Los monfíes de las Alpujarras: novela original
Part 84
El insensato jóven nada sospechaba: ensoberbecido con algunas ventajas obtenidas sobre los castellanos, con la ayuda decidida del dey de Argel que le habia enviado algunos centenares de turcos, bajo las órdenes de los capitanes Alí, Huscen y Carcax, piratas levantinos, que solo al olor del oro y de la sangre habian dejado los puertos del sultan de Constantinopla Selim II, se creia ya decididamente sultan de Andalucia en el momento en que le acechaba de cerca la muerte.
Era, como dijimos al principio de este capítulo, una fria, nublada y tempestuosa noche de otoño.
Acababan de dar las doce en el reló de la villa.
A aquella hora, entraron en un casaron medio derruido en la parte baja del pueblo dos hombres.
El uno llevaba el ostentoso traje de walí de los walíes ó capitan general de los monfíes.
Era Harum-el-Geniz.
El otro llevaba un bello traje berberisco.
Era Aben-Aboo.
La estancia en que habian penetrado, estaba alumbrada únicamente por la fuerte luz de un monton de ramas de olivo que ardian en un ancho hogar.
Sentado junto al hogar habia un hombre como de treinta años, con traje morisco.
Este hombre era Diego Alguacil.
Al oir á los recien llegados se levantó.
--¡Cuánto habeis tardado! dijo.
--Los barrancos estan invadeables, respondió Harum-el-Geniz, y trayendo tanta gente nos ha sido preciso rodear mucho.
--¿Cuánta gente traeis?
--Dos mil monfíes.
--¡Ah! pues si traeis dos mil monfíes ¿á qué esperar? ¿acaso no teneis confianza en ellos?
--Si, si ciertamente. Pero es necesario justificar la muerte de Aben-Humeya para que el dey de Argel y el sultan no puedan acusarnos de ella, dijo Aben-Aboo.
--¿Y habeis encontrado un medio?
--Excelente.
--¿Y qué medio es ese?
--Que le maten los turcos que le ha enviado Aluch-Alí.
--¡Ah! pero los turcos aunque estan disgustados con él, no se atreveran á tanto.
Sonrió sesgadamente Aben-Aboo, y miró con una expresion de horrible inteligencia á Harum.
--Los turcos, dijo, mataran á Aben-Humeya, cuando sepan que Aben-Humeya quiere matarlos á ellos.
--Pero eso no es verdad, dijo Diego Alguacil.
--Poco importa que no lo sea con tal de que lo crean los turcos.
--Si, bien: yo aborrezco á Aben-Humeya, yo deseo su muerte: me ha herido en el corazon, me ha afrentado, dijo Diego Alguacil. Pero el deseo que tengo de esterminarle me hace desconfiar de que podamos herirle.
--¡Bah! dijo Aben-Aboo: tú serás quien cause la muerte de mi buen primo.
--¡Cómo!
--Toma, contestó Aben-Aboo dando una carta cerrada á Diego Alguacil.
--Esta carta, dijo el morisco mirando el sobrescrito, es para el alcaide de Mecina de Bombaron, y la letra parece de Aben-Humeya.
--Tan de Aben-Humeya es como mia, dijo sonriendo de una manera sesgada Aben-Aboo. Esa carta la ha escrito Diego de Arcos que, como sabes, ha sido secretario de Aben-Humeya. Y esta carta es tal, que yo te juro que nadie nos culpará de la muerte de Aben-Humeya.
--Quiera Dios que esta carta nos libre de ese malvado, dijo Diego Alguacil, devolviendo la carta á Aben-Aboo.
--Se necesita un hombre de confianza para llevar esa carta, dijo con acento breve Harum-el-Geniz.
--Diego Alguacil la llevará, repuso Aben-Aboo.
--¿Y para qué he de llevarla yo?
--¿No quieres vengarte de la afrenta que te ha hecho Aben-Humeya?
--¡Oh! ¡si! ¡vengarme! ¡vengarme de una manera terrible!
--Pues para eso es necesario que esta carta dé en manos de él.
--¡Recelaran!
--Concluyamos, Diego Alguacil: ¿podemos contar contigo, ó no? dijo Harum-el-Geniz.
--Quiero saber la parte que tomo en mi venganza, y para ello os estoy esperando.
--En esa carta llevas la muerte de Aben Humeya, de ese miserable traidor, repuso Harum-el-Geniz. Lo que necesitas hacer es muy sencillo: como los barrancos van crecidos, tendras que tomar la falda de la sierra: en la muela de las Aguilas estan los capitanes turcos esperando á Aben-Aboo; procura pasar por el sendero que cruza delante de la cueva, y cuando llegues á ella, como sorprendiéndote de encontrar allí gente, pides un guia para llegar á Mecina de Bombaron con la carta de Aben-Humeya á pretexto de haberte extraviado.
--¿Y nada mas?
--Nada mas.
--¿Es decir que en esta carta va la muerte de Aben-Humeya?
--Si. Ahora bien; dicen que Aben-Humeya está tan descuidado que todas las noches se anda en zambras y fiestas.
--Es verdad; ese maldito está abandonado de la mano de Dios.
--Dios abandona siempre á los traidores y á los desleales; pero estamos ya perdiendo tiempo. Vamos, Diego Alguacil; yo te acompañaré por el camino, y luego tomaré por los atajos para llegar antes que tú á la muela de las Aguilas y con distinta direccion, al pasar por la cueva donde me esperan los capitanes turcos.
Aben-Aboo se levantó y se puso en marcha: Harum-el-Geniz y Diego Alguacil le siguieron dejando la casa abandonada.
--¡Que Dios os dé buena ventura! dijo Harum-el-Geniz cuando estuvieron fuera de la casa volviéndose hácia la parte alta del pueblo.
--¡Cómo! ¿te quedas tú? dijo Diego Alguacil.
--Importa que yo me quede en Andarax, dijo Harum: y ademas ¿quién se ha de quedar al frente de los dos mil monfíes que cercan la villa para que no pueda escapar Aben-Humeya?
--Dices bien. Adios.
--Adios, dijo Aben-Aboo.
--Adios, contestó Harum-el-Geniz tomando para la parte alta del pueblo.
Aben-Aboo y Diego Alguacil salieron al campo mientras Harum se encaminaba á la plaza murmurando:
--¡Ah, mi noble y desgraciado señor! me he visto obligado á esperar mucho tiempo la venganza de tu sangre: pero al fin esos dos miserables van á hacerse pedazos. ¡Tus hijos! ¡no podian ser tus hijos, no: aquellas cartas mentían! ¡si hubieran sido tus hijos la sangre hubiera hablado á esos corazones de tigre! ¡y si eran tus hijos!... ¡oh Dios poderoso!... si eran tus hijos... el hijo que tiñe las manos en la sangre de su padre merece ser muerto por su hermano.
Y entrando á punto en la plaza Harum, se encaminó hacia la iglesia transformada entonces en mezquita, y torciendo por una estrecha calleja, llegó á un postigo oscuro de la tapia de un huerto.
CAPITULO XLIII.
De cómo la princesa Angiolina Visconti volvia á ser un instrumento manejado por Harum.
Harum se detuvo junto á aquel postigo y escuchó con la mayor atencion.
Nada se oia.
Una gran casa situada en el fondo del huerto y á la cual pertenecia, estaba envuelta en un silencio profundo y en una oscuridad lúgubre.
Solo en una ventana morisca se veia luz á través de su arco calado.
--¡Vela! dijo Harum: vela esperándome y Aben-Humeya no está en la casa: esa luz que brilla en el aposento de la italiana me lo dice. ¡Miserable mujer! su amor y su empeño por el marqués son acaso la causa de estas desgracias. Acaso sin ella mi desventurado señor, hubiera podido dar el golpe de muerte al rey don Felipe en su misma córte... pero aquella funesta herida... aquella imprevista prision en el Santo Oficio... ¡Vamos, es necesario no pensar mas en lo pasado porque es cosa de desesperarse! miremos adelante... á la venganza: ¡por el Dios Altísimo y Unico, que será cumplida y que te alcanzará en ella tu parte y una parte horrible, infame italiana!
Y tras estos pensamientos, buscó en el marco del postigo, halló el nudo de una cuerda, tiró, y el postigo se abrió.
Harum adelantó por el huerto como sobre un terreno conocido: atravesóle en pocos instantes, llegó á una galería, buscó en uno de les oscuros extremos una puerta, encontró unas escaleras, las subió, y al fin de ellas llamó con recato á una puerta.
Poco despues se oyeron apresurados pasos de mujer, la puerta se abrió y apareció una dama que por su traje parecia mora y mora riquísima, pero no lo era.
Era Angiolina.
--Entrad, entrad amigo mio, dijo á Harum-el-Geniz: os esperaba con ansia.
--¿Y María de Rojas? dijo con interés Harum.
--Antes de que veais á María necesito hablaros, dijo con ansiedad Angiolina.
--Hablemos, pues, pero invertamos en nuestra conversación el menos tiempo posible.
--Sentaos, dijo Angiolina, acercándo unos almohadones á su lado.
Harum se sentó.
¡Oh! ¡y por cuan horrible causa nos hemos conocido! dijo Angiolina, asiéndole una mano.
Harum miró fijamente á la veneciana.
--Horrible, si, muy horrible, señora: Dios no puede perdonar á los que han sido la causa de la desastrada y terrible muerte de mi señor.
--Os juro, Harum, os lo juro por la salvacion de mi alma, que no he tenido la menor parte en ella, que nada sabia, que si alguna noticia hubiera tenido, habria evitado ese horroroso asesinato.
Harum se contuvo de una manera admirable hasta el punto de que, á pesar de hervir la cólera en su corazon, su semblante permaneció impasible, y ni el mas ligero extremecimiento agitó la mano que Angiolina tenia en prenda de amistad entre las suyas.
--Todos hemos sido bien desgraciados: la sultana Amina ha perdido á su hijo y á su esposo.
--¡Ah! ¡infeliz! dijo Angiolina, dominando su alegría por la desgracia de Amina, como Harum habia devorado su odio.
--La misma sultana... ¿quién sabe lo que ha sido de la sultana?
--¿Qué no lo sabeis Harum? dijo insidiosamente Angiolina.
--No.
--Pues mirad, para eso os habia detenido, para preguntaros por ella.
--¿Y qué os importa ya la sultana Amina? ¿no ha muerto el hombre que os hacia enemigas?
--Creo que no, dijo con fijeza Angiolina.
--Desengañaos, señora; cuando yo os busqué la primera vez para que me ayudáseis en nuestra comun desgracia, os dije la verdad. El marqués pereció en la voladura de un subterráneo cuando perseguia á Aben-Aboo que se llevaba robada á su esposa.
--¿Y si yo os dijese que el marqués de la Guardia vive?
--¿Que vive el marqués de la Guardia? exclamó con la expresion de la mayor extrañeza Harum. Seria necesario creer en un milagro.
--Ese milagro le ha efectuado Dios, compadecido sin duda de mí, que por la muerte del marqués hubiera muerto de dolor.
--Pero eso es imposible: os aseguro, á fuer de buen creyente, que vi perecer al marqués de la Guardia.
--Os engañásteis: yo sé que vive. Y vamos claros, Harum: vos sabeis tambien como yo que vive.
--¡Yo!
--Si, es mas: vos me habeis traido el consuelo de la certeza de su existencia.
--¡Yo!
--¡Si, vos! ¿os acordais de un dia en que vinisteis á ver al rey, que os habia llamado?
Este rey que citaba Angiolina, era Aben-Humeya.
--Si, si, es verdad; hace seis meses.
--Cabalmente.
--Pues bien: con vos venia un moro encubierto.
--¡Ah! ¡el moravito[29] de Africa! exclamó con la mayor naturalidad Harum: ese hombre ha prometido llevar el rostro cubierto y no dormir bajo techado, hasta tanto que logre una venganza.
--¿Y quién mejor que el marqués pudiera haber hecho ese juramento?
--Insistís en vano, señora, os equivocais.
--¿Y si yo os diese una prueba?
--¿Cuál?
--Ese moro encubierto se quedó en el patio, entre vuestros monfíes.
--Es verdad.
--Yo le veia desde una celosía: sin saber por qué aquel moro me habia llamado la atencion: su estatura, su actitud, sus ojos negros, que se veian por cima de la toca con que llevaba cubierto el semblante...
--Pudisteis equivocaros, señora.
--Dudé un momento; pero mi corazon me decia que era él y quise salir de dudas: entonces le llamé en voz alta desde la celosía.
--¿Que le llamásteis?
--Si: le llamé por su nombre: ¡Don Juan! exclamé: y entonces el moro hizo un movimiento marcado: dió algunos pasos hácia delante y miró con interés al lugar donde habia reconocido mi voz.
--Esa es una prueba muy vaga.
--Es que tengo otras.
--¿Cuales?
--Una carta de Don Juan á su esposa.
--¡Ah! exclamó Harum.
--¿Sabeis acaso que don Juan recibió una carta en la que se le participaba que Amina estaba en una cueva en Mecina de Bombaron?
--Yo, señora... no recuerdo.
--Esperad: voy á ayudaros á recordar, dijo Angiolina sacando de su seno dos papeles doblados.
Desdobló el uno y leyó lo siguiente:
«Señor marqués de la Guardia: soy un cautivo cristiano, que para librarme de la muerte he renegado en la apariencia y estoy como soldado entre las gentes de Aben-Aboo. A fuerza de fingir y de disimular, he logrado la confianza de este moro, hasta el punto de que con mucha frecuencia me confió la guarda de una mujer que tiene presa en una cueva en el barranco de la fuente de la Zorra. Esta dama que es jóven y hermosa, se ha atrevido hoy á confiarse á mí, me ha contado su historia y me ha pedido que la ayude. Yo no he podido negarme á ello, porque esa dama es vuestra esposa doña Esperanza de Cárdenas, duquesa de la Jarilla. Escribidla para que se tranquilice acerca de vos, porque Aben-Aboo la afirma que habeis muerto: no sabiendo yo vuestro paradero, y habiéndome dicho doña Esperanza que el wazir Harum-el-Geniz os buscaria si no sabia vuestro paradero, dirijo esta carta al dicho Harum, y le suplico que os busque y os la entregue: doña Esperanza no escribe, porque me es imposible procurarla los medios; espera vuestra esposa una contestacion pronta: dádsela por Dios, porque si tarda creerá que habeis muerto: vuestro servidor que os besa las manos.--Juan de Carreño.»
--Vos debisteis recibir esta carta, Harum, añadió la italiana, y dársela al marqués, porque á los ocho dias recibí esta otra escrita del puño y letra de don Juan: llena de ternezas á su esposa, avisándola de que corria á salvarla...?
--¿Estais segura, señora, de que esta carta está escrita por el marqués...
--¿Quereis que no conozca su letra cuando aun tengo en mi poder las cartas de amor que me escribia hace dos años, cuando pretendia ser mi amante y yo le desdeñaba?
--De modo que...
--Si, Harum, si, os he tendido un lazo porque amo.
--¿Amais al marqués á pesar de haberse casado con otra?
--Cabalmente por eso le amo mas.
--¿Ignorais que despues de muerto el emir de los monfíes, yo soy el padre de la sultana Amina?
--Padre que no sabe donde está su hija.
--Lo sabré, puesto que está en poder de Aben-Aboo.
--Vos no sabreis nada, ni hareis nada si yo no quiero que lo hagais.
--¡Ah! os creis con poder...
--Puedo en vez de entregaros la persona de Aben-Humeya avisarle; Aben Humeya me ama como ama á una mujer todo aquel que no ha logrado de ella favor alguno...
--Todos os creen la amante favorecida del rey.
--Pues todos se engañan. Solo he sido de un hombre, y solo de él seré; porque prefiero la muerte á ser de otro; pero concluyamos que el tiempo se pasa. Habladme con verdad porque os voy á imponer condiciones.
--Veamos, dijo Harum.
--¿Qué gente habeis traido?
--Dos mil hombres.
--¿Cercan esos dos mil hombres la villa?
--Sí.
--¿Y creis que no puede escaparse Aben-Humeya? dijo con intencion Angiolina.
--Yo creo que sin vuestra ayuda y sin la de María de Rojas nos seria imposible apoderarnos de él.
--Si le avisamos; su huida es segura; ademas de que podria intentar la resistencia porque tiene la villa ochocientos escopeteros.
--Bien, bien, señora; vuestras condiciones.
--¿Viene con vuestra gente el marqués de la Guardia?
--Sí.
--Haced que yo le vea al momento.
--¡Que vos le veais! ¿y para qué?
--¿Sabeis acaso hasta qué punto llega mi amor? ¿sabeis si por acaso desesperada quiero obligarle á que me ame á costa de un nuevo sacrificio?
--¿Y sé yo si pretendeis hacer una traicion?
--Señaladme un lugar donde yo pueda verle á solas rodeada de vuestras gentes: es mas, entre vosotros vienen mujeres: me someto á ser registrada por una de esas mujeres para que os convenzais de que no llevo puñal ni nada que pueda dañar al marqués.
--Y bien, ¿si os concedo esa entrevista con el marqués, me entregareis á Aben-Humeya?
--Sí: yo y María os entregaremos á ese hombre.
--¿Dónde?
--Aquí mismo: en su casa.
--Pues bien, llamad á María de Rojas.
--Pero me jurais...
--Os juro que inmediatamente vereis al marqués.
--Os creo Harum, os creo, como creo que llegará un dia en que me hareis probar vuestra venganza. Pero vea yo por la última vez á don Juan, y todo me importa poco: ¿para qué quiero yo vivir? pero no hablemos de esto. Voy á llamar á María de Rojas.
Y Angiolina se levantó y desapareció tras una puerta.
--¡Oh! ¡esta mujer! ¡esta mujer! exclamó Harum: ¡su maldita pasion por el marqués, nos ha sido funesta, funestísima! ¡y sin embargo, al herirnos se ha herido ella misma: hay en sus ojos algo de insensato, algo que me causa compasion! compasion á pesar de mi odio hácia ella. ¡Dios mio! ¡Dios mio!
Harum compuso su semblante porque sintió los pasos de dos mujeres que se acercaban.
Levantóse el tapiz y apareció Angiolina seguida de otra mujer.
Aquella mujer era muy joven: de frente altiva, blanca y pálida; los cabellos, las cejas, las pestañas y los ojos negros, los labios rojos; el cuello y el talle largos, redondos, esbeltos; el andar indolente; la mirada lánguida, la boca anhelante, el seno conmovido.
Se detuvo delante de Harum y le dijo con el acento ardiente de la mujer que ama.
--¿Y Diego Alguacil?
--Ha ido en busca de quien atacará á Aben-Humeya.
--¿Con qué ha llegado la hora?
--Si; si vosotras me ayudais.
--Te ayudaremos, dijo María de Rojas: es necesario concluir de una vez; ese infame se ha convertido en lobo: me causa horror, y cuando me veo obligada á sonreirle se me parte el corazon: cuando le abro mis brazos creo morir. Y... ¿será esta noche?.
--Si, esta noche.
--Pero para ello es necesario que yo salga con Harum, y que detengas á Aben-Humeya para que no repare en mi falta.
--Aben-Humeya está en una zambra y vendrá tarde, dijo María de Rojas. Yo le entretendré si cuando vuelva no has vuelto tú. Ademas, escucha, Harum: ni tú ni tus gentes entreis á matarle sino cuando veais una luz detrás de la celosía que está sobre la puerta que da á la plaza. Ahora, idos, aprovechad el tiempo. Yo me quedo aquí esperando con impaciencia.
Angiolina se envolvió en un albornoz y salió con Harum, bajaron al huerto, le atravesaron y salieron por el postigo.
Llovía á mares y relampagueaba.
Muy pronto Harum y Angiolina salieron de la villa y se perdieron entre los barrancos.
CAPITULO XLIV.
De cómo los capitanes turcos sirvieron á Aben-Aboo ó creyeron servirse á sí mismos.
La muela del Aguila era una pequeña montaña en direccion á Andarax.
Por la parte media de su vertiente oriental corria un sendero que aunque áspero atajaba el camino desde Andarax á Mecina de Bombaron.
Este sendero pasaba junto á la entrada de una enorme gruta.
En esta gruta, la noche en que marcha nuestra accion, ardia una hoguera de ramas de olivo.
Sentados en piedras alrededor de la hoguera, habia tres hombres atezados, de mirada ávida, armados hasta los dientes, y revelando en su trage tanto á los turcos vasallos del sultan de Constantinopla, como al pirata berberisco de los mares de Levante.
Estos tres hombres parecían estar impacientes é irritados.
--Por Allah, decia uno de ellos: en esta tierra es durísima la fatiga: el combate es nada, comparado con los hielos y con este viento crudísimo que vuela de cumbre en cumbre.
--Aluch-Alí, nuestro señor, dijo otro de ellos dirigiéndose al que habia hablado, nos quiere mal cuando nos ha enviado á esta empresa, Carcax; en esta tierra maldita solo se siembran ingratitudes y se cogen traiciones; por el Dios Altísimo y Unico, que cuando me acuerdo de mi buena galeota, se me abre el corazon: prefiero verme sobre ella, dando caza viento en popa á los cruzados de Malta, que ser rey de esta tierra miserable.
--Miserable, porque son miserables los que en ella han levantado su bandera, Alí; por lo demás, Granada es el jardin del Profeta; pero con Aben-Humeya... hace algunos días que solo recibimos reveses: en Válor hemos sido destrozados: en Cádiar hemos huido de breña en breña delante de los cristianos, y si Aluch-Alí, nuestro señor, no nos saca de aquí perecemos en la lucha.
--¡Por Alah, Huscen! ¿qué dirian de nosotros en Argel si dejásemos abandonados á nuestros hermanos?
--No, no son estos mezquinos hermanos nuestros; nuestros hermanos no arremeterian al peligro para huir despues aterrados: Aben-Humeya es un insensato, que cuando ha menester de mas valor se entrega al desaliento ó á los placeres, ó lucha mal, poco y tarde. Aben-Aboo aunque es valiente, descontento ú ofendido, no hace lo que debia: y los moriscos desvandados, desnudos, miserables, ó perecen por la espada, ó al rigor del hambre.
--¡Aben-Aboo! exclamó Huscen; hace dos horas que le esperamos yertos de frio, y aun no ha venido: tal vez tenga miedo... ó prefiera tal vez dormir en Andarax á arrostrar para venir á buscarnos, los rigores de una noche tan fria.
--¿Quién se atreve á dudar de Aben-Aboo, y á llamarle indolente y cobarde? dijo una voz robusta á la entrada de la cueva.
[imagen: Don Juan de Austria.]
Volviéronse los capitanes turcos al sonido de aquella voz y vieron á un moro que adelantaba en la cueva.
Era Aben-Aboo.
Los turcos se levantaron.
--¡Ah! ¡es Aben-Aboo, el alcaide de los alcaides! dijo Alí.
--¡Por Allah! exclamó con desprecio Aben-Aboo mirando con una profunda fijeza á los turcos: ¿á quién parece tarde? ¿quién se atreve á blasonar de valiente amancillando mi honra?
--¡Aben-Aboo! exclamó el feroz Huscen.
--¡Yertos de frio, y murmurando como mujeres! ¡nunca lo hubiera creido de vosotros, capitanes!
--Perdona si te hemos ofendido Aben-Aboo, dijo Carcax; pero tenemos razones para quejarnos; desde que llegamos á las Alpujarras no hemos visto en torno de nosotros mas que traidores; si hemos empeñado alguna empresa hemos sido vencidos ó abandonados. ¿Quién nos ha traido del Africa á estas montañas para sufrir sonrojos y reveses? ¿quién humilla nuestro esfuerzo y nos obliga á ser testigos de tanto oprobio? ¿Y quieres que callemos como viles y cobardes, y no levantemos la voz contra tanta vergüenza?
--No, vive Dios, dijo Aben-Aboo: como vosotros estoy irritado, como vosotros veo que el insensato Aben-Humeya, ó es cobarde ó aprecia en poco su vida y su honra.
--¿Y quién le ha aclamado rey? dijo Carcax: vosotros, vosotros que creísteis que sacaría al reino del yugo del cristiano y estableceria el estandarte del Profeta sobre los muros de la Alhambra. ¿Y qué ha hecho ese miserable? entregarse al ócio, gastar su vida en fiestas y en zambras, empobrecer á los suyos para alentar sus vicios; y despues de algunos triunfos que no ha sabido aprovechar, al ver á don Juan de Austria en las Alpujarras, acobardarse y huir de breña en breña como la res acosada por los perros, cuando resuenan á sus espaldas las trompas castellanas.
--Y bien, exclamó con arranque Alí; ¡qué nos importa que Granada sea cristiana ó no! si esta guerra concluye mal, los moros solo verán un pedazo de menos en sus dominios: mas ¡ay si un dia Africa se arroja sobre Europa! ¡hay si clava en su vieja frente el estandarte del Profeta!
[imagen: Deportacion de los moriscos de Granada.]
--¡Escrito está! exclamó con acento solemne Aben-Aboo: pero vencidos en tanto los moriscos, habran visto desvanecerse su esperanza como humo que arrebata el viento. Volvereis si: pero os aterra el nombre de don Juan de Austria, y quereis abandonarnos. Pues bien: ¡idos! me causa rubor vuestra cobardía ¡idos! impacientes os esperan los vuestros á la orilla del mar en las galeras que han aprestado para la fuga.
--Si, nos iremos, gritó Alí, trémulo de cólera; mas no será sin herir antes la cabeza de ese miserable que descansa entre débiles mujeres. ¡Que tememos á don Juan de Austria! ¡que huimos aterrados ante el peligro! Pues bien, si valemos tan poco; si tú, Aben-Aboo, el mas bravo de los moriscos nos desprecias y nos rechazas, volveremos humillados al Africa, pero antes dejaremos en las riberas de la Alpujarra las señales sangrientas de nuestros piés.
--Aden-Aboo, dijo Huscen, con acento amigable: ni creo tus palabras ni me ofenden, porque son hijas del despecho con que ves las desdichas de tu patria. No tienes razon para acusarnos; hemos venido á ayudaros y os hemos ayudado, partiendo con vosotros el peligro, ensangrentando en los cristianos nuestras armas.
--¿Y porqué retroceder ahora? exclamó Aben-Aboo.