Los nueve libros de la Historia (1 de 2)
Part 14
LVII. El ser bárbaras de nación las dos mujeres y la semejanza que se figuraban los dodoneos entre su idioma y el arrullo o graznido de las aves, prestó motivo, a mi entender, a que se las diese el nombre de palomas,[152] diciendo que hablaba la paloma en voz humana cuando con el trascurso del tiempo pudo aquella mujer ser de ellos entendida, cesando en el bárbaro e ignorado lenguaje que les había parecido hasta entonces la lengua de las aves. De otro modo, ¿cómo pudieron creer los dodoneos que les hablase una paloma en voz humana? El negro color que atribuían al ave significaba sin duda que era egipcia la mujer.
LVIII. Parecidos son en verdad entrambos oráculos, el de Dodona y el de Tebas en Egipto, siendo notorio, además, que el arte de adivinar en los templos nos ha venido de este reino. Indudable es asimismo que entre los egipcios, maestros en este punto de los griegos, empezaron las procesiones, los concursos festivos, las ofrendas religiosas, siendo de ello para mí evidente testimonio que tales fiestas, recientes entre los griegos, no parecen sino muy antiguas en Egipto.
LIX. No contentos los egipcios con una de estas solemnidades al año, las celebran muy frecuentes. La principal de todas, en la que se esmeran en empeño y devoción, es la que van a celebrar en la ciudad de Bubastis en honor de Artemisa o Diana. Frecuéntase la segunda en Busiris, ciudad edificada en medio del Delta, para honrar a Isis, diosa que se llama _Deméter_ en lengua griega, y que tiene en la ciudad un magnífico templo. Reúnese en Sais el tercer concurso festivo en honra de Atenea o Minerva; el cuarto en Heliópolis para celebrar al sol; en Butona el quinto para dar culto a Leto, y para honrar a Ares o Marte celébrase el sexto en Papremis.[153]
LX. El viaje que con este objeto emprenden a Bubastis merece atención. Hombres y mujeres van allá navegando en buena compañía, y es espectáculo singular ver la muchedumbre de ambos sexos que encierra cada nave. Algunas de las mujeres, armadas con sonajas, no cesan de repicarlas; algunos de los hombres tañen sus flautas sin descanso, y la turba de estos y de aquellas, entretanto, no paran un instante de cantar y palmotear. Apenas llegan de paso a alguna de las ciudades que se ven en el camino, cuando aproximando la nave a la orilla, continúan en la zambra algunas de las mujeres; otras motejan e insultan a las vecinas de la ciudad con terrible gritería; unas danzan; otras, puestas en pie, levantan sus vestiduras. Y esto se repite en cada pueblo que a orillas del río van encontrando. Llegados por fin a Bubastis celebran su fiesta ofreciendo en sacrificio muchas y muy pingües víctimas que conducen. Y tanto es el vino que durante la fiesta se consume, que excede al que se bebe en lo restante del año, y tan numeroso el gentío que allá concurre que, sin contar los niños, entre hombres y mujeres asciende el número a 700.000 personas, según dicen los del país. He aquí lo que pasa en Bubastis.
LXI. En la fiesta que, según antes indiqué, celebran los egipcios en Busiris para honrar a Isis, acabado el sacrificio, millares y millares de hombres y mujeres que a él asisten prorrumpen en gran llanto y se maltratan excesivamente, cuya costumbre procede de una causa que no me es lícito expresar. En esta maceración excédense los carios entre cuantos moran en Egipto, llegando al punto de lastimarse la frente con sus sables y cuchillos, de suerte que basta para distinguir a estos extranjeros de los egipcios el rigor con que se atormentan.
LXII. En cierta noche solemne, durante los sacrificios a que concurren en la ciudad de Sais, encienden todos sus luminarias al cielo descubierto, dejándolas arder alrededor de sus casas. Sirven de luces unas lámparas llenas de aceite y sal, dentro de las cuales nada una torcida que arde la noche entera sobre aquel licor. Esta fiesta es conocida con el nombre peculiar de _Licnocaia_ o iluminación de las lámparas. Los demás egipcios que no concurren a la fiesta y solemnidad de Sais, notando la noche de aquel sacrificio, encienden igualmente lámparas en su casa, de modo que, no solo en Sais, sino en todo Egipto, se forma semejante iluminación. Entre sus misterios y arcanos religiosos, sin duda les será conocido el motivo que ha merecido a esta noche la suerte y el honor de tales luminarias.
LXIII. Dos son las ciudades, la de Heliópolis y la de Butona, en cuyas fiestas los concurrentes se limitan a sus sacrificios. No así en la de Papremis, donde además de las víctimas que como en aquellas se ofrecen, se celebra una función muy singular. Porque al ponerse el sol, algunos de los sacerdotes se afanan en adornar el ídolo que allí tienen; mientras otros, en número mucho mayor, apercibidos con sendas trancas, se colocan de fijo en la entrada misma del templo, y otros hombres, hasta el número de mil, cada cual asimismo con su palo, juntos en otra parte del templo, están haciendo sus deprecaciones. De notar es que desde el día anterior de la función colocan su ídolo sobre una peana de madera dorada, hecha a modo de nicho, y lo transportan a otra pieza sagrada. Entonces, pues, los pocos sacerdotes que quedaron alrededor del ídolo vienen arrastrando un carro de cuatro ruedas, dentro del cual va un nicho, y dentro del nicho la estatua de su dios. Desde luego los sacerdotes apostados en la entrada del templo impiden el paso a su mismo dios; pero se presenta la otra partida de devotos al socorro de su dios injuriado, y cierran a golpes con los sitiadores de la entrada. Ármase, pues, una brava paliza, en la que muchos, abriéndose las cabezas, mueren después de las heridas, a lo que creo, por más que pretendan los egipcios que nadie muere de las resultas.
LXIV. El suceso que dio origen a la fiesta y al combate lo refieren de este modo los del país: Vivía en aquel templo la madre de Ares, el cual, educado en sitio lejano y llegado ya a la edad varonil, quiso un día visitarla; pero los criados de su madre no le conocían y le cerraron las puertas sin darle entrada. Entonces Ares va a la ciudad, y volviendo con numerosa comitiva, apalea y maltrata a los criados, y entra luego a ver a su madre y conocerla. Y en memoria de tal hecho, en las fiestas de Ares suele renovarse la pendencia. De observar es que los egipcios fueron los autores de la continencia religiosa, que no permite el uso de conocer a las mujeres en los lugares sacros, y no admite en los templos al que tal acto acaba de cometer, sino purificado con el agua de antemano, al paso que entre todas las naciones, si se exceptúa la egipcia y la griega, se junta cualquiera con las mujeres en aquellos lugares, y entra en los templos después de dejarlas, sin curarse de baño alguno, persuadidos de que en este punto no debe existir diferencia entre los hombres y los brutos, los que, según cualquiera puede ver, en especial todo género de pájaros, se unen y mezclan a la luz del día en los templos de los dioses, cosa que estos no permitieran en su misma casa si les fuera menos grata y acepta. De este modo defienden su profanación; aunque en verdad ni me place el abuso, ni me satisface el pretexto.
LXV. Son los egipcios sumamente ceremoniosos en lo sagrado, y en lo demás supersticiosos por extremo. Su país, aunque confinante con la Libia, madre de fieras, no abunda mucho en animales; pero los que hay, sean o no domésticos y familiares, gozan de las prerrogativas de cosas sagradas. No diré yo la razón de ello, por no verme en el extremo, que evito como un escollo, de descender a los arcanos divinos, pues protesto que si algo de ellos indiqué, fue llevado a más no poder por el hilo de mi narración. Según la ley o costumbre que rige en Egipto acerca de las bestias, cada especie tiene aparte sus guardas y conservadores, ya sean hombres, ya mujeres, cuyo honroso empleo trasmiten a sus hijos. Los particulares en las ciudades hacen a los brutos sus votos y ofrendas del modo siguiente: Ofrécese el voto al dios a quien la bestia se juzga consagrada, y al llegar la ocasión de cumplirlo, rapa cada cual a navaja la cabeza de sus hijos, o la mitad de ella, o bien la tercera parte; coloca en una balanza el pelo cortado, y en la otra tanta plata cuanta pesa el cabello, y en cumplimiento de su voto, la entrega a la que cuida de aquellas bestias, la que les compra con aquel dinero el pescado, que es su legítimo alimento, cuidando de partírselo y cortarlo. ¡Triste del egipcio que mate a propósito alguna de estas bestias! No paga la pena de otro modo que con la cabeza; mas si lo hiciere por descuido, satisface la multa en que le condenen los sacerdotes. Y, ¡ay del que matare algún ibis o algún gavilán! Sea de acuerdo, sea por casualidad, es preciso que muera por ello.
LXVI. Grande es la abundancia de animales domésticos que allí se crían; y fuera mucho mayor sin lo que sucede con los gatos, pues notando los egipcios que las gatas después de parir no se llegan ya a los gatos y repugnan juntarse con ellos por más que las busquen y requiebren, acuden al consuelo de los machos, quitando a las hembras sus hijuelos y matándolos, si bien están muy lejos de comerlos. Con esto, aquellas bestias, muy amantes de sus crías y viéndose sin ellas, se llegan de nuevo a los gatos, deseosas de tener nuevos hijuelos. ¡Ay de los gatos igualmente si sucede algún incendio, desgracia para ellos fatal y suprema cuita! Porque los egipcios, que les son supersticiosamente afectos, sin ocuparse en extinguir el fuego, se colocan de trecho en trecho como centinelas, con el fin de preservar a los gatos del incendio; pero estos, por el contrario, asustados de ver tanta gente por allí, cruzan por entre los hombres, y a veces para huir de ellos van a precipitarse en el fuego; desgracia que a los espectadores llena de pesar y desconsuelo. Cuando fallece algún gato de muerte natural, la gente de la casa se rapa las cejas a navaja; pero al morir un perro, se rapan la cabeza entera, y además lo restante del cuerpo.
LXVII. Los gatos después de muertos son llevados a sus casillas sagradas; y adobados en ellas con sal, van a recibir sepultura en la ciudad de Bubastis. Las perras son enterradas en sagrado en su respectiva ciudad, y del mismo modo se sepulta a los icneumones. Las mígalas[154] y gavilanes son llevados a enterrar en la ciudad de Butona, los ibis a la de Hermópolis; pero a los osos, raros en Egipto, y a los lobos, no mucho mayores que las zorras en aquel país, se los entierra allí mismo donde se les encuentra muertos y tendidos.
LXVIII. Hablemos ya de la naturaleza del cocodrilo, animal que pasa cuatro meses sin comer en el rigor del invierno, que pone sus huevos en tierra y saca de ellos sus crías, y que, siendo cuadrúpedo, es anfibio sin embargo. Pasa fuera del agua la mayor parte del día y en el río la noche entera, por ser el agua más caliente de noche que la tierra al cielo raso con su rocío. No se conoce animal alguno que de tanta pequeñez llegue a tal magnitud, pues los huevos que pone no exceden en tamaño a los de un ganso, saliendo a proporción de ellos en su pequeñez el joven cocodrilo, el cual crece después de modo que llega a ser de 17 codos, y a veces mayor. Tiene los ojos como el cerdo, y los dientes grandes, salidos hacia fuera y proporcionados al volumen de su cuerpo, y es la única fiera que carezca de lengua. No mueve ni pone en juego la quijada inferior, distinguiéndose entre todos los animales por la singularidad de aplicar la quijada de arriba a la de abajo. Sus uñas son fuertes, y su piel cubierta de escamas, que hacen su dorso impenetrable. Ciego dentro del agua, goza a cielo descubierto de una agudísima vista. Teniendo en el agua su guarida ordinaria, el interior de su boca se le llena y atesta de sanguijuelas. Así que, mientras huye de él todo pájaro y animal cualquiera, solo el reyezuelo es su amigo y ave de paz por lo común, de quien se sirve para su alivio y provecho, pues al momento de salir del agua el cocodrilo y de abrir su boca en la arena, cosa que hace ordinariamente para respirar el céfiro, se le mete en ella el reyezuelo y le va comiendo las sanguijuelas, mientras que la bestia no se atreve a dañarle por el gusto y solaz que en ello percibe.
LXIX. Los cocodrilos son para algunos egipcios sagrados y divinos; para otros, al contrario, objeto de persecución y enemistad. Las gentes que moran en el país de Tebas o alrededor de la laguna Meris, se obstinan en mirar en ellos una raza de animales sacros, y en ambos países escogen uno comúnmente, al cual van criando y amansando de modo que se deje manosear, y al cual adornan con pendientes en las orejas, parte de oro y parte de piedras preciosas y artificiales, y con ajorcas en las piernas delanteras. Se le señala su ración de carne de los sacrificios. Regalado portentosamente cuando vivo, a su muerte se le entierra bien adobado en sepultura sagrada. No así los habitantes de la comarca de Elefantina, que lejos de respetarlos como divinos, se sustentan con ellos a menudo. _Campsas_ es el nombre egipcio de estos animales, a los que llaman los jonios _cocodrilos_, nombre que les dan por la semejanza que les suponen con los cocodrilos o lagartos que se crían en su tierra.
LXX. Muchas y varias son las artes que allí se emplean para pescar o coger el cocodrilo, de las cuales referiré una sola que creo la más digna de ser referida. Átase al anzuelo un cebo, que no es menos que un lomo de tocino; arrójase en seguida al río, y se está el pescador en la orilla con un lechoncito vivo, al cual obliga a gruñir mortificándolo. Al oír la voz del cerdo, el cocodrilo se dirige hacia ella, y topando con el cebo lo engulle. Al instante tiran de él los de la orilla, y sacado apenas a la playa, se le emplastan los ojos con lodo, prevención con la que es fácil y hacedero el domarlo, y sin la cual harta fatiga costara la empresa.[155]
LXXI. Solo en la comarca de Papremis los hipopótamos o caballos de río son reputados como divinos, no así en lo demás del Egipto. El hipopótamo, ya que es menester describirle en su figura y talle natural, tiene las uñas hendidas como el buey, las narices romas, las crines, la cola y la voz de caballo, los colmillos salidos, y el tamaño de un toro más que regular. Su cuero es tan duro que después de seco se forman con él dardos bien lisos y labrados.
LXXII. Los egipcios veneran como sagradas a las nutrias que se crían en sus ríos, y con particularidad entre los peces al que llaman lepidoto o escamoso, y a la anguila, pretendiendo que estas dos especies están consagradas al Nilo, como lo está entre las aves el _vulpanser_ o ganso bravo.
LXXIII. Otra ave sagrada hay allí que solo he visto en pintura, cuyo nombre es el de fénix. Raras son, en efecto, las veces que se deja ver, y tan de tarde en tarde, que según los de Heliópolis solo viene al Egipto cada quinientos años, a saber, cuando fallece su padre. Si en su tamaño y conformación es tal como la describen, su mole y figura son muy parecidas a las del águila, y sus plumas en parte doradas, en parte de color de carmesí. Tales son los prodigios que de ella nos cuentan, que aunque para mi poco dignos de fe, no omitiré el referirlos. Para trasladar el cadáver de su padre desde la Arabia al templo del Sol, se vale de la siguiente maniobra: forma ante todo un huevo sólido de mirra, tan grande cuanto sus fuerzas alcancen para llevarlo, probando su peso después de formado para experimentar si es con ellas compatible; va después vaciándolo hasta abrir un hueco donde pueda encerrar el cadáver de su padre; el cual ajusta con otra porción de mirra y atesta de ella la concavidad, hasta que el peso del huevo preñado con el cadáver iguale al que cuando sólido tenía; cierra después la abertura, carga con su huevo, y lo lleva al templo del Sol en Egipto. He aquí, sea lo que fuere, lo que de aquel pájaro refieren.
LXXIV. En el distrito de Tebas se ven ciertas serpientes divinas, nada dañosas a los hombres,[156] pequeñas en el tamaño, que llevan dos cuernecillos en la parte más alta de la cabeza. Al morir se las entierra en el templo mismo de Zeus, a cuyo numen y tutela se las cree dedicadas.
LXXV. Otra casta hay de sierpes aladas, sobre las cuales queriéndome informar hice mi viaje a un punto de la Arabia situado no lejos de Butona. Llegado allí (no se crea exageración), vi tal copia de huesos y de espinas de serpientes cual no alcanzo a ponderar. Veíanse allí vastos montones de osamentas, aquí otros no tan grandes, más allá otros menores, pero muchos y numerosos. Este sitio, osario de tantos esqueletos, es una especie de quebrada estrecha de los montes, y como un puerto que domina una gran llanura confinante con las campiñas del Egipto. Aquella carnicería se explica diciendo que al abrirse la primavera acuden las serpientes aladas desde la Arabia al Egipto,[157] y que las aves que llaman ibis les salen al encuentro desde luego a la entrada del país, negándoles el paso, y acaban con todas ellas. A este servicio que los ibis prestan a los egipcios, atribuyen los árabes la estima y veneración en que los tienen aquellos naturales, y esta es la razón que dan los egipcios mismos del honor que le tributan.
LXXVI. El ibis es una ave negra por extremo en su color, en las piernas semejante a la grulla, con el pico sumamente encorvado, del tamaño del _crex_ o «rey de codornices». Esta es la figura de los ibis negros que pelean con las sierpes; pero otra es la de los ibis domésticos que se dejan ver a cada paso, que tienen la cabeza y cuello pelado, y blanco el color de sus alas, bien que las extremidades de ellas, su cabeza, su cuello y las partes posteriores son de un color negro muy subido; en las piernas y en el pico se asemeja a la otra especie. La serpiente voladora se parece a la hidra; sus alas no están formadas de plumas, sino de unas pieles o membranas semejantes a las del murciélago.
LXXVII. Dejando ya a un lado las bestias sacras y divinas, hablemos por fin de los mismos egipcios. Debo confesar que los habitantes de aquella comarca que se siembra, como que cultivan y ejercitan la memoria sobre los demás hombres, son asimismo la gente más hábil y erudita que hasta el presente he podido encontrar. En su manera de vivir guardan la regla de purgarse todos los meses del año por tres días consecutivos, procurando vivir sanos a fuerza de vomitivos y lavativas, persuadidos de que de la comida nacen al hombre todos los achaques y enfermedades. Los que así piensan son por otra parte los hombres más sanos que he visto, si se exceptúa a los libios. Este beneficio lo deben en mi concepto a la constancia de sus anuas estaciones, porque sabido es que toda mutación, y la de las estaciones en particular, es la causa generalmente de que enfermen los hombres. Por lo común, no comen otro pan que el que hacen de la espelta, al cual dan el nombre de _kyllestis_. Careciendo de viñas el país,[158] no beben otro vino que la cerveza que sacan de la cebada. De los pescados, comen crudos algunos después de bien secos al sol, otros adobados en salmuera. Conservan también en sal a las codornices, ánades y otras aves pequeñas para comerlas después sin cocer. Las demás aves, como también los peces, los sirven hervidos o asados, a excepción de los animales que reputan por divinos.
LXXVIII. En los convites que se dan entre la gente rica y regalada se guarda la costumbre de que acabada la comida pase uno alrededor de los convidados, presentándoles, en un pequeño ataúd, una estatua de madera de un codo o de dos a lo más,[159] tan perfecta, que en el aire y color remeda al vivo un cadáver, y diciendo de paso a cada uno de ellos al presentársela y enseñarla: «¿No le ves? mírale bien: come y bebe y huelga ahora, que muerto no has de ser otra cosa que lo que ves». Costumbre es esta, como he dicho, en los espléndidos banquetes.
LXXIX. Contentos los egipcios con su música y canciones patrias, no admiten ni adoptan ninguna de las extranjeras. Entre muchos himnos y canciones nacionales, a cual más lindas, lo es con preferencia cierta cantinela, usada también en Fenicia, en Chipre y en varios países, y aunque en cada uno de ellos lleva su nombre particular, es no solo parecida, sino igual exactamente a la que cantan los griegos con el nombre de _Lino_. Y entre tantas cosas que no acabo de admirar entre los egipcios, no es lo que menos ha excitado mi curiosidad el saber de dónde les procedía aquel cántico, al cual son tan aficionados que siempre se oye en sus labios, y al que en vez de _Lino_ llaman _Maneros_ en egipcio. Así dicen se llamaba el hijo único del primer rey de Egipto, muerto el cual en la flor de su edad, quisieron los egipcios conservar la memoria del infeliz príncipe, y honrar al difunto con aquellas fúnebres endechas que fueron la primera y única canción del país.
LXXX. Otra costumbre guardan los egipcios en la que se parecen, no a los griegos en general, sino a los lacedemonios, pues que los jóvenes al encontrarse con los ancianos se apartan del camino cediéndoles el paso, y se ponen en pie al entrar en la pieza los de mayor edad, ofreciéndoles luego su asiento.
LXXXI. Pero en lo que a ninguno de los griegos se parecen aquellos pueblos, es que en vez de saludarse con corteses palabras, se inclinan profundamente al hallarse en la calle, bajando su mano hasta la rodilla. Visten túnicas de lino largas hasta las piernas, alrededor de las cuales corren algunas franjas, y a las que llaman _kalasiris_. Encima de ellas llevan su manto de lana, con cuyos tejidos se guardan sin embargo de presentarse en el templo o de enterrarse amortajados en ellos, lo que fuera a sus ojos una profanación. Relación tiene esta costumbre egipcia con las ceremonias órficas[160] y pitagóricas, como se llaman, no siendo lícito tampoco a ninguno de los iniciados en sus orgías y misterios ir a la sepultura con mortaja de lana, a cuyos usos no falta su razón arcana y religiosa.
LXXXII. Los egipcios, además de otras invenciones, enseñaron varios puntos de astrología; qué mes y qué día, por ejemplo, sea apropiado a cada uno de los dioses,[161] cuál sea el hado de cada particular, qué conducta seguirá, qué suerte y qué fin espera al que hubiese nacido en tal día o con tal ascendiente; doctrinas de que los poetas griegos se han valido en sus versos. En punto a prodigios, fueron los egipcios los mayores agoreros del universo, como que tanto se esmeran en su observación, pues apenas sucede algún portento lo notan desde luego y observan su éxito; coligiendo de este modo el que ha de tener otro portento igual que acontezca.
LXXXIII. Del arte de vaticinar, tal es el concepto que tienen, que no lo miran como propio de hombres, sino apenas de algunos de sus dioses. Varios son los oráculos, en efecto, que encierra su país: el de Heracles, el de Apolo, el de Atenea, el de Artemisa, el de Ares, el de Zeus, y el de Leto, por fin, situado en la ciudad de Buto, al que dan la primacía y honran con preferencia a los demás.
LXXXIV. Reparten en tantos ramos la medicina, que cada enfermedad tiene su médico aparte, y nunca basta uno solo para diversas dolencias. Hierve en médicos el Egipto: médicos hay para los ojos, médicos para la cabeza, para las muelas, para el vientre; médicos, en fin, para los achaques ocultos.
LXXXV. Por lo que hace al luto y sepultura, es costumbre que al morir algún sujeto de importancia las mujeres de la familia se emplasten de lodo el rostro y la cabeza. Así desfiguradas y desceñidas, y con los pechos descubiertos, dejando en casa al difunto, van girando por la ciudad con gran llanto y golpes de pecho, acompañándolas en comitiva toda la parentela. Los hombres de la misma familia, quitándose el cíngulo, forman también su coro plañiendo y llorando al difunto. Concluidos los clamores, llevan el cadáver al taller del embalsamador.