Los nueve libros de la Historia (1 de 2)
Part 23
LIII. No obstante lo referido, como Periandro, corriendo el tiempo y avanzando ya en edad, no se hallase con fuerzas para atender al gobierno y despacho de los negocios del estado, envió a Córcira un diputado que de su parte le dijera a Licofrón que viniese a encargarse del mando; pues en el hijo mayor,[275] a quien tenía por hombre débil y algo menguado, no reconocía talento suficiente para el gobierno. Pero, caso extraño, el contumaz Licofrón no se dignó responder una sola palabra al enviado de su padre: y con todo, el viejo Periandro, más enamorado que nunca del mancebo, hizo que una hija suya partiese a Córcira, esperando vencer al obstinado príncipe por medio de su hermana, y conseguir el objeto de sus ansias y deseos. Llegada allá, hablole así la hermana: «Dime, niño, por los dioses: ¿has de querer que el mando pase a otra familia, y que la casa de tu padre se pierda, antes que volver a ella para tomar las riendas del gobierno? Vente a casa conmigo, y no más tenacidad contra tu mismo bien. No saber ceder es de insensatos; no dejes curarte la uña, y vendrás a quedar cojo. Más vale comúnmente un ajuste moderado cediendo cada cual algo de su derecho, que andar siempre en litigios. ¿Ignoras que muchas veces el ahínco en defender a la madre hace que se pierda la herencia del padre? La corona es movediza, y tiene muchos pretendientes que no la dejarán caer en tierra. Nuestro padre está ya viejo y decaído; ven y no permitas que se alce un extraño con lo tuyo». Tales eran las razones que la hija, bien prevenida y enseñada por su padre, proponía a Licofrón, y eran, en efecto, las más eficaces y poderosas; y con todo la respuesta del hijo se ciñó a manifestar que mientras supiera que vivía en Corinto su padre, jamás seguramente volvería allá. Después que la hija dio cuenta de su embajada, Periandro, por medio de un diputado que tercera vez envió a su hijo, hízole decir de su parte que viniera él a Corinto, donde le sucedería en el mando, que renunciaba a su favor, queriendo él mismo pasar a Córcira. Admitido con esta condición el partido, disponíanse entrambos para el viaje, el padre para pasar a Córcira, el hijo para restituirse a Corinto. Noticiosos entretanto los corcíreos de lo concertado, dieron muerte al joven Licofrón para impedir que viniese a su isla el viejo Periandro.[276] Tal era, pues, el atentado de que este tomaba satisfacción en los corcíreos.
LIV. Pero volviendo a tomar el hilo de la narración, después que los lacedemonios desembarcaron en Samos sus numerosas tropas, desde luego pusieron sitio a la ciudad. Avanzando después hacia los muros y pasando más allá del frente que está junto al mar en los arrabales de la plaza, salió Polícrates contra ellos con mucha gente armada y logró arrojarlos de aquel puerto. Pero habiendo las tropas mercenarias y muchas de las milicias de Samos salido de otro fuerte situado en la pendiente de un monte vecino, sucedió que sostenido por algún tiempo el ataque de los lacedemonios, fueron los samios al cabo deshechos y derrotados, y no pocos quedaros muertos allí mismo en el alcance que seguían los enemigos.
LV. Y si todos los lacedemonios allí presentes hubieran obrado con el ardor con que en lo fuerte del alcance obraron dos de ellos, Arquias y Licopas, Samos hubiera sido tomada sin falta en aquella refriega. Mas por desgracia no fueron sino los dos los que en la retirada de los samios tuvieron valor y osadía para seguirles hasta dentro de la misma plaza; de donde, cerrado después el paso, no pudiendo salir, murieron con las armas en la mano. No dejaré de notar de paso que hablé yo mismo con cierto Arquias, nieto de aquel valiente de que arriba hablaba, e hijo de Samio, habiéndole visto en Pitana, su propio pueblo. Con ningunos huéspedes se esmeraba tanto este Arquias como con los naturales de Samos, diciendo que por haber muerto en Samos su abuelo como buen guerrero en el lecho del honor, pusieron a su padre el nombre de Samio; y añadía que estimaba tanto y honraba a los de Samos, porque honraron a su buen abuelo con pública sepultura.
LVI. Pasado ya 40 días de sitio, viendo los lacedemonios que nada adelantaban en el cerco, dieron la vuelta al Peloponeso; acerca de lo cual corre una fábula por cierto vana, ni aun bien tramada, según la que, habiendo Polícrates acuñado gran cantidad de moneda de plomo con una capa de oro, la dio a los lacedemonios, quienes aceptándola por legítima y corriente, levantando el sitio se volvieron. Lo cierto es que esta expedición fue la primera que los lacedemonios, pueblo de origen dórico, hicieron contra el Asia.
LVII. Cuando los samios sublevados contra Polícrates vieron que iban a quedar solos y desamparados de los lacedemonios, hiciéronse también a la vela hacia Sifnos.[277] Movíales a este viaje la falta de dinero, y la noticia de que los vecinos de aquella isla, que se hallaba en el mayor auge a la sazón, eran sin duda los más ricos de todos los isleños, a causa de las minas de oro y plata abiertas en su isla, tan abundantes, que del diezmo del producto que de ellas les resultaba, se ve en Delfos todavía un tesoro, por ellos ofrecido, que no cede a ninguno de los más ricos y preciosos que en aquel templo se depositaron. Los vecinos de Sifnos repartían entre sí el dinero que las minas iban redituando. Al tiempo, pues, de amontonar en Delfos las ofrendas de su tesoro, tuvieron la curiosidad de saber del oráculo si les sería dado disfrutar sus minas por mucho tiempo, a cuya pregunta respondió así la Pitia:
Cuando sea cándido el pritaneo ¡Oh Sifnos! y cándido tu foro, Llama entonces intérprete que explique El rojo nuncio y ejército de leño.
Y quiso la suerte que al acabar puntualmente los sifnios de adornar su plaza y pritaneo con el blanco mármol de Paros, llegasen allá los samios en sus naves.
LVIII. Mas los buenos sifnios nunca supieron atinar el sentido del oráculo, ni luego de recibido, ni después de venidos los samios, aunque estos, apenas llegados a la isla, destacaron hacia la ciudad una nave de su escuadra, que, según se acostumbraba antiguamente en toda embarcación, venía colorada y teñida de almagre. Esto era cabalmente lo que la Pitia en su oráculo les prevenía, que se guardasen recelosos del rojo nuncio y del ejército de madera. Llegados a la ciudad los diputados de la armada samia, no pudiendo alcanzar de los sifnios un préstamo de diez talentos que les pedían, sin más razones ni altercados empezaron a saquear la tierra. Corrió luego la voz por toda la isla, y saliendo armados los isleños a la defensa de sus propiedades, quedaron en campo de batalla tan deshechos que a muchos se les cerró la retirada hacia la plaza; y los samios, de resultas de esta victoria, por no habérseles prestado diez talentos, exigieron ciento de multa y contribución.
LIX. Con esta suma compraron poco después de los hermioneos la isla Hidrea,[278] situada en las costas del Peloponeso, la cual entregaron luego en depósito a los vecinos de Trecén, partiéndose de allí para Creta, en la cual, aunque solo navegaban hacia esta isla con el designio de arrojar de ella a los zacintios, fundaron con todo la ciudad de Cidonia, donde, por el espacio de cinco años que moraron allí de asiento, tuvieron tan próspera la fortuna que pudieron edificar los templos que al presente quedan en Cidonia, entre los cuales se cuenta el de Dictina. Llegado el sexto año de su colonia, sobrevínoles una desgracia, pues habiéndoles vencido los eginetas en una batalla naval, los hicieron, no menos que a los de Creta, prisioneros y esclavos; y entonces fue cuando los vencedores, cortados los espolones de las galeras apresadas, hechos en forma de jabalí, los consagraron a Atenea en su templo de Egina. Tales hostilidades ejecutaron los eginetas movidos de encono y enemistad jurada que tenían contra los samios, quienes, en tiempo que Anfícrates reinaba en Samos, habían hecho y sufrido también iguales hostilidades en la guerra contra Egina, de donde se originaron tantas otras.
LX. Algo más de lo regular me voy dilatando al hablar de los samios, por parecerme que son a ello acreedores, atendida la magnificencia de tres monumentos, a los cuales no iguala ningún otro de los griegos. Por las entrañas de un monte que tiene 150 orgias de altura abrieron una mina o camino subterráneo, al cual hicieron dos bocas o entradas. Empezaron la obra por la parte inferior del monte, y el camino cubierto que allí abrieron tiene de largo siete estadios, ocho pies de alto, y otros tantos de ancho. A lo largo de la mina, excavaron después un conducto de 28 codos de profundidad y de tres pies de anchura, por dentro de la cual corre acanalada en sus arcaduces el agua que, tomada desde una gran fuente, llega hasta la misma ciudad. El arquitecto de este foso subterráneo, que sirviera de acueducto, fue Eupalino el megareo, hijo de Naustrofo. Este es uno de los tres monumentos de Samos. El otro es su muelle, terraplén levantado dentro del mar, que tendrá 20 orgias de alto y más de dos estadios de largo. El tercero es un magnífico templo, el mayor realmente de cuantos he alcanzado a ver hasta ahora, cuyo primer arquitecto fue Reco, natural de Samos e hijo de Files.[279] En atención a estos monumentos me he extendido en referir los hechos de los samios.
LXI. Pero será ya tiempo que volvamos a Cambises, hijo de Ciro, contra quien, mientras holgaba despacio en Egipto haciendo atentados y locuras, se levantaron con el mando del imperio dos hermanos magos, a uno de los cuales, llamado Paticites, había dejado el rey en su ausencia por mayordomo o gobernador de su palacio. Movió al mago a sublevarse la cierta noticia que tenía de la muerte del príncipe Esmerdis, la que se procuraba mantener tan oculta y secreta que, siendo pocos los sabedores de ella, creían los persas generalmente que el príncipe vivía y gozaba de salud: valiose, pues, el mago del secreto tomando las siguientes medidas para alzarse con la corona. Tenía otro hermano mago con quien se unió para urdir la traición y levantamiento, y brindábale para la empresa el ver que su hermano era del todo parecido, no solo en el semblante, sino aun en el mismo nombre, al hijo de Ciro, Esmerdis, muerto secretamente por orden de su hermano Cambises. Soborna, pues, un mago a otro, Paticites a Esmerdis; ofrécele allanar las dificultades todas, llévalo consigo de la mano y le coloca en el trono real de Persia. Toma luego la providencia de despachar correos no solo a las demás provincias del imperio, sino también destina uno al Egipto, encargado de intimar públicamente a todo el ejército que de allí en adelante nadie obedezca ni reconozca por soberano a Cambises, sino solamente a Esmerdis, hijo de Ciro.[280]
LXII. Fueron, en efecto, los otros correos publicando su pregón por todos los puntos adonde habían sido destinados. El que corría al Egipto, hallando de camino en Ecbatana, lugar de la Siria,[281] a Cambises, de vuelta ya con toda la gente de armas, y colocándose allí en medio del campo a vista de todas las tropas, pregonó las órdenes que de parte del mago traía. Oyó Cambises el pregón de boca del mismo correo, y persuadido de que sucedía realmente lo que pregonaba, creyó que Prexaspes, enviado antes a Persia con el encargo de dar muerte a Esmerdis, su hermano, no cumpliendo sus órdenes, le había hecho traición. Volviéndose, pues, a Prexaspes, a quien tenía cerca de su persona: «¿Así, le dijo, cumpliste, oh Prexaspes, con las órdenes que te di?». «Señor, responde aquel, os juro que es falso y que miente ese pregonero diciendo que Esmerdis se os ha sublevado. A fe de buen vasallo, os repito que nada, ni poco ni mucho, tendréis que temer de él: bien sabe el cielo que yo con mis propias manos le di sepultura, después de ejecutado lo que me mandasteis. Si es verdad que los muertos resucitan así, aun del medo Astiages podéis recelar no se os alce con el imperio, antes suyo; pero si las cosas de los muertos continúan en ir como han ido hasta ahora, estad bien seguro que no se levantará del sepulcro para subir al trono vuestro Esmerdis. Lo que debemos hacer ahora en mi concepto es apoderarnos luego de ese correo, y averiguar de parte de quién viene a intimarnos que reconozcamos a Esmerdis por soberano».
LXIII. Pareció bien a Cambises lo que Prexaspes decía, y apenas acabó de oírle, llama ante sí al correo y, venido este, pregúntale Prexaspes: «Oh tú, que nos dices venir acá enviado por Esmerdis, hijo de Ciro, di por los dioses la verdad en una sola cosa y vuélvete en hora buena. Dinos, pues: ¿fue acaso el mismo Esmerdis quien te dio esas órdenes cara a cara, o fue alguno de sus criados?». «En verdad, señor, respondiole el correo, que después de la partida del rey Cambises para Egipto nunca más he visto por mis ojos al príncipe Esmerdis, hijo de Ciro. El que me dio la orden fue aquel mago a quien dejó Cambises por mayordomo de palacio, diciéndome que Esmerdis, hijo de Ciro, mandaba que os pregonase las órdenes que traigo». Así les habló el enviado sin faltar un punto a la verdad, y vuelto entonces Cambises a su privado: «Bien veo, Prexaspes, le dijo, que a fuer de buen vasallo cumpliste con lo que te mandó tu soberano, y nada tengo de qué acusar de tu conducta. ¿Pero quién podrá ser ese persa rebelde que alzándose con el nombre de Esmerdis se atreve a mi reino?». «Señor, dijo Prexaspes, difícil será que no adivine la trama. Los rebeldes, os digo, son dos magos; uno el mago Paticites, el gobernador que dejasteis en palacio, y el otro el mago Esmerdis, su hermano, tan traidor como él».
LXIV. Apenas oyó Cambises el nombre de Esmerdis, diole un gran salto el corazón, herido de repente, así con la sinceridad de la narración, como con la verdad de aquel antiguo sueño en que durmiendo le pareció ver a un mensajero que le decía, que sentado Esmerdis sobre un trono real llegaba al cielo con su cabeza. Entonces fue el ponerse a llorar muy de veras y lamentar al desgraciado Esmerdis, viendo cuán en balde y con cuánta sin razón había hecho morir al príncipe su hermano. Entonces fue también cuando al cesar de plañir y lamentar en tono el más triste la desventura que con todo su peso le oprimía, montó de un salto sobre su caballo, como quien no veía la hora de partir a Susa con su gente para destronar al mago. Pero quiso su hado adverso que al ir a montar con ímpetu y sin algún miramiento, tirando hacia abajo con su mismo peso el puño del alfanje, sacase la hoja fuera de la vaina, y que el alfanje desenvainado por sí mismo hiriese a Cambises en el muslo. Luego que se vio herido en la parte misma del cuerpo en que antes había herido al dios de los egipcios, Apis, pareciéndole mortal la herida, preguntó por el nombre de la ciudad en que se hallaba, y se le dijo llamarse Ecbatana. No carecía de misterio la pregunta, pues un oráculo venido de la ciudad de Butona había antes anunciado a Cambises que vendría a morir en Ecbatana, la cual tomaba este por su Ecbatana de Media, donde tenía todos sus entretenimientos y delicias, y en la cual se lisonjeaba echando largas cuentas que vendría a morir en una edad avanzada; pero el oráculo no hablaba sino de otra Ecbatana, ciudad de la Siria.[282] Al resonar, pues, en sus oídos el nombre fatal de la ciudad, vuelto en sí Cambises de su locura, aturdido en parte por la desgracia de verse destronado por un mago, y en parte desesperado por sentirse herido de muerte, comprendió por fin el sentido del oráculo aciago, y dijo estas palabras: «¡Aquí quieren los dioses, aquí los hados, que acabe Cambises, hijo de Ciro!».
LXV. Nada más aconteció por entonces; pero unos veinte días después, convocados los grandes señores de la Persia que cerca de sí tenía, hízoles Cambises este discurso: «Persas míos, vedme al cabo en el lance apretado de confesaros en público lo que más que cosa alguna deseaba encubriros. Habéis de saber que allá en Egipto tuve entre sueños una fatal visión, que ojalá nunca hubiera soñado, la cual me figuraba que un mensajero enviado de mi casa me traía el aviso de que Esmerdis, subido sobre un trono real, se levantaba más allá de las nubes y tocaba al cielo con su cabeza. Confiésoos, señores, que el miedo que mi sueño me infundió de verme algún día privado del imperio por mi hermano, me hizo obrar con más presteza que acuerdo; y así debió suceder, pues no cabe en hombre nacido el poder estorbar el destino fatal de las estrellas. ¿Qué hice, ¡insensato!, al despertar de mi sueño? Envío luego a Susa a ese mismo Prexaspes con orden de dar muerte a Esmerdis. Desembarazado ya de mi soñado rival por medio de un hecho impío y atroz, vivía después seguro y quieto sin imaginar jamás que, muerto una vez mi hermano, persona alguna pudiera levantarse con mi corona. Mas, ¡ay de mí, desventurado!, que no atiné con lo que había de sucederme, porque después de haber sido fratricida y de violar los derechos más sagrados, me veo con todo destronar ahora de mi imperio. Ese vil era el mago Esmerdis, aquel que entre sueños no sé qué dios me hizo ver rebelde. Yo mismo fui el homicida de mi hermano, os vuelvo a confesar, para que nadie de vosotros imagine que vive y reina el príncipe Esmerdis, hijo de Ciro. Dos magos son, señores, los que se alzan con el imperio; uno el mismo a quien dejé en casa de mayordomo, otro su hermano llamado Esmerdis; y en esto no cabe duda, pues aquel hermano mío, el buen príncipe Esmerdis, que en este lance debiera ser y fuera sin duda el primero en vengarme de los magos, murió ya, os lo juro por ese mismo dolor de que me siento acabar, y murió el infeliz con una muerte la más impía que se conozca, procurada por la persona que más allegada tenía sobre la tierra. Ahora, oh persas míos, en falta de mi buen hermano, a vosotros es a quienes debo volverme como a segundos herederos del imperio persa, y también de mi legítima venganza, que quiero toméis después de mi propia muerte. Invoco, pues, a los dioses tutelares de mi corona, y aquí en presencia de ellos, en esta mi última disposición, os mando a todos vosotros, oh persas, en común, y a vosotros, oh mis aqueménidas que estáis aquí presentes, muy en particular, que nunca sufráis que vuelva vuestro imperio a los medos: no, jamás, sino que si con engaño lo han adquirido, con engaño quiero que se lo quitéis; si con fuerza os lo usurparon, con fuerza os mando se lo arranquéis. Desde ahora para entonces suplico a los dioses que si así lo hiciereis, os confirmen la libertad junto con la soberanía, la abundancia en los frutos de la campiña, la fecundidad en los partos de vuestras mujeres, la abundancia en vuestras crías y rebaños. Pero si no recobraseis el imperio, o no tomaseis la empresa con la mayor actividad, desde este momento invoco contra vosotros a todos los dioses del universo, y convierto todos mis votos primeros en otras tantas imprecaciones contra la nación persa entera; añadiendo la maldición de que tenga cada uno de vosotros un fin tan desastroso como el que muy presto voy a tener».[283] Dijo Cambises, y lamentando después su desventura, abominó todas las acciones de su vida.
LXVI. Los persas circunstantes, al ver a su rey entregado a la amargura y al más deshecho llanto, rasgan todos sus vestiduras, y prorrumpen en sollozos y confusos lamentos. Poco después, como la llaga se fuese encancerando a toda prisa y hubiese ya penetrado hasta el mismo hueso, se pudrió todo el muslo; y Cambises, hijo de Ciro, acabó sus días allí mismo, sin dejar prole alguna, ni varón, ni hembra, después de un reinado de siete años y cinco meses. Muerto Cambises, apoderose desde luego del ánimo de los persas allí presentes una vehemente sospecha de que sería falsa la nueva de que los magos se hubiesen alzado con el mando, inclinándose antes a creer que cuanto Cambises les había dicho sobre la muerte de Esmerdis era una mera ficción y maliciosa calumnia urdida adrede para enemistar con el príncipe todo el nombre persa; de suerte que pensaban que Esmerdis, hijo de Ciro, y no otro, era en realidad quien había subido al trono, mayormente viendo que Prexaspes negaba tenazmente haber puesto sus manos en el príncipe, obligado a ello por conocer bien claro que, muerto una vez Cambises, no podía ya buenamente confesar haber sido el verdugo de un infante de Persia, hijo de Ciro.
LXVII. Con esto, el mago intruso en el trono, abusando del nombre del príncipe Esmerdis, su tocayo, reinó tranquilo los siete meses que faltaban para que se cumpliera el octavo año del reinado de Cambises.[284] En este corto espacio de tiempo se esmeró en hacer mercedes y gracias a todos sus vasallos, de modo que los pueblos del Asia en general, exceptuados solamente los persas, después de su fallecimiento lo echaron de menos muy de veras y por muchos días. Habíase particularmente conciliado el mago el amor de los súbditos con escribir, luego de subido al trono, a todas las naciones de sus dominios, que por espacio de tres años concedía generalmente que nadie sirviese en la milicia ni le pagase tributo alguno.
LXVIII. Llegado el octavo mes de su reinado, descubriose la impostura del mago del siguiente modo: Ótanes, hijo de Farnaspes, señor muy principal que ni en nobleza ni menos en riqueza cedía a ninguno de los grandes de Persia, fue el primero que vino poco a poco a sospechar dentro de sí que el monarca reinante era Esmerdis el mago, y no el hijo de Ciro. En dos razones fundaba su sospecha: una en que el rey nunca salía del recinto de la ciudad; otra en que jamás admitía a su presencia ningún persa de alguna consideración; y movido de esta idea y recelo, aplicose muy de propósito a averiguar la verdad del caso. Fedima, hija de Ótanes, había sido antes una de las mujeres de Cambises, y continuaba entonces en serlo del mago, encerrada en el serrallo del rey con todas las demás que fueron de su antecesor. Envía, pues, Ótanes un mensaje a su hija pidiéndole le diga si el rey con quien ella duerme es Esmerdis, hijo de Ciro, o algún otro personaje; a lo cual manda ella contestar que ignora con quien duerme, puesto que nunca antes había visto al príncipe Esmerdis, ni sabe al presente quién sea su marido. Envíale Ótanes segundo recado en estos términos: «Mujer, pues que no conoces al hijo de Ciro, puedes al menos preguntar a la princesa Atosa con qué marido, así ella como tú, estáis casadas, pues que Atosa no puede menos de conocer bien a su mismo hermano, el infante Esmerdis». «Pues qué, replicó Fedima a su padre, ¿puedo abocarme con Atosa, ni verme con ninguna de las mujeres del serrallo? Apenas este rey, sea quien quiera, tomó posesión de la corona, se nos separó al punto unas de otras, cada cual en su propio aposento».