Los nueve libros de la Historia (1 de 2)

Part 32

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LXXXI. Por lo que mira al número fijo de población de los escitas, no encontré quien me lo supiese decir precisamente, hallando en los informes mucha divergencia. Unos me decían que eran muchísimos en número, otros que había muy pocos escitas puros y de antigua raza. Referiré la prueba de su población que me pusieron a la vista. Hay entre los ríos Borístenes e Hípanis cierto lugar con el nombre de Exampeo, del cual poco antes hice mención, cuando dije que había allí una fuente de agua amarga, que mezclándose con el Hípanis impedía que se pudiese beber de su corriente. Viniendo al asunto, hay en aquel lugar un caldero tan descomunal, que es seis veces más grande que aquella pila que está en la boca del Ponto, ofrenda que allí dedicó Pausanias, hijo de Cleómbroto. Mas para quien nunca vio esta pila, describiré en breve el caldero de los escitas, diciendo que podrá recibir sin duda unos 600 cántaros, y que su canto tiene seis dedos de recio. Decíanme, pues, los del país, que este caldero se había hecho de las puntas de sus saetas; porque como su rey Ariantas, que así se llamaba, quisiese saber a punto fijo cuánto fuese el número de sus escitas, dio orden de que cada uno de ellos presentase una punta de saeta, imponiendo pena capital al que no la presentase.[385] Habiéndose recogido, pues, un número inmenso de puntas, pareciole al rey dejar a la posteridad una memoria de ellas, y mandó hacer aquel caldero, lo dejó en Exampeo como un público monumento, y he aquí lo que oía decir de aquella población.

LXXXII. Nada de singular y maravilloso ofrece aquella región, si exceptuamos la grandeza y el número de los ríos que posee. No dejaré con todo de notar una maravilla, si es que lo sea, que a más de los ríos y de lo dilatado de aquella llanura, allí se presenta, y es el vestigio de la planta del pie de Heracles que muestran impreso en una piedra, el cual en realidad se parece a la pisada de un hombre; no tiene menos de dos codos y está cerca del río Tiras. Pero basta lo dicho de cuentos y tradiciones; volvamos a tomar el hilo de la historia que antes íbamos contando.

LXXXIII. Al tiempo que Darío hacía sus preparativos contra los escitas, enviando sus comisarios con orden de intimar a unos que le aprontasen la infantería, a otros la armada naval, a otros que le fabricasen un puente de naves en el Bósforo de Tracia, su hermano Artabano, hijo también de Histaspes, de ningún modo aprobaba que se hiciese la guerra a los escitas, dando por motivo que era una nación falta de todo y necesitada; pero viendo que sus consejos no hacían fuerza al rey, siendo en realidad los mejores, cesó en ellos y dejó correr los negocios. Cuando todo estuvo aprontado, Darío partió con su ejército desde Susa.

LXXXIV. Entonces sucedió que uno de los persas llamado Eobazo, el cual tenía tres hijos y los tres partían para aquella jornada,[386] suplicó a Darío que de tres le dejase uno en casa para su consuelo. Respondiole Darío, que siendo él su amigo y pidiéndole un favor tan pequeño, quería darle el gusto cumplido dejándole a los tres. Eobazo no cabía en sí de contento, creyendo que sus hijos quedaban libres y desobligados de salir a campaña; pero Darío dio orden que los ejecutores de sus sentencias matasen a todos los hijos de Eobazo, y de este modo, degollados, quedaron con su padre.

LXXXV. Luego que Darío salió de Susa llegó al Bósforo de Calcedonia, lugar donde se había construido el puente; entrando en una nave, fuese hacia las islas Cianeas, como las llaman; de las cuales dicen los griegos que eran en lo antiguo vagas y errantes. Sentado después en el templo de Zeus Urio,[387] estuvo contemplando el Ponto, pues es cosa que merece ser vista, no habiendo mar alguno tan admirable. Tiene allí de largo 11.100 estadios, y de ancho por donde lo es más 3300. La boca de este mar tiene en su entrada cuatro estadios de ancho; pero a lo largo en todo aquel trecho y especie de cuello que se llama Bósforo, en donde se había construido el puente, cuenta como 120 estadios. Dicho Bósforo se extiende hasta la Propóntide, que siendo ancha de 500 estadios y larga de 1400 va a terminar en el Helesponto,[388] el cual cuenta siete estadios a lo angosto y 400 a lo largo, y termina después en una gran anchura de mar, que es el llamado Mar Egeo.

LXXXVI. Ved ahí cómo se han medido estas distancias. Suele una nave en un largo día hacer comúnmente 70.000 orgias de camino a lo más; de noche, empero, 60.000 únicamente: ahora bien, el viaje que hay desde la boca del Ponto, que es su lugar más angosto, hasta el río Fasis, es una navegación de nueve días y ocho noches, navegación que comprende, por tanto, 1.110.000 orgias, que hacen 11.100 estadios. La navegación que hay desde el país de los sindos hasta Temiscira, que está cerca del río Termodonte,[389] siendo aquella la mayor anchura del Ponto, es de tres días y dos noches, que componen 330.000 orgias, a que corresponde la suma de 3300 estadios. Repito, pues, que en estos términos he calculado la extensión del Ponto, del Bósforo y del Helesponto, cuya situación natural es conforme la que llevo declarada. Tiene el Ponto además de lo dicho una laguna que desagua en él, y que no es muy inferior en extensión, la cual lleva el nombre de Mayátide,[390] y se dice ser la madre del Ponto.

LXXXVII. Vuelvo a Darío, quien después de contemplado el Ponto, volviose atrás hacia el puente, cuyo ingeniero o arquitecto había sido Mandrocles, natural de Samos. Habiendo el rey mirado también curiosamente el Bósforo, hizo levantar en él dos columnas de mármol blanco, y grabar en una con letras asirias y en otra con griegas el nombre de todas las naciones que en su ejército conducía, y conducía todas aquellas de quienes era soberano. El número de dichas tropas de infantería y caballería subía a 70 miríadas, o al de 700.000 hombres, sin incluir en él la armada naval en que venían juntas 600 embarcaciones. Algún tiempo después cargaron los bizantinos con dichas columnas, y llevándolas a su ciudad se valieron de ellas para levantar el ara de Artemisa Ortosia, exceptuando solamente una piedra llena de caracteres asirios, que fue dejada en Bizancio en el templo de Dioniso. El sitio del Bósforo en que el rey Darío fabricó aquel su puente, es puntualmente, según mis conjeturas, el que está en medio de Bizancio y del templo de Zeus situado en aquella boca.

LXXXVIII. Habiendo Darío mostrado mucho gusto y satisfacción por lo bien construido que le parecía el puente de barcas, tuvo la generosidad de pagar a su arquitecto Mandrocles de Samos todas las partidas a razón de diez por uno. Separando después Mandrocles la primicias de aquel regalo, hizo con ellas pintar aquel largo puente echado sobre el Bósforo, y encima de él al rey Darío sentado en su trono, y al ejército en el acto de pasar; y dedicó este cuadro en el Hereo o templo de Hera, en Samos, con esta inscripción: _Mandrocles, que subyugó con su puente al Bósforo, fecundo en pesca, colocó aquí su monumento, corona suya, gloria de Samos, pues que supo agradar al rey, al gran Darío_. Tal fue la memoria que dejó el constructor de aquel puente.

LXXXIX. Después que Darío dio con Mandrocles aquella prueba de liberalidad, pasó a la Europa, habiendo ordenado a los jonios que navegasen hacia el Ponto, hasta entrar en el Istro, donde les mandó que le aguardasen, haciendo un puente de barcas sobre aquel río, y esta orden se dio a los jonios, porque ellos con los eolios y los helespónticos eran los que capitaneaban toda la armada naval. Pasadas las Cianeas, la armada llevaba su rumbo hacia el Istro, y habiendo navegado por el río dos días de navegación desde el mar, hicieron allí un puente sobre las cervices del Istro, esto es, en el paraje desde donde empieza a dividirse en varias bocas. Darío con sus tropas, que pasaron el Bósforo por encima de aquel tablado hecho de barcas, iba marchando por la Tracia, y llegando a las fuentes del río Tearo,[391] dio tres días de descanso a su gente allí atrincherada.

XC. Los que moran vecinos al Tearo dicen que es el río más saludable del mundo, pues sus aguas, además de ser medicinales para muchas enfermedades, lo son particularmente contra la sarna de los hombres y la roña de los caballos. Sus fuentes son 38, saliendo todas de una misma peña, pero unas frías y otras calientes. Vienen a estar a igual distancia, así de la ciudad de Hereo, vecina a la de Perinto, como de Apolonia, ciudad del ponto Euxino,[392] a dos jornadas de la una y a dos igualmente de la otra. El Tearo va a desaguar en el río Contadesdo, este en el Agrianes, el Agrianes en el Hebro, y el Hebro en el mar vecino a la ciudad de Eno.

XCI. Habiendo, pues, Darío llegado al Tearo, y fijado allí su campo, contento de haber dado con aquel río, quísole honrar poniendo una columna con esta inscripción: _Las fuentes del río Tearo brotan el agua mejor y más bella de todos los ríos; a ellas llegó conduciendo su ejército contra los escitas el hombre mejor y más bello de todos los hombres, Darío, el hijo de Histaspes y rey del Asia y de todo el continente_. Esto era lo que en la columna estaba escrito.

XCII. Partió Darío de aquel campo, dio con otro río que lleva el nombre de Artisco,[393] y corre por el país de los odrisas. Junto a aquel río, habiendo señalado cierto lugar, se le antojó dar orden a sus tropas de que al pasar dejase cada cual su piedra en aquel mismo sitio, y habiéndolo cumplido todos, continuó marchando con su gente, dejando allí grandes montones de piedra.

XCIII. Antes de llegar al Istro, los primeros pueblos que por fuerza rindió Darío fueron los getas _atanizontes_,[394] o defensores de la inmortalidad, pues los tracios que habitan en Salmideso, puestos sobre las ciudades de Apolonia y de Mesambria, llamados los esmirciadas y los nipseos, sin la menor resistencia se le entregaron. Pero los getas, nación la más valiente y justa de todos los tracios, resueltos con poca cordura a disputarle el paso, fueron sobre la marcha hechos esclavos por Darío.

XCIV. Respecto a la inmortalidad, están muy lejos de creer que realmente mueran; y su opinión es que el que acaba aquí la vida va a vivir con el dios Samolxis, a quien algunos hacen el mismo que _Gebeleicis_.[395] De cinco en cinco años sortean uno de ellos, al cual envían por mensajero a Samolxis, encargándole aquello de que por entonces necesitan. Para esto, algunos de ellos, puestos en fila, están allí con tres lanzas; otros, cogiendo de las manos y de los pies al mensajero destinado a Samolxis, lo levantan al aire y le tiran sobre las picas. Si muere el infeliz traspasado con ellas, ¡albricias!, porque les parece que tienen aquel dios de su parte; pero si no muere el enviado sobre las picas, se vuelven contra él diciéndole que es un hombre malo o ruin, y acusándole así, envían otro, a quien antes de morir dan sus encargos. Estos tracios, al ver truenos y relámpagos, disparan sus flechas contra el cielo, con mil bravatas y amenazas a Zeus, no teniéndole por dios, ni creyendo en otro que en su propio Samolxis.

XCV. Este Samolxis, según tengo entendido de los griegos establecidos en el Helesponto y en el mismo Ponto, siendo hijo de mujer y mero hombre, sirvió esclavo en Samos, pero tuvo la suerte de servir a Pitágoras, el hijo de Mnesarco. Habiendo salido libre de Samos, supo con su industria recoger un buen tesoro, con el cual se retiró a su patria. Como hallase a los tracios sus paisanos sin cultura y sin gusto ni instrucción, el prudente Samolxis, hecho a la civilización o molicie de la Jonia y a un modo de pensar y obrar mucho más fino y sagaz que el que corría entre los tracios, como hombre acostumbrado al trato de los griegos y particularmente al de Pitágoras, no el último de los sabios, con estas luces y superioridad mandó labrarse una sala en donde, recibiendo a sus paisanos de mayor cuenta y dándoles suntuosos convites, comenzó a dogmatizar, diciendo que ni él, ni sus camaradas, ni alguno de sus descendientes acabarían muriendo, sino que pasarían a cierto paraje donde eternamente vivos tuviesen a satisfacción todas sus comodidades y placeres. En tanto que así platicaba y trataba con los tracios, íbase labrando una habitación subterránea;[396] y lo mismo fue quedar concluida que desaparecer Samolxis de la vista de sus paisanos, metiéndose bajo de tierra en su sótano, donde se mantuvo por espacio de tres años. Los tracios, que lo echaban menos, y sentían la falta de su buena compañía, llorábanle ya por muerto, cuando llegado ya el cuarto año, ve aquí que se les aparece de nuevo Samolxis, y con la obra les hace creer lo que les había dicho de palabra.

XCVI. Esto cuentan que hizo Samolxis: yo en realidad no tomo partido acerca de esta historia y de la subterránea habitación; ni dejo de creerlo, ni lo creo tampoco ciegamente; si bien sospecho que nuestro Samolxis viviría muchos años antes que hubiese nacido Pitágoras. Así que si era Samolxis un hombre meramente, o si es un dios geta, y el dios principal para los getas, decídanlo ellos mismos; pues solo es de este lugar decir que los getas vencidos por Darío le iban siguiendo con lo demás del ejército.

XCVII. Darío, después de llegado al Istro con todo su ejército de tierra, habiendo pasado todas sus tropas por el nuevo puente, mandó a los jonios que lo deshicieran y que con toda la gente de las naves fuese por tierra siguiendo el grueso de sus tropas. Estaban ya los jonios a punto de obedecer, y el puente a pique de ser deshecho, cuando el general de los de Mitilene, Coes, hijo de Erxandro, tomose la licencia de hablar a Darío, habiéndole antes preguntado si llevaría a mal el escuchar una representación o consejo que se le quisiese proponer, y le habló en estos términos: «Bien sabéis, señor, que vais a guerrear en un país en que ni se halla campo labrado ni ciudad alguna habitada. ¿No sería mejor que dejarais en pie el puente como ahora está, y apostaseis para su defensa a los mismos que lo construyeron? Dos ventajas hallo en esto; una es que si tenemos el buen éxito que pensamos hallando y venciendo a los escitas, tendremos en el puente paso para la vuelta; otra que si no los hallamos, tendremos por él retirada segura; pues bien, veo que no tenemos que temer el que nos venzan los escitas en batalla; antes temiera yo que han de evitar ser hallados, y que perdidos acaso en busca de ellos, tengamos algún tropiezo. Tal vez se podría decir que hago en esto mi negocio con la esperanza de quedarme aquí sosegado: no pretendo tal; no hago más, señor, que poner en vuestra consideración un proyecto que me parece el más ventajoso; por lo que a mí me toca, estoy pronto a seguiros, ni pretendo que me dejéis aquí». No puede explicarse cuán bien pareció a Darío la propuesta, a la cual respondió así: «Amigo y huésped lesbio, no dejaré sin premio esa tu fidelidad; cuando esté de vuelta sano y salvo en mi palacio, quiero y mando que te dejes ver y que veas cómo sé corresponder con favores al que me sirve con buenos consejos».

XCVIII. Habiendo hablado estas pocas palabras y mandado hacer sesenta nudos en una correa,[397] mandó llamar ante sí a los señores de las ciudades de la Jonia y habloles así: «Ciudadanos de Jonia, sabed que he tenido a bien revocar mis primeras órdenes acerca del puente; ahora os ordeno que tomada esta correa hagáis lo que voy a deciros. Desde el punto que me viereis marchar contra los escitas, empezaréis a desatar diariamente uno de estos nudos. Si en todo el tiempo que fuere menester para irlos deshaciendo uno a uno, yo no compareciese, al cabo de él os haréis a la vela para vuestra patria; pero entretanto que llegue este término, puesto que lo he pensado mejor, os mando que conservéis entero el puente, y pongáis en su defensa y custodia todo vuestro esmero, pues en ello me daré por muy bien servido y satisfecho». Dadas estas órdenes, emprendió Darío su marcha hacia la Escitia.

XCIX. La parte marítima de la Tracia se avanza mar adentro frontera de la Escitia, la cual empieza desde un seno que aquella forma, donde va a desaguar el Istro, que en sus desembocaduras se vuelve hacia el Euro o levante. Empezando del Istro, iré describiendo ahora con sus medidas la parte marítima del país de la Escitia: en el Istro comienza, pues, Escitia la antigua, que mira hacia el Noto o mediodía y llega hasta una ciudad que llaman Carcinitis; desde cuyo punto, siguiendo las costas del poniente por un país montuoso situado sobre el Ponto, es habitada por la gente táurica hasta la Quersoneso Traquea,[398] ciudad confinante con un seno de mar que mira hacia el viento Apeliota o levante. Porque es de saber que las fronteras de la Escitia se dividen en dos partes que terminan ambas en el mar, la una mira al mediodía y la otra a levante,[399] en lo que se parece al país del Ática; pues los táuricos, en efecto, vienen a ocupar una parte de la Escitia, a la manera que si otra nación ocupase una parle del Ática, suponiendo que no fueran realmente atenienses, como lo son los que ahora ocupan el collado Suníaco y la costa de aquel promontorio que da con el mar, empezando desde el _demo_ Tórico, hasta el _demo_ Anaflisto; entendiendo con toda esta comparación como la de un enano a un gigante. Tal es la situación de la Táurica; pero a quien no ha navegado las costas del Ática, quiero especificársela de otro modo: está la Táurica, repito, de manera como si otra nación que no fueran los yapiges ocupase aquella parte de la Yapigia[400] que empezando desde el puerto de Brindis llega hasta aquel cabo, quedando, empero, separada de los confines de Tarento. Con estos dos ejemplos que expreso, indico al mismo tiempo otros muchos lugares, a los cuales es la Táurica parecida.

C. Desde la Táurica habitan ya los escitas, no solo todo el país que está sobre los Táuricos, y el que confina con el mar por el lado de levante, sino también la parte occidental así del Bósforo cimerio como de la laguna Mayátide hasta dar con el río Tanais, que viene a desaguar en la punta misma de dicha laguna.[401] Pero hacia los países superiores que se van internando por tierra desde el Istro, acaba la Escitia, confinando primero con los agatirsos, después con los neuros, con los andrófagos y finalmente con los melanclenos.[402]

CI. Viniendo, pues, la Escitia a formar como un cuadro,[403] cuyos dos lados confinan con el mar, su dimensión tirando tierra adentro es del todo igual a sus dimensiones tomadas a lo largo de las costas marítimas; porque por las costas desde el Istro hasta el Borístenes se cuentan diez jornadas, y desde el Borístenes hasta la laguna Mayátide otras diez; y penetrando tierra adentro desde el mar hasta llegar a los melanclenos situados sobre los escitas, hay el camino de 20 jornadas, previniendo que en cada jornada hago entrar el número de 200 estadios.[404] Así que la travesía de la Escitia tendrá unos 4000 estadios, y otros 4000 su latitud, internándose tierra arriba, y estos son los límites y extensión de todo aquel país.

CII. Volviendo a la historia, como viesen los escitas, consultando consigo mismos, que sus solas fuerzas no eran poderosas para habérselas cuerpo a cuerpo con el ejército entero de Darío, enviaron embajadores a las naciones comarcanas para pedirles asistencia. Reunidos, en efecto, los reyes de ellas, sabiendo cuán grande ejército se les iba acercando, deliberaban sobre el consejo que tomarían en aquel apuro. Dichos reyes, unidos en asamblea, eran el de los táuricos, el de los neuros, el de los andrófagos, el de los melanclenos, el de los gelonos, el de los budinos y el de los saurómatas.

CIII. Para decir algo de estas naciones, los táuricos tienen leyes y costumbres bárbaras: sacrifican a su virgen todos los náufragos arrojados a sus costas, e igualmente todos los griegos que a ellas arriban, si pueden haberlos a las manos. Ved ahí el bárbaro sacrificio: después de la auspicación o sacrificio de la víctima, dan con una clava en la cabeza del infeliz, y, según algunos dicen, desde una peña escarpada, encima de la cual está edificado el templo, arrojan el cadáver decapitado y ponen en un palo su cabeza. Otros dicen lo mismo acerca de lo último, pero niegan que sea el cuerpo precipitado, antes pretenden que se le entierra. La diosa a quien sacrifican dicen los mismos táuricos ser Ifigenia, hija de Agamenón.[405] Acerca de los enemigos que llegan a sus manos, cada cual corta la cabeza a su respetuoso prisionero, y se va con ella a su morada, y poniéndola después en la punta de un palo largo, la coloca sobre su casa y en especial sobre la chimenea, de modo que sobresalga mucho, diciendo con cruel donaire que ponen en aquella atalaya quien les guarde la casa. Estos viven de sus presas y despojos de la guerra.

CIV. Los agatirsos son unos hombres afeminados y dados al lujo, especialmente en los ornatos de oro. El comercio y uso de las mujeres es común entre ellos, con la mira de que siendo todos hermanos y como de una misma casa, ni tengan allí lugar la envidia ni el odio de unos contra otros. En las demás costumbres son muy parecidos a los tracios.

CV. Las leyes y usos de los neuros son como los de los escitas. Una edad o generación antes que Darío emprendiese aquella jornada, sobrevino tal plaga o inundación de sierpes, que se vieron forzados a dejar toda la región;[406] muchas de ellas las crió el mismo terreno, pero muchas más fueron las que bajaron hacia él de los desiertos comarcanos, y hasta tal punto les incomodaron que huyendo de su tierra pasaron a vivir con los budinos. Es mucho de temer que toda aquella caterva de neuros sean magos completos, si estamos a lo que nos cuentan tanto los escitas como los griegos establecidos en la Escitia, pues dicen que ninguno hay de los neuros que una vez al año no se convierta en lobo por unos pocos días, volviendo después a su primera figura. ¿Qué haré yo a los que tal cuentan? Yo no les creo de todo ello una palabra, pero ellos dicen y aun juran lo que dicen.

CVI. Los andrófagos son en sus costumbres los más agrestes y fieros de todos los hombres, no teniendo leyes algunas ni tribunales. Son pastores que visten del mismo modo que los escitas, pero que tienen su lenguaje propio.

CVII. Los melanclenos van todos vestidos de negro, de donde les ha venido el nombre que tienen, como si dijéramos _capas negras_. Entre todas estas gentes son los únicos que comen carne humana, y en lo demás siguen los usos de los escitas.

CVIII. Los budinos, que forman una nación grande y populosa, tienen los ojos muy azules y rubio el color. La ciudad que poseen, toda de madera, se llama Gelono;[407] son tan grandes sus murallas, que cada lado de ellas tiene de largo 30 estadios, siendo al mismo tiempo muy altas, por más que todas sean de madera; las casas y los templos son asimismo de madera. Los templos están dedicados a los dioses de la Grecia, y adornados a lo griego con estatuas, con aras y nichos de madera; aún más, cada tercer año celebran en honor de Dioniso sus trietéridas o bacanales, lo que no es de admirar, siendo estos gelonos originarios de unos griegos que retirados de los emporios plantaron su asiento entre los budinos y conservan una lengua en parte griega.

CIX. Los budinos propios ni hablan la misma lengua que dichos gelonos, ni siguen el mismo modo de vivir, pues siendo originarios o naturales del país, siguen la profesión de pastores y son los únicos en aquella tierra que comen sus piojos. Pero los gelonos cultivan sus campos, comen pan, tienen sus huertos plantados, son de fisonomía y color diferente. Verdad es que a los gelonos les llaman también budinos; haciéndoles en esto injuria los griegos que tal nombre les dan. Todo el país de los budinos está lleno de arboledas de toda especie, y en el paraje donde es más espesa la selva hay una laguna grande y dilatada, y alrededor de ella un cañaveral. En ella se cogen nutrias, castores y otras fieras cuyas pieles sirven para forrar los pellicos y zamarras, y cuyos testículos sirven de remedio contra el mal de madre.