Los monfíes de las Alpujarras: novela original
Part 50
Aben-Humeya, era otro tipo enteramente distinto: su semblante blanco, pálido, de cútis fino y denso, y sus grandes ojos negros de mirada sensual y lánguida recordaban la antigua y casi extinguida raza árabe: aunque á veces brillaba una chispa de valor indómito en sus miradas, aunque habia altivez en la actitud de su cabeza, y algo de magestad en su frente, sin embargo, en la tersa morbidez de sus manos, que hubiera envidiado una dama, en la indolencia de sus movimientos, en esa especie de cansancio habitual que constituye la afeminacion en el hombre, se comprendia que estaba enteramente entregado á la molicie, á los placeres, á la vanidad: sin embargo, como un indicio, como un signo de raza, en medio de esta degradacion, se notaban algunos destellos de valor sereno é infinito, de actividad, de magestad: algo de regio, de grande, de indomable, que debia revelarse y dominar á la degradacion en situaciones dadas, haciendo de aquel hombre otro enteramente desemejante de sí mismo, aunque por un momento.
Aben-Aboo, aventajaba á Aben-Humeya en hermosura, en energía, en virilidad; pero Aben-Humeya aventajaba á Aben-Aboo en fueros y privilegios.
Aben-Humeya era señor de Válor, regidor perpetuo, ó veinticuatro del ayuntamiento de Granada, capitan de infantería, y se llamaba don Fernando.
Aben-Aboo, solo era hidalgo por su madre, vivia oscurecido, y se llamaba lisa y llanamente Diego.
Aben-Humeya era rico y brillaba entre la nobleza castellana.
Aben-Aboo, ó por mejor decir doña Isabel, su madre, lo habia vendido todo á excepcion de la atalaya y la huerta en que vivian en Cádiar, y una enorme casa situada en el Albaicin de Granada, perteneciente al dote de doña Isabel, que esta habia cedido á su hijo, y que estaba continuamente alquilada.
En vano Yaye-ebn-Al-Hhamar, habia pretendido de doña Isabel que aceptase, al menos, cuanto fuese necesario para sostener dignamente los gastos de Aben-Aboo. Doña Isabel se habia mostrado inexorable.
Aben-Humeya tenia en Inés de Rojas una esposa jóven, pura y enamorada, que le habia dado un hijo; en su tio un espíritu que hablaba siempre á su vanidad y á sus pasiones; en su suegro un instrumento servil, que se plegaba á todos sus caprichos, y numerosos amigos parásitos que le adulaban y le ensoberbecian.
Aben-Aboo, solo tenia á su madre, pura y santa mártir, que le predicaba constantemente la virtud y el honor, y unos que, por parte de Miguel Lopez, se creian parientes del jóven, y que este tenia por tales (hasta tal punto habia quedado envuelto en el misterio el orígen de Aben-Aboo) gentes zafias, brabías, que no pudiendo ser nada por sí mismas, lo esperaban todo del derecho que parecia asistir en un caso dado á la corona de Granada, á Aben-Aboo, como descendiente de los Aben-Humeyas por parte de su madre. Pero estas gentes aunque ricas, eran oscuras y no podian dar prestigio alguno á Aben Aboo.
Habia ademas otras disparidades notabilísimas entre ambos jóvenes.
Aben-Humeya, tenia en torno suyo una numerosa y espléndida servidumbre; sus caballerizas estaban llenas de caballos de raza pura; tenia un palacio en Granada y otro en Cádiar, y en estos palacios magníficas cámaras, y en estas cámaras, costosos y bellísimos muebles, cuadros, estátuas, alfombras; cuanto constituia, en fin, la ostentacion de un gran señor de aquellos tiempos.
Aben-Aboo, solo tenia á su servicio un esclavo africano, negro como la noche, fuerte como un cedro, valiente como un leon, y fiel á su dueño como un perro: en su cuadra no habia mas que dos caballos, valientes animales de raza, y tan buenos como los mejores de don Fernando: vivia encerrado en aquella vieja atalaya en cuyo centro habia habilitado un reducido y desnudo aposento, al que, mirando al distante mar, que aparecia á lo lejos entre las rompientes de las montañas, daba luz la ventana ornamentada de que hemos hablado. En aquel aposento no habia mas muebles que un lecho modesto, una ancha mesa de roble con recado de escribir, y algunos legajos de papeles; un armario donde se encerraban algunas ropas sencillas, y un medio arnés de hierro, suspendido de una escarpia: los objetos de mas lujo que allí se veían, eran las vidrieras de colores de la ventana, y una chimenea de mármol blanco del gusto del renacimiento; una pequeña puerta que daba paso á una escalera de caracol, servia de entrada á este aposento que era circular, y tenia cierto aspecto severo y triste, á causa de un pilar de ladrillo agramilado, que sostenia en el centro la bóbeda de agallones al estilo árabe.
Sin embargo, á pesar de las diferencias que existian, segun hemos demostrado, entre ambos jóvenes, estaban puestos en contacto de una manera peligrosa, bajo dos distintos aspectos; el de la ambicion, y el del amor, siendo de advertir, que estas dos pasiones estaban alimentadas por ellos sobre dos fantasmas.
Su ambicion miraba á la corona de Granada.
¿Y donde estaba aquella corona?
En la acalorada imaginacion de los moriscos.
Su amor, en un ser misterioso, cuyo nombre y cuyo semblante no conocian; en una especie de fantasma.
¿Y qué fantasma era esta?
Fantasma ó mujer, el ser á quien amaban Aben-Aboo y Aben-Humeya, era... ¡la Dama blanca de la montaña!
Cuanto de bello y de poético sueña la imaginacion meridional del pueblo andaluz, se atribuia á aquella dama misteriosa: ¿era un fantasma, una hada, un génio de la montaña, ó un ser viviente real y efectivo? Nadie podia asegurarlo; pero era preciso contestar algo: aquella dama que, durante el verano anterior, habia aparecido con suma frecuencia en los desfiladeros de la montaña, por las mañanas antes de salir el sol, y durante las noches de luna; aquella dama misteriosa, siempre encubierta, siempre engalanada con regias vestiduras, conducida en un palanquin, ó cabalgando en una blanca hacanea, resguardada siempre por soldados moros, blancos como ella, y encubiertos con las viseras de sus cascos, no podia ser otra que la sultana Zoraya[12], que consecuente á su nombre y á su amor, se levantaba de su tumba antes de la salida del sol, ó á la luz de la luna, para mirar la altísima y siempre nevada cumbre de Muley-Hacem, donde creia ver la sombra de su esposo.
Esto, que no pasaba de ser una conseja, era creido como un artículo de fe, no solo por los moriscos, sino tambien por los cristianos viejos. Estos la maldecian porque era la sombra de una _perra infiel y renegada_, á cuya influencia se debian sin duda las calamidades que afligian á la comarca: los moriscos sentian hácia la dama fantástica, un horror invencible, porque, al fin, ¿la sultana Zoraya no habia sido cristiana? ¿No se habia llamado doña Isabel de Solís? ¿Enamorando al rey Hacem, no habia motivado los zelos y la venganza de la sultana Aixa la Horra[13], las disidencias entre los infantes sus hijos y el rey Boabdil, hijo de Muley-Hacem y de Aixa, y las guerras civiles de Granada y por ellas la pérdida del reino?
Segun los moriscos, la sultana Zoraya, castigada sin duda por Allah, vagaba insepulta expiando sus pecados: ella era el espíritu maldito de las Alpujarras; ella tenia sobre sí, no solo la execracion de los habitantes cristianos, sino tambien la de los moriscos.
¿Pero acertaba en sus deducciones el vulgo? ¿Habia algo de cierto en aquella conseja?
No hay tradicion que no tenga algun fundamento: la Dama blanca existia; pero lejos de ser un fantasma, era lo que mas adelante, en el discurso de nuestro relato, verá, el que lo leyere.
Para Aben-Humeya y Aben-Aboo, la Dama blanca era mas que una mujer; entrambos, habian acechado su paso escondidos entre las breñas; entrambos la habian visto, y aunque siempre encubierta, era tal la magia, el encanto que se desprendia de ella, que entrambos se habian enamorado.
Aben-Aboo y Aben-Humeya, estaban separados por las dos pasiones que mas imperio ejercen sobre el corazon humano: el amor y la ambicion.
Sin embargo, siempre que los dos jóvenes se encontraban, se saludaban sonriendo; siempre antes de separarse, se estrechaban con fuerza las manos; pero siempre que Aben-Humeya se asomaba á los miradores de su castillo de Válor, lanzaba una mirada llena de odio á la atalaya de Cádiar; siempre que Aben-Aboo sacaba la cabeza por la ventana de su nido, arrojaba una mirada letal al castillo de Válor.
Entrambos tenian respectivamente, el uno para el otro, la palabra de amistad en los labios, y el odio en el corazon.
Para aumentar este odio, la suerte parecia vacilar entre los dos.
Los moriscos de las Alpujarras despreciaban á Aben-Humeya, y los monfíes, aquellos horribles bandidos invisibles, habian dejado mas de una vez el cadáver de un perro á la puerta de su castillo, lo que era una afrenta horrible entre los moros, y al mismo tiempo una amenaza: por el contrario, los xeques de la vega de Granada y del Albaicin, seducidos por Aben-Jahuar-el-Zaquer, tio paterno de Aben-Humeya se habian declarado ardientemente sus partidarios, y pensaban en él para hacerle rey de Granada.
Habia ademas, otra persona parienta de entrambos jóvenes, á la que nunca habian visto; pero cuyo parentesco conocian, y cuya influencia sentian, y á quien aborrecian por la misma razon que se aborrecian entre sí: por ambicion: aquel hombre era demasiado poderoso para que no les fuese temible: era el que mas derechos tenia á la corona de Granada; porque aquel hombre, en una palabra, era Yaye-ebn-Al-Hhamar, emir de los monfíes.
Nuestros lectores, por lo que acabamos de consignar, comprenderan, que la vida del emir habia llegado á su situacion mas dramática; nuestros lectores conocen los amores de Yaye con doña Elvira de Céspedes, esposa de don Diego de Córdoba y de Válor, y con doña Isabel, hermana de este: saben tambien, que por una horrible fatalidad, aquellos amores habian dado por fruto dos niños, cuyo verdadero orígen, habia sido cubierto respectivamente por decoro de familia: nadie sabia aquel secreto, mas que las dos mujeres y Yaye, siendo de presumir, que lo supiese tambien la persona que se habia apoderado de las cartas de doña Elvira y de doña Isabel, en que ellas mismas habian descubierto aquel secreto. Por mas que habia hecho Yaye, no habia podido averiguar quién habia sido el ladron de aquellas cartas, lo que le tenia en una ansiedad increible.
Fuera de esta persona ignorada, nadie habia que pudiera revelar aquel secreto. A nadie constaba si Miguel Lopez, antes de partirse á las Alpujarras, habia poseido á su esposa. Nadie sabia la terrible escena que habia acontecido entre don Diego de Válor y doña Elvira, á la vuelta de aquel de las Alpujarras, y antes de que fuese preso por el capitan general. Miguel Lopez no habia podido revelar nada, porque habia muerto de hambre en el subterráneo; don Diego de Válor, que esperaba para vengarse verse en libertad, acusado con pruebas fehacientes del asesinato de su cuñado, habia muerto en la prision; su hermano don Fernando, al tiempo de la muerte de don Diego, se encontraba en Africa á donde habia ido á buscar auxilio en nombre de los moriscos de Granada, en la córte del dey de Argel, y nada pudo revelarle el preso antes de morir. El secreto, guardado de una parte por la tumba, y de otra por intereses de familia, no podia ser descubierto, sino por la mano misteriosa que habia robado sus únicas; pero terribles pruebas.
Hermanos Aben-Humeya y Aben-Aboo, solo se creian primos, y se aborrecian de muerte, y este aborrecimiento; cuya causa conocia Yaye, le aterraba.
Porque Yaye no podia dudar de que los dos jóvenes eran sus hijos, y esto para él era una fatalidad mas: sino hubieran sido hermanos de Amina, el emir que conocia las rivalidades de entrambos, las hubiera atajado, uniendo á Aben-Humeya con su hija, cumpliendo de este modo el antiguo contrato de las dos familias, y satisfaciendo ó sosteniendo con mano fuerte la ambición de Aben-Aboo.
Llovian las contrariedades sobre el emir. Del mismo modo que Aben-Humeya se habia hecho partido entre los moriscos de Granada y de la Vega, Aben-Aboo, por las influencias de los parientes de Miguel Lopez, su falso padre, se lo habia hecho entre los de las Alpujarras.
Ademas, por su valor, por su fanatismo musulman, que en vano habia querido dominar su madre; por sus atrevidas excursiones á la montaña; por algunas muertes dadas, aunque secretamente, á algunos castellanos, habia llamado la atencion de los monfíes que le apreciaban sobre manera, del mismo modo, que, como dejamos dicho, insultaban á Aben-Humeya.
Sabíalo esto Yaye, y veia venir las disidencias y las luchas intestinas entre los moriscos. Queria remediarlo y no podia. Todos los caminos se le cerraban. Amina, Aben-Aboo y Aben-Humeya, eran sus hijos.
Yaye habia empezado á ser hombre, cometiendo grandes desaciertos. Habia escuchado á su ambicion y á su fanatismo, mas que á su corazon; habia, en una palabra, cometido crímenes: el crímen no puede producir mas que crímen, y Yaye, ya casi en el otoño de su vida, veia levantarse contra él su pasado de una manera aterradora: dos mujeres, hermosas aun y llenas de vida, sedienta la una, doña Elvira, de venganza, lo que no se ocultaba á Yaye; resignada la otra, dona Isabel, pero infeliz, víctima de la ambicion y de los crímenes de su familia, mártir inocente que devoraba su dolor y sus lágrimas, ocultándolas á todo el mundo. Ademas de estas dos mujeres, era otro cruel remordimiento para Yaye, su hija, su infeliz Amina, deshonrada á sus ojos, enamorada de una manera insensata del marqués de la Guardia; una niña, una infeliz criatura dada á luz por Amina, oculta, bastarda, con un porvenir oscuro; sus dos hijos Aben-Humeya y Aben-Aboo, empeñados en una lucha sorda, pero por lo mismo mas terrible. Calpuc, el rey del desierto, viniendo de tiempo en tiempo de América, trayéndole tesoros, representante á un tiempo de la desventura de Estrella y de la desventura de Amina, y luego ¡oh! luego otro remordimiento mas terrible, mas aterrador... El príncipe don Cárlos de Austria, el insensato, á quien él habia lanzado á la rebeldía contra su padre, el infeliz loco habia sido procesado por el terrible Felipe II, y habia muerto en el alcázar de Madrid[14].
Dios, el rey y los médicos de cámara, Oliva y Vallés, el divino (como se le llama aun) sabian si el príncipe habia muerto por enfermedad, por excesos, ó por un veneno: la historia nada sabe, nada ha podido decir, sino que el príncipe murió preso y procesado por su padre, y este horroroso suceso, este parricidio, acaso, pesaba sobre el alma de Yaye, la torturaba, la estremecia, porque, aunque Felipe II fuese su enemigo natural, el verdugo de su pueblo, lo horrible, lo monstruosamente criminal, este sobre todos los odios, flota sobre todos los intereses.
De modo que Yaye, que habia tenido la vanidad de la virtud, y la ambicion de un héroe, se encontró cuando empezaba á descender el sol de su vida, con el alma ennegrecida y humillado por el remordimiento, y con la desesperadora certeza de no haber hecho nada por su patria.
Tales eran la situacion de Yaye, de doña Isabel de Válor, de doña Elvira de Céspedes y de sus hijos, en la fecha en que se encuentra nuestro relato.
CAPITULO II.
El peregrino y el ermitaño.
Un dia de invierno del año de 1568, domingo por cierto á 19 de diciembre, despertó Granada, la que llaman los poetas paraiso oriental, jardin de amores, alcázar de perlas, castillo fuerte y contentamiento de la vida; despertó, decimos, tan envuelta en nieblas, que no parecia sino dueña mogigata y pudibunda, ú honesta desposada, que sale á la calle la mañana siguiente de sus bodas, y se cubre con su rebocillo en el breve tránsito de la casa nupcial á la iglesia. Lo cierto del caso es, y nos dejamos de peligrosas figuras, que tal y tan espesa era la niebla, que apenas se lograban ver los objetos á diez pasos de distancia; que algo mas allá los árboles parecian fantasmas y que, por último, algun espacio mas allá nada absolutamente se veia mas que el fondo perdido, vago y flotante de las extremidades de las nubes que tocaban á la tierra y la inundaban con una lluvia menuda, espesa y fria como la nieve.
Corria, otro si, un vientecillo tan sutil y helado que los traginantes y demás gente de camino que iban por el de las Alpujarras á Granada, tenian gran cuidado de llevar calados los chapeos hasta los ojos y subidas las mantas, capas ó capotes hasta las narices, requisito sin el cual se exponian á convertirse en carámbanos, á beneficio de un aire colado y á pesar del cual se les helaba el aliento á la salida de las narices, escarchándose sobre los mostachos de quien los tenia: era, en fin, una de esas homicidas mañanas de invierno contra las cuales no hay mejor defensa que el lecho y una habitacion herméticamente cerrada y convenientemente caldeada.
Si fuera preciso que nuestros lectores nos acompañasen en cuerpo y alma, en una mañana tal y con tal frio, al lugar en que es necesario que nos apostemos para esperar á ciertas personas, estamos seguros que del infinito número de lectores que han de tomar en sus manos este libro, solo quedaria alguno de esos calaveras á quienes nada pone espanto, y que estan siempre dispuestos á correr una aventura, siquiera sea en el infierno, ó algun desesperado cansado de la vida, y á quien fuese indiferente morir de pulmonia, de pasmo ó á mano airada. Pero, afortunadamente, tanto nuestros lectores como nosotros, no tenemos necesidad de otra cosa que de trasladar nuestra atencion, entidad moral é incorpórea, agena por lo tanto al frio ó al calor atmosférico, á la ermita de san Sebastian, antigua mezquita de moros, convertida despues de la conquista de Granada por el celo religioso de nuestros abuelos en santuario y hoy (vicisitudes de la suerte) por el espíritu mercantil y codicioso de nuestra época, en taberna.
Sin embargo, y decimos esto de paso; sin embargo de que el humo del aceite del figon y de los cigarros de los borrachos, ha ennegrecido el interior de aquel pequeño edificio cuadrado, á pesar de que un innoble hacecillo de sarmientos se mueve al impulso de las auras del Genil sobre el venerable arco árabe de la antigua mezquita, como en muestra de que allí puede embriagarse todo el que quiera por algunos maravedises, aquel edificio, envilecido por los hombres, conserva los gloriosos recuerdos de haber acampado junto á él los ejércitos de Castilla y de Aragon, el mismo dia en que se entregó Granada á los Reyes Católicos, que, rodeados de su córte, de sus prelados y de sus mas grandes capitanes, vieron desde aquel punto ondear sobre la distante torre de la Alcazaba de la Alhambra los tres pendones de Castilla, de la fe y de las órdenes militares: una lápida antigua, incrustada en el lado oriental de la ermita que conserva en una sencilla inscripcion estos gloriosos recuerdos históricos, forma un enérgico contraste, es casi una protesta, contra el hacecillo de sarmientos y las impuras bacanales de rameras y gente perdida, cuotidianos concurrentes del garito, y una voz muda, pero severa, que acusa ante el buen patricio, ante el hombre de corazon y ante el extranjero, la incuria de los que no han sabido defender del envilecimiento, aquel depósito de tan nobles tradiciones, aquel santuario donde se ha elevado entre el humo del incienso del altar, el homenaje de adoracion y alabanza del hombre á su Criador.
Pero dejando el tono declamatorio que sin saber cómo, nos ha inspirado el recuerdo de la mezquita-templo-taberna, situémonos junto á ella y veamos si llegan las personas á quienes esperamos.
Inútil es decir que en aquellos tiempos la ermita de san Sebastian era una verdadera ermita, con su fraile-lego-sacristan, su esquilon colgado entre dos postes sobre la puerta, su rejilla de hierro abierta en ella, y su lámpara siempre encendida delante del altar, que se veia á través de la rejilla.
Acababa de amanecer, ó por mejor decir, de esclarecerse la luz del dia, harto empañada por la niebla, cuando de entre esta y ya cerca de la ermita, se destacó un bulto, primero informe, y perfectamente perceptible poco despues; componian el bulto un hombre y un asno; vestia el primero, que venia cabalgando en el segundo, un hábito de peregrino; esto es: sombrero de anchas alas, fatigadas por enormes conchas, muceta igualmente conchuda, túnica de buriel y bordon con la consabida calabacilla pendiente de su extremo superior; era el segundo un sesudo y robusto jumento de las Alpujarras, enjaezado con jáquima y albarda á la morisca; esto es: enriquecidas ambas con flecos de estambre y seda de colores á que llaman alhamares de la tierra, y adornada la cabeza con un penacho voluminoso, cuya tiesura contrastaba de una manera original con lo abatido y lacio de las enormes orejas del jumento, abatidas por el frio y por la lluvia.
En vez de seguir adelante por el enlodado y difícil camino que siguiendo por la márgen izquierda del Genil, sobre que está situada la ermita, conduce al cercano puente y á la ciudad, el peregrino tocó suavemente con la extremidad de su bordon el lado derecho de la cabeza del asno, y este se dirigió en derechura á la puerta de la habitacion del ermitaño, adherida por la parte del rio á la ermita.
Es de advertir que el peregrino no se habia descubierto ni santiguado al pasar junto á la cruz de piedra situada delante de la ermita, irreverencia notabilísima en aquellos tiempos, y que hacia sumamente sospechoso á quien tal desacato se permitia: ello es verdad que nadie podia haberlo visto, porque en la pequeña área en que podian ser perceptibles los objetos á causa de la niebla, no habia otra persona que el irreverente, ni otro testigo que el asno, y aun este, por su posicion natural, no podia notar la falta, y caso de que la hubiera notado, ya sabemos hasta donde llegan el silencio y la discrecion de un borrico.
Apeóse el peregrino cuando el animal hubo de detenerse, no pudiendo pasar adelante á causa de la interposicion del muro de la ermita, y acercándose aquel á la puerta de la habitacion del ermitaño, dió en ella y consecutivamente tres fuertes golpes con el herrado cuento de su bordon.
Contestó inmediatamente tras de la puerta una voz nasal y característica, verdadera entonacion frailuna y untuosa, á cuyo sonido contestó el peregrino en dialecto extranjero gutural y acentuado:
--¡_Al-jandul-illah!_[15]
--¡_Le ille-Allah!_[16] contestó inmediatamente con entonación devota y enérgica una voz robusta y varonil, al mismo tiempo que se abría la puerta y dejaba ver un ermitaño robusto de cuerpo, de barba bermeja, cútis cobrizo y ojos negros y centelleantes, envuelto en un hábito ceniciento de franciscano descalzo.
Miráronse frente á frente ermitaño y peregrino y el primero dijo al segundo:
--Yo esperaba á un hombre que pronunciara á mi puerta el nombre de Dios.
--Yo soy ese hombre, contestó el peregrino.
--¿Ha llegado el dia hermano? dijo el ermitaño.
--Se acerca la hora, contestó el peregrino.
--Muéstrame una señal para que pueda creerte.
--Déjame entrar en tu casa, dijo el peregrino, viendo que el ermitaño cubria recelosamente la estrecha entrada.
Apartóse el ermitaño, y el peregrino tirando del ronzal del asno, le introdujo en un reducido patio en cuyo centro existia aun la pequeña fuente de ablucion de la mezquita, y al fondo bajo un parral en esqueleto, una preciosa puerta árabe minuciosamente labrada y orlada de inscripciones cúficas, con leyendas del Koram.
El ermitaño cerró inmediatamente la puerta exterior: entonces el peregrino se quitó el sombrero, levantó una de sus conchas, y arrancó de ella un pequeño pergamino cuidadosamente enrollado, que habia estado adherido con cera á la parte interna de la concha, le desenrolló y le mostró al ermitaño.
Este leyó lentamente el contexto del pergamino, que consistia en algunas líneas de pequeños y hermosos caracteres africanos, escritos con tinta roja.
--¿Cómo te llamas? dijo el ermitaño mirando profundamente al peregrino.
--Abul-Hhassan, contestó aquel.
--_¿Por dónde se camina hacia la luz hermano?_ replicó el ermitaño.
--_Por las tinieblas_, contestó el peregrino.