando universal: el uno era Mardonio, hijo de Gobrias; el otro Tritantecmes, hijo de aquel Artabano que fue de parecer no se hiciera la expedición contra la Grecia; el tercero Esmerdómenes, hijo de Ótanes, el cual siendo como el anterior hijo de un hermano de Darío, eran ambos primos del mismo Jerjes; el cuarto era Masistes, hijo de Darío y de Atosa; el quinto Gergis, hijo de Ariazo; el sexto Megabizo, hijo de Zópiro.

LXXXIII. Estos eran los generalísimos de todo el ejército de tierra, exceptuados empero los diez mil persas escogidos a quienes mandaba Hidarnes, hijo de Hidarnes. Llamábanse estos persas los Inmortales, porque si fallaba alguno de dicho cuerpo por muerte o por enfermedad, otro hombre entraba luego a suplir el lugar vacante, de suerte que nunca eran ni más ni menos de diez mil persas. Su uniforme era de todos el más vistoso, y ellos los mejores y más valientes. Su armadura era la que dejo antes descrita, y a más de ella se distinguían por la gran cantidad de oro de que iban adornados. Seguíales la comitiva de muchas carrozas y en ellas sus concubinas, y una gran compañía de criados con vistosas libreas. Sus bastimentos, separados de las vituallas del ejército, eran conducidos por camellos y otros bagajes.

LXXXIV. Todas las naciones dichas suelen servir en la caballería, pero no todas iban montadas, sino solo las que voy a decir. Los persas militaban a caballo con las mismas armas que usaba su infantería; solo que algunos llevaban unos yelmos hechos de bronce y de hierro.

LXXXV. Hay, a más de estos, ciertos pastores llamados sagartios que, hablando la lengua de los persas, usan un traje medio entre el de estos y el de los pactias. Componían, pues, aquellos un cuerpo de 8000 caballeros, si bien, según su uso, no llevaban armas ni de bronce ni de hierro, salvo su puñal. Sus armas eran unos ramales hechos de correas, con los cuales entraban animosos en batalla, en la cual suelen pelear en esta forma: métense entre los enemigos y les echan sus ramales que en la extremidad tienen ciertos lazos; al infeliz que enlazan, sea hombre, sea caballo, lo arrastran hacia ellos, y enredado de cerca le matan. Tal es el modo que tienen de pelear, y son contados entre la milicia de los persas.

LXXXVI. Iguales armas que la infantería usaban los medos y también los cisios de a caballo. Los indios, armados asimismo como sus infantes, peleaban cada uno, o desde su montura, o desde sus carros tirados por caballos o por asnos silvestres. Los jinetes bactrianos iban armados como los peones, no menos que los caspios e igualmente que los libios, quienes venían todos montados en sus carros: los caballeros caspios y paricanios usaban también las armas de sus peones: los árabes, si bien eran semejantes en la armadura a los de a pie, venían sobre sus camellos que no ceden en ligereza a los caballos.

LXXXVII. Servían únicamente en la caballería estas naciones, cuyo número subía a 80.000, exceptuados los carros y los camellos. Todos los que a caballo servían, estaban distribuidos en sus respectivos escuadrones; pero los árabes ocupaban aparte el último lugar, por cuanto los caballos no pueden sufrir la compañía de los camellos, y así para que estos no les espantasen venían los postreros.

LXXXVIII. Eran generales de la caballería los dos hijos de Datis, el uno Harmamitras y el otro Titeo, habiendo quedado enfermo en Sardes el tercer general, Farnuques, quien al partir de aquella ciudad tuvo una sensible desgracia. Sucedió que al montar a caballo pasó un perro por debajo del vientre de este; el caballo, que no lo había visto venir, se espantó, y empinándose de repente, arrojó a Farnuques. De la caída se le originó un vómito de sangre que al cabo vino a parar en una tisis. Sus criados en el acto hicieron con el caballo lo que su amo les mandó, llevándolo al mismo lugar en donde arrojó al señor y cortándole las piernas hasta las rodillas. Por este accidente perdió Farnuques su mando de general.