Los nueve libros de la Historia (1 de 2)

Part 15

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LXXXVI. Allí tienen oficiales especialmente destinados a ejercer el arte de embalsamar, los cuales, apenas es llevado a su casa algún cadáver, presentan desde luego a los conductores unas figuras de madera, modelos de su arte, las cuales con sus colores remedan al vivo un cadáver embalsamado. La más primorosa de estas figuras, dicen ellos mismos, es la de un sujeto cuyo nombre no me atrevo ni juzgo lícito publicar. Enseñan después otra figura inferior en mérito y menos costosa, y por fin otra tercera más barata y ordinaria, preguntando de qué modo y conforme a qué modelo desean se les adobe el muerto; y después de entrar en ajuste y cerrado el contrato, se retiran los conductores. Entonces, quedando a solas los artesanos en su oficina, ejecutan en esta forma el adobo de primera clase. Empiezan metiendo por las narices del difunto unos hierros encorvados, y después de sacarle con ellos los sesos, introducen allá sus drogas e ingredientes. Abiertos después los ijares con piedra de Etiopía aguda y cortante, sacan por ellos los intestinos, y purgado el vientre, lo lavan con vino de palma y después con aromas molidos, llenándolo luego de finísima mirra, de casia, y de variedad de aromas, de los cuales exceptúan el incienso, y cosen últimamente la abertura.[162] Después de estos preparativos adoban secretamente el cadáver con salitre durante setenta días, único plazo que se concede para guardarle oculto; luego se le faja, bien lavado, con ciertas vendas cortadas de una pieza de finísimo lino, untándole al mismo tiempo con aquella goma de que se sirven comúnmente los egipcios en vez de cola.[163] Vuelven entonces los parientes por el muerto, toman su momia, y la encierran en un nicho o caja de madera, cuya parte exterior tiene la forma y apariencia de un cuerpo humano, y así guardada la depositan en un aposentillo, colocándola en pie y arrimada a la pared. He aquí el modo más exquisito de embalsamar los muertos.

LXXXVII. Otra es la forma con que preparan el cadáver los que, contentos con la medianía, no gustan de tanto lujo y primor en este punto. Sin abrirle las entrañas ni extraerle los intestinos, por medio de unos clisteres llenos de aceite de cedro, se lo introducen por el orificio, hasta llenar el vientre con este licor, cuidando que no se derrame después y que no vuelva a salir. Adóbanle durante los días acostumbrados, y en el último sacan del vientre el aceite antes introducido, cuya fuerza es tanta, que arrastra consigo en su salida tripas, intestinos y entrañas ya líquidas y derretidas. Consumida al mismo tiempo la carne por el nitro de afuera, solo resta del cadáver la piel y los huesos; y sin cuidarse de más, se restituye la momia a los parientes.

LXXXVIII. El tercer método de adobo, de que suelen echar mano los que tienen menos recursos, se deduce a limpiar las tripas del muerto a fuerza de lavativas, y adobar el cadáver durante los setenta días prefijados, restituyéndole después al que lo trajo para que lo vuelva a su casa.

LXXXIX. En cuanto a las matronas de los nobles del país y a las mujeres bien parecidas, se toma la precaución de no entregarlas luego de muertas para embalsamar, sino que se difiere hasta el tercero o cuarto día después de su fallecimiento. El motivo de esta dilación no es otro que el de impedir que los embalsamadores abusen criminalmente de la belleza de las difuntas, como se experimentó, a lo que dicen, en uno de esos inhumanos, que se llegó a una de las recién muertas, según se supo por la delación de un compañero de oficio.

XC. Siempre que aparece el cadáver de algún egipcio o de cualquier extranjero presa de un cocodrilo o arrebatado por el río, es deber de la ciudad en cuyo territorio haya sido arrojado enterrarle en lugar sacro, después de embalsamarle y amortajarle del mejor modo posible. Hay más todavía, pues no se permite tocar al difunto a pariente o amigo alguno, por ser este un privilegio de los sacerdotes del Nilo, los que con sus mismas manos lo componen y sepultan como si en el cadáver hubiera algo de sobrehumano.

XCI. Huyen los egipcios de los usos y costumbres de los griegos, y en una palabra, de cuantas naciones viven sobre la faz de la tierra; pero este principio, común en todos ellos, padece alguna excepción en la gran ciudad de Quemis, del distrito de Tebas, vecina a la de Neápolis.[164] Perseo, el hijo de Dánae, tiene en ella un templo cuadrado, circuido en torno de una arboleda de palmas. El propileo[165] del templo está formado de grandes piedras de mármol, y en él se ven en pie dos grandes estatuas, de mármol asimismo: dentro del sagrado recinto hay una capilla, y en ella la estatua de Perseo. Los buenos quemitas cuentan que muchas veces se les aparece en la comarca, otras no pocas en su templo; y aun a veces se encuentra una sandalia de las que calza el semidiós, no como quiera, sino tamaña de dos codos, cuya aparición, a lo que dicen, es siempre agüero de bienes, y promesa de un año de abundancia para todo Egipto. En honor de Perseo celebran juegos gímnicos según la costumbre griega, en los que entra todo género de certamen, y se proponen por premio animales, pieles y mantos de abrigo. Quise investigar de ellos la razón por la que Perseo los distinguía entre los demás egipcios con sus apariciones, y por qué se singularizaban en honrarle con sus juegos gímnicos; a lo que me respondieron que el semidiós era hijo de la ciudad, y me contaban que dos de sus compatriotas, llamado el uno Dánao y Linceo el otro, habían pasado por mar a la Hélade, y de la descendencia de entrambos, que me deslindaron, nació Perseo, el cual, pasando por Egipto en el viaje que hizo a la Libia con el mismo objeto que refieren los griegos de traer la cabeza de Gorgona, visitó la ciudad de Quemis, cuyo nombre sabía por su madre, y que allí reconoció a todos sus parientes, y que por su mandato se celebraban los juegos gímnicos desde entonces.

XCII. Los usos hasta aquí referidos pertenecen a los egipcios que moran más arriba de los pantanos; los que viven en medio de ellos se asemejan enteramente a los primeros en costumbres y en tener una sola esposa,[166] como también sucede entre los griegos; pero exceden a los demás en ingenio y habilidad para alcanzar el sustento. Cuando la campiña queda convertida en mar durante la avenida del río, suelen criarse dentro del agua misma muchos lirios, que llaman _loto_[167] los naturales, de los que, después de segados y secos al sol, extraen la semilla, parecida en medio de la planta a la de la adormidera, amasando con ella sus panes y cociéndolos al horno. Sírveles también de alimento la raíz del mismo _loto_, de figura algo redonda y del tamaño de una manzana. Otros lirios nacen allí en el agua estancada del río muy parecidos a las rosas, de cuyas raíces sale una vaina semejante en forma al panal de las avispas, dentro de la cual se encierra un fruto formado de ciertos granos apiñados a manera de confites y del tamaño del hueso de aceituna, que se pueden comer así tiernos como secos. Tienen otra planta llamada _biblo_,[168] de anual cosecha, cuya parte inferior, después de arrancada y sacada del pantano, se come y se vende, siendo de un codo de largo, y cortándose la superior para otros usos. Los que buscan en el _biblo_ más delicado gusto antes de comerlo suelen meterlo a tostar en un horno bien caldeado. No falta gente en el país cuyo único alimento es la pesca, y que comen los peces, después de limpiados de las tripas y de secarlos al sol.

XCIII. Aunque los ríos no suelen criar pesca gregal o de comitiva, la producen las lagunas del Egipto, en las que sucede que apenas sienten los peces el instinto de formar nuevas crías, nadan en tropas hacia el mar; los machos al frente conducen aquel rebaño, despidiendo al mismo tiempo la semilla que, sorbida por las hembras que los persiguen, las hace preñadas. Después de llenas en el mar, dan todos la vuelta y nadan hacia su primitiva guarida; pero entonces no son ya los machos los pilotos, por decirlo así, del rumbo, sino que se alzan las hembras con la dirección del rebaño, a imitación de lo que han visto hacer a los otros en la ida, y van despidiendo sus huevos, tan pequeños como un granito de mijo, que son engullidos por los machos que les van en seguimiento. Cada uno de aquellos granos es un pescadillo, y de los que quedan en el agua escapando de la voracidad de los machos nacen después los pescados. Se observa que los que se cogen en su salida al mar, tienen la cabeza algo raída a la parte izquierda, pero en los cogidos a la vuelta se les ve como rozada y desflorada la derecha, porque van hacia el mar siguiendo la orilla izquierda, y toman a la vuelta el mismo rumbo, acercándose cuanto pueden a la ribera, y nadando junto a tierra, para evitar que la corriente del río no los desvíe y aleje de su camino.[169] Apenas crece el Nilo se empiezan al mismo tiempo a llenarse las hoyas que forma la tierra, y los pantanos vecinos al río, con el agua que del mismo se comunica y trasfunde, y en aquellas balsas acabadas de llenar hierve de repente un hormiguero de pescadillos. Creo, pues, y difícil será que me engañe, que el año anterior, al menguar el Nilo, los peces se fueron retirando con las últimas aguas hacia la madre del río, dejando en el lodo sus huevos, de los cuales salen de repente los nuevos peces al volver al año siguiente la avenida de las aguas.[170] He aquí cuanto de ellos puede decirse.

XCIV. Los mismos egipcios de las lagunas exprimen para su uso cierto ungüento, que llaman _kiki_, de la fruta de los _siliciprios_,[171] plantas que en Grecia se crían naturalmente en los campos, y que sembradas en Egipto a orillas del río o de las lagunas dan muy copioso fruto, aunque de un olor ingrato. Apenas es cogido este, hay quien lo machaca para exprimir su jugo, y suelen también freírlo en la sartén para recoger el licor que de él va manando, el cual viene a ser cierto humor craso, que para la luz del candil no sirviera menos que el aceite, si no despidiera un olor pesado y molesto.

XCV. Varios remedios han discurrido los naturales para defenderse y librarse de los mosquitos, plaga en Egipto infinita. Los que viven más allá de los pantanos se suben y guarecen en sus altas torres, donde no pueden los mosquitos remontar su tenue vuelo vencidos de la fuerza de los vientos; los que moran vecinos a las lagunas, en vez del asilo de las torres, acuden al amparo de una red, con que se previene cada uno, cogiendo en ella de día los insectos como pesca, y tomando de noche para defenderse en su aposento dormitorio aquella misma red, con que rodea su cama y dentro de la cual se echa a dormir. Es singular que si allí duerme uno cubierto con sus vestidos o envuelto en sus sábanas, penetran por ellas los mosquitos y le pican, al paso que huyen tanto de la red, que ni aun se atreven a tentar el paso por sus aberturas.

XCVI. Las barcas de carga se fabrican allí de madera de espino, árbol muy semejante en lo exterior al loto de Cirene, y cuya lágrima es la goma. Su construcción, muy singular por cierto, se forma de tablones de espino de dos codos, compuestos a manera de tejas y unidos entre sí con largos y muy espesos clavos. Construido así el buque, en la parte de arriba se tienden los bancos del batel en vez de cubierta, sin valerse absolutamente de los maderos que llamamos costillas; y lo calafatean luego con biblo por la parte interior. El timón está metido de modo que llega y aun pasa por la quilla. El mástil es de espino, y las jarcias y velas de biblo. Estas barcas, que no son capaces de navegar río arriba, a no tener buen viento, suben tiradas desde la orilla; pero río abajo navegan con la sola ayuda de un rejado que llevan hecho de varas de tamariz, entretejido a manera de cañizo y parecido a una puerta, y de una piedra agujereada que pesará como dos talentos o quintales. Al partir, arrojan al agua de proa su rejado atado al barco con una soga, y de popa la piedra también atada; el rejado, impelido por la corriente, vase largando y tirando a remolque la _baris_, que así se llaman estas barcas, mientras dirige su curso la piedra arrastrada desde la popa surcando el fondo del río. Hay un sinnúmero de estas naves, y algunas de tanto buque que cargan con muchos miles de talentos.

XCVII. En el tiempo que el Nilo inunda el país, aparecen únicamente las ciudades a flor del agua con una perspectiva muy parecida a la que presentan las islas en el mar Egeo, pues entonces es un mar todo el Egipto, y solo las poblaciones asoman su cabeza sobre el agua. Durante la inundación, en vez de seguir la corriente del río, se navega por lo llano de la campiña, según manifiestamente aparece, pues la navegación trillada y ordinaria de Náucratis a Menfis es por cerca de las pirámides, rumbo que se deja durante la inundación por otro que pasa por la punta del Delta y la ciudad de Cercasoro. Del mismo modo, el que desde la costa, saliendo de Canobo, quisiera navegar sobre la campiña hacia Náucratis, hará su viaje por la ciudad de Antila y por otra que se llama Arcandro.

XCVIII. No quiero omitir, ya que hice mención de estas dos ciudades, que Antila, que lo es bien considerable, está señalada para el chapín y el calzado de la esposa del actual monarca de Egipto, tributo introducido desde que el persa se hizo señor del reino. Acerca de la otra, llamada Arcandro, creo debió tomar su nombre de aquel Arcandro que fue yerno de Dánao, hijo de Ptío y nieto de Aqueo. Bien cabe que haya existido otro Arcandro, pero lo que no admite duda es que este nombre no es egipcio.

XCIX. Cuanto llevo dicho hasta el presente es lo que yo mismo vi, lo que supe por experiencia, lo que averigüé con mis pesquisas; lo que en adelante iré refiriendo lo oí de boca de los egipcios, aunque entre ello mezclaré algo aún de lo que vi por mis ojos. De Menes, el primero que reinó en Egipto, decíanme los sacerdotes que desvió con un dique el río para secar el terreno de Menfis, pues observando que el río se echaba con toda su corriente hacia las raíces del monte arenoso de la Libia, discurrió para desviarle levantar un terraplén en un recodo que forma el río por la parte de mediodía a unos cien estadios más arriba de Menfis, y logró con aquella obra que, encanalada el agua por un nuevo cauce, no solo dejase enjuta la antigua madre del río, sino que aprendiese a dirigir su curso a igual distancia de los dos montes. Es cierto que aun al presente mantienen los persas en aquel recodo en que se obliga al Nilo a torcer su curso, mucha gente apostada para reforzar cada año el mencionado dique; y con razón, pues si rompiendo por allí el río se precipitase por el otro lado, iría sin duda a pique Menfis y quedara sumergida. Apenas hubo Menes, el primer rey, desviado el Nilo y enjugado el terreno, fundó primeramente en él la ciudad que ahora se llama Menfis,[172] realmente edificada en aquella especie de garganta del Egipto y rodeada con una laguna artificial que él mismo mandó excavar por el norte y mediodía, empezando desde el río, que la cerraba al oriente. Al mismo tiempo erigió en su nueva ciudad un templo a Hefesto, monumento en verdad magnífico y memorable.

C. Los mismos sacerdotes me iban leyendo en un libro el catálogo de nombres de 330 reyes posteriores a Menes.[173] En tan larga serie de tantas generaciones se contaban 18 reyes etíopes, una reina egipcia y los demás reyes egipcios también. El nombre de aquella reina única era Nitocris, el mismo que tenía la otra reina de Babilonia, y de ella contaban que, recibida la corona de mano de los egipcios, que habían quitado la vida a su hermano, supo vengarse de los regicidas por medio de un ardid. Mandó fabricar una larga habitación subterránea, con el pretexto de dejar un monumento de nueva invención; y bajo este color, con una mira bien diversa, convidó a un nuevo banquete a muchos de los egipcios que sabía haber sido motores y principales cómplices en la alevosa muerte de su hermano. Sentados ya a la mesa, en medio del convite dio orden que se introdujese el río en la fábrica subterránea por un conducto grande que estaba oculto. A este acto de la reina añadían el de haberse precipitado en seguida por sí misma dentro de una estancia llena de ceniza a fin de no ser castigada por los egipcios.

CI. De los demás reyes del catálogo decían que, no habiendo dejado monumento alguno, ninguna gloria ni esplendor quedaba de ellos en la posteridad, si se exceptúa el último, llamado Meris, pues este hizo muchas obras públicas, edificando en el templo de Hefesto los propileos o pórticos que miran al viento Bóreas, mandando excavar una grandísima laguna cuyos estadios de circunferencia referiré más abajo, y levantando en ella unas pirámides, de cuya magnitud daré razón al hablar de la laguna. Tantos fueron los monumentos que a Meris se deben, cuando ni uno solo dejaron los demás.

CII. Bien podré por lo mismo pasar a estos en silencio, para hacer desde luego mención del otro gran monarca que con el nombre de Sesostris les sucedió en la corona.[174] Decíanme de Sesostris los sacerdotes que, saliendo del golfo Arábigo con una armada de naves largas, sujetó a su dominio a los que habitaban en las costas del mar Eritreo, alargando su viaje hasta llegar a no sé qué bajíos que hacían el mar innavegable; que desde el mar Eritreo, dada la vuelta a Egipto, penetró por tierra firme con un ejército numeroso que juntó, conquistando tantas naciones cuantas delante se le ponían, y si hallaba con alguna valiente de veras y amante de sostener su libertad, erigía en su distrito, después de haberla vencido, unas columnas en que grababa una inscripción que declarase su nombre propio, el de su patria y la victoria con su ejército obtenida sobre aquel pueblo; si le acontecía, empero, no encontrar resistencia en algún otro, y rendir sus plazas con facilidad, fijaba asimismo en la comarca sus columnas con la misma inscripción grabada en las otras, pero mandaba esculpir en ellas además la figura de una mujer, queriendo sirviese de nota de la cobardía de los vencidos, menos hombres que mujeres.

CIII. Lleno de gloria Sesostris con tantos trofeos, iba corriendo las provincias del continente del Asia, de donde pasando a Europa domó en ella a los escitas y tracios, hasta cuyos pueblos llegó, a lo que creo, el ejército egipcio, sin pasar más allá, pues que en su país y no más lejos se encuentran las columnas. Desde este término, dando la vuelta hacia atrás por cerca del río Fasis, no tengo bastantes luces para asegurar si el mismo rey, separando alguna gente de su ejército, la dejaría allí en una colonia que fundó, o si algunos de sus soldados, molidos y fastidiados de tanto viaje, se quedarían por su voluntad en las cercanías de aquel río.

CIV. Así me expreso, porque siempre he tenido la creencia de que los colcos no son más que egipcios, pensamiento que concebí antes que a ninguno lo oyera. Para salir de dudas y satisfacer mi curiosidad, tomé informes de entrambas naciones, y vine a descubrir que los colcos conservaban más viva la memoria de los egipcios que no estos de aquellos, si bien los egipcios no negaban que los colcos fuesen un cuerpo separado antiguamente de la armada de Sesostris. Dio motivo a mis sospechas acerca del origen de los colcos el verlos negros de color y crespos de cabellos; pero no fiándome mucho en esta conjetura, puesto que otros pueblos hay además de los egipcios negros y crespos, me fundaba mucho más en la observación de que las únicas naciones del globo que desde su origen se circuncidan son los colcos, egipcios y etíopes, pues que los fenicios y sirios[175] de la Palestina confiesan haber aprendido del Egipto el uso de la circuncisión. Respecto de los otros sirios situados en las orillas de los ríos Termodonte y Partenio, y a los macrones sus vecinos y comarcanos, únicos pueblos que se circuncidan, afirman haberlo aprendido modernamente de los colcos. No sabría, empero, definir, entre los egipcios y etíopes, cuál de los dos pueblos haya tomado esta costumbre del otro, viéndola en ambos muy antigua y de tiempo inmemorial. Descubro, no obstante, un indicio para mí muy notable, que me inclina a pensar que los etíopes la tomaron de los egipcios, con quienes se mezclaron, y es haber observado que los fenicios que tratan y viven entre los griegos no se cuidan de circuncidar como los egipcios a los hijos que les van naciendo.[176]

CV. Y una vez que hablo de los colcos, no quiero omitir otra prueba de su mucha semejanza con los egipcios, con quienes frisa no poco su tenor de vida y su modo de hablar, y es el idéntico modo con que trabajan el lino. Verdad es que el de colcos se llama entre los griegos lino _sardónico_, y el otro _egipcio_, del nombre de su país.

CVI. Volviendo a las columnas que el rey Sesostris iba levantando en diversas regiones, si bien muchas ya no parecen al presente, algunas vi yo mismo existentes todavía en la Siria palestina, en las cuales leí la referida inscripción y noté grabados los miembros de una mujer. En la Jonia se dejan ver también dos figuras de aquel héroe esculpidas en mármoles; una en el camino que va a Focea desde el dominio de Éfeso; otra en el que va desde Sardes hacia Esmirna. En ambas partes vese grabado un varón alto de cinco palmos, armado con su lanza en la mano derecha, y con su ballesta en la izquierda, con la demás armadura correspondiente, toda etiópica y egipcia. Desde un hombro a otro corren esculpidas por el pecho unas letras egipcias con caracteres sagrados que dicen: _Esta región la gané con mis hombres_. Es verdad no se dice allí quién sea el conquistador representado, ni de dónde vino; pero en otras partes lo dejó expreso. Sé que algunos que vieron tales figuras conjeturan, sin dar en el blanco, si sería la imagen de Memnón.[177]

CVII. Añadían los sacerdotes que, vuelto Sesostris de sus conquistas con gran comitiva de prisioneros traídos de las provincias subyugadas, fue hospedado en Dafnes de Pelusio por un hermano encargado en su ausencia del gobierno del Egipto, quien durante el convite que daba como huéspedes a Sesostris y a sus hijos, mandó rodear de leña el exterior de la casa, y luego de amontonada se le diese fuego. Entendiendo Sesostris lo que se hacía, y consultando con su mujer, a quien llevaba siempre en su compañía, lo que en lance tan apretado debía hacerse, recibió de ella el consejo de arrojar a la hoguera dos de los seis hijos que allí tenía y formar con ellos un puente por el cual saliesen los demás salvos de aquel incendio; consejo que resolvió poner por obra, logrando salvarse con la pérdida de dos hijos, con los demás de la compañía.[178]

CVIII. Restituido Sesostris al Egipto y vengada desde luego la alevosía de su hermano, sirviose de la tropa de prisioneros que consigo llevaba en bien público del estado, pues ellos fueron los que en aquel reinado arrastraron al templo de Hefesto los mármoles que en él hay de una grandeza descomunal; ellos los empleados por fuerza en abrir los fosos y canales que al presente cruzan el Egipto, haciendo a su pesar que aquel país, antes llano, abierto como un coso a la caballería y a las ruedas de los carros, dejase de serlo en adelante; pues, en efecto, desde aquella sazón, aunque sea el Egipto una gran llanura, con los canales que en él se abrieron, muchos en número vueltos y revueltos hacia todas partes, se hizo impracticable a la caballería e intransitable a las ruedas. El objeto que tuvo aquel monarca cortando con tantos canales el terreno, fue proveer de agua saludable a sus vasallos, pues veía que cuantos egipcios habitaban tierra adentro apartados de las orillas del río, hallándose faltos de agua corriente al retirar el Nilo su avenida, acudían por necesidad a la de los pozos, bebida harto gruesa y pesada.