Chapter 7
Las interminables persecuciones sufridas por sus ascendientes irritaban a Valls. Todas las circunstancias eran buenas para atropellar a las gentes de «la calle». Cuando los payeses tenían agravios con los nobles y bajaban los foráneos en bandas armadas contra los ciudadanos de Palma, el conflicto se resolvía asaltando unos y otros el barrio de los _chuetas_, matando a los que no huían y robando sus tiendas. Si un batallón mallorquín recibía orden de marchar a España en caso de guerra, los soldados se amotinaban, salían del cuartel y saqueaban «la calle». Cuando las reacciones sucedían en España a las revoluciones, los realistas, para celebrar su triunfo, asaltaban las platerías de los _chuetas_, se apoderaban de sus riquezas y hacían hogueras con los muebles, arrojando a las llamas hasta los crucifijos... ¡Crucifijos de antiguo judío, que forzosamente habían de ser falsos!
--¿Y quiénes son los de «la calle»?--gritaba el capitán--. Ya se sabe: los que tienen la nariz y los ojos como yo. Pero hay muchos _chuetas_ que son romos y no presentan nada del tipo común. En cambio, ¿cuántos que se tienen por caballeros rancios, de nobleza orgullosa, presentan una cara que ni la de Abraham y Jacob?...
Existía una lista de apellidos sospechosos para conocer a los verdaderos _chuetas_. Pero estos mismos apellidos los llevaban cristianos viejos, y era el capricho tradicional el que separaba a unos de otros. Sólo habían quedado marcadas por el odio popular las familias descendientes de los que fueron azotados o quemados por la Inquisición. El famoso catálogo de los apellidos estaba sacado indudablemente de los autos del Santo Oficio.
--¡Una felicidad el hacerse cristiano! Los abuelos achicharrados en la hoguera y los nietos marcados y malditos por los siglos de los siglos...
El capitán perdía su tono irónico al recordar la historia horripilante de los _chuetas_ de Mallorca. Se coloreaban sus mejillas y brillaban sus ojos con fulgores de odio. Para vivir tranquilos, se habían convertido todos en masa en el siglo XV. No quedaba un judío en la isla, pero a la Inquisición le era preciso hacer algo para justificar su existencia, y hubo quemas de sospechosos de judaísmo en el Borne, espectáculos organizados, como decían los cronistas de la época, «con arreglo a las funciones más lucidas celebradas para el triunfo de la Fe en Madrid, Palermo y Lima».
Unos _chuetas_ fueron quemados, otros sufrieron azotes, otros salieron únicamente a la vergüenza con caperuza pintada de diablos y vela verde en la mano; pero todos vieron por igual confiscados sus bienes, y el Santo Tribunal se enriqueció. Desde entonces, los sospechosos de judaísmo, los que no contaban con un protector clérigo, tuvieron que ir todos los domingos a misa a la catedral con sus familias, bajo el mando y custodia de un alguacil, que los formaba en rebaño, les ponía un manto para que nadie los confundiese, y así los llevaba al templo, entre las rechiflas, insultos y pedradas del devoto populacho. Esto era un domingo y otro domingo, y en este suplicio semanal y sin término morían los padres y se convertían en hombres los hijos, engendrando nuevos _chuetas_ destinados al insulto público.
Unas cuantas familias se concertaron para huir de esta vergonzosa esclavitud. Se reunían en un huerto inmediato a la muralla y las aconsejaba y dirigía un tal Rafael Valls, hombre animoso y de gran cultura.
--No sé ciertamente si fue pariente mío--decía el capitán--. ¡Han pasado más de dos siglos desde entonces! Pero si no lo fue, quiero que lo sea... Me honra mucho tenerlo como abuelo mío. ¡Adelante!
Pablo Valls había coleccionado en su casa papeles y libros de la época de las persecuciones, y hablaba de éstas como de un suceso acaecido días antes.
--Se embarcaron hombres, mujeres y niños en un buque inglés; pero un temporal lo volvió de nuevo a las costas de Mallorca, y los fugitivos fueron presos. Esto era gobernando a España Carlos II el Hechizado. ¡Querer huir de Mallorca, donde tan bien les trataban, y a más de esto, en un buque tripulado por luteranos!... Tres años estuvieron presos, y la confiscación de sus bienes produjo un millón de duros. Además, el Santo Tribunal contaba con otros millones arrancados a las víctimas anteriores, y construyó un palacio en Palma, el mejor y más lujoso que tuvo en parte alguna la Inquisición. A los prisioneros les dieron tormento hasta confesar lo que deseaban sus jueces, y en 7 de Marzo de 1691 comenzaron las ejecuciones. Aquel suceso tuvo un historiador como no se conoce otro en el mundo, el padre Garau, santo jesuita, pozo de ciencia teológica, rector del Seminario de Monte-Sión, donde ahora está el Instituto, autor del libro _La fe triunfante_, un monumento literario que no vendo por todo el dinero del mundo. Aquí está: me acompaña a todas partes.
Y sacaba de un bolsillo _La fe triunfante_, librito encuadernado en pergamino, de antigua y rojiza impresión, que acariciaba con un cariño feroz.
¡Bendito padre Garau! Encargado de exhortar y fortalecer a los reos, lo había visto todo de cerca, y se hacía lenguas de los miles y miles de espectadores que acudieron de los diversos pueblos de la isla para presenciar la fiesta, de las misas solemnes con asistencia de treinta y ocho reos destinados a la quema, del lujoso atavío de caballeros y alguaciles, jinetes en briosos corceles al frente de la procesión, y de «la piedad del gentío, que prorrumpía otras veces en gritos de lástima cuando llevaban a la horca a un facineroso, y permanecía mudo ante estos réprobos olvidados del Señor...» En aquel día se mostró, según el docto jesuita, el temple de alma de los que creen en Dios y de los que le desconocen. Los sacerdotes marchaban animosos, dando gritos de exhortación sin cansarse; los miserables reos iban pálidos, decaídos y sin fuerzas. Bien se vio de qué parte estaba la ayuda celeste.
Los sentenciados fueron conducidos al pie del castillo de Bellver, para la quema final. El marqués de Leganés, gobernador del Milanesado, de paso en Mallorca con su flota, se apiadó de la juventud y belleza de una muchacha condenada a las llamas y pidió su perdón. El Tribunal alabó los sentimientos cristianos del marqués, pero no quiso admitir su súplica.
El padre Garau era el encargado de convencer a Rafael Valls, «hombre de ciertas letras, pero al que inspiraba el demonio un desmedido orgullo, impulsándolo a maldecir a los que le condenaban a muerte, y sin querer reconciliarse con la Iglesia». Pero, como decía el jesuita, estas valentías, obra del Malo, acaban ante el peligro y no pueden compararse con la serenidad del sacerdote que exhorta al reo.
--El padre jesuita era un héroe lejos de las llamas. Ahora verán ustedes con qué piedad evangélica relata la muerte de mi abuelo.
Y abriendo Valls el libro por una página señalada, leía con lentitud: «Mientras llegó sólo el humo a él, era una estatua; en llegando la llama, se defendió, se cubrió y forcejeó como pudo, y hasta que no pudo más. Estaba gordo como un lechonazo de cría y encendióse en lo interior; de manera que aun cuando no llegaban las llamas, ardían sus carnes como un tizón; y reventando por medio, se le cayeron las entrañas como a Judas. _Crepuit medius difusa sunt omnia viscera ejus.»_
Esta lectura bárbara producía siempre efecto. Cesaban las risas, se entenebrecían los rostros, y el capitán Valls paseaba en torno sus ojos de ámbar, respirando satisfecho, como si acabase de alcanzar un triunfo, mientras el pequeño volumen volvía a ocultarse en su bolsillo.
Una vez que Febrer figuraba entre los oyentes, el marino le dijo con voz rencorosa:
--Tú también estabas allí. Es decir, tú no. Uno de tus abuelos, un Febrer, llevaba la bandera verde, como alférez mayor del Tribunal; y las damas de tu familia fueron en carroza al pie del castillo para presenciar la quema.
Jaime, molestado por el recuerdo, levantó los hombros.
--¡Cosas viejas! ¿Quién se acuerda de lo que ya pasó? Sólo algún loco como tú... Anda, Pablo, cuéntanos algo de tus viajes... de tus conquistas de mujeres.
El capitán rezongaba... ¡Cosas viejas! El alma de la _Roqueta_ era aún la misma que en aquellos tiempos. Persistía el odio de religión y de raza. Por algo vivían aparte, en un pedazo de tierra aislado por el mar.
Pero Valls recobraba pronto su buen humor, y como todos los que han rodado por el mundo, no podía resistirse a la invitación de relatar su pasado.
Febrer, otro vagabundo como él, gozaba escuchándole. Los dos habían vivido una existencia agitada y cosmopolita, distinta de la monótona vida de los isleños; los dos habían gastado el dinero con prodigalidad. La única diferencia estribaba en que Valls había sabido ganarlo igualmente con el genio activo de su raza, y ahora, diez años mayor que Jaime, tenía con qué atender desahogadamente a sus modestas necesidades de solterón. Todavía comerciaba de vez en cuando y hacía comisiones para amigos que le escribían desde puertos lejanos.
De su accidentada historia de marino, Febrer desechaba el relato de hambres y borrascas, y sólo sentía curiosidad por los amoríos en los grandes puertos internacionales, donde se amontonan los vicios exóticos y las hembras de todas las razas. Valls, en sus tiempos juveniles, cuando mandaba buques de su padre, había conocido mujeres de todas clases y colores, viéndose mezclado en orgías marinerescas que acababan entre olas de _whisky_ y golpes de cuchillo.
--Pablo, cuéntanos aquellos amoríos en Jaffa, cuando los moros te querían matar.
Y Febrer lanzaba carcajadas escuchándole, mientras el marino se decía que este Jaime era un buen muchacho, digno de mejor suerte, sin otro defecto que ser un _butifarra_ algo pegado a las preocupaciones de familia.
Cuando subió al carruaje de Febrer en el camino de Valldemosa, dando orden al cochero que lo había traído hasta allí para que regresase a Palma, se echó atrás el sombrero de fieltro flexible, que llevaba en todo tiempo, aplastado de copa, con el ala delantera subida y la posterior desplomada sobre la nuca.
--¡Aquí estamos todos! ¿de veras que no me esperabas? A mí; me lo cuentan todo, y ya que hay fiesta de familia, que sea completa.
Febrer fingía no entenderle. El carruaje entró en Valldemosa, deteniéndose en las inmediaciones de la Cartuja ante una casa de construcción moderna. Cuando los dos amigos transpusieron la verja del jardín, vieron venir hacia ellos un señor de blancas patillas apoyado en un bastón. Era don Benito Valls. Saludó a Febrer con voz lenta y opaca, cortando varias veces sus palabras para sorber el aire. Hablaba humildemente, celebrando con grandes extremos el honor que le hacía Febrer al aceptar su invitación.
--¿Y yo?--preguntó el capitán con sonrisa maligna--; ¿yo no soy nadie?... ¿No te alegras de verme?
Don Benito se alegraba de verle. Así lo dijo varias veces, pero sus ojos revelaban inquietud. Su hermano le inspiraba cierto miedo. ¡Qué lengua!.... Mejor vivían sin verse.
--Hemos venido juntos--continuó el marino--. Al saber que Jaime almorzaba aquí, me he convidado yo mismo, seguro de darte un alegrón. Estas reuniones de familia son encantadoras.
Habían entrado en la casa, adornada con sencillez. Los muebles eran modernos y vulgares. Algunos cromos y unas pinturas horribles representando paisajes de Valldemosa y Miramar adornaban las paredes.
Catalina, la hija de don Benito, bajó apresuradamente del piso superior. Llevaba aún polvos de arroz esparcidos en el pecho, revelando el apresuramiento con que había dado un último toque de adorno a su persona al ver llegar el carruaje.
Jaime pudo contemplarla detenidamente por primera vez. No se había equivocado en sus apreciaciones. Era alta, de un moreno mate, con negras cejas, ojos iguales a gotas de tinta y un ligero vello en el labio y las sienes. Su esbeltez juvenil ofrecíase llena y firme, anunciando una mayor expansión para el porvenir, como en todas las hembras de su raza. Parecía de carácter dulce y sumiso: una buena compañera, incapaz de estorbos en el viaje de la vida común. Tenía los ojos bajos y se coloreó su rostro al encontrarse frente a Jaime. En su actitud, en sus miradas furtivas, notábase el respeto, la adoración del que se siente intimidado en presencia de un ser que considera superior.
El capitán acarició a su sobrina con cierta libertad, adoptando el mismo gesto de viejo alegre con que hablaba a las muchachuelas de Palma, a altas horas de la noche, en algún restorán del Borne. ¡Ah, buena moza! ¡Y qué guapa estaba! Parecía imposible que fuese de una familia de feos.
Don Benito los encaminó a todos al comedor. El almuerzo esperaba hacía mucho rato; en aquella casa se comía al uso antiguo: las doce en punto. Sentáronse a la mesa, y Febrer, que estaba al lado del dueño, sintióse molestado por su respiración jadeante, por las grandes aspiraciones con que interrumpía sus palabras.
En el silencio que envuelve siempre el principio de toda comida, sonó penosamente el silbido de sus pulmones enfermos. El rico _chueta_ avanzaba los labios, poniéndolos en forma circular como la boca de una trompetilla, y aspiraba el aire con ruido fatigoso. Como todos los enfermos, sentía la necesidad de hablar, y sus palabras eran interminables, entre balbuceos y largos descansos que le dejaban con el pecho jadeante y los ojos en alto, cual si fuese a morir asfixiado. Un ambiente de inquietud se extendía por el comedor. Febrer le miraba con cierta alarma, como si aguardase verle caer moribundo de su silla. La hija y el capitán habituados al espectáculo, parecían indiferentes.
--Es el asma, don Jaime--dijo trabajosamente el enfermo--En Valldemosa... estoy mejor... En Palma me moría.
Y la hija aprovechó la ocasión para dejar oír una voz de monjita tímida, que contrastaba con sus ardientes ojos orientales:
--Sí; papá vive mejor aquí.
--Aquí estás más tranquilo--añadió el capitán--y haces menos pecados.
Febrer pensaba en el tormento de pasar su existencia al lado de aquel fuelle roto. Por fortuna, moriría pronto. Una molestia de algunos meses, que no modificaba su resolución de entrar en la familia. ¡Adelante!
El asmático, en su manía verbosa, hablaba a Jaime de sus descendientes, de los ilustres Febrer, los caballeros más buenos y nobles de la isla.
--Yo tuve el honor de ser muy amigo de su señor abuelo don Horacio.
Febrer le miró asombrado... ¡Mentira! A su señor abuelo le conocían todos en la isla y con todos hablaba, pero guardando una gravedad que imponía respeto a las gentes sin alejarlas. ¡Pero de esto a ser amigo suyo!... Tal vez le habría tratado con motivo de alguno de los préstamos que necesitaba don Horacio para sostener su fortuna en plena decadencia.
--También conocí mucho a su señor padre--prosiguió don Benito, animado por el silencio de Febrer--. Trabajé por él cuando salió diputado. ¡Aquéllos eran otros tiempos! Yo era joven, y no tenía la fortuna que tengo ahora... Entonces figuraba entre los «rojos».
El capitán Valls le interrumpió riendo. Ahora su hermano era conservador y miembro de todas las cofradías de Palma.
--Sí, lo soy--gritó el enfermo, ahogándose--. Me gusta el orden... me gusta lo antiguo... que manden los que tienen que perder. ¿Y la religión? ¡Ah, la religión!... Por ella daría la vida.
Y se llevó una mano al pecho, respirando angustiosamente, como si le ahogase el entusiasmo. Clavaba en lo alto sus ojos mortecinos, adorando con el respeto del miedo la santa institución que había quemado a sus ascendientes.
--No haga usted caso de Pablo--continuó al recobrar el diento, dirigiéndose a Febrer--; usted lo conoce bien: una mala cabeza, un republicano, un hombre que podía ser rico y va a llegar a viejo sin tener dos pesetas.
--¿Para qué? ¿Para que tú me las quites?...
Con esta brusca interrupción del marino se hizo el silencio. Catalina puso un gesto triste, como si temiese que se reprodujeran ante Febrer las ruidosas escenas que había presenciado muchas veces al discutir los dos hermanos.
Don Benito levantó los hombros y habló sólo para Jaime. Su hermano estaba loco: un corazón de oro, pero loco, rematadamente loco. Con sus ideas exaltadas y sus vociferaciones en los cafés, era el principal culpable de que las personas decentes guardasen cierta prevención contra... de que hablasen mal de...
Y el viejo acompañaba sus truncadas expresiones con gestos humildes, evitando pronunciar la palabra _chueta_ y nombrar la famosa «calle».
El capitán, con las mejillas coloreadas por el arrepentimiento de su acometividad, quería hacer olvidar las palabras anteriores, y comía vorazmente teniendo la cabeza baja.
La sobrina rio de su buen apetito. Siempre que comía con ellos les admiraba por la capacidad de su estómago.
--Es que yo sé lo que es hambre--dijo el marino con cierto orgullo--. Yo he sufrido hambre de verdad, hambre de la que hace pensar en la carne de los compañeros.
Y lanzado por este recuerdo en pleno relato de sus aventuras marítimas, hablaba de los tiempos juveniles, cuando había sido «agregado» a bordo de una fragata de las que iban a las costas del Pacífico.
Al empeñarse en ser marino, su padre, el viejo Valls, autor de la fortuna de la casa, le había embarcado en una goleta de su propiedad que traía azúcar de la Habana. Aquello no era navegar. El cocinero le guardaba los mejores platos, el capitán no se atrevía a darle una orden, viendo en él al hijo del armador. Nunca sería un buen marino, duro y experto. Con la tenaz energía de su raza, se había embarcado sin saberlo su padre en una fragata que se hacía a la vela para cargar guano en las islas Chinchas, tripulada por gentes de pueblos diversos: ingleses desertores de la flota, lancheros de Valparaíso, indios peruanos, lo peor de cada casa, bajo el mando de un catalán cicatero, más pródigo en los rebencazos que en el, rancho. El viaje de ida fue regular; pero a la vuelta, luego de haber pasado el estrecho de Magallanes, sobrevinieron las calmas, y la fragata quedó inmóvil en el Atlántico cerca de un mes, agotándose rápidamente el pañol de los víveres. El armador, un avaro, había aprovisionado el buque con escandalosa parsimonia, y el capitán a su vez había roído los víveres, apropiándose una parte de la cantidad destinada a la compra.
--Nos daban dos galletas al día, llenas de gusanos. Cuando recibí las primeras me entretuve cuidadosamente, como un señorito de buena casa, en quitarles uno por uno aquellos animalejos. Pero después de la limpia sólo quedaban unas cortezas delgadas como hostias, y me moría de hambre. Luego...
--¡Oh, tío!--protestó Catalina, adivinando lo que iba a decir y repeliendo el tenedor y el plato con un gesto de repugnancia.
--Luego--continuó el marino, impasible--suprimí la limpieza y me las tragué enteras. Bien es verdad que comía de noche... ¡Muchas que hubiese tenido, muchacha! Al final sólo nos daban una por día, y cuando llegué a Cádiz hube de estar sometido muchos a caldo, para que mi estómago se arreglase.
Al terminar el almuerzo, Catalina y Jaime salieron al jardín. El mismo don Benito, con aires de patriarca, bondadoso, ordenó a su hija que acompañase al señor de Febrer para mostrarle unos rosales de exótica variedad que él había plantado. Los dos hermanos quedaron en la habitación que servía de despacho, viendo a la pareja que paseaba por el jardín y acabó sentándose en dos sillones de junco a la sombra de un árbol.
Catalina contestaba a las preguntas de su acompañante con una timidez de doncella cristiana santamente educada, adivinando el propósito oculto bajo sus palabras de vulgar galantería.
Aquel hombre venía por ella, y su padre era el primero en aceptar este deseo. ¡Cosa hecha!... Era un Febrer, y ella iba a decirle «sí». Recordó sus años infantiles en el colegio, rodeada de niñas más pobres que aprovechaban todas las ocasiones para molestarla, por envidia a su riqueza y por un odio aprendido de sus padres. Era la _chueta_. Sólo podía juntarse con las de su raza, y aun éstas, ansiosas de congraciarse con el enemigo, se traicionaban mutuamente, sin energía ni cohesión para la defensa común. A la hora de salida, las _chuetas_ se marchaban antes, por indicación de las monjas, para evitar los insultos y ataques de las otras alumnas al verse juntas en la calle. Hasta las criadas que acompañaban a las niñas emprendían peleas, asumiendo los odios y preocupaciones de sus amos. También en las escuelas de niños los _chuetas_ salían antes, huyendo de las pedradas y correazos de los cristianos viejos.
La hija de Valls había sufrido los tormentos del alfilerazo traidor, del arañazo oculto, del golpe de tijera en la trenza, y luego, al ser mujer, el odio y el desprecio de sus antiguas compañeras le había seguido en la vida, amargando sus placeres de mujer joven y rica. ¿Para qué ser elegante?... En los paseos sólo la saludaban los amigos de su padre; en el teatro no veía visitado su palco más que por gentes procedentes de «la calle». Con uno de ellos tendría que casarse, como se habían casado su madre y sus abuelas. La desesperación y el misticismo de la adolescencia la habían arrastrado hacia la vida monjil. Su padre estuvo próximo a ahogarse de pena. Pero la religión, ¡aquella religión por la que deseaba dar la vida!... Aceptó don Benito lo del monjío en un convento de Mallorca, donde él pudiera ver a su hija todos los días. Pero ningún convento quiso abrir sus puertas para ella. Las superioras, tentadas por la fortuna del padre, que acabaría por pasar a la comunidad, mostrábanse transigentes y buenas; pero los rebaños monásticos alborotábanse ante la idea de recibir en su seno a una de «la calle», y no humilde ni resignada para soportar la superioridad de las otras, sino rica y soberbia.
Cuando, empujada de nuevo hacia el mundo por esta resistencia, no sabía qué pensar de su porvenir y vivía como una enfermera junto al padre, ignorando cuál podría ser su suerte, volviendo la espalda a los jóvenes _chuetas_ que mariposeaban en torno de ella atraídos por los millones de don Benito, presentábase el noble Febrer, como un príncipe de cuento de hadas, para hacerla su esposa. ¡Qué bueno es Dios!... Se veía en aquel palacio inmediato a la catedral, en el barrio de los nobles por cuyas estrechas calles de pavimento azul y silencioso pasan los canónigos durante las horas dormidas de la tarde, atraídos por la campana de coro. Se veía en un carruaje lujoso por entre los pinos de la montaña de Bellver o a lo largo del muelle, con Jaime al lado de ella, y gozaba pensando en las miradas de odio de sus antiguas compañeras, que no sólo le envidiarían su riqueza y su nuevo rango, sino la posesión de aquel hombre al que lejanas aventuras y una vida agitada habían proporcionado cierta aureola de terrible seducción, deslumbradora y fatal para las tranquilas señoritas de la isla.
Jaime Febrer!... Catalina le había visto siempre de lejos; pero cuando entretenía su aburrida soledad con una lectura incesante de novelas, ciertos personajes, los más interesantes por sus aventuras y sus audacias, le hacían pensar siempre en aquel noble del barrio de la Catedral que andaba por el mundo con mujeres elegantes disipando su fortuna. ¡Y de pronto su padre le hablaba de este personaje extraordinario, dando por seguro que iba a ofrecerle su nombre, y con él la gloria de sus ascendientes, que habían sido amigos de reyes!... No sabía ella si era amor o gratitud, pero un sentimiento de ternura que empañaba sus ojos la impelía hacia aquel hombre. ¡Ay, cómo iba a quererlo! Y escuchaba como un zumbido dulce sus palabras, sin saber ciertamente qué decía, embriagándose con su música, pensando al mismo tiempo en el porvenir que rápidamente se había abierto ante ella, como una salida de sol que rasga las nubes.