Los monfíes de las Alpujarras: novela original
Part 44
Y mucha fuerza de voluntad tenia indudablemente Yaye dentro de su alma, porque logró dominar el vértigo, sus ojos perdieron su sangriento color y su expresion de tigre, dominóse, hizo callar la voz de su conciencia y los latidos de su corazon, y su semblante volvió á mostrarse impasible y frio como el de una estátua.
Solo habian quedado en su frente como huellas de la tormenta las señales amoratadas que habian impreso en ella sus dedos.
Sentóse en un sillon, respiró profundamente, como quien descansa de una larga jornada, y su pensamiento, frio ya y calculador, volvió á su eterno objeto; á su lucha contra el rey de España, y contra sus reinos: lucha encerrada hasta entonces en el pensamiento de Yaye, pero que debia algun dia pasar inmensa y aterradora, al terreno de los hechos, al campo de batalla.
Pero parecia que la fatalidad perseguia á Yaye: la fatalidad preñada de sangre y crímenes que le perseguia, y que se le presentó de repente cuando menos lo esperaba, en la persona de Harum-el-Geniz, del valiente wali, su leal secretario; el que durante veinte años le habia servido con una fidelidad á toda prueba; el que poseia todos sus secretos, el que adivinaba todos sus dolores.
Abrió silenciosamente la puerta de la cámara, y adelantó hácia el emir, sacándole de su distraccion con el ruido de sus espuelas de alferez castellano.
Miróle profundamente Yaye, y en la expresion grave y triste de Harum, comprendió que le traia un asunto importante.
--¿Qué me quieres? le dijo: no recuerdo haberte llamado.
--Hay momentos en que el siervo debe llegar hasta el señor, y decirle aunque descanse entre los brazos de la querida de su alma: levántate y despierta, toma tus armas y prepárate al combate.
Yaye se levantó como si le hubiera despedido del sillon un resorte.
--¡Al combate! ¿aquí ó allá? ¿en la córte del rey de las Españas ó entre las breñas de las Alpujarras?
--No, no, poderoso señor; no son las armas que brillan entre la polvareda del combate las que debes tomar, sino las armas que matan en silencio y de una manera segura: las armas de la venganza. No vas á luchar contra un rey poderoso, ni contra un ejército valiente, sino contra una cortesana y un bandido.
--¡Angiolina! ¡Laurenti! exclamó el emir. ¿Y de qué modo? ¿cómo me provocan esos dos miserables?..
--Anoche, ya tarde, un hombre que ha conocido á Farrix, á Abdelhamar, y á otros de los nuestros, que viven encubiertos en Madrid con nombre y trage de soldados de la compañia de ginetes de don Luis Moncada, se presentó á ellos en su casa de la Cava Baja, y pidió á Farrix que, con algunos de sus camaradas y por algun oro que les ofrecia, le acompañasen para una aventura. El oro dado por ese hombre está aquí:
Y Harum arrojó sobre la mesa del emir algunos doblones de á ocho.
--¡Y bien! ¿tenemos algo que ver en esa aventura?
--¡Oh! exclamó Harum con acento de amenaza.
--Acaba de una vez Harum, exclamó impaciente el emir.
--El desconocido, continuó Harum, llevó á Farrix y á otros tres á una casa en la cual entraron por el postigo de un huerto.
--¿Y qué casa era aquella?
--Farrix me ha llevado hasta el postigo, y he reconocido por él, que la casa donde entraron, era la de la princesa Angiolina Visconti.
--¡Ah! exclamó profundamente el emir ¿Y qué iban á hacer allí?
--De la casa sacaron una silla de manos y fueron con ella á la calleja á donde da el postigo de tu palacio, poderoso señor. De uno de los extremos de aquella calle recogieron un hombre herido, le metieron en la silla de manos y le condujeron á casa de la princesa, en la que entraron por el mismo postigo.
--¿Y qué tenemos que ver nosotros con eso?
--Es que hay mas, magnífico señor: mientras el desconocido con dos de los nuestros conducian al herido á casa de la princesa, otros dos, Farrix y Abdelamar, quedaron en un soportal frente al postigo de tu palacio, ocultos en la sombra y con encargo de observar cuanto sucediese. Poco despues volvió el desconocido con los otros dos monfíes, y se ocultó bajo el mismo soportal. Segun me habia dicho Farrix, habia luz en tu casa en un mirador, y aquel mirador, era, á no dudarlo, del aposento de la sultana Amina.
--Nada tiene de extraño que la sultana velase, preparando su partida.
--Es que hay mas que eso: antes del amanecer salió un hombre por el postigo, y despues se abrió uno de los balcones de los aposentos de la sultana, y por él se descolgó otro hombre á la calle.
Irradiaron una mirada incalificable por lo feroz, los ojos de Yaye.
--Farrix y sus compañeros mienten, exclamó.
--Si han mentido, mancillando el honor de la sultana, dijo Harum cuya mirada no se alteró, deben morir.
--¡Que mueran! ¿lo entiendes? que mueran y que mueran al momento, exclamó con voz cavernosa el emir. Pero... sigue, sigue relatando la impostura de esos miserables.
--Farrix asegura que cuando aquel hombre estuvo en la calle, una mujer vestida de blanco habló algunas palabras amorosas con el que habia descendido, y le arrojó un papel.
--¡Oh, miserables! y si era verdad ese dicho, ¿por qué no aseguraron á aquel hombre? ¿por qué no se apoderaron de aquel papel?
--Cabalmente, segun dice Farrix, esta era la intencion del que los habia conducido hasta allí, pero añade tambien, que aquel hombre era tan valiente y tan diestro que se les escapó.
--¿Y no aconteció mas?
--No señor. Los cuatro monfíes se despidieron del hombre que los habia buscado, y que les encargó el secreto, y Farrix vino á avisarme.
--Paréceme que tú has creido esa impostura, Harum, dijo el emir fijando en su confidente una mirada intensa.
--Hace tanto tiempo señor que te persigue la desgracia....
--Pero la desgracia ha respetado hasta ahora mi honra, Harum. No adivino la causa; pero deben haber comprado á esos miserables para que me hieran en lo mas profundo de mi alma... en mi hija... acaso la princesa..... pues bien.... es necesario que esos cuatro hombres no hablen.
--No hablarán, señor.
--Pero es necesario evitar escándalos. Envíalos á las Alpujarras, y avisa para que cuando lleguen...
--Muy bien, señor.
Quedó profundamente pensativo Yaye durante algunos segundos.
--Creo que la princesa Angiolina se vale para todos sus asuntos, de una especie de bandido romano.
--Si señor.
--Cuando te envié á Roma hace dos meses para que averiguases quién era esa princesa, me trajiste una relacion escrita.
--Esa relacion debe estar en tu poder, señor.
--Bien: bien: es necesario que hagas venir al momento á ese hombre que sirve á la princesa. ¿Cómo se llama?
--Andrea Bempo.
--Pues bien, procura que ese hombre venga al instante.
--Muy bien, señor.
--Vete. Y al momento, al momento, esos cuatro monfíes a las Alpujarras y un correo á caballo que les preceda.
Harum se inclinó y salió.
El emir permaneció algún tiempo como anonadado. Despues hizo un poderoso esfuerzo para salir de su atonía, se levantó en fin de la mesa, y escribió lo siguiente con mano firme:
«Señor marqués de la Guardia: os suplico que hoy mismo vengais á verme: espero que atendereis mi suplica, y no me hareis dudar, negándoos, del afecto que creo inspiraros.--El duque de la Jarilla.»
Yaye cerró esta carta y la entregó á un lacayo para que la llevase á su destino.
Dos horas despues la carta le fue devuelta cerrada, tal como la habia enviado, dentro de otra de don César de Arévalo que contenia estas solas palabras:
«Señor duque: el loco de mi sobrino no parece en ninguna parte desde ayer, y como vuestra carta para él puede ser importante, os la devuelvo temiendo que se extravíe. Vuestro mas afecto criado.--Don César de Arévalo.»
El duque arrugó en un momento de cólera aquella carta.
Luego envió cuatro ó seis de sus lacayos á que buscasen por todo Madrid al marquesito.
A las diez del dia el duque oyó pronunciar con asombro á la puerta de su cámara á uno de sus sirvientes el nombre del señor príncipe Lorenzini Maffei que venia á visitarle.
Yaye mandó que le introdujesen en su salon de recibo.
CAPITULO XVII.
Quien era el príncipe Lorenzini Maffei.
Antes de entrar en la cámara donde le esperaba su visitante, Yaye le observó detenidamente tras las vidrieras de una puerta.
Vió un hombre como de cincuenta años, un tanto encorvado, mas bien como por el exceso de una vida estragada, que por los años, que no eran excesivos: tenia el pelo entrecano, y un tanto largo y rizado según la moda de los nobles italianos: llevaba por autoridad una cadena de oro al cuello, y al costado una ligera espada de córte.
Este hombre se paseaba meditabundo á lo largo de la camara, con las manos juntas á su espalda y sosteniendo en ellas una gorra de terciopelo.
Durante algunos minutos Yaye le contempló con una mirada intensa, lúcida, dibujóse en sus labios una sonrisa de desprecio, y luego componiendo su semblante y adoptando la expresion mas impenetrable, abrió la vidriera y entró en la cámara.
Volvióse al saludo el príncipe, saludó profundamente á Yaye, y le dijo con un perfecto acento italiano, aunque en buen español:
--Os suplico, señor duque, me perdoneis si me he tomado la libertad de venir á vuestra casa, cuando ningun antecedente media entre nosotros: apenas si nos conocemos de nombre.
Yaye señaló un sillon al príncipe, que se sentó, acercó otro en el que se sentó á su vez, y prestó al príncipe una de esas atenciones que interrogan.
El príncipe no se alteró en lo mas mínimo por el silencio del duque, que era hasta cierto punto grosero, y añadió:
--Esta mañana uno de vuestros criados ha dejado en la casa de mi esposa, es decir: en mi casa, un recado vuestro para cierto Andrea Bempo. Como en mi casa no se conoce á tal sugeto; como su nombre es italiano y poco ilustre por cierto; como, ademas, al volver de Italia he encontrado en mi casa ciertas singularidades....
--¿Singularidades habeis encontrado en vuestra casa, señor príncipe? dijo acentuando fuertemente sus palabras Yaye.
--¡Oh! ¡si! llegué á Madrid anoche muy tarde, y como no me gusta incomodar á nadie ni aun en mi misma casa, me quedé en una de las posadas; pero apenas amaneció, me trasladé á mi casa... solo... me gustan las sorpresas... porque amo entrañablemente á mi esposa... que como sabreis sin duda....
--Es una de las damas mas hermosas, mas nobles y mas discretas que viven en la còrte de España.
--¡Oh, gracias! comprendereis, pues, que yo ame á mi esposa.
--¡Oh! lo comprendo demasiado, dijo Yaye con acento frio. Como que yo tambien, por mas que no se lo haya dicho, la amo... ¡oh! perdonad, pero vuestra esposa, príncipe, es muy peligrosa.
--¡Ah! ¡si! dijo con una perfecta impertinencia Lorenzini; mi esposa tiene por destino el estar siempre rodeada de adoradores... lo que me llena de orgullo, os lo aseguro; ¿pero qué deciamos?
--Deciais que os agrada sorprender á la vuelta de vuestros viajes á vuestra esposa.
--¡Ah, si! por lo tanto siempre cuido de proveerme, á hurto, como si se tratara de un ladron, de una llave de cierto postigo. Segun mi costumbre, tomé el camino de mi casa, entré en ella furtivamente; adelanté por una y otra habitacion de un piso bajo, y en una de ellas ¿qué creeis que encontré?
--Una singularidad de esas á que se exponen los maridos que gustan de sorprender á sus mujeres.
--En efecto, encontré una singularidad de bulto: un hombre herido en un lecho, según supe despues, y á mi esposa, bellamente ataviada, sentada junto á la cabecera de aquel lecho, y durmiendo sobre la almohada.
--¡Ah, ah!
--¿Y qué creereis que hice yo?
--Indudablemente os fuisteis de puntillas para no ser sentido.
--De ningun modo, desperté á mi esposa.
--Y vuestra esposa...
--Se arrojó en mis brazos como de costumbre, delirante de alegría y me colmó de caricias. Mi esposa me ama con toda su alma, pero es demasiado caritativa, y esta era la causa de la singularidad, que al principio no comprendí, pero que despues me fue explicada de la manera mas natural. Mi esposa habia encontrado á aquel hombre, al célebre comediante Andrés Cisneros, en una palabra, herido gravemente en una calle á que da vuestra casa, y le habia recogido. Esto es todo. Como despues se ha buscado en mi casa á ese Andrea Bempo, á quien no conozco; como el señor Andrés Cisneros ha sido herido cerca de vuestra casa; como estos dos sucesos podian tener relacion entre sí, me presento á vos, para serviros á fuer de hidalgo en lo que hubiereis menester.
Yaye cruzó una pierna sobre la otra, se echó atrás sobre el respaldo del sillon, y apoyando en sus brazos los codos y cruzando las manos dijo al príncipe con una sonrisa fria:
--Vuestra esposa os engaña.
Habia en Yaye una decidida intencion de provocar al príncipe.
--¡Bah! dijo este. Estoy seguro, enteramente seguro de que no.
--Os ha engañado al casarse con vos.
--¡Bah! os afirmo que el engañado sois vos.
--Os entregó una mano deshonrada por la desgracia y por la miseria, es verdad, pero al fin deshonrada.
--¡Bah! no conoceis la historia de Angiolina... de Angiolina á la que yo saqué de un convento para hacerla mi esposa.
--Pues ved ahí; Angiolina Visconti se jacta con sus amantes, ó por mejor decir, con su único amante, de que si bien sois su esposo, no habeis sido nunca su marido.
--¡Ah! eso lo digo yo por todas partes; yo he preferido la ansiedad del deseo que no se satisface, al hastío del deseo satisfecho... y luego... ser esposo de una mujer jóven, de brillante hermosura y vírgen...
--¡Vírgen! exclamó profundamente Yaye.
--Yo gozo con lo extraordinario. Mi vida toda es una cadena de sucesos extraordinarios.
--Demasiado extraordinarios, príncipe.
--Es que vos no sabeis mi historia.
--Acaso, acaso. Acaso tambien sepa la de la princesa.
--La historia de mi esposa es muy sencilla. Una vida de diez y seis años en un convento. Despues diez años de matrimonio puro, sencillo, casto, de un matrimonio, como de seguro no ha habido, ni hay, ni habrá dos en el mundo.
--Sin embargo, hablais de las caricias de vuestra... mujer.
--Caricias de hermano y hermana. Un abrazo, un beso en la frente, hé aquí todo.
--Con que ¿segun eso, no conoceis la historia de vuestra esposa?
--Sé la verdadera, pero ignoro la que puedan atribuirla.
--Pues os voy á contar esa historia, verdadera ó falsa, y despues os contaré... la vuestra dia por dia, hora por hora.
--Os escucho, y si la historia es ingeniosa, os agradeceré el cuento... pero os pediré tambien que me reveleis el nombre de quien la ha inventado.
--Os lo diré antes, porque no me gustan las historias en cuya primera hoja no va el nombre del autor. Muchas veces por el nombre del autor se juzga de la historia, y si este nombre es bueno poco importa que la historia sea mala. El autor de las dos que voy á referiros, es el mejor autor de historias que conozco, porque su autor es Dios.
--¡Ah, Dios!
--Dios, ó lo que es lo mismo, la fatalidad.
--Pues empezad y juzguemos del ingenio de Dios.
--Permitidme: todas las historias tienen un prólogo.
--¡Ah! y esta...
--Lo tiene tambien. Este prólogo se refiere á la causa de que hayan venido á mis manos esas dos historias; la causa, ya os la he indicado: es el amor, el deseo, el empeño que me inspira vuestra esposa, ó por mejor decir, que me inspiraba cuando yo tenia dudas acerca de su procedencia.
--¿Dudas? todo el mundo sabe que es mi esposa.
--Pero nadie conocia al tal esposo. Creo que yo soy el primero que tiene la dicha de conoceros.
El príncipe se inclinó.
--Por lo mismo, dudando de si seria soltera, casada ó viuda, envié hace dos meses á Roma un sugeto muy á propósito para desenterrar historias, y provisto de oro suficiente para ello. Ese sugeto me ha traido las dos historias que vienen á ser una misma. He concluido mi prólogo y empiezo...
--Os escucho.
--¡Ah! dijo el duque, me olvidaba del título: llámase, pues, la que voy á referiros, «Historia de una venganza infame.»
Despues de estas palabras Yaye cerró los ojos como para concentrar y ordenar sus recuerdos, y el príncipe se colocó en la actitud de la mas perfecta atencion.
Yaye empezó, al fin, de esta manera:
--Nuestra historia principia en la cabeza del orbe católico, en Roma, en el verano de 1537, es decir, hace diez años.
Por aquel tiempo habia en Roma dos personas notables.
La una era un famoso bandido de la campiña á quien nadie conocia mas que por su terrible nombre: aquel nombre era Laurenti.
La otra era una dama veneciana de diez y seis años á quien conocia todo el mundo, mas que por el alto empleo que su padre desempeñaba en la córte pontificia, por su peregrina, por su maravillosa hermosura.
Esta dama se llamaba Angiolina Visconti.
Su padre, Paolo Visconti, miembro de la poderosa familia de este título, se habia visto obligado á huir de la justicia de la república de Venecia, á causa de haberse visto envuelto en cierta conspiracion de nobles contra el Estado.
Paolo Visconti habia logrado ponerse á salvo con una hija única, con Angiolina, de los esbirros de la serenísima república, pero no logró poner del mismo modo á salvo sus bienes que fueron confiscados.
Aportó á Roma, pobre pero provisto del interés que inspira todo hombre que ha luchado por la libertad de su patria, que ha sido vencido, y que vuelve las espaldas á sus hogares para no volver mas á ellos.
Aumentaba este interés la belleza y la inocencia de Angiolina, pobre desterrada en la adolescencia, que se veia envuelta en las desgracias de su padre.
Acogiósele bien por la nobleza romana, y especialmente por el papa, y con tanta mayor deferencia por este, como que Visconti era perseguido por una república con la cual no se encontraba en la mejor armonía la silla pontificia. A fin, pues, de que Paolo Visconti pudiera vivir en Roma, sino de una manera opulenta, conveniente á su clase, le concedió el papa un alto oficio militar bajo sus banderas.
Nombróle, pues, coronel de su guardia suiza.
Entre otras ventajas, que á mas de su pingüe sueldo y de su representacion, gozaba el coronel de los suizos, eran no pequeñas, el vivir en un pequeño y bello palacio del papa junto al Coliseo y el uso de carroza y servidumbre, pagados por el tesoro pontificio.
Asi, pues, Paolo Visconti podia sostener á su hija en la posicion de una ilustre dama.
Visconti, que se habia casado muy jóven y muy jóven habia enviudado, era por los años de 1537 un hermoso caballero de treinta y cuatro años, galante como veneciano, altivo por su alcurnia y espléndido, cuanto se lo permitía su sueldo.
Los dados y los naipes habian sido con él sumamente propicios, y habia ganado enormes sumas, indemnizándose casi por este medio, de lo que le habia quitado su amor por las libertades patrias.
Asi es, que se contaba mas de una escandalosa aventura de amores, en que el coronel Paolo Vizconti habia sido el galan afortunado, y no habia marido, padre ó hermano que no le temiesen, si tenian hijas, esposas ó hermanas bellas; sin embargo, Vizconti logró salir sano y salvo de una y otra aventura arriesgada, á lo que contribuyó no poco su fama de valiente y de diestro en armas. Esto, acreciendo su soberbia, le impulsó á nuevas y cada dia mas arriesgadas empresas amatorias, hasta que, cansada la suerte de protegerle, le metió en una que debia decidir, no solo de su suerte, sino tambien de la de su hija.
Cerca del palacio que habitaba Visconti, entre este, y el Coliseo, en una linda casita de un solo piso, vivia una jóven llamada Fioreta, al solo cuidado de una anciana. Servíalas una vieja criada, y nunca se habia visto entrar en aquella casa un hombre, ni acompañarlas jamás nadie en sus breves salidas desde su casa á una iglesia próxima. Sin embargo, Fioreta, que vestia como una dama de la alta nobleza romana, era tan hermosa, tan cándida y tan jóven, que muchos nobles solicitaron sus favores, sin faltar algun miembro del sacro colegio que no hubiera vacilado en comprometer su alma, si le hubiesen mirado con amor los negros ojos de Fioreta.
Pero esta se mostraba inaccesible á los seguimientos, á las rondaduras y las músicas de sus numerosos adoradores, y habia logrado adquirir una fama de insensible, de inespugnable, que el mundo galanteador la impuso el nombre de la _mujer fuerte_.
Llegó esto á oidos de Visconti, del hombre irresistible, del corruptor, por decirlo asi, de Roma, y deseó conocer á la tan ponderada y rigorosa hermosura. Eran vecinos, y esto no le fue difícil. Púsose al paso de Fioreta, engalanado con su ostentoso uniforme de coronel de los suizos; la vió, se enamoró perdidamente, la siguió á la iglesia; se puso continuamente á su paso, y no tardó en conocer, que la para todos desdeñosa hermosura, era para él camino llano y abierto. Fioreta se habia enamorado de Visconti, con un amor tan puro, tan intenso, tan sublime, como era sensual y miserablemente ardoroso el de Vizconti.
Por mas que quiera guardarse á una mujer, no se guarda si ella no quiere guardarse: la iglesia á que la jóven concurria era oscura: cambiáronse billetes entre los amantes, y por ellos supo Visconti que era amado como jamás lo habia sido, y que en la existencia de Fioreta habia un misterio que realzaba el valor que ya por su hermosura tenia sobradamente la jóven. Este misterio consistia en que Fioreta no tenia padres conocidos, y ademas, en que una mano invisible y que debia ser inmensamente rica y poderosa la protegía, atendia á su subsistencia de una manera expléndida, y la procuraba cuantos goces honestos puede desear una jóven honrada. Se la habia dado una educacion de princesa; se ponderaban las preciosidades que encerraba dentro de sí la pequeña casa en que vivia; sus trajes eran riquísimos y nobles, y en las grandes solemnidades públicas, se la veia cubierta de diamantes y brocados, en una magnífica carroza dorada, tirada por cuatro caballos admirables, carroza que aparecia por sí misma, sin saberse de donde venia, y que desaparecia sin que Fioreta ni su aya supiesen á donde iba. En cuanto al cochero y los lacayos eran mudos, siempre que las dos mujeres trataron de indagar por ellos quien era aquella persona misteriosa, que de una manera tal, cuidaba de la suerte de Fioreta.
Todo esto lo supo Visconti, como he dicho, por las cartas de la jóven, y el misterio de su nacimiento, la opulencia que la rodeaba, y el desenlace problemático que podia tener aquel misterio, irritaron su curiosidad, sus deseos, y aun su ambicion. Porque no sabiendo quien era Fioreta, ¿no podia suponerse todo? ¿Y quién sino un altísimo personaje podia sostener tan ruinosos gastos?
Visconti, pues, se empeñó y quiso á todo trance, llegar á la resolucion de aquel problema. Compelió en una y otra enamorada carta á Fioreta, á que le concediese una cita, y esta al fin, se vió obligada á escribirle la lacónica carta siguiente:
«Contentaos con amarme, sin esperanza de obtenerme. Básteos saber, que yo os amo hasta el punto de no pertenecer á otro hombre, sino puedo algun dia ser vuestra. Yo no faltaré jamás á mi decoro, y me está prohibido de una manera misteriosa y terrible disponer de mi mano.--Fioreta.»
Esta carta fue un nuevo combustible arrojado al empeño de Visconti, que juró perecer ú obtener aquella dificilísima y misteriosa hermosura.
Poco tiempo despues de recibida esta carta de Fioreta, notó Visconti, que cuando seguia á la jóven á la iglesia, un hombre siempre embozado, á pesar de que era el tiempo de los calores, les seguia á alguna distancia, entraba en la iglesia, se ponia en acecho, y no desaparecia hasta que las mujeres habian regresado á su casa.
Empezaba Visconti á impacientarse con aquel espionaje descarado y tenaz, cuando un dia encontró sobre la mesa de su aposento y sin que nadie supiese por donde habia entrado, una carta concebida en estos términos.
«Sé que seguís obstinadamente á Fioreta, y que Fioreta os ama. Si la amais, será vuestra, pero para ello será necesario que deis á su hermano una muestra indudable de vuestro amor. Para conocer las condiciones bajo las cuales podreis ser su esposo, id esta noche, solo, á la vía Apia. Allí encontrareis al hermano de Fioreta.»
Inutil es decir, que Visconti no faltó á la cita.