Los nueve libros de la Historia (1 de 2)
Part 12
XIII. Otra noticia me referían los sacerdotes, que es para mí gran conjetura en favor de lo que voy diciendo. Contaban que en el reinado de Meris, con tal que creciese el río a la altura de ocho codos, bastaba ya para regar y cubrir aquella porción de Egipto que está más abajo de Menfis; siendo notable que entonces no habían trascurrido todavía novecientos años desde la muerte de Meris. Pero al presente ya no se inunda aquella comarca cuando no sube el río a la altura de dieciséis codos, o de quince por lo menos. Ahora bien; si va subiendo el terreno a proporción de lo pasado y creciendo más y más de cada día, los egipcios que viven más abajo de la laguna Meris, y los que moran en su llamado Delta,[108] si el Nilo no inundase sus campos en lo futuro, están a pique de experimentar en su país para siempre los efectos a que ellos decían, por burla, que los griegos estarían expuestos alguna vez. Sucedió, pues, que oyendo mis buenos egipcios en cierta ocasión que el país de los griegos se baña con agua del cielo, y que por ningún río como el suyo es inundado, respondieron el disparate, «que si tal vez les salía mal la cuenta, mucho apetito tendrían los griegos y poco que comer». Y con esta burla significaban, que si Dios no concedía lluvias a estos pueblos en algún año de sequedad que les enviara, perecerían de hambre sin remedio, no pudiendo obtener agua para el riego sino de la lluvia que el cielo les dispensara.
XIV. Bien está: razón tienen los egipcios para hablar así de los griegos; pero atiendan un instante a lo que pudiera a ellos mismos sucederles.[109] Si llegara, pues, el caso en que el país de que hablaba, situado más abajo de Menfis, fuese creciendo y levantándose gradualmente como hasta aquí se levantó, ¿qué les quedara ya a los egipcios de aquella comarca sino afinar bien los dientes sin tener dónde hincarlos? Y con tanta mayor razón, por cuanto ni la lluvia cae en su país, ni su río pudiera entonces salir de madre para el riego de los campos. Mas por ahora no existe gente, no ya entre los extranjeros, sino entre los egipcios mismos, que recoja con menor fatiga su anual cosecha que los de aquel distrito. No tienen ellos el trabajo de abrir y surcar la tierra con el arado, ni de escardar sus sembrados, ni de prestar ninguna labor de las que suelen los demás labradores en el cultivo de sus cosechas, sino que, saliendo el río de madre sin obra humana y retirado otra vez de los campos después de regarlos, se reduce el trabajo a arrojar cada cual su sementera, y meter en las tierras rebaños para que cubran la semilla con sus pisadas. Concluido lo cual, aguardan descansadamente el tiempo de la siega, y trillada su parva por las mismas bestias, recogen y concluyen su cosecha.
XV. Si quisiera yo adoptar la opinión de los jonios acerca del Egipto, probaría aún que ni un palmo de tierra poseían los egipcios en la antigüedad. Reducen los jonios el Egipto propiamente dicho al país del Delta, es decir, al país que se extiende a lo largo del mar por el espacio de cuarenta esquenos, desde la atalaya llamada de Perseo hasta el lugar de los Saladeros de Pelusio y que penetra tierra adentro hasta la ciudad de Cercasoro, donde el Nilo se divide en dos brazos que corren divergentes hacia Pelusio y hacia Canobo; el resto de aquel reino pertenece, según ellos, parte a la Libia, parte a la Arabia. Y siendo el Delta, en su concepto como en el mío, un terreno nuevo y adquirido, que salió ayer de las aguas por decirlo así, ni aun lugar tendrían los primitivos egipcios para morir y vivir. Y entonces, ¿a qué el blasón e hidalguía que pretenden de habitantes del mundo más antiguos? ¿A qué la experiencia verificada en sus dos niños para observar el idioma en que por sí mismos prorrumpiesen? Mas no soy en verdad de opinión que al brotar de las olas aquella comarca llamada Delta por los jonios, levantasen al mismo tiempo los egipcios su cabeza. Egipcios hubo desde que hombres hay, quedándose unos en sus antiguas mansiones, avanzando otros con el nuevo terreno para poblarlo y poseerlo.
XVI. Al Egipto pertenecía ya desde la antigüedad la ciudad de Tebas, cuyo ámbito es de 6120 estadios. Yerran, pues, completamente los jonios, si mi juicio es verdadero. Ni ellos ni los griegos, añadiré, aprendieron a contar, si por cierta tienen su opinión. Tres son las partes del mundo, según confiesan: la Europa, el Asia y la Libia;[110] mas a estas debieran añadir por cuarta el Delta del Egipto, pues que ni al Asia ni a la Libia pertenece, por cuanto el Nilo, único que pudiera deslindar estas regiones, va a romperse en dos corrientes en el ángulo agudo del Delta, quedando de tal suerte aislado este país entre las dos partes del mundo con quienes confina.
XVII. Pero dejemos a los jonios con sus cavilaciones, que para mí todo el país habitado por egipcios Egipto es realmente, y por tal debe ser reputado, así como de los cilicios trae su nombre la Cilicia, y la Asiria de los asirios, ni reconozco otro límite verdadero del Asia y de la Libia que el determinado por aquella nación. Mas si quisiéramos seguir el uso de los griegos, diremos que el Egipto, empezando desde las cataratas[111] y ciudad de Elefantina, se divide en dos partes que lleva cada una el nombre del Asia o de la Libia que la estrecha. Empieza el Nilo desde las cataratas a partir por medio el reino, corriendo al mar por un solo cauce hasta la ciudad de Cercasoro; y desde allí se divide en tres corrientes o bocas diversas[112] hacia levante la Pelusia, la Canóbica hacia poniente, y la tercera que siguiendo su curso rectamente va a romperse en el ángulo del Delta y cortándolo por medio se dirige al mar, no poco abundante en agua y no poco célebre con el nombre de Sebenítica: otras dos corrientes se desprenden de esta última, llamadas la Saítica y la Mendesia; las dos restantes, Bucólica y Bolbitina, más que cauces nativos del Nilo, son dos canales artificialmente excavados.
XVIII. La extensión del Egipto que en mi discurso voy declarando, queda atestiguada por un oráculo del dios Amón que vino a confirmar mi juicio anteriormente abrazado. Los vecinos de Apis y de Marea, ciudades situadas en las fronteras confinantes con la Libia, se contaban por libios y no por egipcios, y mal avenidos al mismo tiempo con el ritual supersticioso del Egipto acerca de los sacrificios, y con la prohibición de la carne vacuna, enviaron diputados a Amón, para que, exponiendo que nada tenían ellos con los egipcios, viviendo fuera del Delta y hablando diverso idioma, impetrasen la facultad de usar de toda comida sin escrúpulo ni excepción. Mas no por eso quiso Amón concederles el indulto que pedían, respondiéndoles el oráculo que cuanto riega el Nilo en sus inundaciones pertenece al Egipto, y que egipcios son todos cuantos beben de aquel río, morando más abajo de Elefantina.
XIX. No es solo el Delta el que en sus avenidas inunda el Nilo, pues que de él nos toca hablar, sino también el país que reparten algunos entre la Libia y la Arabia, ora más, ora menos, por el espacio de dos jornadas. De la naturaleza y propiedad de aquel río nada pude averiguar, ni de los sacerdotes, ni de nacido alguno, por más que me deshacía en preguntarles: ¿por qué[113] el Nilo sale de madre en el solsticio del verano?, ¿por qué dura cien días en su inundación?, ¿por qué menguado otra vez se retira al antiguo cauce, y mantiene bajo su corriente por todo el invierno, hasta el solsticio del estío venidero? En vano procuré, pues, indagar por medio de los naturales la causa de propiedad tan admirable que tanto distingue a su Nilo de los demás ríos. Ni menos hubiera deseado también el descubrimiento de la razón por qué es el único aquel río que ningún soplo o vientecillo despide.
XX. No ignoro que algunos griegos, echándola de físicos insignes, discurrieron tres explicaciones de los fenómenos del Nilo; dos de las cuales creo más dignas de apuntarse que de ser explanadas y discutidas. El primero de estos sistemas atribuye la plenitud e inundaciones del río a los vientos etesios,[114] que cierran el paso a sus corrientes para que no desagüen en el mar. Falso es esto supuesto, pues que el Nilo cumple muchas veces con su oficio sin aguardar a que soplen los etesios. El mismo fenómeno debiera además suceder con otros ríos, cuyas aguas corren en oposición con el soplo de aquellos vientos, y en mayor grado aún, por ser más lánguidas sus corrientes como menores que las del Nilo. Muchos hay de estos ríos en la Siria; muchos en la Libia, y en ninguno sucede lo que en aquel.
XXI. La otra opinión, aunque más ridícula y extraña que la primera, presenta en sí un no sé qué de grande y maravilloso, pues supone que el Nilo procede del Océano, como razón de sus prodigios, y que el Océano gira fluyendo alrededor de la tierra.
XXII. La tercera, finalmente, a primera vista la más probable, es de todas las más desatinada; pues atribuir las avenidas del Nilo a la nieve derretida, son palabras que nada dicen. El río nace en la Libia, atraviesa el país de los etíopes, y va a difundirse por el Egipto; ¿cómo cabe, pues, que desde climas ardorosos, pasando a otros más templados, pueda nacer jamás de la nieve deshecha y liquidada?
Un hombre hábil y capaz de observación profunda hallará motivos en abundancia que le presenten como improbable el origen que se supone al río en la nieve derretida. El testimonio principal será el ardor mismo de los vientos al soplar desde aquellas regiones; segunda, falta de lluvias o de nevadas,[115] a las cuales siguen siempre aquellas con cinco días de intervalo; por fin, el observar que los naturales son de color negro de puro tostados, que no faltan de allí en todo el año los milanos y las golondrinas, y que las grullas arrojadas de la Escitia por el rigor de la estación acuden a aquel clima para tomar cuarteles de invierno. Nada en verdad de todo esto sucediera, por poco que nevase en aquel país de donde sale y se origina el Nilo, como convence con evidencia la razón.
XXIII. El que haga proceder aquel río del Océano, no puede por otra parte ser convencido de falsedad cubierto con la sombra de la mitología. Protesto a lo menos que ningún río conozco con el nombre de Océano.[116] Creo, sí, que habiendo dado con esta idea el buen Homero o alguno de los poetas anteriores, se la apropiaron para el adorno de su poesía.
XXIV. Mas si, desaprobando yo tales opiniones, se me preguntare al fin lo que siento en materia tan oscura, sin hacerme rogar daré la razón por la que entiendo que en verano baja lleno el Nilo hasta rebosar. Obligado en invierno el sol a fuerza de las tempestades y huracanes a salir de su antiguo giro y ruta, va retirándose encima de la Libia a lo más alto del cielo. Así todo lacónicamente se ha dicho, pues sabido es que cualquier región hacia la cual se acerque girando este dios de fuego, deberá hallarse en breve muy sedienta, agotados y secos los manantiales que en ella anteriormente brotaban.
XXV. Lo explicaremos más clara y difusamente. Al girar el sol sobre la Libia, cuyo cielo se ve en todo tiempo sereno y despejado, y cuyo clima sin soplo de viento refrigerante es siempre caluroso, obra en ella los mismos efectos que en verano, cuando camina por en medio del cielo. Entonces atrae el agua para sí; y atraída, la suspende en la región del aire superior, y suspensa la toman los vientos, y luego la disipan y esparcen; y prueba es el que de allá soplen los vientos entre todos más lluviosos, el Noto y el Sudoeste. No pretendo por esto que el sol, sin reservar porción de agua para sí[117] vaya echando y despidiendo cuanta chupa del Nilo en todo el año. Mas declinando en la primavera el rigor del invierno, y vuelto otra vez el sol al medio del cielo, atrae entonces igualmente para sí el agua de todos los ríos de la tierra. Crecidos en aquella estación con el agua de las copiosas lluvias que recogen, empapada ya la tierra y hecha casi un torrente, corren entonces en todo su caudal; mas a la llegada del verano, no alimentados ya por las lluvias, chupados en parte por el sol, se arrastran lánguidos y menoscabados. Y como las lluvias no alimentan al Nilo,[118] y siendo el único entre los ríos a quien el sol chupe y atraiga en invierno, natural es que corra entonces más bajo y menguado que en verano, en la época en que, al par de los demás, contribuye con su agua a la fuerza del sol, mientras en invierno es el único objeto de su atracción. El sol, en una palabra, es en mi concepto el autor de tales fenómenos.
XXVI. Al mismo sol igualmente atribuyo el árido clima y cielo de la Libia, abrasando en su giro a toda la atmósfera, y el que reine en toda la Libia un perpetuo verano.[119] Pues si trastornándose el cielo se trastornara el orden anuo de las estaciones; si donde el Bóreas y el invierno moran se asentaran el Noto y el mediodía; o si el Bóreas arrojase al Noto de su morada con tal trastorno, en mi sentir, echado el sol en medio del cielo por la violencia de los aquilones, subiría al cénit de la Europa, como actualmente se pasea encima de la Libia, y girando asiduamente por toda ella, haría, en mi concepto, con el Istro lo que con el Nilo está al presente sucediendo.
XXVII. Respecto a la causa de no exhalarse del Nilo viento alguno, natural me parece que falte este en países calurosos, observando que procede de alguna cosa fría en general. Pero, sea como fuere, no presumo descifrar el secreto que sobre este punto hasta el presente se mantuvo.
XXVIII. Ninguno de cuantos hasta ahora traté, egipcio, libio o griego, pudo darme conocimiento alguno de las fuentes del Nilo.[120] Hallándome en Egipto, en la ciudad de Sais, di con un tesorero de las rentas de Atenea, el cual, jactándose de conocer tales fuentes, creí querría divertirse un rato y burlarse de mi curiosidad. Decíame que entre la ciudad de Elefantina y la de Siena, en la Tebaida, se hallan dos montes, llamado Crofi el uno y Mofi el otro, cuyas cimas terminan en dos picachos, y que manan en medio de ellos las fuentes del Nilo, abismos sin fondo en su profundidad, de cuyas aguas la mitad corre al Egipto contraria al Bóreas, y la otra, opuesta al Noto, hacia la Etiopía.[121] Y contaba, en confirmación de la profundidad de aquellas fuentes, que reinando Psamético en Egipto, para hacer la experiencia mandó formar una soga de millares y millares de orgias y sondear con ella, sin que se pudiese hallar fondo en el abismo. Esto decía el depositario de Atenea; ignoro si en lo último había verdad. Discurro en todo lance que debe existir un hervidero de agua que con sus borbotones y remolinos impida bajar hasta el suelo la sonda echada, impeliéndola contra los montes.
XXIX. Nada más pude indagar sobre el asunto; pero informándome cuan detenidamente fue posible, he aquí lo que averigüé como testigo ocular hasta la ciudad de Elefantina, y lo que supe de oídas sobre el país que más adentro se dilata.[122] Siguiendo, pues, desde Elefantina arriba, darás con un recuesto tan arduo, que es preciso para superarlo atar tu barco por entrambos lados como un buey sujeto por las astas, pues si se rompiere por desgracia la cuerda, iríase río abajo la embarcación arrebatada por la fuerza de la corriente. Cuatro días de navegación contarás en este viaje, durante el cual no es el Nilo menos tortuoso que el Meandro. El tránsito que tales precauciones requiere no es menor de doce esquenos. Encuentras después una llanura donde el río forma y circuye una isla que lleva el nombre de Tacompso, habitada la mitad por los egipcios y la mitad por los etíopes, que empiezan a poblar el país desde la misma Elefantina. Con la isla confina una gran laguna, alrededor de la cual moran los etíopes llamados nómadas. Pasada esta laguna, en la que el Nilo desemboca, se vuelve a entrar en la madre del río: allí es preciso desembarcar y seguir cuarenta jornadas el camino por las orillas, siendo imposible navegar el río en aquel espacio por los escollos y agudas peñas que de él sobresalen. Concluido por tierra este viaje y entrando en otro barco, en doce días de navegación llegas a Méroe,[123] que este es el nombre de aquella gran ciudad, capital, según dice, de otra casta de etíopes que solo a dos dioses prestan culto, a Zeus y a Dioniso, bien que mucho se esmeran en honrarlos: tienen un oráculo de Zeus allí mismo, según cuyas divinas respuestas se deciden a la guerra, haciéndola cómo y cuándo y en dónde aquel su dios lo ordenare.
XXX. Siguiendo por el río desde la última ciudad, en el mismo tiempo empleado en el viaje desde Elefantina, llegas a los _desertores_, que en idioma del país llaman Asmaj,[124] y que en el griego equivale a _los que asisten a la izquierda del rey_. Fueron en lo antiguo[125] veinticuatro miríadas de soldados que desertaron a los etíopes con la ocasión que referiré. En el reinado de Psamético estaban en tres puntos repartidas las fuerzas del imperio; en Elefantina contra los etíopes, en Dafnes de Pelusio[126] contra los árabes y sirios, y en Marea contra la Libia, los primeros de los cuales conservan los persas fortificados en mis días, del mismo modo que en aquel tiempo. Sucedió que las tropas egipcias, apostadas en Elefantina, viendo que nadie venía a relevarlas después de tres años de guarnición, y deliberando sobre su estado, determinaron de común acuerdo desertar de su patria pasando a la Etiopía. Informado Psamético, corre luego en su seguimiento, y alcanzándolos, les ruega y suplica encarecidamente por los dioses patrios, por sus hijos, por sus esposas, que tan queridas prendas no consientan en abandonarlas. Es fama que uno entonces de los desertores, con un ademán obsceno le respondió «que ellos, según eran, donde quiera hallarían medios en sí mismos de tener hijos y mujeres». Llegados a Etiopía, y puestos a la obediencia de aquel soberano, fueron por él acogidos y aun premiados, pues les mandó en recompensa que, arrojando a ciertos etíopes malcontentos y amotinados, ocupasen sus campos y posesiones. Resultó de esta nueva vecindad y acogida que fueron humanizándose los etíopes con los usos y cultura de la colonia egipcia, que aprendieron con el ejemplo.[127]
XXXI. Bien conocido es el Nilo todavía, más allá del Egipto que baña, en el largo trecho que, ya por tierra, ya por agua se recorre en un viaje de cuatro meses; que tal resulta si se suman los días que se emplean en pasar desde Elefantina hasta los _desertores_. En todo el espacio referido corre el río desde poniente; pero más allá no hay quien diga nada cierto ni positivo, siendo el país un puro yermo abrasado por los rayos del sol.
XXXII. No obstante, oí de boca de algunos cireneos que yendo en romería al oráculo de Amón, habían entrado en un largo discurso con Etearco, rey de los amonios, y que viniendo por fin a recaer la conversación sobre el Nilo, y sobre lo oculto y desconocido de sus fuentes, les contó entonces aquel rey la visita que había recibido de los nasamones, pueblos que ocupan un corto espacio en la Sirte y sus contornos por la parte de levante. Preguntados estos por Etearco acerca de los desiertos de la Libia, le refirieron que hubo en su tierra ciertos jóvenes audaces e insolentes, de familias las más ilustres, que habían acordado, entre otras travesuras de sus mocedades, sortear a cinco de entre ellos para hacer nuevos descubrimientos en aquellos desiertos y reconocer sitios hasta entonces no penetrados. El rigor del clima los invitaría a ello seguramente, pues aunque empezando desde el Egipto, y siguiendo la costa del mar que mira al norte, hasta el cabo Solunte,[128] su último término, está la Libia poblada de varias tribus de naturales, además del terreno que ocupan algunos griegos y fenicios; con todo, la parte interior más allá de la costa y de los pueblos de que está sembrada, es madre y región de fieras propiamente, a la cual sigue un arenal del todo árido, sin agua y sin viviente que lo habite. Emprendieron, pues, sus viajes los mancebos, de acuerdo con sus camaradas, provistos de víveres y de agua; pasaron la tierra poblada, atravesaron después la región de las fieras,[129] y dirigiendo su rumbo hacia occidente por el desierto, y cruzando muchos días unos vastos arenales, descubrieron árboles por fin en una llanura, y aproximándose empezaron a echar mano de su fruta. Mientras estaban gustando de ella, no sé qué hombrecillos, menores que los que vemos entre nosotros de mediana estatura, se fueron llegando a los nasamones, y asiéndoles de las manos, por más que no se entendiesen en su idioma mutuamente, los condujeron por dilatados pantanos, y al fin de ellos a una ciudad cuyos habitantes, negros de color, eran todos del tamaño de los conductores, y en la que vieron un gran río que la atravesaba de poniente a levante, y en el cual aparecían cocodrilos.
XXXIII. Temo que parezca ya harto larga la fábula de Etearco el amonio; diré solo que añadía, según el testimonio de los cireneos, que los descubridores nasamones, de vuelta de sus viajes, dieron por hechiceros a los habitantes de la ciudad en que penetraron, y que conjeturaba que el río que la atraviesa podía ser el mismo Nilo.[130] No fuera difícil, en efecto, pues que este río no solo viene de la Libia, sino que la divide por medio; y deduciendo lo oculto por lo conocido, conjeturo que no es el Nilo inferior al Istro[131] en lo dilatado del espacio que recorre. Empieza el Istro en la ciudad de Pirene desde los celtas, los que están más allá de las columnas de Heracles, confinantes con los cinesios, último pueblo de la Europa, situado hacia el ocaso, y después de atravesar toda aquella parte del mundo, desagua en el Ponto Euxino, junto a los istrienos, colonos de los milesios.
XXXIV. Mas al paso que corriendo el Istro por tierra culta y poblada es de muchos bien conocido, nadie ha sabido manifestarnos las fuentes del Nilo, que camina por el país desierto y despoblado de la Libia. Referido llevo cuanto he podido saber sobre su curso, al cual fui siguiendo con mis investigaciones cuan lejos me fue posible. El Nilo va a parar al Egipto, país que cae enfrente de Cilicia la montuosa, desde donde un correo a todo aliento llegará en cinco días por camino recto a Sínope, situada en las orillas del Ponto Euxino, enfrente de la cual desagua el Istro en el mar. De aquí opino que igual espacio que el último recorrerá el Nilo atravesando la Libia. Mas bastante y harto se ha tratado ya de aquel río.
XXXV. Difusamente vamos a hablar del Egipto, pues de ello es digno aquel país, por ser entre todos maravilloso, y por presentar mayor número de monumentos que otro alguno, superiores al más alto encarecimiento. Tanto por razón de su clima, tan diferente de los demás, como por su río, cuyas propiedades tanto le distinguen de cualquier otro, distan los egipcios enteramente de los demás pueblos en leyes, usos y costumbres. Allí son las mujeres las que venden, compran y negocian públicamente, y los hombres hilan, cosen y tejen, impeliendo la trama hacia la parte inferior de la urdimbre, cuando los demás la dirigen comúnmente a la superior.[132] Allí los hombres llevan la carga sobre la cabeza, y las mujeres sobre los hombros. Las mujeres orinan en pie; los hombres se sientan para ello. Para sus necesidades se retiran a sus casas, y salen de ellas comiendo por las calles, dando por razón que lo indecoroso, por necesario que sea, debe hacerse a escondidas, y que puede hacerse a las claras cualquier cosa indiferente. Ninguna mujer se consagra allí por sacerdotisa a dios o diosa alguna: los hombres son allí los únicos sacerdotes. Los varones no pueden ser obligados a alimentar a sus padres contra su voluntad; tan solo las hijas están forzosamente sujetas a esta obligación.[133]