Los monfíes de las Alpujarras: novela original

Part 5

Chapter 53,911 wordsPublic domain

--Mi padre, al ceñirse esta corona que yo he ceñido tambien, y que ahora ciñe vuestra cabeza, se ciñó esta valiente espada: durante treinta años, esta espada ha estado desnuda en las manos de mi padre, y ha brillado sangrienta contra los enemigos del Islam; durante otros veinte años, desde que murió mi padre hasta este momento, mi brazo ha sabido añadir glorias á esta espada: yo os la entrego (y el anciano ajustó el riquísimo talabarte de la espada á la cintura de Yaye), os la doy contra los enemigos de Dios y de nuestro pueblo; jurad que sereis buen caballero, que jamás desnudareis esta espada contra el bueno, ni el desvalido, que en vuestras manos será un rayo exterminador de infieles, pero nunca un hacha de verdugo, que conservareis y aumentareis su gloria, que jamás la desnudareis sin razon, ni la envainareis con mancha.

--Os juro, señor, contestó con altivez Yaye, morir antes que manchar con una traicion, una injusticia ó una cobardía, la noble espada de mis abuelos.

--¡Sed rey! dijo entonces Yuzuf Al-Hhamar; yo en presencia de Dios y de mi pueblo, renuncio en vos la sagrada potestad de que he estado investido durante treinta años; yo espero que mis buenos y leales vasallos no tendrán que maldecirme por haberlos puesto bajo vuestra espada y vuestra voluntad. Lo que he podido daros os lo he dado; lo que resta que daros, pedidlo al pueblo que habeis de mandar.

--¿Me quereis por vuestro rey? dijo Yaye con voz firme y sonora, con la frente alta y resplandeciente de dignidad y de grandeza.

--¡Sí! ¡sí! ¡sí! exclamaron por tres veces, en coro los circunstantes.

--Y en muestra de que asi lo queremos y de que asi antes de ahora lo hemos determinado, dijo Abd-el-Gewar, adelantando hácia el centro: yo gran faqui de los creyentes de España, os ciño la túnica real de vuestros mayores á nombre del reino de Granada.

Y tomando un magnífico caftan negro, que estaba sobre los cogines, le puso por la cabeza á Yaye, despues de haberle despojado de su sencillo alquicel blanco; despues tomó un manto rojo y le puso sobre los hombros del jóven, cerrando sobre su pecho dos magníficos erretes de perlas y diamantes.

--El reino os ha investido con el símbolo de la justicia y de la magestad; el pueblo de Dios espera que sereis justo y grande; el pueblo de Dios, que lucha hace tanto tiempo con sus implacables enemigos, os ayudará, os obedecerá y os respetará como á su rey y señor natural; pero pedirá á Dios que os hiera con el rayo de su justicia si fuéseis cobarde ó tirano.

--Asi sea si yo tal fuere, contestó Yaye.

--Sed, pues, rey.

En aquel momento los cinco alfereces adelantaron: el que tenia el estandarte real de Granada, se colocó á la derecha de Yaye; los otros cuatro tendieron sobre el suelo sus banderas, mirando á las cuatro partes del mundo, segun antigua usanza en la coronacion de los reyes moros, y el escudero que tenia la adarga, adelantó y la puso sobre las astas de las cuatro banderas.

--Desnudad vuestra espada, señor, dijo el justicia mayor del reino, y ponéos sobre la adarga, en señal de que sois rey, y de que de tal manera estareis siempre armado contra los enemigos de nuestra ley.

Yaye desnudó la espada y se puso sobre la adarga.

--¡He aquí nuestro señor, el poderoso, el grande, el temeroso de Dios, Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar! gritó el alguacil mayor.

Todos se prosternaron, y en tanto el alférez mayor del reino, tremolando el estandarte real gritó:

--¡Qué Dios ensalce, y dé prosperidades al magnífico Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar!

Los circunstantes aclamaron á grito herido á Yaye.

Yaye era ya rey de aquel pueblo de extraños bandidos, que vivian entre las breñas, á quienes nadie conocia, y cuyos reyes tenian sus alcázares en las entrañas de la tierra.

Uno tras otro; primero su padre, convertido ya por su voluntad en su vasallo, fueron besando la orla del manto de Yaye, hasta el último caballero.

Quedaba aun la solemne aclamacion delante del pueblo.

Para ello Yaye, con un aparato verdaderamente régio, fue sacado del subterráneo; fuera, en un pintoresco valle á la entrada de la gruta, por donde se penetraba al alcázar, habia un magnífico caballo blanco, cuyas riendas tenian dos esclavos, otra multitud de caballos esperaban á sus dueños: un centenar de esclavos negros vestidos de blanco, llevaban antorchas encendidas; una taifa como de mil monfíes, armados de ballestas y espadas, formaban á un lado del pequeño valle.

La noche era clarísima: la luna brillaba en toda su plenitud, en medio del cielo, y á lo lejos se escuchaba el ténue quejido del mar, en su eterno romper contra la ribera.

Las antorchas eran mas bien un lujo que una necesidad.

Inmediatamente la cabalgata real se formó, la mitad de los monfíes armados rompieron la marcha, y la otra mitad siguió á la comitiva.

Quien hubiera visto aquellas antorchas vagando por la montaña en medio de la noche, aquellos estandartes, aquel rey coronado, aquellos caballeros vestidos de blanco y armados de largas lanzas, aquellos dos tercios de ballesteros que marchaban silenciosos delante y detrás de aquella córte, hubiera creido que el alma en pena de Boabdil el Zogoibi, habia salido de su tumba rodeada de sus cortesanos y de sus soldados para vagar sobre las breñas de las Alpujarras, en lo mas intrincado de la toha de Juviles, y llorar durante la noche su perdida Granada.

Al cabo de media hora de marcha, el nuevo rey, su córte y su guardia, llegaron á la cumbre de una ancha colina; el terreno de aquella colina no se veia; estaba cubierto de hombres; eran los monfíes de las Alpujarras, que en número de diez mil, habian sido avisados por sus xeques para asistir á la proclamacion pública y al reconocimiento del nuevo rey.

Cuando estuvieron en el centro, el alguacil mayor leyó el acta de la abdicacion de Yuzuf-Al-Hhamar.

Despues el alférez mayor ondeó el estandarte real, y proclamó á Yaye.

Los monfíes respondieron con una aclamacion inmensa y el viento de la noche fué á llevar á los lugares cercanos el estruendo de los añafiles, las dulzainas, los atabales y las atakebiras, tañidas en honor del nuevo emir de los monfíes Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar.

Despues la comitiva real se volvió al alcázar subterráneo, y los diez mil monfíes divididos en taifas, se encaminaron á cubrir sus apostaderos en toda la extension de las Alpujarras, que habian abandonado por algunas horas, para ponerse de nuevo en acecho de los cristianos.

CAPITULO IV.

Lo que eran los monfíes.--Yuzuf cuenta su historia á Yaye.

Ya era la media noche.

Yuzuf Al-Hhamar, se ocupaba en recorrer el alcázar mostrándole á su hijo. Yaye se habia admirado mas de una vez y sucesivamente se admiraba mas y mas.

Todo lo que le habia acontecido desde el dia anterior era extraordinario; habia momentos en que se creia entregado á un sueño; á uno de esos sueños que nos llevan de prodigio en prodigio á un punto tal, en que ya demasiado violentada nuestra fantasía nos obliga á despertar.

Yaye habia alentado mas de una vez ambiciosas aspiraciones; muchas veces al contemplar al pueblo moro tan abatido, tan abyecto, tan tiranizado por los cristianos, habia pensado en que tarde ó temprano aquel pueblo preferiría la muerte al sufrimiento cruel, lento, continuo, y se sublevaría; siempre pensando en una sublevacion de los moriscos, habia pensando en hacerse su caudillo á fuerza de valor y de sacrificios; su valiente fantasía habia pensado en el triunfo: ¿qué oprimido no sueña alguna vez en vencer á sus opresores? y despues del triunfo habia soñado en una corona.

Aquella corona se le habia venido á las manos de una manera extraordinaria, antes de la insurreccion y del triunfo. Yaye, preparado ya por el conocimiento de su alto origen y por sus pensamientos ambiciosos, habia sostenido sin encogimiento, y como lo hubiera hecho un príncipe heredero, educado al lado de su padre en su misma córte, el alto papel que habia desempeñado en la abdicacion de Yuzuf.

Es cierto que Yaye conocia á Yuzuf; le habia visto desde su infancia todos los años en la estacion de los calores en Granada, pero á pesar de que Yuzuf le habia tratado siempre con el cariño y la tierna solicitud de un padre, Yaye no habia visto en él mas que un anciano amigo de su venerable ayo Abd-el-Gewar; nunca habia llegado á concebir que aquel viejo de larga barba blanca, de semblante pálido y melancólico, de ojos negros y hermosos, dulces, cuando miraban á Yaye, bravíos y terriblemente feroces, cuando se lamentaba en presencia del jóven de las desgracias de la patria, nunca habia pensado Yaye, repetimos, que Yuzuf fuese su padre, y mucho menos que sobre aquella cabeza encanecida por los años y por las desgracias se asentase una corona.

Sin embargo, habia llegado el dia en que Yaye supiese que Yuzuf era su padre, y á mas de su padre rey de los monfíes.

¿Y qué eran los monfíes? ¿Salteadores como parecia indicarlo su nombre, ó soldados valientes é indomables de un pueblo vencido que sostenian aun con un teson incansable la bandera del Islam?

Para contestar á esta pregunta que suponemos nos haran nuestros lectores, necesitamos remontarnos á la conquista de Granada.

* * * * *

En el año de 1492 los reyes de Castilla y de Aragon doña Isabel y don Fernando, terminaron con la conquista de Granada, la tenaz guerra de restauracion contra los árabes, empezada por don Pelayo en Covadonga, y sostenida durante siete siglos por los condes soberanos, los reyes y los señores de España, á vueltas de sangrientas disensiones intestinas; habian puesto al fin el sello á su poder y á su grandeza, constituyendo un solo reino de los diferentes Estados de España, y añadiendo á su corona por fuerza de armas el reino moro de Granada, por cuya conquista el papa Alejandro VI los denominó por excelencia los Reyes Católicos; eran al fin señores de aquel último refugio de los restos del gigantesco imperio fundado por Tarik y sostenido con tanta gloria por los califas Omniades.

Ya desde las columnas de Hércules hasta las fronteras de Portugal, por una parte, y por otra, hasta los ásperos Pirineos, resonaba la voz de un solo señor, y la salmodia de un solo rito; la unidad religiosa y la refundicion de tantos reinos en una sola corona, eran un hecho consumado con la conquista de Granada y con la existencia de un descendiente de los Reyes Católicos.

Las pretensiones de la Beltraneja, de aquella desgraciada princesa, cuya legitimidad y cuyos derechos á la corona de Castilla son aun un misterio, habian muerto en la batalla de Toro, y doña Juana la Beltraneja, la _excelente señora_, como la llaman las crónicas portuguesas, se habia separado del mundo tomando el velo de esposa del Señor, en el convento de Santa Clara de Coimbra. Ningun obstáculo existia ya delante del astro esplendoroso de los Reyes Católicos, y como si esto no bastase, un hombre oscuro, un pobre piloto genovés, Cristóval Colon, habia arrojado á sus plantas el imperio de un nuevo mundo, que habian ocultado hasta entonces los mares de Occidente. Las naciones mas poderosas miraban con espanto el poder de los Católicos monarcas; la victoria reposaba cansada sobre sus pendones, y una extensa y pacífica monarquía era el sólido fundamento de su poder y de su grandeza.

Sin embargo, á veces en el corazon de un robusto cedro vive un insecto roedor é incansable que no se ve, que no se adivina, pero que trabaja en silencio, que adelanta en su afanosa tarea y que logra acaso atacar la vitalidad del robusto tronco que le contiene.

Tambien bajo el esplendoroso manto de victoria de los Reyes Católicos se ocultaba una carcoma activa y roedora, un elemento hostil, pertinaz, bravío, incansable; una raza vencida, pero malcontenta con el yugo, ansiosa de sacudirlo: esta raza era el pueblo moro, á quien se habia concedido una capitulacion honrosa, á quien se habia conservado el derecho de la pacífica posesion de sus propiedades, de la práctica de su religion, de su idioma, de sus leyes, de sus costumbres, á la manera que Tarik y Muza habian dejado siete siglos antes á los godos y solariegos vencidos, iguales derechos y franquicias.

Pero si los árabes habian respetado religiosamente sus pactos con los españoles subyugados, no habia sucedido lo mismo (rubor causa confesarlo) respecto á las estipulaciones concluidas entre los vencedores reyes de Castilla y Aragon, y el vencido rey de Granada. El fanatismo cristiano fue para con los moros infinitamente mas intolerante que lo habia sido el fanatismo musulman con los solariegos; los Reyes Católicos, dominados por sus confesores, pertenecientes al clero mas feroz de que puede encontrarse ejemplo en la historia, empezaron muy pronto á faltar á los solemnes tratados concluidos con el rey moro de Granada. Ya, poco despues de la conquista, (30 de marzo de 1492) habian expedido un decreto de expulsion contra los judíos, decreto que arrojó de Granada y del reino, cincuenta mil familias industriosas y opulentas; los moriscos miraron esta medida tomada contra los judíos con un profundo recelo; no podia ocultárseles que tras la expulsion de los judíos, se pensaria en expulsarlos á ellos mismos, ó lo que era peor, de reducirlos por fuerza á una religion extraña, á usos, á costumbres enteramente opuestas á las suyas; el tremendo tribunal de la Inquisicion, creado poco tiempo antes, se habia establecido en Granada; los frailes cristianos se habian atrevido á penetrar en sus mezquitas, para predicarles la religion del Crucificado, y como estas misiones no habian producido conversion alguna, empezaron las mas odiosas persecuciones; las mezquitas fueron ocupadas por el vencedor, con abierta infraccion de las capitulaciones, y convertidas en iglesias; se pretendió obligar á que volviesen al cristianismo los descendientes de cristianos que habian abrazado el mahometismo, gentes que se conocian entre los moros con el nombre de _elches_, y estos se negaron enérgicamente, apoyándose en las capitulaciones de la conquista, á pesar de las cuales fueron perseguidos y obligados.

Por consecuencia el Albaicin se sublevó en masa, y fue necesario que el conde de Tendilla, capitan general á la sazon del reino y costa de Granada, apelase á la fuerza y á la artillería; los principales de los sublevados fueron duramente castigados á sangre, y los moriscos, aterrados por el castigo, doblaron la cerviz y aparentaron una sumision que no sentian; esto en cuanto á los moriscos de Granada y de las aldeas de la vega, que en cuanto á los de las Alpujarras, gente indómita y brabía, se alzaron de una manera imponente, degollaron á los cristianos que hubieron á las manos, se apoderaron de las fortalezas y se declararon en abierta rebelion.

Fue necesario que el mismo don Fernando el Católico acudiese á cortar aquel incendio; logrólo no sin trabajo; entregáronle los moriscos gran número de rehenes y se obligaron á pagar á la corona en el término de dos años cincuenta mil ducados, dejándose bautizar por añadidura; pero al mismo tiempo que se sofocaba la rebelion en las Alpujarras, brotaba otra en la Serrania de Ronda y se extendia rápidamente á Sierra Bermeja. Aquella sublevacion costó la vida á uno de los primeros capitanes de los Reyes Católicos: á don Alonso de Aguilar, hermano mayor del Gran Capitan Gonzalo Fernandez de Córdoba.

Aquella sublevacion fue sofocada tambien aunque con mas trabajo y mas tiempo, y al fin no quedó en España un morisco de las poblaciones que no estuviese bautizado y que públicamente no profesase la religion católica.

¿Qué mucho? Ellos se habian visto obligados á escoger entre el bautismo y las hogueras de la Inquisicion.

Eran, pues, cristianos á la fuerza, de una manera externa, y en el fondo de sus corazones aborrecian á muerte al odioso conquistador.

Pero si bien los habitantes de las poblaciones, los que poseian terrenos ú oficios, los que para conservar sus bienes se veian obligados á someterse al yugo, practicaban el cristianismo, habia un número considerable de gente suelta, nómada, como los antiguos árabes del Yemen, que preferian la lucha con el vencedor y sus peligros á someterse vergonzosamente al yugo. Estos moriscos, ó mejor dicho, estos moros, porque solo se llamaba moriscos á los convertidos, no entraban en las poblaciones, sino para saquearlas; vivían en la montaña, se albergaban ya en las cuevas de las rocas, ya bajo sus tiendas de cuero, activos siempre, siempre dispuestos al combate y feroces y terribles hasta el punto de causar terror á los mismos moriscos de quienes habian sido hermanos.

Estos eran los monfíes.

Decíase á la ventura, porque nada podia asegurarse acerca de ellos, que estaban organizados en _tahas_ ó distritos, que cada una de estas tahas estaba gobernada por un _xeque_ (anciano) que todos estos xeques obedecian á un _emir_ (príncipe) y que este emir tenia junto á sí _walíes, wazires y alimes_ (capitanes, consejeros y sabios); abultábanse el poder y las riquezas de este pequeño rey de diez mil soldados, que erraban por las montañas y estaban sujetos á su ley, ó por mejor decir á la ley alcoránica á cuyo título los regia; hablábase de sus palacios subterráneos, aunque nadie los habia visto, y de las maravillas que estos alcázares encerraban; pagábanle tributo las poblaciones de la montaña porque no las invadiese, las saquease ó tal vez las llevase á sangre y fuego, como habia acontecido con alguna que habia resistido al pago del tributo, y el solo nombre del emir de los monfíes bastaba para imponer terror á los mas alentados.

A pesar de esto los monfíes eran una especie de duendes, unos seres misteriosos á los que nadie habia visto, puesto que los que los veian durante la sorpresa de una poblacion, ó en los desfiladeros de la montaña ó en las profundidades de una rambla, morían; pero las huellas de aquella gente feroz quedaban señaladas de una manera horrorosa, ya en los humeantes escombros de una aldea arrasada, ya en el cadáver de algun imprudente viajero, arrojado en los linderos de un camino, ya en las cabezas de los cuadrilleros de la Santa Hermandad ó de los soldados de los tercios reales, que habian ido en su busca: despojos sangrientos que llevados durante la noche á las poblaciones, solian aparecer al dia siguiente en las puertas de las iglesias.

Ya este, ya el otro capitan general de la costa y reino de Granada habian pretendido dar caza á estos terribles monfíes; pero si la fuerza expedicionaria era respetable, nunca tropezaba con ellos, y si era escasa, poco despues los restos ensangrentados se encontraban entre las quebraduras, ó crucificados, asaeteados, ó empalados en los caminos.

Llegó el caso de que las tropas empleadas en su persecucion se limitasen solo á salir ostentosamente de las poblaciones para esconderse despues en la primera breña que encontraban al paso, para volver al dia siguiente diciendo que no habian dado con los monfíes.

La existencia de estos, pues, no se conocia mas que por la exaccion periódica de los tributos, que los habitantes cuidaban de ir á poner en los lugares indicados en los edictos que en ciertas épocas del año aparecian clavados en las puertas de las iglesias ó por este ó el otro cadáver que encontraban acá y allá con suma frecuencia.

Por lo demás eran unos verdaderos duendes á quienes nadie habia visto, pero cuya influencia se sentia, y sobre todo se temia. Tales eran los monfíes de las Alpujarras.

Yuzuf-Al-Hhamar-abu-Yaye era su rey.

¿Quién era este rey?

El mismo nos lo va á decir.

* * * * *

Yuzuf, despues de haber mostrado á su hijo todas las maravillas del alcázar subterráneo, le condujo á un departamento separado: era el harem.

Mas de una magnífica hermosura, jóven y pudorosa, habia levantado la cabeza adormida de sobre un divan, al sentir los pasos de su señor; Yaye vió con una indiferencia verdaderamente ascética aquellas niñas que se ponian de pié cubriéndose con sus velos y bajando las frentes ante la presencia del padre y del hijo: Yuzuf vió con placer que Yaye era un espíritu fuerte, noblemente levantado sobre las miserias humanas.

Hay que tener en cuenta para apreciar su indiferencia, y casi su hastío, que Yaye solo contaba veinte y cuatro años, que las mujeres, junto á las cuales de retrete en retrete y precedido por esclavos mudos, le llevaba su padre, eran jóvenes, deslumbrantes de belleza, la mayor de las cuales apenas llegaria á los diez y ocho años, africanas las unas, asiáticas las otras, bellezas de ojos negros, cabelleras brillantes, talles flexibles, y aspecto de pureza y de candor: algunas de ellas admiradas de la hermosura de Yaye fijaban en él una mirada dulcemente curiosa, y volvian á inclinar la vista cubiertas de rubor.

Yuzuf hizo conocer á Yaye muchas esclavas: habló con cada una de ellas, no con el acento impuro é imperativo de un déspota musulman, sino con el acento dulce de un padre.

A cada una de ellas decia tambien señalándolas á Yaye.

--Este es mi hijo: este es vuestro señor.

Las esclavas al escuchar esta frase callaban, cruzaban sus brazos sobre el pecho y se inclinaban.

Cuando hubieron salido del harem, Yuzuf dijo á Yaye:

--Las mujeres que acabas de ver son tus concubinas, estan destinadas para tí; un rey debe tener en su harem las mujeres mas hermosas del mundo.

--Yo jamás tendré esclavas para el amor, dijo brevemente Yaye.

--Yo siempre he tenido vírjenes en mi harem, dijo Yuzuf, pero jamás esclavas impuras: han sido mis hijas: con ellas he premiado el valor de mis guerreros, haciéndolas sus esposas; en vez de hacer de una esclava una mujer impura, he hecho buenas madres de familia. Solo he amado una mujer, y aquella mujer era mi esposa.

--¡Mi madre! ¡Oh! ¡en verdad, señor, que nada me habeis dicho de mi madre!

--¡Oh! no he querido hablarte de ella, hasta hacerlo en el sitio á donde te voy á conducir: ven.

Al pasar por una habitacion, cuyas puertas estaban fuertemente cerradas, Yuzuf se detuvo.

En aquella habitacion habia seis fuertes y enormes arcas de hierro.

Yuzuf abrió una de las arcas; estaba llena de doblas de oro.

--Yo creí, señor, dijo Yaye, que me habiais traído al lugar en que debíais hablarme de mi madre.

--¡Cómo! ¿no te maravilla saber que eres dueño de tantas riquezas?

--Las riquezas solo deben servir para hacer el bien de nuestros hermanos: de tal manera las aprecio: consideradas de otro modo me causan hastío.

--Te he dado una corona y la has recibido sin envanecerte ni asombrarte; te he presentado mujeres, por cualquiera de las cuales arderia en fuego impuro, un morabitho[5] apartado del mundo, y las has visto sin conmoverte; te he hecho ver el brillo del oro, y no te has asombrado, ni ha nublado tu rostro la palidez de la codicia. Eres digno, hijo mio, de ceñir mi espada y mi corona, digno de vengar á tu madre.

--¿De vengar á mi madre habeis dicho, señor?

--Silencio: aun no hemos llegado, sígueme.

Yuzuf cerró cuidadosamente otra puerta, atravesó con Yaye una larga y estrecha mina, y llegó al fin de ella á una puerta maravillosa, tanto por su labor como por las ricas maderas y preciosos metales con que estaba construida, sacó una llave de oro de entre sus ropas y abrió aquella puerta.

El retrete á que aquella puerta daba entrada era pequeño, pero resplandeciente; una lámpara de cuatro luces, suspendida de la cúpula, hacia brillar el oro de las labores sobre fondos esmaltados, el bruñido mármol de las columnas, y la tersa superficie de los mosáicos, de los que arrancaba cien cambiantes; alrededor de este retrete habia un ancho divan de seda y oro, y al fondo un magnífico arco primorosamente labrado y cubierto enteramente por la parte interior por una cortina de brocado, que ocultaba completamente lo que tras aquel arco existia.

Yuzuf se sentó en el divan y atrajo á sí á Yaye.

--Siéntate, le dijo.

--¿Ha llegado el momento de que me hableis de mi madre?

--Aun no: antes es preciso que conozcas la historia de tu padre.

--Os escucho, señor.

El anciano empezó su relato de esta manera: