Chapter 19
--Le han perdido a usted el respeto, don Jaime--continuó el muchacho--. Cuando le vieron entrar y sentarse al lado de mi hermana, quedaron como atontados. Yo también me quedé sin saber lo que veía, y eso que hace tiempo me daba el corazón que a usted no le era indiferente Margalida. Preguntaba usted demasiado por ella... Pero ahora ya se les ha pasado el susto, y van a hacer algo: ¡vaya si lo harán!... Y no les falta razón. ¿Cuándo se ha visto en San José venir los forasteros a quitarles la novia a unos _atlots_ que son los más valientes de la isla?...
El orgullo de vecindario arrastró al _Capellanet_ a participar momentáneamente de las opiniones de los otros, pero pronto renacieron su gratitud y su afecto a Febrer.
--No importa. Usted la quiere, y basta. ¿Por qué ha de ir mi hermana a trabajar la tierra y pasar fatigas, cuando un señor como usted se fija en ella?... Además--y aquí sonreía maliciosamente el pilluelo--, a mí me conviene este casamiento. Usted no va a cultivar los campos, usted se llevará a Margalida, y el viejo, no teniendo a quién dejar _Can Mallorquí_, me permitirá que sea labrador, que me case, y ¡adiós capellanía!... Le digo a usted, don Jaime, que usted se la lleva. Aquí estoy yo, el _Capellanet_, para pelearme con media isla en su defensa.
Miraba a un lado y a otro, como si temiera encontrarse con los bigotes y los ojos severos de la Guardia civil, y luego, tras una vacilación de hombre modesto que teme revelar su importancia, llevábase una mano a los riñones y tiraba del interior de la faja, sacando un cuchillo cuyo brillo y limpieza parecían hipnotizarle.
--¿Eh?--decía, admirando la tersura del acero virgen y mirando a Febrer.
Era el cuchillo que le había regalado Jaime el día antes. Como estaba de buen humor, había hecho arrodillarse al _Capellanet_. Luego, con burlona gravedad, le había golpeado con el arma, proclamándolo caballero invencible del _cuartón_ de San José, de toda la isla y de los freos y peñones adyacentes. El pilluelo, trémulo de emoción por el regalo, había acogido la ceremonia con gravedad, creyéndola algo indispensable que se usaba entre los señores.
--¿Eh?--volvió a preguntar, mirando a don Jaime como si lo protegiese con toda la inmensidad de su valentía.
Pasaba un dedo ligeramente por el filo y luego apoyaba la yema en la punta, gozando voluptuosamente al sentir su agudo pinchazo. ¡Qué joya!
Febrer movió la cabeza. Sí; conocía el arma: él mismo se la había traído de Ibiza.
--Pues con esto--continuó el chicuelo--no hay guapo que se nos ponga delante. ¿El _Ferrer_?... ¡mentira! ¿El _Cantó_ y todos los otros?... ¡mentira también! ¡Y pocas ganas que tengo yo de usarlo!... Él que intente algo contra usted está sentenciado a muerte.
Y a continuación, con una tristeza de grande hombre que pierde el tiempo sin dar la medida de su valor, dijo bajando los ojos:
--Cuando mi abuelo tenía mi edad, cuentan que ya era _verro_ y metía miedo a toda la isla.
Pasó el _Capellanet_ en la torre una parte de la tarde, hablando de los enemigos supuestos de don Jaime, que ya consideraba como suyos, ocultando su cuchillo para volver a sacarlo, como si necesitase contemplar su imagen desfigurada en la bruñida hoja, soñando en tremendos combates que terminaban siempre con la fuga o muerte de los adversarios, salvando él caballerescamente al acorralado don Jaime. Éste reía de la petulancia del muchacho, tomando a broma sus ansias de pelea y destrucción.
Al anochecer bajó a la alquería para traerle la cena. Ya había encontrado en el porche varios cortejantes venidos de muy lejos, que esperaban sentados en los poyos el principio del _festeig_. ¡Hasta luego, don Jaime!...
Febrer, así que cerró la noche, se dispuso a bajar a la alquería, con el gesto hosco, la mirada dura, las manos nerviosas por un imperceptible temblor homicida, lo mismo que un guerrero primitivo al emprender una expedición desde la cumbre al valle. Antes de echarse el jaique sobre los hombros sacó su revólver de la faja, examinando escrupulosamente el estado de las cápsulas y el juego de la llave. ¡Todo corriente! Al primero que intentase algo contra él, le metía los seis tiros en la cabeza. Sentíase bárbaro, implacable, como uno de aquellos Febrer leones del mar, que saltaban a las playas enemigas, matando para no morir.
Anduvo cuesta abajo, por entre los grupos de tamariscos, que movían en la obscuridad sus masas ondeantes, con una mano metida en la faja y acariciando la culata del revólver. ¡Nadie! Al llegar al porche de _Can Mallorquí_ lo encontró lleno de _atlots_ que aguardaban de pie o sentados en los poyos a que la familia acabase su cena en la cocina. Febrer los adivinó en la obscuridad por el olor de cáñamo de las alpargatas nuevas y el de lana burda de sus mantones y jaiques. Las chispas rojas de los cigarros indicaban en el fondo del porche otros grupos en espera.
--_¡Bono, nit!_--dijo Febrer al llegar.
Sólo le respondieron con un leve gruñido. Cesaron las conversaciones mantenidas a media voz, y un silencio hostil y penoso empezó a gravitar sobre todos aquellos hombres.
Jaime se apoyó en una pilastra del porche, alta la frente, arrogante el ademán, destacando su figura sobre el fondo del horizonte, como si adivinase los ojos que en la obscuridad estaban fijos en él.
Sentía cierta emoción, pero no era de miedo. Casi llegó a olvidar a los enemigos que le rodeaban. Pensaba con inquietud en Margalida. Sintió el escalofrío del enamorado cuando adivina la proximidad de la mujer adorada y duda de su suerte, temiendo y deseando al mismo tiempo su aparición. Ciertos recuerdos del pasado volvieron a él, haciéndole sonreír. ¿Qué diría miss Mary si le viese rodeado de esta gente rústica, tembloroso y vacilante al pensar en la proximidad de una muchacha campesina?... ¡Cómo reirían sus antiguas amigas de Madrid y de París al encontrarle en esta traza de campesino, dispuesto a matar por la conquista de una mujer casi igual a sus criadas!...
Se abrió la puerta de la alquería, que estaba entornada, marcándose en su rectángulo de luz rojiza la silueta de Pep.
--_¡Avant els hómens!_--dijo como un patriarca que comprende los anhelos de la juventud y ríe bondadosamente de ellos.
Y los hombres entraron uno tras otro, saludando al _siñó_ Pep y los suyos, ocupando los bancos y sillas de la cocina como niños que llegan a la escuela.
El payés de _Can Mallorquí_, al reconocer al señor, hizo un gesto de asombro. «¡Allí él esperando con los otros, como un simple pretendiente, sin atreverse a entrar en una casa que era suya!...» Febrer contestó con un encogimiento de hombros. Quería hacer lo mismo que los demás. Se imaginaba que de este modo le sería más fácil conseguir sus deseos. Nada que recordase su antigua condición de amigo respetable y de señor: cortejante nada más.
Pep le hizo sentar a su lado. Pretendió distraerlo con su conversación, pero él no apartaba los ojos de «Flor de almendro», que, fiel al ritual de los _festeigs_, estaba en una silla, en el centro de la pieza, acogiendo con gestos de reina tímida la admiración de sus cortejantes.
Fueron uno tras otro sentándose todos al lado de Margalida, que respondía en voz queda a sus palabras. Fingía no ver a don Jaime; casi le volvía la espalda. Los pretendientes que aguardaban su vez estaban taciturnos, sin la alegre charla con que entretenían su espera en otras noches. Parecía que algo fúnebre pesaba sobre ellos, obligándolos a permanecer en silencio, con la vista baja y los labios apretados, como si en la habitación inmediata hubiese un muerto. Era la presencia del extraño, del intruso, ajeno a su clase y sus costumbres. ¡Maldito mallorquín!...
Cuando hubieron pasado todos los mozos por la silla inmediata a Margalida, el señor se levantó. Era el último que se había presentado como cortejante, y en buena ley le llegaba su turno. Pep, que le hablaba sin cesar para distraerlo, quedóse de pronto con la boca abierta al ver cómo se alejaba sin oírle más.
Sentóse al lado de Margalida, que parecía no verle, humillada la cabeza y fijos los ojos en sus rodillas. Todos los _atlots_ quedaron en silencio, para que en el ambiente tranquilo resonasen las más leves palabras del forastero; pero Pep, adivinando esta intención, comenzó a hablar fuerte con su mujer y su hijo sobre trabajos que debían de realizar al día siguiente.
--¡Margalida! ¡«Flor de almendro»!...
La voz de Febrer, como un susurro, acarició las orejas de la muchacha. Allí le tenía, para convencerla de que era amor, verdadero amor, lo que ella consideraba un capricho. Febrer no sabía aún ciertamente cómo había sido esto. Sentía un malestar en su soledad, un anhelo vago de cosas mejores, que tal vez estaban a su alcance, pero que él, en su ceguera, no podía reconocer, hasta que de pronto había visto claro dónde estaba la dicha... Y la dicha era ella. ¡Margalida! ¡«Flor de almendro»! Él no tenía juventud, él era pobre; ¡pero la amaba tanto!... Una palabra nada más, algo que disipase la incertidumbre en que vivía.
Y ella, al sentir más próxima la boca de Febrer, al percibir su aliento ardoroso, movió levemente la cabeza. «No, no. ¡Váyase!... Tengo miedo.» Sus ojos se elevaron para mirar rápidamente a todos aquellos jóvenes morenos, de gesto trágico, que parecían quemarlos a los dos con sus pupilas de brasa.
¡Miedo!... Esta palabra bastó para que Febrer saliese de su encogimiento suplicante y mirase con soberbia a los rivales sentados ante él. ¿Miedo a quién?... Sentíase capaz de pelear con todos estos rústicos y sus innumerables parientes. ¡Miedo no, Margalida! Ni por él ni por ella debía temer. Lo que Jaime la suplicaba era que respondiese a su pregunta. ¿Podía esperar? ¿Qué pensaba contestarle?...
Pero Margalida permanecía silenciosa, descoloridos sus labios, pálidas las mejillas con una blancura lívida, moviendo los párpados para esconder tras el enrejado de las pestañas la humedad lacrimosa de sus ojos. Iba a llorar. Se adivinaban sus esfuerzos para contener el llanto: respiraba con angustia. Sus lágrimas, surgiendo de pronto en este ambiente hostil, podían ser una señal de combate; iban a producir la explosión de todas las cóleras contenidas que adivinaba en torno de ella. No... ¡no! Y el esfuerzo de su voluntad sólo servía para hacer mayor su angustia, obligándola a humillar el rostro como las bestias dulces y tímidas, que creen salvarse del peligro ocultando su cabeza. La madre, que trenzaba cestos en un rincón, sintióse alarmada en sus instintos de mujer. Su alma simple se dio cuenta del estado de Margalida. El padre, viendo la inquietud de aquellos ojos de animal triste y resignado, intervino oportunamente.
«Las nueve y media...» Hubo un movimiento de sorpresa y protesta en el grupo de los _atlots_. Aún era pronto, faltaban muchos minutos para la hora: lo tratado era ley. Pero Pep, con su testarudez de campesino, se hacía el sordo, repitiendo las mismas palabras mientras se ponía de pie e iba hacia la puerta, abriéndola completamente. «Las nueve y media.» Cada uno era amo en su casa, y él hacia en la suya lo que creía mejor. Debía levantarse temprano al día siguiente: _«¡Bona nit!...»_
Y fue saludando a los cortejantes según salían de la casa. Al pasar Jaime ante él, sombrío y despechado, intentó retenerlo por un brazo. Debía esperar; él le acompañaría hasta la torre. Miraba con inquietud al _Ferrer_, que se había quedado detrás de él, retardando voluntariamente su salida de la casa.
Pero el señor no le contestó, librándose de su brazo con rudo movimiento. Sentíase furioso por el mutismo de Margalida, que consideraba un fracaso; por la actitud hostil de los mozos; por el modo insólito con que se había dado fin a la velada.
Los _atlots_ dispersáronse en la sombra, sin gritos, relinchos ni canciones, como si volvieran de un entierro. Algo trágico flotaba en las tinieblas de la noche.
Febrer siguió su camino sin volver la vista, deseoso de oír que alguien venía tras de sus pasos, tomando por misterioso arrastre de perseguidores los leves crujidos del ramaje de los tamariscos bajo la brisa nocturna.
Al llegar al pie de la colina, donde los matorrales eran más espesos, se volvió, quedando inmóvil. Su silueta destacábase sobre la blancura del sendero a la luz vagorosa de las estrellas. Tenía el revólver en la diestra, apretando nerviosamente la culata, acariciando el gatillo con un dedo febril, ansioso de disparar. ¡Ay! ¿no le seguiría alguien? ¿no aparecería el _verro_ o cualquiera de los otros enemigos?...
Transcurrió el tiempo sin que nadie se presentase. En torno de él, la vegetación silvestre, agrandada por la sombra y el misterio, parecía reír irónicamente de su cólera con grandes murmullos. Al fin, la fresca serenidad de la tierra soñolienta pareció penetrar en él. Acabó encogiéndose de hombros con gesto de desprecio, y llevando el revólver por delante, continuó su camino hasta encerrarse en la torre.
El día siguiente lo pasó por entero en el mar con el tío Ventolera. De vuelta a su vivienda encontró fría sobre la mesa la cena que le había traído el _Capellanet_. Unas cruces y el propio nombre de Febrer grabados en el muro a punta de acero le revelaron la visita del _atlot_. El seminarista no podía permanecer quieto teniendo un cuchillo al alcance de su mano.
Al otro día apareció en la torre el muchacho de _Can Mallorquí_ con aire misterioso. Tenía que contar a don Jaime cosas importantes. La tarde anterior, correteando en persecución de cierto pájaro por el pinar inmediato a la forja del _Ferrer_, había visto de lejos, bajo el cobertizo de la herrería, al _verro_ hablando con el _Cantó_.
--¿Y qué más?--preguntó Febrer, extrañándose de que el muchacho callase.
Nada más. ¿Le parecía poco?... El _Cantó_ no era aficionado a las alturas, porque sus cuestas le hacían toser. Siempre andaba por los valles, sentándose bajo los almendros y las higueras para inventar sus trovos. Si había subido hasta la herrería, era indudablemente porque el _Ferrer_ le habría llamado. Hablaban los dos con gran animación. El _verro_ parecía darle consejos, y el pobrecillo le contestaba con gestos afirmativos.
--¿Y qué?--volvió a preguntar Febrer.
El _Capellanet_ pareció compadecerse de la simpleza del señor. «¡Mucho ojo, don Jaime! Él no conocía a los de la isla.» Esta conversación en la fragua le inspiraba cuidado. Estaban en sábado: aquella noche era de _festeig_. De seguro que preparaban algo contra el señor, si se presentaba en _Can Mallorquí_.
Febrer acogió tales palabras con un gesto de desprecio. Bajaría, a pesar de todo... ¡Si creían que le inspiraban miedo! Lo que lamentaba era que tardasen tanto en atacarle.
Pasó en belicosa nerviosidad todo el resto del día, deseando que llegara pronto el anochecer. Evitaba en sus paseos acercarse a _Can Mallorquí_, contemplándolo de lejos, con la esperanza de ver unos instantes la gentil figura de Margalida bajo el porche. No por esto osaba aproximarse, como si una irresistible timidez le cerrase el camino de la finca mientras brillaba el sol. Desde que era pretendiente no podía presentarse como amigo. Su llegada podía resultar embarazosa para la familia de Pep. Temía que la muchacha se ocultase al verle.
Apenas se extinguió la luz del sol y comenzaron a brillar las estrellas en un cielo claro de invierno, Febrer descendió de la torre.
Durante el breve camino hasta la alquería volvieron a renacer en su memoria los recuerdos del pasado, con una precisión irónica, lo mismo que en la anterior noche de cortejo.
«¡Si me viese miss Mary!--pensó--. Tal vez me comparase a un Sigfrido rústico yendo a matar el dragón que guarda el tesoro de Ibiza... ¡Si me viesen otras mujeres que he conocido, y todo lo encontraban ridículo!...»
Pero su amor se sobrepuso inmediatamente a tales recuerdos. ¡Si le viesen! ¿y qué?... Margalida valía más que las hembras que él había conocido antes: era la primera, la única. Todo en su historia pasada le parecía falso y artificial, como la vida que se muestra en los escenarios, pintada y cubierta de oropeles bajo una luz engañosa. Nunca había de volver a ese mundo de ficción. La realidad era lo presente.
Al llegar al porche encontró reunidos a los cortejantes, que parecían discutir con voz ahogada. Al verle callaron instantáneamente.
--_¡Bona nit!_
Nadie contestó. Ni siquiera le acogieron con el gruñido de la otra noche.
Cuando Pep, abriendo la puerta, les dio entrada en la cocina, Febrer vio que el _Cantó_ llevaba el tamborcillo pendiente de un brazo y en la diestra la baqueta con que golpeaba el parche.
Era noche de música. Unos _atlots_ sonreían al ocupar sus puestos con expresión maligna, como regocijándose por adelantado de algo extraordinario. Otros, más serios, mostraban en su gesto el noble disgusto de los que temen presenciar una mala acción inevitable. El _Ferrer_ permanecía impasible en uno de los rincones más apartados, buscando empequeñecerse, pasar inadvertido entre los camaradas.
Hablaron con Margalida unos cuantos _atlots_, pero de pronto, viendo la silla libre, el _Cantó_ avanzó para sentarse en ella, sujetando el tambor entre la rodilla y un codo y apoyando la frente en su mano izquierda. La baqueta golpeó lentamente el parche, mientras sonaba un largo siseo reclamando silencio. Era un trovo nuevo: todos los sábados traía versos el _Cantó_, en honor de la _atlota_ de la alquería. El encanto de la música bárbara y monótona, admirada desde la niñez, obligó a callar a todos. La santa emoción de la poesía hacía estremecerse por adelantado a estas almas simples.
El pobre tísico rompió a cantar, acompañando cada verso con un cloqueo final que estremecía su pecho y arrebolaba sus mejillas. Pero el _Cantó_ se mostraba esta noche con más fuerzas que nunca: sus ojos tenían un brillo extraordinario.
A los primeros versos, una carcajada general resonó en la cocina, celebrando la gracia irónica del rústico poeta.
Febrer no había entendido gran cosa. Cuando escuchaba esta música monótona y relinchante, que parecía recordar los primeros cantos de los marineros semitas esparcidos por el Mediterráneo, sumíase en otros pensamientos para hacer corta la espera y sufrir menos con la extraordinaria longitud del romance.
La carcajada de los _atlots_ atrajo su atención, adivinando confusamente algo hostil para su persona. ¿Qué decía aquel cordero rabioso?... La voz del cantor, su pronunciación campesina y los continuos cloqueos con que cortaba los versos eran poco inteligibles para Jaime; pero lentamente fue dándose cuenta de que el romance iba dirigido a las _atlotas_ que desean abandonar el campo, casándose con caballeros, para lucir los mismos adornos que las señoras de la ciudad. Las modas femeninas describíalas el cantor en términos extravagantes, que hacían reír a los payeses.
El simple Pep reía también de estas burlas, que halagaban a la vez su orgullo de campesino y su soberbia de varón inclinado a no ver en la hembra más que una compañera de fatigas. «¡Verdad! ¡verdad!» Y unía su carcajada a la de los muchachos. ¡Qué _Cantó_ tan gracioso!...
Pero a los pocos versos ya no habló el improvisador de las _atlotas_ en general, sino de una sola, ambiciosa y sin corazón. Febrer miró instintivamente a Margalida, que permanecía inmóvil, con los ojos bajos, pálidas las mejillas, como asustada, no de lo que escuchaba, sino de lo que indudablemente vendría después.
Jaime comenzó a revolverse en su asiento. ¡Molestarla así, en su presencia, aquel rústico!... Una carcajada más fuerte e insolente de aquellos jóvenes atrajo de nuevo su atención hacia los versos. El cantor se burlaba de la _atlota_ que para ser señora quería casarse con un pobre arruinado, sin casa y sin familia; un forastero que no tenía tierras que cultivar...
El efecto de estos versos fue instantáneo. Pep, en la densidad de su pensamiento espeso, vio flotar algo como una chispa de fuego, una luminosa adivinación, y extendió las manos imperativamente, al mismo tiempo que se incorporaba:
--_¡Prou!... ¡prou!_
Pero era ya inútil que gritase «¡bastante!» Un bulto se interpuso entre él y la luz del candil: el cuerpo de Febrer, que se había erguido de un salto.
Con sólo un tirón arrancó el tamborcillo de las rodillas del cantor, arrojándolo inmediatamente contra su cabeza, y tal fue el ímpetu, que se rompieron los parches; quedando la caja como un gorro torcido sobre la frente ensangrentada del muchacho.
Saltaron los _atlots_ de sus asientos, sin saber ciertamente lo que hacían, pero llevándose todos las manos a la faja. Margalida se refugió al lado de su madre, y el _Capellanet_ creyó llegado el momento de sacar su cuchillo. El padre, con la autoridad de los años, se impuso a todos: --_¡Fora!... ¡fora!_
Todos obedecieron, saliendo fuera de la alquería, para detenerse en pleno campo. Febrer salió también, a pesar de la resistencia de Pep.
Los _atlots_ parecían divididos, discutiendo acaloradamente. Unos protestaban. «¡Pegarle al pobre _Cantó_, un infeliz enfermo que no podía defenderse!...» Otros movían la cabeza. Esperaban aquello: no se puede insultar impunemente a un hombre sin que ocurra algo. Ellos se habían opuesto a la canción; eran partidarios de que los hombres, cuando tienen que decirse algo, se lo digan cara a cara.
Casi iban a reñir, con la furia de sus opiniones encontradas y su rivalidad amorosa, cuando el _Cantó_ distrajo su atención. Se había librado del tamboril incrustado en su cabeza y se limpiaba la sangre de la frente. Lloraba con la rabia del débil enfurecido, capaz de las mayores venganzas, pero que se siente al mismo tiempo esclavo de su impotencia.
--¡A mí! ¡a mí!--gemía asombrado de este ataque. De pronto se agachó, buscando piedras en la obscuridad para arrojarlas contra Febrer, y a cada pedrada retrocedía algunos pasos, como para defenderse de una nueva agresión. Los guijarros, despedidos por sus brazos débiles, fueron a perderse en la sombra o rebotaron contra el porche.
Luego ya no silbaron más piedras. Algunos amigos del _Cantó_ se lo llevaban casi a rastras en la obscuridad. Oyéronse sus gritos a lo lejos: profería amenazas, juraba vengarse... «¡Mataría al forastero! ¡Él solo acabaría con el mallorquín!...»
Este permaneció inmóvil, con una mano en la faja, entre tantos enemigos. Sentíase avergonzado de su arrebato. ¡Pegarle al pobre tísico!... Para sofocar sus remordimientos, profirió en voz baja soberbios retos. «¡Otro deseaba él que hubiese cantado!...» Y sus ojos buscaron al _Ferrer_, pero el temible _verro_ había desaparecido.
Cuando Febrer, media hora después, apaciguado ya el tumulto, volvía a su torre, detúvose varias veces en el camino, con el revólver en la diestra, como si esperase a alguien.
¡Nadie!
II
A la mañana siguiente, apenas salido el sol, corrió el _Capellanet_ en busca de don Jaime, revelando en su gesto al entrar en la torre la importancia de las noticias de que era portador.
En _Can Mallorquí_ habían pasado todos mala noche. Margalida lloraba; la madre se había lamentado incesantemente de lo ocurrido. ¡Señor! ¡qué pensarían de ellos las gentes del _cuartón_ al saber que en su casa se pegaban los hombres como en una taberna! ¡Qué dirían las _atlotas_ de su hija!... Pero a Margalida la preocupaba poco la opinión de sus amigas. Otra cosa parecía interesarla: algo que no acertaba a decir, pero la hacía verter lágrima tras lágrima. El _siñó_ Pep luego de cerrar la puerta de la casa, se había paseado más de una hora por la cocina mascullando palabras y cerrando los puños. «¡Aquel don Jaime!... ¡Empeñarse en conseguir lo que era imposible!... ¡Testarudo como todos los suyos!...
El _Capellanet_ tampoco había dormido, sintiendo nacer en su pensamiento de pequeño salvaje, astuto y receloso, una sospecha que poco a poco tomó la realidad de una certidumbre.