Los monfíes de las Alpujarras: novela original

Part 43

Chapter 433,965 wordsPublic domain

Algunos criados se ocupaban en cargar cofres á la zaga de un enorme coche de camino, y algunos lacayos armados á la gineta sacaban de las caballerizas fuertes caballos: las lanzas de estos hombres se veian en un ángulo del patio, y del arzon posterior de cada caballo, pendia un largo arcabuz.

Todo parecia indicar que se preparaba un viaje.

La casa estaba en movimiento de arriba á abajo, á pesar de que aun no eran las cinco de la mañana, lo que nada tenia de nuevo, puesto que en la casa de Yaye, todos inclusa Amina, tenian la costumbre de levantarse muy temprano.

Pero ninguna mañana como aquella, habia llamado la jóven á sus doncellas para que la peinasen y ataviasen á tales horas. Amina estaba sentada delante de un magnífico tocador, pálida y profundamente pensativa, y dos doncellas se ocupaban en trenzar sus largos cabellos, mientras otras preparaban un hermoso traje de camino.

Ni una palabra se habló durante el atavio de Amina entre esta y sus doncellas: al fin, cuando el tocador hubo concluido, la jóven dijo á una de sus sirvientas:

--Doña María; traed todos mis vestidos de córte y de casa.

La doncella á quien Amina se habia dirigido, salió.

--Doña Ana, añadió Amina, dirigiéndose á otra doncella; traed un cofrecito que encontrareis en mi retrete.

Salió la otra doncella.

Poco despues, casi todos los sillones del aposento, estaban cubiertos por magníficos trages, y sobre la mesa del tocador se veia abierto un cofrecillo lleno de joyas.

Amina se volvió á sus doncellas, y las dijo:

--Amigas mias, vamos á separarnos, sabe Dios por cuánto tiempo.

--Pero, señora, dijo una doncella, donde quiera que vuecelencia vaya, necesitará de nuestros servicios.

--Mi viaje es largo, y la vuelta dudosa; dijo tristemente la jóven: en los lugares á donde voy, tengo ya preparada mi servidumbre.

Guardó un momento silencio Amina, y luego continuó:

--Estoy satisfecha de vosotras; me habeis servido bien, y quiero dejaros un recuerdo mio.

--¡Ah, señora! demasiado profundo nos los deja vuecelencia, con sus bondades, dijo conmovida doña María.

--Ahorremos las lágrimas, dijo Amina, procurando ocultar bajo una sonrisa su conmocion, y aprovechemos el tiempo. Aunque nobles, sois pobres; y siendo yo rica, no quiero, cuando voy á separarme de vosotras, acaso para siempre, que quedeis sujetas á otra servidumbre, no tan blanda quizá, como la que me habeis prestado. Mis ropas y las joyas que uso diariamente, son vuestras. Aceptadlas, mas bien como el recuerdo de una amiga, que como el don de una señora.

Y Amina, en medio del asombro de las doncellas, repartió entre ellas sus trages y las joyas que contenia el cofrecillo.

Cuando estuvo concluido el reparto, Amina abrió el cajon de su tocador, y sacó de él cuatro pesadas bolsas de oro.

--Tomad, las dijo, dando á cada una una bolsa: este es vuestro dote.

--¡Ah, señora! ¡cuánta bondad!--

--¡Cómo podremos olvidaros!--

--¡Qué noble y qué grande sois! exclamaron las doncellas.

--Basta ya: tomad doña María: bajo esta llave, en un cofre que ha quedado en mi retrete, encontrareis una cantidad en oro, que repartireis á las criadas, y adios: mi confesor, á quien he mandado llamar, me espera.

--¿Y no volveremos á ver á vuecelencia?

--Acaso no nos veamos en la tierra, pero podremos vernos en el cielo.

Y Amina abrazó y besó en la boca á cada una de aquellas hermosas jóvenes, que mas que sus sirvientas habian sido sus compañeras, y se separó de ellas. Quedáronse las cuatro llorando, y Amina salió, conteniendo sus lágrimas; atravesó algunas habitaciones, y entró en una cámara donde la esperaba un anciano religioso de Atocha.

--Frai Miguel, dijo la jóven adelantando hácia el sillon donde el anciano estaba sentado, y arrodillándose á sus piés: adsolvedme de un pecado que no os he confesado hasta hoy por pudor, y bendecidme por la última vez.

--¡Bendecirte por la última vez hija mia! exclamó el anciano, pálido y turbado: ¡absolverte de una falta que no me has confesado por pudor! ¿qué falta es esa, Esperanza?

Un padre no hubiera mostrado mas severidad ni mas interés, que el anciano religioso en aquella pregunta.

--¡Soy madre! dijo entre sollozos y ocultando su rostro entre sus manos Amina.

El buen sacerdote alzó los ojos y las manos al cielo, y sus labios trémulos murmuraron una oracion, brotaron lágrimas á sus ojos, y luego poniendo sus dos manos temblorosas sobre la cabeza de Amina, la dijo con voz cobarde, por decirlo asi:

--¿Sabe tu padre esa falta, hija mia?

--La sabe y me envia lejos; muy lejos de la córte para ocultar mi deshonra.

--¿Y tu padre te ha perdonado?

--Mi padre, como yo, se conforma humildemente con la voluntad de Dios.

--Y... ¿no tiene reparacion esa falta?

--Ni mi padre ni yo lo sabemos, padre mio.

--Que te perdone Dios, pobre Esperanza, como tu padre y yo te perdonamos, exclamó el religioso profundamente: yo, ministro del Altísimo, te adsuelvo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y os bendigo á tí y á tu hijo.

Despues de haber hecho descender su perdon y la bendicion de Dios sobre la cabeza de la jóven, el anciano religioso se cubrió el rostro con las manos.

--¡Oh, que desgracia! exclamó: ¡que desgracia, Dios mio! ¡una casa tan ilustre, una criatura tan caritativa, tan noble, tan religiosa mancillada, por el mundo! ¡Oh! ¡que Dios tenga misericordia para el causador de tantos males! ¡Que Dios le perdone, porque bien ha menester de su perdon!

--¿Oh! ¡sí, padre! ¡rogad, rogad á Dios por él! ¡pedid á Dios que no olvide jamás á la pobre mujer que tanto le ama!

--Pero ese hombre... ¿por qué no es ese hombre tu esposo?

--Os suplico padre que no hablemos mas de esto: voy á marchar y tengo que haceros antes un sagrado encargo.

[imagen: D. Carlos de Austria.]

--¡Un sagrado encargo!

--Sí; pienso hacer una donacion á la santa casa de religiosos de Nuestra Señora de Atocha.

--La casa de Atocha es rica, á Dios gracias, hija mia; destina mas bien esa donacion á los pobres.

--Es que no he olvidado á los pobres, dijo Amina: tomad padre, tomad esta carta; por ella mi padre os entregará tres mil doblones: los mil son para la santa casa de Atocha: los dos mil restantes para que los distribuyais entre necesitados.

El anciano tomó aquella carta conmovido, y exclamó:

--¡Ah! ¡eres buena cristiana y virtuosa, hija mia, Dios te protejerá!

--¡Ay padre! ¡harto mas que otros que son muy desgraciados, necesito yo de la proteccion de Dios!

* * * * *

Entre tanto y en otro aposento de la misma casa, pasaba una escena enteramente distinta de las sencillas que acabamos de consignar.

Aquel aposento era la misma cámara donde la noche antes habia recibido el emir de los monfíes al príncipe don Carlos.

Yaye se paseaba meditabundo y mostrando en lo contraido de su semblante, una terrible irritacion interna.

Con él, sentado en un sillon, habia otro personaje á quien hemos perdido de vista desde la primera parte de nuestro libro.

Aquel hombre era el rey del desierto, Calpuc.

La vejez se mostraba ya en sus canas y en las arrugas de su semblante, pero se conservaba en la apariencia fuerte y robusto.

Acababa de llegar de las Alpujarras, llamado por Yaye el dia anterior, y en el momento en que le presentamos á nuestros lectores, estaba silencioso y pensativo.

--Todo me sale mal, dijo Yaye, parándose de repente: parece que Satanás anda metido en mis asuntos: este viaje de Amina me contraría, y sin embargo es necesario: dentro de poco la deshonra la saldrá á la cara.

--Has querido luchar con la astucia, al mismo tiempo que con las armas, dijo Calpuc, y ante tu fuerza de voluntad se han puesto los inconvenientes de la vida. La fatalidad nos persigue, Yaye.

--Mi hija tiene un corazon de mujer.

[imagen: Repartió entre ellas sus joyas.]

--Tuya es la culpa: ¿por qué la has puesto al paso del mundo tan hermosa y tan incitante? Todo lo has sacrificado á tu ambicion, Yaye: sacrificaste primero á la pobre doña Isabel de Válor; luego á mi hija, á mi pobre Estrella; despues á la hija de mi hija, á mi pobre Esperanza.

--Si; todo eso y mas he sacrificado: pero lo he sacrificado á mi patria.

--Tienes el grave defecto de dar á tus pasiones el pretesto de grandes pensamientos. ¿Qué has conseguido con presentarte en la córte de Castilla encubierto con el título que debiste á tu casamiento con mi hija?

--He conocido que España es un gigante enfermo, un gigante que se hará pedazos, que no tiene fuerzas para resistir á todos los enemigos que le acometen á un tiempo. He logrado rebelar al príncipe contra el rey.

--Lo que no pasa de ser un horrible crímen.

--Tratándose de mis enemigos en nada reparo: todos los medios de destruirlos son buenos para mí: además, encubierto entre los cristianos, he logrado introducir mi gente y mi oro entre ellos: mis monfíes están en todas partes: en la servidumbre de palacio; bajo las banderas del rey, en España, en Flandes, en Italia, en Francia, en Africa, en América; los hugonotes tienen cuanto oro y cuantos avisos han menester; los flamencos empiezan á corresponder á mis esperanzas, excitados por mis emisarios y por mi oro, hasta el punto de que Felipe II, creyendo poco fuerte la autoridad de su hermana la infanta doña Margarita de Parma, envie á los Paises Bajos al duque de Alba: el mando feroz de este capitan brutal, acabará la obra que yo he empezado; la guerra crece en Méjico, y los moriscos de Granada estan ya en el caso de jugarlo todo á un envite: la insurreccion general contra España amenaza, y los enemigos del opresor universal crecen: es verdad que he perdido la paz del corazon; que he enlodado á mi hija: pero, Calpuc, el dia de la venganza se acerca: Felipe II está herido de muerte.

--Nunca hemos pensado del mismo modo; si hubieras seguido mis consejos, no hubiéramos sido mas afortunados de lo que lo somos respecto al tirano que nos oprime; pero al menos tendríamos la conciencia tranquila: no hubiéramos cometido crímenes, Yaye; no hubiéramos sacrificado á las dos prendas de nuestra alma.

--Si, siempre hemos pensado de distinto modo; por lo mismo lo mejor es que no hablemos mas de tales asuntos. Lo que haya de suceder será. Vamos á lo que importa. Todas nuestras joyas, todo nuestro oro, gran parte de nuestro tesoro, en fin, ha sido encerrado en cofres, y va á partir con Amina. Para defenderla á ella y á esas riquezas, te acompañarán treinta de mis mas bravos monfíes con nombre y traje castellanos; el wali que mande á esa gente y que te acompañará bajo el aspecto de mayordomo, es el Partal: ya conoces su valor de leon y sus fuerzas de toro. Es ademas muy leal. Vais, pues, perfectamente asegurados mi hija y tú. Cuando llegues á Granada, aunque allí no tenemos palacio, tengo ya preparada una hermosa casa que pertenece á Aben-Aboo...

--¡Aben-Aboo... ¡pobre jóven! exclamó Calpuc.

--No hablemos ni una palabra de eso, exclamó con irritacion Yaye; Dios lo quiso... ó Satanás. La pobre Isabel ha quedado reducida á muy poco; jamás he logrado que acepte nada de mi mano, y su hijo que ha perdido la mayor parte de los bienes de... su padre Miguel Lopez, se ve hoy obligado á alquilar á los nobles que van á Granada su casa junto á San Miguel: yo he tomado esa casa. En ella puedes vivir con Amina todo el tiempo que pueda encubrirse su estado: despues, cuando sea necesario, la llevarás á mi alcázar de las Alpujarras, del que no saldrá hasta que pueda salir, si es que Dios quiere sacarla salva de esa dura prueba. Yo permaneceré en la córte todo el tiempo que sea posible, y no iré allá sino para desplegar mi bandera y embestir decididamente con el cristiano. He hecho cuanto he podido hacer. Dios hará lo demás. Ahora silencio, siento que Amina se acerca.

En efecto, poco despues se abrió una puerta, y Amina entró en la cámara de su padre.

Venia profundamente tranquila.

--Estoy dispuesta, padre mio, dijo.

--Si, abreviemos cuanto sea posible lo doloroso de esta separacion, dijo Yaye besándola en la frente: tu abuelo está dispuesto á acompañarte y todo está preparado.

--¡Ah, padre mio! exclamó Amina cayendo de rodillas; ¡perdonadme y bendecidme de nuevo, por si no nos volvemos á ver!

--¿Quién piensa en no volvernos á ver? exclamó Yaye levantando á su hija: ¿ni por qué he de negarte yo mi perdón ni mi amor, cuando lo que es, ha sido porque Dios ha querido que sea? Yo te amo y procuraré hacerte feliz, Amina; pero es preciso que luchemos aun. Es preciso que nos separemos.

Amina se arrojó sollozando en los brazos de su padre. Calpuc miraba con un dolor profundo aquella escena.

--Vamos, tranquilízate, dijo Yaye: adivino lo que no te atreves á decirme. Yo velaré por don Juan, yo le amaré como á un hijo, á pesar de que me ha hecho mucho daño. Ahora enjuga tus lágrimas, tranquilízate y vamos.

Amina hizo un violento esfuerzo sobre sí misma, y logró aparecer mas tranquila: entonces Yaye fué á una de las puertas de la cámara.

--¡Ola, Partal! dijo:

Presentóse un hombre como de treinta años, vestido de camino á la usanza de los hidalgos castellanos.

--Baja y haz montar á la gente, le dijo Yaye. No olvides lo que te he encargado.

--No lo olvidaré, magnifico señor.

--Vé, nosotros te seguimos.

Cuando Calpuc, Yaye y Amina, bajaron al patio, encontraron montados á los lacayos y la servidumbre, silenciosa y triste agolpada á la puerta: se habia hecho amar la jóven de tal modo por todos, que su partida causaba un sentimiento general.

Sus doncellas, que la habian esperado en las escaleras, la siguieron hasta la carroza: el anciano religioso fray Miguel, estaba esperándola humildemente á la puerta. Un círculo de curiosos, aunque era muy temprano, se agolpaba en la calle para presenciar aquella faustosa marcha.

Repitiéronse los abrazos, las lágrimas de las doncellas y las demostraciones de afecto de la servidumbre; Amina entró en la carroza con Calpuc: poco despues el pesado carruage se puso en marcha escoltado por los lacayos.

El duque se apartó con un movimiento brusco de la puerta, y se perdió en el interior de su palacio; las doncellas saludaron con sus pañuelos á Amina, que asomaba la cabeza por la portezuela, y antes de que aquella cabeza se ocultase, el anciano fray Miguel la envió su última bendicion, y se alejó todo lloroso y en paso tardo hácia su convento de Atocha.

CAPITULO XVI.

Continuan las contrariedades del emir.

Al entrar en su cámara parecióle á Yaye que habia quedado solo en el mundo; con su hija se alejaban por una parte su amor, por otra los proyectos que mas habia acariciado: Yaye habia arrojado á Amina al paso del mundo como un hermoso instrumento tentador: habia logrado irritar la locura de que hacia tiempo era víctima el príncipe don Carlos, y valiéndose de su ambicion y de su empeño por Amina, habia logrado lanzarle de lleno en la senda de la rebeldía.

Yaye esperaba con razon, que huyendo el príncipe á Flandes, poniéndose al frente de los flamencos revelados, creándole un partido aun dentro de la misma España, porque nunca faltan ambiciosos que ayuden á los príncipes rebeldes; habia esperado, decimos, que Felipe II, demasiado ocupado en reprimir rebeldías, no pudiese acudir con fuerzas bastantes al reino de Granada, donde, en el momento preciso, debia levantarse por los moriscos el estandarte de su emancipacion. Contaba con sus monfíes, fuertes, acostumbrados al peligro y á la fatiga, y bastante numerosos para poder apoderarse en un dia de la desatendida Granada: una vez dueños de la ciudad, levantado el trono de la Alhambra, desplegado el pendon de Islam sobre las torres de la alcazaba, degollados ó cautivos los cristianos, enteramente reconquistadas las Alpujarras y la Vega, era de esperar que el ambicioso Selim II, sultan del imperio de Oriente, y sus tributarios el rey de Argel, y los reyes de Fez y de Marruecos, se apresurarian á enviar á las costas de las Alpujarras sus galeotas piratas henchidas de taifas de turcos, y de los indomables hijos de las razas bereberes. Habia momentos en que Yaye soñaba que, rey de Granada, avanzaba al frente de un innumerable y feroz ejército, sobre las ciudades de Andalucía, que todo cedia á aquella inundacion de hombres, que salvaba los desfiladeros que separan á Andalucía de Castilla, y que arrojándose sobre esta como una tromba, se llevaba por delante villas y ciudades, hasta ir á poner el estandarte del Profeta en una sola campaña, sobre las torres de la catedral de Toledo.

Y como el que es ambicioso nunca lo es á medias; como el hombre de accion confia mas de lo que debiera en sus propios recursos y en su fuerza de voluntad, Yaye, creyéndose un héroe, como Tarie-ebn-Ziak, ó como Abd-el-Rajman-ebn-Moavia, ó como Almanzor, tendia su soberbia vista á la inmensidad del porvenir, y no creía descabellado, el que, como en tiempos antiguos, volviese á ser España bajo su espada el poderoso califato de Occidente; que tal vez llegaria á conquistar la Europa, y llevar sus banderas vencedoras á Constantinopla, tornándose de este modo en conquistador de los que le hubiesen ayudado, y despues revolver sobre el Africa, sujetarla bajo su mano, y hacer del mediterráneo un lago de su imperio.

La ambicion es una embriaguez, y nada tiene de extraño que el que se embriaga sueñe delirios: y hasta cierto punto no eran delirios los de Yaye: un poco de fortuna para ayudar á su genio, y sus sueños podian realizarse: el pueblo árabe se desarrolló y dominó en una considerable extension del globo bajo el espíritu de la conquista; el Koram la prescribe: Dios, segun los musulmanes, les habia dado la espada para llevar adelante el conocimiento de Dios Altísimo, y Unico sobre todas las tierras de los infieles; el pueblo árabe fue indomable, fuerte, mientras se le condujo al combate, y solo empezó á desmembrarse, á corromperse, á decaer, cuando, halagado por el templado clima de España, trocó sus tiendas de piel de camello en suntuosos alcázares; cuando, en una palabra, se estableció: Yaye lo sabia demasiado: se lo habia enseñado la historia de las generaciones de ocho siglos y Yaye se decia: yo no pararé, yo no reposaré mientras haya tierras que conquistar bajo el sol: si el valiente pueblo árabe ha desaparecido, queda en pié el pueblo moro, resplandece el imperio turco y el Dios Altísimo y Unico se adora en la tercera parte del mundo; el Koram da el supremo poder al vencedor; pues bien, yo venceré porque quiero vencer.

Pero Yaye no habia contado con los acontecimientos, ni se habia conocido á sí propio: una tras otra contrariedad vinieron á demostrarle lo colosal de la empresa que habia embestido; vió que tras largos afanes, sus monfíes estaban en el mismo estado y con la misma fuerza que á la muerte de su padre; que aquella niña, de quien habia pensado hacer uno de los mas poderosos instrumentos de sus proyectos, se habia roto, por decirlo asi, al ponerse en contacto con el mundo, vulgarizándose, como todas las mujeres, por el amor; que si bien habia logrado empeñar por medio de ella al príncipe de Asturias en un camino de perdicion, aquel príncipe era loco, débil, voluntarioso, la persona menos á propósito para poder apoyar en ella de una manera firme una empresa de importancia; comprendió, en fin, que habia cometido crímenes estériles; se sintió humillado delante de sí mismo, con la conciencia manchada, con el porvenir incierto, y por esto cuando entró en su cámara, le pareció que se encontraba solo en el mundo, abandonado del cielo y de la tierra, mientras Satanás le sonreia y le mostraba con un dedo horrible la espantosa página donde estaban consignados sus desaciertos, muchos de los cuales eran horribles crímenes.

Yaye se hallaba en un estado de exaltacion espantoso: sus ojos, escandencidos, dejaban ver una expresion feroz: ardia en ellos la fiebre y la rabia de la impotencia. Las figuras de los tapices flamencos que adornaban la cámara, parecian agitarse, revolverse, cambiar de forma: parecíale que de en medio de un infernal torbellino, salian dos damas, hermosas aun, pero pálidas y con los ojos enrogecidos por un llanto continuo: la una resignada y paciente, la otra iracunda y vengativa; cada una de ellas llevaba de la mano un hermoso mancebo y se le mostraba: Yaye, horrorizado, cerraba los ojos por no verlos, y sin embargo, á través de sus párpados cerrados los veia: cada uno de aquellos mancebos tenia impreso en la frente el estigma de fuego de una ambicion insensata; alrededor de la cabeza de cada uno de aquellos mancebos, habia una señal lívida, inflamada, como la que pudiera haber dejado en ellas el círculo candente de una corona: alrededor del cuello amoratado de aquellos mancebos, habia un dogal: en sus manos un puñal rojo y humeante. Tras aquellos mancebos conducidos por sus madres, marchaba una turba furiosa: mujeres, hombres, niños, ancianos, todos agitaban las cadenas de que iban cargados, todos miraban á Yaye, y todos le decian:

--¡Tu ambicion nos ha hecho esclavos! ¡por tu ambicion nos vemos hambrientos, desnudos, desesperados, sin padres, sin hijos, sin esposos, lanzados del pueblo que nos vió nacer, vendidos como bestias, robados, degradados!¡has querido ser rey y nos has impulsado pensando en tu ambicion, solo en tu ambicion, á una empresa en que necesariamente debiamos ser vencidos! ¡maldito, maldito, maldito seas!

Yaye veia todo esto en el fondo de su conciencia: un sentido íntimo, ese sentido misterioso, esa prodigiosa intuicion que tenemos en el fondo de nuestro espíritu y que nunca nos engaña, le decia con el severo y horrible acento de la verdad que marchaba hácia un lago de sangre; por eso los objetos, en los cuales se fijaba su vista, tomaban formas, cuerpo, color, vida fantástica; su conciencia le traia su pasado y le presagiaba su porvenir; porvenir horrible, henchido de desgracias y de horrores, entre los cuales debia desvanecerse la última esperanza de los restos vencidos del pueblo moro español.

Yaye queria en vano arrojar de sí el remordimiento y el presentimiento, que le acometian implacables: en vano queria atribuir aquellos pensamientos, aquellas visiones á la perturbacion de su espíritu, causada por el dolor de haber visto á su hija alejarse de él, por necesidad, para encubrir su deshonra, con la frente baja y manchada, con el corazon ardiente y desgarrado. Cuanto mas pugnaba Yaye, por arrojar de sí aquella terrible pesadilla que le combatia despierto, mas y mas se condensaba aquella pesadilla y le acometia y le estrechaba. Hubo un momento en que, de en medio de aquel horrible caos de fantasmas acusadoras, salió una mujer envuelta en un sudario, desmelenada, lívida, anhelante: aquella mujer, á pesar de su horrible estado y de su palidez cadavérica, era muy hermosa; aquella mujer, ó por mejor decir, su recuerdo, hizo lanzar un grito de espanto á Yaye, porque aquella mujer era su esposa, Estrella, la hija de Calpuc.

--¿Y qué has hecho, qué has hecho de mi hija, gritaba aquel fantasma acusador? ¡Tu desamor me secó las fuentes de la vida, y tu ambicion ha muerto á mi hija, matándola el alma! ¡Yaye-ebn-Al-Hhamar! ¿qué has hecho de mi Esperanza?

--¡Afuera, afuera, horribles visiones! exclamó Yaye clavándose las uñas en la frente como si hubiera querido arrancarse de ella aquel infierno, ¡afuera! Yo he heredado la venganza de tres generaciones!, yo he bebido mezclada con lágrimas, la sangre de mi padre: yo escucho continuamente, despierto y dormido, en la soledad y en medio del mundo los gemidos de dolor, y siento correr como un rio, las lágrimas de millares de esclavos que todo lo esperan de mí. ¿Qué importa que vosotros hayais caido? ¿que tú, Estrella, hayas sucumbido, esposa abandonada, madre sin hija? ¿qué importa que Amina haya bebido toda la hiel que cabe en su corazon? yo marcho hácia adelante, poderoso y terrible como el huracan, y como el huracan no me detengo ante nada. ¡Mi ambicion! ¡me acusais de ambicioso! ¡y sin embargo, mi ambicion es vuestro poder, vuestra libertad y vuestra gloria, porque yo nada puedo ser sin vosotros!