Los nueve libros de la Historia (2 de 2)

Part 15

Chapter 154,121 wordsPublic domain

XXVI. En tanto que estos se aplicaban a sus respectivas tareas, Jerjes, al frente de todo su ejército de tierra, habiendo salido de Critala, lugar de la Capadocia, donde se había dado la orden de que se juntasen todas las tropas del continente que habían de ir en compañía del rey, marchaba hacia Sardes. Allí en la reseña del ejército no puedo decir cuál de los generales mereció los dones del rey en premio de haber presentado la mejor y más bien arreglada milicia, ni aun sé si entraron en esta competencia los generales. Después de pasar el río Halis continuaba el ejército sus marchas por la Frigia, hasta llegar a Celenas,[180] de donde brotan las fuentes del río Meandro, y de otro río no inferior que lleva el nombre de Catarrectes, el cual, nacido en la plaza misma de Celenas, va a unirse con el Meandro. En aquella plaza y ciudad se ve colgada en forma de odre la piel de Marsias, quien, según cuentan los frigios, fue desollado por Apolo, que colgó después allí su pellejo.

XXVII. Hubo en esta ciudad un vecino llamado Pitio,[181] hijo de Atis, de nación lidio, quien dio un convite espléndido a toda la armada del rey y al mismo Jerjes en persona, ofreciéndose a más de esto a darle dinero para los gastos de la guerra. Oída esta oferta de Pitio, informose Jerjes de los persas que estaban allí presentes sobre quién era Pitio, y cuántos eran sus haberes, que se atreviese a hacerle tal promesa. «Señor, le respondieron, este es el que regaló a vuestro padre Darío un plátano y una vid de oro, hombre en efecto que solo a vos cede en bienes y riqueza, ni conocemos otro que le iguale».

XXVIII. Admirado de esto último que acababa Jerjes de oír, preguntó él mismo a Pitio cuánto vendría a ser su caudal. «Señor, le responde Pitio, os hablaré con toda ingenuidad sin ocultaros cosa alguna, y sin excusarme con decir que yo mismo no sé bien lo que tengo sabiéndolo con toda puntualidad. Y lo sé, porque al punto que llegó a mi noticia que os disponíais a bajar hacia las costas del mar de la Grecia, queriendo yo haceros un donativo para los gastos de la guerra, saqué mis cuentas, y hallé que tenía 2000 talentos en plata, y en oro 4 millones, menos 7000 de estateres dáricos, cuya suma está toda a vuestra disposición; que para mi subsistencia me sobra con lo que me reditúan mis posesiones y esclavos».

XXIX. Así se explicó Pitio, y muy gustoso y complacido Jerjes con aquella respuesta, «Amigo lidio, le dice, después que partí de la Persia, no he hallado hasta aquí ni quien diera el refrigerio que tú a todo mi ejército, ni quien se me presentara con esa bizarría, ofreciéndose a contribuir con sus donativos a los gastos de la guerra. Tú solo has sido el vasallo generoso que después de ese magnífico obsequio que has hecho a mis tropas te me has ofrecido con tus copiosos haberes. Ahora, pues, en atención a esos tus beneficios, te hago la gracia de tenerte por amigo y huésped, y después quiero suplirte de mi erario lo que te falta para los 4 millones cabales de estateres, pues no quiero la mengua de 7000 estateres en esa suma que por mi parte ha de quedar entera y completa. Mi gusto mayor es que goces de lo que has allegado, y procura portarte siempre como ahora, que esa tu conducta no te estará sino muy bien, ahora y después».

XXX. Habiendo así hablado y cumplido su promesa, continuó su viaje. Pasado que hubo por una ciudad de los frigios llamada Anava, y por cierta laguna de donde se extrae sal, llegó a Colosas,[182] ciudad populosa de la Frigia, donde desaparece el río Lico metido por unos conductos subterráneos, y salido de allí a cosa de cinco estadios, corre también a confundirse con el Meandro. Moviendo el ejército desde Colosas hacia los confines de la Frigia y de la Lidia, llegó a la ciudad de Cidrara, en donde se ve clavada una columna mandada levantar por Creso, en que hay una inscripción que declara dichos confines.

XXXI. Luego que dejando la Frigia entró el ejército por la Lidia, dio con una encrucijada donde el camino se divide en dos, el uno a mano izquierda lleva hacia la Caria, el otro a mano derecha tira hacia Sardes, siguiendo el cual es forzoso pasar el río Meandro y tocar en la ciudad de Calatebo, donde hay unos hombres que tienen por oficio hacer miel artificial sacada del tamariz y del trigo. Llevando Jerjes este camino, halló un plátano tan lindo, que prendado de su belleza, le regaló un collar de oro, y le señaló para cuidar de él a uno de los guardias que llamaban los Inmortales; y al día siguiente llegó a la capital de la Lidia.

XXXII. Lo primero que hizo Jerjes llegado a Sardes fue destinar embajadores a la Grecia, encargados de pedir que le reconociesen por soberano con la fórmula de pedirles _la tierra y el agua_ y con la orden de que preparasen la cena al rey, cuyos embajadores envió Jerjes a todas las ciudades de la Grecia menos a Atenas y Lacedemonia. El motivo que tuvo para enviarles fue la esperanza de que atemorizados aquellos que no se habían antes entregado a Darío cuando les pidió la tierra y el agua, se le entregarían entonces; y para salir de esta duda volvió a repetir las embajadas.

XXXIII. Después de estas previas diligencias, disponíase Jerjes a mover sus tropas hacia Abido, mientras que los encargados del puente sobre el Helesponto lo estaban fabricando desde el Asia a la Europa. Corresponde enfrente de Abido, en el Quersoneso del Helesponto entre las ciudades de Sesto y Madito,[183] una playa u orilla áspera y quebrada confinante con el mar. Allí fue donde no mucho tiempo después, siendo general de los atenienses Jantipo, hijo de Arifrón, habiendo hecho prisionero al persa Artaíctes, gobernador de Sesto, le hizo empalar vivo, así por varios delitos, como porque llevando algunas mujeres al templo de Protesilao, que está en Elayunte, profanaba con ellas aquel santuario.

XXXIV. Empezando, pues, desde Abido los ingenieros encargados del puente, íbanle formando con sus barcas, las que por una parte aseguraban los fenicios con cordaje de lino blanco, y por otra los egipcios con cordaje de biblo. La distancia de Abido a la ribera contraria es de siete estadios. Lo que sucedió fue que unidas ya las barcas se levantó una tempestad, que rompiendo todas las maromas deshizo el puente.

XXXV. Llenó de enojo esta noticia el ánimo de Jerjes, quien irritado mandó dar al Helesponto trescientos azotes de buena mano, y arrojar al fondo de él, al mismo tiempo, un par de grillos. Aun tengo oído más sobre ello, que envió allá unos verdugos para que marcasen al Helesponto.[184] Lo cierto es que ordenó que al tiempo de azotarle lo cargasen de baldones y oprobios bárbaros e impíos, dictándole: «Agua amarga, este castigo te da el Señor porque te has atrevido contra él, sin haber antes recibido de su parte la menor injuria. Entiéndelo bien, y brama por ello; que el rey Jerjes, quieras o no quieras, pasará ahora sobre ti. Con razón veo que nadie te hace sacrificios, pues eres un río pérfido y salado». Tal castigo mandó ejecutar contra el mar; mas lo peor fue que hizo cortar las cabezas a los oficiales encargados del puente sobre el Helesponto.

XXXVI. Y esta fue la paga que se dio a aquellos ingenieros a quienes se había confiado la negra honra de construir el puente: otros arquitectos fueron señalados, los que lo dispusieron en esta forma: iban ordenando sus _pentecónteros_ y también sus galeras vecinas entre sí, haciendo de ellas dos líneas: la que estaba del lado del Ponto Euxino se componía de 360 naves, la otra opuesta del lado Helesponto, de 314; aquella las tenía puestas de travesía, esta las tenía según la corriente, para que las cuerdas que las ataban se apretasen con la agitación y fluctuación. Ordenados así los barcos, afirmábanlos con áncoras de un tamaño mayor, las unas del lado del Ponto Euxino para resistir a los vientos que soplaran de la parte interior del mismo; las otras del lado de poniente y del mar Egeo para resistir al Euro y al Noto. Dejaron entre los pentecónteros y galeras paso abierto en tres lugares para que por él pudiera navegar el que quisiera con barcas pequeñas hacia el Ponto, y del Ponto hacia fuera. Hecho esto, con unos cabrestantes desde la orilla iban tirando los cables que unían las naves, pero no como antes, cada especie de maromas por sí y por lados diferentes, sino que a cada línea de las naves aplicaban dos cuerdas de lino adobado y cuatro de biblo. Lo recio de ellas venía en todas a ser lo mismo a la vista, si bien por buena razón debían de ser más robustas las de lino, de las cuales pesaba cada codo un talento. Una vez cerrado el paso con las naves unidas, aserrando unos grandes tablones, hechos a la medida de la anchura del puente, íbanlos ajustando sobre las maromas tendidas y apretadas encima de las barcas: ordenados así los tablones, trabáronlos otra vez por encima, y hecho esto, los cubrieron de fagina y encima acarrearon tierra. Tiraron después un parapeto por uno y otro lado del puente, para que no se espantaran las acémilas y caballos viendo el mar debajo.

XXXVII. Después de haber dado fin a la maniobra de los puentes, y de llegar al rey el aviso de que estaban hechas todas las obras en el monte Atos, acabada ya la fosa y levantados unos diques a una y otra extremidad de ella, para que cerrado el paso a la avenida del mar, impidieran que se llenasen las bocas del canal, entonces, al empezar la primavera, bien provisto todo el ejército partió de Sardes, en donde había invernado, marchando para Abido. Al partir la hueste, el sol mismo, dejando en el cielo su asiento, desapareció de la vista de los mortales, sin que se viera nube alguna en la región del aire, por entonces serenísima, de suerte que el día se convirtió en noche. Jerjes que lo vio y reparó en ello, entró en gran cuidado y suspensión, y preguntó a sus magos qué significaba aquel portento. Respondieron que aquel dios anunciaba a los griegos la desolación de sus ciudades, dando por razón que el sol era el pronosticador de los griegos[185] y la luna la profetisa de los persas. Alegre sobremanera Jerjes con esta declaración, iba continuando sus marchas.

XXXVIII. En el momento de marchar las tropas, asombrado Pitio el lidio con aquel prodigio del cielo, y confiado en los dones recibidos del soberano, no dudó en presentarse a Jerjes y hablarle en esta forma: «¡Si tuvierais, señor, la bondad de concederme una gracia que mucho deseara yo lograr!... El hacérmela os es de poca consideración y a mí de mucha cuenta el obtenerla». Jerjes, que nada menos pensaba que hubiese de pedirle lo que Pitio pretendía, díjole estar ya concedida la gracia y que dijera su petición. Con tal respuesta animose Pitio a decirle: «Señor, cinco hijos tengo, y a los cinco les ha cabido la suerte de acompañaros en esa expedición contra la Grecia. Quisiera que, compadecido de la avanzada edad en que me veis, dieseis licencia al primogénito para que, exento de la milicia, se quedase en casa a fin de cuidar de mí y de mi hacienda. Vayan en buen hora los otros cuatro; llevadlos en vuestro ejército; así Dios, cumplidos vuestros deseos, os dé una vuelta gloriosa».

XXXIX. Mucho fue lo que se irritó Jerjes con la súplica, y le respondió en estos términos: «¿Cómo tú, hombre ruin, viendo que yo en persona hago esta jornada contra la Grecia, que conduzco a mis hermanos, a mis familiares y amigos, te has atrevido a hacer mención de ese tu hijo que, siendo mi esclavo, debería en ella acompañarme con toda su familia y aun su misma esposa? Quiero que sepas, si lo ignorabas todavía, que es menester mirar cómo se habla, pues en los oídos mismos reside el alma, la cual, cuando se habla bien, da parte de su gusto a todo el cuerpo, y cuando mal, se entumece e irrita. Al mostrarme tú liberal, hablando como debías, no te pudiste alabar de haber sido más bizarro de palabra de lo que tu soberano fue magnífico por obra. Mas ahora que te me presentas con una súplica desvergonzada, si bien no llevarás todo tu merecido, no dejarás con todo de pagar parte de tu castigo. Agradécelo a los servicios con que de huéspedes nos trataste, que ellos son los que a ti y a cuatro de tus hijos os libran de mis manos: solo te condeno a perder ese solo por quien muestras tanto cariño y predilección». Acabada de dar esta respuesta, dio orden a los ejecutores ordinarios de los suplicios que fuesen al punto a buscar al hijo primogénito de Pitio, y hallado le partiesen por medio en dos partes, y luego pusiesen una mitad del cuerpo en el camino público a mano derecha, y la otra a mano izquierda, y que entre ellas pasase el ejército.

XL. Ejecutada así la sentencia, iba desfilando por allí la armada. Marchaban delante los bagajeros con todas las recuas y bestias de carga; detrás de estos venían sin separación alguna las brigadas de todas las naciones, las que componían más de una mitad del ejército. A cierta distancia, puesto que no podían acercarse al rey dichas brigadas, venían delante del soberano mil soldados de a caballo, la flor de los persas: seguíanles mil alabarderos, gente asimismo la más gallarda del ejército, que llevaban las lanzas con la punta hacia tierra. Luego se veían diez caballos muy ricamente adornados, a los que llaman los sagrados neseos; y la causa de ser así llamados es porque en la Media hay una llanura conocida por Nesea,[186] de la cual toman el nombre los grandes caballos que en ella se crían. Inmediato a estos diez caballos se dejaba ver el sagrado carro de Zeus, tirado de ocho blancos caballos, en pos de los cuales venía a pie el cochero con las riendas en la mano, pues ningún hombre mortal puede subir sobre aquel trono sacro. Venía en seguida el mismo Jerjes sentado en su carroza tirada de caballos neseos, a cuyo lado iba a pie el cochero, el cual era un hijo de Ótanes, persa principal, llamado Patiranfes.

XLI. De este modo salió Jerjes de Sardes, pero en el camino, cuando le venía en voluntad, dejando su carro pasaba a su carroza o _harmámaxa_:[187] a sus espaldas venían mil alabarderos, los más valientes y nobles de todos los persas, que traían sus lanzas, según suelen, levantadas. Seguíase luego otro escuadrón de caballería escogida compuesto de mil persas, y detrás de él marchaba un cuerpo de la mejor infantería, que constaba de diez mil. Mil de ellos iban cerrando alrededor todo aquel cuerpo, los cuales en vez de puntas de hierro llevaban en su lanza unas granadas de oro, los restantes nueve mil, que iban dentro de aquel cuadro llevaban en las lanzas granadas de plata. Granadas de oro traían asimismo los que dijimos que iban con las lanzas vueltas hacia tierra y los más inmediatos a Jerjes. Seguíase a este cuerpo de diez mil, otro cuerpo también de diez mil de caballería persa; quedaba después un intervalo de dos estadios.

XLII. En esta forma marchó el ejército desde la Lidia hacia el río Caico,[188] en la provincia de la Misia, desde el cual, llevando a mano derecha el monte Canes, se encaminó pasando por Atarneo a la ciudad de Carena, y de allí haciendo su camino por la llanura de Teba, por la ciudad de Adramitio y por Antandro, ciudad de los pelasgos, y dejando a su mano izquierda al Ida, llegó a la región de Ilión. Lo primero que allí le sucedió fue que, haciendo noche a las raíces del monte Ida, sobrevinieron al ejército tantos truenos y rayos que dejaron allí mismo mucha gente muerta. Moviendo después el ejército hacia el Escamandro, que fue el primer río con quien dieron en el camino después de salidos de Sardes, secaron sus corrientes, no bastando el agua para la gente y bagaje.

XLIII. Habiendo llegado Jerjes a dicho río, movido de curiosidad quiso subir a ver a Pérgamo, la capital de Príamo. Registrola y se informó particularmente de todo, y después mandó sacrificar mil bueyes a Atenea Ilíada. No dejaron sus magos de hacer libaciones en honor de los héroes del lugar.[189] Apoderose del ejército aquella noche un gran terror. Al hacerse de día emprendió su camino dejando a la izquierda las ciudades de Reteo, Ofrineo y Dárdano, que está confinante con Abido; y a la derecha la de Gergitas, colonia de los teucros.

XLIV. Estando ya Jerjes en Abido, quiso ver reunido a todo su ejército. Habían levantado los abidenos encima de un cerro, conforme a la orden que les había dado, un trono primorosamente hecho de mármol blanco, allí cerca de la ciudad. Sentado en él Jerjes, estaba contemplando todo su ejército de mar y tierra esparcido por aquella playa. Este espectáculo despertó en él la curiosidad de ver un remedo de una batalla naval, y se hizo allí una naumaquia en que vencieron los fenicios de Sidón. Quedó el rey tan complacido por el simulacro del combate como por la vista de la armada.

XLV. Sucedió, pues, que viendo Jerjes todo el Helesponto cubierto de naves, y llenas asimismo de hombres todas las playas y todas las campiñas de los abidenos, aunque primero se tuvo por el mortal más feliz y de tal se alabó, poco después prorrumpió él mismo en un gran llanto.

XLVI. Viendo aquello Artabano, su tío paterno, el mismo que antes con un parecer franco e ingenuo había desaconsejado al rey la expedición contra la Grecia; viendo, pues, aquel gran varón que lloraba Jerjes, «Señor, le dijo, ¿qué novedad es esta? ¿Cuánto va de lo que hacéis ahora a lo que poco antes hacíais? ¡Poco ha feliz en vuestra opinión, al presente lloráis!». «No lo admires, replicole Jerjes, pues al contemplar mi armada me ha sobrecogido un afecto de compasión, doliéndome de lo breve que es la vida de los mortales, y pensando que de tanta muchedumbre de gente ni uno solo quedará al cabo de cien años». A lo cual respondió Artabano: «Aun no es ello lo peor y lo más digno de compasión en la vida humana; pues, siendo tan breve como es, nadie hubo hasta ahora tan afortunado, ni de los que ahí veis, ni de otros hombres algunos, que no haya deseado, no digo una sino muchas veces, la muerte antes que la vida; que las calamidades que a esta asaltan y las enfermedades que la perturban, por más breve que ella sea, nos la hacen parecer sobrado duradera; en tanto grado, señor, que la muerte misma llega a desearse como un puerto y refugio en que se dé fin a vida tan miserable y trabajosa. No sé si diga que por la aversión que Dios nos tiene nos da una píldora venenosa dorada con esa dulzura que nos pone en las cosas del mundo».

XLVII. A todo esto replicole Jerjes: «Lo mejor será, Artabano, que pues nos vemos ahora en el mayor auge de la fortuna, nos dejemos de filosofar acerca de la condición y vida humana tal como la pintas, sin que hagamos otra mención de sus miserias. Lo que de ti quiero saber es, si a no haber tenido antes entre sueños aquella visión tan clara, le afirmarías aún en tu primer sentimiento, disuadiéndome la guerra contra la Grecia, o si mudaras de opinión: dímelo, te ruego, francamente». «Señor, le responde Artabano, ¡quiera Dios que la visión entre sueños tenga el éxito que ambos deseamos! De mí puedo deciros que me siento hasta aquí tan lleno de miedo que me hallo fuera de mí mismo, no solo por mil motivos que callo sino principalmente porque veo que dos cosas de la mayor importancia nos son contrarias en esta guerra».

XLVIII. «¡Hombre singular!, interrumpiole Jerjes, ¿qué significas con esa salida? ¿No me dirías qué cosas son esas dos que tan contrarias me son? Dime: ¿acaso el ejército por corto te parece despreciable, creyendo que el de los griegos ha de ser sin comparación mucho más numeroso?, ¿o acaso nuestra armada será inferior a la suya?, ¿o en una y otra nos han de dar ellos ventaja? Si nuestras fuerzas que ahí ves te parecen escasas para la empresa, voy a dar orden al punto que se levante un ejército mayor».

XLIX. A esto repuso Artabano: «¿Quién, señor, sino un hombre insensato podrá tener en poco ni ese número sinnúmero de tropas, ni esa multitud infinita de naves? No es eso lo que pretendía; antes digo que si acrecentáis el número, añadiréis peso y valor a aquellas dos cosas que mayor guerra nos hacen: y ya que os empeñáis en saberlo, son estas: la tierra y el mar. No hay en todo el mar, a lo que imagino, un puerto que en caso de tempestad sea capaz de abrigar tan grande armada y de poner tanta nave fuera de peligro; y lo peor que de nada nos sirviera un puerto tal, si lo hubiera únicamente en alguna parte, pues nosotros lo necesitáramos en todas las playas de tierra firme donde nos encaminásemos. Ved, pues, señor, cómo por falta de puertos capaces están nuestras fuerzas al arbitrio de la fortuna enemiga y no la fortuna al arbitrio de nuestras fuerzas. Dicha la una de las cosas contrarias, voy a mostraros la otra. La misma tierra os hará una guerra tal, que aun cuando no os oponga fuerzas ningunas, se os mostrará tanto más enemiga, cuanto más os internaréis en ella, conquistando siempre más y más países al modo de los hombres que nunca saben moderar su ambición poniendo límites a la próspera fortuna. Con esto significo que al paso que se aumente la tierra subyugada empleando más largo tiempo en las conquistas, a ese mismo paso se nos irá introduciendo el hambre. Esto bueno es tenerlo previsto, pues claro está que aquel debe pasar por mejor político, a quien en la consulta impone temor todo lo que prevé que podría salirle mal y a quien en la ejecución nada le acobarda».

L. Respondió Jerjes por su parte: «No puede negarse, Artabano, que hablas en todo con juicio, si bien no debe temerse todo lo que puede suceder, ni contar igualmente con ello, pues el que en la deliberación de todos los casos que se van ofreciendo quisiese siempre atenerse a cualquier razón en contrario, ese tal jamás haría cosa de provecho. Vale más que, lleno siempre de ánimo, se exponga uno a que no le salgan bien la mitad de sus empresas, que no el que lleno siempre de miedo y sin emprender cosa jamás, no tenga mal éxito en nada. Aun hay más: que si uno porfía contra lo que otro dice y no da por su parte una razón convincente que asegure su parecer, este no se expone menos a errar que su contrario, pues corren los dos parejas en aquello. Soy de opinión que ningún hombre mortal es capaz de dar un expediente que nos asegure de lo que ha de suceder. En suma, la fortuna por lo común se declara a favor de quien se expone a la empresa, y no de quien en todo pone reparos y a nada se atreve. ¿Ves a qué punto de poder ha llegado felizmente el imperio de los persas? Pues dígote que si los reyes mis predecesores hubieran pensado como tú, o al menos se hubieran dejado regir por unos consejeros de tu mismo humor, jamás vieran el estado tan floreciente y poderoso. Pero ellos se arrojaron a los peligros, y su osadía engrandeció el imperio; que con grandes peligros se acaban las grandes empresas. Émulo yo, pues, de sus proezas, emprendo la expedición en la mejor estación del año; yo, conquistada toda la Europa, daré la vuelta sin haber experimentado en parte alguna los rigores del hambre, sin haber sentido desgracia ni disgusto alguno. Nosotros, por una parte, llevamos mucha provisión de bastimentos, y por otra tendremos a nuestra disposición el trigo de las provincias y naciones adonde entráremos; que por cierto no vamos a guerrear contra unos pueblos nómadas, sino contra pueblos labradores».