Los monfíes de las Alpujarras: novela original
Part 41
Hay situaciones en que no se habla, porque el lenguaje humano no tiene palabras para expresar lo que en tales momentos el alma siente; situaciones en que los ojos que lucen con una fuerza superior á la que puede suponerse en la vida; en que la sangre que afluye al corazon; los latidos de este que se oyen; un no sé qué de sobrenatural, de fantástico, de divino, que emana de esa semejanza de Dios que se llama criatura, hablan por sí mismos con un lenguaje mas elocuente, mas sublime que el lenguaje material; y cuando el alma se exhala, como que se escapa por todo nuestro ser, cuando ese ser es una mujer tan hermosa como Amina, tan pura (y decimos tan pura porque la pureza reside en el alma y no pueden mancharla las miserias de la vida), aquella mujer es el ángel de redencion y de perdon, ó el demonio de perdicion con que Dios glorifica ó condena á un hombre sobre la tierra.
Don Juan se extremecia bajo la mirada de Amina, bajo su aliento, ante su hermosura; don Juan sentia el horrible tormento del placer que hiere porque no tenemos sentidos bastantes para absorverle: don Juan se sentia levantado á una altura inmensa sobre la tierra, flotando en un espacio aéreo, ardiente, impulsado por un torbellino de fuego.
--¿Con que me amas? ¿me amas? exclamó con delirio.
--¿Si no te amara viviria? exclamó Amina. ¿Si no te amara te hubiera introducido bajo el techo de mi padre para que vieses por tus ojos y no dudases de mi? ¿si no te amara me importaria algo que dudases ó no?
--Y bien; si me amas, ¿por qué no ser mi esposa?
--Júrame que jamás levantarás el acero contra mi padre, y te prometo, te juro, que si no soy tu esposa, no lo seré de otro.
--¡Oh! si, si, dijo don Juan trasportado; te lo juro por la gloria de mi madre, y por mi honor.
--Por el descanso de tu buena madre si; dijo Amina levantándose con enerjía; ¡por tu honor no!
--¿Por mi honor no? exclamó levantándose asombrado el marqués.
--¿A qué llamais los castellanos honor? exclamó con desprecio Amina; á servir ciegamente y como viles esclavos á un rey tirano; á un rey á quien el Altísimo sostiene en un trono para castigar los pecados de un pueblo: cuando ese rey fija la mirada codiciosa en una region feliz, rica y próspera y la ambiciona; cuando ese rey os dice: tomad mi estandarte y empapadlo en sangre humana, porque es necesario que yo añada á mi blason real los blasones de aquel otro pueblo, id, conquistadle, destrozadle, esclavizadle, yo lo quiero; es necesario que yo sea rico, grande y fuerte, á costa de la pobreza, la abyeccion, y la debilidad de pueblos enteros; id, que os lo mando yo..... cuando el rey os dice: id á llevar el luto, la servidumbre y la deshonra á otros paises, vosotros llamais honor á la obediencia que os pone las armas en la mano y os lleva, como bandidos en cuadrilla, á apoderaros por fuerza de lo que no es vuestro; á robar lo que Dios quiere que sea respetado. ¡Oh, no! ese honor es la infamia; el verdadero honor es el que defiende la patria, el que ampara al pobre y al desvalido, el que acomete á los tiranos y los vence ó sucumbe: los castellanos no comprendeis ni el honor ni la gloria; llamais honor al crímen y gloria á la infamia. No; yo acepto tu juramento por el descanso de tu madre, por mi amor, por tu alma, pero por lo que tú crees honor, no: ese honor te haria mi enemigo; ese honor te obligaria á delatar á mi padre, á entregarle al verdugo; ese honor te obligaria mañana á degollarme ó á contribuir á que fuese vendida como esclava: ese honor te separa de mí.
--¿Luego eres enemiga de los castellanos?
--Si, enemiga á muerte.
--¿Y por qué entonces cuando nos encontramos, no me dijiste: sigue tu camino, y no procures unirte á mi porque un abismo nos separa?
--¡Oh! ¡los hombres son cobardes, muy cobardes! exclamó con acento frio y acerado Amina; ¡el valor es de la mujer, exclusivamente de la mujer! ¡nosotras lo sacrificamos todo por ellos, patria, religion, virtud, felicidad! ¡nos perdemos en cuerpo y alma por ellos! ¡ellos no saben sacrificarnos nada! ¡Ya se vé! ¡la mujer ha nacido para ser esclava! ¿por qué te amaba antes de conocerte? ¿por qué, si en aquellos momentos me hubieras pedido la vida te la hubiera dado sonriendo? ¡Oh, vosotros no amais! ¡vosotros..! ¡ni aun siquiera comprendeis de cuánto es capaz una mujer enamorada!
--Pues bien; si eso es verdad; si alientas en tu alma esa fuerza sublime del amor, sígueme.
--¡Abandonando á mi padre! ¡No! ¡jamás!
--¿Con que en el momento de la prueba retrocedes? ¿Con que no has pronunciado mas que palabras vanas?..
--Escrito está en los libros de luz, dijo gravemente Amina, que por el hombre abandone la mujer á su padre y á su madre; pero no está escrito en ninguna parte que la mujer asesine al hombre á quien ama.
--¿Es decir que si me siguieses abandonando á tu padre?..
--Allí, á donde quiera que nos ocultásemos, iria la venganza de mi padre: venganza terrible, implacable, fria: ¡oh, qué horror! cuanto he podido sacrificarte, te lo he sacrificado, sin dudar, sin retroceder; todo lo que en adelante pueda sacrificarte, te lo sacrificaré... pero no me pidas tu propio sacrificio, ¡eso jamás!
--¿De modo que será forzoso que nos separemos?
Amina fijó en el marqués, con una ansiedad indescribible, sus hermosos ojos, que á pesar de sus esfuerzos por mostrarse serena, se llenaron de lágrimas.
--Separémonos mas bien, dijo: olvídame si puedes; en cuanto á mí... yo nunca te olvidaré.
--¿Y para esto me has llamado?
--Yo te esperaba y te esperaba para hablarte; pero sin el desgraciado encuentro que has tenido junto al postigo de mi casa, sino hubieras visto entrar por él un hombre, te hubiera hablado por la reja para decirte:--«Me has ofendido de una manera cruel, y sin embargo te amo: durante algun tiempo no nos veremos, pero espera: yo te amaré siempre: cuenta conmigo.»--Dios lo quiso de otro modo: el príncipe don Carlos habia entrado en mi casa, y era necesario que supieses lo que hacia en ella; por esta razon has conocido graves secretos.
--¡De modo que, obedeciendo á ese honor castellano que tan extraviado y absurdo te parece; debia yo como español y caballero, revelar al rey cuánto he visto y cuánto he oido..!
Irguió la cabeza Amina y dijo friamente:
--Hazlo, don Juan, hazlo, y me habrás devuelto la felicidad.
--¡Ah! ¡serias feliz!
--Si, porque si cometieras tal infamia, no serias ya el hombre que mi amor habia soñado; dejaria de amarte, y... dejando de amarte, seria muy feliz, mucho.
--¡Muy feliz! exclamó con extrañeza el marqués.
--Si, muy feliz: nada me importaria no verte, no saber de tí... y... mas que eso: entonces me vengaria de un infame que me habia tomado por juguete.
Amina apenas podia hablar: la voz se ahogaba en su garganta.
--¿Y nada temes por tí, nada por tu padre? exclamó asombrado y fuera de si el marqués que sufria horriblemente.
--El rey de España, dijo con altivez Amina, nada puede contra nosotros; aunque nos sepultase en el mas lóbrego calabozo de la Inquisicion, nuestras cadenas se romperian como si fueran de vidrio: las puertas, los muros, se abririan para darnos libertad. De otro modo, sino estuviésemos á salvo, ¿crees que por mucho que me interese el que no puedas dudar de mi amor y de mi honra, hubiera yo vendido la cabeza de mi padre?
--Sea cualquier el poder de tu padre, Esperanza, no seré yo quien le ponga á prueba, revelando al rey lo que esta noche he visto y oido en tu casa.
--Pero repara que de ese modo eres traidor á tu amo el rey de España, dijo con sarcasmo Amina.
--Entre el rey y mi amor, dijo el marqués con voz firme, mi amor es lo primero.
--¡Oh! ¡espéralo todo de mí! exclamó con una alegría infinita Amina.
--¡Que lo espere todo de tí!
--¡Oh! si, si, has salido victorioso de una terrible prueba: tu amor es grande, valiente, inmenso como el mio. Tú me sacrificas lo que crees, lo que llamas tu honor. Yo te sacrificaré mi vida, mi corona... pero es necesario esperar.
Al oir la palabra _corona_, el marqués hizo un movimiento de extrañeza.
--Si, mi corona, dijo Amina; no creas que estoy loca; mi corona, ya sea la de un pueblo poderoso y vencedor; ya la de una raza vencida, perseguida, errante, es siempre una corona. Si un dia me dices estoy dispuesto á abrazar, aunque solo sea en apariencia, la religion de los tuyos, á defender tu pueblo, á ser tu esposo, entonces se aclararan para tí tantos misterios. Ahora, don Juan, escucha: la fatalidad nos obliga á separarnos, y en algun tiempo no nos veremos. Pero siempre tendrás á tu lado, sin que lo conozcas, sin que lo veas, como lo tienes ahora, siguiéndote á todas partes, quien vele por tí, quien te proteja, quien ponga oro en tu bolsa, si es necesario, sin que tú veas la mano que lo pone. Ademas, podrá suceder que un dia tu lealtad, el resto de lealtad que conservas aun al rey de las Españas, te lance á la guerra: entonces, don Juan, si esa guerra es contra hombres de otra religion, toma: lleva este amuleto sobre las armas, pero de modo que se vea y nada temas: el hierro enemigo no te tocará.
Amina se quitó del cuello una rica cadena de oro de la cual pendia una placa esmaltada guarnecida de diamantes, en cuyo centro habia algunos caracteres azules enteramente extraños para el marqués, y le puso la cadena al cuello.
--¡Oh! la llevaré siempre sobre mi corazon, exclamó don Juan besando apasionadamente aquella joya, que aun conservaba el calor del seno de Amina.
--Sobre el corazon en paz; sobre la coraza en guerra. Ahora es preciso que nos separemos, don Juan.
--¡Separarnos!
--Si; es necesario de todo punto.
--¿Y cuándo nos volveremos á ver?
--¡Oh! ¿quién sabe? dijo tristemente Amina: tal vez pronto, tal vez nunca.
Y asiendo de la mano al marqués le condujo á una habitacion oscura, abrió un balcon y miró á fuera.
--¡Nadie hay en la calle! dijo Amina: nada se oye...
--¡Oh! ¡Esperanza! ¡Esperanza! dijo el marqués: ¡yo no puedo separarme de tí!
Oyéronse entonces en el interior algunas puertas que se abrian.
--¡Mi padre! exclamó Amina: ¡vete!
Don Juan la estrechó rápidamente entre sus brazos, Amina se escapó de ellos, y empujándole hácia el balcon, le dijo:
--Vete... ¡y no me olvides!
--¡Adios, vida de mi vida! dijo el marqués: ¡jamás te olvidaré!
Y echándose fuera de la balaustrada del balcon, se descolgó por una reja á la calle.
Cuando estuvo en ella, Amina se asomó al balcon, y dijo conteniendo mal sus sollozos:
--Toma, don Juan, y lee, y cuando hayas leido, comprenderás cuánto estás obligado á amarme.
Dicho esto, arrojó una carta á la calle, desapareció de la balaustrada, y se oyó el ruido de las maderas del balcon que se cerraban.
--¡Oh, Dios mio! exclamó don Juan recogiendo la carta: ¡esto es para volverse loco!
Y ansioso por conocer el contenido de aquella carta, se encaminó á buen paso á una esquina situada al otro extremo de la calle, donde un farolillo, puesto por la devocion de los vecinos, alumbraba el tétrico nicho de un Ecce-Homo.
Para llegar allí, tenia que pasar necesariamente por el sitio donde habia caido muerto ó herido, el hombre que habia quedado aguardando al príncipe de Asturias, en el postigo de la casa de Amina.
El marqués no miró á aquel sitio, ni se acordó siquiera de que allí acaso habia muerto á un hombre.
Cuando llegó delante del nicho del Ecce-Homo, abrió la carta, de la cual se desprendia un leve y delicado perfume, y leyó estas breves, pero terribles palabras:
«Don Juan de mi alma: hay cosas que el pudor impide á una mujer revelarlas ni aun á su mismo esposo; pero es preciso que sepas que alienta en mis entrañas un hijo de nuestro amor.--Tu Esperanza.»
Don Juan lanzó un grito insensato de amor, de alegría, de dolor; arrugó en un movimiento frenético aquella carta entre sus manos, la oprimió contra su boca y luego... luego cayó de rodillas ante el Cristo, fijó en él sus ojos, llenos de fe, de esperanza, y aun podremos decir de caridad, y exclamó:
--¡Señor! ¡Divino Señor! ¡Vela por ella y por mi hijo!
En aquel momento el marqués se sintió asido...
Pero antes de relatar lo que sucedió á don Juan, es necesario que retrocedamos un tanto y volvamos á la casa de la princesa Angiolina Visconti.
CAPITULO XII.
Lo que hizo la princesa arrastrada por sus zelos.
El autor recuerda haber dicho anteriormente, que Angiolina Visconti se habia separado de la manera mas ruda y tormentosa del marquesito de la Guardia, dejándole solo en el lindo retrete donde le habia recibido.
La princesa atravesó rápidamente algunas habitaciones, y en una de ellas se detuvo y se puso á contemplarse en un magnifico espejo de Venecia.
¿Con qué objeto era esta contemplacion de sí misma?
La princesa estaba resuelta á vengarse, y por lo mismo concentraba sus fuerzas y contaba sus recursos.
Entre estos era uno poderosísimo su hermosura.
Por esto Angiolina se miraba al espejo. Se preguntaba qué motivo habia tenido el marqués para abandonarla á ella, la altiva hermosura que tan codiciada era por los hombres de mas valer de la córte: el espejo la dijo que era tan hermosa como la duquesa de la Jarilla, y sin embargo, la fiebre que su hermosura habia producido en la loca imaginacion del marqués de la Guardia habia pasado; la princesa comprendió que el marqués habia usado de ella como de un instrumento; vió, sin que pudiera quedarla ni aun el leve consuelo de la duda, que la hermosa duquesita poseia todo entero el corazon de don Juan, á quien ella amaba con toda su alma: su aborrecimiento hácia Amina creció, y pensó en vengarse de ella usando de los terribles papeles que Bempo la habia traido de Granada.
Angiolina era una fatalidad mas que la suerte arrojaba delante de Yaye ebn-Al-Hhamar, del poderoso emir de los monfíes, ó del duque viudo de la Jarilla, si nuestros lectores han olvidado que tenia estos dos nombres.
Amina, la nieta de cien reyes, ofrecida por su padre en aras de su patria, tenia ante si un enemigo terrible, una mujer hermosa, altiva, enamorada y zelosa de ella. Por aquella mujer, el marqués de la Guardia habia llegado á ser para Amina una doble fatalidad.
Pensando en su venganza Angiolina se miraba profundamente al espejo.
Ya hemos dicho lo que sabemos acerca de la figura y de los atractivos de la princesa; réstanos decir, que el traje que en aquella situacion vestia, realzaba sus atractivos.
Un justillo de brocado de oro sobre azul de cielo muy bajo, indicaba su escasa y flexible cintura, su seno y sus hombros, cerrándose en el cuello por una gola rizada de encaje de Flandes. Las mangas ceñidas, acuchilladas y tomadas de perlas, dejaban ver el magnífico contorno de sus brazos y terminaban en dos puñitos del mismo encaje, bajo los cuales medio se ocultaban unos ricos brazaletes de oro cincelado y diamantes: la falda ancha, larga, terminada por detrás en cola, flotante y vaporosa, era de damasco brocado de oro en blanco. Las faldetas que unian al justillo con la falda, estaban guarnecidas de perlas, y rodeaba su cintura un cordon de oro; ese cordon estaba sujeto en el talle por un broche de esmeraldas y anudado y trenzado caprichosamente á lo largo de la falda, con perlas y esmeraldas en los entrelazos, terminando en dos gruesas borlas de perlas; en los cabellos, recogidos atrás en trenzas, mostraba tambien algunas ricas joyas, colocadas con un esquisito gusto; últimamente, llevaba arracadas de pedrería, y en las bellisimas y blancas manos una multitud de cintillos de valor segun la moda de aquellos tiempos.
La pobre princesa se habia puesto, por parecer bella á don Juan, todo lo que la quedaba de su guarda-joyas.
Pero como es lo mas dificil del mundo, que una mujer parezca hermosa á un hombre hastiado de ella, la pobre princesa, aunque estaba, no solamente hermosa, sino hermosísima, radiante, adorable, no logró causar efecto en don Juan.
Angiolina, por lo tanto, consultaba con su espejo, con ese severo confidente de la mujer, que de una manera tan despiadada la arroja á la cara los estragos que hacen en su hermosura los años, las enfermedades y los pesares; que nada la oculta, ni la primera cana, ni la primera arruga, ni la palidez del cansancio; confidente á quien la mujer sonrie cuando la presenta tesoros de hermosura; ante el cual se irrita cuando aquella hermosura empieza á empalidecer, á marchitarse: la princesa, repetimos, preguntaba á su espejo la razon que podia haber tenido el marqués para mostrarse con ella tan cruel, tan terrible, tan desenamorado: el espejo la contestó que era hermosa, con todo el esplendor de su hermosura; que sus ojos eran brillantes, sus miradas irresistibles, irresistibles sus encantos: la presentó su vigorosa juventud, con toda su exuberancia de vida, pero al mismo tiempo la presentó la lividez de la cólera que alteraba aquellos encantos; la expresion amenazadora y letal de su mirada, que daba á sus ojos toda la apariencia de los ojos sangrientos de la leona irritada: comprendió que la cólera era un enemigo terrible de la hermosura, que la verdadera fuerza de la mujer está en su aparente debilidad: comprendió que habia hecho muy mal en dejarse arrebatar por sus pasiones escitadas, y que acaso don Juan habia retrocedido irritado y desencantado ante su mirada amenazadora, cuando tal vez hubiera caido á sus piés, si en vez de amenazarle hubiera recurrido á las lágrimas.
Angiolina quiso saber si podia dominar la cólera, la irritacion, el despecho que agitaban su alma; si podia ocultar aquel volcan rugiente y amenazador bajo un aspecto tranquilo y riente: entonces tuvo lugar una transformacion en el brillante fondo del espejo; desapareció el ángel rebelde, y quedó el ángel del sufrimiento, con su belleza espiritualizada por el dolor, por un dolor intenso, paciente, resignado. Angiolina lanzó un grito de alegría: nunca se habia contemplado tan hermosa como bajo aquel antifaz de resignacion, de sufrimiento íntimo. Ensayó una y otra vez, irritando sus pasiones con el candente recuerdo del desprecio de don Juan, si podia dominarlas, concentrarlas en el fondo de su alma, velarlas con una mirada dulce, triste, anhelante: una y otra vez el resultado sobrepujó á sus esperanzas; una y otra vez se contempló sucesivamente mas hermosa.
--¡Ah! exclamó: he ahí: he ahí mi fuerza: he sido una insensata en dejarme arrebatar por la cólera: la amenaza ha irritado á don Juan: mi sumision y mis lágrimas le hubieran hecho caer de nuevo enloquecido entre mis brazos... probaré, probaré el rendimiento sin renunciar á mi venganza, y si el rendimiento no basta para volverme el corazon de don Juan... ¡ah! entonces es necesario tambien ocultar en el fondo de mi alma mi desesperacion: mostrarme tranquila; provocar el amor de los que pueden servirme para llevar á cabo mi venganza; no dejar sospechar á nadie lo que pasa en mi alma, para que ninguno pueda despreciarme, ni creerme despreciada: tal vez don Juan no resista al pensamiento de que ninguna herida ha hecho en mí su abandono; los hombres son mas vanidosos que las mujeres: tal vez el deseo de hacerme sufrir, de verme llorar y retorcerme á sus piés desesperada, le vuelvan á mí, lo arrojen á mis piés, me hagan su señora: ¡oh! ¡sí! ¡sí! y puesto que la mentira es el arma de la mujer, mintamos... mintamos hasta el punto, de que todos me crean venturosa; no debemos derramar ni aun á solas nuestras lágrimas... las lágrimas dejan horribles huellas en el semblante de una mujer, cuando estas lágrimas son de fuego, como las que yo verteria sino dominase mi llanto, si no le encerrase en mi corazon: que hierva encerrado en él, que se convierta en un tósigo mortal para el marqués y para esa mujer por quien me abandona; una mujer que llora, solo puede conmover al hombre que la ama; cuando el hombre amado ama á otra, la mujer ofendida no debe llorar, no debe dejar ver al mundo su desolacion, para que el mundo no pueda decir: ¡pobre mujer abandonada! para que el mundo no pueda despreciarla.
Y después de este razonamiento, la paz mas profunda se fijó en el semblante de Angiolina, volvió á sus ojos su brillo deslumbrador, á su mirada la dulzura, á su boca la expresion riente que tanto la embellecia: nadie, al verla, hubiera sospechado que aquella mujer, que parecía tan feliz, guardaba dentro de su alma un infierno; que era, por decirlo asi, un horrible abismo cubierto de flores.
Solo un hombre existia que debia necesariamente conocer aquel abismo; ver el cieno infecto á través de la tersa superficie de aquel lago engañador; aquel hombre era Bempo.
En el momento en que Angiolina se separó del marqués, mandó al italiano que siguiese al jóven, que averiguase donde paraba, y que volviese á avisarla.
Bempo volvió una hora despues.
--Excelencia, dijo, en ese acento dulce y cadencioso de los romanos; he cumplido vuestras órdenes.
--¿Has seguido al marqués?
--Sí, excelencia.
--¿Dónde ha ido?
--A colocarse en acecho bajo un soportal, frente al postigo de la casa de la duquesa de la Jarilla.
--¿Qué ha hecho despues?
--Dos hombres han llegado á aquel postigo; el uno ha entrado, valiéndose de una llave; el otro ha quedado esperando; el marqués le ha acometido, aquel hombre se ha puesto en defensa, y al fin, ha caido bajo la espada del marqués.
--¡Muerto!
--No.
--¿Has reconocido, pues, á ese hombre?
--Si.
--Has sido imprudente, Bempo; ya sabes que no quiero que te expongas.
--Es tarde: la calleja apartada y solitaria; no habia peligro.
--¿Y dices que ese hombre no ha muerto?
--No; pero puede morir.
--¿Le has conocido?
--Es la noche muy oscura.
--¿Qué hizo despues el marqués?
--Se dirigió furioso al postigo de la casa de la duquesa; pero antes de llegar á él, la misma duquesa apareció en uno de los balcones y le habló.
--Y... ¿qué hablaron?
--Estaba demasiado lejos para poder oir su conversacion, que por otra parte, duró muy poco; el marqués trepó por una reja y entró por un balcon en la casa de la duquesa.
--¡Ah!... ¡entró!... ¡por un balcon!
--Si, y yo, creyendo que no saldria tan pronto, he venido á avisaros, excelencia.
--Has hecho bien, Bempo, dijo tranquilamente Angiolina: es necesario que vuelvas:
Aquella especie de _lazzaroni_ puerta.
--Espera, añadió la princesa: es necesario que vuelvas; pero no vuelvas solo.
--¿Y qué he de hacer?
--Lleva contigo cuatro de tus amigos, de tus buenos amigos; ¿me entiendes?
Bempo hizo con la cabeza un movimiento afirmativo.
--Ven con ellos por el postigo del huerto, continuó Angiolina; yo misma te abriré: despues, te lo encargo ahora porque no quiero hablarte delante de esos hombres; tomarás una de mis sillas de mano, é irás con ella y con tus cuatro amigos á la calle donde ha quedado ese hombre herido, y sino ha muerto le metereis en la silla, y le traerás á casa, entrando en ella por el mismo postigo que yo abriré: luego volverás con tus cuatro camaradas á la misma calle; te ocultarás donde puedas ver sin ser visto el postigo de la casa de la duquesa, y harás que uno de los tuyos siga, cuando salga, al hombre que entró por el postigo, y que averigue su paradero. Tú, con los restantes, te apoderarás del marqués cuando salga de esa casa: te apoderarás de él, ¿lo entiendes?
--¿Muerto ó vivo?
--Vivo: debes evitar una lucha: cuatro hombres bien pueden sorprender y sujetar en una calleja oscura á otro hombre que va por ella descuidado. Para conducirle aquí, te prevendrás de otra silla de manos, y le meterás en ella con los ojos vendados.
--¿Es decir que he de traer aquí al marqués como al otro?
--Si.
--¿Por el mismo sitio?
--Si, por el postigo del huerto. Nada mas tengo que encargarte, Bempo.
Bempo no se movió.
--¿A qué esperas? dijo con impaciencia Angiolina.
--No tengo dinero, excelencia, contestó gravemente Bempo.
--¡Ah! ¡no tienes dinero!
--Los cuatro hombres que han de acompañarme, no me seguiran sino se les paga á peso de oro. Los valientes de España no me conocen tanto como los _lazzaroni_ de Roma. Además, entonces un solo paseo nocturno por la campiña, me bastaba para no verme en el caso de pediros nada: pero ahora es distinto.
--Toma: dijo Angiolina, quitándose un joyel de diamantes de su prendido.
--¡Buena prenda! dijo Bempo: ahora todo es posible.