Los muertos mandan

Chapter 8

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Luego, haciendo un esfuerzo, concentraba su atención, y oía a Febrer que le hablaba de grandes y lejanas ciudades, de desfiles de coches lujosos, con mujeres que ostentaban las últimas modas, de escalinatas de teatros por donde descendían cascadas de brillantes, plumas y hombros desnudos, esforzándose él por colocarse al nivel del pensamiento de la muchacha, por halagarla con estas descripciones de gloria femenil.

Jaime no decía más, pero Catalina adivinaba el propósito que había precedido a estas palabras. Ella, la infeliz muchacha de «la calle», la _chueta_, habituada a ver a los suyos plegados y temerosos bajo el peso de un odio tradicional, visitaría estas ciudades, se mezclaría en los desfiles de riqueza, tendría francas las puertas que había contemplado siempre cerradas, y entraría por ellas apoyándose en el brazo de un hombre que le había parecido siempre la representación de todas las grandezas terrenales.

--¡Cuándo veré yo eso!--murmuraba Catalina con hipócrita humildad--. Yo estoy condenada a vivir en la isla; yo soy una pobre muchacha que no he hecho mal a nadie, y sin embargo he sufrido grandes disgustos... Debo ser antipática.

Febrer se lanzó por el camino que le franqueaba esta habilidad femenil. ¡Antipática!... No, Catalina. Él había venido a Valldemosa sólo por verla, por hablarla. Le ofrecía una vida nueva. Todo aquello que le causaba asombro podía conocerlo y paladearlo con sola una palabra. ¿Quería casarse con él?...

Catalina, que esperaba esta propuesta desde una hora antes, palideció trémula de emoción. ¡Oírla de sus labios!... Pasó mucho tiempo sin contestar, y al fin balbuceó algunas palabras. Era una felicidad, la mayor de su existencia, pero una doncella bien educada no debe contestar inmediatamente.

--¿Yo?... Veremos... ¡Es tan grande esta sorpresa!

Jaime quiso insistir, pero en el mismo instante salió al jardín el capitán Valls, llamándole con grandes voces. Debían irse a Palma: ya había dado orden al cochero para que enganchase. Febrer protestó sordamente. ¿Con qué derecho se mezclaba aquel entrometido en sus asuntos?...

La presencia de don Benito cortó su protesta. Bufaba angustiosamente, con el rostro congestionado. El capitán se movía con hostil nerviosidad, protestando de la tardanza del cochero. Adivinábase que los hermanos acababan de sostener una discusión violenta. El mayor miró a su hija, miró a Jaime, y pareció serenarse al adivinar que los dos se habían entendido.

Don Benito y Catalina les acompañaron hasta el carruaje. El asmático cogió una mano de Febrer entre las suyas con vehemente apretón. Aquélla era su casa, y él un verdadero amigo deseoso de servirle. Si necesitaba su auxilio, podía mandar como quisiera. ¡Lo mismo que si fuese de la familia!... Todavía nombró una vez más a don Horacio, recordando su antigua amistad. Luego le invitó a que almorzase con ellos dos días después, sin acordarse para nada de su hermano.

--Sí, volveré--dijo Jaime lanzando una mirada a Catalina que la hizo enrojecer.

Cuando perdieron de vista la verja de la casa, detrás de la cual agitaban sus manos el padre y la hija, el capitán Valls lanzó una ruidosa carcajada.

--Según parece, ¿quieres que sea tío tuyo?--preguntó irónicamente.

Febrer, que iba furioso por la intervención de su amigo y la rudeza con que le había hecho abandonar la casa, dio expansión a su cólera. ¿Y a él qué le importaba? ¿Con qué derecho se atrevía a mezclarse en sus asuntos?... Era ya bastante grande para no necesitar consejeros.

--¡Alto!--dijo el marino retrepándose en el asiento y llevando sus manos al chambergo de mosquetero caído sobre su cogote--. ¡Alto, galán!... Me mezclo porque soy de la familia. Creo que se trata de mi sobrina; a lo menos así me parece.

--Y si quiero casarme con ella, ¿qué?... Tal vez a Catalina le parezca bien; tal vez su padre se muestre conforme.

--No digo que no; pero soy su tío, y el tío protesta y dice que esa boda es un disparate.

Jaime le miró con asombro. ¡Disparate casarse con un Febrer! ¿Acaso deseaba algo mejor para su sobrina?...

--Disparate por parte de ellos y disparate por tu parte--afirmó Valls--. ¿Te has olvidado de dónde vives? Tú puedes ser mi amigo, el amigo del _chueta_ Pablo Valls, al que ves en el café, en el Casino, y que además tienen las gentes por medio loco. ¡Pero casarte con una mujer de mi familia!...

Y el marino reía al pensar en esta unión. Los parientes de Jaime iban a indignarse contra él, negándole para siempre el saludo. Más tolerantes se mostrarían si cometía un asesinato. Su tía «la Papisa Juana» iba a chillar como si presenciase un sacrilegio. Él lo perdería todo, y su sobrina, olvidada y tranquila hasta entonces, iba a trocar el aburrimiento de su casa, monótono y triste, pero que al fin era una paz, por una vida infernal de disgustos, humillaciones y desprecios.

--No; te lo repito: el tío se opone.

Hasta las gentes del populacho que se decían enemigas de los ricos se indignarían al ver a un _butifarra_ casándose con una _chueta_. Había que respetar el ambiente tradicional de la isla, so pena de morir como moriría su hermano Benito, por falta de aire. Era peligroso querer modificar de un golpe la obra de siglos. Hasta los que llegaban de fuera, limpios de prejuicios, sufrían al poco tiempo la influencia de esta repulsión de razas que parecía diluida en la atmósfera.

--Una vez--continuó Valls--vino un matrimonio belga a establecerse en la isla, recomendado a mí por un amigo de Amberes. Les atendí, les hice toda clase de favores. «Tengan ustedes cuidado--dije muchas veces--; piensen que soy _chueta_, y los _chuetas_ son gente muy mala.» La mujer reía. ¡Qué barbaridad! ¡Qué atraso el de la isla! Judíos los había en todas partes y eran gentes iguales a las otras. Nos vimos menos, trataron a otras personas. Un año después, al encontrarme en la calle, miraron a todos lados antes de saludarme. Ahora me ven y vuelven la cara siempre que pueden... ¡Lo mismo que si fuesen mallorquines!

¡Casarse!... Esto era para toda la vida. En los primeros meses, Jaime haría frente a las murmuraciones y los desprecios; pero el tiempo pasa, un odio de siglos no se fatiga en el transcurso de unos cuantos años, y Febrer acabaría por arrepentirse de su aislamiento, reconocería su error al ir contra las preocupaciones de la gran masa, y sería Catalina la que sufriese las consecuencias, viéndose mirada en su hogar como un signo de ignominia. No; con el matrimonio pocos juegos. En España es indisoluble, no hay divorcio, y el hacer experiencias con él resulta caro. Por eso Valls se había mantenido célibe.

Febrer, irritado por estas palabras, apeló al recuerdo de las ruidosas propagandas que hacía Pablo contra los enemigos de los _chuetas_.

--¿Pero tú no deseas la dignificación de los tuyos? ¿No te irritas de que miren a los de «la calle» como personas diferentes a las otras?... ¡Qué mejor que este matrimonio para combatir las preocupaciones!...

El capitán agitó las manos para expresar su duda: «¡Ta, ta!... El matrimonio no probaba nada. En varias épocas de tolerancia y olvido momentáneo se habían casado cristianos viejos con gentes de «la calle». En la isla habían muchos que revelaban por sus apellidos estas mezclas. ¿Y qué? El odio y la separación continuaban lo mismo... Lo mismo no: un poco más amortiguados que en otros tiempos, pero latentes aún. Los que habían de acabar con esta situación eran la cultura de la gente, las costumbres nuevas, y esto resultaba obra de años y no se conseguía con un matrimonio. Además, los ensayos eran peligrosos y causaban víctimas. Si él tenía empeño en hacer la experiencia, podía escoger a otra que no fuese su sobrina.

Y Valls sonrió irónicamente al ver los gestos negativos de Febrer.

--¿Estás acaso enamorado de Catalina?--preguntó.

Los ojos de ámbar del capitán, maliciosos y fijos en Jaime, no le permitieron mentir. ¿Enamorado?... Enamorado no. Pero no era indispensable el amor para casarse. Catalina era simpática, podía ser una excelente esposa, una agradable compañera.

Pablo extremó más aún su sonrisa.

--Hablemos como buenos amigos, conocedores de la vida. Mi hermano te es más simpático que su hija. Él se encargará indudablemente de arreglar tus asuntos. Llorará al ver el dinero que le cuestas; pero tiene la manía del nombre, respeta y adora lo antiguo, y pasará por todo... Mas ¡no te fíes, Jaime! Es el tipo de esos judíos que salen en las comedias con un bolsón de oro, ayudando a las gentes en una mala hora, para exprimirlas después. Ésos son los que desacreditan a mi raza. Yo soy otra cosa. Cuando te tenga en su poder te arrepentirás del negocio que has hecho.

Febrer miró a su amigo con ojos hostiles. Lo mejor que podían hacer era no hablar más del asunto. Pablo era un loco, acostumbrado a decir cuanto pensaba, y él no iba a sufrirle siempre. Para continuar siendo amigos, lo mejor era callarse.

--Bueno, callemos--dijo Valls--. Pero conste una vez más que el tío se opone y que lo hago por ti y por ella.

Pasaron silenciosos el resto del camino. En el Borne se separaron con frío saludo, sin darse la mano.

Cuando Jaime entró en su casa era casi de noche. _Madó_ Antonia tenía sobre una mesa del recibimiento una candileja de aceite, cuya llama parecía hacer más densas las tinieblas de la vasta pieza.

Los ibicencos acababan de marcharse. Luego de almorzar con ella y vagar por la ciudad, habían esperado al señor hasta el anochecer. Tenían que pasar la noche en el falucho: el patrón quería darse a la vela antes del alba. Y _madó_ hablaba con bondadoso interés de aquellas gentes, que le parecían del otro extremo del mundo. ¡Cómo lo admiraban todo! Iban por la calle como asustados... ¿Y Margalida? ¡Qué muchacha tan hermosa!

La buena _madó_ Antonia tenía una idea en su boca y otra en el pensamiento, y mientras seguía al señor hasta su dormitorio, le examinaba disimuladamente, queriendo adivinar algo en su rostro. ¿Qué habría pasado en Valldemosa, Virgen del Lluch? ¿Qué sería de aquel plan disparatado que había expuesto Febrer durante el desayuno?...

Pero el amo estaba de mal talante, y respondía con palabras breves a sus preguntas. No se quedaba en casa: cenaría en el Casino. A la luz de un quinqué que alumbraba débilmente su vasto dormitorio, cambió de traje y se acicaló un poco, tomando una llave enorme de manos de _madó_ para abrir cuando volviese a altas horas de la noche.

A las nueve, al dirigirse al Casino, vio a la puerta de la calle, en un café del Borne, a su amigo Toni Clapés, el contrabandista. Era un hombretón de rostro afeitado y carilleno, con traje de payés. Parecía un cura del campo vestido de labriego para pasar la noche en Palma. Con sus alpargatas blancas, la camisa sin corbata y el sombrero echado atrás, entraba en cafés y sociedades, siendo recibido con grandes extremos de amistad. En el Casino le admiraban los señores al ver cómo sacaba tranquilamente de sus bolsillos los billetes de Banco a puñados. Procedente de un pueblo del interior de la isla, había llegado, en fuerza de coraje y de arrostrar peligros, a ser el jefe de un Estado misterioso que todos conocían de lejos, pero cuyo secreto funcionamiento permanecía en la sombra. Tenía centenares de súbditos, capaces de morir por él y una flota invisible que navegaba de noche, sin miedo a los temporales, abordando a costas casi inaccesibles. Las preocupaciones y peligros de estas empresas no se traslucían nunca en su rostro jovial y sus ademanes generosos. Sólo se mostraba triste cuando pasaban varias semanas sin que él recibiese noticias de alguna barca salida de Argel en pleno mal tiempo.

--¡Perdida!--decía a sus amigos--. La barca y el cargamento importan poco... Iban siete hombres en ella, y yo también he navegado así... Procuraremos que a las familias no les falte el pan.

Otras veces, su tristeza era fingida, y al expresarla fruncía irónicamente sus labios: «Una escampavía del gobierno acaba de apresarme una barca.» Y todos reían, sabiendo que Toni dejaba algunos meses que le cogiesen una embarcación vieja con algunos bultos de tabaco, para que sus perseguidores pudieran ostentar de este modo un triunfo. Cuando había epidemia en los puertos de África, las autoridades de la isla, impotentes para guardar un litoral extenso, llamaban a Toni, apelando a su patriotismo de mallorquín, y el contrabandista prometía cesar momentáneamente en sus navegaciones o cargaba en otro punto para evitar el contagio.

Febrer tenía con este hombre rudo, alegre y generoso, una confianza fraternal. Muchas veces le había contado sus apuros para buscar el consejo de su astucia campesina. Él, que era incapaz de solicitar un préstamo de sus amigos del Casino, aceptaba el dinero de Toni en momentos difíciles, dinero del que no parecía acordarse más el contrabandista.

Al encontrarse se estrecharon la mano. «¿Has estado en Valldemosa?...» Toni sabía ya su viaje, gracias a la facilidad con que circulan las más insignificantes noticias en el ambiente monótono y calmoso de una ciudad provinciana ávida de curiosidades.

--Algo más cuentan--dijo Toni en su mallorquín de campesino--, algo que me parece mentira. ¿Dicen que te casas con la _atlota_ de don Benito Valls?

Febrer, admirado de que se supiesen tan pronto sus propósitos, no se atrevió a negar. Sí, era cierto. Sólo a Toni quería confesarlo.

El contrabandista hizo un gesto de repulsión, al mismo tiempo que sus ojos, acostumbrados a las mayores sorpresas, revelaban asombro.

--Haces mal, Jaime; haces mal.

Lo decía gravemente, como si estuviera tratando un asunto solemne.

El _butifarra_ tuvo con aquel amigo una confianza que no hubiera osado con ningún otro...

--¡Pero si estoy arruinado, querido Toni! ¡Si nada de lo que tengo en mi casa es ya mío! ¡Si los acreedores sólo me respetan por la esperanza de este matrimonio!...

Toni siguió moviendo la cabeza negativamente. El rudo payés, el contrabandista burlador de las leyes, parecía estupefacto por la noticia.

--De todos modos, haces mal. Debes salir de tus apuros como puedas, pero de otra manera... Los amigos te ayudaremos. ¿Casarte tú con una _chueta_?...

Se despidió de él con un vigoroso apretón de manos, como si le viese marchar hacia un peligro de muerte.

--Haces mal... piénsalo--dijo con tono de reproche--. ¡Haces mal, Jaime!

IV

Cuando Jaime se metió en su cama, tres horas después de la media noche, creyó ver en la obscuridad del dormitorio los rostros del capitán Valls y de Toni Clapés.

Parecían hablarle, lo mismo que en la tarde anterior. «Me opongo», repetía el marino con risa irónica. «No hagas eso», aconsejaba el contrabandista con gesto grave...

Había pasado la noche en el Casino, silencioso y malhumorado bajo la obsesión de estas protestas. ¿Qué tenía su proyecto de extraño y absurdo para que lo repeliese aquel _chueta_, a pesar de constituir un honor para su familia, y aquel payés rudo y falto de escrúpulos, que vivía casi fuera de la ley?...

Era cierto que en la isla este matrimonio iba a producir escándalos y protestas; pero ¿y él?... ¿No tenía derecho a buscar su salvación por cualquier medio? ¿Era acaso una novedad que gentes de su clase intentasen rehacer su fortuna por medio de un casamiento? ¿Y los duques y príncipes que buscaban el oro en América dando su mano a hijas de millonarios de origen más censurable que don Benito?...

¡Ay! Aquel loco de Pablo Valls tenía en parte razón. Esas alianzas podían ser en el resto del mundo, pero Mallorca, la amada _Roqueta_, tenía un alma todavía viva, el alma de otros siglos, cargada de odios y preocupaciones. Las gentes eran tales como habían nacido, tales como fueron sus padres, y así habían de seguir en el ambiente inmóvil de la isla, que no lograban conmover lejanas y tardas ondulaciones venidas de fuera.

Jaime se agitaba inquieto en su lecho. No tenía sueño... ¡Los Febrer! ¡Qué pasado tan glorioso! ¡Y cómo gravitaba sobre él este pasado, como una cadena de esclavitud que aún hacía más triste su miseria!...

Había pasado muchas tardes en el archivo de la casa, la pieza inmediata al comedor, registrando legajos apilados en armarios con puertas de alambre, a la luz suave que se filtraba por las persianas de los huecos. ¡Polvo y papel viejo que había que sacudir para que no lo devorasen las polillas! ¡Bárbaras cartas de navegación, con erróneos y caprichosos perfiles, que habían servido a los Febrer en sus primeras travesías comerciales!... Por todo esto apenas sí le darían con que comer unos días; y sin embargo, la familia había peleado durante siglos para hacerse digna de tal depósito y aumentarlo. ¡Cuánta gloria muerta!...

La verdadera fama de los suyos, rompiendo los límites de la historia de la isla, comenzaba en 1541 con la llegada del gran Emperador. Una armada de trescientas velas, con diez y ocho mil hombres de desembarco, se juntaba en la bahía de Palma para ir a la conquista de Argel. Estaban allí los tercios españoles mandados por Gonzaga, los alemanes regidos por el duque de Alba, los italianos acaudillados por Colonna, doscientos caballeros de Malta, a cuyo frente marchaba el comendador don Príamo Febrer, el héroe de la familia, y toda la flota navegaba bajo la dirección del gran marino Andrés Doria.

Mallorca acogía con fiestas mitológicas al señor de las Españas y las Indias, de Alemania e Italia, gotoso ya, y roído por otras dolencias. La mejor nobleza de Castilla seguía al Emperador en esta santa empresa, alojándose en las casas de los caballeros mallorquines. La de Febrer recibía como huésped a un noble improvisado, recién salido de la nada, cuyas lejanas hazañas y visibles riquezas inspiraban entusiasmos y murmuraciones. Era el marqués del Valle de Oaxaca, don Hernán Cortés, que había conquistado Méjico y venía en la expedición ansioso de medirse con los antiguos nobles de la Reconquista, ahora sus iguales, en una galera equipada a su costa, acompañado de sus hijos don Martín y don Luis. Una magnificencia real envolvía al lejano conquistador, dueño de fantásticas riquezas. Adornando el puente de su galera llevaba tres esmeraldas enormes, valuadas en más de cien mil ducados: una tallada en forma de flor, otra en forma de pájaro y otra de campanilla, a la que servía de badajo una perla gruesa. Con él iban servidores que habían estado en tan lejanas tierras, adoptando sus extraños usos. Enjutos hidalgos de color enfermizo pasaban silenciosos las horas muertas encendiendo unos manojos de hierbajos, a modo de trozos de cuerda, llamados «tobaco», y arrojando humo por su boca como demonios que ardiesen interiormente.

Las abuelas de Jaime habían conservado de generación en generación un grueso diamante sin tallar, recuerdo del heroico capitán por el generoso hospedaje de los Febrer. La piedra preciosa figuraba en los documentos de la familia, pero el abuelo don Horacio no había alcanzado a conocerla. Desapareció en el curso de los siglos, como tantas riquezas barridas por los apuros de una casa ostentosa.

Los Febrer preparaban un refresco para la armada, a nombre de Mallorca, pero costeado en gran parte por ellos. Este «refresca», para que el Emperador apreciase la abundancia de frutos de la isla, componíase de cien vacas, doscientos carneros, centenares de parejas de gallinas y pavos, de cuarteras de aceite y harina, de cuarterones de vino, de cuarterolas de queso, alcaparras y aceitunas, veinte barriles de agua de arrayán y cuatro quintales de cera blanca. Además, los Febrer avecindados en la isla y que no eran de la Orden de Malta se embarcaron en la escuadra con doscientos caballeros mallorquines, ansiosos de conquistar Argel, nido de piratas. Las trescientas galeras salieron de la bahía, ondeando sus flámulas entre el estruendo de cañones y bombardas, saludadas por el gentío aglomerado en las murallas. Nunca había reunido el Emperador una flota tan imponente.

Era en Octubre. El experto Doria ponía mal gesto. Para él no existían en el Mediterráneo otros puertos seguros que «Junio, Julio, Agosto... y Mahón». El Emperador se había retrasado demasiado en el Tirol e Italia. El papa Paulo III, al salir a su encuentro en Luca, le había profetizado desgracias por lo avanzado de la estación. Los expedicionarios desembarcaron en la playa de Hamma. El comendador Febrer, con sus caballeros de Malta, marchaba a vanguardia, sosteniendo incesantes choques con los turcos. El ejército se apoderó de las alturas que rodean a Argel y comenzó el sitio. Entonces se cumplieron las predicciones de Doria. Sobrevino una horrible tempestad, con toda la violencia del invierno africano. Las tropas, sin abrigo, caladas hasta los huesos durante la noche por la lluvia torrencial, sentíanse ateridas. Un viento furioso obligaba a los hombres a mantenerse tendidos en el suelo. Al amanecer, los turcos, aprovechando esta situación, cayeron por sorpresa sobre el ejército, que casi se desbandó.

Pero estaba allí el comendador Príamo, demonio de la guerra, insensible al agua y al fuego, duro, malicioso y despreciador de la fatiga, que contuvo el empuje enemigo con un puñado de sus caballeros. Españoles y alemanes se rehicieron, y los turcos se replegaron, perseguidos por los sitiadores, hasta las mismas murallas de Argel. Don Príamo Febrer, herido en la cara y en una pierna, se arrastró hasta una puerta de la ciudad, clavando en ella su puñal como testimonio de su avance.

En otra salida de la morisma, el choque era tan furioso, que cejaban los italianos, seguían su ejemplo los alemanes, y el Emperador, rojo de cólera al ver en fuga a sus soldados favoritos, desenvainaba la tizona, pedía su estandarte, metía espuelas al trotón y gritaba al brillante séquito de caballeros que le seguía: «¡Arriba, señores! Si me veis caer con el estandarte, levantad a éste antes que a mí.»

Los turcos huían ante el ímpetu de este escuadrón de hierro. Un Febrer, «el rico», el de la isla, abuelo remoto de Jaime, se había interpuesto por dos veces entre el Emperador y los enemigos, salvando su existencia. A la salida de un desfiladero, el fuego de las culebrinas turcas diezmó a los jinetes. El duque de Alba cogió la brida del caballo de su monarca. «Señor: que vuestra vida vale más que el triunfo.» Y el Emperador, serenándose, volvía al fin sobre sus pasos, y con un gesto de agradecimiento majestuoso se quitaba la cadena de oro pendiente de su cuello, para colocarla sobre los hombros de Febrer.

Mientras tanto, la tempestad destruía ciento sesenta buques, y el resto de la flota tenía que refugiarse detrás del cabo Matifux.

Los más de los nobles opinaban por una retirada inmediata. Hernán Cortés, el conde de Alcaudete, gobernador de Oran, y los caballeros mallorquines, con los Febrer a la cabeza, pedían que se pusiera en salvo el Emperador y dejase al ejército continuar solo la empresa. Al fin se decidió la retirada, y por cumbres y barrancas hinchadas de lluvia se fue realizando la triste operación acosados por el enemigo, dejando una estela de muertos y prisioneros. En plena tempestad se embarcaron los que pudieron. El mar embravecido devoró nuevos buques, y las galeras mallorquinas llegaron tristemente a la bahía de Palma escoltando al Emperador, que sin querer bajar a tierra se dirigió a la Península. Los Febrer volvieron a su casa cubiertos de gloria en plena derrota: uno con el testimonio de amistad del César; otro, el comendador, tendido en una camilla y blasfemando como un pagano por haberse interrumpido el cerco de Argel.

¡Príamo Febrer!... Jaime no podía pensar en este personaje sin un sentimiento de simpatía y curiosidad que le habían infundido los relatos escuchados en su infancia. Era el alma heroica y maldita de la familia. Las antiguas damas de la casa no mencionaban jamás su nombre, y al escucharlo bajaban los ojos y enrojecían. Guerrero de la Iglesia, santo caballero que había pronunciado voto de castidad al entrar en la Orden, llevaba siempre mujeres en su galera. Eran cristianas rescatadas al musulmán, que no tenía gran prisa en devolver a sus hogares, o infieles hechas esclavas en sus audaces desembarcos.