Los nueve libros de la Historia (1 de 2)

Part 31

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LX. He aquí el modo y rito invariable que usan en todos sus sacrificios. Colocan la víctima atadas las manos con una soga; tras de ella está el sacrificador, quien tirando del cabo de la soga da con la víctima en el suelo, y al tiempo de caer ella, invoca y la ofrece al dios a quien la sacrifica. Va luego a atar con un dogal el cuello de la bestia, y asiendo de una vara que mete entre cuello y dogal, le da vueltas hasta que la sofoca. No enciende allí fuego, ni ofrece parte alguna de la víctima, ni la rocía con licores, sino que ahogada y desollada va luego a cocerla.

LXI. Siendo la Escitia una región sumamente falta de leña, han hallado un medio para cocer las carnes de los sacrificios.[374] Desollada la víctima, mondan de carne los huesos, y si tienen allí a mano ciertos calderos del país, muy parecidos a los peroles de Lesbos, con la diferencia de que son mucho más capaces, meten en ellos la carne mondada, y encendiendo debajo aquellos huesos limpios y desnudos, la hacen hervir de este modo; pero si no tienen a punto el caldero, echan la carne mezclada con agua dentro del vientre de la res, en el cual cabe toda fácilmente una vez mondada, y encienden debajo los huesos, que van ardiendo vigorosamente: con esto, un buey y cualquiera otra víctima se cuece por sí misma. Una vez cocida, el sacrificador corta por primicias de ella una parte de carne y otra de las entrañas, y las arroja delante de sí. Y no solo sacrifican los ganados ordinarios, sino muy especialmente los caballos.

LXII. Este es el rito de sus sacrificios, y estas las víctimas que generalmente sacrifican a todos sus dioses; pero con su dios Ares usan de un rito particular. En todos sus distritos, contando por curias, tienen un templo erigido a Ares, hecho de un modo extraño. Levantan una gran pira amontonando faginas hasta tres estadios de largo y de ancho, pero no tanto de alto; encima forman un área cuadrada a modo de ara, y la dejan cortada y pendiente por tres lados y accesible por el cuarto. Para la conservación de su hacina, que siempre va menguando consumida por las inclemencias del tiempo, la van reparando con 150 carros de fagina que le añaden; y encima de ella llevanta cada distrito un alfanje de hierro, herencia de sus abuelos, y este es el ídolo o estatua de Ares.[375] A este alfanje levantado hacen sacrificios anuales de reses y caballos, y aun se esmeran en sacrificar a este más que a los demás dioses; y llega el celo a tal punto, que de cada cien prisioneros cogidos en la guerra le sacrifican uno, y no con el rito con que inmolan los brutos, sino con otro bien diferente. Ante todo derraman vino sobre la cabeza del prisionero; después le degüellan sobre un vaso en que chorree la sangre, y subiéndose con ella encima del montón de sus haces, la derraman sobre los alfanjes. Hecho esto sobre el ara, vuelven al pie de las faginas y de las víctimas que acaban de degollar, cortan todo el hombro derecho juntamente con el brazo, y lo echan al aire; por un lado yace el brazo allí donde cae, por otro el cadáver. En dando fin a las demás ceremonias del sacrificio, se retiran.

LXIII. A esto, en suma, se reducen sus sacrificios, no acostumbrando inmolar lechones, y lo que es más, ni aun criarlos en su tierra.

LXIV. Acerca de sus usos y conducta en la guerra, el escita bebe luego la sangre al primer enemigo que derriba, y a cuantos mata en las refriegas y batallas les corta la cabeza y la presenta después al soberano: ¡infeliz del que ninguna presenta!, pues no le cabe parte alguna en los despojos, de que solo participa el que las traiga. Para desollar la cabeza cortada al enemigo, hacen alrededor de ella un corte profundo de una a otra oreja, y asiendo de la piel la arrancan del cráneo, y luego con una costilla de buey la van descarnando, y después la ablandan y adoban con las manos, y así curtida la guardan como si fuera una toalla. El escita guerrero ata de las riendas del caballo en que va montado y lleva como en triunfo aquel colgajo humano, y quien lleva o posee mayor número de ellos es reputado por el más bravo soldado: aun se hallan muchos entre ellos que hacen coser en sus capotes aquellas pieles, como quien cose un pellico. Otros muchos, desollando la mano derecha del enemigo, sin quitarla las uñas, hacen de ella, después de adobada, una tapa para su aljaba; y no hay que admirarse de esto, pues el cuero humano, recio y reluciente, sin duda adobado saldría más blanco y lustroso que ninguna de las otras pieles. Otros muchos, desollando al muerto de pies a cabeza, y clavando en un palo aquella momia, van paseándola en su mismo caballo.

LXV. Tales son sus leyes y usos de guerra; pero aun hacen más con las cabezas, no de todos, sino de sus mayores enemigos. Toma su sierra el escita y corta por las cejas la parte superior del cráneo y la limpia después; si es pobre, conténtase cubriéndole con cuero crudo de buey; pero si es rico, lo dora, y tanto uno como otro se sirven después del cráneo como de vaso para beber.[376] Esto mismo practican aún con las personas más familiares y allegadas; si teniendo con ellas alguna riña o pendencia, logran sentencia favorable contra ellas en presencia del rey. Cuando un escita recibe algunos huéspedes a quienes honra particularmente, les presenta las tales cabezas convertidas en vasos, y les da cuenta de cómo aquellos sus domésticos quisieron hacerle guerra, y que él salió vencedor. Esta, entre ellos, es la mayor prueba de ser hombres de provecho.

LXVI. Una vez al año, cada gobernador de distrito suele llenar una gran pipa de vino, del cual beben todos los escitas bravos que han muerto en la guerra algún enemigo; pero los otros, que no han podido hacer otro tanto, están allí sentados como a la vergüenza, sin poder gustar del banquete, no habiendo para ellos infamia mayor. Pero los que hubieren sido muy señalados en la matanzas de hombres, se les da a cada cual dos vasos a un tiempo, y bebe uno por dos.

LXVII. No faltan a los escitas adivinos en gran cantidad, cuya manera de adivinar por medio de varas de sauce explicaré aquí: Traen al lugar donde quieren hacer la función unos grandes haces de mimbres, y dejándolos en tierra los desatan; van después tomando una a una y dejando sucesivamente las varillas, y al mismo tiempo están vaticinando, y sin cesar de murmurar vuelven a juntarlas y a componer sus haces: este género de adivinación es heredado de sus abuelos. Los que llaman _enareos_, que son los hermafroditas o afeminados, pretenden que la diosa Afrodita los hace adivinos, y vaticinan con la corteza interior del árbol teia o tilo, haciendo tres tiras de aquella membranilla, envolviéndolas alrededor de sus dedos, y adivinando al paso que las van desenvolviendo.

LXVIII. Si alguna vez enferma su rey, hace llamar a los tres adivinos de mayor crédito y fama, los cuales del modo arriba dicho vaticinan acerca de aquella enfermedad. Por lo común, salen con decir que uno u otro, nombrando a los sujetos que les parece, juraron falso por los lares regios; pues que cuando los escitas quieren hacer el juramento más grave y más solemne de todos, casi siempre les obligan las leyes a jurar por los hogares o penates del rey. Al punto, pues traen preso al sujeto que dicen haber perjurado, y allí le reconvienen los adivinos, diciendo que el rey está enfermo porque él, como parece por los vaticinios, fue perjuro violando los hogares y penates regios. Suele acontecer que, enojado el preso, desmiente a los adivinos, diciendo que no hubo tal perjurio. Entonces llama el rey otros tantos adivinos, y si estos, observando el modo que se guardó en la adivinación, dan al reo por convicto del perjurio, sin más dilación le cortan la cabeza, y los primeros adivinos se reparten todos sus haberes. Pero si los segundos absuelven al pretendido perjuro, llámanse de nuevo otros, y después otros, y si sucede que los más den al hombre por inocente, la pena decretada por las leyes es que mueran los primeros adivinos.

LXIX. El género de muerte es el siguiente: llenan un carro de haces de leña menuda; atan al yugo los bueyes; luego meten en medio de los haces a los adivinos con prisiones en los pies, con las manos atadas atrás y con mordazas en la boca; pegan fuego a la fagina, y espantando a gritos a los bueyes, les hacen que corran. Sucede que muchos de los bueyes quedan abrasados en compañía de los falsos profetas, pero muchos otros, cuando la lanza del carro se acaba de abrasar, escapan vivos, aunque bien chamuscados. Del mismo modo queman también vivos por otros delitos a sus adivinos, llamándolos falsos.

LXX. Si el rey manda quitar la vida a alguno de sus vasallos, no la perdona a sus hijos, obligando a todos los varones a morir con su padre,[377] si bien a las hembras ningún daño se les hace. La solemnidad en los contratos y alianzas de los escitas con cualquiera que los contraigan, es la siguiente: colocan en medio una gran copa de barro, y en ella juntamente con vino mezclan la sangre de entrambos contrayentes, que se sacan hiriéndose ligeramente el cuerpo con un cuchillo o con la espada.[378] Después de esto, mojan en la copa el alfanje, la segur, las saetas y el dardo, y hecha esta ceremonia, pasan a sus votos y largas deprecaciones, tras de las cuales beben del vino ensangrentado, así los actores principales de la confederación, como las personas más respetables de su comitiva.

LXXI. La sepultura de los reyes está en el lugar llamado Gerro, desde dónde comienza el Borístenes a ser navegable. Luego que muere un rey, abren allí un foso cuadrado, y prevenido este, toman el cadáver, al cual antes han abierto y purgado el vientre, y llenado después de juncia machacada, de incienso, de almea, de semilla de apio y de anís, y volviendo a coser la abertura lo enceran todo por fuera. Puesto sobre un carro, lo llevan a otra nación o provincia de su imperio, y los que en ella reciben el cadáver del rey le hacen el mismo luto que los escitas regios que se lo condujeron, el cual consiste en cortarse un poquito de la orejas, en quitarse las puntas de los cabellos, en abrirse la piel alrededor de sus brazos, en llagarse la frente y narices, y en traspasarse la mano izquierda con sus saetas. Desde allí llevan el cadáver en su carro hasta otra nación de su dominio, sin que dejen de acompañar al muerto aquellos escitas que fueron los primeros en recibirlo de los regios. Por fin, después que los conductores pasearon al difunto por todas las provincias, se detienen en los gerros, vasallos los más apartados de todos, al lado de la misma sepultura. Primero ponen el cadáver dentro de su caja sobre un lecho que está en aquella hoya; después clavan al uno y al otro lado del difunto unas lanzas, y sobre ellas suspenden palos para hacerle una enramada de mimbres. En el contorno espacioso del arca encierran una de las concubinas reales, sofocándola primero, como también un copero, un cocinero, un caballerizo, un criado, un paje de antesala para los recados, unos caballos, las primicias más delicadas de todas las cosas, y unas copas de oro, pues entre ellos no está introducido el uso de la plata y del bronce. Después de esto, todos a porfía cubren con tierra el difunto, empeñados en levantar sobre él un enorme túmulo.

LXXII. Al cabo de un año después del entierro, vuelven de nuevo a practicar la siguiente ceremonia. Escogen de los criados del difunto rey los más lindos y bellos, quienes suelen ser escitas libres y bien nacidos, pues allí son criados del rey los ciudadanos que él mismo elige, no habiendo entre ellos el uso de comprar esclavos: escogidos, repito, cincuenta de entre ellos, los ahogan y juntamente cincuenta caballos de los más hermosos. Sácanles a todos las tripas y les limpian las entrañas llenándolas después de paja y cosiéndoles el vientre. Toman después un medio cerco, a manera de un aro de cuba, y clavan sus dos extremos en dos palos que se levantan desde el túmulo; a poca distancia clavan otro medio aro del mismo modo, y otros muchos así. Hechos aquellos arcos, desde la cola de cada caballo hasta el cuello meten un palo recio, y suben el cadáver sobre los aros, de suerte que los primeros sostienen sus espaldas, y los postreros sus muslos y vientre, quedando suspenso el caballo sin tocar en el suelo ni con las manos ni con las piernas; levantado así, le ponen su freno y brida atada a un palo que está allí delante. Sobre cada uno de los caballos colocan sendos caballeros, que son los mancebos allí ahogados, metiendo a cada cadáver un palo recto que penetrando por el espinazo llegue al pescuezo, clavando la punta inferior de dicho palo que queda fuera del cuerpo dentro de un agujero que tiene el otro palo que atraviesa el cuerpo del caballo. Puesta alrededor del túmulo aquella cabalgada de momias, se retiran todos a sus casas.

LXXIII. Esto sucede en las sepulturas de los reyes; por lo que toca a las de los particulares se sigue otro estilo. Cuando muere un escita, los parientes más cercanos le ponen en su carro y le van llevando por las casas de sus amigos. Cada uno de estos recibe con un gran convite a toda la comitiva, poniendo también al muerto la misma mesa que a sus conductores;[379] pasados 40 días en tales visitas, al cabo lo entierran. Los escitas que le dieron sepultura usan de muchas ceremonias para purificarse: primero se refriegan y lavan la cabeza; y después para la lustración de todo su cuerpo plantan tres palos en tierra en forma de triángulo, cuyas puntas se unen por medio de su mutua inclinación; alrededor de los palos extienden un fieltro o encerado hecho de lana a manera de sombrero apretándolo lo más que pueden, sin dejar, el más mínimo resquicio; y en medio de aquella estufa de lana tupida meten un brasero en forma de esquife y dentro unas piedras hechas ascua, todo con el fin de sahumarse como diré más adelante.

LXXIV. Nace en el país el cáñamo,[380] hierba enteramente parecida al lino, menos en lo grueso y alto, en que el cáñamo le hace muchas ventajas. Parte de él nace de suyo, parte se siembra. Los tracios hacen de él telas y vestidos muy semejantes a las de lino, tanto que nadie que no esté hecho a verlas sabrá distinguir si son de lino o de cáñamo, y quien nunca las haya visto las tendrá por piezas de lino.

LXXV. Del mencionado cáñamo toman, pues, la semilla los escitas impuros y contaminados por algún entierro, echándola a puñados encima de las piedras penetradas del fuego, y metidos ellos allá dentro de su estufa. La semilla echada va levantando tal sahumerio y despidiendo de sí tanto vapor, que no hay estufa alguna entre los griegos que en esto le exceda. Entretanto, los escitas gritan de placer como si se bañasen en agua rosada, y esta función les sirve de baño, pues jamás acostumbran a bañarse.[381] Las mujeres escitas componen para sus afeites una especie de emplasto: preparan una vasija con agua; raspan luego un poco de ciprés, de cedro y de palo de incienso contra una piedra áspera, y de las raspaduras mezcladas con agua forman un engrudo craso con que se emplastan el rostro y aun todo el cuerpo. Dos ventajas logran con esto; oler bien, cualquiera que sea su mal olor natural, y quedar limpias y relucientes al quitarse aquella costra al día siguiente.

LXXVI. A nada tienen más aversión que a los usos y modas extrañas, aun a las de otra provincia de la nación; pero con mucha particularidad a las de los griegos, como se vio bien una vez en Anacarsis y en Escilas. Anacarsis en primer lugar, habiendo visto muchos países y mostrádose en todos hombre muy sabio, volvía ya a los aires nativos de la Escitia. Sucedió que navegando el Helesponto tomase puerto en Cícico, en donde halló a los vecinos de la ciudad ocupados en hacer a la madre de los dioses una fiesta magnífica y pomposa, y el buen Anacarsis con aquella ocasión hizo un voto a la madre, de que si por su favor y ayuda llegaba salvo a su casa, le haría aquel mismo sacrificio que entonces veía hacer a los cicicenos, e introduciría allí aquella vigilia y fiesta nocturna. Llegado después a Escitia, habiendo desembarcado en el sitio que llaman Hilea, floresta vecina al Dromo de Aquiles y poblada de todo género de árboles, celebraba Anacarsis su fiesta a la diosa, sin omitir ceremonia alguna, tocando sus timbales y llevando las figurillas pendientes del cuello. Uno de los escitas que le había visto en aquella función le delató al rey Saulio, el cual, avisado, y viendo por sus ojos a Anacarsis que continuaba en sus ceremonias, le mató con una saeta.[382] Y aun ahora, si se pregunta a los escitas por Anacarsis, responderán que no saben ni conocen tal hombre; tal es la enemiga que con él tienen, así porque viajó por la Grecia, como porque siguió los usos y ritos extranjeros. Pero, según supe de Timnes, tutor que era de Ariapites, fue Anacarsis tío de Idantirso, rey de la Escitia, e hijo de Gnuro, nieto de Lico y biznieto de Espargapites. Y si es verdad que Anacarsis fuese de tal familia, ¡triste suerte para el infeliz la de haber muerto a manos de su mismo hermano, pues Idantirso fue hijo de Saulio, y Saulio quien mató a Anacarsis!

LXXVII. Es singular lo que oí contar a los del Peloponeso, que Anacarsis había sido enviado a Grecia por el rey de los escitas, para que como discípulo aprendiera de los griegos, y que vuelto de sus estudios había informado al mismo que le envió de que todos los pueblos de la Grecia eran muy dados a todo género de erudición, salvo los lacedemonios que eran los únicos que en sus conversaciones hablaban con naturalidad sin pompa ni estudio. Pero esto es a fe mía un cuento con que los mismos griegos se han querido divertir: lo cierto es que al infeliz le costó la vida aquella fiesta, como dije, y este fue el pago que tuvo de haber querido introducir usos nuevos y seguir costumbres griegas.

LXXVIII. El mismo fin que este tuvo largos años después Escilas, hijo de Ariapites. Sucedió que Ariapites, rey de los escitas, tuvo entre otros hijos a Escilas, habido en una mujer no del país, sino natural de Istria, colonia de los milesios, que instruyó a su hijo en la lengua y literatura griega.[383] Andando después el tiempo, como su padre Ariapites hubiese sido alevosamente muerto por el rey de los agatirsos, Espargapites, Escilas tomó posesión no solo de la corona, sino también de una esposa de su padre, que se llamaba Opea, señora natural de la Escitia, en quien Ariapites había tenido un hijo llamado Orico. Rey ya de los suyos, Escilas gustaba poco de vivir a la escítica, y su pasión era seguir particularmente las costumbres de los griegos conforme a la educación y usanzas en que se había criado. Para este efecto solía conducir el ejército escita a la ciudad de los boristenitas, colonos griegos, y según ellos pretenden, originarios de Mileto: apenas llegado, dejando su ejército en los arrabales de la ciudad, se metía en persona dentro de la plaza, y mandando al punto cerrar las puertas se despojaba de los vestidos escíticos y se vestía a la griega. En este traje íbase el rey paseando por la plaza sin alabarderos ni guardia alguna que le siguiese; pero entretanto tenía centinelas a las puertas de la ciudad, no fuese que metido dentro alguno de los suyos acertase a verle en aquel traje. En todo, por abreviar, se portaba como si fuese griego, y según el ritual de los griegos hacía sus fiestas y sacrificios a los dioses. Después de pasado un mes o algo más, tomando de nuevo su hábito escítico se volvía otra vez; y como esta función la hiciese a menudo, había mandado edificar en Borístenes[384] un palacio, y llevado a él por esposa una mujer natural de la ciudad.

LXXIX. Pero estando destinado que tuviese un fin desastroso, alcanzole la desventura con la siguiente ocasión. Diole la gana de alistarse entre los cofrades de Dioniso, el dios de las máscaras, y cuando iba ya a hacer aquella ceremonia y profesión, sucediole un raro portento. Alrededor de la magnífica y suntuosa casa que, como acabo de decir, se había fabricado en la ciudad de los boristenitas, tenía una gran plaza circuida toda de estatuas de mármol blanco en forma de esfinges y de grifos; contra este palacio disparó Dios un rayo que lo abrasó totalmente. Pero no se dio Escilas por entendido, y prosiguió del mismo modo su mascarada. Es de saber que los escitas suelen dar en rostro a los griegos sus borracheras y bacanales, diciendo que no es razonable tener por dios a uno que hace volver locos y furiosos a los hombres. Ahora, pues, cuando Escilas iba hecho un perfecto camarada de Dioniso, uno de los boristenitas dio casualmente con los escitas y les dijo: «Muy bien, sabios escitas; vosotros os mofáis de los griegos porque hacemos locuras cuando se apodera de nosotros el dios Dioniso; ¿y qué diríais ahora si vierais a vuestro rey, a quien no sé qué espíritu bueno o malo arrebata danzando por esas calles, loco y lleno de Dioniso a no poder más? Y si no queréis creerme sobre mi palabra, seguidme, amigos, que mostrároslo he con el dedo». Siguiéronle los escitas principales, y el boristenita los condujo y ocultó en una de las almenas. Cuando vieron los escitas que pasaba la mojiganga, y que en ella iba danzando su rey hecho un insensato, no es decible la pesadumbre que por ello tuvieron, y saliendo de allí dieron cuenta a todo el ejército de lo que acababan de ver.

LXXX. De aquí resultó que al dirigirse Escilas con sus tropas hacia su casa, los escitas pusieron a su frente un hermano suyo llamado Octamasadas, nacido de una hija de Teres, y sublevados negaron a aquel obediencia. Viendo Escilas lo que pasaba, y sabiendo el motivo de aquella novedad, se refugió a la Tracia; de lo cual informado Octamasadas movió su ejército hacia aquel país, y hallándose ya cerca del Istro, saliéronles al encuentro armados los tracios, y estando a punto de venir a las manos los dos ejércitos, Sitalces envió un heraldo que habló así a Octamasades: «¿Para qué probar fortuna y querer medir las espadas? Tú eres hijo de una de mis hermanas, y tienes en tu poder un hermano mío refugiado en tu corte: ajustémonos en paz; entrégame tú a ese hermano y yo te entregaré a Escilas, que lo es tuyo. Así, ni tú ni yo nos expondremos a perder nuestra gente». Estos partidos de paz le envió a proponer Sitalces, quien tenía un hermano retirado en la corte de Octamasades; convino este en lo que se le proponía, y entregando su tío a Sitalces, recibió de él a su hermano Escilas. Habiendo Sitalces recobrado a su hermano, retirose con sus tropas, y Octamasades en aquel mismo sitio cortó la cabeza a Escilas. Tan celosos están los escitas de sus leyes y disciplina propia, y tal pago dan a los que gustan de introducir novedades y modas extranjeras.