Los nueve libros de la Historia (1 de 2)
Part 13
XXXVI. En otras naciones dejan crecer su cabello los sacerdotes de los dioses; los de Egipto lo rapan a navaja. Señal de luto es entre los pueblos cortarse el cabello los más allegados al difunto, y entre los egipcios, ordinariamente rapados, lo es el cabello y barba crecida en el fallecimiento de los suyos. Los demás hombres no acostumbran comer con los brutos, los egipcios tienen con ellos plato y mesa común. Los demás se alimentan de pan de trigo y de cebada; los egipcios tuvieran el comer de él por la mayor afrenta, no usando ellos de otro pan que del de escancia o candeal. Cogen el lodo y aun el estiércol con sus manos, y amasan la harina con los pies. Los demás hombres dejan sus partes naturales en su propia disposición, excepto los que aprendieron de los egipcios a circuncidarse.[134] En Egipto usan los hombres vestidura doble, y sencilla las mujeres. Los egipcios en las velas de sus naves cosen los anillos y cuerdas por la parte interior, en contraposición con la práctica de los demás, que los cosen por fuera. Los griegos escriben y mueven los cálculos[135] en sus cuentas de la siniestra a la derecha; los egipcios, al contrario, de la derecha a la siniestra, diciendo por esto que los griegos hacen a zurdas lo que ellos derechamente.
XXXVII. Dos géneros de letras están allí en uso, unas sacras y las otras populares.[136] Supersticiosos por exceso, mucho más que otros hombres cualesquiera, usan de toda especie de ceremonias, beben en vasos de bronce y los limpian y friegan cada día, costumbre a todos ellos común y de ninguno particular. Sus vestidos son de lino y siempre recién lavados, pues que la limpieza les merece un cuidado particular, siendo también ella la que les impulsa a circuncidarse, prefiriendo ser más bien aseados que gallardos y cabales. Los sacerdotes, con la mira de que ningún piojo u otra sabandija repugnante se encuentre sobre ellos al tiempo de sus ejercicios o de sus funciones religiosas, se rapan a navaja cada tres días de pies a cabeza. También visten de lino, y calzan zapatos de papiro, pues que otra ropa ni calzado no les es permitido; se lavan con agua fría diariamente, dos veces por el día y otras dos por la noche, y usan, en una palabra, ceremonias a miles en su culto religioso. Disfrutan en cambio aquellos sacerdotes de no pocas conveniencias, pues nada ponen de su casa ni consumen de su hacienda; comen de la carne ya cocida en los sacrificios, tocándoles diariamente a cada uno una crecida ración de la de ganso y de buey, no menos que su buen vino de uvas; mas el pescado es vedado para ellos. Ignoro qué prevención tienen los egipcios contra las habas,[137] pues ni las siembran en sus campos en gran cantidad, ni las comen crudas, ni menos cocidas, y ni aun verlas pueden sus sacerdotes, como reputándolas por impura legumbre. Ni se contentan consagrando sacerdotes a los dioses, sino que consagran muchos a cada dios, nombrando a uno de ellos sumo sacerdote y perpetuando sus empleos en los hijos a su fallecimiento.
XXXVIII. Viven los egipcios en la opinión de que los bueyes son la única víctima propia de su Épafo,[138] para lo cual hacen ellos la prueba, pues encontrándose en el animal un solo pelo negro, ya no pasa por puro y legítimo. Uno de los sacerdotes es el encargado y nombrado particularmente para este registro, el cual hace revista del animal, ya en pie, ya tendido boca arriba; observa en su lengua sacándola hacia fuera las señas que se requieren en una víctima pura, de las que hablaré más adelante; mira y vuelve a mirar los pelos de su cola, para notar si están o no en su estado natural. En caso de asistir al buey todas las cualidades que de puro y bueno le califican, márcanlo por tal enroscándole en las astas el papiro, y pegándole cierta greda a manera de lacre, en la que imprimen su sello. Así marcado, lo conducen al sacrificio, y ¡ay del que sacrificara una víctima no marcada! Otra cosa que la vida no le costaría. Estas son, en suma, las pruebas y los reconocimientos de aquellos animales.
XXXIX. Síguese la ceremonia del sacrificio.[139] Conducen la bestia ya marcada al altar destinado al holocausto; pegan fuego a la pira, derraman vino sobre la víctima al pie mismo del ara, e invocan su dios al tiempo de degollarla, cortándole luego la cabeza y desollándole el cuerpo. Cargan de maldiciones a la cabeza ya dividida, y la sacan a la plaza, vendiéndola a los negociantes griegos, si los hay allí domiciliados y si hay mercado en la ciudad; de otro modo, la echan al río como maldita. La fórmula de aquellas maldiciones expresa solo que si algún mal amenaza al Egipto en común, o a los sacrificadores en particular, descargue todo sobre aquella cabeza. Esta ceremonia usan los egipcios igualmente sobre las cabezas de las víctimas y en la libación del vino, y se valen de ella generalmente en sus sacrificios, naciendo de aquí que nunca un egipcio coma de la cabeza de ningún viviente.
XL. No es una misma la manera de escoger y consumir las víctimas en los sacrificios, sino muy varia en cada una de ellos. Hablaré del de la diosa de su mayor veneración y a la cual se consagra la fiesta más solemne, de la diosa Isis. En su reverencia hacen un ayuno, le presentan después sus oraciones y súplicas, y, por último, le sacrifican un buey. Desollada la víctima, le limpian las tripas, dejando las entrañas pegadas al cuerpo con toda su gordura; separan luego las piernas, y cortan la extremidad del lomo con el cuello y las espaldas. Entonces embuten y atestan lo restante del cuerpo de panales purísimos de miel, de uvas e higos pasos, de incienso, mirra y otros aromas, y derramando después sobre él aceite en gran abundancia, entréganlo a las llamas. Al sacrificio precede el ayuno, y mientras está abrasándose la víctima, se hieren el pecho los asistentes, se maltratan y lloran y plañen, desquitándose después en espléndido convite con las partes que de la víctima separaron.
XLI. A cualquiera es permitido allí el sacrificio de bueyes y terneros puros y legales, mas a ninguno es lícito el de vacas o terneras, por ser dedicadas a Isis, cuyo ídolo representa una mujer con astas de buey, del modo con que los griegos pintan a Ío; por lo cual es la vaca, con notable preferencia sobre los demás brutos, mirada por los egipcios con veneración particular. Así que no se hallará en el país hombre ni mujer alguna que quiera besar a un griego, ni servirse de cuchillo, asador o caldero de alguno de esta nación, ni aun comer carne de buey, aunque puro por otra parte, mientras sea trinchada por un cuchillo griego. Para los bueyes difuntos tienen aparte sepultura; las hembras son arrojadas al río, pero los machos enterrados en el arrabal de cada pueblo, dejándose por señas una o entrambas de sus astas salidas sobre la tierra. Podrida ya la carne y llegado el tiempo designado, va recorriendo las ciudades una barca que sale de la isla Prosopítide, situada dentro del Delta, de nueve esquenos de circunferencia. En esta isla hay una ciudad, entre otras muchas, llamada Atarbequis, donde hay un templo dedicado a Afrodita, y de la que acostumbran salir las barcas destinadas a recoger los huesos de los bueyes. Muchas salen de allí para diferentes ciudades; desentierran aquellos huesos, y reunidos en un lugar, les dan a todos sepultura; práctica que observan igualmente con las demás bestias, enterrándolas cuando mueren, pues a ello les obligan las leyes y a respetar sus vidas en cualquier ocasión.[140]
XLII. Los pueblos del distrito de Zeus Tebano, o mas bien el nomo de Tebas, matan sin escrúpulo las cabras, sin tocar a las ovejas, lo que no es de extrañar, por no adorar los egipcios a unos mismos dioses, excepto dos universalmente venerados, Isis y Osiris, el cual pretenden sea el mismo que Dioniso. Los pueblos, al contrario, del distrito de Mendes o del nomo mendesio, respetando las cabras, matan libremente las ovejas. Los primeros, y los que como ellos no se atreven a las ovejas, dan la siguiente razón de la ley que se impusieron: Heracles quería ver a Zeus de todos modos, y Zeus no quería absolutamente ser visto de Heracles. Grande era el empeño de aquel, hasta que, después de larga porfía, toma Zeus un efugio: mata un carnero, le quita la piel, córtale la cabeza y se presenta a Heracles disfrazado con todos estos despojos. Y en atención a este disfraz formaron los egipcios el ídolo de Zeus _Caricarnero_,[141] figura que tomaron de ellos los amonios, colonos en parte egipcios y en parte etíopes, que hablan un dialecto mezcla de entrambos idiomas, etiópico y egipcio. Y estos colonos, a mi entender, no se llaman amonios por otra razón que por ser Amón el nombre de Zeus en lengua egipcia. He aquí, pues, la razón por qué no matan los tebanos a los carneros, mirándolos como bestia sagrada. Verdad es que en cada año hay un día señalado, el de la fiesta de Zeus, en que matan a golpes un carnero, y con la piel que le quitan visten el ídolo del dios con el traje mismo que arriba mencioné, presentándole luego otro ídolo de Heracles. Durante la representación de tal acto lamentan los presentes y plañen con muestras de sentimiento la muerte del carnero, al cual entierran después en lugar sagrado.
XLIII. Este Heracles oía yo a los egipcios contarlo por uno de sus doce dioses, pero no pude adquirir noticia alguna en el país de aquel otro Heracles que conocen los griegos. Entre varias pruebas que me conducen a creer que no deben los egipcios a los griegos el nombre de aquel dios, sino que los griegos lo tomaron de los egipcios, en especial los que designan con él al hijo de Anfitrión, no es la menor, el que Anfitrión y Alcmena, padres del Heracles griego, traían su origen del Egipto,[142] y el que confiesen los egipcios que ni aun oyeron los nombres de Poseidón o de los Dioscuros;[143] tan lejos están de colocarlos en el catálogo de sus dioses. Y si algún dios hubieran tomado los egipcios de los griegos, fueran ciertamente los que he nombrado, de quienes con mayor razón se conservara la memoria; porque en aquella época traficaban ya los griegos por el mar, y algunos habría, según creo sin duda, patrones y dueños de sus navíos; y muy natural parece que de su boca oyeran antes los egipcios el nombre de sus dioses náuticos que el de Heracles, campeón protector de la tierra. Declárese, pues, la verdad, y sea Heracles tenido, como lo es, por dios antiquísimo del Egipto; pues si hemos de oír a aquellos naturales, desde la época en que los ocho dioses engendraron a los otros doce, entre los cuales cuentan a Heracles, hasta el reinado de Amasis, han trascurrido no menos de 17.000 años.
XLIV. Queriendo yo cerciorarme de esta materia donde quiera me fuese dable, y habiendo oído que en Tiro de Fenicia había un templo a Heracles dedicado, emprendí viaje para aquel punto. Lo vi, pues, ricamente adornado de copiosos donativos, y entre ellos dos vistosas columnas, una de oro acendrado en copela, otra de esmeralda, que de noche en gran manera resplandecía. Entré en plática con los sacerdotes de aquel dios, y preguntándoles desde cuando fue su templo erigido, hallé que tampoco iban acordes con los griegos acerca de Heracles, pues decían que aquel templo había sido fundado al mismo tiempo que la ciudad, y no contaban menos de 2300 años desde la fundación primera de Tiro. Allí mismo vi adorar a Heracles en otro edificio con el sobrenombre de Tasio, lo que me incitó a pasar a Tasos, donde igualmente encontré un templo de aquel dios, fundado por los fenicios, que navegando en busca de Europa edificaron la ciudad de Tasos, suceso anterior en cinco[144] generaciones al nacimiento en Grecia de Heracles, hijo de Anfitrión. Todas estas averiguaciones prueban con evidencia que es Heracles uno de los dioses antiguos, y que aciertan aquellos griegos que conservan dos especies de heraclios o templos de Heracles, en uno de los cuales sacrifican a Heracles el Olímpico como dios inmortal, y en el otro celebran sus honores aniversarios como los del héroe o semidiós.
XLV. Entre las historias que nos refieren los griegos a modo de conseja, puedo contar aquella fábula simple y desatinada que en estos términos nos encajan: que los egipcios, apoderados de Heracles que por allí transitaba, le coronaron cual víctima sagrada, y le llevaban con grande pompa y solemnidad para que fuese a Zeus inmolado, mientras él permanecía quieto y sosegado como un cordero, hasta que al ir a recibir el último golpe junto al altar, usando el valiente de todo su brío y denuedo, pasó a cuchillo toda aquella cohorte de extranjeros. Los que así se expresan, a mi entender, ignoran en verdad de todo punto lo que son los egipcios, y desconocen sus leyes y sus costumbres. Díganme, pues: ¿cómo los egipcios intentarían sacrificar una víctima humana cuando ni matar a los brutos mismos les permite su religión, exceptuando a los cerdos, gansos, bueyes o novillos, y aun estos con prueba que debe preceder y seguridad de su pureza? ¿Y cabe además que Heracles solo, Heracles todavía mortal, que por mortal lo dan los griegos en aquella ocasión, pudiera con la fuerza de su brazo acabar con tanta muchedumbre de egipcios? Pero silencio ya: y lo dicho, según deseo, sea dicho con perdón y benevolencia así de los dioses como de los héroes.
XLVI. Ahora daré la causa por que otros egipcios, como ya dije, no matan cabras o machos de cabrío. Los mendesios cuentan al dios Pan por uno de los ochos dioses que existieron, a su creencia, antes de aquellos doce de segunda clase; y los pintores y estatuarios egipcios esculpen y pintan a Pan con el mismo traje que los griegos, rostro de cabra y pies de cabrón, sin que crean por esto que sea tal como lo figuran, sino como cualquiera de sus dioses de primer orden. Bien sé el motivo de presentarle en aquella forma, pero guardareme de expresarlo.[145] Por esto los mendesios honran con particularidad a los cabreros, y adoran sus ganados, siendo aún menos devotos de las cabras que de los machos de cabrío. Uno es, sin embargo, entre todos el privilegiado y de tanta veneración, que su muerte se honra en todo el nomo mendesio con el luto más riguroso. En Egipto se da el nombre de Mendes así al dios Pan como al cabrón. En aquel nomo sucedió en mis días la monstruosidad de juntarse en público un cabrón con una mujer: bestialidad sabida de todos y aplaudida.
XLVII. Los egipcios miran al puerco como animal abominable, dando origen esta superstición a que el que roce al pasar por desgracia con algún puerco se arroje al río con sus vestidos para purificarse, y a que los porquerizos, por más que sean naturales del país, sean excluidos de la entrada y de la comunicación en los templos, entredicho que se usa con ellos solamente, excediéndose tanto en esta prevención, que a ninguno de ellos dieran en matrimonio ninguna hija, ni tomaran alguna de ellas por mujer, viéndose obligada aquella clase a casarse entre sí mutuamente. Mas aunque no sea lícito generalmente a los egipcios inmolar un puerco a sus dioses, lo sacrifican, sin embargo, a la Luna y a Dioniso, y a estos únicamente en un tiempo mismo, a saber, el de plenilunio, día en que comen aquella especie de carne. La razón que dan para sacrificar en la fiesta del plenilunio al puerco que abominan en los demás días, no seré yo quien la refiera, porque no lo considero conveniente; diré tan solo el rito del sacrificio con que se ofrece a la Luna aquel animal. Muerta la víctima, juntan la punta de su cola, el bazo y el redaño, y cubriéndolo todo con la gordura que viste los intestinos, lo arrojan a las llamas envuelto de este modo. Lo restante del tocino se come en el día del plenilunio destinado al sacrificio, único día en que se atreven a gustar de la carne referida. En aquella fiesta, los pobres que faltos de medios no alcanzan a presentar su tocino, remedan otro de pasta, y lo sacrifican, después de cocido, con las mismas ceremonias.
XLVIII. En la solemne cena que se hace en la fiesta de Dioniso acostumbra cada cual matar su cerdo en la puerta misma de su casa, y entregarlo después al mismo porquerizo a quien lo compró para que lo quite de allí y se lo lleve. Exceptuada esta particularidad, celebran los egipcios lo restante de la fiesta con el mismo aparato que los griegos. En vez de los _falos_ usados entre los últimos, han inventado aquellos unos muñecos de un codo de altura, y movibles por medio de resortes, que llevan por las calles las mujeres moviendo y agitando obscenamente un miembro casi tan grande como lo restante del cuerpo. La flauta guía la comitiva, y sigue el coro mujeril cantando himnos en loor de Baco o Dioniso. El movimiento obsceno del ídolo y la desproporción de aquel miembro no dejan de ser para los egipcios un misterio que cuentan entre los demás de su religión.[146]
XLIX. Paréceme averiguado que Melampo, el hijo de Amitaón, no ignoraría sino que conocería muy bien esta especie de sacrificio, pues no solo fue el propagador del nombre de Dioniso entre los griegos, sino quien introdujo entre ellos asimismo el rito y la pompa del _falo_, aunque no dio entera explicación de este misterio, que declararon, más cumplidamente los sabios que le sucedieron. Melampo fue, en una palabra, quien dio a los griegos razón del _falo_ que se lleva en la procesión de Dioniso, y el que les enseñó el uso que de él hacen;[147] y aunque como sabio supo apropiarse el arte de la adivinación, de discípulo de los egipcios pasó a maestro de los griegos, enseñándoles entre otras cosas los misterios y culto de Dioniso, haciendo en él una pequeña mutación. Porque de otro modo no puedo persuadirme que las ceremonias de este dios se instituyesen por acaso al mismo tiempo entre griegos y egipcios, pues entonces no hubiera razón para que no fueran puntualmente las mismas en entrambas partes, ni para que se hubieran introducido en la Grecia nuevamente, siendo improbable, por otro lado, que los egipcios tomaran de los griegos esta o cualquier otra costumbre. Verosímil es, en mi concepto, que aprendiese Melampo todo lo que a Dioniso pertenece, de aquellos fenicios que en compañía de Cadmo el tirio emigraron de su patria al país de Beocia.
L. Del Egipto nos vinieron además a la Grecia los nombres de la mayor parte de los dioses; pues resultando por mis informaciones que nos vinieron de los bárbaros, discurro que bajo este nombre se entiende aquí principalmente a los egipcios. Si exceptuamos en efecto, como dije, los nombres de Poseidón y el de los Dioscuros, y además los de Hera, de Hestia, de Temis, de las Cárites y de las Nereidas,[148] todos los demás desde tiempo inmemorial los conocieron los egipcios en su país, según dicen los mismos; que de ello yo no salgo fiador. En cuanto a los nombres de aquellos dioses de que no consta tuviesen noticia, se deberían, según creo, a los pelasgos, sin comprender con todo al de Poseidón, dios que adoptarían estos de los libios, juntamente con su nombre, pues que ningún pueblo sino los libios se valieron antiguamente de este nombre ni fueron celosos adoradores de aquel dios. No es costumbre, además, entre los egipcios el tributar a sus héroes ningún género de culto.
LI. Estas y otras cosas de que hablaré introdujéronse en la Grecia tomadas de los egipcios; pero a los pelasgos[149] se debe el rito de construir las estatuas de Hermes con obscenidad, rito que aprendieron los atenienses de los pelasgos primeramente, y que comunicaron después a los griegos: lo que no es extraño, si se atiende a que los atenienses, aunque contándose ya entre los griegos, habitaban en un mismo país con los pelasgos, que con este motivo empezaron a ser mirados como griegos. No podrá negar lo que afirmo nadie que haya sido iniciado en las _orgías_ o misterios de los _cabiros_, cuyas ceremonias, aprendidas de los pelasgos, celebran los samotracios todavía, como que los pelasgos habitaron en Samotracia antes de vivir entre los atenienses, y que enseñaron a sus habitantes aquellas _orgías_. Los atenienses, pues, para no apartarme de mi propósito, fueron discípulos de los pelasgos y maestros de los demás griegos en la construcción de las estatuas de Hermes tan obscenamente representadas. Los pelasgos apoyaban esta costumbre en una razón simbólica y misteriosa, que se explica y declara en los misterios que se celebran en Samotracia.
LII. De los pelasgos oí decir igualmente en Dodona que antiguamente invocaban en común a los dioses en todos sus sacrificios, sin dar a ninguno de ellos nombre o dictado peculiar, pues ignoraban todavía cómo se llamasen. A todos designaban con el nombre de _Theoi_ (dioses), derivado de la palabra _Thentes_ (en latín _ponentes_), significando que todo lo ponían los dioses en el mundo, y todo lo colocaban en buen orden y distribución. Pero habiendo oído con el tiempo los nombres de los dioses venidos del Egipto, y más tarde el de Dioniso, acordaron consultar al oráculo de Dodona[150] sobre el uso de nombres peregrinos. Era entonces este oráculo, reputado ahora por el más antiguo entre los griegos, el único conocido en el país; y preguntado si sería bien adoptar los nombres tomados de los bárbaros, respondió afirmativamente; y desde aquella época los pelasgos empezaron a usar en sus sacrificios de los nombres propios de los dioses, uso que posteriormente comunicaron a los griegos.
LIII. En cuanto a las opiniones de los griegos sobre la procedencia de cada uno de sus dioses, sobre su forma y condición, y el principio de su existencia, datan de ayer, por decirlo así, o de pocos años atrás. Cuatrocientos y no más de antigüedad pueden llevarme de ventaja Hesíodo y Homero, los cuales escribieron la _Teogonía_ entre los griegos, dieron nombres a sus dioses, mostraron sus figuras y semblantes, les atribuyeron y repartieron honores, artes y habilidades, siendo a mi ver muy posteriores a estos poetas los que se cree les antecedieron. Esta última observación es mía enteramente; lo demás es lo que decían los sacerdotes de Dodona.
LIV. El origen de este oráculo y de otro que existe en Libia lo refieren del siguiente modo los egipcios: Decíanme los sacerdotes de Zeus Tebano que desaparecieron de Tebas dos mujeres religiosas robadas por los fenicios, y que según posteriormente se divulgó, vendidas la una en Libia y en Grecia la otra, introdujeron entre estas naciones y establecieron los oráculos referidos. Todo esto que añadían, respondiendo a mis dudas y preguntas, no se supo sino mucho después, porque al principio fueron vanas todas las pesquisas que en busca de aquellas mujeres se emplearon.
LV. Esto fue lo que oí en Tebas de boca de los sacerdotes; he aquí lo que dicen sobre el mismo caso las _promántidas_[151] dodoneas. Escapáronse por los aires desde Tebas de Egipto dos palomas negras, de las cuales la una llegó a la Libia y la otra a Dodona, y posada esta última en una haya, les dijo, en voz humana, ser cosa precisa y prevenida por los hados que existiese un oráculo de Zeus en aquel sitio; y persuadidos los dodoneos de que por el mismo cielo se les intimaba aquella orden, se resolvieron desde el instante a cumplirla. De la otra paloma que aportó a Libia, cuentan que ordenó establecer allí el oráculo de Amón, erigiendo por esto los libios a Zeus un oráculo semejante al de Dodona. Tal era la opinión que, en conformidad con los misterios de aquel templo, profesaban las tres sacerdotisas dodoneas, la más anciana de las cuales se llamaba Promenia, la segunda Timareta y Nicandra la menor.
LVI. Y si me es lícito en este punto expresar mi opinión, y siendo verdad que los fenicios vendieran, de las dos mujeres consagradas a Zeus que consigo traían, la una en Libia, y en Hélade la otra, no disto de creer que llevada la segunda a los tesprotos de la Hélade, región antes conocida con el nombre de Pelasgia, levantara a Zeus algún santuario, acordándose la esclava, como era natural, del templo del dios a quien en Tebas había servido y de donde procedía; y que ella contaría a los tesprotos, después de aprendido el lenguaje de estos pueblos, cómo los fenicios habían vendido en la Libia otra compañera suya.