Los nueve libros de la Historia (1 de 2)
Part 21
XIX. Volviendo a Cambises, no bien tomó la resolución de enviar sus espías a la Etiopía, cuando hizo venir de la ciudad de Elefantina a ciertos hombres de los ictiófagos,[257] bien versados en el idioma etiópico; y en tanto que llegaban, dio orden a su armada naval que se hiciera a la vela para ir contra Carquedón o Cartago. Representáronle los fenicios que nunca harían tal, así por no permitírselo la fe de los tratados públicos, como por ser una impiedad que la madre patria hiciera guerra a los colonos sus hijos. No queriendo concurrir, pues, los fenicios a la expedición, lo restante de las fuerzas no era armamento ni recurso bastante para la empresa; y esta fue la fortuna de los carquedonios, que por este medio se libraron de caer bajo el dominio persa; pues entonces consideró Cambises por una parte que no sería razón forzar a la empresa a los fenicios, que de buen grado se habían entregado a la obediencia de los persas, y por otro vio claramente que la fuerza de su marina dependía de la armada fenicia, no obstante de seguirle en la expedición contra el Egipto los naturales de Chipre, vasallos asimismo voluntarios de la Persia.
XX. Apenas llegaron de Elefantina los ictiófagos, los hizo partir Cambises para Etiopía, bien informados de la embajada que debían de dar, y encargados de los presentes que debían hacer, que consistían en un vestido de púrpura, en un collar de oro, unos brazaletes, un bote de alabastro lleno de ungüento, y una pipa de vino fenicio. En cuanto a los etíopes a quienes Cambises enviaba dicha embajada, la fama que de ellos corre nos los pinta como los hombres más altos y gallardos del orbe, cuyos usos y leyes son muy distintos de los de las demás naciones, en especial la que mira propiamente a la corona, conforme a la cual juzgan que el más alto de talla entre todos y el que reúna el valor a su estatura debe ser el elegido por rey.
XXI. Llegados a esta nación los ictiófagos de Cambises al presentar los regalos al soberano[258] le arengaron en esta forma: «Cambises, rey de los persas, deseoso de ser en adelante vuestro buen huésped y amigo, nos mandó venir para que en su nombre os saludemos, y al mismo tiempo os presentemos de su parte los dones que aquí veis, que son aquellos géneros de que con particular gusto suele usar el mismo soberano para el regalo de su real persona». El etíope, conociendo desde luego que los embajadores no eran más que espías, les dijo: «Ni ese rey de los persas os envía con esos presentes para honrarse de ser mi amigo y huésped, ni vosotros decís verdad en lo que habláis; pues vosotros, bien lo entiendo, venís por espías de mi estado y él nada tiene por cierto de príncipe justo y hombre recto, pues a serlo, no deseara más imperio que el suyo, ni metiera en sujeción a los pueblos que en nada le han ofendido. Por abreviar, entregarle de mi parte este arco que aquí veis, y le daréis juntamente esta mi formal respuesta: El rey de los etíopes aconseja por bien de paz al rey de los persas, que haga la guerra a los macrobios, fiado en el número de vasallos en que es superior a aquel; entonces cuando vea que sus persas encorvan arcos de este tamaño con tanta facilidad como yo ahora doblo este a vuestros ojos; y mientras no vea hacer esto a los suyos, dé muchas gracias a los dioses porque no inspiran a los etíopes el deseo de nuevas conquistas para dilatar más su dominio».
XXII. Dijo el etíope, y al mismo punto aflojando su arco lo entrega a los enviados. Toma después en sus manos la púrpura regalada, y pregunta qué venía a ser aquello y cómo se hacía: dícenle los ictiófagos la verdad acerca de la púrpura y su tinte; y él entonces les replica: «Bien va de engaño; tan engañosos son ellos como sus vestidos y regalos». Pregunta después qué significa lo del collar y brazaletes; y como se lo declarasen los ictiófagos diciendo que eran galas para mayor adorno de la persona, riose el rey, y luego: «No hay tal, les replica; no me parecen galas sino grillos, y a fe mía que mejores y más fuertes son los que acá tenemos». Tercera vez preguntó sobre el ungüento; e informado del modo de hacerlo y del uso que tenía, repitió lo mismo que acerca del vestido de púrpura había dicho. Pero cuando llegó a la prueba del vino, informado antes cómo se preparaba aquella bebida, y relamiéndose con ella los labios, continuó preguntando cuál era la comida ordinaria del rey de Persia y cuánto solía vivir el persa que más vivía. Respondiéronle a lo primero que el sustento común era el pan, explicándole juntamente qué cosa era el trigo de que se hacía; y a lo segundo, que el término más largo de la vida de un persa era de ordinario 80 años. A lo cual repuso el etíope que nada extrañaba que hombres alimentados con el estiércol que llamaban pan vivieran tan poco, y que ni aun duraran el corto tiempo que vivían, a no mezclar aquel barro con su tan preciosa bebida, con lo cual indicaba a los ictiófagos el vino, confesando que en ello les hacían ventaja los persas.
XXIII. Tomando de aquí ocasión los ictiófagos de preguntarle también cuál era la comida y cuán larga la vida de los etíopes, respondioles el rey que, acerca de la vida, muchos entre ellos había que llegaban a los 120 años, no faltando algunos que alcanzaban a más; en cuanto al alimento, la carne cocida era su comida y la leche fresca su bebida ordinaria. Viendo entonces el rey cuanto admiraban los exploradores una vida de tan largos años, los condujo él mismo a ver una fuente muy singular, cuya agua pondrá al que se bañe en ella más empapado y reluciente que si se untara con el aceite más exquisito, y hará despedir de su húmedo cuerpo un olor de viola finísimo y delicado. Acerca de esta rara fuente referían después los enviados ser de agua tan ligera que nada sufría que sobrenadase en ella, ni madera de especie alguna, ni otra cosa más leve que la madera, pues lo mismo era echar algo en ella, fuese lo que fuese, que irse a fondo al momento. Y en verdad, si tal es el agua cual dicen, ¿no se pudiera conjeturar que el uso que de ella hacen para todo los etíopes, hará que gocen los macrobios de tan larga vida? Desde esta fuente, contaban los exploradores que el rey en persona los llevó en derechura hasta la cárcel pública, donde vieron a todos los presos aherrojados con grillos de oro, lo que no es extraño siendo el bronce entre los etíopes el metal más raro y más apreciado. Vista la cárcel, fueron a ver asimismo la famosa mesa del sol, según la llaman.
XXIV. Desde ella partieron hacia las sepulturas de aquella gente, que son, según decían los que las vieron, una especie de urnas de vidrio, preparadas en la siguiente forma: Adelgazado el cadáver y reducido al estado de momia, sea por el medio con que lo hacen los egipcios, sea de algún otro modo, le dan luego una mano de barniz a manera de una capa de yeso, y pintan sobre ella con colores la figura del muerto tan parecida como pueden alcanzar, y así le meten dentro de un tubo hecho de vidrio en forma de columna hueca, siendo entre ellos el vidrio que se saca de sus minas muy abundante y muy fácil de labrar.[259] De este modo, sin echar de sí mal olor, ni ofrecer a los ojos un aspecto desagradable, se divisa al muerto cerrado en su columna transparente, que lo presenta en la apariencia como si estuviera vivo allí dentro. Es costumbre que los deudos más cercanos tengan en su casa por un año estas urnas o columnas, ofreciéndoles entre tanto las primicias de todo, y haciéndoles sacrificios, y que pasado aquel término legítimo las saquen de casa y las coloquen alrededor de la ciudad.
XXV. Vistas y contempladas estas cosas extraordinarias, salieron por fin los exploradores de vuelta hacia Cambises, el cual, apenas acabaron de darle cuenta de su embajada, lleno de enojo y furor emprende de repente la jornada contra Etiopía.[260] Príncipe de menguado juicio y de ira desenfrenada, no manda antes hacer provisión alguna de víveres, ni se detiene siquiera en pensar que lleva sus armas al extremo de la tierra; oye a los ictiófagos, y sin más espera, emprende desde luego tan larga expedición, da orden a las tropas griegas de su ejército que allí le aguardan, y manda tocar a marcha a lo restante de su infantería. Cuando estuvo ya de camino, dispuso que un cuerpo de 50.000 hombres, destacado del ejército, partiera hacia los amonios, que al llegar allí los trataran como a esclavos, y pusiesen fuego al oráculo de Zeus Amón; y él mismo en persona, al frente del grueso de sus tropas, continuó su marcha hacia los etíopes. No habían andado todavía una quinta parte del camino que debían hacer, cuando al ejército se le acababan ya los pocos víveres que traía consigo, los que consumidos, se le iban después acabando los bagajes, de que echaban mano para su necesario sustento. Si al ver lo que pasaba desistiera entonces, ya que antes no, de su porfía y contumacia el insano Cambises, dando la vuelta con su ejército, hubiérase portado como hombre cuerdo que si bien puede errar, sabe enmendar el yerro antes cometido; pero no dando lugar aún a ninguna reflexión sabia, llevando adelante su intento, iba prosiguiendo su camino. Mientras que la tropa halló hierbas por los campos, mantúvose de ellas. Mas llegando en breve a los arenales, algunos de los soldados, obligados de hambre extrema, tuvieron que echar suertes sobre sus cabezas, a fin de que uno de cada diez alimentase con su carne a nueve de sus compañeros. Informado Cambises de lo que sucedía, empezó a temer que iba a quedarse sin ejército si aquel diezmo de vidas continuaba; y al cabo, dejando la jornada contra los etíopes, y volviendo a deshacer su camino, llegó a Tebas con mucha pérdida de su gente. De Tebas bajó a Menfis y licenció a los griegos, para que embarcándose se restituyesen a su patria. Tal fue el éxito de la expedición de Etiopía.
XXVI. De las tropas que fueron destacadas contra los amonios, lo que de cierto se sabe es que partieron de Tebas y fueron conducidas por sus guías hasta la ciudad de Oasis, colonia habitada, según se dice, por los samios de la fila Escrionia, distante de Tebas siete jornadas, siempre por arenales, y situada en una región a la cual llaman los griegos en su idioma Isla de los Bienaventurados.[261] Hasta este paraje es fama general que llegó aquel cuerpo de ejército; pero lo que después le sucedió, ninguno lo sabe, excepto los amonios o los que de ellos lo oyeron: lo cierto es que dicha tropa ni llegó a los amonios, ni dio atrás la vuelta desde Oasis. Cuentan los amonios que, salidos de allí los soldados, fueron avanzando hacia su país por los arenales: llegando ya a la mitad del camino que hay entre su ciudad y la referida Oasis, prepararon allí su comida, la cual tomada, se levantó luego un viento Noto tan vehemente e impetuoso, que levantando la arena y remolinándola en varios montones, los sepultó vivos a todos aquella tempestad, con que el ejército desapareció: así es al menos como nos lo refieren los amonios.
XXVII. Después que Cambises se hubo restituido a Menfis, se apareció a los egipcios su dios Apis, al cual los griegos suelen llamar Épafo, y apenas se dejó ver, cuando todos se vistieron de gala y festejáronle públicamente con grandes regocijos. Al ver Cambises tan singulares muestras de contento y alegría, sospechando en su interior que nacían de la complacencia que tenían los egipcios por el mal éxito de su empresa, mandó comparecer ante sí a los magistrados de Menfis, y teniéndolos a su presencia, les pregunta por qué antes, cuando estuvo en Menfis, no dieron los egipcios muestra alguna de contento, y ahora vuelto de su expedición, en que había perdido parte de su ejército, todo eran fiestas y regocijos. Respondiéronle llanamente los magistrados que entonces puntualmente acababa de aparecérseles su buen dios Apis, quien no se dejaba ver de los egipcios sino alguna vez muy de tarde en tarde, y que siempre que se dignaba visitarles su dios solían festejarle muy alegres y ufanos por la merced que les hacía. Pero Cambises, no bien oída la respuesta, les echó en rostro que mentían, y aun más, los condenó a muerte por embusteros.
XXVIII. Ejecutada en los magistrados la sentencia capital, llama Cambises otra vez a los sacerdotes, quienes le dieron cabalmente la misma respuesta y razón acerca de su dios. Replicoles Cambises que si alguno de los dioses visible y tratable se apareciera a los egipcios, no debía escondérsele a él, ni había de ser el último en saberlo; y diciendo esto, manda a los sacerdotes que le traigan al punto al dios Apis, que al momento le llevaron. Debo decir aquí que este dios, sea Apis o Épafo, no es más que un novillo cumplido, hijo de una ternera, que no está todavía en la edad proporcionada de concebir otro feto alguno ni de retenerlo en el útero: así lo dicen los egipcios, que a este fin quieren que baje del cielo sobre la ternera una ráfaga de luz con la cual conciba y para a su tiempo al dios novillo. Tiene este Apis sus señales características, cuales son el color negro con un cuadro blanco en la frente, una como águila pintada en sus espaldas, los pelos de la cola duplicados y un escarabajo remedado en su lengua.
XXIX. Volvamos a los sacerdotes, que apenas acabaron de presentar a Cambises su dios Apis, cuando aquel monarca, según era de alocado y furioso, saca su daga, y queriendo dar al Apis en medio del vientre, hiérele con ella en uno de los muslos,[262] y soltando la carcajada, vuelto a los sacerdotes: «Bravos embusteros sois todos, les dice: reniego de vosotros y de vuestros dioses igualmente. ¿Son por ventura de carne y hueso los dioses y expuestos a los filos del hierro? Bravo dios es ese, digno de serlo de los egipcios y de nadie más. Os juro que no os congratularéis de esa mofa que hacéis de mí, vuestro soberano». Dicho esto, mandó inmediatamente a los ministros ejecutores de sentencias, que dieran luego a los sacerdotes doscientos azotes sin piedad; y ordenó también que al egipcio, fuese el que fuese, que sorprendieran festejando al dios Apis se le diera muerte sin demora. Así se les turbó la fiesta a los egipcios, quedaron los sacerdotes bien azotados, y el dios Apis, mal herido en un muslo, tendido en su mismo templo, no tardó en expirar, si bien no le faltó el último honor de lograr a hurto de Cambises sepultura sagrada que le procuraron los sacerdotes viéndole muerto de la herida.
XXX. En pena de este impío atentado, según nos cuentan los egipcios, Cambises, antes ya algo demente, se volvió al punto loco furioso. Dio principio a su violenta manía persiguiendo al príncipe Esmerdis,[263] hermano suyo de padre y madre, al cual desterró de su corte de Egipto haciéndole volver a Persia, movido de envidia por haber sido aquel el único que llegó a encorvar cerca de dos dedos el arco etíope traído por los ictiófagos, lo que nadie de los demás persas había podido lograr. Retirado a Persia el príncipe Esmerdis, tuvo Cambises entre sueños una visión en que le parecía ver un mensajero venido de la Persia con la nueva de que Esmerdis, sentado sobre un regio trono, tocaba al cielo con la cabeza. No necesitó más Cambises para ponerse a cubierto de su sueño con un temerario fratricidio, receloso de que su hermano no quisiese asesinarle con deseos de apoderarse del imperio. Envía luego a Persia, con orden secreta de matar a su hermano, al privado que tenía de su mayor satisfacción, llamado Prexaspes; y en efecto, habiendo este subido a Susa, dio muerte a Esmerdis, bien sacándole a caza, según unos, o bien, según otros, llevándole al mar Eritreo y arrojándole allí al profundo de las aguas.
XXXI. Este fratricidio quieren que sea la primera de las locuras y atrocidades de Cambises. La segunda la ejecutó bien pronto en una princesa que le había acompañado al Egipto, siendo su esposa, y al mismo tiempo su hermana de padre y madre.[264] He aquí cómo sucedió este incestuoso casamiento. Entre los persas no había ejemplar todavía de que un hermano hubiese casado jamás con su misma hermana; pero Cambises, criminalmente preso del amor de una de sus hermanas, a quien quería tomar por esposa, viendo que iba a hacer en esto una cosa nueva y repugnante a la nación, después de convocar a los jueces regios les pregunta si alguna de las leyes patrias ordenaba que un hermano casara con su hermana queriéndola tomar por esposa: estos jueces regios o consejeros áulicos son entre los persas ciertos letrados escogidos de la nación, cuyo empleo suele de suyo ser perpetuo, sino en caso de ser removidos en pena de algún delito personal.[265] Su oficio es ser intérpretes de las leyes patrias y árbitros en sus decisiones de todas las controversias nacionales. Pero más cortesanos que jueces en la respuesta dada a Cambises, no protestando menos celo de la justicia que atendiendo a su propia conveniencia, dijeron que ninguna ley hallaban que ordenase el matrimonio de hermano con hermana, pero sí hallaban una que autorizaba al rey de los persas para hacer cuanto quisiese. Dos ventajas lograban de este modo; la de no abrogar la costumbre recibida, temiendo que Cambises no los perdiera por prevaricadores, y la de lisonjear la pasión del soberano en aquel casamiento, citando una ley a favor de su despotismo. Casose entonces Cambises con su hermana, de quien se había dejado prendar, y sin que pasara mucho tiempo, tomó también por esposa a otra hermana, que era la más joven de las dos, a quien quitó la vida habiéndola llevado consigo en la jornada de Egipto.
XXXII. La muerte de esta princesa, no menos que la de Esmerdis, se cuenta de dos maneras. He aquí cómo la cuentan los griegos: Cambises se entretenía en hacer reñir entre sí dos cachorritos, uno de león y otro de perro, y tenía allí mismo a su mujer que los estaba mirando. Llevaba el perrillo la peor parte en la pelea; pero viéndolo otro perrillo su hermano, que estaba allí cerca atado, rota la prisión, corrió al socorro del primero, y ambos unidos pudieron fácilmente vencer al leoncillo. Dio mucho gusto el espectáculo a Cambises, pero hizo sallar las lágrimas a su esposa, que estaba sentada a su lado. Cambises, que lo nota, pregúntale por qué llora, a lo que ella responde que al ver salir el cachorro a la defensa de su hermano, se le vino a la memoria el desgraciado Esmerdis, y que esta triste idea, junto con la reflexión de que no había tenido el infeliz quien por él volviese, le había arrancado lágrimas. Esta vehemente réplica, según los griegos, fue el motivo por que Cambises la hizo morir. Pero los egipcios lo refieren de otro modo: sentados a la mesa Cambises y su mujer, iba esta quitando una a una las hojas a una lechuga: preguntándole después a su marido cómo le parecía mejor la lechuga, desnuda como estaba, o vestida de hojas como antes, y respondiéndole Cambises que mejor le parecía vestida: «Pues tú, le replica su hermana, has hecho con la casa de Ciro lo que a tu vista acabo de hacer con esta lechuga, dejándola desnuda y despojada». Enfurecido Cambises, diole allí de coces, y subiéndosele sobre el vientre, hizo que abortara y que de resultas del aborto muriera.
XXXIII. A tales excesos de inhumano furor e impía locura contra los suyos se dejó arrebatar Cambises, ora fuese efecto de la venganza de Apis, ora de algún otro principio, pues que entre los hombres suelen ser muchas las desventuras y varias las causas de donde dimanan. No tiene duda que se dice de Cambises haber padecido desde el vientre de su madre la grande enfermedad de gota coral, a quien llaman algunos morbo sagrado: ¿qué mucho fuera, pues, que de resultas de tan grande enfermedad corporal hubiera padecido su fantasía y trastornádose su razón?
XXXIV. Además de sus deudos, enfureciose también contra los demás persas el insano Cambises, según harto lo manifiesta lo que, como dicen, sucedió con Prexaspes, su íntimo privado, introductor de los recados, mayordomo de sala, cuyo hijo era su copero mayor, empleo de no poca estima en palacio. Hablole, pues, Cambises en esta forma: «Dime, Prexaspes: ¿qué concepto tienen formado de mí los persas?, ¿con qué ojos me miran?, ¿qué dicen de mi?». «Grandes son, señor, respondió Prexaspes, los elogios que de vos hacen los persas; solo una cosa no alaban, diciendo que gustáis algo del vino». Apenas hubo dicho esto acerca de la opinión de los persas, cuando fuera de sí de cólera, replicole Cambises: «¿Y eso es lo que ahora me objetan? ¿Eso dicen de mí los persas, que tomado del vino pierdo la razón? Mentían, pues, en lo que antes decían». Con estas palabras aludía Cambises a otro caso antes acaecido: hallándose una vez con sus ministros y consejeros, y estando también Creso en la asamblea de los persas, preguntoles el rey cómo pensaban de su persona y si le miraban los vasallos por igual a su padre Ciro. Respondiéronle sus consejeros que hacía ventajas aun a Ciro, cuyos dominios no solo conservaba en su obediencia, sino que les había añadido las conquistas del Egipto y de las costas del mar. Creso, presente a la junta y poco satisfecho de la respuesta que oía de boca de los persas, vuelto hacia Cambises le dijo: «Pues a mí no me parecéis, hijo del gran Ciro, ni igual ni semejante a vuestro padre, cuando todavía no nos habéis sabido dar un hijo tal y tan grande como Ciro nos lo supo dejar en vos». Cayó en gracia a Cambises la fina lisonja de Creso, y celebrola por discreta.
XXXV. Haciendo, pues, memoria de este suceso anterior, Cambises, lleno entonces de enojo, continuó su diálogo con Prexaspes. «Aquí mismo, pues, quiero que veas con tus ojos si los persas aciertan o desatinan en decir que pierdo la razón. He aquí la prueba que he de hacer: voy a disparar una flecha contra tu hijo, contra ese mismo que está ahí en mi antesala: si le diere con ella en medio del corazón, será señal de que los persas desatinan; pero si no la clavare en medio de él, yo mismo me daré por convencido de que aciertan en lo que de mí dicen, y que yo soy el que no atino». Dice, apunta su arco, y tira contra el mancebo: cae este, y mándale abrir Cambises para registrar la herida. Apenas halló la flecha bien clavada en medio del corazón, dio una gran carcajada, y habló así con el padre del mancebo, presente allí a la anatomía del hijo: «¿No ves claramente, Prexaspes, que no soy yo quien, perdido el juicio, no atina, sino los persas los que van fuera de tino y razón? Y si no, dime ahora: ¿viste jamás otro que así sepa dar en el blanco, como yo he sabido darle en medio del corazón?». Bien conoció Prexaspes que estaba el rey totalmente fuera de sí, y temeroso de que no convirtiera contra él mismo su furor: «Señor, le dice, os juro que la mano misma de Dios no pudo ser más certera». No hubo más por entonces; pero después, en otro sitio y ocasión, hizo el furioso Cambises otra barbarie semejante con doce persas principales, mandándolos enterrar vivos y cabeza abajo, sin haber ellos dado motivo en cosa de importancia.