Los monfíes de las Alpujarras: novela original
Part 4
Los dos ancianos se contemplaron frente á frente, y en silencio durante algun tiempo: parecia como que en aquella mútua mirada recordaban todo su pasado: una larga historia de lucha y de sacrificios; los recuerdos de la juventud; las pasiones de la edad viril; los desengaños de la edad madura; aquella mirada mutua, era, como pudiera decirse, una mirada retrospectiva lanzada al mundo que habian dejado atrás, desde ese otro mundo que está ya al borde de la fosa, ese otro mundo desconocido que se llama eternidad.
--¿Y mi hijo? dijo al fin con anhelo el emir.
--Vuestro hijo, señor, contestó Abd-el-Gewar, es un cumplido caballero, un corazon de oro, un brazo de hierro.
--Hace tres años que no le veo; la última vez que estuve en el Albaicin era un bello adolescente, un leoncillo de buena raza.
--Ahora, señor, es un hombre hermoso, un verdadero leon. ¿Creereis que ayer cuando pregonaron ese terrible edicto del emperador, de que ya tendreis noticias, me fue necesario apelar á todo el respeto que me tiene, para que no se pusiera al frente de los moriscos y acometiese espada en mano á los cristianos?
--¡Ah, buen hijo de sus abuelos! exclamó el anciano; y luego haciendo una rápida transicion añadió: ¿y cómo han acogido los moriscos de Granada la promulgacion de ese infame edicto?
--De una manera amenazadora, señor; pero no es tiempo aun...
--No, aun no es tiempo, dijo el emir; pero es necesario irnos preparando al combate: un dia, cuando menos lo pensemos, el emperador arrastrado por su fanatismo religioso, por su recelo y por las excitaciones de los frailes y de la Inquisicion, desatenderá los buenos oficios que nos procuramos á fuerza de oro, del príncipe Ruy Gomez de Silva y de sus mas allegados consejeros, y romperá con nosotros de una manera cruel, y si es necesario, nos exterminará, entregándonos atados á la Inquisicion. Entonces será necesario desnudar la espada, rebosar de entre las breñas donde nos ocultamos, y morir matando cristianos. Esta determinacion extrema podrá ser necesaria hoy, mañana, cuando menos lo esperemos. Por lo mismo es necesario estar preparados. Mis buenos monfíes, saben que tengo un hijo; que ese hijo, para que se instruya, para que conozca el mundo, para que conozca las necesidades de los hombres que han nacido para ser gobernados viviendo entre ellos, ha sido entregado á uno de mis sabios. Yo estoy ya viejo y débil: las desgracias han agotado mis fuerzas gastando mi vida, y mi corazon... ¡oh!... ¡los encendidos recuerdos que nunca se apartan de mi alma!... ¡oh! ¡qué desgraciado he sido, Abd-el-Gewar!
El anciano emir inclinó la cabeza sobre el pecho.
--Es necesario olvidar, dijo Abd-el-Gewar con el acento ronco y cavernoso.
--¡Olvidar!¡olvidar! tú mismo no has olvidado, exclamó el emir; y eso que tú no eras su esposo, eso que tu no la amabas... ¡olvidar! ¡olvidar á Ana! olvidar aquel dia terrible en que la Inquisicion...
El anciano se interrumpió, se cubrió el rostro con las manos y lanzó un grito de horror, como si su recuerdo le hubiese llevado hasta una situacion horrible, hasta una de esas situaciones en que parece que Dios coloca á los hombres para probar hasta qué punto puede un corazon humano apurar el dolor sin romperse. Durante algun tiempo el anciano continuó cubierto el rostro con las manos, anonadado, estremecido por un temblor convulsivo. Luego se irguió de repente: brillaba en sus ojos un fuego salvaje, y exclamó con la voz vibrante y trémula:
--La he vengado con la sangre de los cristianos: las breñas de la Alpujarra me han visto persiguiéndolos como bestias feroces: mi yatagan se ha ensangrentado en ellos, y el terror ha guardado los desfiladeros de la montaña. El nombre de los monfíes de las Alpujarras ha retumbado preñado de horror hasta los mas remotos confines de España, y en vano ha sido que el emperador haya enviado sus mas valientes capitanes y sus soldados mas aguerridos en busca nuestra: han sido nuevas víctimas inmoladas al recuerdo de Ana: mi brazo se ha cansado de matar, pero aun no se ha apurado la sed de sangre de mi corazon: he envejecido inmolando sangre á mi venganza, y me veo obligado á entregar esa venganza á mi hijo: me siento morir, Abd-el-Gewar.
--¡Morir! ¡morir vos, señor, cuando apenas contais sesenta años!
--La vejez no es la edad, sino el sufrimiento: desde la muerte de Ana han pasado veinte y cuatro años... y mira: mi piel está arrugada, mis cabellos blancos, mis manos trémulas: apenas puedo ya sostener la espada... es necesario que mi hijo ocupe mi puesto... es necesario que mi hijo sea rey... rey de las Alpujarras ahora, mañana, si Dios lo quiere, rey de Granada.
--¡Rey de Granada! suponiendo, señor, que llegásemos á rescatar del cristiano nuestra perdida joya, la hermosa Granada, ¿ignorais que hay un hombre en quien los moriscos de Granada reconocen un derecho?
--¡Don Diego de Córdoba y de Válor! No importa: don Diego sabe muy bien que los moriscos de Granada son gente baldía y floja acostumbrada al yugo. Sabe muy bien que la fuerza, la constancia, la fe, existen en los monfíes. Ademas, tengo un proyecto que todo lo conciliará. Don Diego de Córdoba, tiene una hermana.
--Sí señor, contestó Abd-el-Gewar, mirando con espanto al emir.
--Cuando yo estuve en Granada hace cuatro años, doña Isabel era una doncella de catorce años, hermosa, pura, noble, cándida, con un corazon de ángel y una dignidad de reina.
--Pero D.ª Isabel es cristiana, cristiana de corazon, exclamó con repugnancia el fanático Abd-el-Gewar.
--Cristiana era su tia doña Ana de Córdoba y de Válor, y sin embargo, Abdel, me casé con ella.
--Dios os castigó de una manera terrible, señor, valiéndose para apartaros de ella de la mano de vuestros enemigos.
--No hagamos á Dios inspirador ni partícipe de los delitos de los hombres, Abd-el-Gewar, yo espero que mi hijo será feliz unido con Isabel de Córdoba.
--¡A pesar de ser cristiana!
--¿No es él cristiano en la apariencia? ¿acaso nuestros abuelos no casaron con cristianas? ¿Acaso no ha habido reyes cristianos casados con moras?
--Allá en los primeros años de la conquista de los árabes sobre España, el emir Abd-al-Azis se unió con la reina Egila, la viuda del rey don Rodrigo: recordad la trágica muerte de Abd-al-Azis: el amor de Egila le hizo traidor á su ley y á su patria, y el califa Walid se vió obligado á condenarle á pesar de sus hazañas. Abd-al-Azis fue asesinado por un enviado del califa, y su cabeza, como testimonio de su muerte fue enviada á Damasco. En los últimos tiempos de la dominacion de nuestros abuelos en España, el rey Abou'l-Hhacem, el viejo, concibió un amor impuro por una doncella cristiana, por la hija del alcaide de Martos el comendador Sancho Gimenez de Solis. Isabel de Solis fue sultana de Granada, en daño de la sultana Aixa-la-Horra, prima de Abou'l-Hhacem, que fue repudiada por este. Dios castigó no solo al rey sino tambien á su reino. Los celos de Aixa-la-Horra y el amor de Isabel de Solis, de la sultana Zoraya, hácia los hijos que habia tenido en su matrimonio con Abou'l-Hhacem, produjeron las guerras civiles que nos entregaron cansados y sin fuerzas á los cristianos. Zoraya, la cristiana renegada, quiso que sus hijos fuesen reyes: Aixa, la sultana repudiada, fuerte con su derecho y con el de su hijo Abd-Allah-al-Ssagir (Boabdil), supo atraer á su bando las tribus de los Abencerrajes, de los Zenetes, de los Massamudes, de los Gomeres, mientras Zoraya, la renegada, se apoyaba en los Zegríes, en los Mazas y en los Gazules: el hermano menor del rey Abou'l-Hhacem, Abd-Allah-al-Ssagar, se aprovechó de estas turbulencias para aspirar á la corona, y se apoyó en las gentes de Almería y en las tribus bereberes: hubo tres reyes para un solo trono: hubo tres bandos en un solo reino: llegaron dias de luto en que Abou'l-Hhacem fue rey del Albaicin, en la casa de Gallo de Viento; Abd-Allah-al-Ssagir, rey de Granada, en el alcázar de la Alhambra; Abd-Allah-al-Ssagar, rey de Almería, de Guadix y de Baza, en el alcázar de Almería. Fernando é Isabel levantaban entre tanto su ciudad real de Santa Fe en la vega de Granada, y sus campeadores llevaban su tala á sangre y fuego hasta los muros de la ciudad: al fin Muley Hhacem murió envenenado, Al-Ssagar envenenado, y el débil Al-Ssagir, cansado, impotente para resistir á los cristianos, se vió obligado á entregarles su reino. Y todo esto fue obra del casamiento de Muley Hhacem con una cristiana, con Isabel de Solis.
--Te he dejado referir esa lamentable historia que tan bien conozco, para que no creyeses que me negaba á escucharla, temeroso de vacilar con su recuerdo en mi propósito. Del mismo modo que los amores de Muley Hhacem con Isabel de Solis produjeron la guerra civil que causó la ruina de Granada, la hubiera causado su casamiento con otra mujer cualquiera: Muley Hhacem estaba ya apartado de Aixa cuando conoció á Isabel de Solis: si no se hubiera casado con ella, se hubiera casado con otra, que del mismo modo le hubiera dado hijos, y del mismo modo hubiera ambicionado para sus hijos la corona. ¿Por qué esa ceguedad que nos hace atribuir á las causas mas comunes desgracias que son hijas de la fatalidad, que estan escritas por la mano de Dios en el libro del destino? ¿Qué mal habrá en que mi hijo se case con una doncella en cuyas venas circula la sangre de cien califas, aun cuando esa doncella sea cristiana? Y luego, ¿no dices tú mismo que don Diego de Válor se cree con derecho á la corona de Granada? para evitar una guerra civil, ¿encuentras nada mejor que mi alianza con esa familia por medio del casamiento de mi hijo con Isabel de Válor?
--¡Ah, señor! pienso que vuestro hijo será el primero que mostrará repugnancia á su casamiento: mira con desprecio á los Válor: los llama los renegados.
--¿Conoce mi hijo á Isabel? exclamó el emir; debe conocerla: cuando yo concebí hace cuatro años el proyecto de casarle con ella, compré la casa medianera á la que habitaba doña Isabel en el Albaicin, con el objeto de que la habitase Yaye: era necesario que se conociesen.
--Y se conocen, dijo Abd-el-Gewar; vuestro hijo la ama, pero sobreponiéndose á su amor la ha desdeñado.
--¡Fatalidad! dijo el emir: ¡amarla y desdeñarla!
--Vuestro hijo, señor, tiene el corazon lleno de las desgracias de su patria.
--Bien, bien; dijo el emir: aun es tiempo: acaso todo consiste en el horror que tiene Yaye al nombre cristiano: pero concluyamos: estoy impaciente por verle: ¿me recuerda alguna vez, Abdel?
--Con mucha frecuencia me habla de vos y con entusiasmo. Ayer cuando le anuncié que habia llegado el momento de que conociese á su padre me contestó: ¡oh! ¡si fuese tan noble y tan valiente como el wali Yuzuf Al-Hhamar!
--¡Oh! ¡me recuerda! exclamó Yuzuf con el placer de un padre á quien llena de alegría y de orgullo el amor de su hijo.
--Sí, os recuerda pero jamás ha sospechado, á pesar de vuestras extraordinarias muestras de amor hácia él, que seais otra cosa que un valiente wali vasallo de su padre, un buen creyente, un antiguo amigo mio.
--En lo que por cierto no se engaña. Y dime ¿ha sospechado que su padre era el emir de los monfíes?
--Muchas veces me ha preguntado el nombre y el reino de su padre, pero presume que es hijo de un emir de Africa.
--No importa: aquí mejor que en Africa, tendrá ocasion de mostrar su valor y sus virtudes: la adversidad es la piedra de toque de todos los hombres y especialmente de los reyes. ¿Pero qué me quieren?
Acababa de sonar de nuevo un golpe metálico.
Aquel golpe se repitió tres veces.
--Vé y abre, dijo el emir á Abd-el-Gewar.
El anciano se levantó y abrió.
Entonces apareció en el banco de la puerta un jóven robusto, gallardo, de aspecto bravío y un tanto salvaje, que adelantó y se inclinó por tres veces.
--¿Qué quieres Aliathar? le dijo el emir.
--Poderoso señor, dijo Aliathar, los doce xeques de las tahas de las Alpujarras acaban de llegar y todas las taifas de los monfíes esperan ya en el cerro de la Sangre.
--Bien, ha llegado el momento, dijo el emir: tú Aliathar, vé al cerro de la Sangre y dí á tus hermanos que muy pronto estaremos entre ellos. De paso dí al wisir Kaleb que introduzca al jóven que acaba de llegar: á Sidy Yaye.
Aliathar se inclinó y salió.
--Tú Abd-el-Gewar, vé al Divan donde ya estan reunidos los xeques: tú los conoces á todos, todos te conocen: prepáralos á la vista de mi hijo.
--¿Pero habeis meditado bien, señor?
--Sí, sí; la corona pesa ya demasiado sobre mí frente y mi brazo está cansado: me siento morir; vé Abdel, vé, y que se cumpla mi voluntad.
--¡Que se cumpla la voluntad de Dios! exclamó Abd-el-Gewar, é inclinándose ante el anciano emir salió.
En aquel momento se abrió la puerta y aparecieron el wisir Kaleb y Yaye.
--Jóven, dijo solemnemente el wisir, el alto, el poderoso, el invencible emir de los creyentes de las Alpujarras te espera: prostérnate ante él.
Y el viejo Kaleb se inclinó profundamente, en tanto que Yaye fijaba una mirada atónita en Yuzuf-Al-Hhamar.
--Vete; dijo el emir, indicando con un ademan á Kaleb que saliese.
Kaleb salió.
El emir y Yaye, esto es, el padre y el hijo, quedaron solos.
Yuzuf adelantó hácia Yaye.
Este se inclinó.
--Perdonad, señor, dijo, mi sorpresa: pero yo creia...
--Sí, tú creías, Sidy Yaye, que yo no era otra cosa que un noble walí, dijo Yuzuf tomando las manos de su hijo y mirándole con delicia y con orgullo.
--Perdonad aun, pero jamás creí...
--¡Qué! ¿no me crees digno de ser rey de los valientes monfíes de las Alpujarras?
--Os creo digno, señor, de ocupar el Divan de los califas de Oriente, de ser rey del mundo: ¿acaso la virtud y el valor no viven en vos? ¿A quién mejor pudieran haber elegido los monfíes para que los gobernase y los llevase al combate contra nuestros enemigos?
--Mi padre antes que yo fue emir de los monfíes.
--¡Ah señor! ¿con que el noble walí que en mi niñez me sentaba sobre sus rodillas, y me estrechaba conmovido entre sus brazos; el que tantas veces me ha aconsejado el desprecio de la vida por la patria; el que de una manera tan enérgica me ha referido las hazañas de nuestros abuelos, era ese poderoso emir invisible, á cuyo nombre palidecían de terror los cristianos, cuyos alcázares jamás ha pisado planta infiel, y que ha fecundado con torrentes de sangre impura las breñas de las Alpujarras?
--Yo era.
--¡Mil veces para mí dichoso el dia, en que puedo saludaros, señor, como al valiente caudillo, como á la invencible espada, perennemente desnuda y enrojecida en defensa del Islam!
Y Yaye se prosternó.
--Alzad, príncipe, dijo Yuzuf: en mis brazos, que no á mis piés es donde debeis estar: ¿acaso el emir de los monfíes, os inspira menos amor que el walí Yuzuf para que huyais de sus brazos?
Yaye se arrojó en los brazos del anciano. El corazon de Muley Yuzuf latía con una violencia tal, que no pudo menos de percibirlo Yaye: un pensamiento, primero indeciso como una sospecha, luego mas determinado, cubrió de palidez sus mejillas; pero con la palidez que causa una gran emocion: su mirada destelló un relámpago de orgullo y dijo con la voz trémula, pero grave y digna.
--Me habeis llamado príncipe, señor.
--¿Acaso no eres hijo de un rey? ¿acaso ayer no te anunció tu maestro, que muy pronto conocerias á tu padre?
--Es verdad, y acaso...
--Sidy-Yaye-ebn-Al-Hhamar, vuestro padre satisfecho de vos, cumplidos los años que habia querido que viviéseis como uno de esos infinitos hombres que han nacido para obedecer, os llama para entregaros su espada y su corona.
--Cómo, señor, vos.... añadió Yaye mas pálido aun.
--Yo soy vuestro padre y vuestro rey, dijo acreciendo en solemnidad el emir.
Hubo un momento de profundo silencio.
--Disponed de mí, señor, como mejor os cumpla, dijo al fin Yaye.
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--Sé siempre, hijo mío, dijo Muley Yuzuf despues de un largo espacio en que estuvo hablando á Yaye acerca de los deberes que el nuevo lugar que iba á ocupar le imponia; ten siempre presente que desde este momento debes sacrificarlo todo á la patria: la felicidad, la vida, y sí es preciso el honor: todo por la patria, nada por tí: sé justo y fuerte, y Dios te ayudará.
--Puesto, señor, que es vuestra voluntad el que yo os suceda en vida, os juro que sabré morir antes que manchar con un hecho cobarde, con una injusticia ó con una traicion á la patria, el ilustre nombre que me legais.
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Despues de esto el emir condujo á su hijo á través de cámaras verdaderamente régias, á un magnífico salon circular.
En aquel salon, sentados en semicírculo en un divan, á entrambos lados de un divan mas alto, habia doce hombres: todos ellos estaban armados de guerra, y en sus costados se veian largas espadas; todos ellos parecian valientes y caballeros, desde el mas viejo cuya barba larga blanca representaba una edad avanzada, hasta el mas jóven, cuya barba gris representaba á uno de esos guerreros para los cuales si bien ha pasado la juventud, no han pasado la agilidad ni la fuerza.
En el centro de la cámara, sobre almohadones de brocado, habia unas vestiduras reales, una corona de oro y una espada.
De pié, á ambos lados del divan donde estaban sentados los xeques, habia como hasta una veintena de personas, todas graves, todas vestidas con túnicas talares y de pié; ademas, entre gran número de walíes y arrayaces, con trages de guerra, habia cinco alféreces: el uno tenia un estandarte rojo bordado de oro, en el centro del cual se veia un escudo azul atravesado con una banda de oro en que estaban escritas en árabe estas palabras: _Le galid ille Allah_ (solo Dios es vencedor). Este era el blason de los reyes de Granada. Los otros cuatro alféreces tenian cada uno una bandera: cada una de estas banderas tenia un color distinto: la una era verde, la otra blanca, la otra azul, la otra morada.
Detrás del divan del centro, que como hemos dicho, era mas alto, y estaba destinado sin duda para el rey, estaban cuatro escuderos: el uno tenia una ancha adarga dorada, el otro una espada de combate, el otro una lanza de dos hierros, el otro en fin, un capacete riquísimo rodeado de una toca blanca.
Allí estaba, por decirlo así, la córte completa del emir de los monfíes.
Se nos olvidaba decir que precedian y seguian al emir y á Yaye, wazires, soldados y esclavos: un alférez pronunció en voz alta, y anteponiéndole algunos adjetivos pomposos, el nombre del emir, en el momento en que este llegó á la puerta.
Los que estaban sentados se pusieron de pié y se inclinaron profundamente, como todos los demás; en el espacio que transcurrió desde que Muley Yuzuf apareció en la puerta hasta que llegó, llevando siempre á su hijo de la mano, al divan del centro, no se vieron mas que cuerpos encorbados y brazos cruzados.
Aquella era la representacion del despotismo musulman: la profunda zalá ó reverencia con que los buenos creyentes rendian homenaje á su señor, el poderoso emir.
Muley Yuzuf se sentó: Yaye permaneció de pié á su lado.
--Que Dios, el Altísimo y Unico, os guarde, mis fieles y valientes vasallos, dijo Muley Yuzuf desde el divan, y vosotros nobles y sabios xeques de mi consejo, sentaos.
Los xeques se sentaron y los demás se enderezaron.
--Abu-Daly, mi secretario, dijo el emir, volviéndose á un anciano que estaba á la derecha de él, detrás del divan: entrega la gacela que te hemos hecho escribir, al noble Hussan-ebn-Dhirar, nuestro wisir; y tú, añadió dirigiéndose al wisir, lee á nuestros xeques, á nuestros sabios, á nuestros capitanes, lo que segun nuestra voluntad se contiene en esa gacela.
El visir desenvolvió el largo pergamino que le habia entregado el secretario, y empezó con voz solemne y campanuda la lectura, en medio de un profundo silencio.
Muley Yuzuf-Al-Hhamar reconocia segun el contesto de aquella gacela por hijo suyo á Sidy-Yaye-ebn-Al-Hhamar, alegaba las razones que habia tenido para hacerle educar entre los cristianos, y despues exponia su incapacidad, á causa de los años, de seguir gobernando á los monfíes y conduciéndolos al combate, como hasta entonces, por último, expresaba solemnemente su voluntad de abdicar la corona en su hijo, y de que este le sucediese inmediatamente en el mando.
Apenas hubo terminado el wisir su lectura, cuando todos los circunstantes se inclinaron profundamente, y dijeron en coro como si hubieran sido ensayados para ello:
--¡Cúmplase la voluntad del querido de Dios, el invencible, el grande, el sabio, el poderoso Muley Yuzuf-Al-Hhamar!
Entonces el emir se levantó, tomó de la mano á Yaye, le llevó hasta los almohadones que estaban en el centro de la cámara, y volviéndose á Yaye, dijo solemnemente:
--Hijo mio Sidy Yaye, escuchad lo que va á deciros vuestro padre, y luego paseando lentamente su mirada en torno suyo, añadió: buenos muslímes, sabios, xeques, wazires, cadies, walies y caballeros, oid lo que va á deciros vuestro señor.
Todos callaron: ese profundo silencio de la atencion excitada, dominó en la cámara donde estaban reunidos mas de cien hombres.
--El Altísimo quiere que nada sea eterno é inmutable mas que él: la robusta encina envejece, sus ramas estériles dejan de producir hojas y frutos, y el huracan, al que ha resistido durante cien inviernos, le arrebata á cada empuje una de sus ramas secas; pero junto á la vieja encina hay siempre otra encina robusta y jóven, retoño de ella, y sus fuertes brazos cubiertos de verdor, dan sombra y frescura á la tierra que nutre sus poderosas raices. Todo muere; pero el Altísimo ha querido que al invierno suceda la primavera, á un año otro año, á un cadáver un hombre robusto y jóven. Yo soy la encina que se ha secado, yo soy el invierno que concluye: fuerte y sereno me habeis visto resistir al huracan de la desgracia, me habeis visto fuerte contra la adversidad: hoy mi corazon es jóven, pero mi brazo está cansado y débil: como la encina se despoja al fin para no volver á engalanarse con ella de su diadema de verdura, yo me despojo de la corona que heredé de mi padre, y la pongo sobre la cabeza de mi hijo.
El anciano tomó de sobre los cogines la corona, y despues de habérsela ceñido un momento, se despojó de ella y la puso sobre la cabeza de Yaye.
Un murmullo de respeto, una especie de salutacion inarticulada, semejante á uno de esos rezos que se pronuncian en voz baja, salió de las bocas de aquellos hombres.
--Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, continuó el anciano: la corona que os he ceñido es la representacion de vuestro nombre de rey: al ceñírosla he rodeado vuestra frente de magestad, pero tambien la he rodeado de los cuidados del gobierno: desde hoy no vivís para vos sino para los demás: vos no podeis tener amor mas que para vuestra patria: vos no podeis tener ambicion mas que para vuestro pueblo: vos no debeis pensar mas que en gobernarle en justicia, en procurar que algun dia salga del desgraciado estado en que se encuentra, y en que sus banderas puedan recorrer vencedoras y respetadas los extensos ámbitos en un imperio poderoso y feliz. Jurad que sereis justo y guardador de la ley, que vuestros pensamientos y vuestras obras, solo seran por el bien y la grandeza de vuestros reinos.
--Lo juro, señor, contestó Yaye.
Entonces el anciano tomó la espada real, se la ciñó y dijo: