Los monfíes de las Alpujarras: novela original
Part 49
--Tu soberbia, le dijo, no te deja comprender la razon que tengo para ser tu enemigo. Sin embargo, debia bastarte para conocerla, saber que yo soy rey de los moros de las Alpujarras.
--De los bandidos, querras decir.
--En buen hora; pero entonces tú tambien eres un rey de bandidos.
--¡Yo!
--Si, tú, nieto de la reina Isabel, hijo del emperador don Carlos, es decir descendiente de una raza maldita que se ha alimentado con sangre humana y con lágrimas de desesperacion.
--Me habian dicho que los monfíes erais una gente braba y desalmada, pero no me habian dicho que erais maldicientes: ¡hasta donde llegará tu audacia, moro!
--Escúchame con calma y no me interrumpas, rey. Cuando un hombre es enemigo de otro, y sobre ser su enemigo es caballero y leal, debe procurar que se conozcan los motivos de su enemistad.--No es la causa de mi odio hácia tí ni hácia los tuyos, el que en tiempos de los Reyes Católicos, tus bisabuelos, fuese conquistado por ellos el reino de Granada. El Dios de las batallas, el Dios fuerte, el Dios Altísimo y Unico, da la victoria ó la quita; hace esclavo al señor y señor al siervo. ¡Dios lo quiso! mi pueblo hubiera obedecido las leyes del vencedor, si el vencedor hubiera cumplido religiosamente las capitulaciones pactadas con el vencido: pero esto no sucedió: esas capitulaciones han sido rotas: tus capitanes generales han azotado y maltratado á los moriscos; tus frailes los han bautizado á la fuerza; tus jueces y tus golillas los han robado; tus vasallos les han prodigado toda clase de insultos, hasta el punto de manchar la honra de sus mujeres y de sus hijos; la Inquisicion los ha quemado y la Chancillería los ha ahorcado; un anatema de servidumbre, de muerte y de infamia ha caido sobre ellos, y al probar la insurreccion una y otra vez, no han sido rebeldes, sino que han usado del derecho que da Dios á los oprimidos de levantarse contra la mano infame que los despedaza. Esto solo bastaria para que yo, descendiente de ese pueblo, rey de los valientes que no han sabido doblegarse al yugo, fuese tu enemigo: la patria me manda defenderla contra tí, probar todos los medios de libertarla de tu tiranía; y como si esto no bastase, voy á decirte las razones que tengo como hombre para ser tu enemigo. Escucha: mi madre murió á manos de la Inquisicion.
--¡Hereje, acaso!
--No, murió porque era hermosa, bajo el peso de la venganza de un fraíle.
--La Inquisicion no se engaña.
--Es verdad, porque asesina á sabiendas. Pero déjame continuar: la mano de un soldado español mató á mi padre, que espiró entre mis brazos, pidiéndome venganza. Yo he empezado á vengarle.
--¡Que le has vengado!
--Si: he vengado á mis padres, matando á cuantos frailes, golillas y soldados he habido á las manos: he vengado ademas en tí, á mi pueblo.
--¿En mí?
--Si, en tí. ¿Quien ha impulsado á la rebeldía á tu hijo?
--¡Oh! exclamó, con acento rugiente, don Felipe.
--Es verdad que para ello he roto el corazon de mi hija, pero te he herido en tu soberbia, porque tú no tienes corazon, don Felipe. Te he herido en tu esencia de rey, porque don Carlos es tu hijo único, y tú le matarás, rey, tú le matarás.
--¡Que yo mataré á mi hijo!
--Si, tú le matarás, porque antes que padre eres rey, y tendrás miedo de tu hijo.
--Yo romperé con tu vida esa horrible red de desgracias: ¡por san Lorenzo, mi patron, te lo juro!..... No te conocia bien y habia venido á hacerte merced... pero ahora... ahora que sé que de tí no puedo esperar mas que crímenes, ¡morirás, moro, morirás!
--No faltará en todo caso quien gobierne á mis monfíes, que con mi muerte tendrán una infamia mas de que pedirte cuenta, rey.
--Has hablado de traiciones de mi hijo, preguntó con un creciente anhelo don Felipe.
--A tu hijo le pesa tu vida, rey.
--Mi desventurado hijo está loco.
--Sus locuras ó mas bien tu miedo te obligarán á matarle.
--¡Matarle! ¿crees tú que para hacer justicia en los traidores me sea necesario matar á mi hijo?
--¡Le matarás!
--¡El nombre! ¡el nombre de los que alientan las rebeldías de don Carlos!
--Esos nombres se reducen á uno solo: ese nombre es el mio.
--¡Tú! ¡pero como has podido tú..!
--¡Como! primero prevaliéndome del amor extremado, insensato que tu hijo siente por mi hija, la hermosa duquesa de la Jarilla: despues derramando oro á manos llenas entre los flamencos, y manteniendo entre ellos consejeros que los decidan á negarte la obediencia y á aclamar por su señor á tu hijo.
--¡Oh! ¡infame! ¡infame alevosía!
[imagen: ¡Morirás! ¡morirás como no ha muerto ningun hombre!]
--Y ten mucho cuidado con el príncipe tu hijo, rey, no sea que la Inquisicion averigue que anda en tratos con los luteranos y te le queme vivo.
El color generalmente pálido del rey se habia tornado lívido y sus ojos centelleaban.
--Ya ves si me vengo de tí; un solo hijo que tenias te lo he muerto en cuerpo y en alma; porque tu le matarás por traidor y Dios le condenará por hereje.
--¡Morirás, morirás, como no ha muerto ningun hombre! exclamó don Felipe, tirando de la cuerda que le habia indicado el alcaide, y haciendo sonar una campana; morirás lentamente, dia por dia, hora por hora, minuto por minuto; padecerás como padecen los condenados en el infierno, y llegará un dia en que aterrado, domado, cobarde, me reveles los nombres de los traidores.
--¿Y crees tener poder para todo eso, don Felipe?
--¡Que! ¡y creerás tú que puedes librarte de mi justicia, bandido!
--Ya lo veremos.
--Pues bien, si, lo veremos: tu único juez y tu único verdugo seré yo: nuestros únicos testigos los muros de la Inquisicion. Adios, pues, rey de las Alpujarras. Que vengan á sacarte de entre mis manos tus monfíes.
--Ve en paz rey don Felipe, ve en paz, si puedes: has querido conocerme y te he hablado franca y lealmente... Pero silencio, oigo pasos que se acercan, hasta mas ver, don Felipe.
En efecto, se habian escuchado pasos cercanos y poco despues resonaron los candados y los cerrojos del calabozo, que se abrian.
Yaye se volvió de nuevo á la pared. El rey se encubrió enteramente.
La puerta se abrió y apareció el alcaide.
--Guiad á fuera, le dijo el rey.
Salieron y la puerta se cerró.
Poco despues Yaye los sintió alejarse.
CAPITULO XXII.
Que sirve de epílogo á esta segunda parte.
No habia pasado media hora cuando Yaye, que habia quedado profundamente pensativo y preocupado por su anterior escena con el rey, sintió pasos que se detuvieron junto á su calabozo, y luego el ruido en los cerrojos y de los candados.
[imagen: La Dama blanca.]
La puerta se abrió.
Entró en el calabozo el alcaide acompañado de dos familiares.
--Levantáos y vestíos, don Juan, le dijo con acento duro el alcaide.
Estremecióse Yaye porque creyó que habia llegado la hora del tormento.
--¡Se habrá adelantado por fatalidad el rey á los mios! dijo para sí; y luego añadió alto; ¿y para qué he de levantarme y vestirme?
--Si no quereis levantaros, contestó el alcaide, se os levantará; sino quereis vestiros, se os conducirá desnudo.
Yaye comprendió que herido y débil, se encontraba enteramente á merced de aquellos sicarios, y se levantó y se vistió lentamente.
Cuando estuvo vestido, el alcaide mandó á los dos familiares que le sostuviesen en razon de su debilidad, y sacándole del calabozo, le condujo hasta un patio donde le esperaba una litera.
--¿Es ese el duque de la Jarilla? dijo una voz que estremeció de alegría á Yaye.
--Si, por cierto, señor don Luis de Robles, este es ese condenado preso, que tanto nos han encargado que guardemos. Alégrome que me quiten de encima esta guarda, y lo cedo de muy buena gana al alcaide de la cárcel de Toledo. Dadme, si gustais, el recibo de su excelencia, señor familiar.
--Tomad, pues, y que Dios os guarde señor Roquelillo; vamos, ganapanes, cargad con la litera y en marcha, que se hace tarde.
Yaye se sintió conducido, y poco despues oyó abrirse y cerrarse sucesivamente tres rastrillos.
Luego solo oyó el paso acompasado de algunos hombres que le acompañaban.
Mientras estuvieron en Madrid no hablaron una sola palabra, pero apenas hubieron salido por la puerta de los Pozos, cuando toda aquella gente se metió, llevando consigo la litera, por las tierras á campo atraviesa, y cuando se hubieron internado en ellas se pararon y un hombre abrió la portezuela de la litera:
--¿Vais bien, señor, preguntó?
--¡Ah! ¿eres tú Harum? dijo Yaye.
--Si, si señor, y espero vuestras órdenes.
--¿Has enviado á alguien á mi casa á que recoja mis papeles?
--Si señor, y ya no debe tardar.
--¿Lo tienes preparado todo?
--Si señor, y desafío á los familiares y alguaciles de la Inquisicion á quienes tan á poca costa hemos burlado, á que nos encuentren.
--Pues adelante, Harum, adelante.
La litera se puso de nuevo en marcha, y tomando una senda, aquellas gentes condujeron al emir á buen paso á una casa de campo en las inmediaciones de Fuencarral.
* * * * *
Poco despues Harum entró en un aposento donde, en un magnífico lecho, reposaba Yaye.
--Señor, dijo: Malek ha penetrado en vuestro palacio de Madrid sin ser sentido de nadie: ha ido á la cámara que indicásteis á Suleiman, y ha encontrado descerrajada la papelera.
--¡Descerrajada!
--Si por cierto, y roto el sello que habia puesto sobre ella la justicia.
--Pero veo que traes en tus manos la cartera que yo habia pedido.
--Si señor.
--Dáme acá y acerca una bugia.
Harum dió á Yaye una cartera que tenia en la mano y acercó una luz.
Yaye abrió la cartera y buscó en ella con ansia.
--¿Tienes confianza en Malek? dijo Yaye que estaba pálido.
--Si, si señor, ademas Malek no sabe leer.
--Aquí faltan dos papeles importantísimos; Harum, dos papeles que yo debí haber quemado; dos cartas terribles.
--Ya os he dicho, señor, que Malek encontró rotos la cerradura y el sello de la papelera, como asimismo los de las puertas de la cámara.
--¡Cúmplase la voluntad de Dios! dijo Yaye pálido de espanto.
Las dos cartas que faltaban, eran la de doña Elvira de Céspedes y la de doña Isabel de Válor, en que le avisaba la una del nacimiento de Diego Lopez; la otra del de don Fernando de Válor.
El emir hubiera dado diez años de su vida por recobrar aquellas cartas.
Su pérdida encerraba para él una amenaza oscura, y en vano queria adivinar quién fuese el que se habia atrevido á entrar en una casa sellada por la justicia, en busca de aquellos papeles.
* * * * *
En aquel mismo punto, el rey recibia una carta escrita con mano trémula por el inquisidor general don Fernando Valdés.
Ni un solo músculo de su semblante se contrajo, aunque en aquella carta el inquisidor general le avisaba de la violencia que se habia hecho con él, y de haberse escapado el emir de los monfíes de la cárcel del Santo Oficio.
El rey tomó una pluma y escribió por bajo estas lacónicas palabras:
«Vuestra cobardía no tiene ya remedio; procurad, pues, que nadie sepa que la Inquisicion y el rey han sido burlados. ¡Que se cumpla la voluntad de Dios!»
Durante algunos dias los familiares y los alguaciles del Santo Oficio, revolvieron hasta las piedras en Madrid y en sus alrededores.
A pesar de esto el emir no pareció ni mas ni menos que una gota de agua que cae en el mar.
TERCERA PARTE.
LA REBELION.
CAPITULO PRIMERO.
El castillo y la atalaya.
No á mucha distancia una de otra en ese laberinto montañoso que se llama las Alpujarras, hay dos cumbres que se atalayan, y que descubren otras muchas y son descubiertas por ellas, incluyendo la cima de Sierra Nevada, y su gigantesco anfiteatro de montañas.
Una de estas dos cumbres que hemos citado domina al pueblo de Válor, la otra al de Cádiar.
En ambas cumbres se conservan vestigios de cimientos: llaman los de Válor á los unos castillo, los de Cádiar á los otros atalaya.
Hoy los lagartos asoman entre las grietas de las ruinas, y las culebras se deslizan entre los escombros cubiertos de musgo, y los habitantes conservan acerca del castillo y de la atalaya la memoria de dos nombres que son dos historias sangrientas. Las ruinas del castillo guardan el nombre de Muley Aben-Humeya: las de la atalaya el de Muley Aben-Aboo.
No hay alpujarreño que no sepa contaros, si se lo preguntais, cómo murieron cada uno de los hombres que llevaban aquellos nombres; no hay uno solo que no os diga que sus antiguas viviendas han sido arruinadas, porque sus dueños estaban malditos de Dios.
Las que hoy son ruinas, eran en 1568 dos edificios característicos.
Empezemos por el castillo.
Ocupando la ancha planicie de la cumbre se levantaban cuatro torreones cuadrados, unidos entre sí por cuatro muros robustos y almenados: ni un agimez, ni una galería, ni mas que algunas estrechas saeteras, se veian en aquel recinto exterior, pero en el centro del extenso cuadrado comprendido dentro de aquellas torres y muros, se veia un bellísimo alcazar moruno, con torrecillas caladas, galerías, miradores, cúpulas y pizarras, resplandeciente con sus vivos colores; era aquel alcázar, dentro de aquel fuerte y rojizo recinto murado, lo que podia ser una hermosa dama, cuya magnífica y engalanada cabeza se levantase sobre una armadura de guerra: fuera, robustez, almenas enhiestas, profunda caba, hondo rastrillo, puerta chata y maciza de herradura, matacanes y ladroneras: dentro, todos los bellos caprichos de la arquitectura oriental; galerías cinceladas con esbeltas columnas de alabastro; agimeces con dobles arcos festonados, y entre estos arcos y trás estas columnas, cristales rica y maravillosamente matizados, como los de nuestras viejas catedrales góticas; era aquel un alcázar fuerte, de los tiempos medios de la dominacion de los árabes en España; una especie de casa de placer de algun rey moro, que al mismo tiempo servia de alcazaba á la villa: una de esas magníficas huellas que dejó trás sí el paso de ese maravilloso pueblo árabe.
La atalaya que coronaba la cumbre del monte sobre Cádiar, era un edificio severo, escueto, que se destacaba vigorosamente sobre el horizonte, y que descubria con sus cuatro ojos negros, abiertos en su muro circular de piedra, ennegrecida por el tiempo, un número considerable de pueblos y montañas, y el mar por la parte de Levante. Dábala entrada una pequeña puerta de herradura, y por la parte oriental, sobre una cortadura del monte, se veia una ventana estucada, dividida por una columnilla blanca, y guarnecida por vidrios de colores; este era el único detalle delicado y bello que se notaba en aquel macizo torreon negruzco; detalle que á tiro de arcabuz dejaba conocer que era una adicion reciente, una herida abierta en el muro antiguo, una especie de respiradero practicado en el centro de la torre para hacer habitable y un tanto cómoda aquella atalaya de guerra.
Dulcificaba un tanto su aspecto brabío, una pequeña huerta y una blanca casita adherida á la atalaya por la parte del Sur. La cumbre se habia allanado y cercado con un tapial, y una noria, á que daba vueltas un enorme buey, mantenia la frescura y la frondosidad de un emparrado, colocado como un toldo delante de la fachada de la casa, y que corria hasta la puerta de la atalaya, y á las legumbres y á los árboles frutales que ensanchaban sus frondas odoríferas, bajo el templado cielo del Mediodía.
Un perro, una legion de gallinas y algunos patos, que nadaban en un estanque donde se recogian las aguas de la noria, daban ruido y vida, una vida especial á aquel pequeño recinto, dulcificando lo severo y sombrío del aspecto de la atalaya.
Entre esta y el castillo de Válor existia no sé que de extraño y hostil. La atalaya, hasta en la pequeña perforacion que se habia practicado en ella abriendo en su muro un agimez, era severa y sencilla; pero altiva y enérgica, por decirlo asi, como un viejo y veterano centinela avanzado al enemigo: el castillo, cuyas defensas estaban deterioradas, y desatendidas, parecía envilecido por aquel alcázar tan delicado y tan bello que á nada podia compararse tanto como á una cortesana corrompida y coronada de flores, que se sentase sobre un viejo y abollado arnés de guerra: la atalaya parecia representar la ancianidad brabia aun é indomable, y el castillo el valor degradado, el atleta rendido á los pies de la hermosura.
Entre el castillo y la atalaya filosóficamente considerados existía un abismo.
Pasando de los edificios á sus habitantes respectivos, hallaremos entre ellos diferencias esenciales.
Eran dos mujeres viudas, cada una de las cuales tenia un hijo.
La una, la moradora de la atalaya se llamaba doña Isabel de Córdoba y de Válor. La otra la habitante del castillo doña Elvira de Céspedes.
Veinte y dos años habian pasado por estas dos mujeres desde la fecha en que las presentamos á nuestros lectores al principio de nuestro relato.
Doña Isabel contaba, pues, cuarenta y dos años; doña Elvira cuarenta y cinco.
Por un privilegio de la naturaleza estas dos mujeres se habian conservado hermosas, en la edad en que generalmente ha empalidecido la hermosura de la mujer, han brotado en su cabeza las canas, y se han impreso en su rostro las arrugas.
Doña Isabel y doña Elvira no tenian ni canas ni arrugas.
Comprendiase, sí, á primera vista, que no eran jóvenes; pero nadie se hubiera atrevido á decir que eran viejas.
Encontrábanse en ese desarrollo de vida y de hermosura, que viene á ser como el estío en la vida de la mujer, en que lo que la falta de frescura la sobra de fuerza, de vigor.
Eran todavía dos mujeres peligrosas.
Cuando salia doña Isabel de su casita adherida á la atalaya, ó cuando salia doña Elvira del castillo para bajar á las poblaciones, siempre habia ricos y jóvenes moriscos que las aquejasen con pretensiones.
Llamábanlas, por último, en la comarca las hermosas viudas.
Sin embargo desde la muerte de Miguel Lopez, ó poco despues, doña Isabel se habia retirado á las Alpujarras, á la villa de Cádiar donde habia dado á luz un hijo, y se habia mostrado sorda á todas las pretensiones, vistiendo severamente sus tocas de viuda, y dedicándose por completo al cuidado de su hijo á quien amaba de una manera extremada; doña Elvira, antes de la muerte de don Diego de Córdoba, su esposo, se habia retirado á la villa de Válor donde habia dado á luz á don Fernando de Válor, y del mismo modo despues de la muerte de don Diego se negó de todo punto á contraer un nuevo enlace, concentrando, como doña Isabel, todo su amor en su hijo.
A pesar de que vivian á poca distancia, ninguna de las dos cuñadas se visitaron, ni se vieron una sola vez, desde la noche en que, veinte y dos años antes, habia sido incendiada por los moriscos la casa de don Diego de Córdoba y de Válor.
Pero si doña Isabel y doña Elvira no se veian, no acontecia lo propio respecto á sus hijos Diego Lopez y don Fernando de Válor.
Cuando fueron mozos, estos se encontraron cazando en la montaña, ó en Granada, á donde solian ir con frecuencia, ó en donde era mas peligroso: en las reuniones de los moriscos, á las que se les llevaba para nutrir en sus almas el odio contra los cristianos.
Las ambiciones de los parientes de entrambos jóvenes, habian hecho nacer entre ellos rivalidad y aun odio; odio y rivalidad que disimulaban, pero que no por ello eran menos fatales: los parientes de Miguel Lopez no cesaban un punto de decir á Diego su hijo, que su madre doña Isabel, era descendiente del Profeta; que si bien era verdad que don Fernando de Válor su primo, era el primogénito de la familia, sus vicios, su afeminacion, y la estrecha amistad que como veinticuatro de Granada y capitan del rey de España sostenia con los cristianos, le hacian peligroso, cuando él, pobre, aislado en las Alpujarras, contando sus únicos amigos entre los moriscos, fuerte, robusto y severo en sus costumbres, era mas á propósito para ponerse al frente de ellos: los allegados de don Fernando de Válor excitaban de la misma manera la ambicion de este, recordándole siempre su alto orígen y avivando su odio á los cristianos con traerle continuamente á la memoria, el desastrado fin de su padre. Contribuia no poco á ello, su tio don Fernando, á quien se conocía entre los moriscos con el nombre de Aben-Jahuar-el-Zaquer. Encargado este de su tutela, habia pretendido, aunque en vano, pasar de tutor á padrastro por su casamiento con su cuñada doña Elvira; pero esta se habia negado constantemente; don Fernando sin embargo no habia cedido; enamorado y empeñado cada vez mas por la peligrosa hermosura de doña Elvira, habia procurado hacerse de un arma contra la misma doña Elvira de su hijo don Fernando: enervó su alma, se apoderó de él, le corrompió, y para sujetarle mas á su influencia le casó con Inés de Rojas, hija de Miguel de Rojas, morisco influyente, tan ambicioso como Aben-Jahuar, y dispuesto á ayudarle en sus proyectos que eran tenebrosos.
Reducíanse estos, á poner como condicion á doña Elvira, el engrandecimiento de su hijo, á trueque de su mano, ó su anulacion completa ante los moriscos si persistia en su negativa. Fácil era de comprender que, amando como amaba doña Elvira á Aben-Humeya, su hijo, no vacilaria, por repugnante que le fuese, en entregar su mano á Aben-Jahuar, su cuñado, á trueque de que Aben-Humeya fuese proclamado rey por los moriscos de Granada, cuando llegase el caso inminente de una insurreccion decisiva. Miguel Rojas, por su parte, morisco influyentísimo, como ya hemos dicho, no podia menos de desear que el marido de su hija, llegase á ser rey, y ayudaba con todas sus fuerzas á Aben-Jahuar: este se habia cubierto de la mas profunda reserva, y nadie mas que doña Elvira, porque los ojos de una madre lo adivinan todo, habia adivinado, que Aben-Jahuar, satisfecho su empeño amoroso casándose con ella, no pararia hasta ver satisfecha su ambicion: doña Elvira habia comprendido que su cuñado elevaria á su hijo, que le sostendria hasta cierto punto en el poder, y que le derribaría despues para hacer con su cadáver un escalon del trono de Granada.
Doña Elvira aborrecia, pues á su cuñado; pero encubria su odio, porque Aben-Jahuar estaba apoderado de su hijo, y le tenia como en rehenes.
Abandonado Aben-Humeya á su tio, habia contraido viciosas inclinaciones: era jugador y camorrista como su padre; falto de fe en sus empeños como su padre, y como él infatuado con su orígen: añadíase á esto el odio que doña Elvira le habia hecho concebir contra su tia doña Isabel de Válor, y su primo Aben-Aboo; su corazon era un depósito de amargas pasiones: su pensamiento enloquecia con sueños insensatos: desconfiaba de todo el mundo, y sin embargo á todo el mundo se entregaba: débil, irresoluto, voluntarioso, era á todas luces inferior á su primo Aben-Aboo, á su rival, á su antagonista.
Era este un mancebo de veinte y dos años, á quien la reflexion hacia parecer de mas edad; hermoso; pero con una hermosura enérgica; moreno, con ese color dorado y característico de los oriundos de Africa; pálido, con enormes y elocuentes ojos negros, nariz aguileña, boca de sutiles labios, que indicaban astucia y firmeza, y miembros musculosos y fuertes; pero constituyendo un conjunto esbelto, en que se adivinaban un vigor sumo y una agilidad extraordinaria.