Los muertos mandan

Chapter 12

Chapter 123,823 wordsPublic domain

Paseaba su mirada por la interna redondez de la torre. Un verdadero salón, más apacible para él que los de la casa de sus antepasados. Todo suyo, sin miedo a la copropiedad con prestamistas y usureros. Hasta tenía bellas antigüedades que nadie le podía disputar. Cerca de la puerta se apoyaban en el muro dos ánforas extraídas por las redes de unos pescadores, dos piezas de barro blancuzco, adornadas caprichosamente por el mar con guirnaldas de conchas petrificadas. En el centro de la mesa, entre las caracolas, estaba otro regalo del tío Ventolera: una cabeza de mujer rematada por una especie de tiara redonda sobre los cabellos en trenzas. El barro gris estaba moteado de blancas y duras esferillas, granulaciones de los siglos y del agua salitrosa. Pero Jaime, al contemplar a esta compañera de soledad, atravesaba con la imaginación su áspera mascarilla, adivinando sus serenas facciones y el misterio de sus ojos orientales, rasgados en forma de almendra. La veía como nadie podía verla. Sus largas horas de contemplación silenciosa habían acabado por borrar el rugoso antifaz, obra de los siglos.

--Mírala, es mi novia--había dicho una mañana a Margalida, mientras ésta limpiaba la habitación--. ¿Verdad que es hermosa?... Debió ser princesa de Tiro o Ascalón, no lo sé cierto; pero lo que sé indiscutiblemente es que estaba reservada para mí. Me amaba cuatro mil años antes de nacer yo, y ha venido a buscarme a través de los siglos. Tenía barcos, tenía esclavos, tenía trajes de púrpura y palacios con terrazas que eran jardines; pero lo abandonó todo por ocultarse en el mar, esperando durante siglos y siglos que una ola la arrastrase a la playa para ser recogida por el tío Ventolera y que éste la trajese a mi casa... ¿Por qué me miras así? Tú, pobrecita, no entiendes estas cosas.

Margalida le miraba con asombro. Heredera del respeto que su padre sentía por el señor, sólo se imaginaba a don Jaime hablando gravemente. ¡Las cosas que había visto en el mundo!... Y ahora sus palabras sobre la novia milenaria conmovían su credulidad, haciéndola sonreír levemente, al mismo tiempo que miraba con temor supersticioso a la gran señora de otros tiempos que sólo era una cabeza. ¡Cuando el señor decía aquello! ¡Era tan extraordinario todo lo suyo!...

Al subir Febrer a la torre se sentó cerca de la puerta, contemplando todo el paisaje de tierra adentro que se dominaba desde este agujero. Al pie de la colina extendíanse algunos campos roturados recientemente. Eran los pedazos de montaña propiedad de Febrer, que Pep iba convirtiendo en tierra cultivable. Más allá comenzaban las plantaciones de almendros, con su follaje de un verde fresco, y los añosos y retorcidos olivares, que extendían su leña negra con ramilletes de hojas de plateado gris. La casa, el _Can Mallorquí_, era una vivienda casi árabe, un grupo de construcciones cuadradas como dados, de techo plano y deslumbrante blancura. Conforme aumentaban las necesidades y la expansión de la familia, se iban levantando nuevas construcciones blancas. Cada dado era una habitación, y todos juntos formaban una casa, que más bien parecía un aduar, no adivinándose exteriormente cuáles servían para la vida de los habitantes y cuáles para las bestias de labor.

Más allá del _Can_ extendíanse la arboleda, dividida por paredones de piedra seca, y los bancales de altos ribazos. Los vientos de la isla no permitían la ascensión de los árboles, y éstos esparcían su ramaje en torno de ellos con una prolijidad exuberante, ganando en extensión lo que perdían en altura. Todos conservaban las ramas sostenidas por numerosas horquillas. Algunas higueras llegaban a tener centenares de sostenes, y se extendían como una inmensa tienda verde destinada a cobijar un sueño de gigantes. Eran cenadores naturales, en los que podía ocultarse casi un pueblo. El fondo del horizonte estaba cerrado por montañas cubiertas de pinos con grandes calvas de tierra roja. Entre el obscuro follaje se elevaban columnas de humo. Eran las fogatas de los leñadores que fabricaban carbón vegetal.

Tres meses que Febrer estaba en la isla. Su llegada había asombrado a Pep Arabi, todavía ocupado en relatar a parientes y amigos su estupenda aventura, su inaudito atrevimiento, el reciente viaje a Mallorca con los _atlots_, la estancia en Palma de unas horas, y su visita al palacio de los Febrer, lugar encantado que guardaba cuanto en el mundo puede existir de señorial y lujoso.

Las rudas declaraciones de Jaime asombraron menos al payés.

--Pep, estoy arruinado; tú eres rico si te comparas conmigo. Vengo a vivir en la torre... no sé hasta cuándo. Tal vez para siempre.

Y entró en los detalles de instalación, mientras Pep sonreía con aire incrédulo. ¡Arruinado!... Todos los grandes señores decían lo mismo, y lo que a ellos les sobraba en su desgracia podía hacer ricos a muchos pobres. Eran como los barcos que encallaban en Formentera antes que el gobierno pusiera faros. Los formenterinos, gente sin ley y dejada de Dios--por ser de una isla más pequeña--, encendían hogueras para engañar a los navegantes; y cuando se perdía el barco para éstos, no se perdía para los isleños, pues sus despojos hacían ricos a muchos.

¡Pobre un Febrer!... No quiso aceptar el dinero que le ofreció don Jaime. Él iba a cultivar unas tierras que eran del señor; ya arreglarían cuentas. Y viendo su empeño en ocupar la torre, trabajó Pep por hacerla habitable, ordenando además a sus hijos que llevasen la comida al señor los días que no quisiera bajar para sentarse a su mesa.

Estos tres meses habían sido para Jaime de rústico aislamiento; ni escribir una carta, ni abrir un periódico, ni conocer más libros que media docena de volúmenes que había traído de Palma. La ciudad de Ibiza, tranquila y soñolienta como un pueblo del interior de la Península, parecíale una capital remota. Mallorca no debía existir ya, ni tampoco las grandes ciudades que él había visitado. En el primer mes de esta nueva vida, un suceso extraordinario turbó su plácida tranquilidad. Llegó una carta, un pliego con membrete de un café del Borne y unos cuantos renglones de letra gruesa y defectuosa. Era Toni Clapés quien le escribía. Le deseaba muchas felicidades en su nueva existencia. En Palma todo continuaba lo mismo. Pablo Valls no le escribía porque estaba enfadado con él. ¡Marcharse sin avisarle!... Pero era un buen amigo y se ocupaba en desenmarañar sus asuntos. Tenía para esto una habilidad diabólica. ¡Al fin, _chueta_!... Ya le daría más noticias.

Después habían transcurrido dos meses sin que por suerte llegase otra carta. ¿Qué le importaban a él estas noticias de un mundo al que no pensaba volver?... No sabía ciertamente qué le reservaba el porvenir: allí había llegado y allí se quedaba, sin otros placeres que la caza y la pesca, gozando una voluptuosidad animal al no tener más ideas y deseos que los del hombre primitivo.

Permanecía aparte de la vida ibicenca, sin mezclarse en sus costumbres. Era un señor entre los payeses, un forastero. Aquéllos le trataban respetuosamente, pero con un respeto frío.

La existencia tradicional de estas gentes, ruda y un tanto feroz, le atraía con la fuerza de todo lo que es extraordinario y de contornos vigorosos. La isla, abandonada a sus propias fuerzas, había tenido que hacer frente durante siglos y siglos a los piratas normandos, a los navegantes árabes, a las galeras de Castilla, enemiga de los estados aragoneses, a los barcos de las repúblicas italianas, a los bajeles turcos, tunecinos y argelinos, y a los corsarios ingleses en tiempos más recientes. Formentera, deshabitada durante siglos, luego de haber sido granero de los romanos, servía de refugio traicionero a las flotas hostiles. Las iglesias de los pueblos eran aún verdaderas fortalezas con torres robustas, donde se refugiaban los labriegos al enterarse por las fogatas de que desembarcaban enemigos. Esta vida azarosa, de continuo peligro e interminable lucha, había creado una población habituada al derramamiento de sangre, a defender sus derechos con las armas en la mano. Los labradores y pescadores del presente, encerrados en su isla, tenían aún la misma mentalidad y costumbres de sus abuelos. Los pueblos no existían. Eran caseríos desparramados en muchos kilómetros, sin más núcleo que la iglesia y las casas del cura y el alcalde. La única población era la capital, la llamada en los antiguos documentos «Real Fuerza de Ibiza», con su barrio anexo de la Marina.

Cuando un _atlot_ llegaba a la pubertad, su padre lo llamaba a la cocina de la alquería en presencia de toda la familia.

--Ya eres hombre--declaraba solemnemente.

Y le hacía entrega de un cuchillo de recia hoja. El _atlot_ armado caballero perdía su encogimiento filial. En adelante se defendería él mismo, sin buscar la protección de su familia. Luego, al juntar algún dinero, completaba sus arreos paladinescos comprando un pistolete con adornos de plata a los herreros del país, que tenían su forja en el bosque.

Fortalecido por el contacto de estos dos testimonios de viril ciudadanía, que no le abandonarían mientras viviese, se juntaba con los otros _atlots_ igualmente pertrechados, y empezaba para él la vida juvenil y amorosa: las serenatas con acompañamiento di relinchos, los bailes, las excursiones a las parroquias que celebraban la fiesta de su santo patrón, donde se divertía tirando al galle con certeras pedradas, y sobre todo los _festeigs_, los tradicionales cortejos, la busca de novia, costumbre la más respetable de todas, que daba origen a riñas y muertes.

En la isla no había ladrones. Las casas aisladas en pleno campo conservaban muchas veces la llave en la puerta mientras los dueños estaban ausentes. Los hombres no se mataban por cuestiones de interés. El disfrute del suelo estaba muy repartido, y la dulzura del clima así como la frugalidad de las gentes hacían que éstas fuesen generosas y poco apegadas a los bienes materiales. El amor, sólo el amor empujaba a los hombres a matarse. Los rústicos caballeros eran apasionados en sus predilecciones y fatales en sus celos, como héroes de novela. Por una _atlota_ de ojos negros y manos morenas se buscaban y se provocaban en la obscuridad de la noche con relinchos de desafío; se _aucaban_ de lejos antes de venir a las manos. El arma moderna que sólo emite un proyectil en cada disparo les parecía insuficiente, y sobre el cartucho añadían un puñado de pólvora y otro de balas, atacándolo todo fuertemente. Si el arma no reventaba en sus manos, el agresor estaba seguro de hacer polvo a su contrario.

Los cortejos duraban meses y años. El payés que tenía una _atlota_ en edad de noviazgo veía presentarse a los muchachos del distrito y de otros distritos de la isla, pues todos los ibicencos contaban con igual derecho para solicitarla. El padre apreciaba el número de los pretendientes. Diez, quince, veinte: a veces hasta treinta. Luego calculaba el tiempo de que podía disponer en la velada antes de que le rindiese el sueño, y teniendo en cuenta el número de solicitantes, lo dividía a tantos minutos cada uno.

Al cerrar la noche iban acudiendo por distintos caminos los del cortejo, unos en grupos, canturreando con acompañamiento de relinchos y cloqueos, otros solitarios, haciendo vibrar en su boca el zumbido del _bimbau_, un instrumento compuesto de dos laminillas de hierro que gruñía como un moscardón y les hacía olvidar la fatiga de la marcha. Venían de muy lejos. Los había que caminaban tres horas a la ida y otras tantas a la vuelta, yendo de un extremo a otro de la isla, los jueves y sábados, días de cortejo, para hablar tres minutos con una _atlota_.

Sentábanse en el verano en el _porchu_, especie de zaguán de la alquería, o entraban en la cocina si era invierno. Inmóvil en un poyo de piedra les esperaba la muchacha. Habíase despojado del sombrero de palma con largas cintas, que le daba a las horas de sol un aire de pastora de opereta; vestía el traje de fiesta, la falda verde o azul de menudos pliegues, que guardaba el resto de la semana apretada entre cuerdas y pendiente del techo para que conservase intacto su plegado. Debajo de ésta llevaba otras faldas y otras, ocho, diez o doce zagalejos, toda la ropa femenil de la casa, un embudo sólido de paños y bayetas que borraba los vestigios del sexo y hacía imposible imaginarse la existencia de una realidad carnal bajo la balumba de tejidos. Las hileras de botones de filigrana brillaban en las mangas postizas del jubón. Sobre el pecho, aplastado por un corsé monjil que parecía de hierro, brillaba la triple cadena de oro de enormes eslabones. Por debajo del pañuelo que cubría su cabeza colgaba una gruesa trenza con remate de cintas. Sobre el poyo, sirviendo de tapiz a unas rotundidades que parecían voluminosas como globos por el enorme bulto de las faldas, estaba el _abrigais_, la prenda femenil de invierno.

Deliberaban los solicitantes para el buen orden del cortejo, y uno tras otro iban a sentarse al lado de la _atlota_ hablando con ella los minutos marcados. Si alguno, enardecido por la conversación, se olvidaba de los compañeros, dejando pasar el tiempo, éstos se lo advertían con toses, miradas furiosas y palabras de amenaza. Si insistía, el más fuerte de la banda lo agarraba de un brazo, apartándolo para que otro ocupase su lugar. Algunas veces, cuando los pretendientes eran muchos y apremiaba el tiempo, la _atlota_ hablaba con dos a la vez, haciendo esfuerzos de habilidad para no dar la preferencia a uno sobre otro... Así continuaban los cortejos hasta que ella manifestaba su preferencia por un _atlot_, sin tener en cuenta la voluntad de sus padres. En esta corta primavera de su vida, la mujer era reina. Luego, al casarse, cultivaba la tierra como su marido y era poco más que una bestia.

Los _atlots_ despreciados se retiraban, cuando no sentían gran interés por la muchacha, trasladando sus amores algunas leguas más allá; pero si estaban realmente enamorados, seguían acechando la casa, y el preferido tenía que pelearse con sus antiguos rivales, llegando milagrosamente al casamiento a través de cuchillos y pistolas.

La pistola era como una segunda lengua del ibicenco. En los bailes domingueros soltaba tiros para demostrar su entusiasmo amoroso. Saliendo de la alquería de la novia, para dar a ésta y a su familia una muestra de aprecio, disparaba un tiro al transponer la puerta, y gritaba luego: _«¡Bona nit!»_ Si, por el contrario, se retiraba ofendido y deseaba inferir a la familia una grave injuria, invertía los términos, dando primero las buenas noches y disparando la pistola después; pero en tal caso había de salir inmediatamente a todo correr, pues los de la casa contestaban acto seguido a la declaración de guerra con otros disparos o con palos y pedradas.

Jaime vivía al borde de esta existencia ruda y tradicional, contemplando de lejos las costumbres de aduar que aún se mantenían en el apartamiento de la isla. España, cuya bandera ondeaba todos los domingos sobre el menguado caserío de cada parroquia, apenas hacía memoria de este pedazo de su suelo perdido en el mar. Muchas tierras de la lejana Oceanía se hallaban en comunicación más frecuente con los grandes núcleos humanos que esta isla, arrasada en otros tiempos por la guerra y la rapiña, y mísera ahora al hallarse lejos del camino de los grandes buques, encerrada en un cinturón de islotes, rocas y bajos, entre freos y canales cuyas aguas transparentaban el fondo submarino.

Sentía Febrer en esta nueva existencia el deleite del que ocupa sitio cómodo para presenciar un espectáculo interesante. Aquellos campesinos y pescadores, belicosos nietos de corsarios, eran para él agradables compañeros de existencia. Pretendía contemplarlos de lejos, como un testigo curioso, pero lentamente sus costumbres habían hecho presa en él, arrastrándolo a los mismos hábitos de existencia. No tenía enemigos, y sin embargo, en sus paseos por la isla, cuando no llevaba la escopeta al hombro, ocultaba un revólver en su faja... por si acaso.

En los primeros días de su estancia en la torre, como las necesidades de la instalación le obligaban a ir a la ciudad, conservó su traje; pero poco a poco prescindió de la corbata, del cuello de camisa, de las botas. La caza le hizo preferir la blusa y el pantalón de pana de los payeses. La pesca le aficionó a marchar con los pies desnudos dentro de unas alpargatas por playas y peñascos. Un sombrero igual al que usaban todos los _atlots_ en la parroquia de San José cubrió su cabeza.

La hija de Pep, conocedora de las costumbres de la isla, admiraba con cierto agradecimiento el sombrero del señor. Los hombres de los diversos _cuartones_ que de antiguo dividían a Ibiza distinguíanse unos de otros por la manera de llevar el sombrero y la forma de sus alas, diferencia imperceptible para el que no fuese de la tierra. El de don Jaime era idéntico al de todos los _atlots_ de San José y se diferenciaba de los usados por los vecinos de los otros pueblos, todos con nombres de santos. Un honor para la parroquia de que ella era hija.

¡Ingenua y graciosa Margalida! Febrer gustaba de hablar con ella, gozándose en el asombro que sus relatos de otras tierras y sus bromas, dichas con gesto grave, despertaban en su alma simple...

No tardaría en traerle la comida. Hacía media hora que una columna tenue de humo flotaba sobre la chimenea de _Can Mallorquí_. Se imaginaba a la hija de Pep guisando, yendo y viniendo junto al hogar, seguida por la mirada de la madre, payesa infeliz y de silenciosa torpeza, que no osaba poner mano en las cosas del señor.

De un momento a otro la vería aparecer bajo el sombrajo del _porchu_ que daba entrada a su casa, llevando al brazo la cesta de la comida y sobre su rostro de milagrosa blancura, que el sol apenas doraba con ligera pátina de marfil antiguo, un sombrero de paja con largas cintas.

Alguien se movió bajo el sombrajo, emprendiendo la marcha hacia la torre. ¡Era Margalida!... No; no era ella. Llevaba pantalones. Era su hermano Pepet... Pepet, que vivía en Ibiza desde un mes antes, preparándose para seminarista, y al que la gente había dado por esto el apodo de el _Capellanet_.

II

--_¡Bon día tengui!..._

Pepet extendió una servilleta en un lado de la mesa y puso sobre ella dos platos tapados y una botella de vino de parra que tenía el color y la transparencia del rubí. Luego se sentó en el suelo, abarcando las rodillas con los brazos, y quedó inmóvil. El luminoso marfil de su dentadura brillaba sonriente sobre el rostro moreno. Sus ojos maliciosos fijábanse en el señor con una expresión de can alegre y fiel.

--Pero ¿no estabas en Ibiza para ser cura?--preguntó Jaime mientras atacaba la comida.

El muchacho movió la cabeza. Sí, señor; estaba. Su padre lo había confiado a un profesor del Seminario. ¿Sabía don Jaime dónde era el Seminario?...

Hablaba el pequeño payés de él como de un remoto lugar de tortura. Ni árboles, ni libertad, ni aire apenas: la vida no era posible en aquel encierro.

Febrer, oyéndole, recordaba su visita a la ciudad alta, la Real Fuerza de Ibiza, población muerta, separada del barrio de la Marina por una gran muralla del tiempo de Felipe II, con los intersticios de la piedra arenisca cubiertos de verdes y ondeantes alcaparros. Estatuas romanas sin cabeza decoraban en tres hornacinas la puerta que comunicaba la ciudad con el arrabal. Más allá, las calles tortuosas empezaban a empinarse hacia la cumbre, ocupada por la catedral y el castillo: pavimentos de piedra azul, por cuyo centro corrían en pendiente las inmundicias; fachadas de nítida blancura, marcando borrosamente bajo su enjalbegado escudos nobiliarios y la labor de antiguos ventanales; un silencio de cementerio a orillas del mar, interrumpido solamente por el lejano rumor de la resaca y el zumbido de las moscas amontonándose en el arroyo. De tarde en tarde, pasos en el pavimento de estas calles morunas y ventanas que se entreabren con la ávida curiosidad de un suceso extraordinario; unos soldados que suben lentamente hacia el castillo por las empinadas cuestas; los señores canónigos que bajan del coro, con el pecho de la sotana brillante de grasa y el sombrero de teja y el manteo de color de ala de mosca, míseros prebendados de una catedral olvidada, pobre y sin obispo.

En una de estas calles había visto Febrer el Seminario, casa larga, de blancas paredes, con las ventanas cubiertas de rejas lo mismo que una cárcel. El _Capellanet_, al recordarla, poníase grave, borrándose de su rostro achocolatado el blanco marfil de la sonrisa. ¡Qué mes había pasado allí! El maestro entretenía el aburrimiento de las vacaciones con este pequeño campesino, queriendo iniciarlo en las bellezas de las letras latinas con ayuda de su elocuencia y de una correa. Deseaba hacer de él un prodigio, para sorprender a los otros profesores cuando se abriesen las clases, y los golpes menudeaban. Además de esto, las rejas, que sólo dejaban ver la pared de enfrente; la aridez de la ciudad, donde no se encontraba una hoja verde; los aburridos paseos al lado del cura por aquel puerto de aguas muertas que olía a almeja corrompida y sin otros barcos que algunos veleros que llegaban a cargar sal... El día anterior, unos cuantos correazos más fuertes habían acabado con su paciencia. «¡Pegarle a él! ¡Si no fuese un cura!...» Se había fugado, emprendiendo a pie el regreso a _Can Mallorquí_; pero antes, como venganza, desgarró varios libros que el maestro tenía en gran estima, volcó el tintero sobre la mesa y escribió en las paredes vergonzosas inscripciones, con otras travesuras de mono en libertad.

La noche había sido de emociones en _Can Mallorquí_. Pep había dado de palos a su hijo: lo quiso matar, ciego de ira, teniendo que interponerse entre los dos Margalida y su madre.

La sonrisa del _atlot_ había vuelto a reaparecer. Hablaba con orgullo de los palos que llevaba recibidos sin que le arrancasen un grito. Era su padre quien le pegaba, y un padre puede pegar, porque así demuestra que se interesa por sus hijos. Pero que probase otro a golpearle: era como sentenciarse a muerte. Y al decir esto, se erguía con la belicosa petulancia de una raza habituada a ver correr la sangre y a hacerse justicia por su mano. Pep hablaba de llevar a su hijo otra vez al Seminario, pero el muchacho dudaba de esta amenaza. No iría aunque su padre cumpliera la promesa de llevarlo atado como un costal a lomos de un asno: huiría antes a la montaña o al islote del Vedrá, para vivir con las cabras salvajes.

El dueño de _Can Mallorquí_ había dispuesto del porvenir de sus hijos rudamente, con esa energía del campesino que no repara en obstáculos cuando cree hacer el bien. Margalida se casaría con un payés, y para él serían las tierras y la casa. Pepet sería cura, lo que representaba una ascensión social de la familia, honor y fortuna para todos.