Los muertos mandan

Chapter 18

Chapter 184,022 wordsPublic domain

De pronto Febrer sufrió una impresión de deslumbramiento, como si contemplase una luz extraordinaria nunca vista. Su cerebro pareció dilatarse, esparcirse, como una masa de agua que rompe el vaso opresor de piedra. Fue en el mismo instante que un relámpago coloreaba de luz lívida el mar y estallaba un trueno sobre su cabeza, conmoviendo con horrísono tableteo los ecos de la inmensidad marítima y las oquedades y cimas de la costa.

«No; los muertos no mandan, los muertos no gobiernan.» Jaime, como si fuese un hombre nuevo, se burló de sus pensamientos de poco antes. Aquellas bestias rudimentarias que él veía entre los peñascos, y lo mismo que ellas todos los animales del mar y de la tierra, sufrían la esclavitud del medio. Mandaban los muertos sobre ellas porque hacían lo que harían sus descendientes. Pero el hombre no es esclavo del medio: es su colaborador y a veces su dueño. El hombre es un ente de razón y de progreso, y puede modificar el ambiente según sus conveniencias. Fue su siervo en otros tiempos, en remotas edades; pero al dominar en parte a la Naturaleza y poder explotarla, rasgó la especie de envoltura fatal en que siguen prisioneros los otros seres de la creación. ¿Qué podía importarle el medio en que había nacido? Se creería otro si lo deseaba...

No pudo seguir en sus reflexiones. La tempestad había, estallado sobre él. La lluvia chorreaba por los bordes de su sombrero y corría a lo largo de su espalda. La noche había llegado de pronto. A la luz de los relámpagos veíase el mar con la superficie mate estremecida por el choque de la lluvia.

Febrer marchó hacia la torre con toda la ligereza de sus piernas. Iba, sin embargo, alegre, con el gozo desbordante del que sale de un largo encierro y no ve ante los ojos bastante espacio para su contenida actividad. Reía, sin detenerse en su carrera, y la luz de los relámpagos le sorprendió varias veces avanzando el brazo derecho con un dedo en alto, mientras chocaba la mano izquierda en la parte inferior del codo, realizando un ademán de protesta tan popular como poco decente.

--¡Haré lo que quiera!--gritaba, complaciéndose en escuchar su propia voz entre el fragor de la tempestad--. ¡Ni muertos ni vivos mandan en mí!... ¡Toma!... ¡para mis nobles ascendientes!... ¡Toma!... ¡para mis antiguas ideas, para todos los Febrer!...

Repitió varias veces el indecoroso ademán con una alegría de pilluelo. De pronto se vio envuelto en una luz roja y estalló sobre su cabeza un cañonazo, como si la costa acabase de partirse a impulsos de inmenso cataclismo.

--Ha caído cerca--dijo Febrer refiriéndose a la exhalación.

Su pensamiento, ocupado por el recuerdo de los Febrer, fue hacia su ascendiente el comendador don Príamo. Aquella explosión de trueno le hizo recordar los combates del diabólico héroe, del religioso caballero de la Cruz, burlón con Dios y con el diablo, que hizo siempre su soberana voluntad y tan pronto peleó al lado de los suyos como vivió entre los enemigos de la Fe, según sus caprichos y aficiones.

No; de éste no renegaba Febrer. Adoraba al valeroso comendador: era su verdadero ascendiente, el mejor de todos, el rebelde, el demonio de la familia.

Al entrar en la torre encendió luz, se envolvió en el jaique de burda lana que le servía para sus excursiones nocturnas, y tomando un libro quiso distraerse de sus pensamientos hasta que Pepet le subiera la cena.

La tempestad pareció fijarse sobre la isla. Caía la lluvia en los campos, convirtiéndolos en barrizales; saltaba por las pendientes de los caminos, desbordados como barrancos; empapaba los montes, como grandes esponjas, por la verde porosidad de sus pinares y matorrales. La rápida luz de los relámpagos mostraba instantáneamente, como una visión de ensueño, el mar negruzco con hirvientes espumas, los campos encharcados, que parecían llenos de peces de fuego, los árboles brillantes bajo su capa acuosa.

En la cocina de _Can Mallorquí_, los pretendientes de Margalida formaban una masa de alpargatas enlodadas y cuerpos humeantes por la evaporación de sus ropas húmedas. Esta noche el cortejo sería más largo. Pep, con aire paternal, había permitido a los _atlots_ que esperasen después de pasada la hora del galanteo. Sentía lástima por aquellos muchachos, obligados a caminar bajo la lluvia. Él también había sido novio. Debían esperar; tal vez pasase la tormenta. Y si no pasaba, se quedarían a dormir donde pudiesen: en la cocina, en el porche... «¡Una noche es una noche!»

La _atloteria_, contenta del accidente, que añadía algún tiempo más a su cortejo, contemplaba a Margalida vestida con su traje de gala, sentada en el centro de la pieza, junto a una silla vacía. Todos habían pasado por ésta en el curso de la noche; algunos miraban con cierta ansiedad al asiento, pero sin atreverse a ocuparlo de nuevo.

El _Ferrer_, ganoso de sobrepujar a sus rivales, tañía una guitarra, cantando a media voz, acompañado por el rodar de los truenos. El _Cantó_, metido en un rincón, meditaba nuevos versos. Algunos muchachos saludaban con expresiones burlonas la luz de los relámpagos que se filtraba por las rendijas de la puerta, y el _Capellanet_ sonreía sentado en el suelo con la mandíbula apoyada en ambas manos.

Pep dormitaba en su silla baja, vencido por el cansancio, y su mujer lanzaba sordos alaridos de terror cada vez que un trueno fuerte conmovía la casa, intercalando en sus gemidos fragmentos de oraciones, murmuradas en castellano para mayor eficacia. _«Santa Bárbera bendita, que en el sielo estás escrita...»_ Margalida, insensible a las miradas de sus pretendientes, parecía próxima a dormirse en su asiento.

Resonó de pronto la puerta con dos golpes dados por una mano. El perro, que se había erguido momentos antes como adivinando la presencia de alguien en el porche, estiró el cuello, pero no ladró, moviendo la cola con tranquilidad.

Margalida y su madre miraron a la puerta con cierto miedo. «¿Quién podría ser? ¡A aquellas horas, en aquella noche, en la soledad de _Can Mallorquí!..._¿Le habría ocurrido algo al señor?...»

Pep, despertado por estos golpes, se incorporó en su asiento. _«¡Avant qui siga!»_ Invitaba a entrar con una majestad de padre de familia al uso latino, señor absoluto de su casa. La puerta sólo estaba entornada.

Se abrió, dando paso a una ráfaga de viento cargada de lluvia, que hizo estremecerse las luces del candil y refrescó el denso ambiente de la cocina. Iluminóse con el resplandor de una exhalación el negro rectángulo de la puerta, y todos vieron en ella, sobre el cielo lívido, una figura encapuchada, una especie de penitente, chorreando lluvia y con el rostro casi oculto.

Entró con paso decidido, sin saludar a nadie, seguido del perro, que olisqueaba sus piernas con gruñido cariñoso, y fue rectamente a ocupar la silla vacía junto a Margalida: el lugar reservado a los pretendientes.

Al sentarse se echó atrás la capucha y fijó sus ojos en la muchacha.

--¡Ah!--gimió ésta, pálida, con los ojos agrandados por la sorpresa.

Y fue tal su emoción, tan violento su impulso por retirarse de él, que la faltó poco para caer.

Tercera parte

I

Dos días después, cuando Jaime, de vuelta de la pesca, esperaba la comida en su torre, vio presentarse a Pep, que depositó el cestillo sobre la mesa con cierta solemnidad.

El rústico intentó excusarse por esta visita extraordinaria. Su mujer y Margalida habían ido otra vez a la ermita de los _Cubells_: el muchacho las acompañaba.

Comió Febrer con buen apetito, por haber pasado la mañana en el mar desde que rompió el día; pero el aire grave del payés acabó por preocuparle.

--Pep: tú quieres decirme algo y no te atreves--dijo Jaime en dialecto ibicenco.

--Así es, señor.

Y Pep, igual a todos los tímidos, que dudan y vacilan antes de hablar, pero una vez perdido el miedo se lanzan adelante ciegamente, empujados por el propio temor, expuso con rudeza su pensamiento.

«Sí; algo tenía que decirle, algo muy importante. Dos días había estado pensándolo, pero ya no podía callar más tiempo. Si se había encargado de traer la comida del señor, era sólo por hablarle... ¿Qué deseaba don Jaime? ¿Por qué se burlaba de ellos, que le querían tanto?...»

--¡Burlarme!--exclamó Febrer.

«Sí; burlarse de ellos.» Pep lo afirmaba con tristeza. «¿Qué había sido lo de la noche de la tormenta? ¿Qué capricho había impulsado al señor a presentarse en pleno cortejo, sentándose al lado de Margalida como si fuese un pretendiente?...» ¡Ah, don Jaime! Los _festeigs_ son cosa seria: por ellos se matan los hombres. Bien sabía él que los señores se burlaban de esto, considerando casi como salvajes a los payeses de la isla; pero a los pobres hay que dejarles sus costumbres, olvidarlos, no turbar sus escasas alegrías.

Ahora fue Febrer quien puso el gesto triste.

--¡Pero si yo no me burlo de vosotros, querido Pep! ¡Si todo es verdad!... Entérate de una vez: soy pretendiente de Margalida, como el _Cantó_, como ese _verro_ antipático, como todos los muchachos que acuden a tu cocina para cortejarla... La otra noche me presenté porque ya no podía sufrir más, porque comprendí de pronto la causa de las tristezas que me vienen afligiendo, porque quiero a Margalida, y me casaré con ella, si ella me acepta.

Su acento sincero y apasionado no dejó dudas al payés.

--¡Luego es verdad!--exclamó--. Algo de eso me había dicho la _atlota_ llorando cuando yo le pregunté el motivo de la visita del señor... Yo no la creí al principio. ¡Las muchachas son tan pretenciosas! Se imaginan que todos los hombres andan locos tras ellas... ¿Conque es verdad?...

Y esta certidumbre le hacía sonreír, como algo inesperado y gracioso.

¡Qué don Jaime! Muy honrados él y su familia por esta muestra de aprecio a los de _Can Mallorquí_. Lo malo era para la muchacha, que se engreiría, imaginándose ya digna de un príncipe, no queriendo aceptar a ningún payés.

--No puede ser, señor. ¿No comprende usted que no puede ser?... Yo también he sido joven y sé lo que es esto. Un primer movimiento que nos hace ir detrás de toda _atlota_ que no es fea; pero luego reflexiona uno, piensa lo que está bien y lo que está mal, lo que más le conviene, y acaba por no hacer tonterías. Usted habrá reflexionado, ¿verdad, señor?... Lo de la otra noche fue una broma, un capricho...

Febrer movió la cabeza enérgicamente. No; ni broma ni capricho. Amaba a Margalida, a la gentil «Flor de almendro»; estaba convencido de su pasión, e iría donde ella le arrastrase. Su propósito era hacer en adelante lo que le ordenara su voluntad, sin escrúpulos ni prejuicios. Bastante tiempo había sido esclavo de ellos. No; ni reflexión ni arrepentimiento. Amaba a Margalida, y era uno de sus pretendientes, con el mismo derecho que cualquier _atlot_ de la isla. Ya estaba dicho.

Pep, escandalizado por tales palabras, herido en sus ideas más antiguas y arraigadas, levantó las manos, al mismo tiempo que su alma simple se asomaba a los ojos con temblores de sorpresa.

--_¡Siñor!... ¡Siñor!..._

Necesitaba poner por testigo al Señor del cielo para expresar su turbación y su asombro. ¡Un Febrer queriendo casarse con la payesa de _Can Mallorquí_!... El mundo ya no era el mismo: parecían trastornadas todas sus leyes, como si el mar estuviera próximo a cubrir la isla y los almendros floreciesen en adelante sobre las olas. ¿Pero se había dado cuenta don Jaime de lo que significaba su deseo?...

Todo el respeto depositado en el alma del payés durante largos años de servidumbre a la noble familia, la veneración religiosa que le habían infundido sus padres cuando de niño veía llegar a los señores de Mallorca, renacieron ahora, protestando de este absurdo como de algo contrario a las costumbres humanas y la divina voluntad. El padre de don Jaime había sido un personaje poderoso, de los que dictan las leyes allá en Madrid; hasta había vivido en el palacio real. Le veía en su memoria, lo mismo que se lo había imaginado en las ilusiones crédulas de su niñez, mandando a los hombres a su voluntad; pudiendo enviar unos a la horca y perdonando a otros, según su capricho; sentado a la mesa de los monarcas y jugando con ellos a la baraja, igual que podía hacerlo él con un amigo en la taberna de San José, tratándose tú por tú; y cuando no estaba en la corte, era señor absoluto en barcos de hierro de los que escupen humo y cañonazos... ¿Y su célebre abuelo don Horacio? Pep le había visto pocas veces, y sin embargo, temblaba aún de respeto al recordar su aspecto señorial, su cara grave, limpia de sonrisas, y el gesto imponente con que acompañaba sus bondades. Era un rey a la antigua, uno de aquellos reyes buenos y justicieros, padres de los pobres, con el pan en una mano y el palo en la otra.

--¿Y quiere usted que yo, el pobre Pep de _Can Mallorquí_, sea pariente de su padre y su abuelo, y de todos los señorones que fueron amos de Mallorca y mandones del mundo?... Vamos, don Jaime. Vuelvo a creer que todo es una broma: su seriedad no me engaña. También don Horacio discurría a veces las cosas más chistosas, sin perder su cara de juez.

Jaime paseó los ojos por el interior de la torre, sonriendo de su miseria.

--¡Pero si soy un pobre, Pep ¡Si tú eres rico comparado conmigo! ¿A qué recordar mi familia, si vivo de tu apoyo?... Si me despidieras, no sé adonde podría ir.

El gesto de incredulidad con que Pep acogía siempre estas afirmaciones humildes volvió a aparecer.

«¡Pobre! ¿Y aquella torre no era suya?...» Febrer le contestó riendo. ¡Bah! Cuatro piedras viejas, que se caían cansadas de existir; un monte inculto, que sólo tendría algún valor trabajado por el payés... Pero éste insistió. Le quedaba lo de Mallorca, que aunque algo enredado, era mucho... ¡mucho!

Y al extender sus brazos con un gesto de inmensidad, como si nadie pudiese abarcar la fortuna de Jaime, añadía convencido:

--Un Febrer nunca es pobre. Usted no podrá serlo nunca. Después de estos tiempos otros vendrán.

Jaime desistió de hacerle reconocer su pobreza. Mejor era que le creyese rico. Así no podrían decir aquellos _atlots_ sin más horizonte que el de la isla, que era un desesperado ansioso de unirse con la familia de Pep para recuperar las tierras de _Can Mallorquí_.

¿Por qué se asombraba tanto el payés de que él pretendiese a Margalida? No era esto más que la repetición de una eterna historia: la del rey disfrazado y vagabundo enamorándose de la pastora y dándola su mano... Y él no era un rey ni estaba disfrazado, sino en una situación de miseria verdadera.

--También sé yo esa historia--dijo Pep--. Me la contaron de chico muchas veces y se la he contado yo a los míos... No digo que no sucediese así; pero sería en otros tiempos... otros tiempos muy lejanos: cuando hablaban los animales.

Para Pep, la más remota antigüedad y el estado dichoso de los hombres era siempre en el tiempo feliz «cuando hablaban los animales».

Pero ¡ahora!... Ahora él, aunque no sabía leer, se enteraba de las cosas del mundo cuando iba a San José los domingos y hablaba con el secretario del Ayuntamiento y otras personas letradas que leían periódicos. Los reyes se casaban con reinas y las pastoras con pastores. Se acabaron los buenos tiempos.

--¿Pero tú sabes si Margalida me quiere o no me quiere?... ¿Tú estás seguro de que le parece todo esto un disparate, lo mismo que a ti?...

Pep quedó silencioso largo rato, metiendo una mano bajo el fieltro y el pañuelo de seda puesto mujerilmente, para rascarse los bucles crespos y canos de su cabeza. Sonreía maliciosamente y al mismo tiempo con desprecio, como regocijado por la inferioridad en que vive la hembra de los campos.

--¡Las mujeres! ¡Vaya usted a saber lo que piensan, don Jaime!... Margalida es como todas: amiga de vanidades y cosas extraordinarias. A su edad, todas sueñan que va a venir por ellas un conde o un marqués para llevárselas en un carro de oro y que mueran de envidia sus amigas. Yo también, cuando era _atlot_, pensaba muchas veces que vendría a pedirme en matrimonio la más rica de Ibiza, una muchacha que no sabía quién pudiera ser, pero hermosa como la Virgen y con campos tan grandes como la mitad de la isla... Son cosas de los pocos años.

Luego, cesando de sonreír, añadió:

--Sí; tal vez le quiera a usted y no se dé cuenta de lo que desea. ¡Esto del querer y de la juventud es tan raro!... Llora cuando le hablan de lo de la otra noche; dice que fue una locura, pero ni una palabra contra usted... ¡Ay! ¡el corazón quisiera yo verle!

Febrer acogió estas palabras con una sonrisa de gozo; pero el payés desvaneció instantáneamente su alegría, añadiendo enérgicamente:

--No puede ser, y no será... Piense ella lo que piense, yo me opongo, porque soy su padre y quiero su bien... ¡Ay, don Jaime! Cada cual con los suyos. Me recuerda todo esto a cierto fraile que vivía solitario en los _Cubells_, hombre sabio, y por ser sabio, medio loco, que se empeñó en sacar crías de un gallo y una gaviota: una gaviota del tamaño de un ganso.

Y describía, con la gravedad que tiene para el campesino la vida y el cruce de los animales, la ansiedad de los payeses cuando iban a los _Cubells_, agrupándose curiosos en torno del jaulón donde estaban bajo la vigilancia del fraile el gallo y la gaviota.

--Años duró el trabajo de aquel buen señor, y ¡ni una cría!... Contra lo imposible nada pueden los hombres. Tenían sangre distinta; vivían juntos y tranquilos, pero no eran iguales ni podían serlo. Cada uno con los suyos.

Y al decir esto, Pep recogió de la mesa los platos de la comida y los fue guardando en la cesta, preparándose para marcharse.

--Quedamos, don Jaime--dijo con su tenacidad campesina--, en que todo es broma, y usted no inquietará a la _atlota_ con sus fantasías.

--No, Pep. Quedamos en que quiero a Margalida, y voy a su cortejo con el mismo derecho que cualquier muchacho de la isla. Hay que respetar los usos antiguos.

Y sonrió ante el gesto malhumorado del payés. Pep movía la cabeza en señal de protesta, repitiendo que aquello era imposible. Las muchachas del _cuartón_ iban a burlarse de Margalida, regocijadas por este pretendiente extraño que rompía el orden de las costumbres. Los maliciosos tal vez iban a calumniar a _Can Mallorquí_, que tenía un pasado de honradez como la mejor familia de la isla. Hasta sus amigos, cuando fuese él a misa a San José reuniéndose con ellos en el claustro de la iglesia, iban a suponer que era un ambicioso y deseaba convertir a su hija en una señorita... Y no era esto sólo. Había que temer además la cólera de los rivales, los celos de aquellos _atlots_ que habían quedado absortos por la sorpresa al verle entrar en plena tempestad y sentarse junto a Margalida. De seguro que a aquellas horas ya habían salido de su asombro, y hablaban de él concertándose todos para oponerse al forastero. Los de la isla eran como eran. Se mataban entre ellos, sin molestar al de fuera, porque le creían extraño a su vida, indiferente a sus pasiones. ¡Pero si el extranjero se mezclaba en sus asuntos, y además de extranjero... era mallorquín!... ¿Cuándo se había visto a gentes de otras tierras disputarles la novia a los ibicencos?... Don Jaime, ¡por su padre! ¡por su noble abuelo! Se lo rogaba Pep, que le conocía desde niño. La alquería era suya, todos sus habitantes deseaban servirle... ¡pero no debía persistir en aquel capricho! Iba a traerle desgracia.

Febrer, que había escuchado hasta entonces con deferencia, se irguió ante estas palabras de Pep. Sublevóse su carácter rudo, como si acabara de recibir una grave ofensa con los temores del payés. ¡Miedos a él!... Sentíase capaz de pelear con todos los _atlots_ de la isla. No había en Ibiza quien le hiciese retroceder. A su apasionamiento belicoso de amante uníase una soberbia de raza, el odio ancestral que separaba a los habitantes de las dos islas. Iría al cortejo; tenía buenos compañeros que le defendiesen en caso de apuro. Y miraba la escopeta colgada de la pared, luego de pasar sus ojos por la faja, donde ocultaba el revólver.

Pep bajó la cabeza con desaliento. Lo mismo había sido él cuando joven. Las mujeres hacen cometer las mayores locuras. Era inútil insistir para convencer al señor, testarudo y soberbio como todos los suyos.

--Haga su santa voluntad, don Jaime; pero acuérdese de lo que le digo. Nos espera una desgracia, una gran desgracia.

Salió el payés de la torre, y Jaime lo vio alejarse cuesta abajo, hacia su alquería, moviéndose al impulso de la brisa marítima las puntas de su pañuelo y el mantón mujeril que llevaba sobre los hombros.

Desapareció Pep tras las bardas de _Can Mallorquí_. Febrer iba a separarse de la puerta, cuando vio surgir entre los grupos de tamariscos de la pendiente un muchacho que, luego de mirar a un lado y a otro para convencerse de que no era observado, corrió hacia él. Era el _Capellanet_. Subió a saltos la escalera de la torre, y al verse ante Febrer rompió a reír, mostrando el marfil de su dentadura rodeada de rosa obscuro.

Desde la noche que el señor se presentó en la alquería, el _Capellanet_ lo trataba con la mayor confianza, cual si le considerase ya de la familia. Él no protestaba de lo extraordinario del suceso. Le parecía natural que Margalida gustase al señor y que éste desease casarse con ella.

--Pero ¿no estabas en los _Cubells_?--preguntó Febrer.

El muchacho volvió a reír. Había dejado a su madre y su hermana en mitad del camino, y oculto entre los tamariscos esperó a que su padre regresase de la torre. Sin duda el viejo quería hablar de cosas importantes con don Jaime; por esto los había alejado a todos, encargándose de llevar él mismo la comida. Hacía dos días que sólo hablaba en su casa de esta entrevista. Su timidez y el respeto «al amo» le hacían vacilar, pero al fin se había decidido. El noviazgo de Margalida le tenía de mal humor. ¿Había estado muy regañón el viejo?...

Queriendo esquivar Febrer estas preguntas, le hizo otras con cierta ansiedad. ¿Y «Flor de almendro»? ¿Qué decía cuando el _Capellanet_ le hablaba de él?

Se irguió el muchacho con petulancia, satisfecho de proteger al señor. Su hermana no decía nada; unas veces sonreía al oír el nombre de don Jaime, otras se le humedecían los ojos, y casi siempre daba fin a la conversación aconsejando al _Capellanet_ que no se mezclase en este asunto y diese gusto al padre yendo a estudiar en el Seminario.

--Esto se arreglará, señor--continuó el muchacho, poseído de la nueva importancia de su persona--. Se arreglará; se lo digo yo. Estoy seguro de que mi hermana le quiere mucho... pero le tiene cierto miedo, cierto respeto. ¡Quién podía esperar que usted se fijase en ella!... En casa todos parecen locos. El padre pone mala cara y habla solo; la madre gime y se aclama a la Virgen; Margalida llora; y mientras tanto, la gente cree que estamos de lo más alegres. Pero esto se arreglará, don Jaime; yo se lo prometo.

Preocupábale otra cosa, aparte de la voluntad de Margalida. Mientras hablaba, su pensamiento iba hacia sus antiguos amigos, los _atlots_ que cortejaban a «Flor de almendro». «¡Atención, señor! ¡Mucho ojo!...» Él no sabía nada de cierto. Hasta sospechaba que aquellos muchachos habían perdido la confianza en su persona, recatándose de hablar en su presencia. Pero seguramente tramaban algo. Una semana antes parecían odiarse y vivían apartados unos de otros; ahora se habían juntado todos para abominar del forastero. Callaban, pero su silencio era taciturno, poco tranquilizador. El único que gritaba y se movía con una cólera de cordero rabioso era el _Cantó_, irguiendo su cuerpo desmedrado de tísico, afirmando entre crueles toses su propósito de matar al mallorquín.