Los muertos mandan

Chapter 13

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Jaime sonreía al escuchar las protestas del _atlot_ contra su destino. En toda la isla no existía otro centro de enseñanza que el Seminario, y los payeses y patrones de barca que deseaban para sus hijos una suerte mejor los llevaban a él. ¡Los curas de Ibiza!... Muchos de ellos, mientras seguían sus estudios, tomaban parte en los cortejos, usando cuchillo y pistolete. Nietos de corsarios y de soldados, al vestir la sotana guardaban la arrogancia y la ruda virilidad de sus ascendientes. No eran impíos, pues su simpleza de pensamiento no les permitía este lujo, pero tampoco eran devotos ni austeros: amaban la vida con todas sus dulzuras y sentían la atracción de los peligros con atávico entusiasmo. La isla era una fábrica de sacerdotes animosos y aventureros. Los que permanecían en España acababan por ser capellanes de regimiento. Otros, más atrevidos, apenas cantaban misa se embarcaban para América, donde ciertas repúblicas de aristocrático catolicismo son el Eldorado de los sacerdotes españoles que no temen al mar. Desde allá giraban mucho dinero a sus familias y compraban casas y tierras, alabando a Dios, que mantiene a sus sacerdotes con más holgura en el Nuevo Mundo que en el viejo. Había buenas señoras en Chile y el Perú que daban cien pesos de limosna por una misa. Estas noticias hacían abrir la boca de asombro a los parientes, reunidos durante las noches de invierno en la cocina. A pesar de tales grandezas, su deseo era regresar a la isla amada, y volvían a los pocos años con el propósito de vegetar en sus tierras. Pero el demonio de la vida moderna les había mordido en el corazón, y se aburrían en la monótona existencia isleña, tradicional y cerrada. Pensaban en las ciudades jóvenes del otro continente, y al fin vendían sus bienes o los regalaban a la familia, embarcándose para no volver más.

Indignábase Pep contra la tenacidad de su hijo, que se empeñaba en continuar siendo payés. Hablaba de matarlo, como si lo viese en un camino de perdición. Llevaba la cuenta de todos los hijos de amigos suyos que habían partido para el otro mundo con la sotana puesta. El hijo de _Treufoch_ llevaba enviados de América cerca de seis mil duros. Otro, que vivía tierra adentro, entre indios, en unas montañas muy altas a las que llamaban los Andes, había comprado un predio en Ibiza, que cultivaba su padre. ¡Y el pillo de Pepet, más listo para las letras que los demás, negábase a seguir tan hermosos ejemplos!... Había para matarlo.

La noche anterior, en un momento de calma, cuando Pep descansaba en su cocina con el brazo fatigado y el gesto triste del padre que acaba de pegar fuerte, el _atlot_, rascándose los golpes, había propuesto un arreglo. Sería cura; obedecería al _siñó_ Pep pero antes deseaba ser hombre, ir con los muchachos de la parroquia a hacer música, bailar los domingos, mezclarse en los cortejos, tener novia, llevar un cuchillo en la faja. Esto último era lo que deseaba con mayores ansias. Si su padre le regalaba el cuchillo del abuelo, él pasaría por todo.

--_¡El gabinet del güelo, pare!_--imploraba el muchacho--. _¡El gabinet del güelo!_

Por obtener el cuchillo del abuelo sería cura, y hasta si era preciso viviría solitario, de la limosna de las gentes, como los ermitaños que estaban a orillas del mar en el santuario de los _Cubells_. Al recordar el arma venerable, brillaban sus ojos con fulgores de admiración y se la describía a Febrer. ¡Una joya! Era una antigua lima de acero aguzada y bruñida. Podía atravesarse con ella una moneda, ¡y en manos de su abuelo!... Su abuelo era un hombre famoso. El nieto no le había conocido, pero hablaba de él con admiración, colocando su memoria por encima del mediano respeto que le inspiraba el buenazo de su padre.

Luego, a impulsos de su deseo, se atrevía a implorar la protección de don Jaime. ¡Si quisiera darle ayuda!... Bastaría que pidiese una vez el famoso cuchillo, para que su padre se lo entregara al instante.

Febrer acogió esta demanda con risa bondadosa.

--Tendrás el cuchillo, muchacho. Y si tu padre no quiere entregarlo, yo te compraré otro cuando vaya a la ciudad.

Esta certeza entusiasmó al _Capellanet_. Necesitaba ir armado para poder mezclarse con los hombres. Su casa iba a verse frecuentada por los _atlots_ más valerosos de la isla. Margalida era ya moza e iba a comenzar el _festeig_. El _siñó_ Pep había sido rogado por los _atlots_ con objeto de que fijase día y hora para la visita de los cortejantes.

--¡Ah! ¡Margalida!--dijo Febrer con asombro--. ¡Margalida con novios!...

Lo que él había visto en tantas casas de la isla parecíale un espectáculo absurdo en _Can Mallorquí_. Se había olvidado de que la hija de Pep era una mujer. ¿Pero realmente aquella niña, aquella muñeca blanca e ingenua, podía gustar a los hombres?... Sentía la extrañeza del padre que ha enamorado en otro tiempo a muchas mujeres, y juzgando luego por su propia sensibilidad, no puede comprender que su hija inspire pasiones.

Pasados algunos instantes ya no la vio así. Margalida era otra a sus ojos: era una mujer. La transformación le dolía. Creyó que acababa de perder algo, pero se resignó ante la realidad.

--¿Y cuántos son?--dijo con voz algo apagada.

Pepet agitó una mano al mismo tiempo que elevaba los ojos a la bóveda de la torre. ¿Cuántos?... Aún no se sabía con certeza. Lo menos treinta. Iba a ser un _festeig_ del que se hablaría en toda la isla; y eso que muchos, aunque se comían a Margalida con los ojos, no osaban entrar en el cortejo, dándose de antemano por vencidos. Como su hermana había pocas en la isla: guapa, alegre y con un buen pedazo de pan, pues el _siñó_ Pep hablaba en todas partes de dar _Can Mallorquí_ al yerno cuando él muriese. ¡Y el hijo que se reventase con la sotana a cuestas al otro lado del mar, sin ver más _atlotas_ que las indias! _¡Futro!..._

Pero su indignación duró poco. Entusiasmábase al pensar en los mozos que iban a acudir a su casa dos veces por semana para hacer la corte a Margalida. Iban a venir hasta de San Juan, al otro extremo de la isla, el pueblo de los hombres valientes, donde muchos evitaban salir de su casa apenas cerraba la noche, sabiendo que cada ribazo servía de sostén a una pistola y cada árbol de guarida a una escopeta, y todos esperaban pacientemente la satisfacción de un agravio recibido muchos años antes; la patria de las temibles «fieras de San Juan». Juntos con estos personajes vendrían otros de los demás _cuartones_, y muchos tendrían que caminar leguas para llegar a _Can Mallorquí_.

El _Capellanet_ regocijábase pensando en los mozos arrogantes que iba a conocer. Todos le tratarían como un compañero, por ser hermano de la novia; pero de estas futuras amistades la que más le halagaba era la de Pere, apodado el _Ferrer_ por su oficio de herrero, un hombre cercano a los treinta años, del que se hablaba mucho en la parroquia de San José.

El muchacho lo admiraba como gran artista.

Cuando se decidía a trabajar, fabricaba las más hermosas pistolas que se conocían en los campos de Ibiza. Pepet enumeraba su trabajo. Le enviaban de la Península cañones viejos de escopeta--lo viejo inspiraba respeto al _atlot_--y los montaba a su modo en culatas de pistola esculpidas con bárbara fantasía, añadiendo a la obra prolijos adornos de plata. Arma salida de sus manos podía cargarse hasta la boca, sin miedo a que reventase.

Pero otra circunstancia más importante aumentaba su admiración por el _Ferrer_. Lo declaró en voz baja, con un tono de misterio y respeto:

--_El Ferrer és un verro._

¡Un _verro_!... Jaime quedó pensativo unos instantes, coordinando sus recuerdos sobre las costumbres de la isla. Un gesto expresivo del _Capellanet_ ayudó a su memoria. Un _verro_ es un hombre cuyo valor no necesita probarse, pues tiene pudriendo tierra uno o varios ejemplos de la dureza de su mano o de lo certero de su puntería.

Pepet, para que los suyos no quedasen por debajo del _Ferrer_, volvió a recordar a su abuelo. También había sido _verro_, pero los antiguos sabían hacer mejor las cosas. Aún se acordaban en San José de la habilidad con que el _güelo_ despachaba sus asuntos: un golpe nada más con el famoso cuchillo, y después las precauciones tan bien tomadas que siempre se presentaban testigos para declarar que lo habían visto al otro extremo de la isla a la misma hora en que agonizaba el enemigo.

El _Ferrer_ era un _verro_ con menos fortuna. Hacía medio año que había desembarcado, después de pasar ocho en un presidio de la Península. Le habían condenado a catorce, pero le alcanzaron varios indultos. El recibimiento fue triunfal. ¡Un hijo de San José que regresaba de tan heroico destierro!... No debían mostrarse menos entusiastas que los vecinos de otras parroquias, que acogían a sus _verros_ con grandes agasajos. Y bajaron al puerto de Ibiza, el día de la llegada del vapor, los parientes lejanos del _Ferrer_, que eran medio pueblo, y todo el resto del vecindario por puro patriotismo. Hasta el alcalde hizo el viaje, seguido de su secretario, para conservar las simpatías de sus administrados. Los señores de la ciudad protestaban con indignación de estas costumbres bárbaras e inmorales de la payesía, mientras hombres, mujeres y chiquillos asaltaban el vapor, ansioso cada uno de ser el primero en estrechar la mano del héroe.

Pepet se acordaba de la vuelta del _verro_ a San José. Él también había figurado en la comitiva, larga hilera de carros, caballos, asnos y peatones, como si el pueblo entero emigrase. En todas las tabernas y ventorros del camino deteníase la romería, y el grande hombre era obsequiado con jarros de vino, pedazos de sobreasada y copas de _figola_, licor de hierbas de la isla. Admiraban su traje nuevo--un traje de señor que había comprado al salir del presidio--, se asombraban en silencio de la desenvoltura de sus maneras, del aire de buen príncipe con que acogía a sus antiguos amigos, protegiéndolos con el gesto y la mirada. Muchos le envidiaban. ¡Lo que aprende un hombre saliendo de la isla! ¡No hay como correr el mundo!... El antiguo herrero los abrumó a todos con la superioridad de sus recuerdos durante el viaje a San José. Luego, en el espacio de varias semanas, la tertulia en la taberna del pueblo, a la caída de la tarde, resultó interesantísima. Las palabras del _verro_ se repetían de hogar en hogar por todos los esparcidos caseríos del _cuartón_, viendo cada payés algo honroso para su parroquia en estas aventuras del convecino.

El _Ferrer_ no se cansaba de alabar las bellezas del establecimiento en el que había permanecido ocho años. Olvidaba las cóleras y tristezas sufridas allá. Todo lo veía al través de ese amor a lo pasado que desfigura los recuerdos.

Él no había vivido, como ciertos infelices, en un establecimiento penal de las llanuras manchegas, donde hay que subir el agua a lomos de hombre, sufriendo los tormentos de un frío ártico. Tampoco había estado en los presidios de la vieja Castilla, donde la nieve blanquea los patios y los huecos de las rejas. Venía de Valencia, del penal de San Miguel de los Reyes, llamado _Niza_, a causa de la dulzura de su clima, por los habituales pensionistas de dichos establecimientos. Hablaba con orgullo de esta casa, lo mismo que un rico estudiante recuerda los años pasados en una universidad inglesa o alemana. Altas palmeras sombreaban los patios, ondeando su capitel de plumas por encima de los tejados. Desde las rejas llegaba a verse toda la extensión de la huerta valenciana, con los frontones triangulares y blancos de sus barracas, y más allá el Mediterráneo, una faja azul inmensa, tras cuyo lomo se ocultaba el peñón natal, la isla amada. Tal vez había pasado por ella el viento cargado de emanaciones salinas y ardores vegetales que se colaba como una bendición en las hediondas cuadras del presidio. ¡Qué más podía desear un preso!... La vida era dulce: se comía a sus horas, siempre de caliente; había orden, y el hombre no tenía más que obedecer, dejarse llevar. Se hacían buenas amistades; se trataba uno con gentes notables, que jamás hubiese conocido de permanecer en la isla. Y el _Ferrer_ hablaba con orgullo de sus amigos. Unos habían tenido millones y paseado en lujosos carruajes allá en Madrid, ciudad casi fantástica, cuyo nombre sonaba en los oídos de los isleños como el de Bagdad para el pobre árabe del desierto que escucha un relato de _Las mil noches y una noche_. Otros habían corrido medio mundo antes de que la desgracia les confinase en el encierro, y recordaban ante un corro absorto sus aventuras en tierras de negros o en países donde los hombres eran amarillos o verdes y llevaban trenzas mujeriles. En aquel antiguo convento, grande como un pueblo, vivía lo mejor de la tierra. Algunos habían ceñido espada y mandado hombres; otros habían manejado papeles sellados e interpretado la ley. ¡Hasta un cura había sido compañero de cuadra del _Ferrer_!...

Los admiradores de éste le oían con los ojos muy abiertos y las narices palpitantes de emoción. ¡Qué dicha! Ser _verro_, haber ganado la celebridad y el respeto matando a un enemigo en las sombras de la noche, y a cambio de esto, ocho años en _Niza_, lugar de delicias y honores. ¡No tendrían ellos tanta suerte!...

El _Capellanet_, que había escuchado estos relatos, sentía por el _verro_ un respeto admirativo. Describía las particularidades de su persona con la prolijidad del que se siente enamorado de un héroe.

No era alto ni fuerte como el señor; pero era ágil, nadie le ganaba en el baile, y podía danzar horas enteras, hasta rendir a todas las muchachas de la parroquia. Había traído de su larga temporada en _Niza_ una tez pálida y lustrosa, una tez de monja en clausura; pero ya estaba obscuro como los demás, con la cara bronceada y curtida por el aire del mar y el sol africano de la isla. Vivía en la montaña, en una casucha inmediata a los bosques de pinos, cerca de los carboneros que proporcionaban combustible a su fragua. Esta no se encendía todos los días. El _Ferrer_, con sus pretensiones de artista, sólo trabajaba cuando tenía que reparar una escopeta, transformar un viejo trabuco de chispa en arma de pistón, o fabricar aquellas pistolas con adornos de plata que admiraban al _Capellanet_.

Deseaba éste verle preferido por su hermana; que el _verro_ entrase en su familia con sus asombrosas habilidades. Tal vez a impulsos del próximo parentesco se decidiese a regalarle una de aquellas joyas.

--Puede ser que Margalida le quiera, y entonces el _Ferrer_ me dé una de sus pistolas. ¿Usted qué cree, don Jaime?...

Abogaba por el _verro_ como si fuese ya pariente suyo. ¡El pobre vivía tan mal!... Solo en la fragua, sin otra compañía que una parienta vieja, siempre vestida de negro por remotos lutos, lagrimeante un ojo, cerrado otro, y tirando del fuelle mientras su sobrino batía el hierro rojo. La vecindad del fogón secaba cada vez más su huesosa flacura. En su cara arrugada de manzana vieja parecían liquidarse las cuencas de los ojos.

Aquel antro ahumado y lóbrego en medio de los pinares podía embellecerse con la presencia de Margalida. Su único adorno actual eran unos cuantos cestillos de juncos de colores tejidos en forma de tablero de ajedrez, con pompones de seda, amistoso recuerdo de los ignorados artistas que entretenían sus ocios en el retiro de _Niza_. Cuando su hermana viviese en la fragua, Pepet iría a verla, y contaba adquirir de la munificencia de su cuñado, en estas visitas, un cuchillo tan famoso como el del abuelo, si es que el señor Pep perseveraba injustamente en negarle esta herencia gloriosa.

El recuerdo de su padre pareció obscurecer las esperanzas del muchacho. Veía difícil que el dueño de _Can Mallorquí_ aceptase como yerno a Pere el _Ferrer_. Nada malo podía decir el viejo de él; aceptaba su fama como una honra para el pueblo. La isla no sólo tenía hombres bravos en «las fieras de San Juan»; también San José podía enorgullecerse de mozos valientes que habían sufrido duras pruebas. Pero el _Ferrer_ era hombre de oficio, poco entendido en materias agrícolas, y aunque todos los ibicencos mostrábanse igualmente dispuestos a cultivar la tierra, echar una red en el mar o hacer un alijo de contrabando, pasando fácilmente de un trabajo a otro, él quería para su hija un verdadero labrador, habituado toda su vida a arañar el suelo. Su resolución era inquebrantable. En aquel cerebro yermo y duro, cuando llegaba a retoñar una idea, echaba raíces tan hondas, que no había huracán ni cataclismo que la arrancase. Pepet sería cura y correría mundo. Margalida la guardaba para un labrador que agrandase las tierras de _Can Mallorquí_ al heredarlas.

El _Capellanet_ inquietábase al pensar en quién podría ser el favorecido por Margalida. Trabajo le daba a todos teniendo enfrente a un hombre como el _Ferrer_. Aunque su hermana se inclinase hacia otro, el agraciado tendría que vérselas luego con Pere, el bravo glorioso, quitándolo de en medio. Iban a verse cosas grandes. Del cortejo de Margalida se hablaba ya en todas las casas del _cuartón_; su fama acabaría por extenderse a toda la isla. Y Pepet sonreía con feroz deleite, como un pequeño salvaje que ve próxima una matanza.

Admiraba a Margalida, reconociendo en ella una autoridad mayor que la del padre, por lo mismo que no estaba basada en el miedo a los golpes. Ella lo dirigía todo en la casa. La madre marchaba tras sus pasos como una doméstica, no osando hacer nada sin consultarla. El _siñó_ Pep, tan absoluto en sus ideas, deteníase antes de tomar una resolución, rascándose la frente con gesto de duda mientras decía en voz baja: «Esto habrá que consultarlo con la _atlota_». El mismo _Capellanet_, que había heredado la terquedad paternal, desistía fácilmente de sus intentos de protesta con sólo una palabra de la hermana, una insinuación de su boca sonriente, de su voz dulce.

--¡Lo que ella sabe, don Jaime!--decía el muchacho con admiración--. Yo ignoro si es guapa. Por ahí dicen que sí; pero a mí no me gusta. A mí me gustan otras de mi edad. ¡Lástima que no estén aún para admitir el _festeig_!....

Y volviendo a hablar de su hermana, enumeraba sus talentos, insistiendo con cierto respeto en su habilidad para el canto.

¿Conocía don Jaime al _Cantó_, un _atlot_ malucho del pecho, que no trabajaba y pasaba los días tendido a la sombra de los árboles, golpeando el tamboril y mascullando versos?... Era un blanco cordero, una gallina, con ojos y piel de mujer, incapaz de hacer frente a nadie. También éste pretendía a Margalida; pero el _Capellanet_ juraba meterle el tamboril por el cogote antes que aceptarlo como cuñado... Él sólo podía emparentar con un héroe... Pero en lo de sacarse canciones de la cabeza y cantarlas intercaladas con alaridos de pavo real no había quien se midiese con el _Cantó_. Había que ser justos, y Pepet reconocía su mérito. Era para el _cuartón_ una gloria que casi podía compararse con la del valeroso _Ferrer_. Pues bien; a este cantor le hacía frente Margalida cuando, en las tertulias de verano en el _porchu_ de la alquería o en los bailes del domingo, ruborosa, empujada por las compañeras, se decidía a sentarse en el centro del corro, y con el tamboril en una rodilla, ocultos los ojos tras un pañuelo, contestaba con un largo romance, todo de su invención, a lo que había dicho antes el poeta.

Si el _Cantó_ soltaba un domingo un interminable relato sobre la falsedad de las mujeres y lo caras que cuestan al hombre por su afición a los trapos, Margalida le respondía al otro domingo con un romance doblemente largo criticando la vanidad y el egoísmo de los hombres, y la turba de _atlotas_ coreaba sus versos con cloqueos de entusiasmo, reconociendo la gloria de una vengadora en la muchacha de _Can Mallorquí._

--_¡Pepet!... ¡Atlot_!

Una voz femenina sonó a lo lejos, como un cristal, cortando el denso silencio de las primeras horas de la tarde, cargado de vibraciones de calor y de luz. Sonaba cada vez más fuerte, al repetirse, como si se aproximase a la torre.

Pepet abandonó su posición de bestezuela en descanso, libertando las piernas encogidas del anillo de los brazos para erguirse de un salto... Era Margalida la que llamaba... Su padre debía reclamarle para algún trabajo, en vista de su tardanza.

El señor le retuvo por un brazo.

--Déjala que venga--dijo sonriendo--. Hazte el sordo, para que grite.

El _Capellanet_ enseñó los nítidos dientes en la obscuridad de su cara bronceada. Sonrió el pillete, satisfecho de esta inocente complicidad, y quiso aprovecharse de ella, hablando al señor con atrevida confianza.

¿De veras que pediría para él, al _siñó_ Pep, el cuchillo del abuelo? _¡Ay, el gabinet del güelo!_ Estaba siempre presente en su memoria.

--Sí, lo tendrás--dijo Jaime--. Y si tu padre no te lo da, yo te compraré el mejor que encuentre en Ibiza.

El muchacho se frotó las manos, brillándole los ojos con fulgores salvajes.

--Es sólo para que seas hombre como los otros--continuó Febrer--; pero ¡nada de usarlo! Un simple adorno nada más.

Pepet, ansioso de realizar cuanto antes su deseo, contestó con enérgicos movimientos de cabeza. Sí; un adorno nada más... Pero sus ojos se obscurecieron con una duda cruel... Un adorno; pero si alguien le ofendía llevando tal compañero, ¿qué debe hacer un hombre?...

--_¡Pepet!... ¡Atlot!_

La voz de cristal sonó ahora al pie de la torre. Febrer esperaba oírla más cerca, ver aparecer la cabeza de Margalida y luego todo su cuerpo en el hueco de entrada. En vano aguardó largo rato: la voz fue haciéndose apremiante, con graciosos temblores de impaciencia, pero sin aproximarse más.

Febrer se asomó a la puerta y vio a la muchacha al pie de la escalera, algo empequeñecida por la distancia, con hinchada falda azul y un sombrero de paja del que pendían cintas a flores. Sobre el fondo de las amplias alas del sombrero, iguales a una aureola, destacábase su rostro, de una palidez de rosa, en el que parecían temblar las gotas negras de los ojos.

--_¡Salut, Flo d'enmetllé!_--dijo Febrer con cierta inseguridad en la voz, pero sonriendo.

«¡Flor de almendro!...» Al oír la muchacha este nombre en boca del señor, el carmín de una expansión sanguínea ocultó momentáneamente la suave blancura de su tez...

«¿Ya sabía don Jaime este nombre?... ¿Un señor como él se enteraba de tales tonterías?...»

Febrer sólo vio ya la copa y las alas del sombrero de Margalida. Había bajado la cabeza, y en su turbación jugueteaba con las puntas del delantal, avergonzada como una niña que se da cuenta de pronto de la significación de su sexo y escucha el primer requiebro.

III

El domingo siguiente, Febrer fue por la mañana al pueblo. El tío Ventolera no podía acompañarle al mar, pues consideraba indispensable su presencia en la misa, para responder con voz chillona a las palabras del sacerdote.

Falto de ocupación, Jaime emprendió la marcha hacia el pueblo por senderos de tierra roja que ensuciaba la blancura de sus alpargatas. Era uno de los últimos días estivales. Las alquerías de nítida blancura parecían reflejar como espejos el fuego de un sol africano. Zumbaban en el ambiente los enjambres de insectos. En la sombra verdosa de las higueras, amplias, bajas y redondas, apoyadas en un círculo de estacas como un techo de verdura, caían los higos abiertos por el calor, reventando en el suelo como enormes gotas de azúcar purpúreo. Las chumberas alzaban sus muros de pinchosas palas a ambos lados del camino, y entre sus raíces polvorientas correteaban, medrosas y ebrias de sol, pequeñas bestias ondeantes, de larga cola y verde esmeralda.