Los nueve libros de la Historia (1 de 2)
Part 11
CCVII. Creso, que se hallaba presente a la deliberación, desaprobó el dictamen de los persas, y manifestó su opinión contraria en estos términos: «Ya te he dicho, señor, otras veces, que puesto que el cielo me ha hecho siervo tuyo, procuraré con todas mis fuerzas estorbar cualquier desacierto que trate de cometerse en tu casa. Mis desgracias me proporcionan, en medio de su amargura, algunos documentos provechosos. Si te consideras inmortal, y que también lo es tu ejército, ninguna necesidad tengo de manifestarte mi opinión; pero si tienes presente que eres hombre y que mandas a otros hombres, debes advertir, antes de todo, que la fortuna es una rueda, cuyo continuo movimiento a nadie deja gozar largo tiempo de la felicidad. En el caso propuesto, soy de parecer contrario al que han manifestado tus consejeros, y encuentro peligroso que esperes al enemigo en tu propio país; pues en caso de ser vencido, te expones a perder todo el imperio, siendo claro que, vencedores los maságetas, no volverán atrás huyendo, sino que avanzarán a lo interior de tus dominios. Por el contrario, si los vences, nunca cogerás tanto fruto de la victoria como si, ganando la batalla en su mismo país, persigues a los maságetas fugitivos y derrotados. Debe pensarse por lo mismo en vencer al enemigo, y caminar después en derechura a sojuzgar el reino de Tomiris; además de que sería ignominioso para el hijo de Cambises ceder el campo a una mujer, y volver atrás un solo paso. Soy, por consiguiente, de dictamen que pasemos el río, y avanzando lo que ellos se retiren, procuremos conseguir la victoria. Esos maságetas, según he oído, no tienen experiencia de las comodidades que en Persia se disfrutan, ni han gustado jamás nuestras delicias. A tales hombres convendría prevenirles en nuestro mismo campo un copioso banquete, matando un gran número de carneros, y dejándolos bien preparados, con abundancia de vino puro y todo género de manjares. Hecho esto, confiando la custodia de los reales a los soldados más débiles, nos retiraríamos hacia el río. Cuando ellos viesen a su alcance tantas cosas buenas, no dudo que se abalanzarían a gozarlas y nos suministrarían la mejor ocasión de sorprenderlos ocupados, y de hacer en ellos una matanza horrible».
CCVIII. Estos fueron los pareceres que se dieron a Ciro; el cual, desechando el primero y conformándose con el de Creso, envió a decir a Tomiris que se retirase, porque él mismo determinaba pasar el río y marchar contra ella. Retirose en efecto la reina, como antes lo tenía ofrecido. Entonces fue cuando Ciro puso a Creso en manos de su hijo Cambises, a quien declaraba por sucesor suyo, encargándole con las mayores veras que cuidase mucho de honrarle y hacerle bien en todo, si a él por casualidad no le saliese felizmente la empresa que acometía. Después de esto, enviolos a Persia juntos; y él poniéndose al frente de sus tropas, pasó con ellas el río.
CCIX. Estando ya de la otra parte del Araxes, venida la noche y durmiendo en la tierra de los maságetas, tuvo Ciro una visión entre sueños que le representaba al hijo mayor de Histaspes con alas en los hombros, una de las cuales cubría con su sombra el Asia y la otra la Europa. Este Histaspes era hijo de Arsaces, de la familia de los aqueménidas, y su hijo mayor, Darío, joven de veinte años, se había quedado en Persia por no tener la edad necesaria para la milicia. Luego que despertó Ciro, se puso a reflexionar acerca del sueño, y como le pareciese grande y misterioso, hizo llamar a Histaspes, y quedándose con él a solas, le dijo: «He descubierto, Histaspes, que tu hijo maquina contra mi persona y contra mi soberanía. Voy a decirte el modo seguro como lo he sabido. Los dioses, teniendo de mí un especial cuidado, me revelan cuanto me debe suceder; y ahora mismo he visto la noche pasada entre sueños que el mayor de tus hijos tenía en sus hombros dos alas, y que con la una llenaba de sombra el Asia, y con la otra la Encopa. Esta visión no puede menos de ser indicio de las asechanzas que trama contra mí. Vete, pues, desde luego a Persia y dispón las cosas de modo que cuando yo esté de vuelta, conquistado ya este país, me presentes a tu hijo para hacerle los cargos correspondientes».
CCX. Esto dijo Ciro, imaginando que Darío le ponía asechanzas; pero lo que el cielo le pronosticaba era la muerte que debía sobrevenirle, y la traslación de su corona a las sienes de Darío. Entonces le respondió Histaspes: «No permita Dios que ningún persa de nacimiento maquine jamás contra vuestra persona, y perezca mil veces el traidor que lo intentase. Vos fuisteis, oh rey, quien de esclavos hizo libres a los persas, y de súbditos de otros, señores de todos. Contad enteramente conmigo, porque estoy prontísimo a entregaros a mi hijo, para que de él hagáis lo que quisiereis, si alguna visión os le mostró amigo de novedades en perjuicio de vuestra soberanía». Así respondió Histaspes; en seguida repasó el río y se puso en camino para Persia, con objeto de asegurar a Darío y presentarle a Ciro cuando volviese.
CCXI. Partiendo del Araxes, se adelantó Ciro una jornada, y puso por obra el consejo que le había sugerido Creso; conforme al cual se volvió después hacia el río con la parte más escogida y brillante de sus tropas, dejando allí la más débil y flaca. Sobre estos últimos cargó en seguida la tercera parte del ejército de Tomiris, y por más que se defendieron, los pasó a todos al filo de la espada. Pero viendo los maságetas, después de la muerte de sus contrarios, las mesas que estaban preparadas, sentáronse a ellas, y de tal modo se hartaron de comida y de vino, que por último se quedaron dormidos. Entonces los persas volvieron al campo, y acometiéndoles de firme, mataron a muchos y cogieron vivos a muchos más, siendo de este número su general, el hijo de la reina Tomiris, cuyo nombre era Espargapises.
CCXII. Informada Tomiris de lo sucedido en su ejército y en la persona de su hijo, envió un mensajero a Ciro, diciéndole: «No te ensoberbezcas, Ciro, hombre insaciable de sangre, por la grande hazaña que acabas de ejecutar. Bien sabes que no has vencido a mi hijo con el valor de tu brazo, sino engañándole con esa pérfida bebida, con el fruto de la vid, del cual sabéis vosotros henchir vuestros cuerpos, y perdido después el juicio, deciros todo género de insolencias. Toma el saludable consejo que voy a darte. Vuelve a mi hijo y sal luego de mi territorio, contento con no haber pagado la pena que debías por la injuria que hiciste a la tercera parte de mis tropas. Y si no lo practicas así, te juro por el sol, supremo señor de los maságetas, que por sediento que te halles de sangre, yo te saciaré de ella».
CCXIII. Ciro no hizo caso de este mensaje. Entretanto, Espargapises, así que el vino le dejó libre la razón y con ella vio su desgracia, suplicó a Ciro le quitase las prisiones; y habiéndolo conseguido, dueño de sus manos, las volvió contra sí mismo y acabó con su vida. Este fue el trágico fin del joven prisionero.
CCXIV. Viendo Tomiris que Ciro no daba oídos a sus palabras, reunió todas sus fuerzas y trabó con él la batalla más reñida que en mi concepto se ha dado jamás entre las naciones bárbaras. Según mis noticias, los dos ejércitos empezaron a pelear con sus arcos a cierta distancia; pero consumidas las flechas, vinieron luego a las manos y se acometieron vigorosamente con sus lanzas y espadas. La carnicería duró largo tiempo, sin querer ceder el puesto ni los unos ni los otros, hasta que al cabo quedaron vencedores los maságetas. Las tropas persas sufrieron una pérdida espantosa, y el mismo Ciro perdió la vida, después de haber reinado veintinueve años. Entonces fue cuando Tomiris, habiendo hecho llenar un odre de sangre humana, mandó buscar entre los muertos el cadáver de Ciro; y luego que fue hallado, le cortó la cabeza y la metió dentro del odre, insultándole con estos palabras: «Perdiste a mi hijo cogiéndole con engaño a pesar de que yo vivía y de que yo soy tu vencedora. Pero yo te saciaré de sangre cumpliendo mi palabra». Este fue el término que tuvo Ciro, sobre cuya muerte sé muy bien las varias historias que se cuentan; pero yo la he referido del modo que me parece más creíble.
CCXV. Los maságetas en su vestido y modo de vivir se parecen mucho a los escitas, y son a un mismo tiempo soldados de a caballo y de a pie. En sus combates usan de flechas y de lanzas, y llevan también cierta especie de segures, que llaman _ságares_. Para todo se sirven del oro y del bronce: del bronce para las lanzas, saetas y segures; y del oro para el adorno de las cabezas, los ceñidores y las bandas que cruzan debajo de los brazos. Ponen a los caballos un peto de bronce, y emplean el oro para el freno, las riendas y demás jaez. No hacen uso alguno de la plata y del hierro, porque el país no produce estos metales, siendo en él muy abundantes el oro y el bronce.
CCXVI. Los maságetas tienen algunas costumbres particulares. Cada uno se casa con su mujer; pero el uso de las casadas es común para todos, pues lo que los griegos cuentan de los escitas en este punto, no son los escitas, sino los maságetas los que lo hacen, entre los cuales no se conoce el pudor; y cualquier hombre, colgando del carro su aljaba, puede juntarse sin reparo con la mujer que le acomoda. No tiene término fijo para dejar de existir; pero si uno llega a ser ya decrépito, reuniéndose todos los parientes le matan con una porción de reses, y cociendo su carne, celebran con ella un gran banquete. Este modo de salir de la vida se mira entre ellos como la felicidad suprema, y si alguno muere de enfermedad, no se hace convite con su carne, sino que se le entierra con grandísima pesadumbre de que no haya llegado al punto de ser inmolado. No siembran cosa alguna, y viven solamente de la carne de sus rebaños y de la pesca que el Araxes les suministra en abundancia. Su bebida es la leche. No veneran otro dios que el sol, a quien sacrifican caballos; y dan por razón de su culto, que al más veloz de los dioses no puede ofrecerse víctima más grata que el más ligero de los animales.
LIBRO SEGUNDO.
EUTERPE.
Antes de pasar Heródoto a referir la conquista de Egipto por Cambises, hijo de Ciro, que reserva para el libro siguiente, traza en este segundo una descripción topográfica del Egipto. — El Nilo, su origen, extensión y avenidas. — Costumbres civiles y religiosas de los egipcios. — Heracles. — Animales sagrados. — Métodos de embalsamar los cadáveres. — Reyes antiguos de Egipto: Menes, Nitocris, Meris. — Sesostris, sus conquistas, repartición del Egipto. — Proteo hospeda en Menfis a Helena, robada por Alejandro, entretanto que los griegos destruyen a Troya. — Rampsinito. — Queops obliga a los egipcios a construir las pirámides. — Micerino manda abrir los templos. — Invasión de los etíopes. — Setón, sacerdote y rey. — Cronología de los egipcios. — División del Egipto en doce partes. — El Laberinto. — Psamético se apodera de todo el Egipto: su descendencia: Neco, Psamis, Apríes. — Amasis vence a Apríes y con su buena administración hace prosperar al Egipto.
I. Después de la muerte de Ciro, tomó el mando del imperio su hijo Cambises, habido en Casandane, hija de Farnaspes, por cuyo fallecimiento, mucho antes acaecido, había llevado Ciro y ordenado en todos sus dominios el luto más riguroso. Cambises, pues, heredero de su padre, contando entre sus vasallos a los jonios y a los eolios, llevó a estos griegos, de quienes era señor, en compañía de sus demás súbditos, a la expedición que contra el Egipto dirigía.
II. Los egipcios vivieron en la presunción de haber sido los primeros habitantes del mundo, hasta el reinado de Psamético.[95] Desde entonces, cediendo este honor a los frigios, se quedaron ellos en su concepto con el de segundos. Porque queriendo aquel rey averiguar cuál de las naciones había sido realmente la más antigua, y no hallando medio ni camino para la investigación de tal secreto, echó mano finalmente de original invención. Tomó dos niños recién nacidos de padres humildes y vulgares, y los entregó a un pastor para que allá entre sus apriscos los fuese criando de un modo desusado, mandándole que los pusiera en una solitaria cabaña, sin que nadie delante de ellos pronunciara palabra alguna, y que a las horas convenientes les llevase unas cabras con cuya leche se alimentaran y nutrieran, dejándolos en lo demás a su cuidado y discreción. Estas órdenes y precauciones las encaminaba Psamético al objeto de poder notar y observar la primera palabra en que los dos niños al cabo prorrumpiesen, al cesar en su llanto e inarticulados gemidos. En efecto, correspondió el éxito a lo que se esperaba. Transcurridos ya dos años en expectación de que se declarase la experiencia, un día, al abrir la puerta, apenas el pastor había entrado en la choza, se dejaron caer sobre él los dos niños, y alargándole sus manos, pronunciaron la palabra _becós_. Poco o ningún caso hizo por la primera vez el pastor de aquel vocablo; mas observando que repetidas veces, al irlos a ver y cuidar, otra voz que _becós_ no se les oía, resolvió dar aviso de lo que pasaba a su amo y señor, por cuya orden, juntamente con los niños, pareció a su presencia. El mismo Psamético, que aquella palabra les oyó, quiso indagar a qué idioma perteneciera y cuál fuese su significado, y halló por fin que con este vocablo se designaba el pan entre los frigios.[96] En fuerza de tal experiencia cedieron los egipcios de su pretensión de anteponerse a los frigios en punto de antigüedad.
III. Que pasase en estos términos el acontecimiento, yo mismo allá en Menfis lo oía de boca de los sacerdotes de Hefesto, si bien los griegos, entre otras muchas fábulas y vaciedades, añaden que Psamético, mandando cortar la lengua a ciertas mujeres, ordenó después que a cuenta de ellas corriese la educación de las dos criaturas; mas lo que llevo arriba referido es cuanto sobre el punto se me decía. Otras noticias no leves ni escasas recogí en Menfis conferenciando con los sacerdotes de Hefesto; pero no satisfecho con ellas, hice mis viajes a Tebas y a Heliópolis con la mira de ser mejor informado y ver si iban acordes las tradiciones de aquellos lugares con las de los sacerdotes de Menfis, mayormente siendo tenidos los de Heliópolis, como en efecto lo son, por los más eruditos y letrados del Egipto. Mas respecto a los arcanos religiosos, cuales allí los oía, protesto desde ahora no ser mi ánimo dar de ellos una historia, sino solo publicar sus nombres, tanto más cuanto imagino que acerca de ellos todos nos sabemos lo mismo.[97] Añado que cuanto en este punto voy a indicar, lo haré únicamente a más no poder, forzado por el hilo mismo de la narración.
IV. Explicábanse, pues, con mucha uniformidad aquellos sacerdotes, por lo que toca a las cosas públicas y civiles. Decían haber sido los egipcios los primeros en la tierra que inventaron la descripción del año, cuyas estaciones dividieron en doce partes o espacios de tiempo, gobernándose en esta economía por las estrellas. Y en mi concepto, ellos aciertan en esto mejor que los griegos, pues los últimos, por razón de las estaciones, acostumbran intercalar el sobrante de los días al principio de cada tercer año; al paso que los egipcios, ordenando doce meses por año, y treinta días por mes, añaden a este cómputo cinco días cada año, logrando así un perfecto círculo anual con las mismas estaciones que vuelven siempre constantes y uniformes. Decían asimismo que su nación introdujo la primera los nombres de los doce dioses que de ellos tomaron los griegos;[98] la primera en repartir a las divinidades sus aras, sus estatuas y sus templos; la primera en esculpir sobre el mármol los animales, mostrando allí muchos monumentos en prueba de cuanto iban diciendo. Añadían que Menes fue el primer hombre que reinó en Egipto; aunque el Egipto todo fuera del _nomo tebano_,[99] era por aquellos tiempos un puro cenagal, de suerte que nada parecía entonces de cuanto terreno al presente se descubre más abajo del lago Meris, distante del mar siete días de navegación, subiendo el río.
V. En verdad que acerca de este país discurrían ellos muy bien, en mi concepto; siendo así que salta a los ojos de cualquier atento observador, aunque jamás lo haya oído de antemano, que el Egipto es una especie de terreno postizo, y como un regalo del río mismo, no solo en aquella playa a donde arriban las naves griegas, sino aun en toda aquella región que en tres días de navegación se recorre más arriba de la laguna Meris; aunque es verdad que acerca del último terreno nada me dijeron los sacerdotes. Otra prueba hay de lo que voy diciendo, tomada de la condición misma del terreno de Egipto, pues si navegando uno hacia él echare la sonda a un día de distancia de sus riberas, la sacará llena de lodo de un fondo de once _orgias_.[100] Tan claro se deja ver que hasta allí llega el poso que el río va depositando.
VI. La extensión del Egipto a lo largo de sus costas, según nosotros lo medimos, desde el golfo de Plintina hasta la laguna Serbónida, por cuyas cercanías se dilata el monte Casio, no es menor de 60 _esquenos_. Uso aquí de esta especie de medida por cuanto veo que los pueblos de corto terreno suelen medirlo por _orgias_; los que lo tienen más considerable, por _estadios_;[101] los de grande extensión, por _parasangas_, y los que lo poseen excesivamente dilatado, por _esquenos_. El valor de estas medidas es el siguiente: la _parasanga_ comprende treinta _estadios_, y el _esqueno_, medida propiamente egipcia, comprende hasta sesenta. Así que lo largo del Egipto por la costa del mar es de 3600 _estadios_.
VII. Desde las costas penetrando en la tierra hasta que se llega a Heliópolis, es el Egipto un país bajo, llano y extendido, falto de agua, y de suyo cenagoso. Para subir desde el mar hacia la dicha Heliópolis, hay un camino que viene a ser tan largo como el que desde Atenas, comenzando en el _Ara de los doce dioses_, va a terminar en Pisa en el templo de Zeus Olímpico, pues si se cotejasen uno y otro camino, se hallaría ser bien corta la diferencia entre los dos, como solo de 15 estadios, teniendo el que va desde el mar a Heliópolis 1500 cabales, faltando 15 para este número al que une a Pisa con Atenas.
VIII. De Heliópolis arriba es el Egipto un angosto valle. Por un lado tiene la sierra de los montes de Arabia, que se extiende desde norte al mediodía y al viento Noto, avanzando siempre hasta el mar Eritreo; en ella están las canteras que se abrieron para las pirámides de Menfis. Después de romperse en aquel mar, tuerce otra vez la cordillera hacia la referida Heliópolis, y allí, según mis informaciones, en su mayor longitud de levante a poniente viene a tener un camino de dos meses, siendo su extremidad oriental muy feraz en incienso. He aquí cuanto de este monte puedo decir. Al otro lado del Egipto, confinante con la Libia, se dilata otro monte pedregoso, donde están las pirámides, monte encubierto y envuelto en arena, tendiendo hacia mediodía en la misma dirección que los opuestos montes de la Arabia. Así, pues, desde Heliópolis arriba, lejos de ensancharse la campiña, va alargándose como un angosto valle por cuatro días[102] enteros de navegación, en tanto grado que la llanura encerrada entre las dos sierras, la líbica y la arábiga, no tendrá a mi parecer más allá de 200 estadios en su mayor estrechura, desde la cual continúa otra vez ensanchándose el Egipto.
IX. Esta viene a ser la situación natural de aquella región. Desde Heliópolis hasta Tebas se cuentan nueve días de navegación, viaje que será de 4860 estadios, correspondientes a 81 _esquenos_: sumando, pues, los estadios que tiene el Egipto, son: 3600 a lo largo de la costa, como dejo referido; desde el mar hasta Tebas tierra adentro 6120,[103] y 1800, finalmente, de Tebas a Elefantina.
X. La mayor parte de dicho país, según decían los sacerdotes, y según también me parecía, es una tierra recogida y añadida lentamente al antiguo Egipto. Al contemplar aquel valle estrecho entre los dos montes que dominan la ciudad de Menfis, se me figuraba que habría sido en algún tiempo un seno de mar,[104] como lo fue la comarca de Ilión, la de Teutrania, la de Éfeso y la llanura del Meandro, si no desdice la comparación de tan pequeños efectos con aquel tan admirable y gigantesco. Porque ninguno de los ríos que con su poso llegaron a cegar los referidos contornos es tal y tan grande que se pueda igualar con una sola boca de las cinco[105] por las que el Nilo se derrama. Verdad es que no faltan algunos que sin tener la cuantía y opulencia del Nilo, han obrado, no obstante, en este género grandiosos efectos, muchos de los cuales pudiera aquí nombrar, sin conceder el último lugar al río Aqueloo, que corriendo por Acarnania y desaguando en sus costas, ha llegado ya a convertir en tierra firme la mitad de las islas Equínadas.
XI. En la región de Arabia, no lejos de Egipto, existe un golfo larguísimo y estrecho, el cual se mete tierra adentro desde el mar del sur, o Eritreo;[106] golfo tan largo que, saliendo de su fondo y navegándole a remo, no se llegará a lo dilatado del Océano hasta cuarenta días de navegación; y tan estrecho, por otra parte, que hay paraje en que se lo atraviesa en medio día de una a otra orilla; y siendo tal, no por eso falta en él cada día su flujo y reflujo concertado. Un golfo semejante a este imagino debió ser el Egipto que desde el mar Mediterráneo se internara hacia la Etiopía, como penetra desde el mar del sur hacia la Siria aquel golfo arábigo de que volveremos a hablar. Poco faltó, en efecto, para que estos dos senos llegasen a abrirse paso en sus extremos, mediando apenas entre ellos una lengua da tierra harto pequeña que los separa. Y si el Nilo quería torcer su curso hacia el golfo arábigo, ¿quién impidiera, pregunto, que dentro del término de veinte mil años a lo menos, no quedase cegado el golfo con sus avenidas? Mi idea por cierto es que en los últimos diez mil años que precedieron a mi venida al mundo, con el poso de algún río debió quedar cubierta y cegada una parte del mar. ¿Y dudaremos que aquel golfo, aunque fuera mucho mayor, quedase lleno y terraplenado con la avenida de un río tan opulento y caudaloso como el Nilo?
XII. En conclusión, yo tengo por cierta esta lenta y extraña formación del Egipto, no solo por el dicho de sus sacerdotes, sino porque vi y observé que este país se avanza en el mar más que los otros con que confina, que sobre sus montes se dejan ver conchas y mariscos,[107] que el salitre revienta de tal modo sobre la superficie de la tierra, que hasta las pirámides va consumiendo, y que el monte que domina a Menfis es el único en Egipto que se vea cubierto de arena. Añádase a lo dicho que no es aquel terreno parecido ni al de la Arabia comarcana, ni al de la Libia, ni al de los sirios, que son los que ocupan las costas del mar arábigo; pues no se ve en él sino una tierra negruzca y hendida en grietas, como que no es más que un cenagal y mero poso que, traído de la Etiopía, ha ido el río depositando, al paso que la tierra de Libia es algo roja y arenisca, y la de la Arabia y la de Siria es harto gredosa y bastante petrificada.