Los monfíes de las Alpujarras: novela original
Part 60
--He preferido que ella sea quien te revele lo que no te he querido revelar hasta este momento: queria retenerte junto á mí para que no hicieses una locura, pero no quise imponerte el respeto que en este momento te domina. Pero era necesario, cuando te se da un infantazgo, que tu tio y tu señor hablase contigo. Ya sé que has pensado en un puesto mas alto, pero en todos los puestos, hijo mio, encuentra un noble lugar el que es valiente, caballero, y, sobre todo, ama á su patria. Ha llegado el momento de la lucha, lucha que ya no puede dilatarse por mas tiempo. Aben-Humeya cumplirá con su deber como rey de Granada y tú como infante le ayudarás: yo os ayudaré á entrambos. No quiero ocultártelo; la lucha es terrible, arriesgada, y si sobreviene la mas leve division entre nosotros somos perdidos, y sentenciamos á nuestros pobres hermanos, ya harto oprimidos, á la esclavitud, á la muerte, á la deshonra, que es la peor de las muertes. Si hay en tí ambicion, espera y no desesperes, hijo mio. Si el cristiano nos vence, nuestra corona será la corona del martirio; si le vencemos, si, como en otro tiempo nuestros abuelos, logramos avanzar sobre las tierras del cristiano, ayudados del poder del Sultan de Constantinopla nuestro amigo, entonces Aben-Aboo, sobraran coronas en los reinos que reconquistemos.
--Solo os pido una gracia, señor, dijo hipócritamente el jóven.
--¿Cual?
--No separarme de vos, pelear á vuestro lado, llevar en el combate vuestra bandera.
--En lugar estarás, que satisfaga tu valor y tu orgullo, hijo mio. Ahora escúchame, es necesario que partas al momento á las Alpujarras.
--Eso mismo pensaba deciros, señor.
--Yo partiré mañana. Toma: esta carta mia te abrirá paso entre los monfíes que te ayudaran si necesario fuese. Tu madre vive en Cádiar, añadió conmovido el emir.
--Si señor.
--Tu madre estará inquieta.
--Mi madre me ama en extremo, señor.
--Pues bien: dí á tu madre que nada tema, que el emir de los monfíes te protege. Esto la tranquilizará.
--Muy bien, señor.
--Toma, añadió Yaye, abriendo un cajon de una mesa y sacando una repleta bolsa de oro: sé infante de Granada.
--¡Ah! ¡cuántas bondades, señor!
--Adios, vete: sobre todo prudencia y sigilo: que nada puedan sospechar los cristianos hasta el dia del alzamiento.
--Adios, señor, adios, dijo Aben-Aboo que deseaba verse libre de la influencia que ejercia sobre él el emir.
--¿Y no te despides de mi hija? dijo el emir señalando á Amina que habia aparecido en una puerta.
--¡Ah, señora, adios! dijo Aben-Aboo dirigiéndose á ella.
--Sed feliz..... y seguid mis consejos, le dijo Amina.
--¡Ah! no los olvidaré, señora.
Aben Aboo salió, y poco despues se sintió abrir la puerta exterior y las pisadas de un caballo en la calle que se alejaron hasta perderse en el silencio.
--¡Ah! exclamó Amina en un acento que no pudo oir su padre: quiera Dios que con ese hombre no nos preceda á las Alpujarras la desgracia.
Amina sentia oprimido su corazon por un presentimiento funesto.
CAPITULO XI.
Alianza de sangre y lodo.
A punto que Aben-Aboo entraba á caballo en el corral del Carbon, daban las doce en el reló de la capilla real.
Era la hora de la cita con Angélica.
El corral estaba desierto, silencioso é iluminado de lleno por la luna. Aun estaba alzado el tablado donde se habia hecho la representacion, pero despojado de los tapices y de las cortinas: como si dijéramos: en esqueleto.
Aben-Aboo, pensó primero en llamar á maese Pertiñez para que le sirviera de guia hasta el aposento de la comedianta. Pero prefirió no recurrir á él, sino en un caso extremo, ató su caballo á un poste del corral, y se aventuró por las estrechas escaleras que guiaban á la hospederia.
Llegó á lo alto de las escaleras y palpó: encontró al fin una puerta que abrió con la llave que le habia entregado maese Pertiñez de parte de Angélica.
Pero se encontró con una dificultad; el pasillo estaba oscuro, y apenas penetraba en él un débil reflejo de los rayos de la luna á través de las claravoyas del techo.
Aben-Aboo recordó que el aposento de Angélica estaba á la derecha, y en la parte media del pasillo, cabalmente por aquella parte y en el mismo costado daba un rayo de la luna.
Aben-Aboo adelantó con la esperanza de que tal vez aquel blanco rayo de tibia luz le dejaria percibir algun número por el cual guiarse; se quitó las espuelas para no hacer ruido, y adelantó recatadamente, hasta el lugar iluminado por la luna.
Aquel lugar de la pared estaba sobre una puerta; Aben-Aboo sintió una extraña conmocion al notar que en medio del espacio iluminado por la luna se destacaba un negro y enorme el número 13.
¿Era aquello una casualidad ó que Dios ó el infierno le ayudaban?
Otro estremecimiento distinto agitó á Aben-Aboo al llamar á la puerta; al fin era jóven y por mas que un jóven esté poseido de las mas violentas pasiones, siempre siente un no sé qué poderoso que le domina cuando en medio del misterio se acerca á una buena moza que le espera.
Porque Angélica debia esperarle.
Aben-Aboo notó que la puerta cedia bajo su mano sin ruido, lo que demostraba que la puerta estaba preparada para esta clase de lances: el jóven adelantó y se encontró en un espacio alfombrado, con gran asombro suyo, porque no esperaba encontrar tal lujo en tal hostería.
Por una puerta al frente se percibia un tenue resplandor: Aben-Aboo adelantó guiado por él, atravesó otro aposento oscuro y se encontró al fin en la misma habitacion en que Angélica habia recibido aquella mañana á maese Pertiñez.
En un estrado de damasco, reclinada en sus almohadones, y dormida, reflejando en su hermoso semblante, en su cuello y en su seno casi descubierto, como por descuido, la luz de una bugía colocada en una pequeña mesa junto á ella, estaba Angélica.
¿Dormia ó fingia dormir? esta pregunta se hizo Aben-Aboo, pero comprendió que aquella mujer que le esperaba á aquella hora, despierta ó dormida, no debia de haberle citado para hablarle del gran turco.
Aben-Aboo no se atrevió á despertarla en el momento: tan hermosa estaba dormida; por intencion ó pereza, no se habia quitado el traje que habia usado para la comedia, mas que el adorno de plumas: conservaba el magnífico collar de perlas, regalo humillante de Amina, y sin duda, para respirar mejor, se habia abierto el justillo; Aben-Aboo, pudo pues, anegar sus miradas en aquel cuello divino, y en aquel seno de mármol; luego como si una atraccion poderosa le hubiese dominado, acercó lentamente su semblante á aquel seno y le besó.
En esto, entraba al mismo tiempo el deseo y el cálculo, necesitaba mostrarse enamorado y audaz con aquella mujer, en quien habia visto un enemigo mortal de Amina, y cuya alianza podia convenirle.
Al sentir el ardiente beso del jóven, Angélica despertó y exaló un ligero grito de terror, que si fue fingido, lo fue admirablemente. Luego, al reconocer al jóven se tranquilizó, se sonrió de una manera tentadora, y tendió la mano á Aben-Aboo, cubriéndose con la otra el seno con los encajes.
--¿Por qué estais de rodillas? dijo infiltrando una mirada traidora por lo amante, en los ojos entumecidos de Aben-Aboo.
--Estaba adorando vuestra hermosura.
--¡Ah! ¿y vos cuando adorais besais?
--¡Ah, señora! perdonad; pero la culpa es de vuestra divina belleza.
--¡Quién os ha enseñado á enamorar de ese modo?
--Vos.
--En poco tiempo hago yo maestros de amor.
--Vos le enseñais con una sola mirada.
--De modo que vos.....
--Yo os adoro.
--No lo creo.
--¿Por qué?
--Porque adorais á otra.
--¡Ah!
--Como yo adoro á otro.
--¡Oh!
--Pero vos necesitais vengaros.
--Si.
--Y yo tambien.
--Yo de la altivez de una mujer.
--Yo del desamor de un hombre.
--Somos, pues, amigos.
--Amigos de odio.
--¿Y no mas que amigos? dijo Aben-Aboo rodeando la cintura de Angélica.
--Ya veis que os dejo hacer...
--¿Quereis sin duda serviros de mí?
--Como vos de mí.
--¡Ah! yo me serviria de vos para ser feliz.
--Vos podeis hacerme feliz haciéndome vuestra.
--¿Hablais de veras?
--¿Pues nó?
--Oid, señora: á pesar de que creo, que cuando me habeis llamado, me conoceis y comprendeis que puedo serviros de mucho, á pesar de que estoy seguro de que ni me amais ni podeis amarme, vos podeis estar segura tambien, de que á pesar de que amo á otra mujer, á pesar de que lucho con mi suerte, podeis ser mi tentacion, la mano que me impulse... y á mas de eso, la fuente donde beba el amor de que estoy sediento.
--¿De veras? ¿Hablais de veras?
--Entre una mujer como vos y un hombre como yo, no puede haber mentira. Yo os comprendo como vos me habeis comprendido.
--¿Y qué habeis comprendido en mí?
--Que sois capaz de todo por vengaros de una mujer.
--¡Ah! sí, como vos arrostrareis la perdicion de vuestra alma por vengaros de un hombre.
--Yo os doy la mujer á quien amo.
--Y yo el hombre á quien adoro.
--A falta de ese hombre.
--Acepto vuestro amor.
--A falta de esa mujer, yo os doy mi alma.
--Oid, dijo Angélica levantándose de entre los brazos de Aben-Aboo, y separándole de sí en un movimiento de suprema dignidad: no creais que la mujer que habeis visto representando sobre un tablado, ofreciendo su talento y su hermosura al vulgo, es una de esas cómicas perdidas, que abren sus brazos al primero que se las presenta con las manos llenas de oro. Bajo la comedianta está la mujer con todo su pudor, con toda su dignidad: tras mi presente de cómica, hay un pasado noble y altivo, aunque lleno de amargura y de pasiones terriblemente combatidas. Lo he perdido todo, todo, menos la honra y el corazon. Y os digo que no he perdido la honra, porque solo he pertenecido á un hombre á quien he considerado como mi esposo; os digo que no he perdido el corazon, porque no puedo sufrir que ese hombre me engañe y me mienta amores cuando me desprecia. El amor que sentia hácia el marqués, se ha convertido en odio, en lo único que puede convertirse el amor, como un dia se convertirá en odio el amor que os inspira esa duquesita de la Jarilla, esa sultana mora, esa doña Esperanza ó Amina...
--Se ha convertido ya.
--Os habeis arrastrado á sus pies y os ha despreciado...
--Si.
--¡Oh! pues debeis vengaros.
--Me vengaré, no sé cómo, pero me vengaré.
--¡Oh! ¡cuanto me amareis si yo os proporciono una venganza doble, una venganza horrible!
--Siento, señora, que me dominais, que acabareis por enloquecerme por ser el arcángel de fuego de mi vida.
--¡Oh! seguid, seguid: irritad vuestro odio: ¡qué hermoso estas pensando en vuestra venganza!
En efecto, Aben-Aboo estaba hermoso, pero con una hermosura como la que solo puede suponerse en Satanás.
--Somos, pues, el uno del otro. Nos pertenecemos, dijo Aben-Aboo.
--Si; somos desde ahora el uno del otro para vengarnos: despues, cuando nos hayamos vengado; cuando yo pueda considerarme viuda, ahogaremos nuestros remordimientos, el uno en los brazos del otro.
--¡Remordimientos!
--Sí; ¿qué culpa tienen Amina y don Juan, de que el cielo los haya reunido para amarse como se aman los ángeles? Nosotros deberiamos respetar ese amor, noble y grande, purificado por el infortunio, y sin embargo, ese amor nos roe el alma, y necesitamos exterminarle para que no nos despedace: cometeremos un crímen: lo sé: marcho á él de frente, sé que me espera el remordimiento, pero me vengaré, ó por mejor decir, destruiré lo que no puedo ver, lo que no puedo suponer sin sentir una rabiosa sed de sangre.
No parece sino que mi alma es una continuacion de vuestra alma, porque lo mismo pensamos los dos, señora.
--Nuestro comun odio hácia esos dos, que sin nosotros serian tan felices, establece ya entre nosotros una especie de amor extraño...
--Que tal vez mañana...
--¿Quien sabe?
--Os juro no perdonar nada por vengaros.
--Yo os lo juro tambien.
--Os seré fiel como la espada á la mano.
--Y yo á vos como el veneno á la muerte.
--Somos, pues, el uno del otro.
--Como hermanos de venganza ahora.
--¡Y cuando se satisfaga esa venganza!
--Creo que para entonces os amaré..... os amaré como yo amo, con toda mi alma.
--Para eso es preciso que no nos separemos.
He despedido esta noche á mi doncella para estar en libertad de obrar.
--¿Qué quereis decir?
--Que voy á seguiros ahora mismo.
--¿Y el señor Cisneros?
--¡Ah! ¡Cisneros! ¡pobre loco!
--¿Y el señor Salvador Godinez?
--¡Callad! dijo Angélica palideciendo: callad: cabalmente por temor á ese hombre seria capaz de huir con Satanás.
--El cree que no le conoceis.
--¿Le conoceis vos?
--No, pero creo...
--Es mi verdugo, el autor de mis desgracias, el que me ha obligado á arrojarme á las tablas: cree que no le conozco. ¡Ah! á una mujer como á mi no se la engaña mas que una vez.
--Pero, ¿quién es ese hombre? ¿por qué os causa tanto terror?
--Si me probais que no desconfiais de mí, yo no desconfiaré de vos. ¿Como os llamais?
--Me llamo el infante Sidi-Aben-Aboo.
--¡Ah! ¡no mentís cuando decis que sois mio! ¿Sois moro?
--Si.
--¿Vais á revelaros contra el rey?
--Si.
--¿Ansiais beber la sangre de Aben-Humeya?
--Si.
--¡Oh! he buscado el crímen, y el infierno no podia habérmele presentado mas completo, mas terrible. ¿Matareis á Aben-Humeya, vuestro pariente?
--Aunque fuese mi hermano.
--¡Y si yo os dijese el nombre del asesino de vuestro padre!
--El nombre del asesino de mi padre...
--Vuestro padre murió de hambre despues de haber sido herido por los monfíes en una cueva de las Alpujarras.
--¡Ah! y acaso el emir de los monfíes...
--Es el asesino de vuestro padre..... y no solo de vuestro padre, sino de don Diego de Válor, padre de Aben-Humeya.
--¡Y aun no hace una hora, que el hipócrita, que el miserable me abrazaba y me llamaba su hijo, y regaba con sus lágrimas mi semblante!
Angélica se estremeció; su crímen era horrible; pero necesitaba despedazar el corazon de Amina, y siguió marchando de frente al crímen.
--¡La prueba! ¡la prueba de lo que acabais de revelarme, señora!
--Si, os la daré clara y terminante: pero si hemos de llevar á cabo nuestra alianza, es necesario que no nos separemos: para no separarnos, es necesario que huyamos, para huir es necesario aprovechar los momentos. ¿No os he dicho que me he quedado sola para estar dispuesta á todo?
--¡Huir! ¡huir conmigo, esta misma noche!
--¿Os falta dinero?
--Tengo unos cien doblones.
--Y yo tengo joyas que valen un tesoro: joyas que he preparado para la fuga.
--¿Pero habeis meditado que estamos en diciembre, que tenemos que pasar por la falda de la Sierra?...
--¿Y quien teme al frio llevando un volcan en el corazon?
--Luego... un viaje de algunas leguas á caballo...
--Pero vuestro caballo es fuerte...
--¡Oh! ¡sí!
--¿Para llevarnos, y á mas mis joyas y mi dinero?
--Si, indudablemente, si no es mas que lo que hay en ese cofrecillo.
--¡Oh! pues entonces, esperad.
Angélica, tomó la luz, dejando á oscuras á Aben-Aboo, y desapareció tras una puerta de cristales.
No es la oscuridad lo mejor para inspirar buenos pensamientos; parece que hay mas bien allí donde hay mas luz. Durante el breve espacio que Angélica tardó en volver, Aben-Aboo acabó de convertirse en un demonio, sintió hácia Angélica un amor satánico, enteramente distinto del amor que le habia inspirado Amina: ardió su sangre al recuerdo de su hermosura; se inflamó su alma en un fuego sombrío al medir la profundidad de aquella alma infame de mujer. En una palabra, Aben-Aboo se vendió enteramente al diablo.
Angélica volvió enteramente vestida de negro, y envuelta en un largo manto, tomó el cofrecillo de sus joyas, puso en él las que tenia puestas cuando llegó Aben-Aboo, cerró el cofrecillo y le entregó al jóven que le puso debajo del brazo. Luego se asió al otro brazo de Aben-Aboo, y apagó la luz.
--Me habeis dicho vuestro nombre y vuestros intentos, dijo Angélica en medio de las tinieblas, con un acento tal, que erizó los cabellos del supersticioso Aben-Aboo. Voy á deciros el mio y mis intenciones. Pertenezco á la familia mas ilustre de Venecia, y en la córte de las Españas todos conocen mi nombre. Permitidme que os diga antes mis intenciones. Quiero gozar con vos, un placer del infierno, quiero quemaros y quemarme en ese amor; quiero morir en medio de un torbellino de fuego levantado sobre mi venganza satisfecha. Os he llamado, y habeis respondido á mi llamamiento. Sois mio, enteramente mio en cuerpo y en alma, como en cuerpo y en alma soy toda vuestra.
Y tras estas palabras, resonó, entre las tinieblas, un doble beso, ardiente, terrible, por el que parecian haberse exhalado dos almas condenadas.
--Ahora, dijo la comedianta, sabed mi nombre: me llamo la princesa Angiolina Visconti.
CAPITULO XII.
De cómo fue la proclamacion de Aben-Humeya.
A la misma hora en que Aben-Aboo, desesperado se encaminaba al corral del Carbon, en busca de Angiolina, dentro de una habitacion de una casa situada en lo mas alto del Albaicin, se paseaba impaciente Aben-Humeya.
Los adornos y los muebles de aquella habitacion, demostraban que la casa pertenecia á un moro rico.
Aben-Humeya, estaba completamente vestido á la castellana, con un trage de terciopelo negro.
En la casa no se oia el mas leve ruido.
El jóven mostraba en su semblante, esa profunda preocupacion que se apodera de todo el que está á punto de cambiar de posicion y de destino de una manera grave y trascendental.
Podia decirse, que las dos pasiones que de una manera mas marcada se dejaban ver en aquella preocupacion, eran la ansiedad y el miedo.
El jóven habia oido distintamente dar las doce en el reloj de la colegiata del Salvador, y su ansiedad y su miedo parecieron doblarse.
Aun duraba la vibracion de la última campanada, cuando resonó una llave en una cerradura, se abrió una puerta, y apareció un moro completamente vestido de blanco, cubierto el rostro con el extremo de su toca, y con una linterna encendida en la mano.
Aquella noche era para don Fernando de Válor, ó Aben-Humeya, una noche de fantasmas blancos.
--Sígueme, le dijo el moro.
Aben-Humeya tiró de una manera resuelta tras el encubierto, que atravesó algunas habitaciones y en el fondo de un corredor, abrió una puerta, pasó por ella, y empezó á descender por unas estrechas escaleras.
Aben-Humeya le siguió.
Ya á bastante profundidad, el moro abrió otra pequeña puerta chapeada de hierro mohoso, y tiró adelante, siempre seguido por Aben-Humeya.
Marchaban por una estrecha mina abovedada, revestida por una argamasa gris, dura y reluciente.
Despues de haber recorrido una distancia como de mil pasos, el moro se detuvo delante de otra puerta, igualmente forrada de hierro, la abrió y empezó á subir por otras escaleras.
Abrió al fin otra puerta, hizo atravesar á Aben-Humeya algunas habitaciones, y al fin le dijo al entrar en un aposento circular ricamente ornamentado y alhajado:
--Espera aquí.
Y cerró con llave la puerta.
El jóven notó que sobre algunos almohadones, que constituian los asientos de la estancia, habia ropas y armas moriscas.
El sobresalto y la ansiedad, seguian siendo la expresion de su semblante.
No pasó mucho tiempo antes de que resonase una llave en la cerradura de otra de las puertas de la estancia, que se abrió y dió paso á un hombre grave, hermoso, noble, que llevaba vestiduras de califa, y corona de oro en la cabeza.
Tal era la magestad del recien entrado, que la turbacion de Aben-Humeya creció.
--En este momento, dijo á Aben-Humeya, se reunen en casa del Hardon, los xeques del Albaicin y de la Vega, y los wazires, alimes y walíes de las Alpujarras. ¿Estás dispuesto, Aben-Humeya?
--¿Quién eres tú que te me presentas con las insignias de rey de los creyentes, la espada de la conquista al costado, y la corona del imperio en la cabeza? preguntó con recelo el jóven.
--Soy el emir de los monfíes de las Alpujarras, el primo hermano de tu padre, tu tio, contestó Yaye-ebn-Al-Hhamar, que él era.
--¡Ah, señor! exclamó Aben-Humeya, dominado por el magestuoso aspecto de Yaye, por su palabra, y por la conmocion misteriosa que se notaba en su voz: ¡ah señor! ¿con que vos sois ese noble y poderoso pariente que tanto ansiaba conocer?
Y Aben-Humeya, se arrojó á los piés de Yaye, y asió sus manos, sobre las cuales, como sobre las de Aben-Aboo, anteriormente rodó una lágrima del emir.
--Ha llegado la hora, dijo Yaye: nuestros hermanos no pueden resistir ya el odioso yugo del conquistador y le rompen. El levantamiento necesita un rey, y todos esos fieles creyentes que se congregan en casa del Hardon, te aclamaran, hijo mio; pondran á tu costado la espada de la conquista, y sobre tu cabeza la corona del imperio.
--¿Y vos, señor? exclamó hipócritamente Aben-Humeya.
--Cuando Granada obedecia las leyes del cristiano, cuando el emperador don Carlos, antes, y despues su hijo don Felipe, se llamaban reyes de Granada, yo sustentaba sobre mi cabeza, la corona de un pueblo de valientes, que vivían y viven sueltos y libres en la montaña: esos valientes son la esperanza del pueblo moro de Granada: sin los monfíes nada podria hacerse: suya es la fuerza: yo he podido bien decir á los moriscos de Granada, de Almería y del Almanzora: «héme aquí, descendiente de reyes, que he sostenido con honra en las Alpujarras, durante veinte años, siempre desnuda y roja en sangre infiel, la espada de Islam; reconocedme y juradme vuestro señor y venid armados bajo mis banderas.» Los moriscos me hubieran aclamado su emir supremo, y todas las pretensiones de los que se hubieran creido con derecho á la corona de Granada, hubieran quedado imposibilitadas de logro. Pero vives tú: el Altísimo me ha negado hijos...
--Pero te ha dado una hija que es un arcángel del sétimo cielo, señor.
--Ya sé, ya sé, que bien quisieras ser esposo de la sultana Amina. Pero ese casamiento es imposible. Has hablado con ella esta noche, has firmado unas capitulaciones que ya habia yo firmado, por las que se determina de qué manera serás rey de Granada, y el órden de sucesion de la corona; por lo que mi hija te ha dicho, por el contexto de esas capitulaciones, sabes que la sultana Amina es casada como tú lo eres: que como tú tienes un hijo, la sultana tiene una hija, que si Dios no lo impide seran esposos.
--Y no era mejor, mas conveniente que la sultana Amina, rompiese su matrimonio, que yo rompiese el mio...
--Tu casamiento con mi hija es imposible, exclamó profundamente conmovido Yaye, y daria parte de mi salvacion, porque ni aun en ello hubieses pensado: seria provocar la justicia de Dios: no, no: y luego yo no quiero ser cruel, no quiero romper el corazon de mi hija que adora á su esposo; no quiero romper el corazon de la pobre Isabel de Rojas que te ama con toda su alma. No, Aben-Humeya, hijo mio; cuanto he podido hacer por tí, por tu engrandecimiento lo he hecho; serás rey de Granada; cuanto pueda hacer por la gloria de tu nombre lo haré, y serás rey vencedor. Luego, despues del triunfo, si el Altísimo en sus bondades se digna concedérnoslo, cuando tu hijo y mi nieta, sean el uno del otro; cuando haya asegurado sobre tu cabeza y la de tus descendientes la corona del reino, yo que soy harto desdichado, y estoy harto cansado de la vida, pasaré á Africa, y te dejaré dueño absoluto de tu herencia. Entre tanto mi espada y mis consejos te son necesarios, y seré tu padre y tu señor, mientras convenga que asi sea. No hablemos mas de esto; vístete esas ropas, cíñete esas armas y vamos; es necesario que los que te esperan no se impacienten.
Aben-Humeya empezó á despojarse en silencio de su traje castellano, sustituyéndole con el musulman.
Hubo un momento de silencio.
--¿Y estais seguro, señor, dijo de repente don Fernando como si hubieran nacido sus palabras de un recelo, que no habrá quien quiera disputarme la corona?
--Peor para el que á ello se atreva, dijo con una autoridad llena de confianza Yaye.
--Sin contar con el brabío Farax-aben-Farax, que como descendiente de Abencerrages, se dice merecedor de la corona, mi primo Aben-Aboo puede alegar que como yo, que desciende del Profeta, y de los califas omniades.