Los nueve libros de la Historia (1 de 2)
Part 22
XXXVI. Viendo, pues, Creso el lidio los atroces desafueros que iba cometiendo Cambises, pareciole sería bien darle un aviso, y así abocándose con él: «Señor, le dice, no conviene soltar la rienda a la dulce ira de la juventud, antes es mejor tirarla, reprimiéndoos a vos mismo. Bueno es prever lo que pueda llegar, y mejor aún prevenirlo: vos, señor, dais la muerte a muchos hombres, la dais también a algunos mozos vuestros, sin haber sido antes hallados reos, ni convencidos de culpa alguna notable: los persas quizá, si continuáis en esa conducta, se os podrán sublevar. Me perdonaréis esta libertad que tomo en atención a que Ciro vuestro padre, con las mayores veras, me encargó que cuando lo juzgase necesario os asistiese con mis prevenciones y avisos». Aconsejábale Creso con mucho amor y cortesía; pero Cambises le contestó con esta insolencia: «Y tú, Creso, ¿tienes osadía de avisar y aconsejar a Cambises? ¿Tú que tan bien supiste mirar por tu casa y corona; tú que tan buen expediente diste a mi padre, aconsejándole que pasara el Araxes contra los maságetas cuando querían pasar a nuestros dominios? Dígote que con tu mala política te perdiste a ti, juntamente con tu patria, y con tu elocuencia engañaste a Ciro y acabaste con la vida de mi padre. Pero ya es tiempo que no te felicites más por ello, pues mucho hace ya que con un pretexto cualquiera debiera yo haberme librado de ti». No bien acaba de hablar en este tono, cuando va por su arco para dispararlo contra Creso; pero este, anticipándosele, sale corriendo hacia fuera. Cambises, viendo que no puede alcanzarle ya con sus flechas, ordena a gritos a sus criados que cojan y maten a aquel hombre; pero ellos, que tenían bien conocido a su amo, y profundamente sondeado su variable humor, tomaron el partido de ocultar entretanto a Creso. Su mira era cauta y doble, o bien para volver a presentar a Creso vivo y salvo, en caso de que Cambises arrepentido lo echara menos, esperanzados de ganar entonces albricias por haberle salvado, o bien de darle muerte después, caso de que el rey, sin mostrar pesar por su hecho, no deseara que Creso viviese. No pasó, en efecto, mucho tiempo sin que Cambises deseara de nuevo la compañía y gracia de Creso; sábenlo los familiares, y le dan alegres la nueva de que tenían vivo a Creso todavía. «Mucho me alegro, dijo Cambises al oírlo, de la vida y salud de mi buen Creso; pero vosotros que me lo habéis conservado vivo no os alegraréis por ello, pues pagaréis con la muerte la vida que le habéis dado». Y como lo dijo lo ejecutó.
XXXVII. De esta especie de atentados, no menos locos que atroces, hizo otros muchos Cambises, así con sus persas, como con los aliados de la corona en el tiempo que se detuvo en Menfis, donde con nota de impío iba abriendo los antiguos monumentos y diciendo mil gracias insolentes y donosas contra las momias egipcias. Entonces fue también cuando entró en el templo de Hefesto, y se divirtió en él, haciendo burla y mofa de su ídolo, tomando ocasión de su figurilla, muy parecida en verdad a los dioses _Pataicos_ fenicios que en las proas de sus naves suelen llevar los de Fenicia. Estos dioses, por si acaso alguno jamás los vio, voy a dibujarlos aquí en un rasgo solo, con decir que son unos muñecos u hombres pigmeos. Quiso asimismo Cambises entrar en el templo de los Cabiros,[266] donde nadie más que a su sacerdote es lícita la entrada; con cuyas estatuas tuvo mucho que reír y mofar, haciendo después del escarnio que las quemaran. Estas estatuas vienen a ser como la de Hefesto, de quien se dice son hijos los Cabiros.
XXXVIII. Por fin, para hablar con franqueza, Cambises me parece a todas luces un loco insensato; de otro modo, ¿cómo hubiera dado en la ridícula manía de escarnecer y burlarse de las cosas sagradas y de los usos religiosos? Es bien notorio lo siguiente: que si se diera elección a cualquier hombre del mundo para que de todas las leyes y usanzas escogiera para sí las que más le complacieran, nadie habría que al cabo, después de examinarlas y registrarlas todas, no eligiera las de su patria y nación. Tanta es la fuerza de la preocupación nacional, y tan creídos están los hombres que no hay educación, ni disciplina, ni ley, ni moda como la de su patria. Por lo que parece que nadie sino un loco pudiera burlarse de los usos recibidos de que se burlaba Cambises. Dejando aparte mil pruebas de que tal es el sentimiento común de los hombres, mayormente en lo que mira a las leyes y ceremonias patrias, el siguiente caso puede confirmarlo muy señaladamente. En cierta ocasión hizo llamar Darío a unos griegos, sus vasallos, que cerca de sí tenía, y habiendo comparecido luego, les hace esta pregunta: «¿Cuánto dinero querían por comerse a sus padres al acabar de morir?». Respondiéronle luego que por todo el oro del mundo no lo harían. Llama inmediatamente después a unos indios titulados calatias, entre los cuales es uso común comer el cadáver de sus propios padres: estaban allí presentes los griegos, a quienes un intérprete declaraba lo que se decía: venidos los indios, les pregunta Darío cuánto querían por permitir que se quemaran los cadáveres de sus padres; y ellos luego le suplicaron a gritos que no dijera por los dioses tal blasfemia. ¡Tanta es la prevención a favor del uso y de la costumbre! De suerte que cuando Píndaro hizo a la costumbre árbitra y déspota de la vida, habló a mi juicio como filósofo más que como poeta.
XXXIX. Pero dejando reposar un poco al furioso Cambises, al mismo tiempo que hacía su expedición contra el Egipto, emprendían otra los lacedemonios hacia Samos[267] contra Polícrates, hijo de Eaces, que en aquella isla se había levantado. Al principio de su tiranía, dividido en tres partes el estado, repartió una a cada uno de sus dos hermanos; pero poco después reasumió el mando de la isla entera, dando muerte a Pantagnoto, uno de ellos, y desterrando al otro, Silosonte, el más joven de los tres. Dueño ya único y absoluto del estado, concluyó un tratado público de amistad y confederación con Amasis, rey de Egipto, a quien hizo presentes y de quien asimismo los recibió. En muy poco tiempo subieron los asuntos de Polícrates a tal punto de fortuna y celebridad, que así en Jonia como en lo restante de Grecia, se oía solo en boca de todos el nombre de Polícrates, observando que no emprendía expedición alguna en que no le acompañase la misma felicidad. Tenía, en efecto, una armada naval de 100 _pentecónteros_, y un cuerpo de mil alabarderos a su servicio; atropellábalo todo sin respetar a hombre nacido; siendo su máxima favorita que sus amigos le agradecerían más lo restituido que lo nunca robado. Apoderose a viva fuerza de muchas de las islas vecinas, y de no pocas plazas del continente. En una de sus expediciones, ganada una victoria naval a los lesbios, los cuales habían salido con todas sus tropas a la defensa de los de Mileto, los hizo prisioneros, y cargados de cadenas les obligó a abrir en Samos el foso que ciñe los muros de la plaza.
XL. Entretanto, Amasis no miraba con indiferencia la gran prosperidad de Polícrates su amigo, antes se informaba con gran curiosidad del estado de sus negocios; y cuando vio que iba subiendo de punto la fortuna de su amigo, escribió en un papel esta carta y se la envió en estos términos:[268] «Amasis a Polícrates. — Por más que suelan ser de gran consuelo para el hombre las felices nuevas que oye de los asuntos de un huésped y amigo suyo, con todo, no me satisface lo mucho que os lisonjea y halaga la fortuna, por cuanto sé bien que los dioses tienen su poco de celos o de envidia. En verdad prefiriera yo para mí, no menos que para las personas que de veras estimo, salir a veces con mis intentos, y a veces que me saliesen frustrados, pasando así la vida en una alternativa de ventura y desventura, que verlo todo llegar prósperamente. Dígote esto, porque te aseguro que de nadie hasta ahora oí decir que después de haber sido siempre y en todo feliz, a la postre no viniera al suelo estrepitosamente con toda su dicha primera. Sí, amigo, créeme ahora, y toma de mí el remedio que voy a darte contra los engañosos halagos de la fortuna. Ponte solo a pensar cuál es la cosa que más estima te merece, y por cuya pérdida más te dolieras en tu corazón: una vez hallada, apártala lejos de ti, de modo que nunca jamás vuelva a parecer entre los hombres. Aun más te diré: que si practicada una vez esta diligencia no dejara de perseguirte con viento siempre en popa la buena suerte, no dejes de valerte a menudo de este remedio que aquí te receto».
XLI. Leyó Polícrates la carta, y se hizo cargo de la prudencia del aviso que le daba Amasis; y poniéndose luego a discurrir consigo mismo cuál de sus alhajas sintiera más perder, halló que sería sin duda un sello que solía siempre llevar, engastado en oro y grabado en una esmeralda, pieza trabajada por Teodoro el samio, hijo de Telecles. Al punto mismo, resuelto ya a desprenderse de su sello querido, escoge un medio para perderlo adrede, y mandando equipar uno de sus _pentecónteros_, se embarca en él, dando orden de engolfarse en alta mar, y lejos ya de la isla, quítase el sello de su mano a vista de toda la tripulación, y arrojándolo al agua, manda dar la vuelta hacia el puerto, volviendo a casa triste y melancólico sin su querido anillo.
XLII. Pero al quinto o sexto día de su pérdida voluntaria le sucedió una rara aventura. Habiendo cogido uno de los pescadores de Samos un pescado tan grande y exquisito que le parecía digno de presentarse a Polícrates, va con él a las puertas de palacio, diciendo querer entrar a ver y hablar a Polícrates su señor. Salido el recado de que entrase, entra alegre el pescador, y al presentar su regalo: «Señor, le dice, quiso la buena suerte que cogiera ese pescado que ahí veis, y mirándolo desde luego por un plato digno de vuestra mesa, aunque vivo de este oficio y trabajo de mis manos, no quise sacar a la plaza este pez tan regalado; tened, pues, a bien recibir de mí este regalo». Contento Polícrates con la bella y simple oferta del buen pescador, le respondió así: «Has hecho muy bien, amigo; dos placeres me haces en uno, hablándome como me hablas, y regalándole como me regalas con ese pescado tan raro y precioso: quiero que seas hoy mi convidado».[269] Piénsese cuán ufano se volvería el pescador con la merced y honra que se le hacía. Entretanto, los criados de Polícrates al aderezar y partir el pescado, hallan en su vientre el mismo sello de su amo poco antes perdido. No bien lo ven y reconocen, cuando muy alegres por el hallazgo, van con él y lo presentan a Polícrates, diciéndole dónde y cómo lo habían hallado. A Polícrates pareció aquella aventura más divina que casual, y después de haber notado circunstanciadamente en una carta cuanto había practicado en el asunto y cuanto casualmente le había acontecido, la envió a Egipto.
XLIII. Leyó Amasis la carta que acababa de llegarle de parte de Polícrates, y por su contenido conoció luego y vio estar totalmente negado a un hombre librar a otro del hado fatal que amenaza su cabeza, acabándose entonces de persuadir que Polícrates, en todo tan afortunado que ni aun lo que abandonaba perdía, vendría por fin al suelo consigo y con toda su dicha. Por efecto de la carta hizo Amasis entender a Polícrates, por medio de un embajador enviado a Samos, que anulando los tratados renunciaba a la amistad y hospedaje público que con él tenía ajustado; en lo cual no era otra su mira sino la de conjurar de antemano la pesadumbre que sin duda sintiera mucho mayor en su corazón sí viniera a descargar contra Polícrates el último y fatal golpe que la fortuna le tenía guardado, siendo todavía su huésped y público amigo.
XLIV. Contra este hombre en todo tan afortunado hacían una expedición los lacedemonios, como antes decía, llamados al socorro por ciertos samios mal contentos de su tirano, quienes algún tiempo después fundaron en Creta la ciudad de Cidonia. El origen de esta guerra fue el siguiente: noticioso Polícrates de la armada que contra el Egipto iba juntando Cambises, hijo de Ciro, pidiole por favor, enviándole a este fin un mensajero, que tuviera a bien despachar a Samos una embajada que le convidase a concurrir también con sus tropas a la jornada. Recibido este aviso, Cambises destinó gustoso un enviado a Samos pidiendo a Polícrates quisiera juntar sus naves con la armada real que se aprestaba contra el Egipto. Polícrates, que llevaba muy estudiada la respuesta, entresacando de entre sus paisanos aquellos de quienes sospechaba estar dispuestos para alguna sublevación, los envió en 40 galeras a Cambises, suplicándole no volviera a remitírselos a su casa.
XLV. Dicen algunos sobre el particular, que no llegaron a Egipto los samios enviados y vendidos por Polícrates, sino que estando ya de viaje en las aguas de la isla de Cárpatos acordaron no pasar adelante en una reunión que entre sí tuvieron, recelosos de la mala fe del tirano. Cuentan otros que llegados ya al Egipto, observando que allí se les ponían guardias, huyeron secretamente, y que de vuelta a Samos, Polícrates, saliéndoles a recibir con sus naves, les presentó la batalla, en la cual, quedando victoriosos los que volvían del Egipto, llegaron a desembarcar en su isla, de donde se vieron obligados a navegar hacia Lacedemonia, vencidos por tierra en una segunda batalla. Verdad es que no falta quien diga que también por tierra salieron vencedores de Polícrates en el segundo combate los samios recién vueltos del Egipto; pero no me parece probable, cualquiera que sea quien lo afirme. Pues si así hubiera sucedido, ¿que necesidad tuvieran los restituidos a Samos de llamar en su ayuda a los lacedemonios, siendo por sí bastantes para hacer frente y derrotar a Polícrates? Y por otra parte, ¿qué razón persuade que por un puñado de gente recién vuelta de su viaje pudiera ser vencido en campo de batalla un tirano que, además de la mucha tropa asalariada para su defensa, tenía gran número de flecheros por guardias de su casa y persona? Tanto más, cuanto que al tiempo de darse la batalla, sábese que Polícrates tenía encerrados en el arsenal a los hijos y mujeres de los demás samios fieles, estando todo a punto para pegar fuego al arsenal y abrasar vivas todas aquellas víctimas en él encerradas, caso de que sus samios se pasaran a las filas y al partido de los que volvían de la expedición de Egipto.
XCVI. Llegados a Esparta los samios echados de la isla por el tirano Polícrates, y presentados ante los magistrados como hombres reducidos al extremo de miseria y necesidad, hicieron un largo discurso pidiendo se les quisiera socorrer. Respondiéronles los magistrados en aquella primera audiencia, más a lo burlesco que a lo lacónico, que no recordaban ya el principio, ni habían entendido el fin de la arenga. En otra segunda audiencia que lograron los samios, sin cuidarse de retórica ni discursos, presentando a vista de todos sus alforjas, solo dijeron que estaban vacías y pedían algo por caridad. A lo cual se les respondió que harto había con presentar vacías las alforjas, sin ser menester que pidiesen por caridad; y se resolvió darles socorro.
XLVII. Hechos en efecto los preparativos, emprendieron su expedición contra Samos, con la mira, según dicen los samios, de pagarles el beneficio que de ellos habían antes recibido los lacedemonios, cuando con sus naves les socorrieron contra los mesenios; aunque si estamos a lo que los mismos lacedemonios aseguran, no tanto pretendían en aquella jornada vengar a los que les pedían socorro, como vengarse de dos presas que se les habían hecho, una de cierta copa grandiosa que enviaban a Creso,[270] otra de un precioso coselete que les enviaba por regalo Amasis, rey de Egipto, el cual los samios habían interceptado en sus piraterías un año antes de robarles la copa regalada a Creso. Era aquel peto una especie de tapiz de lino entretejido con muchas figuras de animales y bordado con hilos de oro y de cierta lana de árbol, pieza en verdad digna de verse y admirarse, así por lo dicho como particularmente por contener el urdimbre de cada lizo, no obstante de ser muy sutil, 360 hilos, todos bien visibles y notables.[271] Igual a este es el peto que el mismo Amasis consagró en Lindos a Atenea.
XLVIII. Con mucho empeño concurrieron los corintios a que se efectuase dicha expedición a Samos, resentidos contra los samios, de quienes una era antes de esta expedición, y al tiempo mismo en que fue robada la mencionada copa a los lacedemonios, habían recibido una injuria con el siguiente motivo. Periandro, hijo de Cípselo, enviaba a Sardes, al rey Aliates, 300 niños tomados de las primeras familias de Córcira, con el destino de ser reducidos a la condición de eunucos. Habiendo de camino tocado en Samos los corintios que conducían a los desgraciados niños, informados los samios del motivo y destino con que se los llevaba a Sardes, lo primero que con ellos hicieron fue prevenirles que se refugiasen al templo de Artemisa. Refugiados allí los niños, no permitiendo, por una parte los samios a los corintios que se les sacase del asilo con violencia, ni consintiendo, por otra, los corintios a aquellos que llevasen de comer a los refugiados, discurrieron los samios para socorrer a los niños instituir cierta fiesta que se celebra todavía del mismo modo. Consistía en que venida la noche, todo el tiempo que los niños se mantuvieron allí refugiados, las doncellas y mancebos de Samos armaban sus coros y danzas, introduciendo en ellas la costumbre de llevar cada cual su torta hecha con miel, de forma que pudieran tomarla los niños, que en efecto la tomaban para su sustento. Dilatose tanto la fiesta, que al cabo, cansadas de aguardar en vano las guardias corintias, se retiraron de la isla, y los samios restituyeron a Córcira aquella tropa de niños sin castrar.[272]
XLIX. Bien veo que si muerto Periandro hubieran corrido los corintios en buena armonía con los naturales de Córcira, no hubiera sido bastante la pasada injuria para que tanto favorecieran aquellos la jornada de Samos. Mas, por desgracia, los dos pueblos desde que la isla se pobló[273] nunca han podido tener un día de paz y sosiego: y así es que los corintios deseaban tomar venganza de los de Samos por la injuria referida. Por lo que toca a Periandro, el motivo que le movió a enviar a Sardes los niños escogidos y sacados de entre los principales vecinos de Córcira para que fuesen hechos eunucos, fue el deseo de vengarse de un atentado mayor que contra él habían cometido aquellos naturales.
L. Para declarar el hecho, debe saberse que después que Periandro quitó la vida a su misma esposa Melisa, quiso el destino que tras aquella calamidad le sucediese también otra doméstica. Tenía en casa dos hijos habidos en Melisa, los dos aún mancebos, uno de 16 y otro de 18 años de edad. Habiéndolos llamado a su corte su abuelo materno, Procles, señor de Epidauro,[274] los recibió con mucho cariño y los agasajó como convenía y como suelen los abuelos a sus nietos. Al tiempo de volverse los jóvenes a Corinto, habiendo salido Procles acompañándolos por largo trecho, les dijo estas palabras al despedirse: «¡Ah, hijos míos, si sabéis acaso quién mató a vuestra madre!». El mayor no hizo alto en aquella expresión de despedida; pero al menor, llamado Licofrón, le impresionó de tal modo, que vuelto a Corinto, ni saludar quiso a su padre, que había sido el matador, ni responder a ninguna pregunta que le hiciera; llegando a tal punto que Periandro, lleno de enojo, echó al hijo fuera de su casa.
LI. Echado su hijo menor, procuró Periandro saber del mayor lo que les había dicho y prevenido su abuelo materno. El mozo, sin acordarse de la despedida de Procles, a que no había particularmente atendido, dio cuenta a su padre de las demostraciones de cariño con que habían sido recibidos y tratados por el abuelo; pero replicándole Periandro que no podía menos de haberles aquel sugerido algo más, y porfiando mucho al mismo tiempo en querer saberlo todo puntualmente, hizo por fin memoria el hijo de las palabras que usó con ellos el abuelo al despedirse y las refirió a su padre. Bien comprendió Periandro lo que significaba aquella despedida; mas con todo nada quiso aflojar del rigor que usaba con su hijo, sino que, enviando orden al dueño de la casa donde se había refugiado, le prohibió darle acogida en ella. Echado el joven de su posada, se acogió de nuevo a otra, de donde por las amenazas de Periandro y por la orden expresa para que de allí se le sacara, fue otra vez arrojado. Despedido segunda vez de su albergue, fuese a guarecer a casa de unos amigos y compañeros suyos, quienes, no sin mucho miedo y recelo, al cabo por ser hijo de Periandro, resolvieron darle acogida.
LII. Por abreviar la narración, mandó Periandro publicar un bando para que nadie admitiera en su casa a su hijo ni le hablara palabra, so pena de cierta multa pecuniaria que en él se imponía, pagadera al templo de Apolo. En efecto, publicado ya este pregón, nadie hubo que le quisiera saludar ni menos recibir en su casa, mayormente cuando el mismo joven por su parte no tenía por bien solicitar a nadie para que contraviniera al edicto de su padre, sino que sufriendo con paciencia la persecución paterna, vivía bajo los portales de la ciudad, andando de unos a otros. Cuatro días habían ya pasado, y viéndole el mismo Periandro transido de hambre, desfigurado y sucio, no le sufrió más el corazón tratarle con tanta aspereza; y así, aflojando su rigor, se le acercó y le habló de esta manera: «¡Por vida de los dioses, hijo mío! ¿Cuándo acabarás de entender lo que mejor te está, si el verte en la miseria en que te hallas, o tener parte en las comodidades del principado que poseo, solo con mostrarte dócil y obediente a tu padre? ¿Es posible que, siendo tú hijo mío y señor de Corinto la rica y feliz, te afirmes en tu obstinación y ciego de enojo contra tu mismo padre, a quien ni la menor seña de disgusto debieras dar en tu semblante, quieras a pesar mío vivir cual pordiosero? ¿No consideras, niño, que si alguna desgracia hubo en nuestra casa, de resultas de la cual me miras sin duda con tan malos ojos, yo soy el que llevé la peor parte de aquel mal, y que pago ahora con usura la culpa que en ello cometí? Al presente bien has podido experimentar cuánto más vale envidia que compasión, tocando a un tiempo con las manos los inconvenientes de enemistarte con los tuyos y con tus mayores y de resistirles tenazmente. Ea, vamos de aquí, y al palacio en derechura». Así se explicaba Periandro con el obstinado mancebo; pero el hijo no dio a su padre más respuesta que decirle pagase luego a Apolo la multa en que acababa de incurrir por haberle hablado. Con esto vio claramente Periandro que había llegado al extremo el mal de su hijo, ni admitía ya cura ni remedio, y determinado desde aquel punto a apartarlo de sus ojos, embarcándole en una nave le envió a Córcira, de donde era también soberano. Pero queriendo vengar la contumacia del hijo en la cabeza del que reputaba por autor de tanta desventura, hizo la guerra a su suegro Procles, a quien cautivó después de tomar por fuerza a Epidauro.