Los nueve libros de la Historia (1 de 2)

Part 33

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CX. Acerca de los saurómatas cuéntase la siguiente historia. En tiempo de la guerra entre los griegos y las amazonas, a quienes los escitas llaman _Eórpata_, palabra que equivale en griego a _Androctonoi_ (_mata-hombres_), compuesta de _Eor_ que significa hombre y de _pata_ matar; en aquel tiempo se dice que, vencedores los griegos en la batalla del río Termodonte, se llevaban en tres navíos cuantas amazonas habían podido coger prisioneras, pero que ellas, habiéndose rebelado en el mar, hicieron pedazos a sus guardias. Mas como después que acabaron con toda la tripulación ni supiesen gobernar el timón, ni servirse del juego de las velas, ni bogar con los remos, se dejaban llevar a discreción del viento y de la corriente. Hizo la fortuna que aportasen a un lugar de la costa de la laguna Mayátide llamado Cremnos,[408] que pertenece a la comarca de los escitas libres. Dejadas allí las naves, se encaminaron hacia el país habitado, y se alzaron con la primera piara de caballos que casualmente hallaron, y montadas en ellos iban talando y robando el país de los escitas.

CXI. No podían estos atinar qué raza de gente y qué violencia fuese aquella, no entendiendo su lengua, no conociendo su traje, ni sabiendo de qué nación eran, y se admiraban de dónde les había podido venir aquella manada de bandoleros. Teníanlas, en efecto, por hombres todos de una misma edad, contra quienes habían tenido varias refriegas;[409] pero apoderados después de algunas muertas en el combate, al cabo se desengañaron conociendo ser mujeres aquellos bandidos. Habiendo con esto tomado acuerdo sobre el caso, parecioles que de ningún modo convenía matar en adelante a ninguna, y que mejor fuera enviar sus mancebos hacia ellas en igual número al que podían conjeturar que sería el de las mujeres, dándoles orden de que plantando su campo vecino al de las enemigas, fuesen haciendo lo mismo que las viesen hacer, y que en caso de que ellas les acometieran no admitiesen el combate sino que huyesen, y cuando vieran que ya no les perseguían, se acampasen de nuevo cerca de ellas. La mira que tenían los escitas en estas resoluciones era de poder tener en ellas una sucesión de hijos belicosos.

CXII. Los jóvenes destinados a la pacífica expedición cumplían las órdenes que traían de no intentar nada. Cuando experimentaron las amazonas que aquellos enemigos venían de paz sin ánimo de hacerles hostilidad alguna, los dejaban estar en hora buena sin pensar en ellos. Los jóvenes iban acercando más y más de cada día su campo al campo vecino, ni llevaban consigo cosa alguna sino sus armas y caballos, yendo tan ligeros como las mismas amazonas, e imitando el modo de vivir de estas, que era la caza y la pesca.

CXIII. Solían las amazonas cerca del medio día andar vagando ya de una en una,[410] ya por parejas, y retiradas una de otra acudían a sus necesidades mayores y menores. Los escitas, que lo habían ido observando, se dieron a ejecutar lo mismo, y hubo quien se abalanzó licenciosamente hacia una de ellas que iba sola: ni lo esquivó la amazona, sino que le dejó hacer de sí lo que el mancebo quiso. Por desgracia, no podía hablarle porque no se entendían; pero con señas se ingenió y le dio a entender que al día siguiente acudiese al mismo lugar, y que llevase compañía y viniesen dos, pues ella traería otra consigo. Al volver el mancebo a los suyos dio cuenta a todos de lo sucedido, y al otro día no faltó a la cita llevando un compañero, y halló a la amazona que con otra ya les estaba esperando.

CXIV. Cerciorados los demás jóvenes de lo que pasaba, animáronse también a amansar a las demás amazonas, y llegó a tal punto que, unidos ya los reales, vivían en buena compañía, teniendo cada cual por mujer propia a la que primero había conocido. Y por más que los maridos no pudieron alcanzar a hablar la lengua de sus mujeres, pronto supieron estas aprender la de los maridos. Habiendo, pues, vivido juntos algún tiempo, dijeron por fin los hombres a sus Amazonas: «Bien sabéis que nosotros tenemos más lejos a nuestros padres y también nuestros bienes: basta ya de esta situación; no vivamos así por más tiempo, sino vámonos de aquí y viviremos en compañía de los nuestros, y no temáis que os dejemos por otras mujeres algunas». «Jamás, respondieron ellas; a nosotras no nos es posible vivir en compañía de vuestras hembras, pues no tenemos la misma educación y crianza que ellas. Nosotras disparamos el arco, tiramos el dardo, montamos un caballo, y esas habilidades mujeriles de hilar el copo, enhebrar la aguja, atender a los cuidados domésticos, las ignoramos:[411] vuestras mujeres, al contrario, nada saben de lo que sabemos nosotras, sino que sentadas en sus carros cubiertos hacen sus labores sin salir a caza ni ir a parte alguna. Ya veis con esto que no podríamos avenirnos. Si queréis obrar con rectitud, y estar casados con nosotras como es justicia y razón, lo que debéis hacer es ir allá a veros con vuestros padres, pedirles que os den la parte legítima de sus bienes, y volviendo después, podremos vivir aparte formando nuestros aduares».

CXV. Dejáronse los jóvenes persuadir por estas razones, y después que hechas las reparticiones de los bienes paternos volvieron a vivir con sus amazonas, ellas les hablaron de nuevo en esta forma: «Mucha pena nos da y nos tiene en continuo miedo pensar que hemos de vivir por esos vecinos contornos, viendo por una parte que hemos privado a vuestros padres de vuestra compañía, y acordándonos por otra de las muchas correrías que hicimos en vuestra comarca. Ahora bien; ya que nos honráis y os honráis a vosotros mismos con querernos por esposas, hagamos lo que os proponemos. Vámonos de aquí, queridos; alcemos nuestros aduares, y dejando esta tierra, pasemos a la otra parte del Tanais, donde plantaremos nuestros reales».

CXVI. También en esto les dieron gusto los jóvenes, y pasado el río se encaminaron hacia otra parte, alejándose tres jornadas del Tanais hacia levante, y tres de la laguna Mayátide hacia el norte,[412] y llegados al mismo paraje en que moran al presente, fijaron allí su habitación. Desde entonces las mujeres de los sármatas han seguido en vivir al uso antiguo, en ir a caballo a la caza con sus maridos y también sin ellos, y en vestir con el mismo traje que los hombres.

CXVII. Hablan los sármatas la lengua de los escitas, aunque desde tiempos antiguos corrompida y llena de solecismos, lo que se debe a las amazonas, que no la aprendieron con perfección. Tienen ordenados los matrimonios de modo que ninguna doncella se case si primero no matase alguno de los enemigos, con lo que acontece que muchas de ellas, por no haber podido cumplir con esta ley, mueren doncellas, sin llegar siquiera a ser matronas.

CXVIII. Para volver a nuestro intento, habiendo ido a verse los embajadores de los escitas con los reyes de las naciones que acabo de enumerar, y hallándoles ya juntos, les dieron cuenta de que el persa, después de haber conquistado todo el continente del Asia, había pasado al de la Europa por un puente de barcas construido sobre las cervices del Bósforo; que después de haber pasado por él y subyugado a los tracios, estaba formando otro puente sobre el Istro, pretendiendo avasallar el mundo y hacerlos a todos esclavos. «Ahora, pues, continuó, os pedimos que no evitéis tomar partido en este negocio, ni permitáis que quedemos perdidos, antes bien que unidos con nosotros en una liga, salgamos juntos al encuentro. ¿No queréis convenir en ello? pues sabed que nosotros, forzados de la necesidad, o bien dejaremos libre el país, o quedándonos allí ajustaremos paces con él. Decid si no, ¿qué otro recurso nos queda, si no queréis acceder a socorrernos? No debéis pensar que por esto os vaya mejor a vosotros, no; que el persa no intenta más contra nosotros que contra vosotros mismos. Cierto que se dará por satisfecha su ambición con nuestra conquista, y que a vosotros no querrá tocaros un cabello. En prueba de lo que decimos, oíd esta razón que es convincente: Si las miras del persa en su expedición no fuesen otras que querer vengarse de la esclavitud en que antes le tuvimos, lo que debiera hacer en este caso era venir en derechura contra nosotros, dejando en paz a las otras naciones, y así haría ver a todos que su expedición es contra los escitas, y contra nadie más. Pero ahora está tan lejos de ello, que lo mismo ha sido poner el pie en nuestro continente, que arrastrar en su curso y domar a cuantos se le pusieron por delante; pues debéis saber que tiene bajo de su dominio no solo a los tracios, sino también a los getas nuestros vecinos».

CXIX. Habiendo perorado así los embajadores escitas, entraron en acuerdo los reyes unidos de aquellas naciones, pero en él estuvieron discordes los pareceres. El gelono, el budino y el saurómata votaron, de común acuerdo, que se diese ayuda y socorro a los escitas. Pero el agatirso, el neuro, el andrófago, con los reyes de los melanclenos y de los táuricos, les respondieron en estos términos: «Si vosotros, escitas, no hubierais sido los primeros en injuriar y guerrear contra los persas y vinierais con las pretensiones con que ahora venís, sin duda alguna nos convencieran vuestras razones, y nosotros a vista de ellas estaríamos en esa confederación a que nos convidáis. Pero es el caso que vosotros, entrando antes por las posesiones de los persas, tuvisteis el mando sobre ellos sin darnos parte de él en todo tiempo que Dios os lo dio, y ahora el mismo Dios vengador les mueve y conduce contra vosotros, queriendo que os vuelvan la visita y que os paguen en la misma moneda. Ni entonces hicimos nosotros agravio ninguno a esos pueblos, ni tampoco ahora queremos ser los primeros en injuriarles. Mas si a pesar de nuestra veneración el persa nos acometiere dentro de casa y fuere invasor no siendo provocado, no somos tan sufridos que impunemente se lo queramos permitir y tolerar. Sin embargo, hasta tanto que lo veamos, nos mantendremos quietos y neutrales, persuadidos de que los persas no vienen contra nosotros, sino contra sus antiguos agresores, que dieron principio a la discordia».

CXX. Después que los escitas oyeron la relación y la respuesta que les traían sus enviados, resolvieron ante todo que, puesto que no se les juntaban aquellas tropas auxiliares, de ningún modo convenía entrar en batalla a cara descubierta y de poder a poder, sino que se debía ir cediendo poco a poco, y al tiempo mismo de la retirada cegar los pozos y las fuentes por donde quiera que pasasen, sin dejar forraje en todo el país que no quedase gastado y perdido. Determinaron en segundo lugar dividir el ejército en dos cuerpos, y que se agregasen los saurómatas al uno de ellos, a cuyo frente iría Escópasis; cuyo cuerpo, en caso de que el persa se echase sobre él, iríase retirando en derechura hacia el Tanais, por la orilla de la laguna Mayátide, y que si el persa volviere atrás le picase la retaguardia. Este camino estaba encargado de seguir una partida de las tropas de los regios: en cuanto al segundo cuerpo, acordaron que se formase de dos brigadas de los escitas regios, de la mayor mandada por Idantirso, y de la tercera mandada por Taxacis,[413] uniéndoseles los gelonos y los budinos; que este cuerpo marchase delante de los persas a una jornada de distancia sin dejarse alcanzar ni ver en su retirada, cumpliendo con lo que se había decretado: lo primero, que llevasen en derechura al enemigo que les fuera siguiendo hacia las tierras de aquellos reyes que habían rehusado su alianza a fin de enredarlos también con el persa, de manera que, a pesar suyo, entrasen en aquella guerra, ya que de grado no la quisieron; lo segundo, que después de llegados allá tomasen la vuelta para su país, y si les pareciese del caso, mirando bien en ello cargasen sobre el enemigo.

CXXI. Tomadas así sus medidas, encaminábanse los escitas hacia el ejército de Darío, enviando delante por batidores los piquetes de sus mejores caballeros. Pero antes hicieron partir no solo sus carros cubiertos, en que suelen vivir sus hijuelos con todas sus mujeres, sino también sus ganados todos y demás bienes en la comitiva de sus carros, dándoles orden de que sin parar caminasen hacia el norte, y solamente se quedaron con los rebaños que bastasen para su diaria manutención. Lo demás lo enviaron todo delante.

CXXII. Los batidores enviados por los escitas hallaron a los persas acampados a cosa de tres jornadas del Istro. Una vez hallados, les ganaron la delantera un día de camino, y plantando diariamente sus reales, iban delante talando la tierra y cuanto producía. Los persas, habiendo visto asomar la caballería de los escitas, dieron tras ellos, siguiendo siempre las pisadas de los que se les iban escapando; y como se encontrasen en derechura con el primer cuerpo mencionado, íbanle siguiendo después hacia levante, acercándose al Tanais. Pasaron el río los escitas, y tras ellos lo pasaron los persas, que les iban a los alcances, hasta que pasado el país de los saurómatas, llegaron al de los budinos.

CXXIII. Mientras que marcharon los persas por la tierra de los escitas y por la de los saurómatas nada hallaban que arruinar en un país desierto y desolado. Pero venidos a la provincia de los budinos,[414] encontrando allí una ciudad de madera que habían dejado vacía sus mismos vecinos, la pegaron fuego. Hecha esta proeza, continuaban en ir adelante, siguiendo la marcha de los escitas, hasta que, atravesada ya aquella región, se hallaron en otra desierta, totalmente despoblada y falta de hombres, que cae mas allá de la de los budinos y tiene de extensión siete días de camino. Mas allá de este desierto viven los tiságetas, de cuyo país van bajando cuatro ríos llamados el Lico, el Oaro, el Tanais y el Sirgis, que corren por la tierra de los mayatas y desaguan en la laguna Mayátide.

CXXIV. Viéndose Darío en aquella soledad, mandando a sus tropas hacer alto, las atrincheró en las orillas del Oaro. Estando allí hizo levantar ocho fuertes, todos grandes y a igual distancia unos de otros, que sería la de 60 estadios, cuyas ruinas y vestigios aún se dejaban ver en mis días.[415] En tanto que Darío se ocupaba en aquellas fortificaciones, aquel cuerpo de escitas en cuyo seguimiento él había venido, dando una vuelta por la región superior, fue retirándose otra vez a la Escitia. Habiendo, pues, desaparecido de manera que ni rastro de escita quedaba ya, tomó Darío la resolución de dejar sus castillos a medio construir; y como tuviese creído que en aquel ejército, cuya pista había perdido, iban todos los escitas tomando la vuelta de poniente, emprendió otra vez sus marchas, imaginando que todos sus enemigos fugitivos iban escapándosele hacia aquella parte. Así que moviendo cuanto antes todas sus tropas, apenas llegó a la Escitia, dio con los dos cuerpos de los escitas otro vez unidos, y una vez hallados iba siguiéndoles siempre a una jornada de distancia, mientras ellos de propósito cedían.

CXXV. Y como no cesase Darío de irles a los alcances, conforme a su primera resolución, iban retirándose poco a poco hacia las tierras de aquellas naciones que les habían negado socorros contra los persas. La primera donde les guiaron fue la de los melanclenos, y después que con su venida y con la invasión de los persas los tuvieron conmovidos y turbados, continuaron en guiar al enemigo hacia el país de los andrófagos. Alborotados también estos, fueron los escitas llevándole hacia los neuros, poniéndoles asimismo en grande agitación, e iban adelante huyendo hacia los agatirsos, con los persas en su seguimiento. Pero los agatirsos, como viesen que sus vecinos, alborotados con la visita de los escitas, abandonaban su tierra, no esperando que estos penetrasen en la suya, enviáronles un heraldo con orden de prohibirles la entrada en sus dominios, haciéndoles saber que si la intentaban, les sería antes preciso abrirse paso por medio de una batalla. Después de esta previa íntima salieron armados los agatirsos a guardar sus fronteras, resueltos a defender el paso a los que quisiesen acometerles. Acaeció que los cobardes melanclenos, andrófagos y neuros, cuando vieron acercarse a los escitas arrastrando a los persas en su seguimiento, olvidados de sus amenazas, en vez de tomar las armas para su defensa, echaron todos a huir hacia el norte y no pararon hasta verse en los desiertos. Noticiosos los escitas de que los agatirsos no querían darles paso, no prosiguieron sus marchas hacia ellos, sino que desde la comarca de los neuros fueron guiando a los persas a la Escitia.

CXXVI. Viendo Darío que se dilataba la guerra y que nunca cesaba la marcha, determinó enviar un mensajero a caballo que alcanzase al rey de los escitas Idantirso y le diese esta embajada: «¿Para qué huir y siempre huir, hombre villano? ¿No tienes en tu mano escoger una de dos cosas que voy a indicarte? Si te crees tan poderoso que seas capaz de hacerme frente, aquí estoy, detente un poco, déjate de tantas vueltas y revueltas, y frente a frente midamos las fuerzas en campo de batalla. Pero si te tienes por inferior a Darío, cesa también por lo mismo de correr, préstame juramento de fidelidad, como a tu soberano, ofreciendo a mi discreción haciendas y personas, con la única fórmula de que me dais la tierra y el agua, y ven luego a recibir mis órdenes».

CXXVII. A esta embajada dio la siguiente respuesta el rey de los escitas Idantirso: «Sábete, persa, que no es la que piensas mi conducta. Jamás huí de hombre nacido porque le temiese, ni ahora huyo de ti, ni hago cosa nueva que no acostumbre a hacerla del mismo modo en tiempo de paz. Quiero decirte por qué sobre la marcha no te presento la batalla: porque no tenemos ciudades fundadas, ni campos plantados, cuya defensa nos obligue a venir luego a las manos con solo el recelo de que nos las toméis o nos las taléis. ¿Sabes cómo nos viéramos luego obligados del todo a una acción? Nosotros tenemos los sepulcros de nuestros padres: allí, oh persa, si tienes ánimo de descubrirlos y osadía de violarlos, conocerás por experiencia si tenemos o no valor de volver por ellos cuerpo a cuerpo contra todos vosotros. Pero antes de recibir esta injuria, si no nos conviene, no entraremos contigo en combate. Basta lo dicho acerca del encuentro que pides; por lo tocante a soberanos, no reconozco otros señores que lo sean míos que Zeus, de quien desciendo, y Hestia, la reina de los escitas. En lugar de los homenajes de tierra y agua, y del despotismo que pretendes sobre personas y haciendas, te enviaré unos dones que más te convengan. Mas para responder a la arrogancia con que te llamas mi soberano, te digo, a modo de escita, que vayas en hora mala con tu soberanía». Tal fue la respuesta de los escitas que llevó a Darío su mismo enviado.

CXXVIII. Los reyes de los escitas,[416] que se veían llamar esclavos en la embajada del persa, montaron en cólera, y llevados de ella despacharon hacia el Istro el cuerpo de sus tropas, a cuyo frente iba Escópasis con orden de abocarse con los jonios que guardaban el puente allí formado. Pero a los otros que quedaban les pareció no hostigar más a los persas, llevándolos de una a otra parte, sino cargar sobre ellos siempre que se detuviesen a comer. Como lo determinaron así lo practicaron, esperando y atisbando el tiempo de la comida. En efecto, la caballería de los escitas en todas aquellas escaramuzas desbarataba a la de los persas, la cual, vueltas las espaldas, era apoyada por su infantería, que salía luego a la defensa de los fugitivos. Los escitas, puesta en huida la caballería enemiga, por no dar con la infantería volvían a su campo, si bien al venir la noche tornaban a molestar con sus embestidas al enemigo.

CXXIX. Voy a referir un incidente extraño y singular que en aquellos ataques contra el campo de Darío aprovechó mucho a los persas, y a los escitas les incomodó sobremanera. Tal fue, ¡quién lo creyera!, el rebuzno de los asnos y la figura de los mulos, pues la Escitia, como antes dije, es una tierra que no produce burros, ni cría mulos, ni se deja ver en todo el país asno ni macho alguno a causa del rigor del frío. Sucedía, pues, que rebuznando aquellos jumentos alborotaban la caballería de los escitas, y no pocas veces al tiempo mismo de embestir contra los persas y en la fuga de sus escaramuzas, oyendo los caballos el rebuzno de los burros, volvíanse de repente perturbados, y les entraba tal miedo y espanto, que se paraban con las orejas levantadas, como quienes nunca habían oído aquel sonido ni visto aquella figura. No dejaba esto de tener alguna parte en el éxito de las refriegas.

CXXX. Mas como viesen los escitas que los persas turbados empezaban a desmayar y no sabían qué hacerse, se valieron de un artificio que les convidase a detenerse más en la Escitia, y aumentase de este modo su trabajo viéndose faltos de todo. Dejaron, pues, allí cerca una porción de ganados juntamente con sus pastores,[417] y se fueron hacia otra parte. Los persas, encontrando aquel ganado, sé lo llevaban muy ufanos y contentos con su presa.

CXXXI. Después de haber entretenido muchas veces al enemigo con aquel ardid, no sabía ya Darío qué partido tomar. Entendíanlo bien los reyes de los escitas, y determinaron enviarle un heraldo que le regalase de su parte un pájaro, un ratón, una rana y cinco saetas. Los persas no hacían sino preguntar al portador les explicase qué significaban aquellos presentes; pero él les respondió que no tenía más orden que la de regresar con toda prontitud, una vez entregados los dones, y que bien sabrían los persas, si eran tan sabios como lo presumían, descifrar lo que significaban los regalos.

CXXXII. Oído lo que el enviado les decía, pusiéronse los persas a discurrir sobre el enigma. El parecer de Darío era que los escitas con aquellos dones se rendían a su soberanía, entregándose a sí mismos, entregándole la tierra y entregándole el agua, en lo cual se gobernaba por sus conjeturas; porque el ratón, decía, es un animal que se cría en tierra y se alimenta de los mismos frutos que el hombre, porque la rana se cría y vive en el agua, porque el pájaro es muy parecido al caballo, y en fin, porque entregando las saetas venían ellos a entregarle toda su fuerza y poder. Tal era la interpretación y juicio que Darío profería; pero Gobrias, uno de los septemviros que arrebataron al mago trono y vida, dio un parecer del todo diferente del de Darío, pues conjeturó que con aquellos presentes querían decirles los escitas: si vosotros, persas, no os vais de aquí volando como pájaros, o no os metéis bajo de tierra hechos unos ratones, o de un salto no os echáis en las lagunas convertidos en ranas, no os será posible volver atrás, sino que todos quedaréis aquí traspasados con estas saetas. Así explicaban los persas la alusión de aquellos presentes.

CXXXIII. Volviendo a aquel cuerpo de escitas encargado primero de ir a cubrir el país vecino a la laguna Mayátide, y después de pasar hacia el Istro para conferenciar con los jonios, habiendo llegado al puente les hablaron en estos términos: «¿Qué hacéis aquí, jonios? Para traeros la libertad hemos venido, con tal que nos queráis escuchar. Tenemos entendido que Darío os dio la orden de que solo guardaseis este puente por espacio de 60 días, y que si pasado este término no compareciese, os volvieseis a vuestras casas. Ahora, pues, bien podéis hacerlo así: en ello no ofenderéis a Darío ni tampoco a nosotros. Así que, habiéndole esperado hasta el día y plazo señalado, desde ahora os mandamos que partáis de ahí». Habiéndoles prometido los jonios que así lo harían, se volvieron los escitas al punto sin más aguardar.