Los nueve libros de la Historia (1 de 2)

Part 34

Chapter 344,132 wordsPublic domain

CXXXIV. Los demás escitas, después de los regalos enviados a Darío, puesta al cabo en orden de batalla toda su infantería y caballería, presentáronse al enemigo como determinados a una acción general. Formados así en filas, pasó casualmente por entre ellos una liebre, y apenas la vieron cuando corrieron todos tras ella; y viéndolos Darío agitados con esto y gritando todos a una contra el animal, preguntó qué alboroto era aquel de los enemigos, y oyendo que perseguían a una liebre, vuelto a aquellos con quienes solía comunicar todas las cosas: «Verdaderamente, les dijo, que nos tienen en vilísimo concepto esas hordas atrevidas, y que ahora nos están zumbando, de suerte que me parece que Gobrias atinaba con el sentido de sus dones. Puesto que también me conformo yo con la interpretación de Gobrias, es preciso discurrir el medio mejor para podernos retirar de aquí con toda seguridad». A lo cual Gobrias respondió: «Señor, si bien estaba yo antes casi asegurado por la fama de que estos escitas eran unos bárbaros infelices, con todo, llegado aquí lo he visto por mis ojos, y estoy viendo aún que ellos se burlan de nosotros como de niños, tomándonos por juguete. Mi parecer sería que luego que cierre la noche, la primera digo que llegue, encendidos en el campo los mismos fuegos que solíamos antes, y dejando en él, so color de alguna sorpresa, las tropas de menor resistencia para la fatiga, y atados allí todos los asnos, nos partiéramos del país, primero que, o los escitas corran en derechura al Istro para deshacernos el puente, o los jonios nos intenten algún daño tal, que nos acabe de perder y arruinar».

CXXXV. Este fue el parecer que dio Gobrias, y del cual venida apenas la noche se valió Darío, quien dejó en su campo los inválidos y achacosos y a todos aquellos cuya pérdida era de poquísima cuenta, y con ellos también atados todos sus burros. El motivo verdadero de dejar aquellos animales era para que rebuznasen entretanto con todas sus fuerzas, y el de dejar a los inválidos no era otro realmente que la misma falta de salud y de robustez, si bien de esta misma se valió de pretexto, como si él con la flor de su ejército meditara alguna sorpresa contra el enemigo, durante la cual debieran ellos quedarse para resguardo y defensa de sus reales, conforme lo pedía el estado de su salud. Así que habiendo Darío hecho entender esto a los que dejaba y mandado hacer los fuegos ordinarios, se apresuró a tomar la vuelta del Istro. Los jumentos que se vieron allí sin la muchedumbre de antes, quejosos también y resentidos, empezaron a rebuznar aún más de lo acostumbrado, y los escitas que oían aquel estrepitoso concierto estaban sin el menor recelo de la partida, muy creídos que los persas quedaban allí al par que sus asnos.

CXXXVI. No bien había amanecido, cuando los inválidos, viéndose allí solos, y conociéndose malamente vendidos por Darío, comienzan a alzar las manos al cielo y extenderlas hacia los escitas y darles cuenta de lo que pasaba. Luego que estos lo oyeron, juntas de repente sus fuerzas, que consistían en los dos cuerpos de tropas nacionales y en un tercer cuerpo formado de saurómatas, de budinos y gelonos, se ponen en movimiento para perseguir a los persas, camino derecho del Istro. Pero sucedió que siendo muy numerosa por una parte la infantería persa, que no sabía las veredas en un país donde no hay caminos abiertos y hollados, y marchando por otra a la ligera la caballería escítica, muy práctica en los atajos de su viaje, sin encontrarse unos con otros, los escitas llegaron al puente mucho antes que los persas. Informados allí de cómo estos no habían llegado todavía, hablaron a los jonios que estaban sobre sus naves: «¿No veis, jonios, que se pasó ya el plazo y número de los días, y que no hacéis bien en esperar aquí por más tiempo? Si antes el temor del persa os tuvo aquí clavados, ahora por lo menos echad a pique el puente y marchad luego libres a vuestras tierras, dando gracias por ello a los dioses y también a nosotros los escitas; que bien podéis estar seguros que vamos a escarmentar a ese que fue vuestro señor, de modo que no le dé más la gana de hacer otra expedición contra pueblo ni hombre viviente».

CXXXVII. Consultaron los jonios lo que había de hacerse sobre este punto. El parecer de Milcíades el ateniense, que se hallaba allí de general, como señor que era de los moradores del Quersoneso cercano al Helesponto, era de complacer a los escitas y restituir la libertad a la Jonia. Mas el parecer de Histieo el Milesio fue del todo contrario, dando por razón que en el estado presente, cada uno de ellos debía a Darío el ser señor de su ciudad, que arruinando el poder e imperio del rey, ni él mismo estaría en posición de mandar a los milesios, ni ninguno de ellos a su respectiva ciudad, pues claro estaba que cada una de estas prefería un gobierno popular al dominio absoluto de un príncipe. Apenas acabó Histieo de proferir su voto, cuando todos los demás lo adoptaron, por más que antes hubiesen sido del parecer de Milcíades.

CXXXVIII. Los jefes allí discordes en la votación, señores todos de consideración en la estima de Darío, eran en primer lugar los tiranos (o príncipes) de las ciudades del Helesponto, Dafnis príncipe de Abido, Hipoclo el de Lámpsaco, Herofanto el de Pario, Metrodoro el de Proconeso, Aristágoras de Cícico, y Aristón de Bizancio, todos ellos príncipes en el Helesponto: estaban en segundo lugar los señores de las ciudades de Jonia, Estratis el de Quíos y Eaces de Samos, Laodamas de Focea e Histieo el de Mileto, cuyo voto fue el que prevaleció contra Milcíades. Por fin, de la Eolia solo se hallaba presente un príncipe que fuese de cuantía, y este era Aristágoras, señor de Cime.

CXXXIX. Resueltos, pues, estos señores a seguir el parecer de Histieo, determinaron al mismo tiempo medir por él así las obras como las razones: las obras, con deshacer la parte del puente que estaba del lado de los escitas, pero no más allá de un tiro de ballesta, con la mira de darles a entender que ponían manos a la obra, cuando su intención era no tocar nada, y también para impedir que los escitas se abriesen paso por el puente a despecho de los jonios queriendo penetrar a la otra parte del Istro: las razones, con decirles que ya empezaban por el lado de ellos la maniobra para llevar a cabo todo lo que pretendían. Esto resolvieron hacer en consecuencia del parecer de Histieo, el cual después de este acuerdo respondió así a los escitas en nombre de todos: «Buenas son las nuevas, oh escitas, que nos acabáis de traer, y en buena sazón nos dais prisa a que nos valgamos de la ocasión. No puede ser más oportuno el aviso que nos dais, y la ejecución de nuestra parte no cabe que sea más obsequiosa para con vosotros ni mas diligente. ¿No veis con vuestros ojos cómo ya vamos deshaciendo el puente y cuánto empeño mostramos en volver a recobrar la libertad? En tanto, pues, que acabamos de disolver estas barcas, no perdáis vosotros el tiempo que os convida a que busquéis a esos enemigos comunes, y hallados os venguéis de ellos y nos venguéis a nosotros como bien merecido lo tienen».

CXL. Los simples y crédulos escitas creyeron por segunda vez que los jonios trataban verdad con ellos, y dieron luego la vuelta en busca de los persas,[418] pero se desviaron totalmente del rumbo y camino que estos traían. De esta equivocación tenían la culpa los mismos escitas, por haber gastado antes los forrajes a la caballería y haber cegado los manantiales de las aguas; pues si así no lo hubieran ejecutado, tuvieran en su mano hallar desde luego a los persas, si hallarles quisieran; de suerte que en aquella resolución que tuvieron antes por la más acertada, en esa misma erraron completamente. Porque sucedió que los escitas iban en busca de los enemigos por los parajes de su país donde había heno o hierba para los caballos y agua para el ejército, creídos de que los persas vendrían huyendo por ellos, mientras que los persas en su retirada iban deshaciendo el mismo camino que antes habían llevado, y aun así volviendo atrás sobre sus mismas pisadas, a duras penas hallaron al cabo la salida. Y como llegasen de noche al Istro y encontrasen deshecha la parte inmediata de de su puente, cayeron en la mayor consternación, temiendo sobremanera que los jonios no se hubieran vuelto, dejándoles a ellos entre los enemigos.

CXLI. Había un egipcio en el ejército de Darío, que superaba con su grito a otro hombre cualquiera, al cual mandó Darío que puesto en el borde mismo del Istro llamase por su nombre a Histieo el Milesio. Voceando estaba el egipcio cuando Histieo, oído el primer grito, arrimó todas sus naves para pasar el ejército, y volvió a unir las barcas para la formación del puente.

CXLII. De este modo los persas se escaparon huyendo, y los escitas quedaron segunda vez burlados, buscando en balde a los enemigos. De aquí, hablando los escitas de los jonios, suelen con gracia atribuirles dos propiedades; una, que los jonios para libres son los hombres más viles, ruines y cobardes del mundo; otra, que para esclavos son los más amantes de sus amos que darse pueden y los menos amigos de huir. Tales son las injurias que contra ellos suelen lanzar los escitas.

CXLIII. Continuando Darío sus marchas por la Tracia, llegó a Sesto,[419] ciudad del Quersoneso, desde donde pasó en sus naves al Asia, dejando por general de sus tropas en Europa al persa Megabazo, sujeto a quien dio aquel rey un grande elogio en presencia de la corte con la siguiente ocasión: Iba Darío a abrir unas granadas que quería comer, y al punto que tuvo abierta la primera, preguntole su hermano Artabano cuál era la cosa de que el rey deseara tener tanta abundancia cuanta era la de los granos de aquella granada. A lo que respondió Darío, que prefiriera tantos Megabazos cuantos eran aquellos granos, más bien que tener bajo de su dominio, a toda la Grecia; palabra con que entre los persas le honró y distinguió muchísimo. A este, pues, dejó por generalísimo de sus tropas, que subían a 80.000 hombres.

CXLIV. Este mismo Megabazo, por un chiste que dijo, dejó entre las gentes del Helesponto memoria y fama inmortal. Como estando en Bizancio oyese decir que los calcedonios habían fundado su ciudad 17 años antes que fundasen allí cerca de la suya los bizantinos: «Sin duda, dijo con esta ocasión, debían entonces de estar ciegos los calcedonios, que a no estarlo no hubieran edificado en un suelo infame, pudiendo edificar en otro excelente». Megabazo, dejado por general en la provincia de los helespónticos, conquistó con sus tropas a todos los pueblos que no _medizaban_[420] (es decir, no eran partidarios del medo o del persa), a todo lo cual dio cima Megabazo.

CXLV. Por el mismo tiempo fue cuando pasó a Libia una grande armada, de cuya ocasión hablaré después de haberla preparado con esta previa narración. Aquellos pelasgos, infames piratas, que se llevaron las mujeres atenienses del pueblo de Braurón, echaron también violentamente de Lemnos a los descendientes de los campeones de la nave _Argos_. Viéndose estos echar de casa, navegaron para Lacedemonia; allá arribados y atrincherados en el monte Taigeto, encendieron allí fuego para dar señal de su venida, lo cual observado por los lacedemonios, les preguntaron por medio de un mensajero quiénes eran y de dónde venían. Respondieron ellos al enviado, que eran los minias, descendientes de aquellos héroes de la nave _Argos_ que, aportando a Lemnos, los habían allí engendrado.[421] Oída esta relación, y viendo los lacedemonios que eran sus huéspedes de la raza de los minias, pregúntanles de nuevo a qué fin habían venido a su tierra y dado aviso de su arribo con las hogueras; a lo que dijeron que echados de su casa por los pelasgos volvían a las de sus padres, cosa que les parecía muy puesta en razón; que lo que pedían era ser sus vecinos, tener parte así en los empleos públicos como en las suertes y reparticiones de las tierras. Los lacedemonios tuvieron a bien dar la naturaleza a los minias con las condiciones mencionadas, a lo que les movió sobre todo el saber que sus tindáridas[422] habían navegado en la nave _Argos_; así que, habiéndoles naturalizado, les dieron sus suertes en las tierras, y se les repartieron en sus _filas_ o distritos. Los minias tomaron desde luego mujeres hijas del país, y casaron con los hijos del mismo a las que consigo traían de Lemnos.

CXLVI. No pasó, empero, mucho tiempo sin que los minias, levantándose a mayores, no solo anhelasen el derecho a la corona, sino que cometiesen muchos desafueros e insolencias capitales, tanto que los lacedemonios dieron contra ellos sentencia de muerte, y después presos los metieron en la cárcel. Es uso de los lacedemonios ejecutar de noche la sentencia de muerte en los condenados a ella, sin efectuarlo jamás de día. Sucedió, pues, que habiendo resuelto que murieran los minias, sus mujeres, que no solo eran ciudadanas, pero hijas aun de las principales casas de Esparta, lograron con sus empeños el permiso de entrar en la cárcel y de hablar cada una con su marido, permiso que se les otorgó sin recelar de ellas la menor sombra de engaño ni de perjuicio. ¿Qué intentan ellas una vez dentro? Cada cual da al marido sus propios vestidos, y se visten con los de su marido, y así los minias con el traje de sus mujeres, haciéndose pasar por ellas, saliéronse de la cárcel, y otra vez por este medio se refugiaron al Taigeto.[423]

CXLVII. En aquella misma sazón salió de Lacedemonia para hacer un nuevo establecimiento un hombre principal llamado Teras, hijo de Autesión, nieto de Tisameo, biznieto de Tersandro, y tercer nieto de Polínices. Siendo Teras de la estirpe cadmea,[424] era tío por parte de madre de los dos hijos de Aristodemo, llamados el uno Eurístenes y el otro Procles, en cuya menor edad tuvo la regencia del reino en Esparta. Pero cuando los príncipes, sus sobrinos, llegados ya a la mayor edad, quisieron encargarse del gobierno, a Teras, que había tomado gusto al mandar, se le hacía tan intolerable el haber de ser mandado, que dijo no poder vivir más en Lacedemonia, sino que quería volverse por mar a vivir con los suyos. Eran estos los descendientes de Membliaro, hijo de Peciles, de nación fenicio, quienes se habían establecido en la isla que al presente se llama Tera,[425] y antes se llamaba Calista. Porque como Cadmo el hijo de Agénor, yendo en busca de Europa hubiese llegado a esa isla, ora fuese por parecerle buena la tierra, ora por algún otro motivo que para ello tuviera, lo cierto es que dejó en ella en compañía de otros muchos fenicios a Membliaro, que era de su misma familia. Ocho generaciones habían ya trascurrido desde que estos fenicios habitaban la isla Calista, cuando Teras fue allá desde Lacedemonia.

CXLVIII. Vino Teras con una colonia de hombres que había reclutado entre las tribus de Lacedemonia, con ánimo de avecindarse en la isla con ellos y no de echarles de casa, antes bien de hacerles muy familiares y amigos. Viendo, pues, Teras a los minias huidos de la cárcel y refugiados en el Taigeto, pidió a los lacedemonios, empeñados en quitarles la vida, que se la quisiesen perdonar, pues él se encargaba de sacárselos del país. Habiendo condescendido con su súplica los lacedemonios, Teras se hizo a la vela con tres naves de cincuenta remos, para irse a juntar con los descendientes de Membliaro, llevando consigo no a todos los minias, sino a unos pocos que quisieron seguirle, pues la mayor parte de ellos habían partido para echarse contra los paroreatas y los caucones;[426] y habiendo logrado en efecto arrojarles de su patria, se quedaron allí repartidos en seis ciudades, que fueron la de Lépreo, la de Macisto, la de Frixas, la de Pirgo, la de Epio, y la de Nudio, muchas de las cuales fueron en mis días asoladas por los eleos. Llegado Teras a la isla, llamose esta Tera, del nombre del conductor de la nueva colonia.

CXLIX. Tenía Teras un hijo que no quiso embarcarse con su padre, quien resentido le dijo que si no le seguía, le dejaría allí como una oveja entre los lobos, de donde vino a quedarle después al mancebo, sin caérsele jamás, el nombre de Eólico (oveja-lobo). Tuvo Eólico después por hijo a Egeo, del cual lleva el nombre de Égidas una de las tribus de Esparta más numerosa. Como a los naturales de aquel distrito se les muriesen los hijos siendo aún niños, por aviso de un oráculo se edificó un templo, y se dedicó a las furias de Layo y de Edipo. Esto mismo aconteció después a los originarios de la misma tribu cuando fueron a establecerse en Tera.

CL. Hasta aquí van acordes en la historia los lacedemonios con los naturales de Tera; pero acerca de lo que pasó después, solo los tereos son los que nos refieren lo siguiente: Grino, hijo de Esanio, uno de los descendientes de Teras y rey de la isla de Tera, partió para Delfos llevando consigo una hecatombe (o _sacrificio de cien bueyes_). Entre otros vecinos que le acompañaban iba Bato, hijo de Polimnesto, el cual era de la familia de los Eutimidas, una de las minias. Consultando, pues, Grino, rey de los tereos, acerca de otros asuntos, la Pitia le dio en respuesta un oráculo que le mandaba fundar una colonia en Libia. Pero Grino le replicó diciendo: «Oh señor, me hallo muy viejo y tan agobiado que no puedo sostenerme. Os suplico que eso lo mandéis más bien a alguno de estos mozos que aquí tengo». Y al decir estas palabras apuntó con el dedo a Bato. Por entonces no hubo más: vueltos a su casa, no contaron ya con el oráculo, parte por no saber hacia dónde caía la tal Libia, parte por no atreverse a enviar una colonia a la ventura.

CLI. Después de este caso, durante siete años no llovió gota en Tera, y cuantos árboles había en la isla, todos, salvo uno solo, quedaron secos. Consultaron los tereos sobre esta calamidad al mismo Apolo, y la Pitia les respondió con el oráculo de enviar una colonia a la Libia. Viendo que no cesaba el azote ni se les daba otro remedio, enviaron unos diputados a Creta con orden de informarse si alguno, o natural del país o habitante en él, había ido a la Libia. Yendo los diputados de ciudad en ciudad llegaron a la de Itano,[427] donde hallaron un mercader de púrpura llamado Corobio, quien les dijo que llevado de una tempestad había aportado a Libia, y tocado en una isla de ella llamada Platea. Haciendo al mercader ventajosos partidos, se lo llevaron a Tera, de donde salieron en una nave unos descubridores de la Libia que no fueron muchos al principio, quienes gobernados por el piloto Corobio aportaron a la isla Platea,[428] donde habiendo dejado a su conductor con víveres para algunos meses, dieron prontamente la vuelta a Tera para llevar noticias a los suyos del descubrimiento de la nueva isla.

CLII. Íbanse acabando las provisiones al infeliz Corobio, porque los tereos dilataban la vuelta por más tiempo del que tenían ajustado; pero entre tanto una nave samia, cuyo capitán era Coleo, fletada para Egipto, fue llevada por los temporales a la misma Platea. Los samios que en ella venían, informados por Corobio de todo lo sucedido, le proveyeron de víveres para un año, y levando ancla deseosos de llegar al Egipto, partiéronse de la isla, por más que soplaba el viento Subsolano, el cual, como no quisiese amainar, les obligó a pasar más allá de las columnas de Heracles, y aportar por su buena suerte a Tarteso. Era entonces Tarteso para los griegos un imperio virgen y reciente que acababan de descubrir. Allí negociaron también con sus géneros, que ninguno les igualó jamás en la ganancia del viaje, al menos de aquellos de quienes puedo hablar con fundamento, exceptuando siempre a Sóstrato, natural de Egina, hijo de Laodamante, con quien nadie puede apostárselas en lucro. Los samios, poniendo aparte la décima de su ganancia, que subió a seis talentos, hicieron con ella un caldero de bronce a manera de pila argólica; alrededor de él había unos grifos mirándose unos a otros, y era sostenido por tres colosos puestos de rodillas, cada uno de siete codos de alto: fue dedicado en el Hereo.

CLIII. La humanidad de los samios para con Corobio fue el principio de la grande armonía que sucedió después entre cireneos y samios. Pero volviendo a los descubridores tereos, dejado que hubieron en aquella isla a Corobio y vueltos a Tera, dieron razón de la isla de la Libia hallada por ellos, y de la posesión que de ella habían tomado. Con esta noticia determinaron los tereos que se enviase allá una colonia, que en los siete distritos de que se componía Tera, uno de dos hermanos de cada familia entrase en cántaro para ella, y que Bato fuese allí por su rey y conductor. Así enviaron a Platea dos _pentecónteros_ cargados de colonos.

CLIV. Esto cuentan los tereos: en todo lo demás van conformes con los cireneos, los cuales solo discuerdan de los tereos por lo que mira a Bato, pues nos refieren así la historia: Hay, dicen, en Creta una ciudad llamada Oaxo, donde era rey Etearco, el cual, viudo ya, y teniendo en casa una hija de su primera mujer, por nombre Frónima, casó de segundas nupcias con otra. La nueva esposa dio muchas pruebas de que era realmente madrastra: no contenta con el odio que llevaba consigo el nombre, no perdía ocasión de maltratar a Frónima y de maquinar contra ella cuanto podía, hasta el punto de ponerla tacha en su honor, e inducir al marido a creer que tenía en su hija una ramera. Engañado así el padre, tomó contra ella una extraña resolución. Había un natural de Tera y negociante en Oaxo, por nombre Temison, a quien Etearco, después de recibirle por huésped suyo, le conjuró por los fueros más sagrados de la hospitalidad que le concediese una merced que le quería pedir; y habiéndole aquel jurado que se la haría, preséntale Etearco a su misma hija, y le manda que la arroje al mar. Quejoso Temison de la mala fe de su huésped en arrancarle el juramento, y renunciando a la carta del hospedaje; tomó el expediente de embarcar consigo a la hija de Etearco, y estando en alta mar, para cumplir con la formalidad del juramento, la echó al agua sostenida con unas cuerdas, y sacándola otra vez con ellas, la llevó a Tera.

CLV. Allí un ciudadano ilustre entre los tereos, llamado Polimnesto, tomó a Frónima por concubina, y de ella tuvo a su tiempo un hijo de voz trabada y balbuciente, a quien se le dio el nombre de Bato, según dicen los cireneos, pero a lo que imagino se le daría algún otro nombre, pues no fue llamado Bato sino después de haber ido a la Libia; nombre que se le dio, así por causa del oráculo que en Delfos se le profirió, como por la dignidad honrosa que después tuvo, acostumbrando los libios dar al rey el nombre de Bato. Este creo fue el motivo por que la Pitia en su oráculo le dio tal nombre, como que entendía la lengua líbica, y sabía que él vendría a ser rey en Libia; pues es cierto que él, llegado a la mayor edad, había ya ido a Delfos a consultar el oráculo sobre el defecto de su lengua, y que a su consulta había respondido así la Pitia:

Te trajo, oh Bato, aquí tu voz trabada; a poblar en la Libia, madre de reses, Apolo manda que de jefe vayas.

A este oráculo repitió el consultante: «Mi amo y señor, acá vine para pediros remedio de mi voz trabada y defectuosa, y vos me dais oráculos diferentes para mí imposibles, ordenándome que funde ciudades en la Libia. ¿Qué medios y qué poder tengo yo para ello?». Por más que así representó, no pudo lograr otra respuesta del oráculo; y viendo Bato que se le inculcaba siempre lo mismo que antes, dejando las cosas en tal estado, regresó a Tera.