Los monfíes de las Alpujarras: novela original

Part 85

Chapter 853,933 wordsPublic domain

--Mientras Aben-Humeya esté en el trono, respondió Carcax; mientras haya una sola villa en las Alpujarras que le aclame rey, no entraran en la pelea mis gentes: haced vosotros lo que querais.

--Ni yo expondré otra vez mi estandarte á la vergüenza, dijo Alí.

--¿Y no es mas conveniente, dijo Huscen, hacer pedazos la frente de Aben-Humeya y dar la corona á quien valga mas que él; á un hombre como Aben-Aboo, valiente, leal, emprendedor, buen musulman y buen caballero?

--¡Yo! ¡yo rey! exclamó Aben-Aboo, disimulando su alegría. ¿Qué dices Huscen? ¿sobre mis débiles hombros quieres arrojar tan pesada carga? ¡No! ¡no! matad en buen hora á Aben-Humeya, y ocupe su trono otro que yo: uno de vosotros por ejemplo.

--Aluch-Alí nuestro señor, dijo Carcax, nos ha enviado á ayudaros, no á ser reyes... arreglad este asunto entre vosotros los moriscos... mas... alguien se acerca... ¿has traido á alguno contigo Aben-Aboo?

--He venido solo.

En aquel momento apareció en la entrada de la cueva un hombre.

Era Diego Alguacil.

Al ver á Aben-Aboo y á los turcos, adelantó y les dirigió confiadamente la palabra.

--Musulmanes, dijo: dadme ayuda; me he perdido en la montaña y necesito un guia para cumplir un encargo en servicio del rey.

--¿De qué rey hablas? dijo Aben-Aboo afectando no conocer á Diego Alguacil.

--¿De que rey he de hablar?, contestó el morisco, sino del alto el grande Muley Aben-Humeya, á quien Dios ensalze...

--Cuadra muy mal tu comisión con tu torpeza, moro, dijo con recelo Carcax.

--Tiene trazas de espía de los cristianos, dijo con acento de amenaza Huscen.

--Esta carta responderá por mí, dijo Diego Alguacil sacando del seno la que le habia dado en Andarax Aben-Aboo.

--De Aben-Humeya, sultan de Andalucía al alcaide de Mecina de Bombaron, dijo Carcax leyendo el sobre escrito de la carta que habia tomado de manos de Diego Alguacil.

Aben-Aboo, miró recatadamente á los turcos con una mirada enérgicamente significativa, con la que parecia decirles:

--Necesitamos apoderarnos de esa carta.

Y luego añadió volviéndose á Diego Alguacil como si no le conociera:

--Ven conmigo: llevo el mismo camino que tú y antes del alba habremos llegado á Mecina de Bombaron.

Alí adelantó receloso.

--Descuida, le dijo rápidamente Aben-Aboo: va conmigo, y yo ni vacilo ni dudo: y luego añadió alto: sígueme moro: hermanos mios, adios.

--Que Allah te guarde, contestaron los turcos.

Aben-Aboo y Diego Alguacil salieron de la cueva.

--Sigámosles, dijo Huscen, y castiguemos á Aben-Aboo si nos hace traicion.

--Deteneos, dijo Alí: el estrecho sendero por donde caminan está sobre el tajo.

--¿Y qué? dijo Huscen.

--¿Y qué? ¡Dios ayude al mensajero de Aben-Humeya!

Como para confirmar las palabras de Alí se escuchó en aquel momento uno de esos horribles gritos que exhala el que de repente siente la muerte sobre sí.

--¿Habeis oido? dijo Huscen.

--Si, un grito de horror, de agonía: sin duda ha caido el mensajero: ¡es la senda tan estrecha, y está tan resbaladiza con el hielo!...

En aquel momento Aben-Aboo apareció en la entrada de la cueva y adelantó hacia los turcos.

Parecia horrorizado: su mirada erraba sin objeto.

--Por fortuna llevaba yo la carta, dijo con voz opaca.

--Ha resbalado...

--Sí...

--Ha caido...

--Sí; un salto horrible: ha rebotado en las rocas, y ha caido al fin al torrente. Os juro que me ha causado horror.

--¿Y la carta? exclamó con afan Carcax.

--Aquí está, dijo Aben-Aboo, entregándola á Alí: llevadla, enviadla al alcaide de Mecina de Bombaron: yo me vuelvo á Andarax: esa desgracia me ha horrorizado.

--¿Que llevemos esta carta al alcaide de Mecina? dijo con asombro Alí.

--Sí; el rey lo manda, repuso Aben-Aboo: habeis venido á servirle y debeis obedecerle.

--¡Ah! no hace mucho que nos hablabas de otra manera, Aben-Aboo, dijo Carcax.

--La muerte enseña mucho y acabo de verla, contestó sentenciosamente Aben-Aboo, y salió de la cueva y se alejó.

Los turcos quedaron asombrados.

--O nos hace traicion ó está loco, dijo Alí.

--Lo que nos importa es saber lo que dice esa carta, repuso Carcax.

--Sí, veamos, porque recelo una traición, añadió Huscen.

Alí se inclinó sobre la hoguera, abrió la carta y la leyó.

He aquí el contenido de aquella carta:

«En el nombre de Dios Altísimo y misericordioso: el ensalzado, el favorecido de Dios, gobernador de los moros de España, Muley Aben-Humeya al valiente alcaide de Mecina de Bombaron, desea salud y prosperidades.--Sabrás alcaide, porque todo el mundo lo sabe, que los turcos que nos ha enviado el dey de Argel, mas que de provecho y de ayuda nos sirven de escándalo y perjuicio, haciendo insultos y deshonestidades, forzando mujeres, y robando las haciendas á los moros de la tierra. Hácenlo como corsarios y ladrones que son, gente aventurera y mala, agenos á todo respeto, sin temor á los hombres ni á Dios. Necesario es pues, evitar estos males, mas como son poderosos, te los enviaré á Mecina de Bombaron mañana: cuando llegaren, haz muestra de festejarlos: ordena una zambra, dáles de cenar y pon zumo de hagiz[30] en los manjares; cuando estén aletargados, mátalos, que después yo me disculparé con el dey de Argel, manifestándole las causas que he tenido para obrar asi.--Prospérete Dios y te dé ventura.»

Por bajo se leia en mal carácter africano la frase siguiente con que acostumbraba á firmar Aben-Humeya: _Esto es verdad_, como si dijera: esta carta es legítima.

El furor, la ira, la venganza, todas las malas pasiones, se pintaron en el semblante de los turcos apenas conocieron el contenido de la carta.

--¿Y dudaremos aun? exclamó el iracundo Carcax: ¿Dudaremos despues de lo que hemos leido?

--¡Dudar! exclamó Alí: ¡necesito toda la sangre de ese perro infiel!

--¡Mil vidas que tuviera! exclamó Huscen. Si vosotros esperais, yo no espero ni un momento. Yo voy á buscar á los mios...

--Y yo...

--Y yo... contestaron Alí y Carcax.

Y salieron de la cueva trémulos de corage, y en paso rápido se perdieron entre las quebraduras.

Apenas habian desaparecido los turcos cuando de entre un matorral salió una sombra informe, y se asomó al borde del abismo.

--¡Ah del muerto! exclamó.

--¿Quién va allá? contestó una voz desde abajo.

--Espérame, contestó el de arriba.

Y se deslizó por el borde de la cortadura.

Poco despues se detenia junto á otra sombra.

Eran Aben-Aboo y Diego Alguacil.

--Lo han creido, dijo Diego.

--¡Lo de tu muerte! ¿pues no han de haberla creido, si yo hubiera dudado? ¡oh! ¡qué grito tan lastimero!

--¿Y los turcos?

--Allá van hácia Andarax; vamos tambien nosotros: los turcos y los monfíes nos ayudan.

--¡Los monfíes! exclamó Diego Alguacil: Dios me perdone: pero desconfío de ellos.

--¡Desconfiar! ¿y por qué?

--Huyen demasiado.

--Los tercios que ha traido don Juan de Austria...

--Son valientes es verdad: pero los monfíes nunca han sido tan cobardes: parece que á la primera arremetida huyen de intento.

--¡Oh! ¡si eso fuera!

--Yo creo...

--¡Qué!

--Que la muerte del emir los ha irritado; que os atribuyen á vosotros esa muerte.

--¿Y quienes somos nosotros?

--Tú y Aben-Humeya.

Se estremeció todo Aben-Aboo.

--Te engañas, te engañas, Diego, contestó el jóven procurando dominar lo conmovido de su voz: los monfíes no tienen razon para sospechar... no pueden sospechar.

--Allá lo veremos, replicó Diego Alguacil: ó mas bien lo veran los que se queden.

--¿Y tú por qué no?

--Porque yo, en cuanto Aben-Humeya muera, que será esta noche, recobro á María, á la prenda de mi alma, que ese infame me ha robado, y me voy con ella á Africa. Te aconsejo que hagas lo mismo, Aben-Aboo.

--¿Que abandone yo la corona, cuando ya la siento sobre mi cabeza?

--Los monfíes te mataran como mataran á Aben-Humeya.

--¿Crees tú que no sea tan fácil matar á los monfíes como á los turcos?

--Dios es grande y vencedor, dijo Aben-Aboo.

--Pues bien haz lo que quieras: en cuanto á mí he tomado mi resolucion. Ahora vamos á Andarax.

--Vamos, contestó Aben-Aboo.

Poco despues los dos moriscos habian desaparecido entre las quebraduras.

CAPITULO XLV.

En que volvemos á encontrar al perdido marqués de la Guardia, y se sabe cómo escapó del subterráneo de la princesa encantada, y la escena que tuvo con su antigua amante.

Entre tanto, á pesar de la lluvia y del frio, y á través de breñas y despeñaderos, habia seguido Angiolina á Harum-el-Geniz.

El monfí se detuvo un momento, habló algunas palabras con otros monfíes, y él y Angiolina pasaron.

Anduvieron aun algun tiempo.

Al fin la italiana vió una luz entre la oscuridad.

--¿Está el marqués de la Guardia donde brilla aquella luz? dijo:

--Si; contestó secamente Harum.

Llegaron á poco á una especie de venta situada al lado de uno de los estrechos caminos de herradura que cruzan las Alpujarras.

Al llegar á la puerta, Harum previno á Angiolina que se cubriese con su velo, y asiéndola de la mano, la condujo á un pequeño aposento alto, á través de unas escaleras.

Al abrir su puerta, Harum desasió la mano de Angiolina.

--Dentro encontrareis al marqués de la Guardia, la dijo: fuera os espero.

Angiolina entró con el corazon comprimido.

Sentado en un lecho mezquino, verdadero tormento de la hospitalidad de una venta, habia un hombre meditabundo é inmóvil.

Al sentir el ruido de la puerta que se abria, el hombre que estaba sentado en el lecho levantó la cabeza, y miró á Angiolina.

Al verle la veneciana lanzó un grito de horror, palideció, sus ojos se llenaron de lágrimas y corrió á aquel hombre, le abrazó, y le miró con ansiedad.

--¡Oh! ¡Dios mio! exclamó: ¡me le vuelven muerto!

El marqués contestó con una triste sonrisa.

Estaba pálido, con la palidez impura de la enfermedad, de una enfermedad lenta: estaba demacrado, y sus ojos, sus antes hermosos ojos, casi hundidos en los alveólos: la barba larga, el aspecto macilento: la actitud como de hombre cansado, y de tiempo en tiempo desgarraba su pecho una tos seca, aguda, terrible.

La mirada de Angiolina se extravió.

--¿Quién sois, señora? dijo con voz ronca el marqués de la Guardia.

--¡Qué! ¿tan desdichada soy que ha llegado el caso de que no me reconozcas, don Juan? dijo la veneciana.

--Yo he escuchado vuestra voz, señora; la he escuchado no recuerdo cuándo ni dónde, dijo el marqués; pero recuerdo que ha sido en otros dias mas felices.

Y el marqués la miraba con esa expresion de deseo del que quiere reconocer á una persona.

--¿Pero que es esto? exclamó Angiolina: ¿qué te sucede don Juan? ¿habrás perdido acaso la razon?

--No, la razon no; pero la memoria, la vista, el oido... ¡oh! ¡oh! ha sido una cosa horrible.

--Pero... ¿qué horrible cosa ha sido esa? dímela, dímela, y yo te vengaré.

--¡Vengarme! ¿y por qué? Seria necesario que me vengárais en mí mismo: yo he sido la causa de todo: ella no tiene la culpa: me ama y ha tenido zelos.

--Y... ¿quién es esa mujer que te ama y está zelosa? exclamó con ansia la jóven.

--¡Ah! ¿y qué te importa?... ¿tú no conoces á la princesa Angiolina Visconti? una hermosa mujer que me sirvió para hacerme amar de otra.

--¡Ah! exclamó Angiolina.

Y su exclamacion fue semejante á un rugido.

--¿Y dices tú que esa mujer, que esa Angiolina, se ha vengado de tí?

--Si; se ha vengado de una manera horrible.

--¿Pero no me conoces? ¿no reconoces en mí á esa Angiolina que solo ha amado por tí, que solo ha vivido por tí, que solo por tí ha odiado, que solo por tí ha teñido sus manos en sangre, y ha llenado de remordimientos su conciencia?

--No, tú no eres Angiolina; si lo fueras mi odio me lo diria. ¡Oh! ¡funesta mujer!

Un nuevo acceso de tos cortó la palabra al marqués, y al retirar el pañuelo de su boca, Angiolina le vió manchado de sangre.

Hubo un momento de terrible silencio.

Don Juan contemplaba á Angiolina con una curiosidad cada vez mas creciente.

Angiolina contemplaba á don Juan con una ansiedad cada vez mas terrible.

--¿Pero quién te ha puesto en ese horrible estado? exclamó Angiolina.

--Ella, esa mujer, exclamó el marqués.

--¿Pero qué mujer es esa?

--¿No os he dicho que se llama la princesa Angiolina Visconti?

--No, no; ella no hubiera atentado á tu vida... ella hubiera muerto mil veces antes que tocar á uno solo de tus cabellos:... ella, porque tú vivieses seria capaz de buscar á tu adorada Amina, de entregártela, y de morir después.

--¡Amina! ¡Amina! esa infame mujer la ha perseguido; ella ha causado la desgracia de su padre; ella la ha entregado á Aben-Aboo; ella me ha asesinado.

--¡Oh! ¡no! exclamó con angustia Angiolina.

--Vos debéis conocer á esa mujer, cuando de tal modo la disculpais, dijo el marqués.

--¡Que si la conozco! Pluguiera á Dios que de tal modo me conocieses tú, exclamó llorando Angiolina.

--¡Llorais! ¡me compadeceis! teneis razon en llorar y en compadecerme señora, y puesto que conoceis á esa malvada, puesto que ella me ama con ese amor de Satanás. ¡Oid, oid, y contadla lo que vais á oir para que se estremezca y tema la justicia de Dios!

El marqués se sentó en el lecho, se reclinó sobre las almohadas é inclino la cabeza; Angiolina se arrodilló á sus pies, y continuó llorando en silencio.

--Oid: hubo un dia el mas feliz de mi vida, en que un sacerdote me unió á la única mujer que he amado. Yo juzgaba el mundo estrecho para mí; yo creí que Dios me habia anticipado su gloria dándomela sobre la tierra, representada por una mujer.

Tosió el marqués, y apareció en su pañuelo una nueva mancha de sangre.

Angiolina anonadada, ocultó su semblante sobre las rodillas del marqués.

Este continuó.

--Era de noche; caminábamos hácia la costa: de repente nos sorprendieron la tempestad y los hombres: mi esposa me fue robada, y yo arrebatado por la corriente, milagrosamente salvado, viví para buscar á mi Esperanza... y la encontré... pero robada por un infame.--Su caballo corria; veloz como el viento seguíale mi caballo... rendidos entrambos animales por la fatiga, el miserable que me robaba mi Esperanza, continuó su fuga á pié llevándola á ella sobre sus hombros.--Yo le seguia... le seguia... entróse en una caverna, y yo me entré tras él.--Sentí sus pisadas á través de un oscuro laberinto, y le seguí en las tinieblas.--De repente... no sé lo que aconteció.--Parecia que el mundo entero habia caido sobre mí, y luego no sentí nada... nada...--Despues de no sé cuanto tiempo volví á la vida, pero á una vida horrible: parecíame sentir despedazadas mis entrañas; ardia mi cabeza; mis miembros estaban como descoyuntados, y me rodeaban las mas lóbregas tinieblas.--Me creí en la region de los muertos.--Y sin embargo hice un esfuerzo, y logré arrastrarme sobre mis manos; impulsado por la desesperacion y por el terror, redoblé mis esfuerzos, y no sé en cuánto tiempo, pero largo, lento, débil, estenuado, sin cesar de arrastrarme, logré al fin volver á ver la luz del dia.--Estaba en una cueva.--Cuando me acerqué á su entrada, me ví en la parte media de la vertiente de una montaña al borde de una roca: abajo, mi vista debilitada, turbia, veia como á través de una niebla sangrienta un pequeño valle.--El vértigo zumbaba en mi cabeza.--De improviso, y como en medio de un sueño, oí un lejano ladrido que se acercaba, se acercaba, hasta resonar junto á mí.--Era un perro guardian del ganado que pastaba en el valle.--Junto al perro habia un pastor anciano.--Los buenos pastores me recogieron, cuidaron de mí, y ellos avisaron á mi amigo Harum.--¿Y sabeis lo que me dijo Harum cuando estuve en estado de escucharle?--Seguiais de cerca á Aben-Aboo, cuando os perdimos de vista: poco después, y cuando nos acercábamos á la caverna por donde habiais desaparecido, sonó una detonacion terrible; la roca voló rota en mil pedazos y... os dimos por muerto.

--¡Oh! ¡qué horror!

--Y todo esto es obra de esa mujer maldita: porque ella ha sido el primer eslabon de la cadena de desgracias que á todos, inclusa ella misma, nos han acontecido.--De ella es la obra de mi asesinato, porque yo, por resultado de aquella explosion estoy enfermo de muerte, y pluguiese á Dios viviese lo bastante para volver á ver á mi Esperanza y á mi pobre hija.--Puesto que conoceis á Angiolina, puesto que acaso ella os envia, contadla, señora, cómo me habeis encontrado: enfermo, loco... si, loco, transformado enteramente en cuerpo y en alma, desesperado, desalentado, inutilizado, muerto; decidle que todo esto es obra suya, y que yo la maldigo.

--¡Oh! no, no la maldigas, don Juan, perdónala, perdónala, y extermínala despues: ¡pero maldecirla porque te ha amado...! ¡porque te ama con toda su alma..! ¡esto es horrible, esto no puede ser!

--¿Quién sois vos que os interesais tanto por esa mujer, que llorais, que os retorceis las manos desesperada? dijo el marqués mirando fijamente á la joven.

--¡Oh! ¡no me conoce, no conoce á la mujer que por él lo ha perdido todo; su honra, su conciencia, su alma! Y ¡es verdad! estas ropas moriscas me desfiguran; este albornoz que me envuelve, esta toca que rodea mi cabeza, y mi terror, y mi dolor...

Y Angiolina arrojó el albornoz, se arrancó la toca dejó flotar sus hermosos cabellos, y asió las manos del marqués, infiltró en sus ojos una mirada lúcida, intensa, impregnada de amor, y acercando su boca seca y árida á la contraida boca del marqués, estampó en ella un beso candente, supremo, satánico.

El marqués dió un grito, y como obedeciendo á la poderosa magia de aquella mirada y de aquel beso, reconoció á Angiolina.

--¡Oh! ¡si! ¡tú! ¡eres tú! exclamó: pues bien miserable; has venido á tiempo porque aun me queda fuerza para exterminarte.

Y con un movimiento rápido é imprevisto, verdadero arranque de loco, asió con sus dos manos la garganta de Angiolina, que dió un grito ahogado y cayó de espaldas, mas por la dolorosa impresión de las intenciones del marqués respecto á ella, que por la fuerza de sus manos, demasiado débiles para que Angiolina no pudiese desprenderse de ellas.

En aquel momento se abrió la puerta, y apareció Harum.

--Un caballero, dijo con voz severa, nunca tiene razon bastante para convertirse en verdugo.

Y apartó al marqués, que fué á sentarse en su lecho en la actitud de un tigre replegado en sí mismo; levantó á Angiolina, la dió su toca y su albornoz en que ella se envolvió en silencio, y asiéndola de la mano la sacó de la habitacion.

--¡Oh! ¿por qué no me habeis dejado morir á sus manos? dijo llorando Angiolina.

--Porque le amo demasiado para permitir que tiña sus manos en sangre, y porque vos debeis vivir.

--¡Ah! vuestra venganza es cruel, muy cruel; pero os aseguro que no viviré mucho. ¿Y él? hablemos de él: yo no importo nada. ¿Y él? ¿creeis que podrá vivir, Harum?

--Solo Dios sabe lo oculto: solo Dios, que es fuerte y misericordioso, puede hacer milagros, contestó sentenciosamente.

--¡Oh! no me habiais engañado al decirme que el marqués habia muerto, ¡Muerto!.. lo que es lo mismo... loco... agonizando lentamente... si el amor de la sultana Amina pudiese salvarle...

--¡Qué decís, señora!.. exclamó con extrañeza Harum.

--¡Qué! ¿no creeis que yo sea capaz de sacrificarlo todo por él?.. mi vida, mis zelos... vos no habeis amado nunca... si yo pudiese salvarle sentenciándome á tormentos continuos, inauditos, insoportables, le salvaria. ¿Qué me importan Amina, ni vos, ni el mundo entero, ni el cielo, ni el infierno, cuando se trata de salvarle á él?

--¡Ah! ¡funesto amor! exclamó aterrado Harum.

--Decidme, decidme lo que yo puedo hacer: exclamó con afan Angiolina.

--¿Sois capaz de sacrificaros?

--¿No os he dicho que soy capaz de todo por él?

--Creo haber oido decir que Aben-Aboo os ama.

--Aunque no me amara, yo le obligaria á amarme.

--Obligad á Aben-Aboo, enamoradle, sed suya, embriagadle.

--Lo haré, contestó sin vacilar Angiolina.

--Y averiguad, descubrid, dónde para la sultana... salvadle... salvad acaso á ese pobre loco...

--Lo haré... ¡pero los medios!... los medios, dádmelos vos.

--Esta noche irá Aben-Aboo á matar á Aben-Humeya.

--¡Ah! me pondré á su paso... él estaba enamorado de mí... salvaré á vuestra señora, Harum, si está en poder de Aben-Aboo, y si el amor de doña Esperanza vuelve la razon y la salud al marqués, si son felices, despues que yo muera, decidles: su amor la hizo cometer crímenes: su amor os fue fatal, pero tambien su amor os ha salvado: perdonadla y rogad á Dios por ella.

--¡Vamos! ¡vamos! no sois tan malvada como yo creia. Asios bien á mi brazo, y volvámonos á Andarax. Se acerca la hora.

Poco tiempo despues Angiolina volvia á entrar en casa de Aben-Humeya, y en la habitacion que habia abandonado á la llegada de Harum.

CAPITULO XLVI.

De cómo fue la muerte de Aben-Humeya.

Los turcos habian llegado á Andarax con cuatrocientos de sus piratas; pero contenidos por la línea de los monfíes, no habian podido pasar adelante.

Aben-Aboo habia llegado tambien con trescientos hombres, y Farax-aben-Farax, alguacil mayor de las Alpujarras como hemos dicho, con trescientos moriscos.

Pero Suleiman, nuestro antiguo conocido, que se habia quedado mandando los monfíes en ausencia de Harum, habia declarado que nada se haria hasta que Harum llegase.

--¿Con que es decir, que nada podemos hacer, ni á nada podemos atrevernos sin los monfíes? exclamó el iracundo Alí.

--El emir de los monfíes, repuso Suleiman, es el rey, el único rey de las Alpujarras; sin los monfíes no hubiera sido posible la guerra; el dia en que los monfíes cedan y se recojan á sus guaridas, los cristianos se encontraran, como antes, dueños de las villas y lugares de las Alpujarras. Entre tanto los fuertes somos nosotros: tenemos rodeado á Andarax, y nadie entrará en él mientras no lo permita el emir de los monfíes.

--¿Y quién es el emir de los monfíes? dijo con acento torbo Aben-Aboo: ¿acaso no ha muerto mi tio Yaye-ebn-Al-Hhamar?

--Ciertamente que tu noble tio, ha sido villanamente asesinado, replicó con voz ronca Suleiman; pero vive su hija.

--¡La sultana Amina!

--Si, la sultana de los monfíes.

--¡Una mujer! ¡y una mujer, cuyo paradero no se sabe!

--Pero la sultana Amina tiene un esposo, dijo Suleiman.

--¡El marqués de la Guardia! ¡un cristiano renegado! repitió Aben-Aboo.

--El esposo de la sultana Amina, es el emir de los monfíes.

--Pero si la sultana Amina muriese...

--¡Mas le valdria no haber nacido al miserable que se atreviese á la vida de la sultana! exclamó con acento de amenaza Suleiman.

--Pero puede darse por muerta, puesto que nadie sabe donde se encuentra.

--Y bien, dijo Suleiman, dejándose arrastrar por las circunstancias, á falta de la sultana Amina, tenemos á su hija la sultana Zoraya[31].

--Mal nombre la habeis puesto, porque la otra sultana Zoraya, hija como esta de cristiano, y esposa de Muley Hacem, fue muy desgraciada.

--¿A qué es esa inútil disputa? dijo una nueva voz terciando en la conversacion: os he llamado y habeis venido; Aben-Humeya está descuidado y ha llegado el momento de obrar.

Quien asi hablaba, era Harum, walí de los walies de los monfíes, que acaba de llegar.

--Es verdad, dijo el capitan turco Carcax: esta disputa es inútil: si los monfíes teneis derecho á llamaros dueños de las Alpujarras, nosotros que hemos venido de Africa á ayudaros, tenemos tambien derecho á que se nos trate lealmente, á que se nos honre, á que se cumplan los pactos que hemos establecido: en vez de esto se pretende destruirnos, se nos acecha, y se nos manda matar: debemos, pues, vengarnos, y nos vengaremos matando á Aben-Humeya.

--Aben-Humeya es rey de Granada, exclamó Harum.

--¿Y pretenderás acaso disuadirnos de nuestra venganza? exclamó Alí: ¿ignoras que tenemos la prueba de la traicion del rey contra nosotros?

--Aben-Humeya debe morir, exclamó Farax-Aben-Farax, pero debe pensarse en un nuevo rey.

--¿Y qué rey pensais que debemos elegir, caballeros? dijo Harum.

Sucedió un silencio solemne...

En medio de él, se alzó la voz de Aben-Aboo.

--Concluyamos antes, dijo, con Aben-Humeya, que nos hace traicion, y despues tendremos lugar de pensar en un nuevo rey.

El rey que ha de gobernarnos, dijo Farax-Aben-Farax, acaba de hablar. Aben-Aboo será nuestro rey.